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La escena empieza como empiezan muchas escenas hoy en día. Johnny Be Good sonando a todo volumen: La melodía inconfundible de mi teléfono vibrando encima de la mesa. En la pantalla un número desconocido.

- ¿Diga?
- Hola.
- Hola… eh… ¿Quién eres?
- Soy Troy, Troy McClure.

Troy McClure, actor aficionado amigo de una amiga mía. Habíamos coincidido en dos fiestas y en una obra de teatro amateur. Poco más se puede añadir a su currículo. Definitivamente no es lo que se puede considerar un amigo.

- Hola Troy, ¿Cómo te va?
- Sr. K, te necesito, tío…

Desde luego, no era una frase que esperara escuchar. De todas maneras, conociendo el historial de este tío, no tenía ninguna connotación sexual.

- ¿Qué puedo hacer por ti?
- Verás… este viernes he quedado con cuatro mujeres. Iban a venir unos amigos míos pero me han dejado colgado. Así que estoy yo solo con las cuatro…
- Mal lo veo, sí…
- Ya sabes… si vas con cuatro, al final no te comes ninguna… así que necesito ayuda, tío.

En eso tenía razón. Yo una vez salí con nueve y me terminé acostando solo. Todavía la ciencia no lo ha investigado, pero creo que se genera como un campo de fuerza negativo, que se hace más intenso cuantas más mujeres hay en el grupo. Me surgió una duda evidente:

- ¿Están buenas?
- Las que yo conozco, sí. Son dos actrices y una médico… la otra no sé cómo es. Pero no te preocupes, que yo me pido la fea…

En realidad, la que él se pidiera daría igual. Es una verdad como un templo que son ellas las que eligen, y que cualquier reparto entre nosotros es una pérdida de tiempo.

- Pues gracias por acordarte de mí, macho… pero es que este viernes no estoy. Según termine de trabajar me marcho de fin de semana fuera…
- No me jodas…
- Lo siento, y eso que es tentador…
- Oye… ¿Y no tendrás un colega majo… que se enrolle bien…? Es que estoy desesperado…

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La semana pasada me compré una báscula. Una de esas que suelen estar en el baño. Es de cristal, de diseño, y tiene un contador digital. Aunque en lo demás es como todas las básculas que he conocido: te subes encima y ellas te asustan. Supongo que un baño no es un baño si no tiene una de esas máquinas para pesarse. En casa de mis padres había una, siempre la misma, de las antiguas, de las que tenían un disco que giraba con los números pintado… que asustaba analógicamente… pero asustaba igual.

En mi presentación dije, años atrás, que no era ni alto ni bajo. Y no mentía. Dije que no era ni listo ni tonto, y seguía sin mentir. Y que no era ni flaco ni gordo… y no era mentira en su día, aunque hay ya algo que no es verdad. Este último año ha sido como una especie de cuesta abajo. Desde que volví de Nepal cada vez hay más de mí en el mundo.

Compré la báscula, la saqué del embalaje y la coloqué entre el lavabo y el bidé, junto a la pared. Comprobé que se encendía y que aparentemente funcionaba. Pero no me subí en ella. Saber el peso es un gran momento en la vida de uno, y tenía que prepararme a conciencia. Y allí se quedó.

Hasta hoy.

Digamos que hay límites que un hombre no puede sobrepasar. Hay una especie de raya roja virtual ante la que uno se deba plantar y que, ir más allá, simplemente no es una opción. Creo que este mundo no es tan bueno que se merezca más y más yo pululando por él. Ha llegado el momento de dejar de ser el doble de George Clooney, y el triple de Brad Pitt.

Lo que hay que hacer está claro… comer menos, más ejercicio, más fruta, menos chucherías, más cucurucho y menos sofá. Volver a las excelencias de la dieta mediterránea. Comer en casa, o en casa de mi madre que es todavía mejor. Se terminaron las noches de mus y pizza, que pasarán a ser, noche de mus y lechuga. Los bocadillos sólo en las viñetas de los cómics. Y volver al gimnasio… ¿Qué es eso de pagar para no ir?

Todo eso está bien. Pero… vista la enormidad del reto, directamente proporcional a la enormidad de mi ser, el desafío no es baladí. Es fácil perder el ánimo y dejarse vencer por la inevitabilidad del hecho de que a medida que uno se hace mayor, el cuerpo tiende a expandirse, en plan universo… ¿Cómo luchar con eso?

