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Los duendes de estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de alto nivel de la salud de tu blog:

Healthy blog!

El Blog-Health-o-Meter™ indica: ¡Este blog está en fuego!.

Números crujientes

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Un barco de contenedores puede llevar a unos 4.500 contenedores. Este blog fue visto cerca de 15,000 veces en 2010. Si cada cada visita fuera un contenedor, tu blog llenaria 3 barcos.

In 2010, there were 3 new posts, growing the total archive of this blog to 242 posts.

The busiest day of the year was 12 de enero with 133 views. The most popular post that day was Nepal (6) – ¿Qué hacer cuando se va la luz?.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran search.conduit.com, google.es, miradadepat.com, es.wordpress.com y bitacoras.com.

Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por universo, el universo, solomillo al roquefort, sexo en el camino de santiago y dieta del serrucho.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Nepal (6) – ¿Qué hacer cuando se va la luz? octubre, 2008
1 comentario

2

Google y la corrupción septiembre, 2008
4 comentários

3

La primera vez que me fui de putas abril, 2008
2 comentários

4

Cocina para solteros (con pretensiones) – Solomillo al roquefort diciembre, 2009
13 comentários

5

El primer chocho no se olvida diciembre, 2008
10 comentários

El tercer gemelo

Era sábado y yo estaba es un cumpleaños de una buena amiga. Había ido porque es una buena amiga, y no tanto por la promesa de chicas, actrices para más señas, que habían confirmado su asistencia. La amistad está por encima de todo, pero me afeité y me puse zapatos.

Y sí. Hubo actrices, aunque ninguna llamó mi atención.

La que sí llamó mi atención fue una amiga de una amiga. Morena, pelo liso, cara bonita, sonrisa frecuente y ojos brillantes. Vestida de negro, escotada, pero sin ser presuntuosa, camisa negra y vaqueros a juego. No era de esas que te dejan boquiabierto y alelado, pero no se podía negar que “algo” sí que tenía. Así que me acerqué a ella y a mi amiga con la sana intención de ser presentado.

Solo que en el momento en el que llegué, mi amiga se fue. No porque no quisiera verme, sino porque había algo que nadie más podía hacer por ella, y seguramente el baño ya estaba libre. Pero también podía presentarme yo. O eso intenté hacer.

– Hola – dije sonriendo.

Lo que pasó a continuación no fue exactamente lo esperado. Para empezar nunca antes una mujer se había puesto colorada al verme. Pero no un ligero rubor que pudiera considerarse como una sutil muestra de interés. No. Un rojo del tipo “He salido a la calle en pelotas y me he dado cuenta ahora mismo” o, más bien, la variante extrema de “Tierra trágame”.

– ¿Qué haces aquí? – consiguió decir.
– Soy amigo de la homenajeada.
– Por favor… – me suplicó – no le cuentes a nadie cómo nos conocimos…

¿Cómo nos conocimos? Pero si no la conocía de nada… seguramente me estaba confundiendo con otro.

– Creo que te equivocas… pero… ¿Cómo nos conocimos?

Y ella adoptó un tono más rojizo todavía.

– Perdona… que no eres tú… que me he confundido…
– Eso ya lo sé – le dije – pero de verdad, tengo curiosidad. ¿Cómo nos conocimos? Tuvo que estar muy bien, para que no quieras que se sepa… ¿No?

Y no quiso contármelo. De hecho, no me lo contó. Pero con la tontería hablamos un buen rato y a lo tonto me lo bailo tengo su teléfono. No sé cómo conoció a mi otro yo, pero, desde luego, la forma de conocer al Sr K original tampoco ha sido como para olvidarla.

De todas formas me preocupa un poco el asunto. Porque no es la primera vez que me pasa algo parecido. Cada vez creo más que mis padres participaron en un experimento genético y hay por ahí más tipos como yo. Como en el libro de Ken Follet. Y uno, el muy cabrón, se lo está pasando de miedo…

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Este verano con el Capitán Haddock ha dado para mucho. Además de nudos marineros, arriar la mayor y tener cuidado con la botavara, he aprendido a cocinar la autentica receta italiana del Risotto. Lo que os voy a enseñar es lo que yo llamo:

Risotto a la Sr K.

Una cosa que he aprendido con los años es que hay que tener una especie de despensa de emergencia, algo así como un fondo de armario con cosas que no deben faltar en la cocina, por lo que pueda pasar.

