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Esta tarde se celebra la despedida de soltero de Bob el silencioso. Y como ya conté en otra ocasión, estos acontecimientos son especiales. Al menos cuando el que se “despide” es un amigo de toda la vida. A Bob le conozco desde que tenía 13 años. Hace más tiempo que le conozco que lo contrario… así que Bob es un amigo de toda la vida.

Nosotros éramos cuatro. Los cuatro mosqueteros nos llamaba mi padre. Podría haber elegido los “cuatro fantásticos” pero mi padre ha tenido una educación basada en los clásicos. Y por clásicos me refiero a Roberto Alcazar y Pedrín y el Guerrero del antifaz. Zipi y Zape ya le pilló mayor.

Éramos inseparables aunque, como ciertas moléculas, combinábamos mejor de dos en dos. Panceta y Yo y Bob el silencioso y Amadeus. Ellos eran más de su misma cuerda y Panceta y yo nos entendíamos mejor.

El primero en caer fue Panceta. Me refiero a casarse. Pero como lo hizo en plan íntimo (y no me refiero a que se casaran en pelotas), como no hizo ceremonia ni nada (en el juzgado, una mañana… triste y fría mañana), como ni invitó a unas cañas un viernes por la tarde (ni ningún otro día), no hubo despedida de soltero. En realidad la cosa fe más o menos así:

Ring Ring
Diga?
Que me he casado
Ya?
Ya
Vale

Esa despedida de soltero la habría preparado con mucho cariño. Se suponía que Panceta era mi mejor amigo. Lleva ya casado más tiempo del que puedo recordar. En realidad eso es fácil… no le veo desde entonces… más o menos. Es que para su novia, perdón, para su mujer, yo era una mala influencia. Debe ser. No sé.

El segundo en caer fue Amadeus. Se casó con La Rubia. Y esa relación merecería un post entero. Y la boda otro. Sólo decir que ella se casó de rosa. Y fue una visión de esas que se te quedan grabada en la retina el resto de tu vida. La Rubia, por cierto, será testigo en la boda de Bob. Igual que yo. Sólo espero que no pidan hacer un baile entre testigos.

Tampoco hicimos despedida de soltero. Tendría que haberla organizado Bob, Amadeus es su mejor amigo, pero siendo sinceros, no sé si me gustaría ir a una despedida de soltero organizada por Bob. Es buen tío, pero es muy soso. Así que, o la organizó y no se lo dijo a nadie, o no la organizó. Aunque parezca mentira, la primera opción no es tan descabellada como parece. De la boda me enteré de milagro y, la verdad, fui por puro compromiso. Amadeus y yo no hemos hablado mucho en los últimos años. Vidas dispares, se llama.

El penúltimo en caer ha sido Bob el silencioso. En realidad no sé cómo ha ido la cosa. No he querido preguntar, la verdad. Pero me imagino que la escena fue, más o menos así:

Ella: ¿Nos casamos?
Él: (encogimiento de hombros)
Ella: Lo tomaré por un sí.

Y digo esto porque ha sido ella la que se ha movido para organizarlo todo. Y ha sido ella la que se lo ha dicho a todo el mundo. Hasta a mí., cuando lo lógico habría sido que Bob me lo dijera, a ser posible delante de unas cañas. Incluso ella me pidió que dijera unas palabras en el brindis… así que será mi segundo monólogo, parece. Esta será la boda que ella siempre soñó y en la que Bob habrá tenido muy poco que decir. Menos de lo habitual, se entiende.

El caso es que esta noche nos vamos de despedida.

Los tres mosqueteros (en realidad dos, porque Panceta, como de costumbre, tiene un compromiso previo de su mujer… ¿qué puede haber más importante que la despedida de soltero de un amigo de toda la vida? Seguramente ir al Carrefur o algo igualmente emocionante). Bueno, nos vamos de despedia los tres mosqueteros y…

El último Mohicano.

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La escena no podía ser más desalentadora. Ella, posiblemente guapa, con el rostro desencajado y llorando. Él, sentado justo enfrente, con cara de circunstancias. Ella sólo hacía que decir que no le creía. Al menos eso era lo que llegaba a nuestros oídos, sentados dos mesas más allá. Ni que decir tiene que seguíamos los acontecimientos con interés, y con disimulo.

Por lo visto él le había puesto los cuernos. Eso parecía deducirse de las palabras de ella. En realidad, ella creía que él le había puesto los cuernos, y él se defendía. Aunque no muy vehementemente. Simplemente estaba allí aguantando el chaparrón. A ver si escampa.

