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Archive for 28 julio 2007

Apenas he dormido unas horas. Y para dar vueltas en la cama sin poder dormir, he preferido escribir el último capítulo de las memorias, antes de irme de vacaciones. Aquí os lo dejo.

A las ocho y media de la mañana, puntual como un clavo, descolgué el teléfono y llamé al Spá. La intención era ser el primero en llamar y reservar la mejor hora. Todo tenía que salir perfecto. Ese es uno de mis grandes defectos… soy un perfeccionista.

Una vez reservada la hora, llamada a Huracán para confirmar.

– Hola preciosa.
– Hola
– Ya tenemos hora para la sesión de relax de esta tarde.
– ¿Qué tengo que llevar?
– Una toalla, chanclas, un gorro…
– Gorro no tengo.
– No te preocupes, que yo te dejo uno. – “Nota mental: conseguir un gorro de baño.”
– ¿Bañador o bikini?
– Como te sientas más cómoda.- “Bikini, bikini, bikini…”
– Pero la gente ¿qué lleva?
– He visto chicas en bañador y chicas en bikini.- “Bikini, bikini, bikini…”
– Iré en bikini, porque no tengo bañador…
– Ok. A las seis estaré en tu casa.

Y a las seis estaba en su casa. Llamé al telefonillo y, al rato, bajó. No la veía desde que la dejé en el autobús para irse a la playa y… joder… estaba preciosa, morena por el Sol, con un vestido ligero, de verano, con el pelo ensortijado suelto, los ojos brillantes y sonriendo. Dos besos y de nuevo a mi casa… preocupado, además, porque había visto algo de atasco en el camino de vuelta.

– ¿Después del Spá hacemos algo?- Me preguntó.
– Si quieres…
– ¿Te apetece cenar en un japonés?
– ¿Pescado crudo?
– Sí.
– Bueno… – Mentí. Soy más de carne… tolero poco el pescado, y menos crudo. Pero si a la niña le apetecía… en fin, habría que hacer un esfuerzo.
– Conozco un restaurante que quiero probar… y está cerca del concierto.
– ¿Qué concierto?
– Uno de los “…”. Voy con el Policía… ¿Te vienes? – Me restregué virtualmente los oídos, por si no hubiera oído bien…
– ¿Has quedado con el policía…?
– Sí, después de cenar, para ir a un concierto. Pero vamos, que te puedes venir…
– Bueno… ya veré. ¿Él viene a cenar?
– No, está de servicio… pero termina antes del concierto.

Cambié de tema y hablamos de su trabajo y cosas así. Tampoco era cuestión de mostrar demasiado interés por el Policía… no fuera a contarme alguna cosa que no quisiera oír. Además, quería relajarme.

Llegamos un poco justos de tiempo al Spá, por el atasco que comenté antes, pero a tiempo. Nos cambiamos (cada uno en el vestuario correspondiente a su sexo, obviamente) y nos encontramos delante de la bañera de los chorros.

¿He dicho ya que estaba preciosa? Pues más todavía. Huracán tiene un cuerpo espectacular… muy femenino y, ahora, moreno. Confirmé que hace topless (ni una marca de bañador en la espalda ni en los hombros) por lo que me apunté mentalmente organizar algo en la playa a la vuelta de vacaciones. Esta era la segunda vez en mi vida que la veía en bikini, después de las pozas de un año antes (y sin contar el baño en el Cantábrico en braguitas y sujetador). ¡Y nos íbamos a meter en el mismo jakuzzy!

Dejamos las toallas colgadas en una percha y nos metimos en la bañera. El jakuzzy estaba ocupado por dos mujeres alemanas, pero la cama de chorros estaba libre, y animé a Huracán a que la probara. Yo sabía que no me iba a relajar mucho hoy, pero esto ya era demasiado. Sin entrar en detalles: los chorros a presión hacían moverse todo hacia todos lados… ya me entienden. Descubrí dos sugerentes lunares que no conocía y, en fin… esas cosas.

Hubo otros dos momentos críticos en el Spá. La sauna y las duchas de contraste. Las duchas de contraste, especialmente la parte del agua fría, fueron críticas para mí porque me trajeron a la memoria las primeras palabras que escuche decir a Huracán. Con idénticos resultados. Y la sauna lo fue por una conversación que tuvimos dentro. Imaginad el sitio. Una réplica de una sauna nórdica, con sus paredes de madera, sus bancos de madera en grada para sentarse/tumbarse, su cajón de carbón al rojo (completamente falso), y un cubito de agua para generar vapor (igual de falso que el carbón). Huracán se tumbó en un banco cuan larga era, y yo, en el banco de arriba. Ella boca arriba y yo, ejem, boca abajo. Estábamos los dos completamente solos.

– Me gusta más la sauna que el baño turco.- dijo
– Estoy de acuerdo. A mí me cuesta mucho respirar con tanto vapor.
– Además.- continuó – esto es muy erótico.
– ¿Erótico?
– Sí… ¿No te has imaginado nunca haciendo el amor aquí dentro?
– Sí, claro… – “Ahora mismo, por ejemplo”
– ¿Y no te resulta erótico?
– ¿Erótico? Vamos a ver, bonita… estoy delante de una mujer que está tremenda, a escasos centímetros, en bikini, gotas de sudor resbalan por su canalillo y hablando de lo que estamos hablando… ¿Y crees que no me resulta erótico? Si lo raro es que pueda hablar, por la falta de riego…

Huracán se reía a carcajadas. Y yo con ella. Aunque mi mente estaba imaginando la manera de atrancar la puerta de la sauna y tapar el ventanuco, todo con los pies (porque las manos deberían estar ocupadas en otra cosa… ya me entienden).

