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Archive for 29 enero 2008

Y cuando digo poco me refiero exactamente a cuatro meses y cinco días. Ese es el tiempo que Huracán y yo hemos sido una pareja. Apenas un suspiro. Me hubiera gustado deciros otra cosa… cualquier otra cosa, como por ejemplo que sigue siendo mi novia, después de pasar la crisis. Pero no ha podido ser.

Como os podéis imaginar no he estado muy animado y, bueno, he estado un poco melancólico y tristón. Lo normal en estos casos. Pero era algo que me esperaba, en cierta forma, a pesar de todos los mensajes de ánimo y optimismo que he recibido durante estos días. Pero ya estoy más sereno y puedo afrontar el relato de los hechos. Está un poco novelado y, bueno, fue un poco más largo. Pero a uno no le pueden estar dejando y, a la vez, registrar fielmente palabra por palabra. Pero en esencia esto es lo que ocurrió.

Había llegado un poco antes de tiempo a la Estación de Autobuses, y esos minutos de espera fueron interminables. Me tomé un refresco en la cafetería con la vista clavada en el panel luminoso donde se indica la dársena de llegada para los autobuses, prácticamente sin parpadear y poniéndome cada segundo más nervioso. Parecía como si el reloj se hubiera detenido. Pero, por fin, apareció el numerito y tardé pocos segundos en llegar hasta donde el autobús me devolvería a Huracán. Y tanta rapidez no valió de nada, porque el autobús tardó algunos minutos más en llegar… tensos minutos que esperé paseando nerviosamente de un extremo al otro de la dársena.

Cuando su autobús llegó al fin, la vi por la ventanilla. Llevaba los cascos puestos y, desde abajo y con la poca luz que había, me pareció cansada. Huracán me vio y me sonrió, saludándome con la mano. Le dijo algo a su acompañante, una mujer mayor, y esperó a que el autobús se detuviera del todo. Cuando bajo se me tiró a los brazos y me abrazó muy fuerte, y durante un rato. Pero no hubo beso de primeras, lo cual me mosqueó un poco. Me moría por darle un beso así que se lo di yo.

– Te veo más delgado y hasta moreno.- Me dijo.
– Los disgustos que me das…
– Lo siento.
– Es broma. He estado haciendo mucho deporte estos días. De alguna manera tenía que quemar el exceso de energía… y esta mañana he estado en el monte, con Bob y los demás y ha hecho un día cojonudo. Así que se me ha pegado el sol.

La ayudé con la maleta y nos dirigimos al aparcamiento. Le pregunté por su estancia en su tierra, por su sobrina, por sus tías… y ella me transmitió recuerdos de sus padres, especialmente de su padre, que me “tiraba” de las orejas por no haber bajado todavía al sur a visitarles.

No hablamos mucho durante el trayecto, y eso que yo me moría de ganas de saber qué pasaba, en qué había pensado y, en fin, si todavía tenía novia. Pero la sensación de que las noticias no eran buenas era creciente y, la verdad, no quería ser dejado en mitad de ninguna parte y con coches zumbando de un lado para otro. Así que no pregunté. Cuando llegamos a su casa y aparqué el coche, no me moví. La miré a los ojos y le dije:

– ¿Quieres que suba?

Y subimos. Creo que estaba más nervioso que mientras esperaba en el Estación. Así que, mientras ella dejaba la maleta en su habitación y se cambiaba, yo me metí en el baño, a mojarme un poco la cara y hacer dos o tres respiraciones profundas. Digamos que era consciente de que había llegado la hora de la verdad. Me sequé las manos y la cara con una toalla, me miré en el espejo dándome ánimos y salí.

Ella estaba de pie junto al sofá y había encendido la tele. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos mientras hundía mi cara en sus rizos y aspiraba su aroma. La verdad es que me encanta como huele, incluso después de un viaje en autobús y todo.

– Te he echado de menos.- Le dije
– Y yo a ti, Sr K.

Le besé en el cuello, la oreja y la mandíbula. Cuando fui a besarla en la boca se apartó.

– No, Sr K, no tengo ganas…
– Pero si hace una semana que no…
– De verdad… no me apetece.

Podría haber dicho que tenía la regla, o que estaba sucia o mil cosas, pero un “No me apetece” no es normal, después de sólo cuatro meses y cinco días y tras una semana sin vernos. Esa no era la Huracán que yo conocía. Supongo que ese fue el desencadenante:

– ¿Qué es lo que pasa, Huracán?
– No, de verdad… mejor mañana.
– ¿Mañana? Huracán, yo necesito saberlo ahora… necesito saber como están las cosas. Yo te quiero, te quiero mucho, pero me estás pidiendo demasiado.