Ella se tranquilizó algo y empezaron un diálogo más pausado. Al menos en apariencia, porque desde lejos se destacaba la vena del cuello de ella, como el cartel de neón rosa de un club de carretera. Él seguía allí, esperando a que el temporal escampase.

Mi amiga decía que él era culpable. Que lo tenía escrito en la cara. Yo debe ser que no sé leer, porque no veía la culpabilidad escrita en la cara. Sólo una barba bien cuidada y un entrecejo peludo. Y una nariz un poco demasiado larga. Creo que mi amiga se veía reflejada en la escena. A lo mejor incluso se veía a sí misma sentada allí con la cara desencajada y la vena del cuello al 120% de su capacidad. Quizá por la solidaridad de género, todas las mujeres del mundo se verían allí, sentadas, llorando, delante del barbudo unicejo, echándole en cara su infidelidad más que manifiesta.

La solidaridad de género también actuó conmigo. Defendí ante mi amiga la inocencia del tipo. En realidad, casi como su abogado, defendí su no culpabilidad: No teníamos pruebas concluyentes de que hubiera adornado la, por otra parte, bonita cabeza de la chica con dos protuberancias óseas de considerables proporciones.

Pero en el fondo yo veía su culpabilidad, pero no en la cara. En sus actos. Me explico:

Supongamos que él no hubiera hecho nada. Digamos que se había tomado una copa con una chica y, al final, la hubiera acompañado a su casa. Corren tiempos peligrosos y no es bueno que una dama camine sola por la calle. Pero dos besos en el portal, castos y puros besos en la mejilla, casi sin contacto, apenas el gesto, y cada cual a su casa. Él, a ponerse una película en el DVD o, a lo mejor, ver un partido de balonmano de un equipo alemán contra uno griego en el canal de deporte. O sea: No hizo nada de nada.

Pues si no era culpable… ¿A santo de qué aguantar semejante escena, lloros y moqueos incluidos? Siendo, además, en público, en una concurrida cafetería del centro. Vamos, que si no era culpable sólo tenía que decirle “Yo no he hecho nada y todo está en tu cabeza. Así que vete a llorar a tu casa y, cuando te tranquilices, me llamas y hablamos como las personas humanas. Además, que dudes de mi fidelidad, de mi amor por ti, tú que lo eres todo para mí, mi vida… me duele…”

Veredicto: culpable.

No sé como terminó la historia. Nos fuimos antes del final.

¿Se reconciliaron?

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La sustituta

En tercero de BUP yo tenía una profesora de lenguaje a la que llamábamos “La Garrapata”. Era un mote heredado de cursos anteriores, así que muy bien no sé a qué venía. Unos decían que era por la inmensa verruga que tenía en la cara, de esas verrugas peludas que parecen tener personalidad propia, y una opinión bien formada sobre política. Una verruga hipnótica que, aún sin tener con qué hacerlo, te da la sensación de que te está mirando… y no bien, precisamente. Otros decían que la llamaban así porque era ligeramente contrahecha y pequeña. Y fea como su mote. Yo me inclino a pensar que simplemente alguien le puso ese mote porque le pareció especialmente desagradable.

Lo cierto es que con ella mis posibilidades de aprobar se podían equiparar a las de un emigrante recién llegado del África más profunda, sin saber castellano y, posiblemente, con alguna deficiencia auditiva aguda. Algunas sillas sacaban mejores notas que yo. Con ella todo el mundo estaba suspenso y, al menos en mi caso, no hacía falta que demostrara lo contrario. En realidad a mí no me preocupaba lo más mínimo suspender lenguaje… a fín de cuentas yo siempre he sido de ciencias. Pero a mis padres nunca les gustó que yo suspendiera nada, así que cada vez que llevaba las notas a casa había conflictos generacionales en los que siempre se terminaba oyendo “jovencito, yo a tu edad ya estaba trabajando”. Pero no sólo por el lenguaje, sino por el resto de asignaturas que suspendía, que no eran pocas. Nunca fui un alumno muy aplicado.

El tercer trimestre “La Garrapata” se puso mala. Ese hecho supuso que corrieran muchos rumores sobre las posibles enfermedades de la pobre mujer. Algunos realmente imaginativos. Al final resultó ser Hepatitis, lo que la mantuvo de baja durante el resto del curso. Para ella fue una mala noticia, pero para nosotros abría un resquicio a la esperanza. El profesor de sustitución que pone la compañía de seguros desde el kilómetro cero no podía ser peor que la señora de la verruga.