Cuando llegamos a su casa, después de la sesión de relax, la ducha y el pequeño atasco, serían las nueve de la noche.

– ¿Me recoges a las 10? Así me da tiempo a ducharme y a arreglarme… – Yo lo había pensado mucho durante la ducha en el vestuario. El plan de la cena y el concierto no me convenía.
– No.- Le dije.
– ¿Pero no habíamos quedado en ir a cenar?
– Sí, pero es que si me vuelvo a casa, y vengo otra vez… para volver a irme… son muchos kilómetros. Yo ya estoy listo, me he duchado y vestido. Te puedo esperar en tu casa, mientras te arreglas. – Una apuesta fuerte. Mi idea: intentar no ir a cenar y, por supuesto, nada de concierto.
– Pero va a ser una hora por lo menos…
– No pasa nada. Leo una revista o miro la tele…

Y así lo hicimos. Yo la escuchaba trajinar en su habitación, abrir los grifos de la ducha, poner algo de música ambiental… mientras leía una revista de esas para mujeres. Según mi horóscopo hoy iba a encontrar al hombre de mi vida. Puse la tele para ver las noticias. Giré la cabeza y allí estaba Huracán, en la puerta del salón, con una toalla, que me pareció minúscula, alrededor del cuerpo. Pasaron por mi cabeza imágenes muy sugerentes, todas para mayores de 18 años.

– ¿Quieres tomar algo mientras esperas?- “¿A parte de a ti?” Pensé
– Eh… ¿Cerveza?- Me la trajo y se marchó.

Se marchó y al rato volvió, ya vestida. Se maquilló en el salón, delante de mí. Siempre me ha gustado mucho ver a las mujeres mientras se maquillan… empecé con el torpedeo al plan del japonés.

– ¿No te apetece mejor que ir al japonés, que nos quedemos aquí y pidamos algo de comida china? Después del relax… una película… ¿Qué te parece?
– Sí… estoy tan relajada… pero es que me apetece ir al concierto.

Dos intentos más sin éxito y salimos por la puerta de su casa. Un intento más y nos montamos en el coche. Un intento más y nos paramos en un semáforo. Ya no hubo más intentos. Aparqué cerca del restaurante y nos metimos en la vorágine del pescado crudo envuelto en algas verdes, huevas de pescado en rollitos de arroz, la salsa de soja y la tempura de verduras. Como me estoy alargando mucho, obviaré los comentarios… pero os podéis hacer una idea.

Y apareció el Policía, a eso de las doce menos algo de la noche. Se acercó a la mesa, le dio un pico a Huracán, a mí la mano, y se sentó en una silla libre. Efectivamente: un pico. Lo digo por si no había quedado claro. El Policía es un tipo muy alto, fornido y con brazos del tamaño de mis piernas. Llevaba una camiseta muy ajustada y el pelo engominado de punta. El típico macarrilla de barrio hipermusculado y vitaminado. Sólo que a este le habían dado una porra y una pistola reglamentarias. Entró en la conversación con un enorme vozarrón y, poco a poco, me anuló por completo.

Decidí que era mejor no ir al concierto. Me despedí de Huracán con dos castos besos en la mejilla a la puerta del restaurante y me marché a casa. Me marché a casa con la sensación de que soy un gran capullo.

Estaré fuera dos semanas. A la vuelta, veremos qué pasa. Mi intuición capullil me dice que el Policía no durará mucho. Si puedo, espero contar algo estando de viaje.

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Continúo con la historia de Lentillas.

Por supuesto, mentí. Por dos motivos, principalmente. Por un lado nuestra amistad podría verse comprometida si decidía retirarme, y por otro, podría pasar algo o, mejor: había más posibilidades de que pasara algo que si me quedaba en casa. Un día tonto lo tiene cualquiera y nunca se sabe cuanto de menos me echaba. Así que me lo jugué todo a esa carta y seguimos con el plan. Eso sí, puse como condición no ir a Lisboa, ya que tengo entendido que es una ciudad muy romántica… y no era la situación ideal para visitarla.

Al final me lo curré (porque estábamos en Agosto y la zona era muy turística) y terminamos en Gerona, en un hotelito “con encanto”. Y no sé si el encanto estaba en el ventilador colgado del techo, las vistas a un campo de fútbol o el sofá de Scay de la habitación, o el olor a cerrado del edificio… aún con todo estaba limpio y, bueno, me encontraba en la mejor de las compañías.

Desde el primer momento noté que había algo raro. Y no era el tufillo a cerrado. Ella estaba especialmente taciturna… incluso me confesó que tenía un “mal rollo” del que quería desconectar. Además, Lentillas hablaba mucho por teléfono con alguien, siempre por la mañana y por la noche… Un interlocutor masculino. Y sabía perfectamente quien era. Así que a las pocas horas de empezar nuestro viaje ya sabía que no habría ninguna posibilidad de que hubiera un día tonto de esos. Es más… sabía que la semana que estaríamos en la Costa Brava sería muy difícil para mí. Porque lo peor que podía ocurrir, había ocurrido… y yo sin tiempo para prepararme.