La clave es plantearse pequeños retos. Esta semana el reto es sencillo. Objetivo: perder un kilo.

No es tan complicado, ¿no?

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Por petición expresa, en lugar de contar los últimos acontecimientos con la Rubia, hoy os voy a contar cosas que pasaron hace 20 años. Un flashback de esos que dicen (por más que ahora estén de moda los flashfordwar). Retrocedemos a los años de los pelos. A los años en los que empiezan a salir pelos en los lugares más insospechados del cuerpo: la adolescencia.

Me había cambiado la voz, salido pelos y crecido algo, pero poco: Esperaba el estirón ese que era inminente y que todavía sigo esperando. Pero pese a los cambios seguía sin ser popular. Y eso que ya no tenía botas ortopédicas, no por haber curado mis pies planos, sino por ser completamente inútiles, pero me habían puesto gafas, así que una cosa por otra. Ser el gordito con gafas de la clase no otorga muchos puntos de popularidad. Ni mucha atención de las chicas.

Ya hacía tiempo que le daba al bolígrafo bic cristal, que escribe normal, y hacía mis primeros intentos de relatos. Pero no los leía nadie. Todavía no tenía suficiente confianza en mi calidad artística. Todavía no los ha leído nadie, y no creo que lo haga ninguna persona nunca (a no ser que me haga super famoso como escritor y un hijo mío decida sacarlos a la luz cuando me muera, como textos inéditos, incluso con sus faltas de ortografía, para seguir chupando de la teta, el muy gandul).

Leía libros, pero también era aficionado a los tebeos. Por supuesto entre mis favoritos estaba Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Super López, Asterix y Obelix, Lucky Luke, Spirou y Fantasio y, un poco, Tintín. Aunque de vez en cuando caían en mis manos tebeos de los de antes, El guerrero del antifaz o hazañas bélicas (que, por cierto, me incitó a saber sobre las segunda guerra mundial, otro de mis temas favoritos). En la biblioteca municipal descubrí el placer de leer cómic. Allí estaba la colección completa de Jeremiah, del belga Hermann, y aluciné en colores. No era un cómic para niños, pero yo ya no era un niño (era un señor bajito con voz grave). De Jeremiah pasé a XIII, de William Vance, otro belga.

Como todo hijo de vecino empecé a dibujar copiando. Copiando de lo que tenía más a mano, o sea, Mortadelo o Superlópez. Tenía ojo y tenía mano. Pero, sobre todo, no tenía ganas de salir a correr por ahí… lo que tiene las botas ortopédicas. Pero habiendo descubierto el cómic, prefería copiar dibujos de verdad a caricaturas. Todavía debe de estar rondando por ahí la carpeta con mis dibujos, convenientemente numerados… por si algún día se pueden vender.
Descubrí la Cuesta del Mollano y las revistas de cómics: Cimoc y Comix (poco después El Jueves y Vívora). Estamos hablando de revistas de los 80 que ya no se editaban, pero que en los puestos de libros viejos se vendían casi al peso. Todavía tengo una buena colección de ellas. Así que no es extraño que mis copias empezaran a ser de autores franceses, pero también de Españoles. Bernet, por ejemplo, y sus historias en blanco y negro, poniendo en dibujo los impresionantes guiones de Abuli. O Juan Gimenez, quizá uno de los mejores autores españoles, y su increíblemente realista As de picas (otra vez la segunda guerra mundial). Pero, sobre todo, descubrí a Milo Manara y a Horacio Altuna.

Hermann, Vance, Bernet, Gimenez… son dibujantes muy minuciosos, que hacen que cada viñeta sea una pequeña obra de arte. Altuna eleva esa minuciosidad a rango de locura. Cada viñeta tiene varios niveles de historia, llenas de gente, carteles, situaciones… leer un cómic de Altuna es pasarse horas mirando el segundo plano, descubriendo las otras historias que hay detrás de la historia principal.

Y de Manara… ah… de Manara aprendí a dibujar mujeres.

Durante esos años de la adolescencia pasé horas y horas dibujando. De las copias de los grandes del cómic pasé a las copias del natural… me hice mi archivador de fotografías, recortes de periódicos y revistas… cualquier cosa que me llamara la atención del mundo. Y los copiaba. Hice muchos dibujos. Y, claro, mis notas se resintieron. Mucho.