El profesor fue en realidad una profesora. Era joven y guapa. Pero sobre todo joven. Bueno, y guapa. Y entró en clase el primer día con un estilo diferente. Para empezar se sentó en la mesa del profesor con las piernas cruzadas. Se presentó y empezó a contarnos una historia sobre su primer día de clase en la facultad. Era una historia divertida, con algunos reveses y contada de una manera muy interesante. Ni que decir tiene que la clase se pasó volando. Ella había usado su presentación para enseñarnos lo que haríamos el resto del trimestre: Escribir historias.

Ahí me ganó.

Por primera vez escuché palabras como “presentación-nudo-desenlace”, trama, relato clásico… comedia, drama. Yo había leído siempre mucho, pero jamás se me había ocurrido pensar que las historias se tienen que contar de una manera concreta, que hay una estructura, y que se viene haciendo de la misma manera desde siempre. Entre otras cosas porque no hay otra forma de hacerlo, sobre todo si se pretende que la gente se entere o no se aburra. Y, lo mejor de todo: los deberes eran escribir relatos. No hace falta que diga que esos deberes los hacía sin rechistar.

El primer relato que hicimos hubo que leerlo en voz alta delante de toda la clase. A mi grupo nos había tocado hacer un drama. Y en cierta forma era un drama. Visto desde lejos. Trataba sobre venganza de un poli al que matan a su compañero. Lo sé, no era muy sofisticado y, bueno, se han hecho mil y una películas sobre lo mismo. Algunas hasta aceptables y todo. Sobre todo las que no están hechas en Hong Kong. Ese relato tuvo dos cosas buenas.

1) Me pusieron un ocho. El primer ocho en lengua de la historia de la familia. Conseguí sacar más puntos con ese relato que la suma de todas las notas desde el colegio.

2) El rotundo aplauso de mis compañeros, y alguna que otra carcajada de la profesora (en los momentos en los que tenía que hacerlo). Algo que, sin duda, engancha…

El relato lo perdí. Al menos no lo encuentro. Pero ya se sabe… las madres lo guardan todo, así que posiblemente esté en el montón de papeles del trastero. Curiosamente el nombre de la profesora no lo recuerdo, aunque creo que no sería difícil averiguarlo. Si alguna vez consigo publicar alguna cosa… mejor… cuando consiga publicar alguna cosa, buscaré su nombre para dedicárselo… a fin de cuentas ella tendría parte de la culpa ¿no?

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Después de casi dos años de bloguero profesional (y no porque haya recibido más emolumentos que el cariño de los lectores, cierto reconocimiento social y la sonrisa de cientos de emoticonos amarillos, esa clase de valores por las que dan una rentabilidad de mierda en el ING DIRECT), he descubierto que el lector tipo es, en realidad, lectora. Escribo de, por, y para mujeres (y no ante, bajo, contra, en, sin… mujeres… perdonad la tontería).

He estado pensando sobre esto. Si escribiera sobre lo que sé de las mujeres habría dejado de ser bloguero a la semana de haber empezado. Porque es más lo que no sé que lo que sé. En realidad, como dijo Descartes: “sólo sé que no sé nada”… pues yo ni eso. Supongo que escribo sobre lo que no sé de ellas. Así me garantizo tema para el resto de la eternidad. Y sin repetirme, ojo.

Estos días me ha asaltado una duda existencial. Ya sé que dos mujeres se parecen entre sí igual que dos copos de nieve (y, algunas, son igual de frías), y que no es posible generalizar, pero me gustaría saber una cosa: ¿cuánto dura el luto?

No me refiero al luto tradicional de vestir de negro, no. Me refiero al luto después de haber terminado una relación. Sí, ya sé… depende. Me imagino que dependerá de la mujer en cuestión y de si ha sido ella la que ha terminado con la relación o no. Por pura lógica (lógica masculina, por supuesto, y me temo que no aplicable) si ha sido la dejada, el luto durará más que si ha sido ella la que tomó la decisión de dejarlo. Más que nada porque a lo mejor la situación le vino de sorpresa. O sea: ¿Cuanto tiempo tiene que esperar un tío para entrar a una chica de luto?

Vamos a suponer que en este caso, por elegir una situación, ella ha sido la que lo ha dejado… pero por poner un caso.

Otra duda que me surge es la de cómo debe de comportarse un tío en esta situación. Estando ella de luto… ¿Qué es mejor?

