Por petición expresa, en lugar de contar los últimos acontecimientos con la Rubia, hoy os voy a contar cosas que pasaron hace 20 años. Un flashback de esos que dicen (por más que ahora estén de moda los flashfordwar). Retrocedemos a los años de los pelos. A los años en los que empiezan a salir pelos en los lugares más insospechados del cuerpo: la adolescencia.
Me había cambiado la voz, salido pelos y crecido algo, pero poco: Esperaba el estirón ese que era inminente y que todavía sigo esperando. Pero pese a los cambios seguía sin ser popular. Y eso que ya no tenía botas ortopédicas, no por haber curado mis pies planos, sino por ser completamente inútiles, pero me habían puesto gafas, así que una cosa por otra. Ser el gordito con gafas de la clase no otorga muchos puntos de popularidad. Ni mucha atención de las chicas.
Ya hacía tiempo que le daba al bolígrafo bic cristal, que escribe normal, y hacía mis primeros intentos de relatos. Pero no los leía nadie. Todavía no tenía suficiente confianza en mi calidad artística. Todavía no los ha leído nadie, y no creo que lo haga ninguna persona nunca (a no ser que me haga super famoso como escritor y un hijo mío decida sacarlos a la luz cuando me muera, como textos inéditos, incluso con sus faltas de ortografía, para seguir chupando de la teta, el muy gandul).
Leía libros, pero también era aficionado a los tebeos. Por supuesto entre mis favoritos estaba Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Super López, Asterix y Obelix, Lucky Luke, Spirou y Fantasio y, un poco, Tintín. Aunque de vez en cuando caían en mis manos tebeos de los de antes, El guerrero del antifaz o hazañas bélicas (que, por cierto, me incitó a saber sobre las segunda guerra mundial, otro de mis temas favoritos). En la biblioteca municipal descubrí el placer de leer cómic. Allí estaba la colección completa de Jeremiah, del belga Hermann, y aluciné en colores. No era un cómic para niños, pero yo ya no era un niño (era un señor bajito con voz grave). De Jeremiah pasé a XIII, de William Vance, otro belga.
Como todo hijo de vecino empecé a dibujar copiando. Copiando de lo que tenía más a mano, o sea, Mortadelo o Superlópez. Tenía ojo y tenía mano. Pero, sobre todo, no tenía ganas de salir a correr por ahí… lo que tiene las botas ortopédicas. Pero habiendo descubierto el cómic, prefería copiar dibujos de verdad a caricaturas. Todavía debe de estar rondando por ahí la carpeta con mis dibujos, convenientemente numerados… por si algún día se pueden vender.
Descubrí la Cuesta del Mollano y las revistas de cómics: Cimoc y Comix (poco después El Jueves y Vívora). Estamos hablando de revistas de los 80 que ya no se editaban, pero que en los puestos de libros viejos se vendían casi al peso. Todavía tengo una buena colección de ellas. Así que no es extraño que mis copias empezaran a ser de autores franceses, pero también de Españoles. Bernet, por ejemplo, y sus historias en blanco y negro, poniendo en dibujo los impresionantes guiones de Abuli. O Juan Gimenez, quizá uno de los mejores autores españoles, y su increíblemente realista As de picas (otra vez la segunda guerra mundial). Pero, sobre todo, descubrí a Milo Manara y a Horacio Altuna.
Hermann, Vance, Bernet, Gimenez… son dibujantes muy minuciosos, que hacen que cada viñeta sea una pequeña obra de arte. Altuna eleva esa minuciosidad a rango de locura. Cada viñeta tiene varios niveles de historia, llenas de gente, carteles, situaciones… leer un cómic de Altuna es pasarse horas mirando el segundo plano, descubriendo las otras historias que hay detrás de la historia principal.
Y de Manara… ah… de Manara aprendí a dibujar mujeres.
Durante esos años de la adolescencia pasé horas y horas dibujando. De las copias de los grandes del cómic pasé a las copias del natural… me hice mi archivador de fotografías, recortes de periódicos y revistas… cualquier cosa que me llamara la atención del mundo. Y los copiaba. Hice muchos dibujos. Y, claro, mis notas se resintieron. Mucho.
Había que buscar un camino en el que pudiera dibujar y pensé que la arquitectura podía ser ese camino. En tercero de bup me enteré de una prueba de aptitud que hacían en la escuela de arquitectura, una prueba no vinculante. Y allí fuimos, dos amigos y yo. Puedo afirmar con satisfacción que superé la prueba. Me dieron como muy apto para esa profesión y, lo que es mejor, saqué la mejor nota de los tres (mi instinto competitivo, qué le vamos a hacer). Así que el último año en el instituto cogí las optativas con las que pensé que me ayudarían a conseguir más nivel: ampliación de matemáticas (cuatro horas más a la semana), ampliación de dibujo técnico (otras cuatro horas más) y geología.
No pude entrar en arquitectura. Aún siendo muy apto, la nota media no me dio. Y me metí en informática. Mis otros amigos “arquitectos” son ahora un triste estadístico y un biólogo que no ejerce.
Y ninguno de los tres dibujamos ya.

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