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Archive for 15 noviembre 2007

Huracán trabaja de tarde. Eso ya lo había dicho. Pero lo que no os he contado es que trabaja en un Hospital. De los importantes… de esos que tienen médicos y todo. A mí el ambiente hospitalario no me gusta. Cuando hablo de ambiente hospitalario no me refiero a cuando vas a casa de alguien y te saca algo de beber, un platito de jamón y unas aceitunas, te deja el mejor sitio del sofá y te trata con amabilidad… no. Me refiero al ambiente del hospital. Creo que a esos sitios es mejor no ir a no ser que estés malo, ya que es el lugar donde más concentración de enfermedades hay por metro cuadrado. Así que puedes salir con un rinovirus al menor descuido.

Así que normalmente espero a Huracán en la entrada, a una distancia prudencial de las puertas automáticas. Bueno… al otro lado de la calle (una calle de dos carriles para cada sentido, dos pasos de cebra y sus respectivos semáforos, y una mediana con césped y un seto no muy alto entre los carriles). Pero ya está bajando la temperatura mucho y, en fin, me he tenido que buscar otro sitio para esperar. ¿Y qué mejor sitio para esperar que en un bar? No el bar del hospital, no. Una cervecería que hay cruzando la calle. Así veo la salida del hospital mientras saboreo una espumosa cerveza bien fría.

Estos días atrás me atendía el dueño directamente. Un señor regordete y de mejillas sonrosadas y, sobre todo, parco en palabras. “¿Qué va a ser?”, y poco más. Pero esta noche ha sido diferente. Ni rastro del barrilete. Me ha atendido (la que yo creo que es) su hija. A saber: Morena, pelo azabache, seguramente teñida, ojos verdes, enormes, cara redondita y mona. Y, a ver como digo esto sin ofender al público femenino… dos tetas impresionantes. Y ya no por su tamaño y forma, sino como estaban expuestas, en una camisa negra escotada y con los botones a punto de estallar de tanta presión…

Pero apenas me fijé.

Pedí mi caña y un pinchito de tortilla usando el mínimo de palabras necesario y ojeaba la prensa del día, intentando buscar algún trozo de periódico en el que no se hiciera referencia a la casa real (o el Rey mandando callar a Chávez, o la Infanta separándose, o el príncipe…). Estaba distraído leyendo una noticia sobre el cambio climático y se me fue el santo al cielo. Ni probé la tortilla siquiera. Así que tampoco vi aparecer a Huracán por la puerta del hospital, ni cómo miraba calle arriba y calle abajo, ni cuando buscaba el móvil en el bolso, ni como marcaba mi número. De lo que sí me di cuenta fue de mi móvil vibrando con fuerza al son de Expediente X. Y es cuando fui consciente de la hora que era, de donde estaba y de donde debía de haber estado.

Huracán entró en el bar con la fuerza propia de su nombre, y llegó al final de la barra, que era donde yo estaba, con el pincho a medio comer y la caña a medio beber. Y todo habría quedado en un descuido inocente por mi parte de no haber aparecido en ese momento la (para mí invisible) camarera de los (de verdad que no me había fijado) grandes pechos y el (ahora que lo mencionas) tatuaje justo en la frontera donde la espalda pierde su casto nombre.

Huracán cambió el gesto inmediatamente. Digamos que en su cabeza debieron de formarse imágenes de mí mismo lanzando miradas lujuriosas al escote de la camarera y está, obviamente, respondiendo positivamente a mis miradas… quien sabe. Lo mismo en lugar de estar en la puerta del Hospital, esperando a mi novia, estaba en el baño con la camarera… o cosas peores…

Dio igual que le afirmara que no me había fijado. Que había sido casualidad que me hubiera despistado. Que en realidad estaba leyendo el periódico y me había quedado absorto con el informe del cambio climático… que yo sólo tengo ojos para ti princesa… pero lo cierto es que era una versión increíble. No me lo creía ni yo, siendo completamente verdad. Unas tetas poco menos que perfectas contra Al Gore y el CO2…

Estaba enfadada. AL menos lo parecía. No quería hacer nada y me ha pedido que la llevara a casa. Así lo he hecho, pero me ha despedido en el coche y no me ha dejado subir con ella. “Estoy cansada. Mañana nos vemos”.