  • a) Hacer de amigo comprensivo y, sobre todo, diferente.
  • b) Ir a saco
  • c) Desaparecer sin dejar rastro y esperar en la sombra a que pase el luto.

Me interesa bastante el tema. Por supuesto es una curiosidad meramente científica… no es que vaya a tener aplicación en el mundo real ni nada… eh… supongo.

¿Podéis ayudarme?

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Este fin de semana largo he estado practicando mi deporte favorito en los Pirineos. Concretamente en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Una maravilla natural que todo el mundo tendría que ver antes de morir.

El refugio de Goriz

El refugio de Goriz

No voy a entrar en detalles sobre lo que hice o dejé de hacer o lo que vi o dejé de ver. Para eso están las fotos que he puesto y que espero que os gusten. Sólo voy a contar algo que pasó la primera noche en el refugio de Goriz.

Un refugio de montaña es una da las cosas más espartanas que existen. Se prima la supervivencia por encima del confort. Porque el que haya 72 personas repartidas en 3 habitaciones, significa que compartes habitación con otras 23 personas… y eso es muy poco confortable. La gente que duerme en un refugio se divide en dos tipos. Están los que roncan, y los que no roncan… pero no porque no estén preparados, sino por el simple hecho de que los otros se han dormido antes.

Yo era uno de esos.

Todo el parque a nuestros pies

Todo el parque a nuestros pies

El viento soplaba con fuerza y una ventana mal cerrada golpeaba, como lo haría una ventana en una película de terror. Y la película podría ser de terror porque no tenía ni idea de quien era la persona con la que compartía litera. De hecho éramos tres en esa cama y para mí eran dos bultos debajo de una manta. Pero no era una película de terror, así que estaba pensando en mis cosas sin meterme con nadie y, sobre todo, sin pensar en la hora que debía de ser y lo poco que estaba durmiendo.

Alguien encendió un frontal para buscar algo y la habitación se iluminó ligeramente. Y la repentina luz coincidió con que el bulto a mi derecha se movió y pude verle la cara. En realidad verla, porque era una mujer. Cara ovalada, nariz pequeñita y labios bonitos. Y porque la imaginación es libre y soñar es gratis, ojos verdes. Sí, podría decir que era guapa. Y estaba dormida. Bueno… desde luego era mucho mejor que un tío con barba. Aunque podría hacer con ella las mismas cosas: O sea, nada.

Camino del Lago helado

Camino del Lago helado

Por suerte el cansancio me venció y conseguí dormirme. Aunque no sé cuanto duró ese sueño porque algo me despertó repentinamente. Ese algo era un brazo. El de mi compañera de catre. Lo había puesto sobre mi pecho, a la vez que hundió su cara en mi cuello. Y allí se quedó, dormidita y relajada. El que ya no estaba dormido y definitivamente tampoco estaba relajado era yo.

Supuse que la chica adolecía de lateralidad y había confundido derecha con izquierda y, queriendo abrazar a su novio a la derecha, abrazó al extraño de su izquierda. Luego pensé que la situación era un ejemplo práctico de la física de Newton: un cuerpo de mayor masa atrae a otros cuerpos… sobre todo si son pequeños como el de la chica. Luego llegué a la conclusión de que como soy una especie de estufa con patas, la chica inconscientemente se había acercado a la mayor fuente de calor de la habitación… porque tenía frío. Y luego…

Monte Perdido

Monte Perdido

La cosa se agravó un poco cuando, además, puso su pierna sobre las mías… y zonas adyacentes. Todo parecía indicar que estaba a gustito la chica. Lógico, ya que no soy de piedra. Y el problema era precisamente ese: yo no estaba siendo indiferente al contacto.

Tarta de nata

Tarta de nata

¿Por qué no me retiré o la aparté? Pues por dos motivos: primero porque la pared no me dejaba poner más distancia entre los dos y porque me estaba gustando la sensación. De hecho me estaba excitando. Lo sé… un poco patético, teniendo en cuanta que había dos mantas y un saco entre los dos. Y un novio a menos de un metro, roncando a pierna suelta. Y, bueno, también estaba el detalle de que ella estaba dormida y que todo estaba siendo involuntario… pero es que no estoy en mi mejor racha en estos momentos y el contacto era agradable.

De la misma manera que había llegado el contacto se fue. Y yo me quedé despierto pensando en que tengo una gran falta de cariño…

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La boda

No sabría decir por qué, pero siempre he pensado que me casaría. Supongo que es porque es algo que hace casi todo el mundo, y en el fondo soy un mono (calvo) mojado. Vamos a ver… no es que me haya imaginado mi boda ni nada por el estilo. No gasto mi tiempo es esas cosas… más que nada porque depende mucho de con quien pretenda hacerlo y todos sabemos que “ellas” tienen mucho peso a la hora de decidir el tipo de boda.