Había que buscar un camino en el que pudiera dibujar y pensé que la arquitectura podía ser ese camino. En tercero de bup me enteré de una prueba de aptitud que hacían en la escuela de arquitectura, una prueba no vinculante. Y allí fuimos, dos amigos y yo. Puedo afirmar con satisfacción que superé la prueba. Me dieron como muy apto para esa profesión y, lo que es mejor, saqué la mejor nota de los tres (mi instinto competitivo, qué le vamos a hacer). Así que el último año en el instituto cogí las optativas con las que pensé que me ayudarían a conseguir más nivel: ampliación de matemáticas (cuatro horas más a la semana), ampliación de dibujo técnico (otras cuatro horas más) y geología.

No pude entrar en arquitectura. Aún siendo muy apto, la nota media no me dio. Y me metí en informática. Mis otros amigos “arquitectos” son ahora un triste estadístico y un biólogo que no ejerce.

Y ninguno de los tres dibujamos ya.

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¿Alguien ha visto Matrix? Qué tontería… todo el mundo ha visto Mátrix (excepto algún enfermo en coma y gente asocial). Os pongo en situación… azotea del edificio donde tienen a Morfeo secuestrado. Un agente dispara a Neo varias veces y Neo hace eso de echarse para atrás esquivando las balas.

Otra película. Top Gun. El F18 Tomcat de Tomcrús es perseguido por un Mig21 ruso. El Mig 21 ruso es mucho mejor avión y le tiene enfilado, apuntando con los misiles. Las alarmas del avión no hacen más que sonar y Tomcrús hace todo tipo de maniobras evasivas… el fin parece cerca.

Hay un clásico del spagueti wester de la factoría de los indescriptibles Bud Spencer y Terence Hill: Quien tiene un amigo tiene un tesoro. En realidad destaco esa porque es la única de la que me sé el título. Lo curioso es que en esas películas siempre se lían a golpes… curiosamente siempre con la mano abierta.

Cuarta película: Gorilas en la niebla. La investigadora se enfrenta con el macho alfa de la manada, el espalda plateada, el cual empieza a golpearse el pecho con los puños y a gruñir, emitiendo sonidos guturales propios de los animales salvajes. Mientras, la doctora se humilla y campea el temporal.

Cualquiera se preguntaría qué demonios tiene esto que ver con la vida real. Pues mucho. Os cuento:

Llevo dos semanas un poco malas en la oficina: Estoy dejando el tabaco. El tabaco que fumaba mi jefe en la oficina. Vamos, que mi jefe está dejando de fumar… y eso es algo inaguantable. Y como mi jefe no es nada egoísta, se dedica a compartir su mal humor con nosotros a todas horas. Pero no puede enfadarse sin más… busca un motivo.

Durante la semana pasada me libré tres veces de tres broncas. Gracias a que no borro ni un correo pude demostrar que cosas de las que se me acusaban no eran para mí. Así que, al igual que Neo en el rascacielos, esquivé las balas haciendo malabares.

Esta semana, al igual que en Top Gun, mi jefe ha estado detrás de mí todo el tiempo. Le sentía enfilándome con sus misiles y yo haciendo maniobras acrobáticas para evadirme. Pero cada vez más cerca…

Hasta que me ha dado hoy. Ha sido por un tema del que se suponía que tenía que estar enterado pero que, quien tenía que informarme no lo hizo y, luego, para quitarse el marrón de encima, simplemente me acusó. Con dos semanas para darme caza… mi jefe no ha entrado en razones y, al igual que Bud Spencer, me ha soltado un sopapo (es una forma de hablar) que ríete tú de la mano abierta del actor.

Pero claro… al ser algo completamente injusto, me he revuelto. Y, al igual que el gorila macho del lomo plateado, se ha golpeado el pecho., ha emitido sonidos guturales y ha hecho valer sus cojones como prueba irrefutable de que en el departamento se hace lo que él quiere…

¿Quién dijo que la vida no imita al arte?

En fin… como estoy un poco de aquella manera, alegradme el día entrando en la Taberna del Escocés, y leed mi primera aportación publicada. Se trata de un minirelato llamado “Entrevista de trabajo”… el primer b-side que publicamos.

Ah… y el dibujo que adorna el post también lo he hecho yo..

