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Archive for 23 diciembre 2007

A veces parece que el guionista que mueve los hilos de mi historia sea un poco melodramático y bastante clásico. Seguramente, cuando decidió que ayer debía de tocar una especie de capítulo de despedida, echó mano al manual del buen guionista y bajo la D de Despedidas leyó… cielo encapotado, día lluvioso, música romántica. Y se puso a escribir…

Efectivamente el cielo estaba nublado y llovía. Llovía lánguidamente, si es que la lluvia puede ser lánguida. Las primeras notas de la canción “Eternal Flame” sonaba en la radio, como si quisiera acompañar el momento, y yo pensaba en qué decir y qué hacer a continuación, mientras el limpiaparabrisas se movía rítmicamente de un lado para otro. Los tenía conectados para no perderme el momento en que Huracán saliera del hospital, porque cada segundo que estuviéramos juntos sería precioso. No, no es que me haya vuelto un romántico empedernido… es que Huracán cogería un autobús en apenas cincuenta minutos…y ese será todo el tiempo que estaremos juntos hasta final de año.

Estas son fechas para estar en familia. O eso es lo que dicen. Huracán ha estado trabajando duro en el turno de noche para poder tener toda la semana de vacaciones en su casa… con los suyos. Así que se me marcha a celebrar las fiestas en familia. Podría haberme ido con ella. Podría… pero, como he dicho, estas fiestas son para pasarlas en familia y, teniendo en cuenta que no voy a pasar final de año con mis padres, no podía faltar.

Huracán salió por la puerta y me buscó con la mirada. Sabía que estaría allí porque habíamos acordado que iría a recogerla y a llevarla a la Estación de Autobuses, como aquella otra vez, tan lejana ya en el tiempo. Salí del coche, a pesar de la lluvia, y la hice señas para que se acercara. Se la veía cansada, después de 10 horas de trabajo, pero aún así sonreía debajo del paraguas.

– ¿Estás segura que quieres marcharte…? mira que mi madre hace un cordero que quita el sentido… – Le dije después de besarla.
– Sí, Sr. K. Además, será sólo una semana…
– Técnicamente nueve días… 228 horas… más de trece mil largos minutos… – No es que sea un hacha en cálculo mental… es que lo tenía preparado de casa. A veces me da por calcular cosas antes de dormirme…
– Que tonto eres.
– No lo sabes tú bien…

En la estación de autobuses había una frenética actividad. No me imaginaba yo que un sábado por la mañana hubiera tanta gente dispuesta para viajar… aunque con estas fechas de por medio, es comprensible. Faltaban veinte minutos para que saliera su autobús y los esperamos tomando un café asqueroso en la cafetería de la estación. A diferencia de la otra vez, no se mencionó ni una vez a cierto camarero…

– ¿Llevas la caja de puros para tu padre y el pañuelo para tu madre?
– Sí, van en esa bolsa. La bolsa de los regalos.
– ¿Y el peluche para tu sobrina?
– En la misma bolsa
– ¿Me vas a echar de menos?
– Mucho. ¿Y tú a mí?
– Todo el tiempo… bueno, yo mucho… pero “él” más…
– Cochino

Bajamos a la dársena donde ya estaba anunciado el autobús. Había mucha gente trajinando con las maletas junto al autobús, y rodeando al conductor. Sólo faltaban cinco minutos para el lanzamiento cuando conseguí hacerme un hueco para sus maletas así que tendría que ser una despedida condenadamente rápida.

Nos abrazamos muy fuerte, y nos besamos. La tenía agarrada fuertemente por la cintura, como si me diera miedo soltarla… va a ser el tiempo más grande que hemos estado separados desde que volví de vacaciones… y uno se acostumbra demasiado rápido a lo bueno.

– Te quiero, Huracán.
– Te quiero.
– Y te quiero ver de vuelta el 28…
– Ja ja ja, descuida… aquí estaré.
– Se buena…
– Lo seré. A ver si me dejan dormir… aunque con la lotería no creo que pueda. Oye, lo mismo nos toca.

Nos volvimos a besar por última vez y se montó en el autobús. No dejó de mandarme besos desde la ventanilla hasta que se marchó. Y yo me quedé allí, viendo alejarse el autobús y ya echando terriblemente de menos a Huracán.

Al montarme en el coche en la radio estaba ya el soniquete de la lotería. No tenía ninguna esperanza de que me tocara, porque es sabido por todo el mundo que resulta muy complicado que a una misma persona le toque dos veces seguidas.

Y a mí ya me había tocado Huracán.

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Sigo con el relato de los primeros años del Señor Capullo.

A los 12 años mis padres decidieron complicarme la vida un poco. Nos fuimos a vivir a otra localidad y, por tanto, hubo un cambio de colegio. Y cuando uno ya tiene labrada una reputación, ha sido delegado de clase cuatro años consecutivos, tiene a sus amigos hechos y demás, es duro… sobre todo porque también es una edad muy mala. Uno ya no es un niño pero tampoco un hombre y, en fin, empiezan a salir pelos en sitios insospechados. De hecho, en eso creo que consiste hacerse mayor… en que te salgan pelos en sitios insospechados. Cuando los pelos llegan a las orejas… ya eres todo lo mayor que se puede ser.

Era un colegio raro, lleno de gente desconocida, y con normas como tener que llamar a los profesores de usted. Y con el Don delante. ¿Qué se puede esperar tratándose de un colegio con el nombre de un famoso Falangista? Pero lo peor no era eso. Lo peor fue que no me eximieron de gimnasia.