El ideal de cosas que pueden pasar es despertarte un domingo a las tres de la tarde con una impresionante mujer desnuda en la cama, que te mire con ojos de deseo y te diga: “tenemos que recuperar fuerzas… ¿no te parece?”. En realidad una de las cosas que pueden pasar es, con toda probabilidad, despertarte un domingo a las tres de la tarde con hambre y que ya sea demasiado tarde como para presentarse en casa de los padres a comer.

Así que hay que improvisar. Abre la alacena (he tenido que buscar la palabra en el diccionario, no creáis) y echa una ojeada a lo que hay. Si has hecho los deberes y te has molestado en tener ese “fondo de armario”, tendrás arroz. Porque tienes arroz ¿Verdad?

Ingredientes:

  • Dos o tres tazas (pequeñas) de Arroz
  • Media cebolla (del tamaño de una pelota de tenis)
  • Chorizo.
  • 1 Pimiento verde.
  • Pastilla de caldo concentrado.
  • Queso rallado (como para una boda)
  • Aceite de oliva

Te hará falta media cebolla, un poco de aceite y algo con lo que acompañar al arroz. Yo tenía chorizo y un pimiento verde. Pero vale casi cualquier cosa: salchichas, setas, jamón, guisantes… lo que sea. A lo mejor sal (a mí me gustan las cosas sosas… porque para salado ya estoy yo). Y queso rallado. Eso nunca puede faltar. Si tienes una pastilla de caldo concentrado a mano sería ideal. Bueno… lo ideal, como la mujer desnuda, sería tener caldo de carne de verdad… pero todo no se puede tener en esta vida.

Preparación

La cosa es la siguiente: Pon como medio litro de agua (o más, por lo de que más vale que sobre a que falte) a calentar en un cazo y cuando esté hirviendo le echas la pastilla de caldo concentrado. Mientras, corta la cebolla en cachitos chicos, taquitos o tiras. Menos echarla entera, puedes cortarla como te plazca. Cuanto más picada, mejor. Pica también el pimiento muy picadito y el chorizo en tacos pequeños. Mientras haces todo esto, pon una cacerola al fuego, a mitad de potencia, y le echas aceite. La idea es freír la cebolla, así que echa el suficiente aceite para que se fría, pero no para que se ahogue. La verdad es que no tengo ni idea de cuantas cucharadas son, o centilitros. A ojo. Exprésate.

Pon la cebolla en el aceite a que se ponga rubia, que se poche. Estará blanda. Es el momento de echar el pimiento y el chorizo (o los otros ingredientes de tu fondo de armario). Tienes que darle vueltas al mejunje para que el chorizo suelte la grasilla y el pimiento se ablande. Cuando el pimiento esté blando y el chorizo haya cambiado de color a algo parecido al marrón (no entremos en matices), es cuando habrá que echar el arroz.

La idea es que de una cebolla del tamaño de una pelota de tenis algo crecida da para cuatro raciones. Media cebolla da para dos. Una taza de café es una ración (generosa) de arroz. Pero no una taza de desayuno. Eso es suficiente arroz como para que coma una ciudad pequeña. Me refiero a las tazas de café pequeñas. Así que llena dos tazas de arroz y las echas al sofrito que hemos preparado. Yo echaría una tercera… pero sólo de estar acompañado.

Ahora es cuestión de no dejar de dar vueltas. El secreto del risotto es que suelte el almidón para que tenga un aspecto “cremoso”. Y la única manera que se me ocurre es dando vueltas al arroz sin parar (además de que una pareja de guardias civiles le obligue a hacerlo… para quien no lo entienda, que busque el chiste del conejo en Internet). Así que usa una cuchara de palo para remover el arroz, la cebolla y los demás ingredientes, hasta que se impregne del color general y se fría un poco. No deberían de ser más allá de un par de minutos o tres.