Nunca os he hablado de mi hermano mediano. Físicamente es delgado, rubio y tiene los ojos azules de mi madre. Es un tipo inteligente, no en vano se ha sacado dos carreras (la de ingeniería de él y la de arquitectura técnica de su novia), voluntarioso y muy trabajador. No lo digo por que sea mi hermano, pero es un gran tipo. Eso sí, tiene sus defectos. Por ejemplo, no tiene ninguna habilidad artística y es muy cuadriculado. Y siempre fue el más tímido de los tres, aunque poco a poco ha ido superando eso. Pero, sobre todo, es un poco “pijo”. No me malinterpretéis… con pijo quiero decir que, si tiene que comprar algo, irá automáticamente a comprarse lo más caro. Porque, para él, lo caro es mejor.

Cuando me vino a recoger al aeropuerto, a la vuelta de Nepal, me soltó la gran noticia: Se casaba. Y cuando me lo dijo, me imaginé el típico bodorrio de cientos de invitados, mesas de diez con centro de flores, cigarrillos para ellas, puros para ellos, mesa de los padrinos, amigos chillones al fondo, espada toledana para la tarta y cámara grabando a los invitados con la boca llena. Y el “quesebeeeesen, quesebeeeesen”. Eso sí, de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior.

La boda fue la semana pasada.

Mi madre me estuvo dando la lata durante dos semanas o más para que me pusiera mi traje de raya diplomática más bonito que todas las cosas. Mi traje de las bodas, todo sea dicho de paso. Eso es una cosa que me encanta de ser tío. Puedo ir a todas las bodas de mis amigos y familiares con el mismo traje… y no pasa nada. Pero esta vez no lo hice. Más que nada porque mi hermano me dijo que no quería que lo hiciera. En su boda, nada de trajes y nada de corbatas. ¿Por qué? Porque la boda ha sido una de las bodas más simples a las que he asistido. Exactamente la boda que yo celebraría.

Para empezar fue en el ayuntamiento. Poca gente, no más de 30 personas, amigos y familiares directos. Unas palabras de uno de los amigos, anécdota embarazosa incluida, y luego un si quiero de mi hermano y, esto es verídico, un yo también de mi cuñada. Y todo el mundo fuera. Exactamente quince minutos de reloj. ¿Y luego? Luego nos fuimos de cañas a un bar hasta la hora de la comida.

A la comida asistió nada más que familia directa. O sea, padres y hermanos, y respectivas. Y el amigo que habló en la ceremonia. Diez personas. Eso sí, fuimos al mejor restaurante de la zona, de esos que te rellenan la copa sin tener que pedirlo. Una sobremesa larga y muchas risas. ¿Y luego? A casa… a dormir la siesta.

La fiesta continuó por la noche. Alquilaron un bar y organizaron una especie de cóctel con barra libre para un grupo reducido de amigos y familiares. Exactamente 42 personas. La fiesta duró hasta las 6 de la mañana y algunos, entre ellos mi hermano pequeño, terminaron muy perjudicados.

Como curiosidad decir que no aceptaron sobres con dinero. Ellos invitaron a todo y a quienes quisieron. Sin compromisos absurdos. La premisa es simple: como no te estoy pidiendo dinero ni regalos, si te invito, es porque me gustaría que vinieras a mi boda; y si vienes es porque te apetece estar en ella. No hay compromiso de ningún tipo. Realmente es una invitación en su sentido más estricto de la palabra.

Y eso es lo que yo querría hacer.

Por cierto, a modo de curiosidad, a la boda fui disfrazado. Exactamente de Hank Moody, el protagonista de Californication. Eso sí, con mucho menos éxito que él. Claro que yo no soy David Duchovny…

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Llevo una temporada un poco desaparecido. Pero eso ya lo sabe quien quiera que siga este blog… que a juzgar por las últimas estadísticas, somos yo y otro. Normal, por otra parte… no escribo desde hace más de un mes. Vale que están los que entran buscando sexo, gracias a mis anécdotas y, sobre todo, a los títulos que pongo a alguno de mis post (llenos de palabras con significado sexual). Supongo que se van un poco decepcionados…

Hay varios motivos por los que no escribo.

