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Archive for 26 octubre 2007

Nada hacía pensar que el jueves fuera a ser un jueves diferente a cualquier otro jueves. Bueno, cualquier otro jueves desde hace un mes, más o menos. La rutina habitual de los jueves es salir del trabajo, a eso de las seis de la tarde, y enfilar raudo y veloz (pero sin sobrepasar lo límites de velocidad) hacia casa de Huracán. Luego está la opción de conducir canturreando canciones de la radio o escuchando algún informativo, que varía según los días y el estado de ánimo. Y este jueves, por esas cosas que tiene la vida, y como novedad, me había parado en una floristería que me pillaba de paso para comprarle a Huracán una rosa roja. Ya veis, que tenía un día de los tontorrones…

Así que allí estaba yo, con una rosa en una mano y nudillo en ristre llamando a la ya conocidísima puerta de la casa de Huracán. Lo que pasa es que me recibió una desconocidísima Huracán. Los indicios: un beso corto, un pico más bien, y una mirada que no supe identificar. La seguí al salón y allí…

Allí estaba un señor de unos dos metros de alto, y otros tatos de ancho. Vestía un impoluto traje de chaqueta cruzado de color gris y unos zapatos que refulgían de puro brillo. Estaba serio, de pie, junto al sillón. Y me miraba. De arriba abajo (No creo que fuera con desdén. Teniendo en cuenta que me sacaba más de una cabeza no tenía otra opción que mirarme de arriba abajo).

– Este es mi papi.- Dijo Huracán – Estaba en la ciudad por negocios y ha venido a verme por sorpresa.

Creo que a la palabra Papi le faltaban muchas letras para ceñirse a la realidad. Incluso a la palabra Padre le faltarían muchas letras. Y por sorpresa no era tampoco una expresión acertada. Emboscada sería lo más parecido.

– ¿Y tu eres…? – Dijo papi con una potente voz de bajo (lo que no deja de ser un contrasentido), mientras me ofrecía la mano para que se la estrechara. Casi me la destroza…
– Es mi novio, el chico del que te he hablado.- Dijo Huracán antes de que pudiera contestar otra cosa (como por ejemplo: “Un testigo de Jehová predicando la fe”, “un vecino que viene a por una pizca de sal” o “alguien que ya se marchaba”). – Ahora te dejo un rato con él mientras voy a comprar algunas cosas abajo, para haceros la cena. Y os vais conociendo. Se bueno con él, Papi… ¿Vale?

Le dio un beso en la mejilla, y seguidamente otro a mí, y salió disparada por la puerta… dejándome allí, a solas, con la representación antropomórfica de todos los papis que nunca hubieran existido sobre la faz de la tierra… No me había dado tiempo a pensar en qué demonios quería decir con lo de “se bueno con él” cuando la voz del Padre atronó desde las alturas.

– Así que tú eres el que se folla a mi hija… ¿No?

A esto le llamo yo disparar a quemarropa y sin silenciador. El papi me miraba serio desde sus casi dos metros. Me pregunto si no hubiera sido mejor un largo silencio incómodo o un comentario casual sobre el tiempo, haciendo notar la enorme cantidad de Cirrostratos que había en el cielo últimamente.

– Eh… si… digo, no, señor.
– ¿En qué quedamos? – Y seguía impasible. Yo ya era un manojo de nervios, y me sentía pequeño… muy pequeño.
– Pues… eh… que sí salgo con su hija… pero no me la follo… señor.
– ¿Que no te la follas? Que pasa… ¿Qué no está buena?
– Si señor… m mucho. – Y me arrepentí de hacer dicho eso una milésima de segundo tarde.
– ¿Entonces?
– Verá… Llevo saliendo con su hija un mes… más o menos… y… eh… hemos practicado el … eh… el acto sexual… con protección… esto… unas cuantas veces… sí… eso es… – tragué saliva – hemos hecho el amor…

Y me sentí muy, pero que muy estúpido diciendo eso. Más si cabe cuando el Papi empezó a reírse a mandíbula batiente. Incluso lloraba de la risa, el muy…

– Me alegro. Eso que te llevas. Relájate, hombre… ¿Bebes cerveza?
– Sí – Dije con alivio, contento por fin de saber la respuesta correcta a una pregunta.

Papi se metió en la cocina y volvió con dos de mis latas de cerveza. Me tiró una y se abrió la otra.