Esto que voy a contar es una primicia mundial, nunca antes contada y que mantenía oculta en mi memoria, enterrada en el olvido. Así que espero que la valoréis. El primer día de gimnasia aparecí con el único chándal que tenía. No lo usaba mucho, sólo para estar en casa y, repito porque es importante, era el único que tenía. Lo caracterizaban dos peculiaridades que lo hacían único: era amarillo chillón. Y tenía un David el gnomo pintado en el pecho. Con su barba blanca y su gorro rojo puntiagudo. Y, encima, no era un gnomo a tamaño real… no. Era mucho más grande. Y sonreía.

Esto marca a las personas, como si fuera una A roja cosida en el pecho en pleno siglo XVI…

Otra cosa que marca a las personas es lo de no sentirse incluido en un grupo. Mis padres nunca le dieron importancia a las marcas de ropa. Buscaban resistencia y calidad, sobre otros conceptos. Pero ser el único que no tenía unos Levi’s del colegio, y en lugar de eso, llevar unos Lewi’s, te señala como el diferente. Mis zapatillas deportivas no eran Adidas, o Nike… eran Zemog. Leed el nombre al revés, si me hacéis el favor. Y un David el gnomo como chándal…

Me volví a refugiar en los libros y en mis revistas científicas.

Os presento a mi antagonista aquel año. El Bola era el profesor de matemáticas y de ciencias naturales ese curso. No era llamado así por ser de constitución oronda, de pequeño tamaño y, por consiguiente, parecido a esa forma esférica. No. Lo llamaban así por su habilidad a la hora de hacer “Bolas” con materiales extraídos de su cuerpo… y de la nariz, más concretamente. Según entraba en clase hacía dos cosas: mandar al menos espabilado de todos a por el periódico que tenía otro profesor y, apoyándose en el radiador, colocarse en su sitio con la mano “sus cosillas”. Por si no se había tocado los huevos lo suficiente, se dedicaba el resto de la clase a leer el periódico, el ABC. Nosotros, mientras tanto, teníamos que hacer los ejercicios de la página tal. Y, al terminar, lo de la página siguiente.

Esto no era siempre así. A veces nos leía el tema que tocaba del libro, párrafo por párrafo, mientras se hurgaba la nariz. Hasta que un día, en clase de ciencias naturales, dijo algo que me llegó al alma.

– Esto es una chorrada, no hagáis caso – refiriéndose a la parte que hablaba sobre las pruebas de antigüedad que se realizaban con carbono 14 – Se ha demostrado, con la Sábana Santa, que no funciona.-

Yo podía haber hecho lo sensato. Podría haberme callado y hacer como el que no escucha. Haber silenciado esa vocecilla en el fondo de mi cabeza con el canturreo de una canción de moda. Podía haber tenido un curso tranquilo. Pero no.

Alcé mi mano y, casi sin esperar a que me diera la palabra, tuve que decirle a un viejo católico del Opus (creo yo) y lector del ABC, que según Tal científico (nombre del científico) en tal artículo (nombre del artículo) de la revista Nature, se daban datos concluyentes de la falsedad de la Sábana Santa y que gracias a las pruebas del Carbono 14, se fijaba su fecha en no antes del renacimiento. ¿Para qué queremos más?

Pues hubo más.

En mi anterior colegio nos habían dado una clase de sexualidad muy completa. Todo un día, con fotos, vídeos (pero no X, ojo) y charlas didácticas sobre sexo, desde un punto de vista fisiológico, pero también enseñándonos lo que eran las zonas erógenas, prácticas sexuales y cosas así. Palabras como Coito, Pene, Vagina, Eyaculación y Orgasmo ya no nos eran desconocidas. Así que cuando este señor nos empezó a contar un no sé qué de un Gameto masculino y un no sé cuantos de un Gameto femenino, que al unirse formaban un cigoto… Yo nuevamente podía haber hecho lo sensato. Podría haberme callado y hacer como el que no escucha. Haber silenciado esa vocecilla en el fondo de mi cabeza con el canturreo de una canción de moda. Podía haber tenido un curso (ya no tan) tranquilo. Pero no.

Alcé mi mano y, casi sin esperar a que me diera la palabra, tuve que decirle a un viejo católico del Opus (creo yo) y lector del ABC, que lo de las gónadas, gametos y cigotos estaba muy bien, pero que si con lo de gametos se refería a los testículos, dónde estaba el Pene en todo el proceso, si este proceso era un coito o no y si la única forma de que los gametos se juntasen era mediante la eyaculación dentro de la vagina… ¿Para qué queremos más?

Mi curso no fue tranquilo ya. Pero terminé de hacerme la vida imposible.

Acostumbrado a ser el delegado de clase, pensé que podía continuar con mi carrera política optando a metas más elevadas: Representante de los alumnos en el consejo escolar. Montar una campaña electoral para que te voten, cuando eres el rarito intelectualoide del chándal amarillo con un gnomo pintado, es un gran reto. Ganarlas fue increíble. Y fui nombrado representante de los alumnos. Sin voto, pero con voz. Y se me iba a oír. ¿Adivináis a quien le debatía todo en el consejo escolar? Efectivamente, a mi amigo El Bola.

Y demostró estar intelectualmente a la altura de un niño de octavo. Se vengó de mí suspendiéndome matemáticas ese año. Nunca me había quedado ninguna asignatura para septiembre en mi vida y menos las matemáticas. Yo era un hacha en matemáticas… era mi asignatura preferida. Pero suspendí todos los exámenes de matemáticas sistemáticamente hasta final de curso. Con treses y cuatros. Y, en casa, me castigaban. Y daba igual que me quejara, que me justificara diciendo que me tenía manía… nunca me hicieron caso.

