Continúo la historia del esquí…
Después de hablar con los monitores, esta vez el tartaja no abrió la boca, con lo que la cosa fue rápida. El autocar estaba en Huesca y no se sabía cuanto tiempo podría tardar… si es que llegaba. Así que decidimos acostarnos para dormir lo máximo posible…
Lo máximo posible fue hasta las cinco y media de la mañana, hora exacta en la que un ser sin corazón (y con las nociones básicas de educación de un chimpancé meningítico) dio la luz de la habitación, mientras hablaba a grandes voces son sus otros tres compinches. Eran nuestros compañeros de habitación, claro. Por lo visto el autobús se había roto antes incluso de empezar el viaje y no pudieron conseguir otro hasta las 10 de la noche. El conductor, adicto a la nicotina, paraba cada dos por tres (seis) para echar un pitillo, y, al llegar a la zona del albergue, el hielo y un coche atravesado, terminaron por retrasar el viaje hasta esa hora… nada envidiable, la verdad.
Apenas dio tiempo a dormir otro poco más, porque a las siete y media de la mañana empezó la habitual cantinela de despertadores y soniquetes electrónicos que se pone la gente en el móvil para despertarse. Como esta escena se estaba repitiendo en todas las demás habitaciones de las tres plantas, a lo que había que sumar ciento cincuenta pies haciendo crujir la madera del suelo, veinticuatro cisternas por minuto atronando y las gargantas de más de setenta personas susurrando en el edifico, es de suponer que intentar apurar hasta las ocho menos cinco de la mañana (como era mi plan) iba a ser toda una quimera imposible de cumplir…
El desayuno fue descorazonador. Un paquete de (4) galletas de hospital (también vistas anteriormente en vuelos de Iberia, cuando no había que pagar por desayunar), una tarrina de mantequilla, otra de mermelada (de mora), un azucarillo, un vaso de café, un puñado de cereales (literal), y una rebanada de pan del día anterior (siendo optimista). Traducido en unidades de energía, podríamos decir que la energía necesaria para ponerse las botas de esquiar y parpadear dos veces…
Pero esquiar el sábado fue imposible. Tras llegar a Panticosa, pueblo y estación de esquí a la misma vez, vientos en rachas de más de 80 kilómetros por hora no dejaron lugar a dudas: los tele-arrastres y tele-sillas no se moverían en todo el día. Nos ofrecieron la oportunidad de cambiar la estación de referencia de Panticosa (cerrada) a Formigal (abierta) pero, como nos lo pusieron tan feo, en la votación salió venciendo por estrecho margen de 4 votos la opción de pasar el día en Jaca. Bonito día de turismo que, entre otras cosas, dio para interactuar con alguna guapa esquiadora… aunque la presencia de Morena era enigmática (¿De cual de los dos es novia?, se preguntarían)
El tener coche nos dio libertad para ir a nuestra bola… y cuando quisimos, nos marchamos al albergue, a descansar. Unos minutos de sueño… hasta que el gilipollas de la semana (el meningítico ¿Recordáis?) volvió a entrar en la habitaciones dando grandes voces… supongo que ver a alguien metido en un saco de dormir, no quiere decir necesariamente que esté durmiendo. Y el que, además, tuviera los ojos cerrados y roncara levemente, no eran pistas concluyentes…
La cena del sábado, en pleno horario europeo, fue a las 8 y cuarto de la tarde. A pesar de haber comido muy bien, me encontraba de los primeros en la cola que se formó delante de la puerta del comedor. Viendo como había sido el desayuno, enterarse de las malas noticias, cuanto antes, mejor… Me hice con una bandeja, le puse el mantelito de papel y cogí los cubiertos. Había un olor como a guiso en el ambiente, no demasiado desagradable, lo que podía dar una pista de lo que sería la cena. La cocinera al más puero estilo carcelarios plantó en mi plato un cazo de alguna clase de líquido translúcido en el que parecían flotar granos de algo y que, a modo de isla, tenía un trozo de carne increíblemente marrón en el centro… “¿Quieres más?”, y más que una pregunta pareció una amenaza… casi ni me atreví a decirle que sí. Completaba la comida un plato con tres salchichas del mismo color marrón que la carne, y una bolsita de Ketchup, una naranja y un plátano.
Me lo comí todo.