Ironmán, porque así llamaré al interlocutor masculino, era un compañero de trabajo del que Lentillas hablaba mucho desde hacía años. Hablaba tanto que yo ya me sabía su vida casi al dedillo. Y sabía algo fundamental: estaba casado y tenía dos hijos. Así que hice lo que cualquier capullo haría en mi lugar… me preocupé por ella. Porque una cosa es ser la novia de alguien, y otra cosa es ser “la otra”. Pero por otro lado, no podía decir nada… ya que cualquier cosa que dijera podría ser considerado como una opinión interesada y, en realidad, todo eran sospechas.

Además de escribir, le doy algo a la fotografía. A nivel amateur, pero con cierto gusto (o eso es lo que dicen mis amigos). Ese viaje de una semana se tradujo en varios miles de fotos de Lentillas.

La semana terminó demasiado deprisa. O demasiado despacio, todo depende del momento en el que me preguntaran. Porque había momentos increíbles, en los que no me costaba ningún trabajo imaginar que Lentillas era mi pareja (una pareja de muchos años, con la que el sexo era algo anecdótico y apenas nos tacábamos, claro), y otros momentos, sobre todo durante las llamadas de más de una hora, en los que siempre se me cruzaba la idea de coger mi mochila y marcharme. Era evidente con quien quería estar y me sentía como el acompañante suplente… estar conmigo era sólo un poco mejor que estar sola. Pero aguanté.

Y volví muy tocado. Pero con la sensación de que había hecho cuanto había podido y de que sería amigo de Lentillas.

Los siguientes meses la relación de Lentillas con Ironmán parecía ir mejor, o, al menos, a ella se la veía más contenta… pero pese a ello, seguimos viéndonos de forma regular. Ella no quiso perder el contacto y siempre me decía que no me olvidara de ella. Yo, mientras tanto, seguía preocupado, pero sin poder decirle nada. En alguna ocasión intenté sonsacarla, pero Lentillas me decía que no era el momento.

El momento llegó casi un año después. Era un amasijo de nervios cuando me miró a los ojos y me dijo que estaba saliendo con Ironmán. Esta vez, y tras casi un año de preparación mental, pude sonreír y decirle que ya lo sabía… que me había dado tantas pistas que lo único que me faltaba era conocerle en persona. Me enteré del único dato que me faltaba: él estaba divorciado, por lo que no había ningún motivo para que me preocupara.

La preparación mental fue en vistas de mantener la compostura en el momento de escuchar lo que ya sabía. Pero por dentro… al montar en el coche sólo era capaz de pensar en lo que había oído. Y cuando quise darme cuenta, me encontraba detenido en un semáforo de una ciudad que no era la mía y sin tener la menor idea de cómo había llegado hasta allí…

Pese a ser oficial ya que Lentillas no era una mujer soltera, nos volvimos a ir de vacaciones ese año. Dos semanas junto a otros amigos. Esta vez, salimos al extranjero, con lo que hubo muchas menos llamadas que el año anterior. Las llamadas me seguían provocando la sensación de ser un suplente. Cualquiera diría que estaba celoso.

A Ironmán le conocí esa Nochevieja. Esta Nochevieja pasada. Todos los años todos los amigos preparamos una salida a una casa rural para celebrar la salida del año todos juntos. Y este año Lentillas iba a venir sola (él tenía niños) y hasta última hora eso fue así. Pero un cambio repentino con los Ironkids provocó un pequeño dilema: ¿Podía venir Ironmán? No, porque no había camas libres. Pero ¿Se podrían buscar camas? Ese era otro cantar… hablé con la dueña de la casa y me comentó la posibilidad de llevar algunos colchones para dormir en el suelo… ahora bien… ¿Quería yo que Ironmán viniera? Si no quería, me bastaba con decir que no había posibilidad de meter más camas. Nadie sabría nunca la verdad… excepto yo.

Maldita conciencia…

Y como si fuera el Rey de los Capullos, terminé cediéndole la cama a Ironmán para que pudieran dormir juntos y yo… di con mis huesos al colchón en el suelo.

Me afectó mucho verles juntos. Daba igual que hubiera pasado más de un año sabiendo que Lentillas tenía novio. Ironmán siempre fue una voz al otro lado del teléfono, una ser virtual fácilmente ignorable. Pero verle cogiendo la cintura de Lentillas, o abrazándola por detrás… besitos por aquí, mimos por allá. Incluso estando Huracán en la casa, incluso centrándome en ella, sentía que me clavaban un puñal en el pecho, removían la herida y la rociaban con un puñado de sal, cada vez que él le pasaba el brazo por los hombros. Ni siquiera el baño en el Cantábrico el mismo 31 de diciembre con Huracán en braguitas y sujetador mitigó mi dolor.

Y como tengo una cara muy expresiva… Lentillas se dio cuenta. Dos minutos después de las campanadas, justo al colgar el teléfono tras llamar a mis padres desde la terraza de la casa, me encontré con Lentillas detrás de mí. Estábamos a solas en la fresca noche.