A ver como lo arreglo…

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El plan Beta

Huracán está trabajando de noche. Le han cambiado el turno y tiene que estar hasta las 10 todos los días, al menos durante una buena temporada, por lo pronto hasta fin de año. Así que a mí me está dando tiempo a hacer algunas cosas que no hacía desde hace algún tiempo… como ir al gimnasio.

No es que sea un fanático de las pesas o de esa tortura china que llaman spinning (y que, para los que no lo sepan, consiste en que un tipo hipermusculado grita porcentajes locos desde su bici mientras uno se deshace en sudor, y lágrimas, al ritmo de la música), pero lo cierto es que ya que lo pago, gasto tendré que hacer, digo yo.

Pues lo que os quiero contar me ha pasado esta misma tarde. En la sala de musculación.

A ver, primero una puntualización, yo estoy con Huracán. Me costó mucho trabajo estar donde estoy y para mí no existe otra mujer en el mundo. Desde luego ninguna mejor. Así que no tengo ojos para otras.

Más o menos.

No tengo ojos para otras, pero sí que tengo ojos en la cara y, en fin, sé reconocer a una chica guapa cuando la veo. Y en el gimnasio hay unas cuantas de estas… tres, para ser exactos. Sus nombres reales no los conozco, pero yo las llamo Alfa, Beta y Gamma. Son tres amigas y parece que van juntas a todas partes. Dos rubias, de bote, y una morena. Ropa ajustada, maquilladas, y poco dadas a sudar. Son las típicas que van a lucir el palmito al gimnasio y a hacer abductores. No sé como son en realidad ni si alguna tiene un doctorado en sociología, si son limpias o si saben hacer ecuaciones de segundo grado, porque no ha hablado con ellas ni una palabra.

Hasta hoy, claro.

Estaba yo absorto viendo la retrasmisión de un partido de hokey hierva en una de las televisiones planas colgadas estratégicamente en el techo del gimnasio, mientras descansaba del ejercicio de hombros que acababa de hacer. No es que me guste especialmente el Hokey, pero era eso o mirar al grandón sudoroso de enfrente levantar una cantidad absurda de kilos con cada brazo, o ver en la otra pantalla las bulerías de Bisbal. Así que, mientras intentaba determinar qué demonios es un penalti corner, noté un par de toquecitos en mi hombro.

Era Beta. La morena pecosa. Ojos grandes y marrones, labios sensuales, piel morena y un montón de sugerentes pequitas repartidas por la nariz y los pómulos. Añadimos dos trenzas terminadas en lacitos y unas mallas que dejaban poco a la imaginación, y tenemos más o menos una idea de lo que me encontré de pie a mi lado.

– Sólo me queda una – Dije, suponiendo que la chica quería usar la máquina que yo estaba ocupando.
– ¿Una qué? – Me dijo
– Una serie… para terminar… y te dejo.
– Ah! No, no es eso…
– ¿A no? Entonces…
– Pues nada, que te he visto ahí sentado, con cara de aburrimiento y me he dicho… vamos a hablar con este chico.

O sea, uno es consciente de sus limitaciones. Como dije en su día, al comenzar a escribir este diario de batalla, no soy ni guapo ni feo, ni alto ni bajo y, por supuesto, no soy lo que se dice un tío bueno. En resumen, destaco bien poco entre las hordas de pre-bomberos o musculitos varios que pululan por el gimnasio. Así que me sorprendió que la chica viniera a hablar conmigo, habiendo tanta oferta…

Y hablamos durante un buen rato. Estudia ciencias de la información y quiere ser presentadora de la tele (para la que tiene dotes, mejorando un poco la dicción). Y es bastante simpática. Para los que estén interesados, no sé si hace ecuaciones de segundo grado o no…

No le pedí el teléfono. No hice ni el ademán. Supongo que le extrañó. Es más, debo de haber sido el primer tío que no le ha pedido el teléfono después de tanto rato hablando… pero no quiero líos. Sabiendo lo celosa que es Huracán… imaginad lo que puede pasar si, de pronto, me llega un mensaje de Beta (gimnasio) y le tengo que dar explicaciones… no, paso.