Huracán estaba llorando. Siempre me ha parecido que tiene una manera muy cinematográfica de llorar, con grandes lágrimas que le recorren las mejillas. Y, bueno, es algo que me desarma, que siempre me ha desarmado con todas las mujeres que he visto llorar.

– Yo te quiero. Te quiero mucho, Sr K…
– Pero…
– Pero no sé si de la misma manera que tú a mí…
– Ya.
– Cuando vi al Policía, me di cuenta de que sentía algo por él todavía… pensaba de vez en cuando en él, no mucho, pero cuando me llegó el mensaje… sentía curiosidad. Quería saber de él. Y al verle… sentí, sentí algo…
– Algo que conmigo no sientes.- A estas alturas ya tenía un nudo en la garganta.
– Pero es que contigo estoy muy bien… y él encima se va a casar…
– Y eso te fastidió, ¿No?
– Sí… estaba celosa… ¿Y por qué voy a estar celosa de alguien que no me quiere, a quien no le importo? Te tengo a ti, que me quieres, me cuidas, a quien le importo…
– Pero no siempre es suficiente… si falta ese “algo”, que tenías con el policía.
– Sí. Y no es justo. No es justo para ti, porque no te puedo querer de la misma manera que tú me quieres… sería como engañarte.
– Entonces… ¿Esto es todo? ¿Se terminó?
– Pero podemos ser amigos…

Eso era lo que me temía. La miré unos segundos a los ojos, intentando no dejarme vencer por la emoción. Tenía que decir algo muy duro, más difícil de decir que de hacer, y quería que fuera claro.

– Lo siento Huracán. No podemos ser amigos. Sé que sería alargar este momento unos meses y yo ya he pasado por esto antes. Es mejor que no nos volvamos a ver.
– Pero…
– ¿Cómo crees que me sentiría cada vez que te viera? ¿Cada vez que me llamaras para tomar un café o ir al cine? ¿No crees que intentaría hacerte cambiar de opinión? ¿No crees que sufriría? Porque con cada sonrisa, con cada caricia… yo creería que lo nuestro podría ser otra vez. Y tendría esperanzas y me engañaría… porque yo no tengo ese “algo” que te hace falta. Ni lo voy a tener, si no lo he tenido ya… siento perderte, porque estos cuatro meses han sido fantásticos, los más felices de mi vida…

Huracán vino hacia mí para abrazarme pero la retuve. Si la hubiera dejado abrazarme no me habrían podido separar ni el cuerpo entero de Bomberos.

– Adiós Huracán… – Y me di la vuelta y salí por la puerta de la calle, sin mirar atrás, e ignorando sus sollozos.

Conduje deprisa, como queriendo escapar de casa de Huracán, de su barrio, de la ciudad. Y lloraba. No me avergüenza decirlo. Lloraba con una mezcla de tristeza y de rabia, de rabia por pasarme otra vez lo mismo. Y conduje sin ser consciente de ello y me pasé la salida de mi casa, y la siguiente, y no me di cuenta de lo que hacía hasta 100 kilómetros más allá, cuando conseguí serenarme un poco. Paré en un área de servicio y salí del coche. No había ni un alma, pero hacía una noche preciosa. Fría pero despejada. Y con miles de estrellas brillando como si no les importase una mierda que mi niña, Huracán, me hubiera dejado. Porque al final todo quedaba reducido a eso: ya no tendría a Huracán nunca más a mi lado. No volvería a sentir sus besos, sus caricias. Y no la volvería a ver. O haría todo lo posible por no verla, porque hacerlo sería recaer. Sería volverme a comportar como el Capullo que soy, con la esperanza de que cambie de idea, esforzándome porque cambie de idea… y eso es algo que no pasará.

No sé cuanto tiempo estuve allí, mirando el cielo y llorando en silencio. Al cabo de un buen rato fui consciente de que mi cuerpo tiritaba de frío, porque había salido sin abrigo del coche y en aquel páramo perdido de la mano de dios hacía frío de verdad. Así que me volví a mi casa, por la carretera vacía.

Me ha resultado complicado escribir esto, porque está demasiado reciente. Pero ahora, cuatro días después y más sereno, creo que hice lo correcto. Aunque me duela. Huracán no ha dado señales de vida, algo que le agradezco, porque no sé si podría comportarme igual otra vez.

No sé que va a pasar ahora. No sé si seguiré escribiendo o no, porque la razón de la historia era Huracán… y Huracán ya no está.

Sólo me queda daros las gracias a todos por vuestro apoyo, por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, y por todo el interés que os habéis tomado. Me he sentido muy arropado y querido.

Muchas gracias a todos.