Primero, por falta de tiempo. Estoy metido en varias cosas, y ya se sabe lo que dicen: el que mucho abarca poco achica. Así que he dejado el blog un poco en barbecho. Y ya lo siento. Pero entre todos los temas abiertos, hay especialmente uno en el que participo que consume mucho tiempo. Ya contaré próximamente más cosas sobre el proyecto en el que estoy participando, cuando haya una presentación oficial en sociedad. Sí que puedo adelantar que, entre las tareas de las que me estoy encargando, está escribir un guión de cine. Y es algo complejo. Sólo he escrito algo parecido una vez, y la verdad es que no tiene mucho que ver. Así que estoy leyendo mucho y escribiendo mucho. Y reescribiendo y volviendo a escribir. Una y otra vez. Tiene mucho trabajo y, sobre todo, hay que hablar un montón, en este caso con mi hermano, que es con quien estoy escribiéndolo. Así que nos pasamos el día discutiendo sobre tramas y subtramas, con sus correspondientes nudos de acción; relaciones entre personajes y arcos de transformación de esos personajes; anticipaciones y cumplimientos…

La cosa funciona un poco así: Se me ocurre una nueva peripecia para el protagonista y eso requiere añadir una anticipación algunas escenas antes. Una anticipación es una escena que prepara al espectador para lo que va a ocurrir, una especie de pista. Esa anticipación requiere, por ejemplo, cambiar algo en la personalidad de un personaje, que modifica la relación de ese personaje secundario con el protagonista. Hay que cambiar la presentación del personaje, lo que modifica un nudo de acción… por lo que hay que volver a escribir algunas partes de lo ya escrito… y vuelta a empezar. Imaginad el tiempo que se requiere.

Lo curioso es cómo se va transformando la historia poco a poco. Cómo va ganado en complejidad. Y lo que en un principio iban a ser treinta o cuarenta minutos, va ya camino de ser un largo. Y, aunque es bonito que sea así, un largo es muy complicado de hacer. Requiere tiempo. Más o menos, se graban unos diez minutos de película por cada día de rodaje, lo que para una película de hora y media tendríamos que rodar durante 9 días. Que serían más, teniendo en cuenta alguna de las localizaciones necesarias…

Por no hablar de la pasta. Hace falta dinero para hacer una película, y cuantos más minutos tiene, más dinero hace falta. No para pagar a técnicos o a actores, porque esa gente trabaja gratis. Al menos a estos niveles, porque nadie es profesional y todo el mundo quiere participar en cosas así para coger experiencia y currículo. Así que el dinero se destina al alquiler de material, grúas, focos, atrezzo o, si es necesario, alguna cámara suplementaria. Y el catering, claro.

Pero eso será más adelante. De momento estamos sólo con el guión.

Ya os contaré como va.

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¿Alguien conoce el experimento de los monos mojados?

En una sala se metieron 20 chimpancés, una escalera y, encima de ella, un montón de plátanos. Cuando un mono intentó subir la escalera para coger un plátano, los científicos abrieron unos aspersores y rociaron con agua helada a todos los monos. Esto se repitió tantas veces como intentos hicieron los monos por coger los plátanos, hasta que decidieron no hacerlo. En ese momento se sustituyó uno de los chimpancés por otro nuevo que no había sido mojado. Y, claro, lo primero que hizo el animal fue intentar coger uno de esos apetitosos plátanos. Pero los compañeros, hartos de ser mojados, se lo impidieron, usando incluso la violencia.

Cuando el nuevo mono ya no intentó coger los plátanos, los científicos sustituyeron un mono mojado por otro nuevo que tampoco sabía de qué iba la cosa. Y, como es lógico, como su predecesor intentó coger los plátanos… y nuevamente los otros monos empezaron un linchamiento para impedírselo. Curiosamente, el primer chimpancé, que no había sido mojado en ningún momento, también participó en la paliza al nuevo.

El experimento se repitió hasta que en el interior de la sala no quedó ningún chimpancé que hubiera sido mojado. Pero, curiosamente, ningún mono intentaba coger los plátanos, aún sin saber que había agua fría como premio a los plátanos, e impedían a cualquier chimpancé nuevo cogerlos.

Si a alguno de los monos le preguntaran, seguramente diría que no tiene ni idea de por qué, pero que “pegar a los nuevo es una tradición y, desde que tengo memoria, siempre ha sido así”.