Y me pasé el varano en una academia dando clases particulares, recuperando matemáticas de octavo. Cuando el profesor, a las dos semanas de ir a clases de recuperación, llamó a mi madre se destapó todo el pastel. Le dijo que no entendía cómo había suspendido matemáticas si sabía hacer todo lo que se pedía en octavo. Y aconsejó a mi madre que, antes de hacer el examen de recuperación, hablara con el profesor. Mi madre le hizo caso y pidió una revisión del examen al director, en caso de que suspendiera.

Y aprobé matemáticas de octavo con un cinco raspado. Estoy seguro que saqué más, pero el caso era irme de ese infernal colegio… tenía metas más altas… El instituto.

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A las seis en punto de la tarde tiré el bolígrafo encima de mi mesa, apagué el ordenador y salí pitando de la oficina como alma que lleva el diablo. Cogí el coche y me metí de lleno en la vorágine del tráfico, en plena hora punta de salida del trabajo de todo el mundo. Todo estaba justificado: Huracán empezaba con el horario nocturno y tendríamos muy poco tiempo para estar juntos.

Y menos tiempo tendríamos teniendo en cuenta que el plan inicial era ir al centro comercial para ver una oferta de un ordenador que la niña se quiere comprar. Yo me he comprado unos cuantos ordenadores en mi vida. Llamadme clásico, pero siempre he aplicado conceptos como “Cantidad de Memoria”, “Velocidad del procesador”, “Capacidad de Disco Duro”… cosas que pueden cuantificar si un ordenador es mejor o peor. Con Huracán esas cosas no van. Ella aplicó otros parámetros, tales como “Color de la carcasa”, “Pegar con la decoración de la habitación”, “Bonito” o “Feo”.

Al final eligió el ordenador “Bonito” de “Color Negro”, bastante peor que el que yo le recomendaba, el “Feo” de “Color Blanco”, y de igual precio. Pero pese a que ya lo tenía elegido, no lo compramos en ese momento… no. Ya iremos otro día. Me imagino que el día que no esté el ordenador porque ya no quede ninguno. O, a lo mejor, me ha dicho bien a las claras lo que quiere de regalo de Reyes… no sé.

– Ya que estamos aquí, me puedes ayudar a hacer la compra. – Me dijo

Así que nos adentramos en el supermercado, para hacer la compra. Os puede parecer muy raro, pero en los tres meses que llevamos juntos (tres meses que haremos el viernes, y que no podremos celebrar como se merece), nunca hemos ido juntos a hacer la compra.

– ¿Cojo un carrito o con una cesta es suficiente?- Pregunté solícito. Tenía completamente claro que sería yo el que llevaría las cosas.
– No voy a comprar mucho.
– Entonces la cesta estará bien…

Y fui recogiendo los productos que ella iba adquiriendo. Unos calabacines (no me gustan), mandarinas, tres kilos (me gustan), una coliflor pequeña (no me gusta). Un paquete de servilletas azules (mirada picarona incluida), Un manojo de espárragos (no me gusta), tres latas de Cocacola (por si me hacía algún combinado), dos botellas de Pepsi light (de litro y medio cada una, lo que ella bebe), una docena de huevos frescos… un limpiador de baño, un lavaplatos…

Todo en la misma cesta. Menos mal que últimamente he ido más al gimnasio, porque si no… aún así necesitaba descansar cada cierto tiempo. Pero a lo tonto nos recorrimos varias veces el supermercado, especialmente la zona de los turrones.

– ¿Cual te gusta?- Me preguntó.
– El de chocolate negro, con trufa por dentro.- Me encanta.
– ¿No lo prefieres de almendra?
– Pues también me gusta… aunque prefiero el otro. Pero compra el que tú quieras…

Y cogió el de chocolate.

Pagó en la caja, mientras yo guardaba todo en las bolsas, y nos fuimos. Mientras íbamos al coche (yo cargado con las bolsas), Huracán me iba dando trocitos de turrón. Al llegar a su casa nos habíamos comido casi la tableta entera.

Entre unas cosas y otras eran casi las nueve de la noche y ella tenía que prepararse la cena. Así que nos quedamos en la cocina, charlando, mientras ella trajinaba con los platos y sartenes. Abrí la nevera y cogí una de mis cervezas. Me fijé que en la puerta de la nevera había una hoja pillada con un imán con lo que tenía toda la pinta de ser una dieta hipocalórica. Sumé dos y dos y…

– Sabes… te veo más delgada.- Se le iluminaron los ojos, así que confirmé que había dado en el blanco.
– ¿De verdad?
– Claro.
– Estoy haciendo dieta… bueno, hoy es mi segundo día…
– ¿Para qué? Si estás estupenda.- Esto es completamente cierto. Como también lo era hace un año, cuando pesaba cuatro o cinco kilos más… – Por cierto… ¿El turrón forma parte de la dieta?

Huracán se rió y yo con ella. La verdad es que estaba preciosa con su delantal, su pelo ensortijado recogido en una coleta improvisada, con el tenedor en la mano, cocinando lo que quisiera que estuviera cocinando. La he visto cocinar un montón de veces… pero en esta ocasión… no sé. Supongo que el haber participado en todo el proceso y hacer lo que las parejas hacen normalmente… cosas normales como ir a la compra… puede pareceros una tontería, pero en cierta forma me había emocionado. La abracé por detrás y le di un beso en el cuello. Y otro. Y otro más…

– Para… que no voy a llegar…
– Yo te llevo…

Llegamos. Claro. La deje a las diez menos dos minutos en la puerta del hospital. Espero que este horario termine pronto…

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Huracán ha trabajado todo el fin de semana y, con ese horario tan cojonudo que tiene, no nos hemos visto mucho. Y, lo que queda de semana, será más o menos igual. Así que, para que no os olvidéis de mí y siguiendo las recomendaciones de Bloody, os cuento algunos pasajes de mi pasado… cuando el Señor Capullo era muy, pero que muy pequeño. Espero que os gusten.