– Ven al sofá, hombre… hablemos más cómodamente mientras vuelve la niña…

Y la niña nos encontró riéndonos en el sofá, bebiendo cerveza y comiendo cacahuetes. Resulta que el Papi es un cachondo mental y gastaba la misma broma a todos los chicos que Huracán le ha presentado. Por lo visto todos habían temblado tanto o más que yo. Claro que, midiendo dos metros y con esa voz, como para no acojonarse…

El resto de la tarde y la cena fue tremendamente agradable, una vez que me relajé un poco. El padre de Huracán es un hombre muy divertido con el que comparto el mismo sentido del humor y gusto por los juegos de palabras. Y cuenta unas historias tremendas con ese gracejo sureño tan característico.

Antes de marcharme me ha hecho prometer que haría todo lo posible por pasar las Navidades con ellos en el Sur… Ya veremos qué pasa.

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El sofá

La escena del sofá no es la clásica escena del sofá. No. Para empezar estábamos en pelotas, en mi casa, tumbados en él. En el sofá de la escena. En mi sofá. El sofá más cómodo y mullido, acogedor y siestero que el ser humano hubiera inventado nunca. Este sofá tiene historia. No es antiguo, pero en él he pasado innumerables horas felices, casi siempre en domingo, tumbado, abrazado a sus mullidos cojines, y roncando. Lo quiero más que al mando a distancia. Y creo que es un miembro más de mi familia. El sofá fue el primer mueble que compré para mi casa. Lo compré incluso antes que la cama. Para su elección no utilicé parámetros tales como colores o formas. Usé la lógica y mi trasero. Y me quedé con el que me pareció más cómodo, después de probar todos los que había en la tienda. Y lo compré como compro todas las cosas. Me gusta, me lo llevo.

– ¿No crees que el sofá no pega con el resto de la decoración del salón?- me dijo Huracán, mientras jugueteaba con los pelos de mi pecho.
– No sé. Nunca lo he pensado.
– Fíjate… es azul marino.
– Pues sí, es azul… como las servilletas que le compraste a Almanzor…
– Tonto…
– Tienes razón… como las servilletas que YO compre… – Es que eso todavía lo tengo ahí clavado.
– Y la mesa es de color “Pino” – Marrón para el resto de los mortales. De los mortales con pito. Bueno… de los mortales con pito y sin un título de estilista o de decorador.
– Bueno, ¿Y qué más da? El sofá es cómodo, y la mesa vale para comer…
– Pero es que no pegan. Y el azul ya no se lleva…
– Ya, pero es que el sofá Es Cómodo y la mesa vale para comer… cumplen su función a la perfección.
– ¿Por qué no vamos luego a ver sofás?
– Porque se me ocurren muchas otras cosas mejores que hacer que ver sofás… sobre todo teniendo en cuenta que no voy a cambiar de sofá en… así a ojo… nunca.- Se estaba encendiendo una alarma en mi cabeza. Un gran cartel con la palabra “ATENCIÓN. ENTRAMOS EN ZONA PELIGROSA”, en letras rojas sobre fondo amarillo, y una sirena de barco atronando…
– Y podríamos ver también un mueble con vitrina… – Huracán seguía a lo suyo.
– ¿Y para qué quiero yo un mueble con vitrina?
– Para la vajilla.
– ¿Qué vajilla?
– Pues eso, que no tienes vajilla…

Y me faltaban, aparentemente, algunas otras cosas. Por cierto… ¿Qué coño es un “estor”?

Supongo que el aparcar relativamente cerca de la puerta del parking del macrocentro de la decoración (todos sabemos el nombre) demuestra que, en el fondo y pese a haber triunfado contra toda lógica, venciendo adversidades y dejando en la cuneta a rivales de la talla del “camarero guapo” o del “policía”, el Señor Capullo es el Señor Capullo por algo… y que no tengo demasiado carácter si hay un lunar de por medio. Pero eso sí, tenía el firme convencimiento de que se trataba sólo de pasar la tarde y que no había ninguna intención de comprar nada. Y mucho menos un sofá. Iba a ser, además, mi bautismo de fuego con el gigante sueco.