– ¿Se puede saber qué te pasa?

Y exploté. Salió como un torrente. Como si el dique se hubiera roto y vertiera al llano todos mis sentimientos…

– Pensé que podría… pero no puedo. Sé que no debo seguir enamorado de ti, pero lo estoy. Y me llevan los demonios cada vez que os veo juntos… – Esta última frase fue un sollozo más que palabras.

Ella no dijo nada. Me abrazó muy fuerte. Y lloramos juntos durante un buen rato. Y no existió otra cosa en el mundo más que sus brazos alrededor de mi cuello, su cuerpo pegado al mío y mis manos rodeando su cintura. Mi móvil vibró con un mensaje pero lo ignoré. Cuando nos separamos ella dijo:

– Perdóname… lo quiero todo. Quiero que me cuides como hasta ahora y quiero estar con él… y no he sido consciente de que te estaba haciendo daño…
– La culpa es mía, Lentillas. Tenía que haber sido más fuerte… o no haber venido…

En ese momento apareció Almanzor, el único de mis colegas que estaba al corriente de lo que me pasaba. Llevábamos mucho rato fuera y la gente estaba empezando a hacer preguntas, e Ironmán estaba dando vueltas como un león enjaulado. Me había mandado un mensaje advirtiéndome de los nervios de Ironmán… pero yo no estaba para leer SMS. Nos recompusimos un poco y volvimos al calor del interior… a la fiesta.

Ni emborracharme pude… yo había sido el encargado de la bebida y me quedé corto…

Los siguientes meses pasaron despacio. No vi a Lentillas porque se estaba preparando un Master y tenía que estudiar, y yo decidí centrarme en Huracán. La mancha de una mora roja con otra verde se quita… que dicen.

De todas maneras creo que lo de Nochevieja fue un espejismo, una especie de recuerdo de lo que sentía. La falta de costumbre de ver a Lentillas con alguien. Desde aquella noche hasta el día de hoy he coincidido con Ironmán y Lentillas en varias ocasiones y no he tenido esa misma reacción. Incluso hemos bromeado y todo. Es un tipo majo, tiene que serlo a la fuerza para gustarle a Lentillas, pero no creo que lleguemos a ser buenos amigos. Los dos sabemos que tenemos que tolerarnos, incluso llevarnos bien, si queremos estar en la vida de Lentilla. Y el que tiene todas las de perder aquí soy yo.

En una semana nos iremos de vacaciones a Francia. Creo que esta vez sí que será la última vez que lo hagamos juntos, así que pienso disfrutar todo lo que pueda. Y, sobre todo, utilizar sus conocimientos del mundo femenino para establecer una estrategia que me permita conquistar de una vez por todas a Huracán…

De primeras, ya he quedado este viernes, a modo de despedida, para ir al Spá con Huracán y luego a cenar. Ya os contaré.

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En apenas una semana me iré de vacaciones con seis amigos por Francia. El plan es muy sugerente: Recorreremos parte de los Pirineos Atlánticos y, si hay suerte, nos adentraremos hasta donde podamos llegar de los Alpes, para volver por la costa Azul y las blancas playas de Niza. Dos semanas de turismo por el país vecino. Y, durante esas dos semanas, no veré a Huracán.

A lo mejor puede parecer que la historia que estoy contando es sobre Huracán y sobre mí (o sobre mí intentando conquistar a Huracán). Pero en realidad no es así. Huracán es una pequeña parte de la historia de capullez que protagonizo. Es, quizá, la parte divertida. Uno no es el Señor capullo sólo por perseguir a una jovencita morena y hermosa y hacer un poco el tonto. Para ser el Señor Capullo hay que pasar a otro nivel, tener una Historia detrás.

Esta es la historia de Lentillas.

De los seis compañeros de viaje de este verano destaca una muy especial para mí: Lentillas. Lentillas entró en mi vida una soleada mañana de domingo de un frío mes de Febrero de hace ya casi cinco años. Apenas cruzamos dos palabras y, a decir verdad, me dio la sensación de que no le había caído muy bien. En realidad fue así. A mí, por el contrario, me pareció muy atractiva. Pero no creí que fuera a verla nunca más. En lugar de eso, Lentillas ha sido mi compañera de vacaciones desde entonces. Qué cosas.

En contra de mi intuición, sí que nos vimos otras veces y, a decir verdad, muy a menudo, aunque eso no quiere decir que mi relación con ella mejorara, al menos al principio. Ninguno de mis comentarios supuestamente jocosos le hacían sonreír lo más mínimo y, cuando me miraba con esos enormes e intensos ojos azules, me hacía plantearme mi pertenencia, no ya al grupo de los capullos, sino al grupo de los idiotas. Pero es lo que pasa cuando Lentillas te mira: sientes que te está mirando directamente el alma y te obligas a mirarte tú también y, joder, te das cuenta de que la has descuidado un poco, y que está desordenada… y sientes la necesidad de mejorar para que a ella le guste.

Pero nos hicimos amigos, pese a mi miedo a parecer un tipo ridículo. Y, bueno, me fui relajando. Y así pasó: me enamoré hasta las trancas de ella. Pasó sin darme cuenta, poco a poco y desde las pequeñas cosas. No fue un amor pasional y explosivo, sino que se fue haciendo a fuego lento, basándose en la sensación de que nos complementábamos completamente. Ella era lo que a mí me hacía falta. De pronto me encontré con la necesidad de verla continuamente. O, al menos, de escucharla al otro lado del teléfono.