¿Por qué tienen que pasar estas cosas cuando YA estás con una tía? ¿Qué pasa, que hay una especie marca secreta que sólo ven las mujeres y te descubre como “ya pillado”, y por tanto, deseable? ¿Se exuda una feromona especial? ¿Por qué no pasó esto hace cuatro meses?

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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Abro un ojo y después el otro y miro a un sol sonriente de rojos coloretes que me saluda desde la ventana agitando una mano de cuatro dedos e impoluto guante blanco. Sé que debería sorprenderme, algo dentro de mí me lo dice, pero por alguna extraña razón no me produce sorpresa alguna. Como tampoco me sorprende ver como el sonriente sol se calza unas gafas oscuras y se eleva en el cielo como si tal cosa, entre algunas nubes con enormes ojos de mirada llorosa. Seguro que va a llover…

Quitando al sonriente sol, todo lo demás es más o menos normal. La misma puerta con la cerradura parlante, el mismo pitufo azul culturista de dos metros de alto y calzón blanco, la misma mesilla de noche saltarina con una pata vendada, y la misma lámpara de antimateria con la bombilla fundida… lo normal. Mientras me pongo los pantalones en cada una de mis cuatro piernas, un pato con un monóculo violeta pasa a mi lado deseándome buenos días y dejando encima de la mesilla saltarina con una pata vendada una bandeja con dos galletas y un vaso de leche caliente. Debe de ser mi desayuno. Despojo a las galletas de su traje de recluso naranja, típico de los condenados a muerte, y desoyendo sus súplicas y ruegos de clemencia, las voy mojando en el vaso de leche poco a poco y me las como.

Una linda mariposa de vivos colores entra por la ventana y revolotea a mi alrededor en un vuelo caótico. La miro con un interés inusitado, que hasta mí me sorprende, y mi mente divaga sola hacia pensamientos oscuros sobre huracanes en China y tornados en Cuba, catástrofes de esas que causan miles de víctimas inocentes. Mi pensamiento es tan profundo que apenas soy consciente de un hilo de baba que se desliza desde mi labio inferior y me empapa la camisa. Pero me resulta más interesante el vuelo errático de la mariposa, que ya no es tan errático sino que se ha posado en la pared y me mira con ojos malvados. A modo de provocación me saca la lengua y yo decido que lo mejor que puedo hacer es matarla, y salvar a esos millones de pobres chinitos y cubanitos de una muerte segura. Si la mariposa no bate sus alas, no habrá huracanes, o eso al menos es lo que he oído.

Golpeo una, dos, tres y hasta cuatro veces a la mariposa posada en la pared con el objeto más contundente que tengo a mano: mi cabeza. Y la habría golpeado más veces si no fuera por que el enorme pitufo azul culturista de dos metros me detiene. De todas maneras forcejeo intentando golpear a la mariposa asesina de nuevo con mi cabeza, ignorando un lacerante dolor en la frente, y el fino hilo de sangre que me tapa un ojo y me mancha la camisa. Pese a todo, los golpes en la cabeza han tenido un sorprendente efecto en mi particular manera de ver el mundo: El pitufo azul culturista de dos metros ya no es tal, sino que ha adquirido la forma de un fornido enfermero de hospital. La mesilla saltarina de la pata rota y vendada es ahora una simple mesilla con una pata rota, en donde hay un simple plato con migajas de galleta y gotas de leche, y una lámpara estropeada. Por la puerta con la cerradura, ya no más parlanchina, entra de nuevo el pato del monóculo violeta (con todo la cara de preocupación que un pato con monóculo de color violeta es capaz de poner), que se transforma paulatinamente en una fea enfermera de gruesas gafas de pasta. Es entonces cuando recuerdo exactamente donde estoy y que es lo que hago allí: Esto es un hospital psiquiátrico y yo soy un enfermo mental. O al menos eso es lo que dictaminó el juez basándose en un sesudo estudio de un nutrido grupo de psicólogos de bata blanca. Loco de remate, dijeron. Y en cuanto recuerdo por qué me internaron en tan horrible lugar me tranquilizo. El dolor es mayor que los numerosos golpes en la cabeza o el terrible abrazo de osos del enfermero. Es mayor que cualquier otro dolor habido y por haber. El dolor de saber que ya nunca jamás volveré a verla, que jamás volveré a ver su maravillosa sonrisa ni oiré su dulce y melodiosa voz. Jamás. Así lo dijo el juez, la primera vez, después de mi reiterado acoso. Antes de que me dieran por loco, después de mi intento de secuestro.