“Te vas a pasar a verme esta tarde por el bar?”, parpadeó en mi pantalla el viernes por la mañana. Era la rubia (quien va necesitando un nombre decente, pero ya), con quien he tenido muchas conversaciones por el Messenger y algunas menos en persona.

No sé si os lo había dicho, pero La Rubia trabaja como camarera en un bar de copas cercano a mi casa las noches de los viernes y los sábados. Trabajo que compagina con el que tiene de lunes a viernes en el taller de coches. Como se ve es una mujer muy trabajadora. En dos ocasiones me había pasado por el bar y, en las dos, estaba tan lleno que el caso que pudo hacerme fue cero. Así que cada una de las veces, bien metido en mi papel de El Señor Capullo, aguanté estoicamente una cerveza e hice mutis por el foro al terminar.

Esta vez fue algo diferente.

Salí de la oficina tarde (semana de guardia) y del tirón me pasé por el bar. Tenía la esperanza de que por una vez no hubiera mucha gente. Y, como dice el dicho, a la tercera fue la vencida. Había unas cuantas mesas ocupadas y un par o tres de tipos en la barra, con sus respectivas bebidas. Y poco más. Así que tuve oportunidad de charlar un poco con ella, mientras me tomaba una cerveza.

Pero poco.

La razón fue que el jefe de la chica, un tipo de unos cuarenta y cinco años y de complexión fuerte, se nos acercó e interrumpió una conversación bastante interesante.

- ¿Sabes jugar al billar? – preguntó.
- Un poco. Sé con qué parte del taco hay que darle.
- Pues vente.

Y fui. En la mesa de billar estaba todo dispuesto para una partida… las bolas colocadas, los tacos… todo. El dueño del bar se aburría y quería jugar un rato.

La última vez que jugué al billar, estaba en el poder Felipe González y era todavía un jovenzuelo despreocupado que usaba americanas de pana con parches en los codos. Bueno… no es cierto, pero casi. Nunca he sido especialmente bueno en el billar. En realidad en ningún juego de los que se pueden disfrutar en los billares. Principalmente porque no solía faltar a clase y porque tengo poca coordinación ojo-mano. O sea, se me da bien el billar como concepto teórico trigonométrico. Pero no pasa de ahí.

Esta vez tampoco fue diferente. La primera partida más o menos aguanté hasta el final. En la segunda fui barrido del mapa y sólo me salvó del abucheo del público el hecho de que no había público para abuchear. La tercera… mejor no digo nada. Lo peor es que la Rubia estaba en la barra con cara de aburrimiento.

- ¿Sabes jugar al futbolín?
- A eso un poco mejor… pero no mucho mejor.
- Vale. Futbolín clásico… no vale ni media ni hueco y en la delantera hay que esperar.

El futbolín fue la siguiente disciplina donde me siguió humillando. Pero tampoco pude perder dignamente. No hay mucho que se pueda hacer contra alguien que lleva jugando al futbolín desde hace 40 años. Y la rubia seguía en la barra sola, con cara de aburrimiento.

Supongo que como no era rival, dejó de ser divertido, y me pude escapar. Al menos durante unos minutos. Que fue el tiempo que tardó en acercarse otra vez a donde estábamos nosotros, con la intención de participar en la conversación. No sé muy bien cómo, empezó a contarnos una anécdota donde, curiosamente, aparecían varias personas muertas, algunos a navajazos.

- Yo llevo garitos como este desde hace mucho tiempo – dijo en un momento dado – y lo que de verdad funciona son las camareras guapas. En el tiempo que una chica se ha tomado un pelotazo, un tío se ha tomado tres. Y los tíos van a los sitios donde la camarera está buena.
- Eso es verdad – dije yo, gran conocedor del fenómeno “camarera”.
- Y tanto que es verdad – siguió el jefe – llevamos tres años abiertos y sólo has venido desde que está esta chica en la barra.
- Totalmente cierto – dije mirándola a los ojos.

Ella sonrió.

Me tomé otro par de cervezas (o más), de las que pagué sólo una (el jefe, además de no dejarme charlar a solas con la chica, no me dejaba pagar ninguna cerveza). Y dieron las tres de la mañana. Teniendo en cuenta que el sábado tenía que madrugar… iba siendo hora de irse. Así que estreché la mano del Jefe (que insistía que me quedara un rato más) y me dirigí a la entrada para camareros de la barra. Allí estaba la rubia esperándome para darme dos besos.