La naturaleza no tuvo a bien dotarme con un físico portentoso. Me hizo vago y perezoso, comodón y sedentario, ya desde mis primeros días de vida. Era capaz de dormir recién nacido casi tanto como algunas mujeres adultas que conozco, y eso es mucho dormir. No gateé por que no me valía la pena el esfuerzo y si aprendí a andar fue más por empeño de mis padres que por mi propia iniciativa. Supongo que era de la opinión de que tarde o temprano las cosas interesantes quedarían a mi alcance sin tener que moverme. Sólo había que darles el tiempo preciso. Supongo que por falta de práctica o algo, no se me dio muy bien andar desde el principio. Cuando la cosa empezó a ser preocupante, mis padres me llevaron a un especialista que determinó que tenía los pies planos. No exactamente planos, sino más bien pies valgos… algo que provocaba que mis rodillas chocasen y me hacía más propenso a las caídas de lo que un niño es de por sí. La única forma de solucionarlo era mediante unas costosísimas plantillas metálicas y a unos grandes zapatones con refuerzos, que pesaban como si de plomo estuvieran hechos. Además, tenía una tabla de ejercicios para realizar con los pies, por los cuales ahora los tengo prensiles como los de los orangutanes. Todo no iba a ser malo. Esa tara me libró de hacer gimnasia hasta casi el instituto (lo que no fue para mí ningún trauma infantil).

Tener unos grandes zapatones negros con refuerzos metálicos no ayuda mucho a ser popular en el colegio. Seamos sinceros. El patio del colegio es una merienda de negros. Es ahí donde se forjan los caracteres de la personalidad y donde se determina el lugar del escalafón que se ocupará el resto de la vida. Y a nadie la sale decir “eh, chicos, elijamos al que tiene esos grandes zapatos metálicos como líder” “Mirad que chulo, ¡Si tienen una hebilla enorme!”. Así que todos se iban con Sergio, el as del balón… que años después se convirtió en el rey de las nenas y hoy vende seguros (y no es un tópico). Yo no podía jugar al fútbol… no tenía movilidad en los tobillos y tenía la firme amenaza de mi madre de sacarme las entrañas con una cuchara y hacérmelas comer si se me ocurría romper “esas botas tan caras y que tanto trabajo costaba comprar”. Las malditas botas del pequeño Frankestein.

Pero un niño es un niño y en realidad sí que jugaba al fútbol de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Y era un defensa temible, no por ser bueno, sino más bien por el miedo a mis frecuentes patadas de botas ortopédicas con refuerzos metálicos. Pero era muy malo, terriblemente malo. Tuve que soportar continuamente la mayor humillación que puede sufrir un niño en el patio: Ser el último en ser elegido para el equipo y encima ser cedido “Os damos al Sr K” es la peor cosa que le pueden decir a uno en la cara unos chavales. O sea, preferimos jugar con uno menos a que estés en nuestro equipo. Y tampoco es que me reportara ninguna satisfacción el jugar… total, casi nunca me pasaban la pelota y, bueno, lo de marcar un gol era algo que le ocurría a otras personas. Pero no les guardo rencor. ¿Cómo pasar la pelota a uno que no corre, que no sabe regatear y que no atina con la portería así fuera del tamaño del arco iris?

Así que yo era el único niño de todo el colegio, y me atrevería a decir que del mundo mundial y de algunas partes conocidas de la galaxia, que sacaba un libro de la biblioteca y leía en el recreo. Mientras mis compañeros le pegaban patadas a un balón, yo estaba en el Caribe buscando la isla del tesoro con Long John Silver, o aprendía las cosas de la venganza con el Conde de Montecristio, la camaradería con los Mosqueteros o a usar la lógica con el bueno de Shelock Holmes. Descubrí a Julio Verne, a Tolkien y a muchos otros y los deberé sin contemplaciones.

Eso me destacó como un niño rarito entre mis compañeros. Pero aunque parezca mentira, mi condición de rarito no fue lo que me causó problemas. Los problemas me llegaron a raíz de ser el delegado de clase. Pero sobre todo, por esa manía mía de Cumplir la Legalidad. Vamos, que apunté en la pizarra al matón tripitidor de la clase como Uno De Los Que Han Hablado En Ausencia Del Profesor. La idea era borrarlo en cuento oyera acercarse al profesor… pero llegó sin que me diera cuenta y allí estaba el nombre escrito en la pizarra. Bien grande. Me imagino que el profesor pensó que yo era una especie de tarado con instinto suicida por apuntar al matón del colegio. Total, que como estaba apuntado, le castigó. Y el matón, para agradecérmelo, me dio una somanta de palos increíble a la salida del colegio. Pero debí de resultarle gracioso (o patético) y me ofreció su ala protectora a partir de entonces (a cambio de algunos deberes que otros). Fue una transacción comercial beneficiosa para ambas partes. Especialmente para mí, porque yo fui intocable a partir de entonces y él no aprendió nada, por lo que ahora será concejal de urbanismo de algún pueblo o quizá algo peor.

Mi fulgurante carrera política estaba lanzada. Estaba protegido por el matón del colegio… Pero había algo que todavía tenía que solucionar. Ya fuera por orgullo o por algo, pero me quedaba el resquemor de ser siempre el último en ser pedido para el equipo de fútbol. Y no estaba en mi mano solucionarlo (a no ser que el matón fuera repartiendo palizas a diestro y siniestro, que no era el caso). Pero eso lo arreglaron los Reyes Magos y el San Mykasa del Nº5… un precioso balón de reglamento de verdad, blanco y rojo más bonito que todas las cosas. Siendo el dueño del mejor balón de todo el recreo… era el amo. Yo hacía los equipos y, por supuesto, a mí no me cedían ya. Seguían sin pasarme la pelota, no marcaba un gol ni de casualidad y, en general, seguía siendo tan malo como antes… pero el balón era mío.