La enfermera tiene un pequeño botecillo en la mano. Sé que en cuanto me lo tome, mi amigo el pitufo culturista de dos metros, la mesilla saltarina y el sol sonriente de gafas oscuras volverán a la habitación. Quizá también se pase el pato de monóculo violeta con más frasquitos maravillosos y todo, todo, volverá a ser perfecto de nuevo…

Más relatos de la serie Despertares en los enlaces.
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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Las sienes me laten intensamente y sé porqué es. Ayer no debí haber bebido tanto. Y a juzgar por el mal sabor de boca y por la lengua como un estropajo, tampoco debí haber fumado tanto. Pero me contento pensando que otras veces lo he pasado peor.

Por un momento permanezco con los ojos cerrados y me pongo a recordar la noche de ayer. Sólo llego a precisar que terminé en el mismo local de siempre y me encontraba en la barra. A parir de ese momento todo es una mancha borrosa en mi memoria. Por más que lo intento no consigo centrar ninguna imagen, aunque de todas maneras no me preocupo. Me encuentro extrañamente bien, mucho más relajado de lo que acostumbro a despertarme normalmente después de una borrachera. Y últimamente, desde que mi novia me dejó, he tenido muchas, así que podría decir que soy todo un experto.

Abro los ojos lentamente. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que es pasado el mediodía. De primeras me choca mucho el color de las sábanas: un color rosa suave. Me parece que en la vida he tenido sábanas de ese color. Aunque bien pensado, tampoco tengo en mi habitación un póster de ese cantante tan de moda últimamente. Y siendo totalmente sincero, tampoco tengo un tocador, ni un armario repleto de vestidos, ni un oso de peluche de tamaño gigantesco. Todas estas pistas me llevan a una sola conclusión: No estoy en mi habitación. Ahora bien… ¿Donde Estoy? En estos momentos es cuando más odio emborracharme.

Mientras estoy haciendo profundos esfuerzos por recordar, inútiles por otra parte, algo (no me atrevo a decir qué) se mueve en la cama a mi izquierda. Sin arriesgarme a mirar, alargo mi mano y toco lo que, indudablemente, parece una persona. En principio puedo descartar la zoofilia como el resultado de una noche loca. Creo que lo que he tocado es una cadera o un muslo. Sigo tocando y subo mi mano un poco. Lentamente llego a lo que, sin lugar a dudas, es un pecho y, gracias al cielo, es femenino. Mi cuerpo, especialmente una parte muy concreta de él, empieza a reaccionar familiarmente, y esto hace que me dé cuenta de otro pequeño detalle: estoy desnudo. Sigo acariciando el pecho femenino, despacio, como distraídamente, mientras pienso en la situación. Para empezar estoy acostado con alguien, una mujer, totalmente en pelotas, y todo parece apuntar a que hemos tenido una noche tórrida. ¿Por qué no puedo acordarme? Es vital que recuerde qué es lo que me ha llevado a una situación semejante. Nada, que no me acuerdo. Espera… sí, creo recordar que me puse a charlar con alguien… una mujer, eso seguro. Me parece recordar un gran escote, aunque cualquiera sabe.