Después de la tercera visita-fiasco al bar, quedaba claro que había que buscar otra clase de terrenos para vernos. Así que al finalizar el segundo beso y todavía con mi mano en su cintura le dije:

- ¿Puedo invitarte el domingo al cine?

A lo que ella respondió en milésimas de segundo:

- Si.

El sí más rápido de mi historia.

Así que el domingo, si no hay nada que lo impida, tendré lo que parece nuestra primera cita juntos…

A ver qué sucede.

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Hace unos cuanto años mi cuñada adoptó un gatito. Tenía apenas una semana y era todo cabeza y ojos. Atigrado y con unas garras como agujas, apenas se podía mantener en pie. Como ella tiene otros gatos mayores, me pidió el favor de cuidárselo hasta que fuera lo suficientemente grande como para que le pusieran una vacuna para no sé qué enfermedad de gatos.

Yo no soy mucho de animales, pero accedí. A pesar de que había que darle un biberón cada poco tiempo y que el bicho maullaba cuando lo dejaba sólo en la cocina por la noche. Al final terminó durmiendo en mi habitación. Él en su cesta y yo en mi cama. Bueno… en realidad debería de decir más bien “ella”.

Yo la llamaba “Lucifer”, que me parece un nombre genial para un gato. A mi cuñada no le gustaba porque decía que no era un nombre para una hembra, a pesar de que “Luci” como diminutivo sí podía ser femenino. Así que decidí llamarla “Muerte”, que es femenino y más molón que Lucifer. Y, usando el adjetivo “pequeña” delante, había un juego de palabras muy majo. Pedro mi cuñada no debió de pillarlo y al final decidió llamarla “Mimí”, que es la cosa más cursi que he oído nunca. Escribir “Mimí” me hace pensar en lazos rosas y cosas como “tutús”. Y muchos tirabuzones y nubes de algodón de azucar.

Los primeros días de “Muerte” en mi casa fueron muy duros para ella. Supongo que echaba de menos a su mamá y no paraba de maullar. Aunque tragaba del biberón como si su vida dependiera de ello. En realidad dependía de ello, claro. Pero apenas salía de debajo del jersey viejo que constituía su abrigo, dentro de la cesta que constituía su casa.

A los pocos días la descubrí husmeando el borde de la cesta, aunque volvía a desaparecer dentro del jersey en cuanto me veía aparecer. Digamos que se convirtió en una especie de juego entre los dos. Era eso, o tenía atemorizada a la mismísima muerte.

Un par de días después se atrevía a pisar el cojín sobre el cual estaba la cesta. Y al poco tiempo se aventuraba ya a olisquear la alfombra sobre la que estaba el cojín. Ni que decir tiene que el gatito empezó a desaparecer debajo de cualquier sitio y cogió la costumbre de seguirme por toda la casa. A veces la dejaba dormir sobre mi tripa, mientras yo estaba recostado viendo la tele… pero dejé de hacerlo cuando se me cagó encima. Me estropeó alguna camiseta con sus uñas y descubrí que no le gustaba que le cogieran la cabeza y le hiciera la “minipimer”, porque me mordía y arañaba. Tenía mucho carácter la gata.

Hicimos buenas migas.

Cuando se la llevó mi cuñada, “Muerte” era un tigre encerrado en el cuerpo de un gato de nombre cursi.

En esto he pensado hoy mientras caminaba por un barrio periférico de un pueblo periférico. Un barrio en el que nunca había estado y en un pueblo en el que nunca había pensado estar. Y me acordé de cuando era pequeñito y no me dejaban bajar sólo a la calle, o cuando sí me dejaban salir a la calle sólo, pero sin cruzar la carretera.

Me acuerdo de la primera vez que fui a los recreativos del centro comercial sin el permiso de mis padres (¡Y eso que había que cruzar una calle de 4 carriles!). Pero es que había un simulador de La Guerra de las Galaxias y eso lo justificaba todo.

Mi territorio se ampliaba día a día y del centro comercial pasé al barrio de al lado, y de ese al otro extremo de la ciudad. Aunque un viaje al pueblo más cercano suponía una aventura todavía… ahora creo que no hay demasiadas barreras y me aventuro a lugares nuevos y, sobre todo, muy lejanos y exóticos. Y me sonrío cuando me acuerdo de mis tiempos debajo de un jersey viejo.