Sabía que no era correspondido. Eso se nota. Lentillas me quería mucho, se preocupaba por mí y se empeñaba en ayudarme a ser mejor persona. O yo intentaba ser mejor persona para intentar estar a su altura, no sé. Pero en mi fuero interno sabía que no sería para mí. Lo malo es que se me notaba mucho. Siempre se me ha notado mucho cuando estoy enamorado y, claro, era la comidilla de todos. Pero no podía dejar de estar pendiente de ella, cuidarla cuanto me permitía hacerlo y hacerla sentir muy especial. Y lo logré la mayoría de las veces. Eso sí, a costa de buena parte de mi salud mental.

Lentillas siempre negaba a todos los que lo insinuaban que yo pudiera estar enamorado de ella. Y yo también lo negaba, aunque era más que evidente. Pese a todo, nuestra amistad fue a más. Nos bastaba con mirarnos a los ojos para saber lo que estaba pensando el otro. O como estaba. Y si por un casual pasaban unos cuantos días sin que habláramos, enseguida estábamos pendientes de que no hubiera ningún problema. Todo parecía ir muy bien, salvo por el pequeño detalle de que yo me moría por besarla o por abrazarla bien fuerte.

Hasta que no pude más. No es que tuviera la más mínima esperanza de que ella me confesara un amor secreto por mí. Pero no soportaba no poder decirle a la persona que amaba eso, que la amaba. Y, como de costumbre, elegí el peor momento: durante un puente, en un viaje a una casa rural, rodeados por todos nuestros amigos. Anduve todo el tiempo nervioso, pensando en como enfocar el asunto para que el daño fuera el menor. Y, claro… ella me lo notó. Y fue la que me abordó y buscó el mejor momento para que habláramos. Y el resultado fue el esperado. Me abrazó, me acarició y me dijo que lo sentía. Que me quería, que me quería mucho, pero no de esa manera. Y me dijo que no quería perderme.

A pesar de que el resultado era el esperado, quedé hecho polvo. Por mucho que uno se prepare para estas cosas, por mucho que uno se auto convenza, por mucho que uno intente endurecerse, el golpe siempre es duro. Pero ella intentó hacerme el menor daño posible y estuvo pendiente de mí el resto de los días, aunque yo la intentaba evitar (lo que fue peor, porque fue un cambio muy drástico en mi actitud y, junto a la cara de perro que llevaba a todos lados, dejó bien claro a todos lo que había pasado). Y la gente empezó a ser condescendiente conmigo, cosa que no soporto.

Cuando ese fin de semana largo terminó, tardamos más de un mes en volver a vernos y apenas cruzamos un par de SMS durante ese tiempo, siempre respuestas mías a los suyos. Ella aceptó que tenía que tomarme un tiempo antes de que las cosas fueran igual que antes… o todo lo igual que antes que pudiéramos. Y no hizo falta decir nada. Ella supo inmediatamente que yo seguía mal, a pesar de que había recuperado la sonrisa y volvía a hacer las bromas de siempre. Casi no hablamos nada durante la fiesta.

La verdad es que la cosa parecía ir muy mal y, sobre todas las cosas, yo la echaba mucho de menos. Echaba mucho de menos a mi amiga y las largas conversaciones sobre nada en particular que teníamos. Echaba mucho de menos sus ojos azules, azules como lo más azul que a uno se le pueda ocurrir. Y su sonrisa luminosa. Pero ¿Como volver a ser el tipo distendido y jovial que era, si en el fondo tenía ganas de llorar todo el tiempo? Por suerte pudimos hablar una noche, cara a cara y arreglarlo. Al menos en apariencia. Sabía que si no reaccionaba no sólo no tendría a la mujer que amaba, sino que, además, perdería a mi mejor amiga. Así que fabriqué un personaje divertido y pasota y lo interpreté… al menos cuando estaba con ella. Y debí de ser muy convincente, porque se relajó. La idea era pasar lo peor y, con el tiempo, recuperarme… sin perder a Lentillas.

Como muestra de recuperación le propuse que nos fuéramos de viaje junto con otros amigos. La idea era pasar una semana o diez días en Portugal, por la zona de Lisboa. La cosa no fue tan fácil, ya que el destino quería que me doctorara en Capullez, y con honores. Uno a uno, nuestros amigos fueron cayéndose del viaje… trabajo, pareja, familia… todos por motivos justificados. Hasta que sólo quedamos Lentillas y yo. Horrible dilema…

¿Debería irme sólo con ella o confesar mi mentira y admitir que seguía dolorosamente enamorado de ella?

Mañana pondré la continuación. A quienes hayan llegado hasta aquí… gracias por la paciencia.

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En el Spá

El capullo… ¿Nace o se hace? Sin duda nace y, lamentablemente, lo hace y lo vuelve a hacer. O ese es mi caso. Y, aunque no lo puedan creer, en esta ocasión nada tiene que ver Huracán en todo esto. Me explico.

