La escena no podía ser más desalentadora. Ella, posiblemente guapa, con el rostro desencajado y llorando. Él, sentado justo enfrente, con cara de circunstancias. Ella sólo hacía que decir que no le creía. Al menos eso era lo que llegaba a nuestros oídos, sentados dos mesas más allá. Ni que decir tiene que seguíamos los acontecimientos con interés, y con disimulo.
Por lo visto él le había puesto los cuernos. Eso parecía deducirse de las palabras de ella. En realidad, ella creía que él le había puesto los cuernos, y él se defendía. Aunque no muy vehementemente. Simplemente estaba allí aguantando el chaparrón. A ver si escampa.
Ella se tranquilizó algo y empezaron un diálogo más pausado. Al menos en apariencia, porque desde lejos se destacaba la vena del cuello de ella, como el cartel de neón rosa de un club de carretera. Él seguía allí, esperando a que el temporal escampase.
Mi amiga decía que él era culpable. Que lo tenía escrito en la cara. Yo debe ser que no sé leer, porque no veía la culpabilidad escrita en la cara. Sólo una barba bien cuidada y un entrecejo peludo. Y una nariz un poco demasiado larga. Creo que mi amiga se veía reflejada en la escena. A lo mejor incluso se veía a sí misma sentada allí con la cara desencajada y la vena del cuello al 120% de su capacidad. Quizá por la solidaridad de género, todas las mujeres del mundo se verían allí, sentadas, llorando, delante del barbudo unicejo, echándole en cara su infidelidad más que manifiesta.
La solidaridad de género también actuó conmigo. Defendí ante mi amiga la inocencia del tipo. En realidad, casi como su abogado, defendí su no culpabilidad: No teníamos pruebas concluyentes de que hubiera adornado la, por otra parte, bonita cabeza de la chica con dos protuberancias óseas de considerables proporciones.
Pero en el fondo yo veía su culpabilidad, pero no en la cara. En sus actos. Me explico:
Supongamos que él no hubiera hecho nada. Digamos que se había tomado una copa con una chica y, al final, la hubiera acompañado a su casa. Corren tiempos peligrosos y no es bueno que una dama camine sola por la calle. Pero dos besos en el portal, castos y puros besos en la mejilla, casi sin contacto, apenas el gesto, y cada cual a su casa. Él, a ponerse una película en el DVD o, a lo mejor, ver un partido de balonmano de un equipo alemán contra uno griego en el canal de deporte. O sea: No hizo nada de nada.
Pues si no era culpable… ¿A santo de qué aguantar semejante escena, lloros y moqueos incluidos? Siendo, además, en público, en una concurrida cafetería del centro. Vamos, que si no era culpable sólo tenía que decirle “Yo no he hecho nada y todo está en tu cabeza. Así que vete a llorar a tu casa y, cuando te tranquilices, me llamas y hablamos como las personas humanas. Además, que dudes de mi fidelidad, de mi amor por ti, tú que lo eres todo para mí, mi vida… me duele…”
Veredicto: culpable.
No sé como terminó la historia. Nos fuimos antes del final.
¿Se reconciliaron?

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Estoy contigo, su actitud de “ya me han cogido, no hay remedio” lo dice todo.
No tienes que gritar como un energúmeno para defender tu postura, simplemente con negarlo y refutarlo con la lógica aplastante, basta. Y si no te cree el que tiene el problema es la otra persona.
El que calla otorga
Yo no habría aceptado el caso, la verdad…
persona humana?
Es una frase hecha… en realidad no sé de donde viene (de qué serie o película o de qué) pero la suelo decir… no creo que sea invención mía.