¿Qué hacía yo en un barrio periférico de un pueblo periférico? Pues muy sencillo. Había ido a recoger mi coche. Lo estaban arreglando. Al final, resultó que no era nada de los que me habían dicho, y lo era todo a la vez. Pero no me ha costado casi nada. ¿Por qué? Por que me lo ha arreglado el padre de la chica rubia del perrito feo

Ahora tengo que devolverle el favor invitándola a cenar.

¿Tengo o no tengo suerte?

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Creo que ha llegado el momento de contaros en qué he andado metido durante el último año. Bueno… año largo. Se trata de un proyecto de carácter devolucionista, colectivo y multidisciplinar, que empezará su andadura el 21 de Septiembre. Un proyecto en el que trabajan más de 30 artistas de toda índole y condición y que hemos tenido a bien llamar…

La Taberna del Escocés.

La idea inicial es muy sencilla. Se trata de contar las desventuras de un grupo de personajes, que ahogan sus penas en un tugurio de mala muerte de un barrio portuario de una ciudad cualquiera. Son, pues, relatos de ficción con una trama que se desarrolla entre las paredes de La Taberna, regentada por El Escocés, un marino viejo y retirado. Las historias son de todo tipo: amor y desamor (no podía faltar), bandas mafiosas, un Tesoro que no termina de aparecer, músicos disidentes, asesinatos, venganzas… y, sobre todo, grandes dosis de humor.

Una banda de Blues, Blue Identity, ha transformado esos relatos en unas estupendas canciones, con un estilo que un profano como yo definiría como Blues Fusión. Aunque el lanzamiento oficial será el 21 de Septiembre, coincidiendo con el equinoccio de otoño, el viernes 18 a las 22:00 habrá una especie de preestreno en La Fídula (C/Huertas 57, Madrid) con algunas de las canciones (y a lo mejor hasta preparo unas palabras… me gusta el micrófono más que a un tonto un lápiz). Y al que espero que asistáis en masa (y por masa me refiero a muchos… y por muchos me refiero a que corráis la voz y llevéis a amigos, familiares y vecinos).

Para la parte gráfica del proyecto, un grupo de dibujantes está trabajando en la adaptación a cómic de las historias, sacando ilustraciones y diseñando una camiseta con la que esperamos obtener fondos para la publicación editorial del conjunto.

Es un proyecto devolucionista, como decía antes. Y eso consiste, en esencia, en que los autores y artistas del proyecto renuncian a los derechos de autor sobre sus obras. Todo queda devuelto al dominio público y cualquiera es libre de explotarlos, sin tener que pedir permiso ni darnos un euro de lo que saque. Sólo hay una obligación: Dejar bien claro la autoría de la obra.

¿Qué sacamos nosotros de todo esto? Aparte de la satisfacción personal, muchas otras cosas… pero eso es un tema del que hablaré en otro momento, porque tiene muchos ingredientes de filosofía y de denuncia social… y lo importante de este texto es anunciaros la presentación…

Sed buenos y pasaos por la web a echar un ojo. www.latabernadelescoces.org. Y no suelo decirlo, pero… votadme en Bitácoras. Sólo hay que pinchar en el botón de aquí abajo… es por una buena causa.

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La gente cree que lo de los vampiros es cosa del cine, o de las novelas. Pero existen y están ahí fuera. No tienen por qué ser pálidos o tener unos largos colmillos blancos. De hecho, si os encontráis por ahí algo pálido y con unos grandes colmillos blancos, lo más seguro es que un tigre siberiano se haya escapado del Zoo. Y más te vale en ese caso que el tigre se haya encontrado con otro tipo antes, y ya no tenga hambre.

Los vampiros, claro, no chupan la sangre de nadie. Se les mata igual de bien con una estaca en el corazón como con un sartenazo bien dirigido a la sien. Porque entre otras cosas, los vampiros no son inmortales. Les puede dar la luz del sol y odian el ajo como todo el mundo. Algunos odian los pepinillos o las anchoas. Los hay hasta bautizados… así que con eso os lo digo todo.

Me refiero a esa gente que, de una manera o de otra, se mete en tu vida y la va vampirizando, como quedándose con ella.