La suscripción al gimnasio tiene una sesión de Spá gratis al mes. Así que, ayer por la tarde, me encaminé con mis chanclas de dedo, mi toalla de la piscina y cierta curiosidad, nuevamente al gimnasio. El Spá es muy chiquitito pero resultón. Tiene un una enorme bañera justo en el centro que hace las veces de jacuzzy, chorros de agua… esas cosas que haces relajarse al personal. La sauna, la sala de vapor, la terma romana… duchas de agua fría, escocesa. El Spá tiene de todo. Y así me lo fueron explicando.

Total, que estaba yo metido en el Jacuzzy, muy relajado y entretenido, intentando adivinar el lugar donde saldría la siguiente burbuja. En la sala había una pareja debajo del chorro a presión y un par de venerables señoras en la sauna. Entre el burbujeo y la música relajante de ambiente escuché la voz de la encargada a mi espalda explicándole a alguien el funcionamiento de la instalación. Pero ni me molesté en darme la vuelta para ver quien sería mi acompañante en la bañera. La palabra “quien” no refleja bien lo que quiero decir. Debería utilizar el plural. Dos bellas mujeres en bikini (mini bikinis) se estaban metiendo en mi mismo Jacuzzy. Pensé que el servicio de este Spá era, con diferencia, mucho mejor de lo que había imaginado. Por un momento me sentí como Jesús Gil en Marbella. Y, seguidamente, víctima de una cámara oculta. Pero no, el azar quiso que compartiera hora con dos bellas y desconocidas mujeres. Nos acomodamos los tres en el pequeño espacio del Jacuzzy y le volví a dar al botón que activaba las burbujas. Y fue donde nuevamente el yo “tipo duro” escuchó horrorizado como en el momento en que empezaron las primeras burbujas, el capullo que llevo dentro dijo:

– No he sido yo… – lo que provocó las carcajadas de mis acompañantes.

Este tipo de cosas me salen solas, sin pensar. Y es una de las cosas que más me fastidian de mí mismo. Pero la tontería sirvió para distender el ambiente.

El Spá tiene una especie de circuito. Del Jacuzzy pasas a los chorros a presión, la cama de chorros, los chorros de la espalda… chorros por todos lados. A la que te descuidas, te daba un chorro en alguna parte de tu cuerpo. Y fuimos los tres, virtualmente de la manita, pasando de un chorro a otro. Como la canción, había una rubia (o todo lo rubia que puede ser una mujer española) y una morena. Las dos con media melena, la rubia con el pelo rizado, de veinti muchos, delgadas pero con formas femeninas. Las dos sureñas, como Huracán.

Tengo que reconocer que la compañía de las dos mujeres no me estaba permitiendo relajarme demasiado y, el pasar a la sala de vapor, no me ayudó mucho. La rubia me sonrió y me invitó a acompañarlas al interior del habitáculo, la pequeña Londres ecuatorial. Esta parte del recorrido fue un poco agobiante porque la atmósfera sobrecargada y muy húmeda me estaba ahogando. Pero, a la vez, me estaba excitando mucho en compañía de estas dos bellezas, siguiendo el curso de las pequeñas gotas producto de la condensación de la humedad, recorriendo sus cuerpos casi desnudos. No es de extrañar que saliera disparado a la ducha de agua helada para mitigar, en la medida de lo posible, los efectos del calor.

Las dos chicas estaban empeñadas en darme conversación. En la sauna, en las duchas de contraste… en todos lados. Y, bueno, yo no me evado de una buena charla. Además, tenía dos opciones… o sudar en silencio, o sudar charlando. Las dos chicas dieron muestras de ser dadas a los juegos de palabras y de risa fácil, lo que hizo que pasáramos un buen rato.

La parte final del recorrido es una sala de relajación con camas de calor. Ahí llegamos los tres y nos tumbamos en las tres camas relajantes. Seguimos hablando durante un rato pero, mirando la hora, me debía marchar ya que tenía una junta de vecinos. Así que me levanté y me despedí de las dos, con una amplia sonrisa. La rubia se incorporó de la cama y me dijo:

– Nos veremos otra vez, ¿No?
– Por aquí – he hice un gesto que abarcaba el Spá – Seguro…

Y me marché.

Cuando caminaba hacia mi casa reaccioné. ¿Por qué no las invité a tomar algo al salir? ¿O por la noche? ¿Porque no quedé con ellas hoy? ¿O mañana? O simplemente… ¿Como es posible que no le pidiera el teléfono? Porque era evidente que, al menos, les había caído simpático.

La respuesta es simple. Porque soy un capullo.

Siguiente capítulo de la historia: La historia de Lentillas (I)

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Con un poco de retraso (hay que ver el tiempo que consume el gimnasio) aquí os presento el siguiente capítulo de mis desventuras.

Huracán volvió de la playa el jueves por la noche y yo la llamé al día siguiente, con la sana intención de proponerle un plan para el sábado. Era un plan magnífico y prácticamente imposible de rechazar… salvo que algún “camarero guapo” hubiera hecho uso del teléfono durante los días previos. La idea: pasar la mañana del sábado en el campo, exactamente en el mismo río cantarín y de frías aguas donde la conocí un año atrás. Baños, pozas, chapoteos, biquini y sol… todo ello en un entorno espectacular… y solitario. Para completar el día, el plan tenía una cena en un restaurante romántico y asistir a un concierto. Lo sé, una apuesta fuerte. Pero el “yo tipo duro” estaba al mando en esta ocasión…

Podría estrellarme, claro, pero es que me relamía sólo de recordar aquel momento en el que Huracán se metió en el agua un año atrás, (os recuerdo: agua helada), con su pelo ensortijado suelto al aire de la mañana, su piel morena apenas tapada por un pequeño bikini de color verde, sus… eh… su brillante sonrisa… sus ojos negros clavados en los míos y su voz juguetona diciendo…

– Joder, tengo los pezones tan duros que voy a romper el bikini.