Aquello estaba atestado de gente. Por todos lados, miraras donde miraras, había gente. Por un momento me pareció que me había equivocado de sitio y no era un parking, sino una manifestación contra algo… Me llamó la atención una pareja que intentaba meter una caja de cartón de colosales proporciones en un Corsa chuiquitito, y un tipo con un carrito lleno de cajas marrones de diferentes tamaños. Pero no vi muebles por ningún lado.

Huracán me llevaba de la mano, arrastras, y llegamos a la entrada de la tienda. Bueno, a las escaleras que te llevan a la entrada de la tienda… así que empezábamos mal, había que subir escaleras. Me soltó el tiempo suficiente para surtirme con un lapicero pequeño, unas cuantas hojas de papel y una cinta métrica. Estaban en un expositor a la entrada. Ella cogió lo mismo para sí y supongo que debía de ser costumbre, porque todo el mundo iba equipado de la misma manera. Y nos adentramos en las profundidades de la tienda.

A ver como lo cuento… sobre todo para que no me demanden los suecos. Hay un camino de losetas grises que te lleva por todas las secciones de la tienda, como el de losetas amarillas de OZ (pero por más que choqué los talones y deseé estar en mi hogar, no desaparecí de allí). Hay mapas de situación cada cierto trecho con un punto rojo de los gordos y un “Usted está aquí” (yo creo que con recochineo), que ayudan a saber lo que te queda. Y hay algunos pasillos con una flecha y que en el mapa tienen el esperanzador nombre de “atajo”, pero que no tomamos en ningún momento, porque recorrimos la tienda entera. Y eso que los sofás estaban casi al comienzo del recorrido.

Ninguno era como mi sofá. Mi querido sofá. Al que puse los cuernos en contra de mi voluntad, sentándome en otros sofás. En todos los sofás de la tienda. A Huracán le gustó uno, no especialmente cómodo (reconozco que estaba con la actitud muy negativa), y apuntó algo en una de las hojas. Era de un impoluto color blanco, algo que me parece poco útil (teniendo en cuenta donde está situado mi umbral de la limpieza). Apuntó más cosas en esas hojas, pero no me dejó verlas.

Y como una tarde en un super centro del mueble da para mucho, vimos salones completos, muebles de cocina, butacas, estanterías, y, a lo mejor fueron imaginaciones mías, pero nos entretuvimos mucho rato en la sección de muebles para niños…

Ella me dejó un momento solo (estaba muy entretenido ojeando unos libros de una estantería, que yo pensaba que eran de atrezzo, pero que en realidad eran libros de verdad, escritos en sueco, creo) y apareció un rato después con una bolsa amarilla sospechosamente abultada. Pero no dije nada… supuse que obviando el tema a lo mejor desaparecía sin más. No sólo no desaparecieron, sino que los pagué.

Cuando llegué a mi casa esa noche tenía la horrible sensación de que había vivido muchos años sin saber que necesitaba un escurreplatos Ordning, un escurrecubiertos kronen, dos lámparas Basisk, y dos bolas Mäkta. Y tenía, además, el firme presentimiento de que, por más que me negara, otros objetos igualmente necesarios irían apareciendo en mi vida…

Por cierto… por fin entendí el anuncio de la pareja que montaba una estantería y le faltaban los tornillos “Halfrink”.

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La segunda etapa de nuestro viaje comenzaba el martes por la mañana temprano. Me costó un gran esfuerzo y usar toda mi voluntad para no seguir acurrucado junto a Huracán en la cama. Pero es que había que continuar con el plan. Dentro del recorrido que habíamos preparado, estaba visitar mi otra ciudad favorita de Irlanda… Galway, justo al otro extremo de la Isla, a 300 kilómetros al oeste. Allí estaríamos hasta el jueves, recorriendo en coche un poco de la costa, visitando algún pueblo pintoresco y disfrutando de la gastronomía del país. O lo que ellos consideran gastronomía… o sea, cualquier cosa, con patatas.