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Ayer, para pasar la tarde ocupado en algo, me fui a la piscina municipal, a hacerme unos cuantos largos, dispuesto a pensar en mis cosas, sin meterme con nadie. Desde que era un renacuajo me ha gustado nadar. Bueno, esto no es del todo cierto, de pequeño me obligaban mis padres (“Algo de deporte tendrá que hacer el niño”), como me obligaron a la gimnasia deportiva, al Judo, a la bici… pero tengo que reconocer que, con los años, le cogí el gusto a nadar. Y no se me daba mal, cuando aprendí el truquillo de respirar en el momento adecuado y, digamos, que estoy dotado de una capita de grasa subcutanea que me permite mantener bien la flotabilidad.

La piscina municipal no es muy grande, sólo tiene seis calles, una pequeña grada y una piscina más pequeña y poco profunda para los pequeñajos. Y estaba atestada de gente. A los que íbamos a nadar por libre nos asignaron las calles 1 y 2, las más cercanas a la cristalera y a la grada. Yo me metí en la calle 2, más hacia el interior, porque la 1 es la del bordillo y sólo los principiantes eligen esa calle, para poder agarrarse cuando las fuerzas fallan. Antes de meterme en el agua azul y con fuerte olor a cloro, eché un vistazo a ver quienes eran mis compañeros de chapuzón: Habría como seis u ocho personas en mi misma calle, dos de ellas mujeres. Me puse el gorro, las gafas, me eché agua en los hombros y, cuando hubo un hueco libre, mi tiré de cabeza al océano en chiquitito…

El caso es que, durante los siguientes 45 minutos, me hice 60 largos, la asombrosa cantidad de 1.500 metros, con todos sus correspondientes centímetros y milímetros. Lo que explica lo mucho que me duelen ahora los brazos, a la altura de los hombros, y la espalda. Pero es que, en cuanto entré en el agua, el cerebro desconectó todas las funciones no vitales (excepto la de contar largos, por supuesto) y me puse a pensar en posibilidades, sin fijarme en nada más.

Tal y como lo veo, mañana, cuando Huracán baje del autobús, habrá dos posibilidades:

La posibilidad optimista. Huracán se baja del autobús, me ve y, sin siquiera recoger la maleta del portaequipajes, corre a mi encuentro, yo la cojo en el aire (olvidando el dolor de brazos producto de la natación), y nos besamos mientras el mundo gira vertiginosamente a nuestro alrededor. Olvidamos los malos momentos vividos durante estos días y, bueno, el mundo vuelve a ser un lugar agradable y bonito donde vivir. Por supuesto, nos iremos a su casa (que está más cerca que la mía) a recuperar el tiempo perdido.

La posibilidad realista. Nada más verme me dice la famosa frase de “Tenemos que hablar” (una frase que, generalmente, viene seguida de un monólogo y, casi siempre, después me dejan). Y yo me quedo soltero otra vez en mitad del vestíbulo de la Estación de Autobuses.

La posibilidad sorpresa es que no aparezca.

Todo esto me dio tiempo a pensar mientras hacía largos como un loco, sin parar ni descansar (salvo por los momentos en los que alguien más lento me cortaba el ritmo).

Había terminado de nadar, y me encontraba apoyado en el bordillo jadeando por el esfuerzo. Me notaba dolorido, especialmente el hombro derecho (que todavía duele ahora), cuando noté que alguien me tocaba la espalda. Era una de las dos chicas que estaban en mi calle, que buscaba un hueco para impulsarse y seguir nadando. Estaba molestando, así que salí del agua y me senté en la grada, envuelto en la toalla. Uno de los chicos también salió del agua poco después y se sentó a mi lado. No le presté atención hasta que me hablo.

– ¿Te estás preparando una oposición? – Me dijo
– ¿Cómo?
– Si, una oposición… yo me estoy preparando para policía municipal. Es que para nacional no puedo, por el tatuaje. – Tenía un tatuaje en el hombro y otro en el antebrazo. Todavía no sabía a qué venía esta conversación. Me temo que el chico no sabía mi animadversión hacia la policía en este momento.
– No, no. No me estoy preparando nada. ¿Por qué lo preguntas?
– Porque ibas a toda leche… no he podido seguirte el ritmo.
– Es que me gusta nadar rápido.