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Cuando abrí los ojos la luz entraba a raudales por la ventana. Tenía más sueño, pero el estómago reivindicaba su derecho a estar repleto y calentito mediante consignas revolucionarias como: “Café y bollo queremos o si no, no nos movemos”. El reloj de la mesilla marcaba casi las doce del mediodía. Y Huracán no estaba en la cama. Es más, no había ni siquiera un hueco caliente a mi lado. A ojo de buen cubero habría dormido como 13 horas… literalmente, como un bebé.

Me habría gustado decir que en ese momento entró Huracán en la habitación portando una bandeja con mi desayuno: café, croasán, zumo natural del naranja, el periódico del día, un besito, un bote de nata montada y una mirada que dijera bien a las claras que el periódico sería un objeto meramente ornamental… pero en lugar de eso, la puerta de la habitación siguió bien cerrada. Y, aunque esperé pacientemente unos minutos, no ocurrió nada. Bueno, sí, a la proclamas revolucionarias del estómago se unió la vejiga, en huelga a la japonesa…

Huracán estaba recostada en el sillón, leyendo una revista. Tenía puesta su camiseta de estar por casa y las gafas. Me miró y sonrió.

– Has roncado – Me dijo
– No me extraña… creo que no dormía tan profundamente desde que cumplí el mes de vida… ¿Has desayunado?
– Hace un par de horas… por lo menos.
– Voy a ver si me hago algo…

Y el algo que me hice fue un emparedado de pavo cero por ciento grasa (0% sabor) en pan integral con semillas y un vaso de leche semi desnatada con aproximadamente la misma cantidad de grasa que un tarugo de madera. Pero me eché azúcar… siempre me ha gustado vivir al límite.

– ¿No te parece que se te olvida algo? – Me dijo al entrar en el salón otra vez.
– No… llevo un plato y una servilleta… – La miré dudando – ¿Quieres tú otro de estos, Cariño…?
– No es eso… – Y me miró de esa forma que ella tiene de mirar. Dice un proverbio chino que “Aquel que no entiende una mirada, jamás entenderá una explicación larga”. Y esa mirada era todo un volumen de la enciclopedia británica…

Así que engullí el sándwich y nos reconciliamos definitivamente. Varias veces. Hay que ver lo bien que le viene a uno dormir y descansar para reconciliarse en condiciones…

Un buen rato más tarde, después de comer, vino la recompensa a todos sus sacrificios de los días anteriores. Nos fuimos de tiendas. Y no era negociable.

Huracán se va a pasar la semana de nochebuena a casa de sus padres y quería comprarse algo bonito para la cena, y comprarle, además, algunos regalos a sus padres, tías, hermano y sobrina. Y, en fin, necesitaba de alguien que la aconsejase (una forma bonita de decir que necesitaba de alguien que la llevara).

Ir de tiendas es un coñazo así de grande. Sobre todo en Navidad. Y si es domingo, más. Porque todo está lleno de gente, por el aire saturado de fiebre consumista, por lo complicado que es aparcar… y porque está Papá Noel. En principio no tengo nada en contra de ese barrigón, barbudo y borrachín. Entiendo que los centros comerciales hayan preferido optar por el viejo vestido de rojo, que por los tres entrañables Reyes Magos de Oriente. Es una cuestión de números: Un sueldo contra tres.

Aguanté pacientemente y con muy buena cara el largo peregrinaje de tienda en tienda. Incluso algún observador casual que se fijase en nosotros, afirmaría sin ningún género de duda que yo estaba disfrutando con las compras. Seguramente lo diría por mis continuos chistes y por mis sugerencias. Soy de la opinión de que hay que intentar disfrutar de cualquier circunstancia y, bueno, estaba con Huracán… y eso debería de ser suficiente para cualquiera.

A mi suegro le compré una caja de puros. Pero sin puros (esos, que los ponga él). Y a mi suegra un pañuelo estampado a juego con no sé qué vestido que tiene (y que no he visto, pero que, según Huracán, le iría ni que pintado). A su sobrina un osito de peluche muy suave. Y ya está. Ya se los dará Huracán de mi parte. Ella compró un montón de cosas. Incluso algo para mí (si no de qué me manda por un refresco en mitad de la sección de libros e insiste para quedarse las bolsas) pero me hice el que no se ha enterado.

Lo peor vino cuando llegó el turno del apartado “algo bonito para la cena de Nochebuena”. Porque yo ya estaba un poco cansado, cargado con todos los otros regalos y de tanto andar y de estar de pie. Y porque hay una cantidad máxima de chistes que se pueden hacer en una tarde y yo ya había gastado los chistes de la semana siguiente.

Pero Huracán no me hizo caso.

Deambulamos por los pasillos buscando algo bonito. Huracán sabe como sacar partido a sus encantos: Los tres o cuatro conjuntos que eligió eran escotados y ceñidos. Lo que me hizo preguntarme si, además de ir a ver a la familia, tenía otros planes ocultos… pero eso habría sido como dar a entender que estaba celoso, y no quería.

Y entramos en los probadores.

