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Archive for 31 agosto 2007

Segundo Asalto

Pues la cosa no fue tan mala a fin de cuentas el otro día. Al menos La Nueva me ha cogido el teléfono (en realidad no: la he llamado, ha saltado el contestador y, al rato, me ha devuelto la llamada).

– Hola.
– Hola. Te pillo siempre liada, eh?.
– Sí, es que estoy a mil cosas… tengo la vida un poco caótica.
– Dime que no tienes nada que hacer el sábado por la noche.
– Por la tarde sí, pero por la noche no.
– ¿Te puedo invitar a cenar? Así charlamos tranquilamente…
– ¿El sábado?
– Si te viene bien…
– No… eh… si, perfecto.
– Estupendo. Conozco un sitio que…
– ¿Te importa que elija yo?
– No… claro que no…
– Es que soy un poco rara para la comida…
– No importa. Tú eliges. A mí me da igual un sitio que otro… mientras la comida no tenga picante. Es que se me pone muy mal cuerpo con el picante…

Y quedamos para el sábado. Iré a recogerla a casa, como un caballero. Ahora que, me ha dejado un poco mosqueado con eso de que es un poco rara para la comida. ¿A qué sereferirá? ¿Será celiaca?

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Llegó el momento de la cita. Me acicalé, me peiné y me vestí como para una boda (en realidad no tanto). Un poco de loción para después del afeitado… y mis mejores boxes (por si acaso). Y llegué al punto de reunión 15 minutos antes de la hora. La verdad es que, viendo a la gente que estaba entrando, yo era una especie de bicho raro. Para que os hagáis una idea: era el único con zapatos, por ejemplo. O con la camisa por dentro.

La Nueva llegó un poco tarde pero a tiempo de la proyección. Vestida con una falda y una camiseta de tirantes,un bolso con flecos debajo del brazo, y unas chanclas de cuero como único calzado. Dos besos y para dentro… que empezaba la película. Por lo visto un autobús con retraso era la causa de la impuntualidad. Daba igual. Nos metimos en la “sala de proyecciones” un par de minutos antes de que se apagaran las luces. A ojo de buen cubero habría en la sala una treintena escasa de personas, todos ya sentados en las incómodas sillas que hacían de butacas.

Ahora viene el momento crítico cinematográfico (haciendo la competencia al Señor Lluís): La película es muy dura. Habla de una niña que se queda viuda el mismo día de su boda y, por la ley Hindú, es recluida en un ashram, el asilo para viudas, donde le rapan la cabeza y malvive con lo que pueden mendigar. Además hay una historia de amor entre una de las viudas jóvenes (a la que las demás viudas permiten tener su hermosa melena, ya que la prostituyen un poco) y un abogado seguidor de Gandhi. Todo contado desde la óptica de la niña protagonista. En el apartado técnico, la fotografía es excelente y el ritmo narrativo engancha desde el primer momento. Destaca sobre todo el trabajo de la joven actriz por su naturalidad. Una película muy recomendable.

Todo el tiempo la película es en un Hindi muy pulcro e incomprensible para mí (y creo que para todos menos para el que preparaba las diapositivas, seguramente). Estaba subtitulado al castellano, así que me pasé las casi dos horas de película leyendo como un loco para seguir el argumento. Imposible hacer ningún comentario sin perderme algo importante.

La película terminó y encendieron las luces. Me dio el tiempo justo para ver dos lágrimas recorriendo las mejillas de La Nueva, antes de que se las quitara con la mano. Me miró y sonrió un poco. En 10 minutos empezaría la charla coloquio y las diapositivas. Ella estaba visiblemente emocionada con lo que había visto, así que casi no hablamos casi nada. Mis lágrimas eran por la silla… me estaba matando.