Para algunos esa frase sería propia de la más vulgar entre las más vulgares camioneras de los peores barrios bajos de las peores ciudades barriobajeras del mundo. Pero a mí, señores, me pareció como si la mismísima diosa Venus me hubiera susurrado al oído las más bellas palabras que una diosa pudiera decir a los, por otra parte, sorprendidos oídos de un pobre mortal. Y, evidentemente, no pude evitar darme cuenta de que efectivamente tenía razón. Y, a la vez, percatarme de que el agua helada de la poza, en la que yo me encontraba sumergido hasta la cintura, no era suficientemente helada como para mitigar los “efectos secundarios” del comentario…

Así que no es de extrañar que me preparara un pequeño guión con todo lo que tenía que decir y en el orden correcto. Cualquier cosa menos dejar a la improvisación un tema tan importante. Primero un poco de charla intrascendente. Luego interesarme por su semana en la playa (con un resultado interesante; mucho descanso, mucho tomar el sol y muchos mimos por parte de su tía. Ningún comentario sobre médicos, policías, camareros o chicos en general). Y luego, entrar a matar.

– Tengo una proposición indecente para mañana… a no ser que algún camarero guapo tenga algo que decir en contra…
– Al final no me ha llamado… lo que siempre me pasa con los hombres…
– Oh!, pobre… – mentí como un bellaco mientras brincaba, saltaba, y hacía el gesto de Rafa Nadal al meter un punto… – seguro que ha aparecido alguna niña tonta por el bar y lo ha engatusado.- Ningún momento es malo para meter una cuña en contra de un rival (no hay que olvidar que los gusanos de seda, además de hacer el capullo, son seres que se arrastran, o sea, rastreros)
– Seguro… bueno ¿Qué me vas a proponer?
– ¿Te acuerdas lo que pasó hace un año?
– No.- Estaba previsto que no se acordara. De momento el plan iba como lo había preparado.
– Te voy a dar una pista. Un río…
– ¿Qué río?
– Uno con pozas… nosotros bañándonos…
– ¡El día que nos conocimos!
– Eso es… pues te propongo que hagamos lo mismo… todo el día al sol, bañándonos… como en una piscina, pero en un entorno natural…
– ¡Que guay!
– Y luego… te invito a cenar y a un concierto de los “…”.
– ¡Vale!… espera… no puedo.
– ¿Por qué? – Tenía previstas una veintena de posibilidades. Amigas u amigos, familia, roturas de cañerías, incendios y hasta un maremoto. Sólo tenía que esperar la respuesta adecuada.
– Es que el domingo trabajo todo el día y, después de toda la semana en la playa, tengo la casa manga por hombro y un montón de plancha pendiente…

No me lo podía creer. No había previsto la plancha. ¿Qué podía decir? Estaba sin argumentos. Así que solté lo más obvio:

– Pues no lo hagas. Ya habrá tiempo otro día…
– Es que si no plancho tendré que ir desnuda por la calle…
– ¿Y cual es el problema? Ahora hace calor y…
– La verdad es que debería ir… los “…” siempre me han gustado y… pero es que tengo que hacer lo que tengo que hacer… si cambio de idea te mando un mensaje esta noche… ¿Vale?
– Vale… pero va a estar muy bien… ya verás.

Pero no hubo tal mensaje. O no llegó, que también puede ser… así que me fui de todas maneras a pasar el día al río y, por la noche, al concierto… celebraría el aniversario, aunque fuera yo solo… no fue lo mismo, pero bueno.

Siguiente capítulo de la historia: En el Spá

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El capítulo de hoy empieza, como no puede ser de otra manera, con una llamada de teléfono, poco después de escribir el último post. Y, como no podía ser de otra manera, al otro lado de la línea estaba Huracán. Desde el día de la famosa llamada para contarme sus coqueteos con el “camarero guapo”, y que marca el comienzo de esta historia, no había tenido noticias suyas. Seguramente habría estado ocupada y yo tampoco había hecho nada por ponerme en contacto con ella. Por lo de hacerme el duro, por supuesto. Pero lo cierto es que ahí estaba la muchacha, llamándome.

– Estamos a jueves y no sé nada de ti – Me dijo con un tono de enfado simulado.
– He estado un poco liado. – Mentí
– ¿Qué me cuentas?
– Poco… he ido al…
– Pues yo me voy esta noche a la playa. A casa de mi tía. Tengo más ganas de playa… – me interrumpió.
– ¿Esta noche?
– Sí, a las 12 sale mi autobús, desde la estación de autobuses.
– ¿Y cómo vas?
– No sé… me pediré un taxi…

Fue una cosa muy rara. Mi boca empezó a articular unas palabras por su cuenta, sin pedir permiso al cerebro, el cual, alarmado, empezó a mandar órdenes de detención inmediata y de acciones evasivas. Pero todo fue inútil y el “Yo Tipo Duro” se encontró, perplejo, escuchándole decir al “Yo Capullo”…

– Si quieres te llevo yo.