Ya teníamos un coche alquilado desde España desde la semana anterior (un gran trabajo de mis amigas las secretarias de dirección, a las que tenía que agradecer, además, la gestión de los hoteles y los vuelos) y fuimos a recogerlo. Aunque tenía un mapa de carreteras de Irlanda dentro del equipamiento básico del coche, me había sacado por Internet los trayectos marcados, por si las moscas. Digamos que esta era la parte de la aventura que más me preocupaba. Así que me había empollado las rutas como si de un examen se tratara. Huracán se pone muy nerviosa en el coche, sobre todo si damos vueltas por el mismo sitio… y si supiera que nunca había conducido (legalmente) por la izquierda… Por suerte no hubo problema y llegamos a Galway sin novedad. Incluso el tiempo se alió con la causa y lució el sol en el cielo hasta que llegamos a nuestro destino…

Nuestro hotel estaba situado junto a la plaza de Eyre (“Eire Escuer”) y muy cerca del albergue de juventud donde dormí la primera vez que vine, en aquel viaje con Lentillas de hace un millón de años. En la plaza solía haber música en directo cada vez que pasábamos, aunque siendo el festival de verano ya podía… ahora no es que hubiera demasiada gente y menos tocando música. Pero supongo que por la tarde habría más animación. Como habíamos llegado a la hora de comer, la hora local de comer, para nada la española, dejamos las maletas y bajamos al Pub, el Blake, en la planta baja del hotel a tomar algo. Luego “hicimos la siesta”. Hicimos la siesta varias veces hasta el día siguiente…

Los acantilados de Moher era nuestro objetivo para el miércoles. Yo no es que tuviera el cuerpo para demasiadas cosas… tanta siesta no debe de ser buena, pero recordaba este monumento natural (me refiero a los acantilados, no a Huracán) con mucho cariño y no me lo quería perder… así que nos levantamos nuevamente muy temprano y recorrimos los algo más de 70 kilómetros (por esas carreteras infames, pero con increíbles vistas de las verdes lomas irlandesas, con alguna casa dispersa aquí y allá, y sus ovejas) antes de la hora de comer (de ellos). Y allí estaban, esos acantilados imponentes, de más de 200 metros de altura, batidos por el viento y con las olas estrellándose con fuerza contra su base, salpicando con su espuma blanca las escarpadas piedras negras… y yo, arriba, con mi cámara… sin pilas. Si es que, con tanta siesta, se le va a uno la cabeza…

Hay un camino que sigue el acantilado hasta una torre semi derruida, a una distancia prudencial del borde, pero no lo recorrimos entero. Huracán no es de mucho andar y yo… yo tenía que reservar fuerzas para la noche. Así que nos fuimos a un pueblo cercano a picar algo. Luego fuimos a ver un castillo que había por allí y regresamos a Galway. Veríamos la ciudad por la tarde, dando un pasero, y por la mañana lo que nos diera tiempo, antes de volver a Dublín.

Galway es una gran ciudad… o un gran pueblecito venido a más. Yo lo recordaba con cariño del viaje que ya he comentado antes, como recuerdo Irlanda con cariño desde entonces. Cierto es que el ambiente veraniego, la gente paseando por la ciudad, el festival de música con los espectáculos por la calle y las terrazas (porque en Galway había terrazas) le daban un aspecto más latino que irlandés… ahora, con las calles mojadas por la lluvia, el cielo más gris que azul y la poca gente y el ningún concierto callejero no tenía menos encanto… era ver Galway de otra manera.

Me gustaría decir que todo el viaje fue de color de rosa. Pero no fue así. Esa noche tuvimos nuestra primera pelea…

Estábamos en un pub cercano al hotel, cenando, sentados en una mesa redonda de madera. El local estaba repleto y había un buen ambiente. Un señor con bigote tocaba un violín al fondo del local y otras personas les seguían haciendo palmas, en lo que debía ser una actuación en directo. Las camareras pasaban con enormes bandejas repletas de comida y de pintas de Guinness, esquivando a los comensales con habilidad. En un momento se dieron varias circunstancias: Una, nuestros vecinos de al lado debieron de terminar su cena y se acercaron un poco más al del violín, dejando la mesa libre. Dos, una pareja de chicas jóvenes y guapas ocuparon su lugar. Tres, yo no pude evitar mirarlas, claro. Y cuatro, Huracán me vio mirarlas.