La charla duró otro par de horas. Vimos las diapositivas, creo que mil por lo menos, sobre los trabajos de acondicionamiento y mejora en una de esas residencias para viudas en la ciudad de Calcuta. Entre la incomodidad de la silla y las enormes ganas de aliviar la vejiga, la charla se me estaba haciendo eterna. Tenía la sensación de que le habían hecho una foto a cada uno de los clavos del tejado nuevo (momentos antes de clavarlo, y momentos después de clavarlo). Pero allí nadie se movía. Y yo no iba a ser menos. Así que puse cara de entender lo que me estaban contando (con breves asentimientos de cabeza, como si aprobara lo que estaba escuchando), y eché mano de toda mi fuerza de voluntad para aguantar el esfínter.

En el momento de las preguntas pude ir al servicio a aliviarme un poco. Y, tras media hora de charla más, a las 12 de la noche pasadas, se terminó el evento. En total casi cuatro horas de proyecciones, así que apenas pude hablar con La Nueva de nada.

A la salida le dije que tomáramos algo, pero ya era tarde. comentamos algún aspecto de la película brevemente y nos despedimos, no sin antes quedar en llamarnos antes del fin de semana.

Creo que la cita ha sido un desastre mayúsculo… habrá suerte si me llama… o si me coge el teléfono.

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Ayer mismo, por la tarde, llamé a La Nueva, justo después de salir de trabajar. Como dije en su momento, no están las cosas como para ir desperdiciando oportunidades de quedar con mujeres tan interesantes. Y no quería que pensara que no estaba interesado o que me había olvidado. Pero tras cinco toques, me salió el buzón de voz. Odio esos cacharros. Me hacen sentir como un idiota hablando solo… y esta vez no fue una excepción. De todas maneras le dejé un mensaje en el que le decía que la llamaba por lo que hablamos de ir al cine y que volvería a llamarla más tarde.

No hizo falta. A la media hora me llamó ella. Resulta que estaba ensayando con el grupo de baile y, aprovechando un descanso, había oído el mensaje y me devolvía la llamada.

– Por supuesto que quedamos.- Me dijo. – Si te apetece, mañana en la ONG en la que ayudo proyectan una película en versión original sobre la dura vida de las mujeres viudas en la India.-
– ¿En inglés?
– No… en Hindi. A lo mejor la conoces… se titula “Agua”.
– Ah… esa… sí la conozco. Pero no la he visto.- Mentí. En la vida había oído hablar de esa película… pero con el título y un poco de argumento, se pueden hacer maravillas en Internet con las herramientas adecuadas.
– ¿Te vienes?
– Si, claro. ¿Me paso a buscarte? ¿Quedamos allí?
– Quedamos allí… – Y me dio las señas del centro.- Luego hay una charla coloquio sobre la película y uno de los colaboradores nos enseñará unas diapositivas sobre el trabajo de la ONG en un “asram” – o algo así – en Calcuta.
– Estupendo. Pues allí nos vemos.

Ahora, durante la comida, voy a prepararme la cita a conciencia. En la Wikipedia habrá información sobre la India y sobre la ciudad de Calcuta y seguro que saco una sinopsis legible de la película “Agua”… para no ir de pardillo.

Ya os contaré…

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Se supone que hoy por la noche vuelve Huracán. Y digo se supone porque no he tenido noticias de la niña desde que se marchó el miércoles por la noche. Me imagino que al estar en su tierra, con sus padres y amigos de toda la vida, habrá tenido público nuevo a quien contar sus penas. Pero no es de esto de lo que quiero hablar…

El sábado salí a celebrar mi cumpleaños con unos amigos. Nada especial… unas cañas, unas tapas y un sitio en el que poder charlar. No éramos muchos, sólo un grupo escogido entre los mejores… o los únicos que no estábamos de vacaciones. Lo de cumplir años en agosto es un poco rollo porque la mayor parte de la gente está por ahí, divirtiéndose, y de lo último que se acuerdan es de que tienen que llamar para felicitar…

El caso es que ya tarde, me llamó una amiga para saber por donde estaba, para unirse a la juerga. Me preguntó si me importaba que fuera con alguien, porque estaba acompañada. A mí no me importó, la verdad. Cuantos más mejor, ¿No? No le di mayor importancia hasta que vi el “alguien” con quien había venido.