Con un cazo ve echando caldo (el que habíamos puesto a calentar y que, por dios, como no lo hayas quitado ya, se te habrá evaporado entero), hasta que se cubra el arroz (pero no te pases), y sigue removiendo. El arroz expulsará el almidón y se tragará el caldo, así que es normal que la mezcla aumente su volumen. Cuando veas el arroz otra vez, vuelve a echar caldo hasta cubrirlo, y sigue dando vueltas. De vez en cuando prueba el arroz. Si hace un sonido como “Crunch” al morder, es que sigue duro. Repite la operación un par de veces más (lo que te pida), hasta que veas que está más o menos en su punto (que es una mezcla pastosa, pero que se distinguen los granos de arroz). Tiene que estar un poco duro (pero poco), porque mientras esté caliente se seguirá haciendo, y si ya está blando, cuando llegue el momento de comer estará pasado.

Ha llegado el momento de echar el queso rallado (si no lo tenías rallado ya, pues haberlo hecho antes), para que coja un sabor y un aspecto más cremoso, y sigue removiendo. Unas doscientas vueltas después ha llegado el momento de servir en el plato.

Espera un par de minutos para empezar a comer, porque muy caliente tiene un sabor muy soso. Y, bueno, podrías quemarte la lengua (y si estás acompañado… no queremos eso, no?)

Se tarda como una media hora en hacer el plato. Es muy bueno, energético y sabroso. Te dejará muy bien y, como ves, muy sencillo de preparar. Si necesitas algo más rápido… un bocadillo de salami, mortadela o chóped. puede sacarte del lío.

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Noche de Reyes

En mi familia la Navidad pasa sin pena ni gloria. No somos muy religiosos que se diga; ni lo suficientemente frikis como para celebrar el solsticio de invierno. Aún así, una tradición que nunca puede faltar es La Noche de Reyes.

Atención: Quien no esté enterado del misterio de los Reyes Magos, mejor que no siga leyendo. Puede haber datos esclarecedores.

Siendo sinceros, no tengo ni idea de por qué esa noche es tan especial. Porque los Reyes acertar, lo que se dice acertar, no acertaron jamás con los regalos. O sea… yo era como los demás niños: juguete que me gustaba en la tele, juguete que quedaba marcado con el eterno “molopido”. Había muchos “melopidos”, no tranto fruto de la avaricia de los niños, sino para darle más oportunidades a los Reyes de acertar… aunque sólo fuera por una vez. Lo bueno que tienen los niños es que se adaptan a todo y… bueno, no será un Madelman con lanzacohetes… pero ¡qué coño! un juguete es un juguete.

La noche de Reyes solía coincidir con la llegada de mis primos de Galicia. Sólo nos veíamos esas fechas y eran, por así decirlo, el anticipo a los regalos del día siguiente. Supongo que es algo que le pasa a todos los niños, pero nosotros intentábamos quedarnos toda la noche despiertos para “pillar” a los Reyes, para gran fastidio de nuestros padres, que tenían que esperar a que nos durmiéramos para montar y colocar los regalos. No recuerdo haberles dejado nunca leche y galletas. Sabiendo lo que sé ahora, unos buenos cubatas y galletitas saladas habrían hecho más pasable la espera.

La razón por la que los Reyes nunca acertaban era porque adquirían nuestros regalos la misa noche de Reyes… cuando en los estantes de las tiendas sólo quedaba todo aquello que nadie quería y que, sin lugar a dudas, ya no se anunciaba por la tele. El encargado de comprar los regalos era mi padre y, aunque le ponía voluntad y el dinero que hiciera falta, no tenía el tiempo necesario para comprar con antelación. La culpa era, como no, de su trabajo.

Mi padre es orfebre. Si hubiera dicho joyero podría caber la duda de si fabrica joyas o simplemente las vende. Como artesano del oro que es, la temporada de Navidad es de las más fructíferas del año (en realidad el gremio de los joyeros se lo han montado muy bien: Después de Reyes viene el día de os enamorados, luego la época de las comuniones, después la de las bodas, el día de la madre, el del padre y nuevamente Reyes… por no contar lo de “un diamante es para siempre” y “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”). Así que, en Navidades, estaba de pedidos hasta arriba. Todas las horas eran pocas y, trabajando en casa además, no había muchos momentos para escaparse de los niños e ir a comprar los regalos.

Sé lo que estáis pensando. Mi madre podría haberlo hecho. Es verdad. Pero los calzoncillos son el regalo estrella de mi madre y hay un número máximo de jerseys y calzoncillos que un niño normal puede recibir a lo largo de su infancia. Era mejor un juguete no deseado que un par de calzoncillos nuevos. Lo mires como mires.