Ya no podía desdecirme, así que quedamos a las 11 y cuarto de la noche en la puerta de su casa.

Y ahí estaba yo, puntual, como de costumbre. Cuando apareció por la puerta me bajé del coche, metí la maleta en el maletero y, sólo entonces, me permití el lujo de relajarme y darle dos besos. Estaba preciosa.

Se montó en el coche e inmediatamente su aroma lo inundó todo, llevándose, en su paso por mis narices, los restos de cualquier resistencia interior y expulsando del vehículo a patadas al “yo Tipo Duro”. Y nos fuimos hacia la estación de Autobuses, por las calles iluminadas y casi desiertas de la ciudad. Y empezó a hablar.

– ¿Te puedo contar una cosa? – Me preguntó
– ¿Hay camareros guapos?
– Si…
– Entonces no.
– Hoy he quedado con él.- me ignoró – pero no ha aparecido. – Tengo que reconocer que me picó la curiosidad.
– Pues es tonto. – Dije, y no mentía.
– Esta tarde se iba a hacer un tatuaje y quedó en llamarme al salir.
– ¿Tiene tatuajes?
– Un montón. Pero este era especial, porque no es con tinta. Le haces unos cortes con un bisturí y, cuando cicatriza, la cicatriz es el tatuaje, pero rugoso.
– Lleva tatuajes… – reflexioné en voz alta, sopesando la posibilidad de saltarme mi proverbial miedo a las cosas afiladas para hacerme uno. Deseché la idea casi de inmediato.
– ¿Por qué crees que no me ha llamado?- Ella seguía a su rollo.
– A lo mejor se han pasado con los cortes y le han seccionado algún miembro. Los bisturís son muy afilados… – se me abrieron un montón de posibilidades en mi mente – O, puede que – continué- ahora esté agonizando, díos no lo quiera, encima de una sucia camilla de la trastienda de un local de tatús, con un bisturí clavado profundamente en el esternón…

Huracán empezó a reírse, con esa risa franca que ella tiene. Y yo con ella. Llegamos a la estación y aparqué en la puerta. Aún quedaban casi 20 minutos para la salida del autobús. Me pidió que la acompañara durante la espera y no pude negarme.

– El caso es que no sé por qué me gusta tanto.- comenzó a decir.
– ¿Quién?
– El camarero guapo… ¿Quién si no?
– Pensé que habíamos terminado con el tema.
– Porque ayer quedé con el policía de mi gimnasio y ni fu ni fa.- Me volvió a ignorar.
– ¿Qué policía? – y mi voz sonó un poco alarmada.
– Uno que va. Me invitó a salir ayer y nos tomamos algo. Pero no me pareció tan maduro como el “camarero guapo”.
– Te entiendo- ironicé – porque hacerse cicatrices en la piel con un bisturí, es de ser muy maduro… hoy le dan una pistola a cualquiera.
– Pues, aunque no te lo creas, es muy maduro. Incluso es más maduro que tú.

Sólo me faltaba por oír eso. Las doce menos diez en el reloj, sin cenar, con una única manzana en el cuerpo desde el almuerzo, todavía dolorido por la sesión del gimnasio y, encima, escuchando que un camarero tatuado y con un pendiente en la nariz es más maduro que yo…

– Y no te lo pierdas… – volvió a la carga de nuevo, pero conseguí interrumpirla.
– Mira, Huracán, llevo toda la noche intentando perdérmelo. Pero algo me dice que me lo vas a contar de todas maneras…
– Que tonto que eres – Se rió – Pues resulta que me ha invitado a salir uno de los médicos de mi trabajo…
– ¿¿¿Qué también hay un médico???
– Sí. Pero no me gusta tanto como el “camarero guapo”
– Vas a comparar… donde se ponga un camarero que se quite un médico, un policía…

Llegó su autobús y, tras dos besos, se subió y se marchó. Allí me quedé, quieto como un pasmarote, hasta que el autobús salió de la estación, viendo como se me iba Huracán seis días a la playa, con su tía. Vuelve el jueves, pero no sé si nos veremos entonces. Empiezan a aparecer demasiados personajes en esta historia.

Siguiente capítulo de la historia: El aniversario

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Dolor…

No he podido escribir antes. No por falta de tiempo, que tengo, y mucho, ni tampoco por falta de inspiración, que de momento no me falta. La razón de este parón ha sido por la sencilla razón de que todavía no he sido capaz de escribir con la nariz a una velocidad adecuada. La nariz (y posiblemente las orejas) son las únicas partes de mi cuerpo que no me dolían ayer (y hoy) de mi sesión tonificadora muscular del gimnasio.

El ser un amasijo de dolor viviente ha tenido su parte positiva. Me ha dado tiempo a pensar mucho. En mí, en Huracán, en hacer el capullo, en todo. He llegado a la conclusión de que tengo que mantener un poco las distancias. Hacerme el duro, el interesante. Hacerme valer un poco.

Sólo falta llevarlo a la práctica.

Siguiente entrega de la historia: En la terminal de autobuses

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