Morena, pelo corto, ojos grandes, marrones y expresivos, labios carnosos, no muy alta pero bastante guapa y con buen tipo. A ojo de buen cubero le eché unos treinta años. A lo mejor alguno menos. Se presentó, me dio dos besos y me dijo un “Felicidades” con un acento canario que me gustó mucho. La verdad es que el acento de las islas me parece muy sugerente.

Podría deciros que soy un buen anfitrión y que, como tal, me sentí en la obligación de integrar a La Nueva en el grupo, explicarle las bromas internas y, en general, hacerle más agradable la compañía de un montón de personas extrañas. Pero no lo diré, porque sería mentir y eso está muy feo. La verdad es que me gustó. Me pareció una mujer muy atractiva y, la verdad, no están las cosas como para ir desperdiciando la oportunidad de conocer mujeres interesantes… por mucho que me guste Huracán.

Y salió una versión bastante buena de mí mismo, un Sr Capullo divertido y ocurrente, pero sin ser un payaso (gracias otra vez por tus consejos, Clotilde). Me había puesto una camisa nueva que, no es por nada, pero me sentaba muy bien y, como que me parecía marcar más músculo que nunca (las horas en el gimnasio están dando sus frutos… el otro día me saludó un bíceps que no conocía). Así que tengo que reconocer que estuvo muy bien la velada. Yo me lo pasé muy bien y, La Nueva, también.

Me enteré que hace poco que está por la península, que es ingeniera industrial, que vive compartiendo piso con dos chicas a las que casi no ve, mientras encuentra algo que esté bien para irse sola, que no tiene novio, que le gustan los museos, las exposiciones, las películas en versión original y la danza contemporánea, que en sus ratos libres baila en un grupo y trabaja de voluntaria en una ONG. Una alhaja de mujer. Me enteré de una cosa más importante que la mayoría de las anteriores: de su número de teléfono.

He quedado en llamarla esta semana par ir a leer una película a un cine del centro. Por enseñarle el centro, más que nada…

La Nueva (porque todavía no tengo suficiente información como para ponerle un mote adecuado para la historia) es todo un hallazgo. Y mientras Huracán se recupera, y vuelve a su ser, puedo quedar con ella, a ver qué tal.

No hago mal… ¿Verdad?

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Hola a todos. Ya sé que no tiene mucho que ver con el tema de mi blog, pero en fin, me apetecía contarlo. Esta es la tarta que me hizo mi madre para celebrar el cumpleaños. Para que os hagáis una idea es una base de hojaldre con crema pastelera, nata y chocolate (todas esas cosas que no matan, y, por tanto, engordan). El número que representan las velas, es un errata, así que no hagáis mucho caso.

Aquí podéis ver una porción.

Estaba deliciosa, obviamente, y lo mejor es que todavía queda media…

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Esto está siendo muy complicado. Parece que todo el mundo ha venido con ganas de las vacaciones y no tengo tiempo para nada… por suerte Huracán se va hoy a su tierra por unos días (son las fiestas populares, parece), y voy a tener algo de tiempo libre por las tardes…

A ver. Resumiendo un poco, Huracán está a ratos eufórica y a ratos hundida. Eso es bastante normal, al menos las fuentes de prestigio consultadas así lo afirman. Pero yo estoy un poco perdido (y agotado). Se me ocurrió la genial idea de decirle que, cuando le entraran ganas de llamar al Policía, me llamara a mí. Y me ha estado llamando como una loca a casi cualquier hora del día y de la noche. Podríamos dividir todas las llamadas en dos clases.

Clase 1. Huracán eufórica.