La noche de Reyes se ha transformado en otra cosa hoy en día. Los hermanos somos mayores ya y, al menos que yo sepa, estamos todos al corriente de quienes son de verdad los que ponen los regalos. Así que no tiene mucho sentido esperar al día 6. Eso sí: mi madre sigue comprando calzoncillos y mi padre ya no compra nada.

Pero la víspera de Reyes nos juntamos todos en casa de mis padres. Mi madre pone un roscón de nata que ríete tú de algún record guinnes de por ahí. Hace chocolate y celebramos el fin de la temporada Navideña con un atracón de roscón. Curiosamente a mi madre le toca siempre la sorpresa.

Esta noche no será menos.

Yo no le he pedido nada a los Reyes… bueno, sólo una cosa: que no falte el roscón nunca en casa la víspera de Reyes, y que podamos seguir juntándonos todos (y los que vengan) durante muchos años.

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Avatar

avatar.
(Del fr. avatar, y este del sánscr. avatâra, descenso o encarnación de un dios).
1. m. Fase, cambio, vicisitud. U. m. en pl.
2. m. En la religión hindú, encarnación terrestre de alguna deidad, en especial Visnú.
3. m. Reencarnación, transformación.
4. m. Última película de James Cameron.

Generalmente el día de Navidad suele ser el día del sofá y siesta, o más bien, el día de digestión pesada, sofá y siesta. Máxime si el día de Nochebuena salgo después de la cena y bebo un poco más de la cuenta. Pero no este día de Navidad. Este día de Navidad he quedado con Heidi.

Está otra vez en Madrid, aunque convaleciente de una pequeña operación de rodilla, y quería verme. Me propuso ir al cine, una de las pocas actividades que su operación le permite hacer hoy en día. E iríamos los dos. Sólo los dos. Así que me lo tomé como un pequeño paso adelante en lo que sea que tengamos. Al menos era pasar de la fría pantalla del Messenger al cara a cara… y eso, a poco, es bueno.

Iríamos a un cine cercano a su casa, para que no anduviera demasiado y había pocas opciones. Aún así le dije que eligiera la que más quisiera y ella eligió pensando en lo que a mí me podía gustar. Eligió la película Avatar. Alienígenas, explosiones, naves espaciales… sí, podemos decir que lo prefería a la última de Meryl Strip (reconozco que me la jugué… pero es que me gusta el peligro).

Quedamos a las nueve en la puerta de su casa y yo, que soy así de chulo, me presenté una hora antes. No es que sea un cagaprisas o un ansioso. Supuse que habría cola en el cine y, para evitar que ella estuviera de pie más de lo recomendable, mi idea era hacer esa cola en solitario y comprar las entradas, para luego esperar tomando algo, bien sentaditos, en una cafetería o similar.

Por suerte no había mucha gente y pude comprar unas buenas entradas.

Cuando por fin apareció en el portal la vi tremendamente guapa. Y eso que el pesado abrigo prácticamente la ocultaba del todo. El mismo abrigo de siempre. Claro que, curiosamente, a Heidi sólo la he visto en invierno. A pesar de la reciente operación no llevaba muleta y no parecía cojear demasiado. Y se la veía sonriente. Como no podía ser de otra manera, empezó a llover copiosamente y nos metimos en una cafetería a medio camino entre su casa y el cine. Y empezamos a hablar. Estábamos tan a gusto que casi no llegamos a tiempo al comienzo de la película, y eso que contábamos con una hora de margen. De hecho, llegamos justo cuando empezaba y estaba toda la sala a oscuras.

Aprovechando el artículo, también haré una pequeña crítica cinematográfica sobre Avatar.

La película es correcta. Tiene ritmo, tiene espectacularidad y tiene muchos y muy buenos efectos visuales. Pero le falta algo, a mi entender, para ser la siguiente y muy esperada película de James Cameron después de 15 años desde Titanic: le falta originalidad. O sea, la historia que cuenta es más o menos la misma que se cuenta en otras películas. Me ha perecido un poco la misma historia que El último Samurai, Bailando con lobos y Pocahontas… pero todo junto. Así que es un poco previsible. En realidad es tan correcta en su estructura que resulta muy previsible: todo pasa cuando tiene que pasar y como tiene que pasar. Pero, pese a todo, el ritmo es tan bueno y las escenas de acción son tan espectaculares que, en fin, se pasan las dos horas y cuarenta minutos bastante rápido. Y los personajes digitales son sencillamente perfectos. Y eso bien puede valer una entrada de cine… y más si es en buena compañía.