Cuando digo que las miré no quiero decir que “las mirara”, con la típica mirada furtiva de arriba abajo, midiendo, sopesando y evaluando posibilidades de actuación. Me refiero a que las miré pensando… “coñe, estas deben de ser españolas, porque son bastante guapas. Me pregunto si serán turistas o estudiantes” y, por tanto, sin disimular. Y ese fue mi primer error. El segundo fue no darle importancia a la mirada de Huracán, una mirada de esas que hace descender la temperatura unos cuantos grados. Son esas típicas cosas de las que te das cuenta días después, cuando piensas en ello, con un par de Guinness menos en sangre…

El concierto terminó y nosotros, y otro montón de gente, se marchó. Lo único que, justo en la puerta, a Huracán le entraron ganas de ir al baño. Así que me quedé fuera, al fresco de la noche, sintiéndome muy satisfecho y a gusto. Es más, entre las endorfinas y el alcohol, podríamos decir que estaba bastante eufórico. Así que, cuando una de las chicas guapas de antes se me acercó, yo ya era el rey del Mambo.

– ¿Tienes fuego? – en un perfecto castellano, aunque con acento catalán. Debió de oírme hablar en el pub.
– Si, claro.

Y no mentía, porque desde muy joven siempre he llevado un mechero en el bolsillo, a pesar de no fumar y de no haber fumado nunca. Como decía mi amigo Panceta: “Nunca se sabe de donde puede salir un buen polvo… y dado que las posibilidades de que surjan son más bien escasas, mejor no estropearlo por no tener un mechero o un condón”. Le di fuego y, como rey del mambo que era, también le di un poco de conversación.

Efectivamente las dos buenas mozas eran españolas, de Barcelona para más señas, y no debían de tener más de 22 años. Estaban de Erasmus en la ciudad y llevaban muy poco. Estudiaban literatura o filología Inglesa, o algo así… y poco más o menos fue lo que nos dio tiempo a hablar. Porque salió Huracán del Pub formando una gruesa capa de escarcha a mi alrededor. Me agarró del brazo y, casi sin despedirnos de las dos estudiantes, me arrancó de allí, haciendo honor a su nombre…

Y hubo escenita de celos.

Yo, por un lado, pensaba que era absurdo lo que estaba pasando simplemente por una mirada y una breve charla. Eran dos niñas, guapas, vale, pero niñas… y sólo estaba siendo simpático. Me parecía una reacción desproporcionada.

Pero por otro lado… joder, Huracán estaba celosa. Estaba defendiendo a su hombre de las garras de dos pelanduscas robanovios… Huracán, una mujer de bandera, de toma pan y moja, de portada de la revista de los conejitos… temiendo perder a un tipo como yo, un hombre de… de… bueno, un hombre normal y corriente… del montón, del montón de hombres normales y corrientes. Y eso, junto a las endorfinas y el alcohol, me hicieron subir a las más altas cotas de autoestima alcanzadas por el hombre.

Lo que no evitó que esa noche solo durmiéramos y que no hubiera ni un besito de buenas noches.

Lo que no evitó que al día siguiente estuviera de morros en el coche durante el trayecto hasta Dublín. Aunque luego se ablandara un poco…

El último día en Dublín fue un poco más triste y nos fuimos como habíamos llegado… con una fina lluvia.

Eso sí, nos pasamos el resto del fin de semana reconciliándonos en su casa…

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Una fina lluvia nos recibió a nuestra llegada al aeropuerto de Dublín. Pero decir esto de la capital de la Guinness es como afirmar que en Canarias hace sol o que los San Fermines son en Julio, que en China tienen los ojos rasgados o que no hay una sola mujer en el mundo que esté contenta con su nariz. Una obviedad.

Finales de septiembre y principios de octubre quizá no es la mejor época para viajar a las verdes tierras de Irlanda. De todas maneras, la fecha vino un poco impuesta por las circunstancias y, bueno, en cierta forma el ir a Irlanda era un poco simbólico: Fue el primer viaje que hice con Lentillas, del que guardo un increíble recuerdo, y quería que fuera el primero con Huracán. Y, como gesto simbólico, los dioses del clima quisieron que no sufriéramos mucho tiempo desapacible…

Un tipo sonriente con una placa colgada en la chaqueta y un enorme paraguas negro para guarecerse de la lluvia nos paró un taxi a la salida del aeropuerto y, en mi peculiar inglés, que me permitiría ganarme la vida perfectamente como mimo, le di instrucciones al taxista para que nos llevara al Hotel. Lo tenía anotado en un papel, en escritura fonética: “tuenti for logüer lisson Inn”. A tiro de piedra de El parque de San Esteban… o como a ellos les gusta decir “Sain estifen grin”. O sea, en pleno centro. La lluvia no nos dejó ni un segundo durante todo el trayecto hasta el hotel y, según las previsiones que había estado mirando por Internet, no mejoraría hasta el martes, por lo menos.