– Hola. Otra vez.
– ¿Sabes lo que te digo?
– Me imagino… pero, dime.
– Que le den por culo al policía. Yo soy mucha tía para él. Que se quede con su mierda de novia… – Y cosas por el estilo.

Clase 2. Huracán hundida.

– Echo de menos al policía…
– Hola. Como te he dicho antes… no pienses más en él, mujer…
– Pero es que echo de menos al policía…
– Se te pasará… – Y otros 20 o 30 más “Echo de menos al policía”.

Esto sería divertido si no fuera porque el teléfono suena a cualquier hora. Y, cualquier hora, puede ser las tres de la mañana, por ejemplo. A esas horas siempre llama la Huracán hundida, curiosamente.

El lunes podríamos resumirlo como el día que fuimos a un concierto de música clásica (una especie de Greatest Hits de Mozart), pero no pillamos entradas (no sabía que hubiera tanta gente aficionada a la música clásica en pleno agosto). Y pasamos la tarde buscando una cafetería en la que pusieran una determinada tarta de chocolate, con trocitos de chocolate, y con chocolate encima. Así que, básicamente, entrábamos en una cafetería, pedíamos que nos enseñaran las tartas y, si no le gustaba la tarta en cuestión, nos marchábamos a la siguiente. Al final no le gustó ninguna y terminamos cenando unas tostas cerca de su casa. Por supuesto, hablamos y hablamos y, de vez en cuando, echaba alguna lágrima. Pero en general la cosa fue bien y yo la vi bastante mejor que el domingo.

El martes empezó tranquilo. Huracán no dio señales de vida en toda la mañana hasta que, poco después de comer, me llamó llorando desconsoladamente. Resulta que el Policía la había llamado: quería saber qué tal estaba ella, porque hacía más de una semana que no hablaban. Él le dijo que podían quedar como amigos, que la echaba de menos y que se acordaba mucho de ella.

– ¿Crees que quiere volver?- Me preguntó entre lágrimas.
– Si y no. No quiere volver, porque él tiene su puesto en la policía, su casa y su novia allí y, perdona que sea tan franco, no creo que seas tan buena en la cama como para dejar todo eso atrás…
– ¿Pero entonces?
– Quiere tenerte aquí… para lo que pueda pasar… por si viene a dar un curso… o a pasar un fin de semana. No está mal eso de venir con el polvo asegurado… ¿No crees?

La verdad es que me parecía un juicio demasiado a la ligera sin conocer al Policía… pero, por otro lado, me parecía muy lógico. He conocido a muchos tipos como él, en mi larga y exitosa carrera como amigo…

De todas maneras, y a efectos personales, las continuas llamadas de teléfono no me estaban dejando demasiado bien de cara a mis compañeros y, sobre todo, a mi jefe. Poco después de esa llamada tuve una charla con él al respecto… de la que salí bien librado, por los pelos.

Nos volvimos a ver después del trabajo y no hicimos nada especial. Otra vuelta por el parque y su estanque charlando. Ella hacía mucho hincapié en que si quedaban como amigos a lo mejor él se daría cuenta del error que había cometido… etc, así que le conté mi experiencia al respecto: la historia de Morcillita y de cómo habíamos quedado como amigos. No sé si la convencí, pero al menos, conseguí que se riera con algunas anécdotas…

Prueba de que no la convencí fue la llamada que tuve el miércoles. Había quedado para unas cañas con el bueno de Almanzor. Le quería poner al día de los últimos acontecimientos acaecidos durante los últimos cinco trepidantes días cuando, en mitad de la segunda caña, me llamó Huracán.