Por poner un ejemplo. Un día estás en el comedor del trabajo y te fijan en alguien. Está solo, sentado en una mesa, comiendo en silencio. Nadie se sienta con él. Y, por algún motivo, decides ser un buen samaritano. Vale que es raro, pero… te da pena y piensas que no todo el mundo tiene la suerte de ser tan majo como tú. Así que te sientas junto a él y le dices:

- Oye, algunos compañeros vamos a tomar algo después del trabajo… ¿te viernes?

Y se viene.

No dice nada. Está ahí, con tus compañeros y no participa de las bromas. Como no habla, lo único que sabes de él es que trabaja en el departamento de nosequé, de la tercera planta y que parece algo agarrado, porque es el único que no ha invitado a una ronda. “Será porque está cortado”, piensas. Y seguramente lo esté.

Sin comerlo ni beberlo, de pronto te lo encuentras casi todas las tardes en las cañas al salir. Y casi por arte de magia tiene los teléfonos de tus compañeros. Se entera de cumpleaños, y allí que está (aunque no participa del regalo). Hasta se va a esquiar con tus amigos, y eso que tú ese fin de semana no puedes. De una manera imperceptible, lentamente, se ha metido en tu vida. Y a pesar de ello, apenas sabes nada de él. Y sigue sin invitarse a unas cañas.

Y te hartas, claro. No están las cosas como para ir financiando a un fulano las cañas. Y menos a uno al que no conoces de nada en realidad. Pero no es tan fácil deshacerse de él. Tú ya no le llamas, pero él se entera igual de las cosas. Porque se ha hecho con el teléfono de tus amigos. Y estos, confundidos, creen que es amigo tuyo y que deben de invitarle. Así que, le llames o no, ahí le tienes siempre.

Así que decides hablar en serio con el vampiro (porque ya tienes claro que es un vampiro) y mandarle a paseo, al quinto infierno y que le den por donde amargan los pepinos. Pero además de no hablar, no escucha…

¿De dónde creéis que salió el mito de la estaca en el corazón?

Bran Stoker tenía un amigo de estos. Seguro. Y ganas no le debieron de faltar…

Esta historia es real. Cambiad compañero por compañera y poned como protagonista a una amiga mía… que buscaba consuelo y ayuda para quitarse de en medio a la vampira. Yo propuse lo de la estaca pero, por algún motivo que se me escapa, mi amiga no cree que el asesinato le libre de ella.

A ver… teniendo en cuenta el título del post, debería de poner otro vídeo. Pero hay serios motivos para no hacerlo: El primero y fundamental es que no aguanto a Tom Cruise. El segundo es que la versión de Dracula que hizo Coppola me parece una adaptación cojonuda del libro. El tercero, porque así le doy gusto a Reichel (si es que lee esto, que no es seguro). Y el cuarto, porque es un velado homenaje a mi amigo de las gafas azules. Y si con eso no vale, hay un quinto: porque me da la gana, y para eso el Scatérgoris es mio.

Para los muy muy muy frikis. En este vídeo, en el minuto 1:57, aparece Mónica Bellucci. Es la vampira de la derecha. En el minuto 1:45 también sale, pero es tan rápido que… bueno. Casi se considera fe.

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Es curioso. Hay semanas en las que no hay nada que contar (por suerte no muchas, pero alguna hay), y otras semanas los temas se agolpan en la cabeza, pidiendo turno atropelladamente para salir las primeras.

Ahora mismo tengo tres temas posibles sobre los que hablar: Gorilas, vampiros y un regreso. Obviamente hablaré de esto último.

El comienzo de año fue esperanzador. Súbitamente apareció en mi vida una mujer interesante, divertida, inteligente y preciosa. La verdad es que eso no es tan raro, me suele ocurrir con cierta regularidad. Lo que no es tan habitual es que la chica se interese por mí. Y eso fue lo que pasó. Y si no fuera por un pequeño detalle, todo habría sido fantástico. El pequeño detalle era que la chica vivía en Alemania. Podéis leer el resto de la historia en Episodio IV – Una nueva esperanza.

¿Qué pasó con ella? Pues lo que tenía que pasar. Un par de semanas antes de venir de vuelta aquí, a España, conoció a un chico allí, en Alemania. Un chico de aquí que estaba allí, para ser exactos. Y contra eso hay pocas cosas que se puedan hacer. O sea… por muy ingenioso que sea uno, no dejas de ser una imagen en una pantalla.

