Esta semana en el club de los jueves el tema elegido es… ¡Ninguno! Libre, como el viento, como los taxis, como los solteros… en fin, creo que se ha entendido el concepto. Con eso de los Juegos Olímpicos, me he calzado las zapatillas de correr y he escrito esto. Espero que os guste.
Sólo oigo mi respiración, el plas plas de las zapatillas golpeando el suelo y el corazón botando alocado en mi pecho. No sé cuánto tiempo llevo corriendo… parece que toda la vida. Y tengo la sensación de que nunca podré parar, que correré y correré hasta que un día no pueda dar un paso más y caiga fulminado.
El camino es polvoriento y hace calor. No se mueve ni una brizna de hierba, ni una espiga de trigo del campo que se extiende hasta donde la vista alcanza. A lo lejos, en la inmensa llanura, se vislumbra el enorme cartel publicitario de un banco amigo con inmejorables hipotecas, aunque siempre parece estar a la misma distancia… esa es mi meta, el final de la carrera. Por hoy. El final de la carrera, el final de todas las carreras, no será hasta dentro de unos meses. Meses de sacrificios. Meses de dolores. Muchos meses. Pero yo sigo corriendo.
Paso a paso el campo de trigo desaparece. Cada una de las espigas verdes se transforma en un entusiasta espectador de la carrera, que jalea y anima como un solo ser, con una sola voz. El camino polvoriento es ahora asfalto agrietado. Hay pancartas y banderas. Algunos padres llevan a sus hijos en los hombros y todos dan palmas… es increíble la fuerza que puede llegar a transmitir la multitud enfervorecida. Pero esa sensación es momentánea.
Un kilómetro para el final. Sólo un kilómetro.
La meta. Un enorme arco de plástico rojo, hinchado, con una banderola con la palabra “Meta” escrita en grandes letras rojas. Un cronómetro digital “Citizen” cuenta el tiempo de carrera. Pero el sudor y el cansancio nublan mi visión y no veo el tiempo que llevo. Me seco el sudor con la muñeca y…
…y el tiempo se detiene. Allí está ella, a unos metros de la meta, mirándome directamente a los ojos. Sus enormes ojos azules brillan de felicidad, de orgullo… y sonríe. Me sonríe a mí. Esos ojos inmensos tienen un poder… siempre lo han tenido. No puedo defraudar a esos ojos, no puedo verlos tristes. No puedo decepcionarlos. Por arte de magia el dolor del pecho desaparece. Por arte de magia la pesadez de las piernas se esfuma como si nunca hubiera existido. Por el arte de la magia de ese azul tan profundo, de esa mirada llena de admiración.
Acelero.
No lo puedo evitar. Al cruzar la meta alzo los brazos en señal de triunfo, como si hubiera ganado la carrera, como si los otros ochocientos y pico corredores que han entrado antes que yo no hubieran existido. He rebajado el tiempo que me había propuesto como objetivo, pero en realidad me da igual. Sólo tengo un pensamiento en la cabeza: tengo que encontrarla y compartirlo con ella…
Pero es inútil. No está. No ha estado nunca. Mi cerebro la imaginó, ahí, junto a la meta, con el único propósito de superarme, de llegar.
Maldito cerebro.
Caigo de rodillas. La fatiga puede conmigo, pero el dolor que siento en el pecho es aún peor. No puedo evitar que una lágrima, sólo una, resbale por mi mejilla hasta el asfalto.
Por pura voluntad me levanto del suelo. Tengo que recoger el diploma… después de todo he terminado la carrera y he superado mi marca. Me lo he merecido.
Tengo que saber cuándo es la próxima carrera… marcarme un nuevo objetivo… a fin de cuentas, yo iba para campeón del mundo, ¿no?
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Lo importan es que te diviertas en la carrera , no ganar ..convenceté…