– Le he mandado un mensaje.
– ¿Al policía?
– Sí.
– ¿Pero no habíamos quedado en que pasarías de él?
– Le he dicho que si me quiere, tiene que venir ahora mismo.
– ¿Ahora?
– Si
– ¿Desde allí?
– Si.
– Pues prepárate a esperar… porque es una tirada en coche. Eso si viene…
– Le he dicho que si no viene, no quiero saber nada más de él. Ni una llamada, ni un SMS, ni nada. Nunca más…
– Desde luego, un comportamiento maduro y, sobre todo, muy equilibrado… espero por tu bien que no haya visto “Atracción fatal”, porque si la ha visto, estará acojonado…
– ¿Por qué?
– Porque él sólo quería pasarlo bien, sexo sin nada de complicaciones, y ahora se da cuenta de que ha estado acostándose con una mujer claramente desquilibrada… ¿Quién le dice que no aparecerás por su casa, cuchillo en mano? – Para ser improvisado la cosa no me quedó mal. Almanzor estaba alucinando con la escena. Huracán comenzó a llorar otra vez.
– Espera… que voy a verte. En 20 minutos estoy en tu casa…

Y Almanzor se sumó a esa lista de amigos a los que dejo colgados por rescatar a una dama en apuros. Este, por lo menos, bebió gratis un par de cañas… porque le invité, claro. También lo entendió.

Por suerte Huracán estaba más tranquila. La tontería del mensaje valió para que pudiera convencerla de deshacerse del número de teléfono del Policía. Lo borró del móvil. Borró los mensajes y, por último, quemamos el papelito con el número (una cerilla y al retrete). Por supuesto que no se me ocurrió mencionar que el teléfono está la mar de apuntado en la facturas del móvil… ese detalle sin importancia podría echar por tierra la operación y, por suerte, Huracán no pensó en ello.

Todo el rato que estuve en su casa recé para que el Policía no pareciera… y no apareció.

Hoy se va a su tierra, y no volverá hasta el domingo. Allí está su mejor amiga y podrá desahogarse a conciencia. Yo, por mi parte, pretendo descansar un poco.

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Continúo con la historia.

Cometí dos errores la noche del sábado. El primero, obviamente, dejar que Huracán se fuera del coche sin haberle comido los morros. Y, el segundo, fue no apagar el móvil. Porque como que no mola mucho lo de despertarse con la música de Expediente X apenas unas horas después de haber conseguido cerrar el ojo.

Debía de ser mediodía a juzgar por la luz que entraba por la ventana, pero yo tenía la sensación de que eran las siete de la mañana, por lo menos. El caso es que, por la musiquilla del móvil, era Huracán. Pero no la Huracán de la noche, segura, preciosa y divertida… no. Era la Huracán llorosa y gimoteante del viernes. Estuvimos como media hora al teléfono, pero la conversación se podría resumir en:

– Jooo. Echo mucho de menos al Policía.- Lloros – Quiero ver al Policía.- Y más lloros – Voy a llamar al Policía.

El caso es que, con la práctica que tengo en estas lides, conseguí tranquilizarla y dejó de llorar. Y por el momento dejó de querer llamar al Policía. Quedamos para después de comer (cosa que agradecí, porque pude dormir otro poco más). Y, a eso de las 4, estaba (de nuevo) en su casa. La de kilómetros que me habría evitado de haberme quedado por la noche. En fin.

Esta vez no abrió la Huracán magnífica y espectacular de la noche anterior. Volvió a abrir la Huracán con gafas del viernes. Guapa, porque Huracán es muy guapa, pero ojerosa. Y tenía señales evidentes de haber estado llorando un buen rato antes de que yo llegara. De hecho, no estaba preparada para salir, sino que llevaba la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto de estar por casa.

Me contó que había tenido muchas ganas de llamar al Policía. Y que se había resistido. Decidió que debía borrar el número del móvil. Luego se había arrepentido y había removido Roma con Santiago hasta que encontró un papel en el que recordaba haberlo apuntado semanas atrás. Me enseñó el papel, arrugado con un número garabateado en él. Pero no quería volver a meterlo en el móvil, no fueran a darle ganas de llamar otra vez.