En ese momento la chica de antes salió del agua. Se quitó el gorro y se removió el pelo negro y largo, y se vino en nuestra dirección. Estábamos justo al lado de su toalla. La cogió y se empezó a secar un poco, el cuerpo, ceñido en un bañador negro que dejaba entrever un muy buen tipo, y por sus piernas largas. Luego se envolvió en la toalla, se giró hacia nosotros, me sonrió y se despidió con la manita. Nunca la había visto anteriormente y, desde luego, no habíamos intercambiado ni dos palabras…

– Joder qué buena está esa – dijo el simulacro de policía municipal, sacándome de mis pensamientos. – Viene mucho por aquí. ¿Sabes lo que más me pone de ella?
– Pues la verdad es que no.
– Es sordomuda. Uff, como me pone.- Debí de poner cara de incredulidad. Así que el simulacro de policía municipal (que no Nacional) decidió seguir con la explicación – Si hombre… es sorda de nacimiento y por eso no sabe hablar…- Y pensé: “Y otros son retrasados de nacimiento y no se callan…”.
– Y yo que pensaba que era muda de nacimiento y por eso no sabía oír… ¡Qué cosas! – dije yo usando toda la ironía de la que fui capaz.

Lo peor es que me dio la chapa hasta dentro de la ducha… y yo me pregunto (con todos los respetos para el gremio de los policías, si es que alguno lee esto alguna vez) ¿Esta gente vela por nuestra seguridad?

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Han pasado cuatro días desde que el policía reapareció en nuestras vidas. Cuatro largos y angustiosos días. Y el consejo más generalizado hasta el momento por parte de todo el mundo es que le de espacio y tiempo. Todo el mundo menos un amigo un poco burro, que me ha aconsejado que le de, y cito textualmente, “cuatro pollazos bien dados”. Claro que esa es la solución que tiene para todo.

No nos veíamos desde el domingo por la noche cuando la dejé en su casa tristona, y tristona me la he encontrado esta mañana (aunque quizá un poco menos). He ido a recogerla para llevarla a la Estación de Autobuses. Digamos que Huracán ha decidido llevar al extremo los conceptos Tiempo y Espacio. Tiempo, al menos hasta el sábado. Y espacio… unos 400 kilómetros de tierra entre nosotros.

A ver, que lo entiendo. Ella aquí no tiene grandes amigas, sólo compañeras del hospital y alguna vecina, y en su tierra está su amiga del alma. Y está su madre. Y es mejor que estar sola. Y supongo que tiene que soltar todo lo que lleva dentro… y yo no creo que pueda ser de gran ayuda. En realidad no creo que un tío sea de gran ayuda en estas circunstancias, porque (y tomando prestada la teoría de Pat sobre los compartimentos estancos), para nosotros cada cosa tiene su lugar y es complicado que algo afecte al conjunto. Por ejemplo, cuando vi a Lentillas con Ironmán la primera vez juntos, me afectó, pero era capaz de hacer bromas o, incluso, me fui con Huracán a la playa de Suances a bañarnos en ropa interior y disfrutar con ello. Lo que no quita que, en momentos de soledad o en algún tiempo muerto por ahí, abriera el cajón de Lentillas y me sintiera fatal. Es el ejemplo más parecido que conozco de remover el pasado…

Me llamó anoche y me contó que había cambiado unos días con una compañera (a la que hizo el turno de noche la semana pasada) para bajarse a su tierra. Quería alejarse un poco de aquí y hablar con su amiga del alma y con su madre. A mí, la idea de que hable con su madre, me parece muy buena. Por lo que me ha contado Huracán, es una mujer tradicional, de las de misa los domingos… así que es una buena aliada. Porque yo soy un novio muy tradicional (no de misa los domingos, ni ningún otro día), a la vieja usanza (una especie de Alfredo Landa del siglo XXI).

Así que esta mañana madrugué un poco y la fui a recoger a su casa, con la intención de llevarla a la estación de autobuses. Y ahí estaba ella, con su maleta, su abrigo gris y tan guapa como siempre, esperándome en la puerta de su casa. Le dije que estaba preciosa, le di un beso, y metí la maleta en el maletero (¿Dónde si no?). Había algo más de tráfico de lo normal, pero llegamos a tiempo. Y en el trayecto me volvió a decir que necesitaba estar en casa, ver a su sobrina, a su amiga y retirarse unos días de aquí.

– Me parece bien.- Dije, aunque en realidad no me lo parecía, pero no creo que si se lo dijera anulase los billetes para quedarse. – Cuando vuelvas te estaré esperando.