Me incorporo un poco y miro a mi izquierda, a la mujer. Sólo veo pelo, una gran masa de pelo rubio. De primeras no puedo saber si es guapa o fea y, desde luego, no sé quien es. La chica se mueve un poco y se despierta. Inmediatamente retiro la mano de su pecho (no sea que le moleste que un tipo le manoseé las tetas por la mañana) y la miro expectante. No sé por qué pero la escena me resulta vagamente familiar. Ella se despereza lentamente, y se quita el pelo de la cara. Me mira y sonríe. Casi me da un vuelco el corazón…

Es la mujer más fea que he visto en mi vida.

¿Cómo he podido hacer una cosa semejante? Mientras me maldigo un millón de veces, ella me echa una mirada picarona y alarga su mano debajo de la sábana. Pego un respingo cuando noto su mano cogiéndome una parte muy querida (y ahora muy desanimada) de mi cuerpo. De forma instintiva me protejo con las finas sábanas y me retiro en la cama lo máximo posible de la horrenda visión, como si esa exigua barrera o la distancia pudiera impedir que el monstruo, salido de la peor de mis borracheras, me pudiera hacer algo. Casi hubiera preferido haberme despertado junto a un tío, aunque empiezo a pensar que en realidad es un tío con tetas, a juzgar por ese mostacho. No quiero pensar más en ello. En momentos como este es cuando más odio emborracharme. “Buenos días, guapo”, dice con una voz que en nada tiene que envidiar a la de cualquier carretero, fumador compulsivo y bebedor de aguardiente empedernido, y añade: “¿Te apetece una mañana de sexo desenfrenado?”. Sin poder evitarlo miro a mi alrededor como un animal acorralado y busco desesperadamente una salida.

Mientras sopeso la posibilidad de tirarme por la ventana, oigo un terrible portazo en la habitación. Miro hacia la fuente del ruido y simplemente veo dos tubos metálicos apuntándome directamente entre los ojos. En contra de la lógica, no era la policía que venía a salvarme, sino que al otro extremo de la escopeta de caza (ideal para matar elefantes, por lo menos) veo a un hombre y, a juzgar por sus gestos, parece muy disgustado. “¡Papá!”, dice ella. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, vocifera él. Y continua: “¡¡Quítale las manos de encima a mi hija, Cerdo!!”. No sé exactamente que escena estará viendo el padre, pero, sin lugar a dudas, es ella la que tiene sus peludas manos sobre mí. Pero ante una escopeta de caza pocos razonamientos valen… Inmediatamente me separo de ella. En mi rápido movimiento me llevo la sábana conmigo y tapo mi desnudez, de pie, al lado de la cama y lo más lejos que puedo de la escopeta y del airado padre. Mi espalda toca el frío cristal de la ventana. El llevarme la sábana ha sido un grabe error: la visión de la mujer desnuda es más horrorosa de esta forma, aunque no me fijo demasiado, ya que tengo otras preocupaciones en mente en estos momentos. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, repite. “Na… na… nada, se lo juro…” consigo tartamudear. Técnicamente no estoy mintiendo: yo no recuerdo haberle hecho nada a su princesita. “¿Cómo que nada?”, dice ella, “¿Para ti cinco polvos no son nada?”. Y añade: “Mira papá, me ha tocado aquí… y sabes cómo me pongo cuando alguien me toca aquí…”. Yo la miro con los ojos como platos. Si eso pretendía ayudar casi prefiero que no me ayude, la verdad. “Por Dios, no le haga caso, está loca. Nadie en su sano juicio le tocaría ahí… por Dios, si es la cosa más monstruosa que he visto en mi vida…”, consigo decir y me doy inmediatamente cuenta que ha sido un error. A veces me pierde la boca.