Estuvimos de cañas hasta las 12 de la noche (más o menos) en el bar del pueblo (había otro, pero parecía estar un poco muerto). A esa hora yo ya no era persona, animal o cosa y me metí en el saco, donde perdí el conocimiento prácticamente al instante… y lo volví a recuperar instantes después, porque la fiesta (en contra de toda lógica) no se terminó cuando me marché, sino que continuó por largo rato… no me enteré de cuando me dormí de nuevo, pero sí de cuando desperté, sobresaltado, cuando de nuevo, el enemigo público número uno entró en la habitación. A la meningitis crónica que ese ser de las cavernas sufría (y por la que debemos tenerle un poco de pena) había que añadir un descomunal pedo de sustancias legales e ilegales. Y así se lo contó a cuantos quisieron escucharlo, que a juzgar por el volumen, debieron de ser todos los del albergue. Creo que ningún juez del mundo me habría condenado de haber hecho lo que en esos momentos cruzó mi mente…
El desayuno del domingo fue una repetición del día anterior, con la salvedad de que, en esta ocasión, no conseguí pan a la primera intentona… es que lo de no dormir, como que no ayuda al tema de los reflejos). Lo que si difirió con respecto al día anterior fue que sí que esquiamos. En lugar de perder el tiempo en Panticosa (donde seguro que habían cerrado por el mal tiempo) fuimos directamente a Formigal (donde no habían cerrado por el mal tiempo, aunque el mal tiempo era incluso peor que en Panticosa). Llegamos a lo alto de la estación, a unos 1800 metros de altura, en pleno temporal de nieve. El cielo blanco, la montaña blanca y la niebla blanca, nos hacían creer que estábamos en mitad de un anuncio de Colon Ultra. O que éramos personajes de cómic en una viñeta sin terminar. O un grupo de idiotas que no saben lo que es un nosepuede por respuesta…
Mi intención no era esquiar. Más bien era quedarme en la cafetería de la estación y mirar lánguidamente por la ventana a la espera de que mejorara un poco el tiempo o, en su defecto, que nos marcháramos a lugares más cálidos, donde una cocacola no supusiese el sueldo de un mes… pero lamentablemente, cuando llegamos, los monitores ya habían comprado los remontes, alquilado el material y contratado los cursillos para los que dijimos que sí en su día… ya no me quedaba otra que esquiar… actividad que era el fin de todo aquello.
Una vez que me hice con los esquís, botas y bastones (una vez significa hora y media después), me dediqué hasta la hora de comienzo del cursillo (básico) a deslizarme por una pendiente que de pendiente tenía sólo el nombre. Lo malo era que no llegaba a ningún lado y, una vez terminaba la pendiente, había que quitarse los esquís y volver caminando cuesta arriba. A la tercera vez ya estaba literalmente hasta los cojones de la cuestecita, del esquí y de las botas.
El curso de dos horas de los fundamentos del esquí (diferencias entre cuesta arriba y cuesta abajo… qué hacer para frenar… La nieve… ¿Está más dura de los que parece?) El surso nos lo impartió una maña muy maja y, sobre todo, paciente. Digo paciente porque no desesperó al tratar de enseñarme a hacer la famosa cuña y, obviamente, no conseguirlo. Descubrí que soy incapaz de doblar dos partes de mí mismo a la vez, lo que me hace negado para la práctica del esquí… y hacer ese descubrimiento a 1800 metros de altura, con unos esquís en los pies y deslizándome hacia una empinadísima cuesta de nivel verde, no le hace a uno sentirse precisamente bien…
No es extraño que terminara con el cuerpo molido. Esquié con partes de mi cuerpo no aptas para ese fin (cara y culo, por poner algún ejemplo). Me caí de todas las maneras posibles que hay de caerse (creo que inventé algunas nuevas) y choqué contra todo lo que es chocable (y que te permita seguir vivo, claro). Atropellé a algún compañero que otro, tiré a algún desconocido al suelo y, en general, provoque tantos accidentes que pensaron en ponerme en las pólizas de seguro como una más de las causas de siniestros… y sólo la gran suerte que tengo evitó heridos graves. Eso por no hablar de mis peripecias con el tele-arrastre maldito…
No hay que olvidar que había un temporal de viento y nieve, que hacía que no se viera más allá de 15 metros. Y que, entre la niebla y los copos de nieve que chocaban con violencia contra la cara, hacían muy difícil ver algo más que los esquís de uno mismo y algún que otro cuerpo pasar cerca fugazmente.
Desistí poco después de terminar el curso. Entre otras cosas por un persistente dolorcillo en la rodilla derecha y, que todo hay que decirlo, porque me entró un gran desánimo al ver mi total inutilidad. Y porque el viento estaba empezando a ser algo así como vendaval…
La vuelta fue muy larga. Hay algo que no llego a entender de la gente. Te dicen que hay un temporal de nieve y que no se espera que amaine. Pero aún así la peña se sube a 1800 metros de altitud sin unas malditas cadenas. Y pasa lo que tiene que pasar… coches cruzados en la carretera, alcances, caravanas y grandes retenciones. Más de tres horas para hacer los 29 kilómetros que nos separaban de Jaca… para estar todavía a 5 horas de casa… una pasada.
Yo llegué casi a las 2 de la mañana a casa… la gente del autobús creo que siguen todavía de camino…
No aprendí a esquiar ni lo más mínimo. Pero lo volveré a intentar… seguramente.