Hice una pausa para ordenar mis pensamientos y no dejarme nada en el tintero. Todavía rondaban por mi cabeza las palabras que me dejó Isabela en un comentario ayer, y era eso, más o menos, lo que quería decirle (Isabela, ya hablaremos de derechos de autor más adelante, aunque espero que sirva un gracias así de grande):

– Huracán, yo tengo muy claros mis sentimientos hacia ti. Eres lo mejor que me ha pasado nunca y, desde luego, no quiero perderte. Ignoro qué clase de terremoto ha provocado el Policía en tu cabeza, ni qué sentimientos ha desempolvado. Pero creo que te estás planteando muchas cosas… entre ellas nuestra relación. No sé a qué conclusión llegarás, si es que el estar en tu casa, con lo tuyos, te ayuda a llegar a alguna, pero, sea cual sea, la aceptaré.
– Gracias, Sr K.
– ¿He dicho ya que te quiero? – Lo sé. Un chiste rompe el climax de la escena y casi tira por tierra el argumento que defendía… pero de alguna manera tenía que deshacerme del nudo que tenía en la garganta y nunca dije que trabajara bien bajo presión. De todas maneras le hizo gracia y conseguí arrancarle una sonrisa.
– Yo también a ti.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que la despido en la estación de autobuses. Creo que nos van a poner una dársena a nuestro nombre, de segur a este ritmo. Por supuesto, no me marché hasta que el autobús desapareció por la rampa y dejé de verla asomada a la ventanilla.

Huracán me va a dejar.

Eso, o he despedido a la madre de mis hijos.

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Viendo el interés que ha despertado el tema y las enormes muestras de apoyo que he tenido estos días no puedo, cuando menos, dejar pasar un rato más sin daros las gracias a todos por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, porque os habéis volcado conmigo. Perdonad que no haya contestado a los correos, o a los comentarios, pero es que no he encendido el ordenador en todo el fin de semana.

Esto es más o menos lo que pasó.

El sábado no nos vimos por la mañana, como suele pasar cuando ella trabaja de noche, y no fue hasta la tarde cuando me pasé por su casa, con la idea de ir a recogerla para asistir a la fiesta de cumpleaños de una amiga. En eso habíamos quedado el día anterior. Estaba impaciente y temeroso. Y me encontraba dividido entre dos sentimientos encontrados: quería saber, pero a la vez no quería. No podía preguntar nada sobre lo que había pasado. Tendría que ser ella la que me contara lo que quisiera contarme.

La primera sensación no fue buena. En el coche ella estaba callada, pensativa, quizá distante. Se lo hice notar, pero Huracán lo achacó a que había dormido poco y mal. Y no lo dudo… seguro que había pasado la noche (la mañana quiero decir) pensando en como enfocar el asunto. Pero no dijo nada sobre el policía ni lo que había pasado. A punto estuve de saltarme mi auto imposición y preguntarle abiertamente… pero me contuve.

A pesar de la mala noche (o mañana, insisto) se había arreglado para la ocasión… es quizá lo que más me gusta de Huracán. Puede estar mal, o no haber dormido, y esmerarse en estar guapa. Llevaba una falda corta de color verde (seguro que verde algo, pero desconozco la gama de colores femeninos, para mí el verde es verde. Y punto), con tacón alto y medias negras, y una camiseta sin mangas a juego (supongo que no se llama así, pero mi conocimiento del vestuario femenino es equiparable al de los colores). Destacaba entre la gente del cumpleaños, como un faro en la niebla.

El cumpleaños fue divertido. Muy original y currado. Para empezar era obligatorio llevar algún tipo de gorro o peluca. Nosotros llevábamos unas simples gorras, pero había pelucones de todo tipo, gorros de arlequín, de vaquero… de todo. Mi amiga había alquilado un pequeño teatro y se había preparado unos juegos “sociales” en los que salíamos por parejas al escenario a interpretar al otro. Lo había hecho de tal forma que nos tocaba salir con alguien a quien no conocíamos, siempre del sexo opuesto… con lo que ayudó a conocerse entre todos (ella tiene amigos de muchos ámbitos diferentes y de esta manera evitaba corrillos de conocidos). También estaban Lentillas (con una pinta de protagonista de un manga japonés con una peluca morada) Ironmán (lo mismo, pero con una peluca de rizos rubios que le llegaban hasta el trasero), Almanzor (con un pelucón pelirrojo, terminando con la parte anime del grupo), Rico (con un gorro de dominguero), Bob el silencioso (con un gorro de ferroviario con orejeras) y su novia (con un gorro de forma indeterminada y de función dudosa)… casi toda la panda. Desde luego no era el mejor ambiente para hablar de nada serio… y menos de lo que me estaba carcomiendo, y cada vez más, por dentro.

A lo mejor fueron imaginaciones mías, pero ella estaba un poco esquiva conmigo. Pero puede que los juegos “sociales” nos mantuvieran apartados el uno del otro más de lo que a mí me hubiera gustado. Pero en los ratos en los que no había juegos, siempre estábamos con alguien… ni que decir tiene que yo estaba cada vez más nervioso.

El tema salió en el coche, casi llegando a su casa. Lo sacó ella.