Vino, me lo dijo, y no volví a verla de nuevo. Algún hola esporádico en el messenger, y varios correos reenviados con alguna chorrada. Al menos quiero pensar que la salvé de esas maldiciones que preconizan los correos en cadena si no se los mandas a un mínimo de contactos. Quizá me deba la vida y todo.

No diré que no me doliera, pero tampoco fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y luego me lo hicieran comer, sin salpimentar ni nada. Uno tiene su orgullo. Y, aunque no es la primera vez que me ocurre, sigue jodiéndome que me metan un gol en el tiempo de descuento.

Pero, de pronto, ahí estaba ella de nuevo, llamando a mi puerta. Bueno, llamando a mi pantalla, porque la comunicación fue por el ordenador. Y ante la pregunta de cómo estaba ella, la respuesta fue contundente:

- Me ha dejado.

Estaba triste. Estaba llorosa. Está en España.

Y nos vamos a ver.

Supongo.

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Se supone que los hombres sabemos principalmente de tres cosas: fútbol, coches y mujeres.  Así que supongo que mi lado femenino es fuerte, porque yo sé todo lo que hay que saber de una de ellas, sólo sé un poco de otra y soy un negado total con la que falta. No necesariamente en ese mismo orden, claro.

Mi coche lleva haciendo un ruido raro desde hace unas semanas. Para que os hagáis una idea, la parte de atrás de mi coche suena como lo haría el colchón viejo de un motel de mala muerte después de años de uso y disfrute. Así que, cuando paso raudo y veloz por alguna rotonda, parece como si alguien se lo estuviera pasando en grande en la parte de atrás del K-Movil. Solo que nadie se lo pasa en grande. Y menos yo… sobre todo porque sé lo que ese ruido significa: dinero.

Mis conocimientos de mecánica se limitan a cambiar una rueda en caso de pinchazo y, cosas que tiene la vida, a saber cual es el polo negativo de la batería. Para todo lo demás, lo llevo al mecánico. Por suerte, todo lo demás ha sido, hasta ahora, la revisión de cada 20.000 kilómetros.

Pero pese a no saber nada de mecánica, he llegado yo solo a la conclusión de que ese ñiki-ñiki no es muy normal (ñiki-ñiki es el ruido que hace el coche… no lo otro, a ver si se me va a entender mal). Así que he decidido llevarlo al mecánico.

Supongo que los mecánicos producen un sentimiento de desasosiego cuando dicen: “esto suena fatal… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… amortiguador, freno, correa de transmisión, etc)”. Pero en realidad es el mismo sentimiento de desasosiego que puedo producir yo cuando digo “esto tiene mala pinta… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… disco duro, unidad de procesamiento, tarjeta de memoria, etc)”. A mí me lo produce. Porque no tengo ni idea de lo que me están hablando.

He pasado primero por un garaje y después de menear la parte de atrás de mi coche durante un rato, el grasiento mecánico ha dicho: “Uy, esto es cosa de las barras de torsión”. Tendrás que ir a otro sitio porque yo no lo puedo cambiar. La palabra mágica es Barra de torsión.

Al segundo garaje al que he ido, el oficial de la casa, ha sido un poco más apocalíptico. Ha dicho: “Eso suena mal. El problema es del eje de suspensión. Hay que cambiarlo entero. Puedo cambiarte los cojinetes pero seguramente los rodamientos de aguja estén desgastando el eje y por eso suena fatal. Desde el momento en el que me traigan las piezas (y pueden tardar, porque estamos en agosto y ya sabe usted lo que pasa en agosto) un par de días. ¿Precio? Sobre los 1000€… algo más quizá”. Aquí hay dos palabras claves: eje de suspensión y 1000€.

Al tercer sitio donde lo he llevado, el único donde el mecánico ha mirado debajo del coche, me ha dicho: “joder… ¿desde cuando lo llevas así? Macho, esto es muy peligroso. Tienes los amortiguadores en el muelle. Se han quedado sin aceite y has perdido toda la hidráulica. Para matarte… como entres fuerte en una rotonda puedes volcar… tráemelo mañana por la mañana y te cambio los amortiguadores… 150€, pero mañana te lo confirmo cuando lo vea”.

Los tres han dicho cosas completamente diferentes. Esto es como el cuento de ricitos de oro… ¿A qué oso le dejo mi coche?

Botón de Bitacoras

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