Casi no siento el disparo en el pecho cuando éste me alcanza. Veo humo y cristales a mi alrededor, como a cámara lenta, y supongo que he roto la ventana. Todo parece indicar que estoy cayendo a la calle. Creo que también estoy gritando, pero es un detalle que carece de toda importancia. Me pregunto si sentiré el impacto contra la acera o moriré antes de tocar el suelo…

Me despierto empapado en sudor y gritando a pleno pulmón. ¡Sólo era una pesadilla!. Un profundo suspiro de alivio se me escapa y me desplomo de nuevo en la cama. A juzgar por la luz que entra por la ventana es pasado mediodía y tengo que levantarme. Nunca más cenaré pizza de anchoas. Prometido…

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Un pitido condenadamente agudo me despierta y me saca de mi profundo sueño. Abro los ojos y descubro que tengo la cara apoyada en el teclado. Me he quedado dormido delante del ordenador y ni siquiera he soltado el ratón. En el monitor parpadea el cursor al final de un texto ininteligible, seguramente producto de la presión de mi cara sobre las teclas. A ver… ¿Por donde iba? No tengo ni idea… miro el gran reloj digital que cuelga de la pared de enfrente y veo que son las cuatro de la mañana. Y es sábado. Me levanto de mi sitio y piso sin querer una caja de pizza con un par de trozos a medio comer… genial: he vuelto a cenar pizza de anchoa. Espero que no sea malo cenar pizza tres días consecutivos.

Me encamino hacia los servicios para mojarme un poco la cara, a ver si así consigo despejarme. El enorme espejo del lavabo devuelve una imagen patética de mí mismo. No puedo evitar reírme de mi lamentable aspecto. Llevo metido en la oficina desde la mañana del jueves y no he tenido tiempo ni de pegarme una ducha… esos malditos informes de cierre cuatrimestral… ¡Siempre me toca a mí comerme los marrones!

De vuelta a mi mesa paso por la máquina de los cafés. Mientras espero a que sirva mi café (solo doble sin azúcar) pienso en la posibilidad de mover la máquina hasta mi sitio para no tener que levantarme. Lo mejor sería conectar directamente la máquina con mi boca mediante tubos o algo así. No veo tubos cerca y la máquina pesa mucho, por lo que me olvido de la idea. Saco el vaso de plástico de la máquina y me achicharro los dedos. El café se me cae y empapo la moqueta… Para colmo me he quedado sin cambio y no puedo sacar más. ¡Joder!. Ya le he propinado cuatro patadas a la máquina cuando consigo serenarme.

El reloj digital marca las cuatro y cuarto de la madrugada. Sólo me quedan 28 horas para entregar el informe y al ritmo que voy me va a ser del todo imposible. 27 horas y 45 minutos, para ser exactos. Me siento de nuevo delante del ordenador y leo el último párrafo antes de haberme quedado dormido:

“… y todo parece indicar que, con el incremento sostenido de precios que hemos tenido (un 47% sobre la tasa interanual, estimada en 3,45 Millardos), la mejor inversiónklbgkjvgtkvfrgt fv,k vvtgkb,kgg,bjuyhn ,mn.”

¿Qué coño significa todo esto? ¿Seguro que lo he escrito yo? Miro el taco de informes económicos sin leer que tengo a mi derecha, y el taco de informes de inversiones que ya he leído que está a mi izquierda, y no puedo evitar pensar en el suicidio. Mis ojos vagan por encima de mi mesa hasta que dan con la foto. Es una foto de ella, por supuesto. Sé que tendría que quitarla de ahí, al fin y al cabo ha dejado de ser mi novia, pero me resisto a hacerlo. Me fijo por enésima vez en su bonito pelo, rubio, largo y ligeramente ondulado. Sus ojos grandes y expresivos, de un color marrón clarito, como hojas de haya en otoño. Su nariz recta y perfecta y esos labios sensuales y carnosos. En la foto está sonriendo y me acuerdo perfectamente el día que se la saqué. ¡Qué día aquel!. Creo que fue el día más feliz de mi vida. Claro que eso fue un poco antes de encontrar este maldito trabajo… antes de trabajar hasta tarde, antes de que me cambiara el carácter.