– ¿Quieres que te cuente que pasó con el Policía?
– Quiero que me cuentes lo que tú quieras contarme. Y lo que no quieras contar, para mí será como si no hubiera ocurrido.
– No pasó nada con él. Ni siquiera lo intentó. Vino a buscarme a casa, bajamos al bar donde tú y yo cenamos a veces, y hablamos.
– ¿Esperabas que intentara algo? En plan… “por los viejos tiempos”.
– No… bueno, no sé. Supongo. Cuando se marchó aquella vez no terminamos exactamente… él me dijo que se marchaba y yo me puse digna, bueno, no hablamos mucho entonces…
– Y ayer fue el momento de hablar de los cabos sueltos, ¿No?
– Pues no hablamos de eso, en realidad. Me contó que estaba muy bien y que tenía planes de boda con su novia…
– ¿Se casa? – Me sorprendió, la verdad. No me dio la sensación de ser de los que se casan.
– Si, el año que viene. Ya tienen iglesia y todo.
– ¿Te ha invitado?
– Sí. Pero no voy a ir. No pinto nada en esa boda.
– No sé si pintas algo o no… pero de querer ir, yo te podría acompañar, para que no fueras sola…
– Gracias, pero no voy a ir.
– Como quieras. Yo estoy aquí para lo que necesites, cuando lo necesites y como lo necesites… yo por mí no lo haría, pero tu padre está pagando una pasta todos los meses por asistencia 24 horas… así que tengo que hacerlo por contrato.- Un pequeño chiste para relajar la tensión acumulada. Ella se rió y yo también.
– Como eres…
– Un cielo, ya sabes. Ahora en serio Huracán… lo que necesites, sea lo que sea. El policía ha removido muchas cosas en esa cabeza… sé lo que eso supone, y lo entiendo. Y necesitas pensar. Yo no te presiono. Piensa todo el tiempo que necesites y luego me cuentas… o no. Como quieras. Pero, sobre todo, ten en cuenta que te quiero. Y eso no va a cambiar. Ahora me voy a casa y te dejo pensar tranquila…
– No me dejes sola esta noche…

Y no la dejé sola esa noche, ni el domingo entero. No hablamos más del tema, no quise preguntarle, pero estaba igual de pensativa y abstraída que el día anterior. Durmió hasta tarde, comimos y vimos una peli, de las de llorar. Sinceramente no sé como está el tema… y no sé qué es lo que tiene que pensar… el policía está lejos, prometido y, si lo que me ha dicho es verdad, no tiene ningún interés en Huracán. Me tiene a mí… así que… ¿Qué es lo que le preocupa?

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¡¡Felicidades!!

Te regalo una cosa que en Sevilla no tenéis mucho… eso sí, tendrá que ser en vídeo, porque no creo que para cuando vengas siga igual de fría…

Un beso enorme.

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Poco después del café de la mañana (estamos hablando de las once o así de la mañana, para que os hagáis una idea) me encontraba enfrascado en una conversación telefónica absurda con un tipo de Vitoria al que no he visto en mi vida, y con el que posiblemente no vuelva a hablar nunca, cuando mi móvil empezó a brincar encima de la mesa. Era Huracán. Y el hecho de que fuera Huracán me desconcertó mucho. Lo primero que pensé: Ha pasado algo.

En efecto. Algo había pasado.

Huracán trabaja de noche, hoy es su última noche por el momento, lo que quiere decir que entra a las diez de la noche y sale a las ocho de la mañana. Así que… ¿por qué me estaba llamando tan temprano?

Corté la conversación con un “Lo pienso y luego te llamo” (sin saber ninguno de los dos el qué tenía que pensar y por qué tendría que llamarle), y llamé inmediatamente a mi niña.

– ¿Qué pasa? – Dije nada más descolgar
– Nada…
– Algo pasará… es muy temprano para ti…
– Bueno… sí. Me ha llegado un mensaje.
– ¿De quien? – No se me ocurría quien podría haberle mandado un mensaje tan temprano
– Ha sido… el Poli.

El Poli. El último tío con el que Huracán estuvo antes que conmigo. Su ex. El que la dejó por un cambio de destino, para volver a su casa en levante, con su novia. El motivo por el cual Huracán me lloró lo que no está escrito. El típico macarrilla de barrio metido a brazo armado de la ley. Si todo esto no es suficiente, os animo a que leáis En el jacuzzy con Huracán y siguientes entradas.

– Ostia.- Dije, y creo que fui muy expresivo.
– Quiere verme. Está aquí en un curso y tiene la tarde libre. Me ha dicho que quedemos… ¿Qué hago?