Pues algo parecido ha pasado aquí en la oficina. Sin entrar en muchos detalles, he tenido que observar cómo trabaja una compañera, con la idea de mejorar el proceso. Yo no sabía de qué iba la cosa así que fui preguntando y tomando notas. Enseguida me di cuenta que había varias tareas redundantes que no aportaban nada al proceso y que, además, ralentizaban. Al preguntar la razón por la que se hacía así la chica me dijo: “No sé… a mi me lo explicaron así”.

¿Cuántas cosas hacemos “por tradición”? Ya no sólo en el trabajo, sino en nuestro día a día…

¿Somos monos (calvos) mojados?

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¿Sabes, madre? Tengo una sorpresa. Hoy me independizo… sí, sí, ya sé… era lo que querías… anda que no me has dado la lata con que volara fuera del nido. Y por eso vamos a celebrarlo. Hoy cocino yo. Para que veas que todas esas tardes mirándote en la cocina han valido para algo. Ya puedo valerme por mí mismo. No. No quiero que me ayudes. No digas nada. Tú sólo mira y luego me das tu opinión.

A ver… ¿Cómo empiezo? ¡Ah! Sí… comienzo preparando los ingredientes. Siempre lo dices: hay que presentar la materia prima a la cocina, para que se familiarice con ella.  ¡Qué risas me he echado oyéndote decir eso! Primero, calabacines. Creo que con uno grande habrá suficiente. Luego una cebolla. ¿Sabes? Nunca me gustó la cebolla. Quizá es por eso que me dices… sí, ya sabes, lo de que yo soy como una cebolla… con capas y más capas y que al final siempre te hago llorar. Pero a este plato le va muy bien la cebolla. ¡Mucha cebolla! Y tomates. Rojos y maduros. Que den mucho jugo. Me gusta el tomate. Tan rojo, tan espeso… tan… tan… pero habrá que pelarlos, porque tienen la piel un poco dura,  y despepitarlos, como a ti te gusta, para que no se metan las semillas entre los dientes, eh? También tengo algunos pimientos y media manzana… sí, yo creo que está todo. ¡No! Falta el “toque”, el aceite de oliva virgen extra. ¡Extra! ¡Extra! ¡Hoy cocina el hijo pródigo! Sí, ya sé que no te gustan mis bromas… pero es que hoy estoy tan contento…

El aceite. Hay que ser generoso con él. Un buen chorro en la cuzuela. Voy a hacer el sofrito y me hace falta aceite. Lo voy calentando, poco a poco, mientras troceo los otros ingredientes. La cebolla picadita. Con el cuchillo grande. Chaschaschaschas, en trocitos pequeños, para que se pochen bien. Pochar. Esa palabra no me gusta… suena a algo que se pone malo. ¡Esto está pocho! No me gusta. Pero tú siempre lo llamas así. Pochar, pochar, pochar… yo pocho, tú pochas, él pocha… y los pimientos también habrá que pocharlos, todo junto. Y dándole vueltas para que no se pegue… porque no queremos que se queme… No. Hasta que la cebolla esté transparente y el pimiento blando.

Ahora echo el tomate. Lo he cortado en trocitos, como a ti te gusta. Para que se deshaga bien y suelte todo el jugo. Toda su sangre… Vamos a hacer una auténtica salsa de tomate. Otra. Y para que veas que aprendo bien, le echaré la manzana… tu truco. Y vueltas. Hay que darle vueltas para que no se queme. Pero mientras hay que seguir preparando lo demás… más cebolla, más pimiento y el calabacín, claro…. Todo bien picadito. Y lo freímos en otra sartén… que suelte toda el agua… pero el calabacín será lo último, que es más delicado. Y no queremos que se estropee…

Esto tarda, mamá. Cocinar así es lento… es más fácil usar el microondas y calentar algo. Lo sé… pero podemos charlar mientras, ¿no? Yo remuevo y remuevo. Remuevo y remuevo ¿Qué dices? ¿Qué dónde viviré? No lo sé. Seguro que en un lugar agradable. Agradable y tranquilo. Lejos de las peleas y los gritos. Lo siento mamá… ya no me podrás gritar más. Pero ya soy mayor y podré vivir sin ti. ¿Ves como soy mayor? Un niño grande, me has dicho siempre. Pero eso ya terminó. Y el tomate también, parece. Un toque con la minipimer y estará listo. Y reservamos para después, para cuando el calabacín esté blandito… y lo echamos ahí, para que se haga todo junto. Y con eso tendremos el primer plato…

Ahora vamos por el plato fuerte. ¿Estás lista?


- ¿Tienes el informe?

- Sí. No hay duda.