El hotel era un viejo edificio de cuatro plantas de ladrillos marrones y ventanas blancas situado en un barrio de aspecto Victoriano, de calles tranquilas, muy cerca del parque y del Cortinglés Dublinés (o equivalente). Por fuera tenía aspecto de fábrica de zapatos, o algo así, pero por dentro era acogedor. Nos atendió una recepcionista muy irlandesa. Mayor, de aspecto entrañable, con gafas de ver de cerca en la punta de la nariz, y un broche en forma de mariposa colgada de la blusa. Nos sonrió (con una buena colección de dientes, por su gran número, sus diferentes formas y su variedad de tamaños) y, de alguna manera que se me escapa, conseguí hacerme entender (“Gud morninn. Güi haf a buk”). Lo gracioso es que Huracán habla perfectamente inglés… pero le hace gracia oírme…

La habitación era grande, con una cama enorme junto a la pared (tan grande que si no queríamos, no tendríamos por qué tocarnos, aunque no haríamos uso de esa posibilidad) y una mesita de aspecto clásico debajo de la ventana. Huracán se metió en el baño un momento y yo me tumbé en la cama… cogí el mando a distancia y comencé un zapeo indiscriminado por todos los canales buscando el canal porno… lo que hacen todos los hombres del mundo nada más entrar en una habitación de hotel. No había tal canal porno. Al ver salir a Huracán del baño apagué la tele inmediatamente… me había traído el canal porno puesto desde España… y yo era el prota de la peli.

Los titulares de los periódicos locales tendrían que haber sido algo así como “Fuerte terremoto en Irlanda, con el epicentro situado en la calle Lower Leeson St esquina Upper Penbroke St de Dublín”.

El domingo no es que hiciera mejor día fuera. Seguía lloviendo aunque salió el Sol un par de veces en total. O eso creo… porque en realidad no nos asomamos a la calle en todo el día. Lo sé… es un poco estúpido recorrer tantos kilómetros para quedarse en la cama sin salir… pero es que soy un hombre débil. Me enseñan un lunar y pierdo la capacidad de razonar. Supongo que será por la falta de sangre…

Siguiendo con la tontería, los titulares de los periódicos locales tendrían que haber sido algo así como “Se han detectado fuertes y numerosas réplicas de los temblores que se produjeron ayer. El epicentro está situado en la misma calle Lower Leeson St esquina Upper Penbroke St de Dublín”.

Por fin pudimos salir a la calle el lunes. No es que el tiempo mejorara, seguía estando muy nublado, pero conseguí imponerme un poco (en realidad simulé una lesión que se me fue pasando poco a poco durante el día). Tenía ganas de beberme una Guinness en un auténtico Pub Irlandés, en España no saben igual que aquí, quizá por el agua especial del río. Y ya puestos, visitar otra vez el Trinity Collage, ver la catedral de San Patricio o pasear por las viejas calles del Temple Bar. Que no os confunda su nombre… no es una especie de templo consagrado a los bares (aunque los hay a patadas), es un barrio bohemio junto al río Liffey con mucha música en directo… porque Irlanda es un país muy musical, no en vano su emblema es una Lira.

Estas actividades nos llevaron todo el día y parte de la tarde, aunque Huracán sacó tiempo para que pasáramos por Grafton Street, la calle donde están todas las tiendas de lujo de Dublín. A pesar de insistir mucho, no conseguí convencerla para ir a la Fábrica de Guinness (donde tenía planeado robar otro auténtico vaso de pinta, como hice la primera vez). Seguía lloviendo a ratos, pero gracias a un paraguas que nos dejó la amable recepcionista, pudimos mojarnos poco y pasear bien juntitos. No recordaba la ciudad de Dublín tan bonita, tan luminosa a pesar de estar tan nublado y la lluvia… aunque supongo que no es lo mismo ver la estatua de Oscar Wilde, y punto, que ver la estatua de Oscar Wilde agarrado a la cintura de la que, probablemente, fuera la mujer más guapa a 500 millas a la redonda (y, posiblemente, de la isla entera)… ya me entendéis.

Mañana sigo con el resto del viaje (que hoy tengo que seguir currando).