“Pues qué vas a hacer… mandarle a la mierda. A él y a siete generaciones de antepasados. Todos en fila. A la mierda. Menos su madre… que tiene que ser una santa, aunque él sea un hijodeputa”. Todo esto pensé sobre la marcha. Claro que no lo dije.

– No sé. Haz lo que creas oportuno. No te puedo decir lo que debes hacer. Ya ha pasado tiempo de aquello… no mucho, pero ha pasado. Y si ya no sientes nada por él, pues no es problemático que le veas… Porque tú ya no sientes nada por él… ¿No?
– No. Claro. Ya pasó… fue una tontería.
– Pues entonces tanto da que le veas como que no le veas…
– No sé… voy a seguir durmiendo y ya veré lo que haré. Luego te llamo.

Y colgó. Y yo no pude seguir trabajando tranquilo.

Poco antes de las seis de la tarde me volvió a llamar. Había decidido que iría a verle. Que se tomarían algo juntos y ya está. Y que luego, desde el trabajo, me llamaría para contarme. Así que puse mi mejor voz de jugador profesional de póquer y le deseé suerte.

No va a pasar nada. Ella está conmigo y está bien. Él es una tontería del pasado. Vale, es una tontería del pasado de metro noventa y brazos como mis muslos. Y ella estuvo coladísima por él, aunque duró poco tiempo. Pero no hace ni medio año de eso. Y esas cosas no se borran de un plumazo. Pero confío en ella.

Aunque si eso es así… ¿Por qué no estoy tranquilo?

Hace 25 minutos que ha entrado a trabajar y todavía no me ha llamado…

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Descolgué el auricular y marqué los nueve dígitos del número de teléfono de Huracán. Evidentemente son números que me sé de memoria, ya que el ritual de llamarla se repite, invariablemente, todos los días al menos un par de veces… si no más. Y siempre que puedo uso el teléfono de la oficina… porque desde Morro – Tel las llamadas salen más baratas. En apenas dos tonos, Huracán descolgó el teléfono.

– Hola primo. – A veces me llama así.
– Hola preciosa… ¿Te pillo bien? – La pregunta estaba justificada ya que estaba llamando casi una hora antes de lo que suelo hacerlo. La razón era que en unos minutos me metería en una reunión y todo parecía indicar que se alargaría hasta después de la hora decente de la comida.
– Sí, claro. – Había un sonido inusual al otro lado de la línea.
– ¿Dónde estás? Hay mucho ruido…
– En el coche.
– ¿En el coche de quien? Tú no tienes coche…
– En el de Rico. Venimos de la piscina, de nadar.
– No me habías dicho nada…
– ¿Seguro?

Va por delante el hecho de que yo no soy celoso. Bueno, no mucho. Aunque hay cosas que me molestan un poco. Una de ellas, por ejemplo, es que a pesar de habernos visto el día anterior, y de haber hablado dos o tres veces por teléfono, Huracán, en ningún momento me dijo que hubiera quedado por la mañana par ir a nadar a la piscina. Y menos con Rico. Palabras como “Me voy a nadar con Rico a la piscina” me habrían resultado llamativas en una frase. O sea, me acordaría del detalle. Así que estaba absolutamente seguro de que no me lo había dicho.

¿Que quien es Rico? Rico es un amigo mío. Brevemente: Rico y yo conocimos a Huracán el mismo día. Nos la presentó un amigo común y, obviamente, nos gustó a los dos. A nosotros dos y a todos los demás que estaban allí. Lo que pasa es que los dos optamos por estrategias diferentes para alcanzar un mismo objetivo. Mientras yo me mantuve un poco a distancia, observando y evaluando, él entró más a saco. Al final él se cansó y yo continué con ese paso lento pero seguro que ya os he ido contando.

– Ah… pues dile que luego le llamo… que ayer se me pasó devolverle la llamada.- Y era verdad. Rico me había llamado el día anterior, pero yo estaba ocupado y no pude hacerle caso y luego me olvidé.
– Vale. ¿Luego vienes a casa? Recuerda que entro a las diez esta noche. – Esto sí me lo había dicho. Le había cambiado el turno a una compañera que necesitaba el día. Huracán es así.
– No creo que pueda. Tengo que pasarme por el centro a hacer unas compras de material que me falta y aprovecharé para ir a ver a Atenea que sigue recuperándose de la operación en la rodilla.
– Bueno, pues luego hablamos.