Fin de la crítica.

Al salir del cine no había nada abierto. Y estaba lloviendo, o como dicen en el norte, estaba jarreando. Así que ella sacó su paraguas del bolso y me hizo un sitio debajo. Como era muy pequeño, pasé mi brazo por sus hombros y nos pegamos mucho el uno al otro. Subimos la calle hasta que llegamos al portal de su casa y allí fue donde se produjo la escena de la despedida. Comentamos algo de la película hasta que ella cambió radicalmente la dirección de la conversación:

– ¿Te puedo preguntar una cosa?
– Claro… pero que sepas que soy ateo…
– ¿Sigues… sigues pensando lo mismo sobre… mí… o ya no? ay… es que no sé muy bien cómo preguntarlo…
– ¿La pregunta es si me sigues gustando?
– En fin, tú eres más directo. Sí.
– Bueno… es evidente que no te han salido pústulas en la cara, así que… supongo que la respuesta es sí… aunque si la pregunta es si estoy loco por ti…
– Ni se me ocurriría siquiera pensarlo…
– Nuestra relación es un poco curiosa. Nos hemos visto realmente muy poco y todo el contacto es por Internet. Y, bueno, la chica que está al otro lado de la pantalla, con la que hablo a menudo, me gusta. Eres divertida, inteligente… eres muy guapa. Así que, sí, tienes muchas papeletas de ser una chica que me guste.

Un par de segundos de silencio. Siempre hay un par de esos incómodos segundos de silencio cuando hay malas noticias después.

– A ver… se trata de que este año me enamoré hasta la médula de otra persona, y de que, lamentablemente para mí, sigo estándolo…
– En realidad es lamentable, pero para mí.

Ella ignoró convenientemente mi vano intento de rebajar la incomodidad de escuchar que la tía que me gusta está enamorada de otro. Aunque yo ya lo sabía, claro.

– En septiembre, cuando te vi en el concierto, me di cuenta de que me alegraba mucho de verte. De que te tengo mucho cariño. Me pareces un niño estupendo y me río mucho contigo.
– Espera… eh… ¿un niño? ¿Me tienes cariño? o sea… ¿Te va el rollo madre?
– ¿Tú te crees que me despiertas el instinto maternal?
– No, no… es sólo que te ha faltado decirme que soy entrañable…
– Tonto… ya sabes a qué me refiero…
– Lo sé, lo sé. Pero también sé que soy muy buen tío y que te vendría bien salir conmigo. Aunque supongo que eso me descarta casi inmediatamente como posible novio. En realidad eso me descarta para la mayoría de las mujeres. Están de moda los tíos malotes.
– A mí no me van malotes en absoluto…
– Entonces tengo que descambiar la chupa de cuero que me he comprado…

Ahora sí conseguí que se riera.

– Lo malo es lo del tatuaje que me he hecho en la espalda…
– Para…
– Vale. Pero no sé muy bien cómo interpretar que me tienes cariño.
– Pues eso, que te tengo cariño.
– Pero cariño en plan… yo también te quiero, pero sólo como amigo. O en plan… bravo muchacho, sigue así y tendremos una bonita historia que contarle a nuestros nietos…

Otro par de segundos de silencio.

– Pues no lo sé… ahora mismo no pienso en nada así… lo siento.
– No tienes por qué sentirlo…
– A mí me gusta siempre la sinceridad, no soporto las mentiras, y procuro ser sincera siempre… te tengo un cariño muy grande, y de los de verdad. Pero me siento mal.
– ¿Por qué?
– Porque si me dieras igual no me costaría decirte las cosas así, pero no es el caso, y como sí me importas, pues me siento mal…
– Pues no te sientas mal. Ahora las cartas están sobre la mesa. Y, siendo sinceros, así tengo más posibilidades de que te enamores de mí. Soy francamente bueno en eso.
– ¿Por qué?
– Si te lo digo perderé el efecto sorpresa, ¿no te parece?

Volvió a reírse.

– Buena respuesta.
– Necesito algo de tiempo para que descubras al verdadero Sr K. Y, sobre todo, necesito algo de tiempo para que termines tu trabajo en Alemania y vuelvas a España permanentemente… creo que valdrá la pena esperar.