El probador de Huracán era estrecho y pequeño. No cabíamos los dos dentro… así que el que no tenía ropa que probarse se quedó fuera. Con las bolsas. Y es una lástima, porque siempre es un placer ver desnudarse a Huracán… sobre todo sabiéndonos rodeados de gente y eso. Pero, en lugar de recorrer con la mirada el sinuoso cuerpo de mi chica, me dediqué a mirar a mi alrededor. Y fue cuando me di cuenta de dos pequeños detalles. El primero, que las cortinillas de los probadores no cerraban del todo y que, mirara donde mirara, había alguna mujer desnudándose y, segundo, que había otro hombre allí conmigo.

El chaval estaba exactamente en la misma situación que yo. Con dos bolsas en cada mano, de pie, esperando a que su novia terminara de probarse lo que fuera, y aburrido. Y tampoco sabía donde mirar. Nos miramos, suspiramos y dirigimos nuestras miradas al fluorescente del techo… para no invadir la intimidad de ninguna.

Huracán me enseñó tres vestidos. Uno, el cuarto, lo descartó sin enseñármelo. Me gustaron los tres, claro. Estaba espectacular con ellos puestos… es como si a uno le dan a elegir entre un millón de euros en efectivo, un millón de euros en oro y un millón de euros en brillantes… tienes un millón de euros. Pues así estaba yo… por lo que me decanté por el negro (especialmente escotado). Me pareció que era el que ella prefería por la forma en que le brillaban los ojos cuando me lo enseñó…

Cuando llegué a casa estaba tan cansado como al día anterior después de subir tres montañas…

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Deambulaba por el centro comercial como alma en pena. No soy un aficionado a estos sitios. Es más: los odio, porque están llenos de gente, por el infernal hilo musical (que para mí tiene mensajes subliminales para que compremos más) y la decoración Navideña tan propia de estas épocas. Pero había quedado en comprarle algo a Lentillas por su cumpleaños no oficial de más tarde. Era un hombre con una misión y estaba dispuesto a llevarla a cabo.

Eso sí, me estaba costando horrores concentrarme en los escaparates. No dejaba de pensar en todo lo pasado el día anterior con Huracán. Yo ya no estaba enfadado con ella, bueno, un poco sí, pero no lo suficiente. Y habría que arreglar las cosas de alguna manera. Pero no me hizo falta quebrarme más la cabeza. Me sonó el teléfono y era ella, desde el Hospital.

– Hola – Dije en un tono neutro. No sabía por qué derroteros transcurriría la conversación.
– Hola… – un par de segundos de silencio. Parece que no, pero dos segundos de silencio son muchos.
– ¿Estás muy liada? – Pues claro que no lo está… ¿no te está llamando?
– No, ahora estoy en un descanso…
– Ah… Bien…
– Sr K…
– ¿Sí?
– Lo siento… fui muy egoísta… ¿Podrás perdonarme? – Su voz sonaba emocionada al otro lado de la línea.
– Claro que sí, tonta… pero no vuelvas a hacérmelo… me sentí un idiota integral… y ya sabes lo mucho que me molesta sentirme idiota…

Ella se siguió deshaciendo en disculpas y, bueno, siempre he sido un tío blando. Así que oficialmente ya no estaba enfadado y quedé en ir a recogerla sobre las 10 al hospital, para ir juntos al cumpleaños de Lentillas. Y eso no era negociable.

Huracán y Lentillas se conocen. No han coincidido en muchas ocasiones, en ninguna desde antes del verano, pero se conocen. Sobre todo por lo que yo he contado de la una a la otra. Pero decir que son “Amigas” sería exagerar mucho. Lentillas tiene una idea muy particular de Huracán (me la expresó en la parte de atrás de la furgoneta en Francia). No es que le caiga mal, pero cree que me terminará haciendo daño. Y por el otro lado, Huracán sabe lo suficiente de mi relación con Lentillas (aunque no todo) como para suponer que no me perdería por nada del mundo la fiesta de la noche.

Al final terminé comprándole a Lentillas una pequeña agenda y una estilográfica a juego. Un pequeño detalle, la verdad. Una chorrada de regalo, en absoluto a la altura de otros años, pero tampoco he tenido tiempo de preparar algo especial. Hay que ver el tiempo que quita una novia…

El reencuentro con Huracán se puede resumir en un par de palabras: Dos minutos. Un beso de dos minutos. Un beso de dos minutos a la puerta del hospital. Sólo faltó una cámara grabándolo todo, dando vueltas a nuestro alrededor. La escena podría haber sido muy idónea para una comedia romántica navideña, con los árboles de la avenida decorados con luces de colores, y un Feliz Navidad suspendido en la calle. Y nosotros echando chispas.

– Te quiero.- Dijo Huracán
– Y yo a ti – Dije yo.

Y nos fuimos al bar donde Lentillas celebraba (extraoficialmente) su cumpleaños. Oficialmente habíamos quedado por casualidad… como el que no quiere la cosa. Para no variar últimamente llegábamos tarde.

Lentillas estaba espectacularmente guapa. Normalmente está precisa, pero el viernes era algo de otro mundo. Y eso que sólo llevaba unos vaqueros y una camisa negra, muy escotada y sensual… pero es que la percha hace mucho. Cuando Lentillas está contenta se nota. Para empezar no puede evitar sonreír todo el rato, con esa sonrisa dulce que tiene. Y sus enormes ojos azules brillan con una intensidad especial. Tanto, que se podría leer sin problemas la menuda letra de La Biblia en el cuarto más oscuro de los cuartos oscuros, negros como boca de lobo.