PD.- No es que tenga una memoria prodigiosa, es que guardo todos los folletos turísticos que te van dando y, bueno, he tirado de documentación para los nombres de las calles y eso…

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Esta entrada la tenía escrita desde antes de la semana pasada. Pero no me decidí a publicarla… es que salgo en pelotas y, bueno, soy un poco tímido… no es nada relacionado con los magníficos días que hemos disfrutado en Irlanda… sino más bien algunos aspectos de la historia que, al menos a mí, me quedaban pendientes… es un pequeño adelanto mientras preparo el resumen de nueve semanas versión capulla. Lo que voy a contaros ocurrió el mismo viernes que apareció Huracán en mi casa.

Estábamos tumbados, en la cama, tomándonos un respiro. Fuera ya era de noche y me parece que estaba lloviendo, aunque esto no podría asegurarlo completamente. Yo, de lado, contemplaba el magnífico cuerpo de Huracán, mirando extasiado su pecho, subiendo y bajando al ritmo de su respiración, e intentaba decidir por cual de los lunares que acababa de descubrir iniciaría de nuevo las hostilidades. Quizá llegó a mi cerebro un aporte de sangre fresca (quizá simplemente llegó sangre) y me asaltaron algunas cuestiones que no tenía muy claras de esta historia.

– ¿Me lo vas a explicar?
– ¿El qué?
– El cambio. Hace una semana pensaba que no te volvería a ver y, ahora, fíjate… estás desnuda en mi cama, mis manos recorren a placer tu cuerpo y quedan pocos sitios de tu anatomía que no te haya besado… – Le di un beso en una teta. Huracán se rió con ganas.
– Un gran cambio, sí. Pero no te creas… me costó. Cuando me besaste en el concierto, se me rompieron todos los esquemas. Éramos amigos y los amigos no se besan. Nunca se me había ocurrido mirarte de otra manera…
– Joder… pues mira que me esforcé.
– Y me enfadé mucho. En el taxi camino de mi casa tenía un monumental cabreo… ¿Por qué lo habías hecho? Yo no te había dado pie… me sentí traicionada. Luego, ya en la cama, no podía dormir. Le daba vueltas a lo mismo…
– Pobre…
– Al día siguiente estaba nerviosa. Pensaba en qué te diría cuando me llamaras, porque pensé que me llamarías. Pero no lo hiciste…
– No, claro, la pelota estaba en tu tejado… tú ya sabías lo que sentía.
– Y como no me llamaste para disculparte en todo el día, me volví a enfadar… Ya no quería verte más.
– Pues menos mal…
– Sin embargo no podía parar de pensar en ti… pensé que no te vería otra vez, y empecé a recordar tus cosas, cómo me haces reír, las tonterías que me dices por teléfono… recordé que estuviste ahí cuando todo el rollo con el Policía… que siempre has estado ahí cuado te he necesitado. Y te empecé a echar de menos… y pensé que a lo mejor tú ya no querías verme…
– Pues nada más alejado de la realidad…
– Y llamé a Almanzor.
– ¿Hablaste con Almanzor?
– Sí…
– Que cabrón… no me ha dicho nada.
– Y me contó que habías hablado con él muchas veces, que yo te gustaba mucho desde hacía mucho tiempo… que me echabas mucho de menos – Esto fue invención de Almanzor, porque no le había dicho tal cosa.
– ¡Que bueno!
– Y, entonces, me llegó tu mensaje… el del cine. Estaba claro que querías verme.
– Eso siempre…
– Así que quise darte una sorpresa…
– ¿Y como sabías que estaría en casa?
– Me lo dijo Almanzor…
– Ahora entiendo por qué estaba tan interesado en saber mis planes para la tarde… pedazo de cabrón… ¡ahora estoy en deuda con él!
– Y me cogí un taxi y me vine para tu casa…
– Te acordabas del día de la fiesta, ¿No?
– Sí, claro.
– ¿Y como entraste? Porque, que yo sepa, Almanzor no tiene llaves de mi portal…
– Me crucé con tu madre. Me acordaba de ella cuando me la presentaste en la fiesta y hablamos un rato… le dije que venía a verte, aunque eso lo dedujo ella sola…
– Pues menos mal que pasé la ITV… joder, qué cosas, ahora resulta que hasta mi madre está metida en el ajo…
– ¿La ITV?
– Nada, cosas mías.

Ya había decidido por qué lunar empezar el ataque…

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