Sonrió. Y para concluir la conversación añadió:

– Mañana me ha dicho Risueña de hacer algo…
– Sí… a mí también me lo dijo.
– Entonces nos vemos mañana… ¿No?
– Claro…
– Hasta mañana – Y me dio dos besos.

Hoy ya es mañana. Casi es pasado mañana. No sé lo que haremos, pero… lo cierto es que la volveré a ver en unas horas. Heidi me gusta de verdad pero creo que en realidad no sé cómo están las cosas y si tengo posibilidades reales. Ni siquiera sé si debo de seguir picando piedra…

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La vida del bloguero es muy triste. Solo casi siempre, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Volcando en la red los pensamientos, ilusiones, fantasías y sueños. Lo dicho: muy triste.

Si tienes suerte un día alguien te lee. Eso no pasa mucho, la verdad. Pero pese a todo, es la única razón por la que se mira las estadísticas día tras día. A ver si hoy me ha leído alguien. Y se te acelera el corazón cuando hay un número de visitas diferente a cero. Un comentario es algo orgásmico… porque un comentario significa que esa visita… ¡Se ha leído la entrada! O sea, no es la típica visita que llega googleando (una forma moderna de decir “Buscando pornografía”). Es alguien a quien lo que has escrito le ha interesado y se ha molestado en responder. Eso es genial.

La vida del aprendiz de escritor no es mucho mejor. Solo casi siempre, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Volcando a un papel los pensamientos, ilusiones, fantasías y sueños de un personaje que, casi invariablemente, es una representación de uno mismo. Lo dicho: muy muy triste.

Yo soy un bloguero aprendiz de escritor. Así que os podéis imaginar la pena que debo de dar. Eso sí: como bloguero no me puedo quejar mucho. Hay días que me lee mucha gente (como por ejemplo el día que publiqué la entrada “yo e estudiao”, record de visitas de la historia de mi blog y portada durante todo el fin de semana en Bitácoras gracias a los votos de otros blogueros); y cada artículo no bajan de los 3 o 4 comentaristas (algunos son fijos y todo).

Ahora queda saber cómo seré como escritor.

Hoy se publica en la web de La Taberna del Escocés el primero de los relatos con los que colaboro en esta publicación. Es una historia divertida, con dosis de humor negro, sexo y violencia. Es la historia de Rose, la camarera de tetas perfectas. Pero también es la historia de un escritor obsesionado con esa camarera, y la búsqueda de un tesoro escondido.

Yo me divertí mucho escribiendo esta historia, sólo, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Pero por mucho que yo me divirtiera escribiéndolo, el relato por sí salo no vale nada si no lo lee nadie.

¿Dejarás que eso pase?

(Por si no había quedado claro… hay que hacer clic en el enlace —>Rose.

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Con esta receta inauguro una nueva sección a la que he tenido a bien llamar: Recetas para solteros (con pretensiones). Cada cierto tiempo iré poniendo unas sencillas recetas para impresionar a las chicas.

Solomillo al roquefort

A ver… esto es lo más sencillo que sé hacer. Pero, antes de ponerte manos a la obra, tienes que saber varias cosas de la mujer a la que quieras agasajar con este manjar. Para empezar, tiene que gustarle el queso. O sea, no sólo tienes que averiguar si le gusta, sino si le gusta mucho. Y si es del fuerte, mejor. La razón es sencilla: la salsa es al Roquefort. Otra cosa que tienes que saber es si come carne. Esto que parece una tontería, no lo es tanto, en los tiempos que corren. Si yo os contara…

Sabiendo esto, te puedes poner tu delantal.

Ingredientes:

  • 2 medallones de solomillo
  • 200 cl de nata de cocina.
  • 100 gr queso Roquefort
  • 10-20 champiñones pequeños
  • ½ cebolla
  • 2 ajos
  • 1 vaso de vino blanco (para echar en la guarnición, los que queiras para beber)
  • Aceite de oliva (6 cucharadas)
  • Sal.
  • Perejil.

Primeros pasos.

Lo primero que tienes que hacer es ir a la carnicería y comprar dos buenos solomillos de ternera. Puedes ponerte imaginativo y comprar dos entrecots, pero antes de hacer eso, recuerda que con el estómago muy lleno entra sueño. Y no queremos que eso ocurra… ¿No?