– Estás preciosa – Le dije, tras un fuerte abrazo y dos cálidos besos en la mejilla. Hacía tiempo que no nos veíamos.
– Gracias. Te has vuelto a cortar el pelo. Estás muy guapo.
– Cariño… háztelo mirar, que estás perdiendo vista con el paso de los años…

Vino Ironmán a saludarnos y le estreché la mano fuertemente. Como se saludan los hombres. Huracán repartió besos y se me agarró a la cintura (me pareció curioso el detalle) mientras hablábamos con ellos. Nada del otro mundo, que tal esto y lo otro, el nuevo trabajo… lo normal. Lentillas se fue a atender a otros invitados y yo busqué con la vista a Almanzor y los demás amigos míos. Estaban en un rincón, junto a un plato de croquetas. Mi estómago pedía a gritos algo que comer. Así que Huracán y yo nos fuimos con ellos.

Me fijé en la decoración del Bar, apuntando mentalmente cosas que me habían gustado. Una de las cosas que quiero hacer en no demasiado tiempo es abrir un bar. Mi amigo Escarabajo lo comentó una noche y no me pareció mala idea. Escarabajo, Almanzor y el Señor Capullo abriendo un bar. Un bar para gente de nuestra edad, donde se pueda charlar y tomar una copa. Con buena música (y no lo que ponen hoy en día) y, a ser posible, con actuaciones en directo y cosas así. Ya tenemos la idea… ahora sólo falta encontrar algo que podamos pagar y dar el salto…

Aunque en principio no se trataba de una fiesta de cumpleaños, le cantamos el cumpleaños feliz a Lentillas, principalmente para que se avergonzara un poco (no le gusta destacar y el que un montón de gente, desconocidos incluidos, le canten el cumpleaños feliz de voz en grito, le avergüenza mucho). Le di la mierda de regalo que le había comprado y le gustó. Aunque no podría decir otra cosa.

A una determinada hora retiraron las mesas y el bar se transformó en un bar de copas. Incluso salieron dos gogós ligeritas de ropa (más sosas que una despedida de soltera de una numeraria del Opus) y dos saxofonistas en prácticas (supongo yo, por lo mucho que desafinaban), para animar la fiesta (me apunté mentalmente no contratar nunca a dos saxofonistas en el bar y, sobre todo, que las gogós movieran, aunque fuera un poco más que estas, las caderas). Mientras los demás bailaban (Almanzor me hizo bien la cobertura bailando con Huracán), Lentillas y yo hablamos de muchas cosas que teníamos pendientes. Entre otras, lo ocurrido el jueves por la noche.

Nos marchamos a las dos y media, en el momento álgido de la fiesta. Pero es que como proceso de reafirmación masculina (el porque yo lo valgo pero para hombres) había decidido pasar la mañana del sábado por mi cuenta, sin contar con Huracán. Para más INRI ella no trabajaba y habría sido una gran oportunidad para reconciliarnos del todo. Pero necesitaba que me echase un poco más de menos y que me viera capaz de renunciar (aunque fuera momentáneamente) a sus lunares. Así que me había apuntado a una jornada montañera en compañía de mis amigos los barbudos. Toda la mañana subiendo y bajando montañas, caminando entre árboles frondosos y sintiendo el viento frío en la cara, con el gorro bien calado hasta las orejas y la mochila a la espalda. Volver a mis orígenes.

La parte negativa era que tendría que levantarme a las 7:30 de la mañana. La parte más negativa todavía era que, entre llevar a Huracán a su casa y preparar la mochila, no dormiría más de cuatro horas. Pero la reafirmación masculina tiene estos sacrificios.

Me levanté. Llegué al punto de reunión. Anduve más de seis horas. Ascendí a tres de las cumbres más altas de la región y bajé otras tantas. Disfruté de un espectacular mar de nubes y de un frío sol. Respiré aire puro y me moví más por voluntad que por fuerza, por el cansancio acumulado después de dos días de poco dormir. Y volví, sano y salvo…

Para quedarme dormido como un bebé hasta la mañana siguiente acurrucado y calentito junto a (una aburrida) Huracán.

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Ayer me mosqueé con Huracán. Y no sé si es que ella tenía un día tonto, o lo tenía yo… pero lo cierto es que logró sacarme de mis casillas, y eso no es fácil.

Huracán sigue trabajando de tarde/noche en el Hospital (y lo que nos queda). Ayer era festivo pero todos sabemos que los enfermos no libran porque sea el aniversario de la Constitución. Así que trabajaba, como casi siempre últimamente. Y Yo había quedado con mi amigo Almanzor, otro colega, y unas compañeras de su trabajo para echar unos bolos. No es que sea aficionado a este deporte, que no lo soy (algo que nadie puede dudar a juzgar por mi puntuación de la partida), pero era una manera de llenar una tarde de jueves festivo solitario. Además, las compañeras de trabajo de Almanzor son muy majas y divertidas y a nadie le amarga un dulce.

Las llamaremos Pampa y Gataparda y Follonera. Pampa es una preciosidad de mujer. Con una boca de labios carnosos y sensuales como pocas… a lo que hay que añadir un tipazo y, amigos, ese acento argentino tan meloso musical e hipnotizante. Morena, de pelo liso recogido en una coleta, y ojos marrones y brillantes. (Nota: doy tantos datos de esta chica, que aportan poco a la historia que cuento, porque pudiera ser que alguna persona de la comunidad sintiera curiosidad de saber cómo es que mi amigo Almanzor queda con un bombón así y se lo quisiera preguntar a él personalmente). Su amiga Follonera, compañera de piso además, es un poco más alta y con más formas femeninas, aunque con menos atractivo que su amiga. El mismo acento argentino pero mucho más cortante en ocasiones. Y, por último, Gataparda es alta (casi tanto como yo) y delgada, muy guapa y simpática y, sobre todo, muy dada a reírse con mis gracias (cosa que me gusta, claro). Ya sé lo que estáis pensando: como siempre el Señor Capullo rodeado de belleza por donde va…

Con semejante compañía no había posibilidad para aburrirse. Si a este elenco de bellezas le añadimos que las bromas eran constantes (pero obviamos el pequeño detalle de que las chicas nos estaban dando una paliza a los bolos) no es de extrañar que lo estuviéramos pasando en grande. En un determinado momento me sonó el móvil y era Huracán: Iba a salir un poco antes de trabajar.