Casi sin darme cuenta me encuentro con el teléfono en la oreja y escuchando el tono de llamada. La estoy llamando, claro. Necesito oír su voz una vez más, aunque sea por última vez. En el mismo momento en el que descuelgan el aparato mis ojos se posan sobre el reloj digital del fondo de la sala. Las 4 y 38 minutos. “¿Diga?” dice una voz demasiado ronca como para que sea la suya, y con evidentes signos de haber sido despertada en mitad de la noche. ¡Madre mía! He despertado a su padre… y él me odia. Me quedo callado, sin decir una palabra, pero me temo que se me escucha respirar. “¡Maldito bastardo! ¡Sé que eres tú mamón! ¿Te parecen horas de llamar? ¡Como te coja te pienso meter la escopeta por el culo! ¡Hijo de puta!” Dice el padre, no sin cierta razón. Le cuelgo. Me quedan 27 horas y 20 minutos. Mientras mastico distraídamente un trozo de pizza de anchoas fría (creo que la que no pisé antes) pienso en que le diré a mi jefe cuando le entregue el informe el lunes por la mañana… Seguramente tendré que buscarme otro trabajo.

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Atención a la escena, porque necesito ayuda:

– Hola cariño.- Dije nada más abrirle a Huracán la puerta de mi casa.
– Hola.- Y me dio un beso

Vamos, la rutina habitual cuando viene a mi casa o voy a la suya. Pero algo había cambiado. Huracán no sabía igual que siempre…

– ¡Tú has fumado! – le dije apuntándola con el dedo acusador.
– Sólo un par de pitillos…

Cuando conocí a Huracán no fumaba. Me enteré que lo había dejado poco tiempo antes de conocerla, pero que fumaba algún pitillo en alguna fiesta o tomando copas… pero que cada vez le pedía menos el cuerpo hacerlo. Yo sólo la había visto fumar en una ocasión. De hecho, sólo la he visto fumar en una ocasión, porque estando conmigo no lo hace, aunque el domingo compró una cajetilla en un bar.

Que haya empezado ahora no es casual. Por lo visto está sometida a mucha presión en el trabajo y encuentra en el tabaco una forma de relajarse… yo no he fumado nunca, así que no llego a entender como llenándose los pulmones de humo uno se puede relajar (yo estaría la mar de preocupado, la verdad).

Ni que decir tiene que no me gusta que fume. Ya no es sólo porque piense que es nocivo y que se puede morir, y esas cosas con las que nos bombardean casi a diario. No. Es que no me gusta como sabe Huracán cuando la beso. Me da la sensación de que estoy besando un cenicero… y no me resulta agradable.

La he insistida un par de veces para que lo deje. Ahora no debería costarle nada, porque no tiene el cuerpo contaminado de nicotina… pero no quiere. Llevo unos días pensando en ello y no sé qué hacer…

¿Alguna sugerencia? Excepto la de dejarlo con ella (Patita, que te veo por donde vas)

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Aquí va la tercera entrega de los despertares. Podéis leer la entrega anterior en Segundo despertar. Espero que os guste.

Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Por un momento permanezco con los ojos cerrados y me pongo a recordar la noche de ayer. Por más que lo intento no lo consigo, aunque de todas maneras no me preocupo. Me encuentro extrañamente bien, mucho más relajado de lo que acostumbro a despertarme normalmente. Abro los ojos lentamente. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que es pasado el mediodía. De primeras me choca mucho el color de las sábanas: un color rosa suave. Me parece que en la vida he tenido sábanas de ese color. Aunque bien pensado, tampoco tengo en mi habitación un póster de ese cantante tan de moda últimamente. Y siendo totalmente sincero, tampoco tengo un tocador, ni un armario repleto de vestidos. Todas estas pistas me llevan a una sola conclusión: No estoy en mi habitación. Ahora bien… ¿Donde Estoy? Algo (no me atrevo a decir qué) se mueve en la cama a mi izquierda. Sin arriesgarme a mirar, alargo mi mano y toco lo que, indudablemente, parece una persona. Creo que lo que he tocado es una cadera o un muslo, y está suave, muy suave. Sigo tocando y subo mi mano un poco. Lentamente llego a lo que, sin lugar a dudas, es un pecho y, gracias al cielo, es femenino. Mi cuerpo, especialmente una parte muy concreta de él, empieza a reaccionar familiarmente, y esto hace que me dé cuenta de otro pequeño detalle: estoy desnudo. Sigo acariciando el pecho femenino, despacio, mientras pienso en la situación. Para empezar estoy acostado con alguien, una mujer, totalmente en pelotas, y todo parece apuntar a que hemos tenido una noche tórrida. ¿Por qué no puedo acordarme?