Te hará falta un pequeño brick de de nata líquida para cocinar (importante que sea para cocinar y no para montar… la de montar la puedes comprar igual si ves que la cosa puede ir muy bien… ya me entiendes). Y unos 100 gramos de queso Roquefort. No te pases con esto, porque repite un montón. No olvides un número par de champiñones frescos de tamaño pequeño (ni dos, que no luce, ni 200 que son demasiados), media cebolla y un par de dientes de ajo.

Preparación

Pon un cazo al fuego y le echas el brick entero de nata (serán unos 200 cl más o menos) y el queso troceado. El fuego, flojo. Mi vitro tiene 6 posiciones, así que al 3 estará bien (busca tu equivalente). De vez en cuando le das vueltas con una cuchara de madera, con un doble propósito: que no se pegue el queso al fondo, y para que parezca que haces algo.

Yo de ti iría encendiendo la campana.

Mientras tanto, puedes ir preparando la guarnición. Mi primer impulso es poner el solomillo con patatas, pero eso sería la mar de sencillo, y queremos que la cosa parezca (no necesariamente que sea) muy elaborada. Así que vamos a trocear la cebolla y los ajos en taquitos muy pequeños. Creo que a este corte se le llama Beetlejuice en francés. Ojo con los dedos. Mucho ojo con los dedos. Cuando lo tengas troceado, pones en una sartén (que esté limpia) cuatro cucharadas de aceite de oliva y lo echas todo. El fuego al tres (escala Sr K).  Mientras limpia los champiñones (el regusto a tierra no queda muy bien) y les cortas el pie. Ahora tienes unos champiñones muy bajitos pero limpios.

Si te está viendo alguien mientras cocinas, ya estás quedando muy bien: tienes dos elementos diferentes en el fuego, lo que deja ver cierta habilidad culinaria. Tienes permiso para abrir la botella de vino y darle un tiento. Pero sin pasarse. Yo uso vino blanco.

Comprueba que el queso se ha derretido que no hay grumos, mientras esperas a que la cebolla y el ajo se arrubien (o sea, que cojan un tono rubio). Seguramente la salsa ya esté lista. Para darle un “toque” profesional, échale una cucharada de aceite de oliva y lo remueves bien. Así tendrá un brillo muy mono. Cuando hayas hecho esto, baja el fuego al mínimo y te concentras en la guarnición.

Ya debe de estar todo dorado. Lo sabrás porque el siguiente tono es negro y eso no es muy bueno (lo mires como lo mires). Antes de que se ponga afrocebolla, echas los champiñones y un chorro generoso de vino blanco, un poco de sal y, si tienes, unas hojitas de perejil. Lo tapas con una tapa (a falta de otro objeto mejor) y lo dejas hacer en su jugo durante unos 15 minutos. Si los champiñones eran medianos, déjalo otros 5 minutos, por si acaso.

Vamos a iniciar lo que yo llamo un circo de tres pistas. Pon una sartén (limpia) de gran tamaño al fuego fuerte. Un 6 sobre 6 en la escala Sr K. Cuando esté muy caliente, echas una cucharada de aceite de oliva, que extenderás por toda la superficie de la sartén con un diestro movimiento de muñeca (tienes experiencia, así que no te cortes) y le echas los solomillos. Chisporreteará mucho, pero no te asustes. Los tienes que mantener un minuto o menos, dependiendo de lo mucho o poco que quieras que se hagan. Ya está, dales la vuelta. Otro minuto o menos y, mientras se hacen, les echas un poco de sal sólo por esa cara. Si es gorda, mejor.

Ha llegado el momento de emplatar. Un solomillo para cada uno, un chorrito de salsa de roquefort encima con cierto arte, la mitad de la guarnición (de ahí que los champiñones sean pares) y, para rizar el rizo, una ramita de perejil encima del solomillo.

El resto de la salsa en una salsera (si tienes, si no, en un recipiente que esté limpio) con una cucharilla para servir bajo demanda. Pan y vino. Le pega un Ribera del Duero joven… pero si se prefiere, algo a lo que echar Casera.

Es un plato que no se tarda más de media hora en elaborar. Así que para un “aquí te pillo aquí te mato” no está mal.

Ya me contarás qué tal ha ido la cosa…

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