Así que, un poco antes de lo previsto, salí pitando como alma que lleva el diablo a buscar a mi amada, como caballero andante que soy. A pesar de ser festivo, las calles estaban llenas de gente y de coches, y llegué un poco tarde (últimamente voy corriendo a todos lados, y lo que es peor: llegando tarde). Pero como Huracán estaba hablando con su hermano por teléfono no se dio cuenta del detalle.

– ¿Qué hacemos? – Me preguntó nada más montarse en el coche (y darme un beso, claro). – Aunque te advierto que estoy un poco cansada…

Todos sabemos lo que quiere decir realmente una mujer cuando dice esto… así que, como había pocas posibilidades de terminar en la cama, pensé que continuar la velada donde la había dejado no estaría mal. Le dije donde había pasado la tarde, quienes estábamos y lo bien que lo estábamos pasando… y no le ha parecido mal la idea de unirnos (cosa que me chocó, habiendo tres mujeres preciosas en la ecuación). Así que llamé a Almanzor para saber donde estaban y si podíamos reincorporarnos a los bolos. A los bolos no, porque habían cambiado de sitio. Estaban sentados en un restaurante, y ya habían pedido y todo. Me informó, además, que se habían sumado un par de colegas a los que hacía tiempo que no veía. Seguramente luego seguirían por ahí un rato más, tomando algo.

Huracán pensó (y no sin razón) que, entre que llegábamos y conseguíamos aparcar, habrían terminado de cenar… por lo que a lo mejor era más inteligente cenar algo nosotros por la zona del hospital (pero no el bar de la tetona, ni en la cafetería infestada de microorganismos perniciosos para mi salud, ojo) y luego ver donde estaban. El pensamiento femenino, que es así de práctico a veces.

Total, que cenamos por nuestro lado.

Al terminar le volví a preguntar a Huracán si seguíamos con el plan B (por si el plan A volvía a tener posibilidades), y ante su respuesta afirmativa (a la mierda el plan A), hice una nueva llamada de teléfono a Almanzor y quedamos en un conocidísimo bar cercano a donde estaban cenando.

Nuevamente coge coche, métete en la (ahora un poco menos) vorágine del tráfico de la ciudad, y busca aparcamiento. Nada. Otra vuelta más. Nada. Al iniciar la tercera vuelta Huracán sugirió que podría ser una buena idea meter en coche en un parking… porque, total, estaríamos un par de horas como mucho…

Y es aquí donde se inicia el conflicto.

Como vamos a meter el coche en un parking, me acerco todo lo posible a la zona del bar (para andar poco) y, justo cuando enfilo la rampa de bajada del aparcamiento subterráneo va Huracán y suelta:

– No, no. Para. Da marcha atrás…
– Pero Huracán… no puedo dar marcha a tras… tengo otro coche pegado.
– Es que me ha dado el bajón…
– ¿Ahora mismo? Pero si estamos a 50 metros del bar donde hemos quedado… dejamos el coche y cuando te de el aire verás como te animas.
– No, de verdad, que me ha dado el bajón. Llévame a casa…
– Pero si nos están esperando…
– Es que sabes que en el coche me da el bajón…

Insistí un par de veces más con escaso éxito. A casa. Imaginad la cara del encargado de la barrera viéndome entrar y salir del parking un instante después. Pero si a la niña le ha dado el bajón…

Si a la niña le ha dado el bajón nos vamos. Y, aunque sea curioso, no es motivo de enfado. Lo que me enfadó de verdad fue cuando dijo, un par de minutos después de salir del parking, nuevamente en la calle, rodeados de vehículos:

– ¿Por qué no vamos a la sala “…”? Hay conciertos en directo muy chulos…

La Sala “…” es donde le robé el beso a Huracán allá por el mes de septiembre. La Sala “…” está lejos de donde estábamos, y justo al otro extremo de la casa de Huracán. Ir a la Sala “…” supondría, como mínimo, otra media hora de coche más… Así que la sensación que me dio fue la de que no tenía bajón. Simplemente no le había gustado la idea de ir con Almanzor desde el principio. No había sido sincera y me había tenido toda la noche dando vueltas con el coche por la ciudad. Y eso me hizo sentir estúpido.

– No, Huracán, te llevo a casa como querías.- Le dije. Y no volví a abrir la boca en todo el trayecto.

Cuando llegamos, paré enfrente del portal. En doble fila. Quedaba claro que no tenía ninguna intención de subir a su casa. Ahora era yo el que no quería Plan A.

– No te enfades… – Me dijo.
– No me enfado – Mentí – es sólo que no te entiendo. Si querías que viniéramos aquí, sólo tenías que decírmelo. Si no quieres ir con Almanzor, me lo dices. Si prefieres ir a la Sala “…”, me lo dices… pero no me digas que sí, me tengas dando vueltas y volver aquí cuando ya estamos allí aparcados… Te he preguntado qué querías hacer. Te lo he preguntado dos veces.
– Es que me dio el bajón…
– Curioso bajón. Es mágico… aparece y desaparece a voluntad… – Tono cortante – Buenas noches, Huracán. Que descanses.

Y se ha bajado del coche. Eso sí, enfadado y todo, esperé a que entrara en el portal y encendiera las luces.

Y me he ido a casa. Hoy todavía no he hablado con ella.

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