Diez minutos después me llamó Rico para darme explicaciones. Estaba entrando en la reunión y apenas pudimos hablar. Desde luego, no temo que Rico me la esté jugando. Es demasiado buen tío para eso. La historia es que él estaba de vacaciones y ella se aburre mucho por las mañanas. Eso sí, durante la reunión de objetivos de este año, no hice más que pensar en la razón por la que Huracán no me dijo algo tan relevante como que se iba a nadar con un amigo mío. Mi jefe hablaba, al menos le veía mover la boca, pero mi cabeza estaba en otra parte…

Al final las compras se me dieron mejor de lo que había pensado y a las ocho ya había conseguido todo el material que me hacía falta. Principalmente unas botas de montaña, porque las mías ya están muy viejas. Así que llamé a Atenea y me pasé a verla, a su casa, muy cerca de donde estaba.

Atenea es una amiga mía de hace tiempo. Alta, casi tanto como yo, delgada y (siendo parte de esta historia no podía ser menos) bastante guapa. Aunque lo más destacable sea su cabeza… rezuma inteligencia por todos sus poros. Imparte clases de filosofía en un instituto de secundaria y, a veces, creo que piensa que soy un alumno suyo, a pesar de que somos casi de la misma edad. En más de una ocasión he salido con deberes de una conversación con ella. Y me recomienda libros y webs donde profundizar en diferentes temas… Cuando consigo sacarla de sus casillas siempre termina con la frase “Esta conversación me aburre… es de nivel de cuarto de la ESO”. Y se queda tan pancha… Lo curioso es que Huracán siempre me dice que de mayor quiere parecerse a Atenea, aunque me temo que esta última le lleva varias décadas de ventaja leyendo libros gordos y sin casi dibujos. Le gustan los tíos que tocan la guitarra, así que a ver si se la presento a Benno un día de estos…

La rodilla ya la tiene mejor. Va a rehabilitación y ya está casi bien, aunque cojea ostensiblemente y todavía lleva muleta. Estaba tan bien que se iba al cine a ver la de “Deseo, Peligro” y me dijo que si la acompañaba. Dudé un momento… porque me daba tiempo a estar un rato con Huracán… pero por otro lado, tenía ciertas ganas de castigarla (entiéndase la expresión) por lo de la mañana. Así que decidí ir al cine. No quedaba lejos de su casa y, mientras caminábamos a su paso, seguimos hablando. Y como casi siempre que hablo con ella, yo estaba tan concentrado en la conversación (para estar a su altura) que ni me fijé en el cine, en las entradas ni en nada de nada…

Las luces se apagaron y, tras algunos trailers, empezó la película. A ver… yo de la película sólo sabía que era del mismo director que contó la historia de los vaqueros gays (que particularmente no me gustó demasiado) y que en china la habían censurado, quitándole media hora de escenas de sexo especialmente subidas de todo. Eso es más que suficiente para que cualquiera entre a verla, digo yo. Pero no sabía ni de qué iba, ni en qué época histórica era, ni nada. Para mi sorpresa empieza en la época de la ocupación japonesa en china, durante la segunda guerra mundial… un tema que me interesa. “Una de guerra”, pensé, “amores en época de guerra o algo así”. Y no iba desencaminado. Lo que pasa es que en lugar de una escena de tiros, empieza con cuatro chinas jugando al dominó (o su equivalente chino). Y hablando en chino (algo que para ellas debe de ser normal, pero que yo no controlo mucho). Eso sí, lo subtitulaban… que si mi marido esto, que si mi marido lo otro, que si envido, que si yo más… en fin. Lo normal. Yo seguía pensando cosas… lo primero era que, a lo mejor, hablaban en chino y no lo habían doblado porque la china protagonista luego se iría a occidente… bueno… en realidad no tenía ni idea de si la china protagonista era una de esas cuatro jugadoras… o si no había una china protagonista, sino que era de otra nacionalidad y por eso no habían doblado la parte china… y también me intentaba adelantar al argumento… lo que pasa es que no me cuadraba como podía enlazar una partida de dominó con escenas de sexo especialmente subidas de tono…

A los tres cuartos de hora de leer subtítulos y de no haber visto una teta ni de refilón, pero sí unas cuantas partidas de dominó (estaba empezando a preguntarme seriamente qué es lo que entienden los chinos por sexo y si ellos se reproducen partidas de dominó), una certeza se abría camino en mi cabeza… pero lo intenté confirmar con Atenea. En un susurro le pregunté…

– ¿La película es en versión original?
– Pues claro… en este cine sólo proyectan películas en versión original…

Y me hundí un poco más en la butaca. Al menos esta vez no habría charla coloquio después…

Eso sí… las escenas de sexo llegaron y no eran pornografía por apenas unos milímetros y, así entre nosotros, me apunté mentalmente poner en práctica con Huracán un par de posturas que salían en la película… después de algunos meses de entrenamiento ganando flexibilidad, claro. Y también, conseguir un juego de dominó chino… que parece muy entretenido…

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