- Y nos estaba esperando. ¡El muy cabrón! Estaba sentado en la mesa, delante de una cazuela de pisto y varios platos. Dijo que eran para nosotros.

- Menudo psicópata… sólo hemos encontrado los huesos. El informe es concluyente: los sesos eran de la madre… era todo lo que quedaba.

- Hijo de puta. Le había frito los sesos… con harina y sal.

- Así los prepara mi suegra.

- ¿Y el pisto?

- No, el pisto estaba cojonudo…

La semana pasada hice mi primer pisto. Chispas. Bajo supervisión de un adulto, en este caso, mi madre, claro. Digamos que yo fui sus ojos y sus manos. Mientras cocinaba se me ocurrió este relato. Esperad, antes de llamar a la policía o a los loqueros, dejad que me explique. No es que se me ocurriera hacerle eso de cocinar los sesos vuelta y vuelta a la pobre mujer. Ya tiene suficiente con el hierro que le sobresale del dedo del pie. Pero pensé que podía ser una manera muy, pero que muy original de presentar una receta…

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Mi madre está preocupada por mí. Es eso o quiere un nieto a toda costa. Estaba yo en mi casa tranquilamente un domingo por la tarde cuando me empezó a sonar el teléfono. Era mi madre y me decía que estaba a punto de hacer un chocolate caliente y unos churros, por si quería pasarme por allí a merendar.

Chocolate y churros son dos palabras que me resultan muy atractivas cuando están juntas (y separadas… ¿A quien pretendo engañar?), así que me fui para allá tan rápido como pude. Con lo primero que pillé para ponerme.

A ver, era domingo, yo estaba en casa y me iba de visita a ver a mi madre. Así que no iba de punta en blanco. Es más, llevaba puesto el chándal de estar en casa y el forro polar de la montaña, unas zapatillas viejas que tengo para todo tipo de ocasiones, y una camiseta raída por el uso. Estaba peinado de milagro (más que nada porque el pelo tan corto no se puede despeinar).

Junto al chocolate y a los churros estaban mi hermano pequeño y su novia, con los que tengo suficiente confianza como para darme igual si me ven en chándal, en calzoncillos o en traje regional laponés si es menester… pero, además, se habían traído a una joven desconocida con ellos. Una amiga.

A eso lo llamo yo una encerrona.

Rubia, probablemente, estatura media, mona de cara y de labios muy carnosos. Podríamos decir que atractiva a falta de un segundo vistazo. Mi madre sabía por mi hermano que es soltera y, cuando llegó a casa, pensó que podría “organizar” un encuentro. Para que nos conociéramos.

Si algo surgió ese día lo más probable es que fuera una indigestión.

Dos días después operaron a mi madre. Nada grave en principio: Le han quitado una cosa que tenía y le han puesto una cosa que no tenía. Lo que le han quitado es un juanete, y lo que le han puesto es un hierro que le sale del dedo medio del pie. Tiene forma de gancho y sería muy útil para colgar a mi madre del techo y que ocupara menos espacio. Claro que no creo que se dejara… menuda es mi madre.

La intervención, por lo visto, es muy rutinaria y sólo tuvo que estar hospitalizada una noche. Así que prácticamente ha sido un visto y no visto. Aunque me temo que la recuperación será mucho más lenta. Más que nada porque lo que han hecho ha sido romperle, literalmente el pie, para recolocar todos los huesos en la forma que tiene que tener un pie. La función del hierro en forma de alcayata se me escapa de momento.

Al darle el alta fui al hospital a recogerla. Entré en la habitación y me senté en la cama, con cuidado de no rozar el gancho que le salía del dedo. Me dijo que me quedara por allí porque tenía que pasarse una enfermera “Muy guapa” a hacerle la última cura. El uso de ese adjetivo me puso en guardia inmediatamente. Mi madre no usa esos adjetivos a la ligera, así que me imaginé que la cosa iría más o menos en la misma línea que los churros del domingo.

Cuando entró la enfermera fui presentado como “Este es mi hijo el mayor. Está soltero ¿Sabes?”. Y me extrañó que no usase mis apellidos “Es limpio y gana bien”. Por suerte no dejaban estar a los familiares durante los trabajos de curación.

Cuando íbamos en el coche volvió a sacar el tema de la enfermera.

- Es que nosotros ya estamos mayores y pronto vendrán los achaques, y una enfermera de nuera…

No sé si mi madre quiere nietos, está preocupada por mí o, en realidad, se quiere asegurar a una profesional que la cuide cuando sea viejita… a precio de coste.

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