Me incorporo un poco y miro a mi izquierda, a la mujer. Sólo veo pelo, una gran masa de pelo rubio. De primeras no puedo saber si es guapa o fea y, desde luego, no sé quien es. La chica se mueve un poco y se despierta. Inmediatamente retiro la mano de su pecho (no sea que se moleste) y la miro. No puedo evitar sentirme un poco nervioso, aunque pido a todos los dioses conocidos algo muy simple: Que esté buena. Ella se despereza lentamente, y se quita el pelo de la cara. Me mira y sonríe. Casi me da un vuelco el corazón… ¡Es ella!. Tantas veces soñando con acostarme con ella y, ahora que lo consigo, ¡No lo recuerdo! Mientras me maldigo un millón de veces, ella me echa una mirada picarona y alarga su mano debajo de la sábana. Pego un respingo cuando noto su mano cogiéndome una parte muy querida de mi cuerpo. “¡Cómo estamos ya por la mañana!” me dice. De lo de anoche, lamentablemente, no me acuerdo, pero algo me dice que lo que me dispongo a hacer ahora mismo será inolvidable. Sonrío y me inclino para besarla. Su boca carnosa y sensual se abre y nos propinamos un apasionado beso. Le acaricio los pechos lentamente y poco a poco me voy colocando sobre ella. Lo dicho… va a ser inolvidable.

En eso estamos cuando oigo un terrible portazo en la habitación. Miro hacia la fuente del ruido y simplemente veo dos tubos metálicos apuntándome directamente entre los ojos. Al otro extremo de la escopeta de caza (ideal para matar elefantes, por lo menos) veo a un hombre y, a juzgar por sus gestos, parece muy disgustado. “¡Papá!”, dice ella. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, vocifera él. Y continua: “¡¡Quítale las manos de encima a mi hija, Cerdo!!”. Inmediatamente le suelto los pechos y me separo de ella. En mi rápido movimiento me llevo la sábana conmigo y tapo mi desnudez, de pie, al lado de la cama y lo más lejos que puedo de la escopeta y del airado padre. Mi espalda toca el frío cristal de la ventana. Ella está desnuda encima de la cama pero no me fijo. Tengo otras preocupaciones en mente en estos momentos. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, repite. “Na… na… nada, se lo juro…” consigo tartamudear. Técnicamente no estoy mintiendo: yo no recuerdo haberle hecho nada a su princesita. “¿Cómo que nada?”, dice ella, “¿Para ti cinco polvos no son nada?”. Y añade: “Mira papá, me ha tocado aquí… y sabes cómo me pongo cuando alguien me toca aquí…”. Yo la miro con los ojos como platos. Si eso pretendía ayudar casi prefiero que no me ayude, la verdad. “No le haga caso, está loca”, consigo decir y me doy inmediatamente cuenta que ha sido un error.

Casi no siento el disparo en el pecho cuando éste me alcanza. Veo humo y cristales a mi alrededor y supongo que he roto la ventana. Todo parece indicar que estoy cayendo a la calle. Creo que también estoy gritando, pero es un detalle que carece de toda importancia. Me pregunto si sentiré el impacto contra la acera o moriré antes de tocar el suelo. En el fondo tiene mucha gracia la cosa: Yo me moría por acostarme con ella…

Me despierto empapado en sudor y gritando a pleno pulmón. ¡Sólo era una pesadilla!. Un profundo suspiro de alivio se me escapa y me desplomo de nuevo en la cama. A juzgar por la luz que entra por la ventana es pasado mediodía y tengo que levantarme. Nunca más cenaré pizza de anchoas. Prometido…

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