En cualquier pueblo de tamaño medio (y de algunos pequeños también) hay dos nombres de bar que son casi obligatorios. Yo creo que son una especie de franquicia. Tenemos por un lado el Bar “la estación”, y por otro Cafetería “Oasis”. Algo parecido pasa con las fiestas de los pueblos. Siempre hay una actuación de una orquesta que se llama “Paraíso”. Si son los mismos, deben de dar más conciertos que David Bisbal. Esto poco tiene que ver con el tema de esta semana… bueno, sólo un poco: esta semana Elefante nos obliga a tratar el tema del Paraíso… Ésta es mi propuesta.
No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Sólo recordaba estar corriendo ladera abajo junto a sus compañeros, a toda velocidad, gritando a más no poder… para, acto seguido, encontrarse allí sentado.
Todo era demasiado desconcertante.
Aunque no tenía ni idea de dónde estaba, pese a no reconocer nada de lo que había a su alrededor, no se sentía nervioso. Es más, una paz como la que no había conocido en la vida le llenaba por dentro. Estaba muy a gusto. Incluso satisfecho.
Se dio cuenta que estaba casi desnudo. Sólo llevaba una fina y apretada prenda de tela muy suave al tacto tapándole sus partes. “Es como no llevar nada”, pensó, mientras se rascaba un testículo distraídamente, “Pero a la vez”, continuó, “mantiene todo en su sitio”. Se percató de que tenía algo en la mano. Estaba frío, muy frío. Era cilíndrico, de no más de un palmo de alto, de metal y tenía una abertura en la parte superior. Vio que el cilindro frío de metal tenía unas extrañas inscripciones en la superficie lisa, que no supo identificar. Olfateó, por instinto, los efluvios que manaban del interior del cilindro y reconoció inmediatamente lo que era. Un sorbo le permitió averiguar que se trataba de una cerveza mucho más suave que la que él solía tomar con sus camaradas, pero estaba muy buena. Apuró toda la bebida de un trago y emitió un sonoro eructo.
Estaba sentado en una especie de trono, pero muy mullido y suave, calentito y confortable. Los pies, descalzos, en alto, apoyados sobre una mesa baja donde había unos recipientes de colores con cosas también de colores dentro. Se hizo con uno de los recipientes y cogió una pequeña bolita amarilla, extrañamente ligera y esponjosa. La olfateó y determinó que era comestible. Pese al intenso sabor, que le recordó vagamente a queso, no le resultó desagradable. Se metió un puñado de esas bolas en la boca.
Entonces se dio cuenta de que había otro extraño objeto junto a los recipientes de comida. Era de un palmo de largo y fino, de color oscuro, y tenía muchas piezas rectangulares con inscripciones. Por instinto apretó una de esas piezas y, de pronto, un objeto que estaba enfrente de él y del que no se había percatado se iluminó. Se asustó un poco, pero pronto la curiosidad pudo más que el miedo, y se fijó en que en ese objeto plano se veía una especie de pradera verde donde había gente. Gente que corría, y que daba patadas a una bola. Parecían estar jugando a algún tipo de juego y tenía pinta de divertido. En un determinado momento uno de los hombres introdujo la bola de una fuerte patada entre unos postes blancos y todos los que llevaban la ropa del mismo color se abrazaban. Los otros no parecían muy contentos. Se concentró en el juego y volvió a rascarse un testículo con la soltura que da haberlo hecho toda la vida.
La comida esponjosa le dio sed y deseó un trago de cerveza. Miró a su alrededor, buscando con la mirada algún cilindro de metal como el de antes. Pero apenas le dio tiempo a mirar alrededor otra vez, porque en ese momento entró una mujer en su campo de visión. Alta, rubia, guapa y desnuda, se dirigía hacia él sonriéndole. Llevaba una bandeja en las manos, con unos cuantos cilindros como el que tenía antes, y más cuencos con comida esponjosa. Se inclinó sensualmente delante de él, contorneando las caderas, y dejó sobre la mesa baja el contenido de la bandeja.
- ¿Deseas alguna cosa más? – le susurró con voz musical la mujer – ¿Más cerveza? ¿Comida? ¿Sexo?
- ¿Sexo?
- Claro, estás en el Vingólf.
- ¿Contigo?
- O con cualquiera de mis hermanas…
- ¿Hay más?
- Muchas…No sabía que elegir. Tenía algo de hambre, y la cerveza le apetecía mucho. Pero también hacía tiempo que no veía una mujer así, y menos desnuda… estaba indeciso.
La indecisión le duró una milésima de segundo. Alargó su mano para acariciar el pecho de la joven y…
- Olaf!!
- ¿Eh? ¿Cómo?
- Olaf, ¿estás bien?
- ¿Qué?
- Espera, no te muevas… tienes una flecha clavada en el costado
- Eric… ¿Dónde está la mujer desnuda?
- ¿Qué mujer?
- La que traía la cerveza…
- Macho, tú deliras
- Que no… que había una valquiria desnuda… y me traía cerveza… me dijo que estaba en el Vingólf.
- Claro, y ahora me dirás que viste a Odín
- No, a Odín no le vi…
- Y a los gigantes de hielo… ¿Los viste?
- No…
- Pues si no viste a Odín ni a los gigantes de hielo, en menuda mierda de Valhalla has estado…
- Pero había unos tíos pegando patadas a una bola en una pradera… y había cerveza… y se estaba tan a gusto…
- Te veo bien. Así que te dejo aquí un rato solo, ¿vale? Parece que ya hemos tomado esta aldea… voy a ver si saqueo un poco por los dos… y déjate de valquirias… ¿Cómo vas a entrar tú en el Valhalla? Ya nos lo contó padre… sólo los guerreros más valientes van al Valhalla a reunirse con Odín, para la lucha final con los Gigantes de Hielo… para el Ragnarök… y tú todavía no has matado a nadie…
Hay más y mejores relatos en las casas de los compañeros del Club:
Bloody
Carmen
Cástor Olcoz
Crariza
Elefantefor
Escocés
Janpuerta
Karmen-JT
Pat
Un Español más
Xarbet
Otra cosa. No suelo acompañar a un relato con nada, pero en esta ocasión me ha venido a la memoria un vídeo un poco bestia que trata sobre el paraíso… más o menos. Aviso que puede herir susceptibilidades







Muy bueno
Por un momento me quedé un poco confundida cuando despertó el muchacho.
Al otro guerrero no le gustó su idea del Valhalla, pero sé que a más de uno del presente, se suicidaría si eso fuera así.