– Pues rompe el papel y no habrá posibilidad de llamar… ¿no te parece?
– No… ¿Y si me llama, pero estoy fuera de cobertura? ¿Cómo sabré que me ha llamado?
– No te va a llamar. Ahora, por las horas que son, él está echándose la siesta con su novia… fijo – Lo sé. Es cruel decirle que estaba acostado con otra, pero creo que estas cosas, cuanto antes las piense, mejor…
– Su novia… esa puritana. Me dijo el Policía que yo le había hecho cosas que su novia no quería hacerle – comentario que, como comprenderéis, llamó mi atención. De todas maneras volví a ser muy duro con ella.
– Me temo que tan buena no eres… si él ha preferido volver con su puritana novia que quedarse con la fogosa Huracán… ¿No te parece?
– Ha sido por el trabajo…
– Ya… eso va a ser. Podemos hacer una cosa… Tú me das el papel, y yo te lo guardo. Así controlamos las ganas de llamar y, si fuera muy necesario, puedes pedírmelo.

Pero no quiso. La verdad es que esta chica parecía estar loca perdida… estando allí, de pie en el salón, tenía la sensación de que la Huracán de la noche anterior debía de ser una mujer diferente. Yo en mis debacles amorosos tengo un perfil más plano… hundido y punto. Pero sin estos subidones y depresiones tan acusados… y lo peor es que son por un rollito de dos semanas…

La convencí para que saliéramos al parque al lado de su casa a dar un paseo y que nos diera un poco el aire. No estaba haciendo precisamente una tarde calurosa, así que caminar un poco debajo de los árboles podría estar bien. Antes de eso, Huracán, que es una chica muy limpia, necesitaba meterse en la ducha… con todo lo que ello conlleva… así que me preparé de nuevo para una hora de lectura de la revista para mujeres de hoy… pero a los 5 minutos escuché sollozos apagados desde su habitación. Obviamente me preocupé un poco…

En la habitación, junto a la cama, estaba Huracán de pie, llorando a lágrima tendida y gimoteando… nuevamente. y cuando me vio, sólo se le ocurrió taparse la cara con unas bragas limpias que tenía en la mano… la escena era muy cómica (seguramente nos reiremos de ello al contárselo a nuestros nietos), pero lo cierto es que estaba llorando. Me acerqué, le quité las bragas de la cara (esta frase habría sonado mejor de otra manera), y la abracé, meciéndola un poco.

– Todo se arreglará… ya lo verás. – Le susurré al oído. Y siguió llorando un rato.

Después de ducharse y secarse, terminó de arreglarse en el salón. Descubrí el secreto de su impecable flequillo y porqué los rizos le caen distraídamente sobre los hombros… todo lleva un proceso que no deja nada al azar precisamente… son años de práctica, parece. También vi como se pintaba los ojos, los labios, se daba el colorete… a pesar de insistirle que con la cara lavada está estupenda. Pero así es Huracán… hundida en la miseria, pero divina de la muerte.

Durante el paseo hablamos sobre muchas cosas, pero principalmente del Policía. Yo intentaba hacerle ver que quizá no era tan bueno como ella pensaba y que, si había engañado a su chica, ¿Quién le decía que no la engañaría a ella también? Eso sí… la charla no fue constante. El tono de “Losing my religión” de su móvil sonó en repetidas ocasiones. Quitando una de ellas, que la que llamaba era la mejor amiga de Huracán, el resto eran llamadas de varones. Y creo que varones con malvadas intenciones…

Después fuimos a tomar algo a una terraza… luego a cenar a un bar cercano y, por último, otro paseo por el parque. Pero como al día siguiente ella tenía que madrugar mucho, nos despedimos relativamente pronto… otra vez en la puerta de su casa. No hablamos de quedar ni nada… pero al final quedamos.

Pero esa historia tendrá que ser contada mañana…

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