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Archive for 29 febrero 2008

Los que llevan mucho tiempo siguiendo mis aventuras y desventuras, es posible que recuerden un hecho que pasó hace casi seis meses. Lo escribí en el artículo Conexión directa con Tailandia. Para los que no lo recuerden, y no hayan querido pinchar en el enlace, o los que no lo leyeran en su día, y no quieran hacerlo ahora, perdiendo una oportunidad única de descubrir una fantástica historia (No lo digo yo, lo dice el New York Journal, en su columna de literatura), se trataba de una amiga que, a través de un programa de mensajería instantánea, contactaba conmigo, ella desde Tailandia y yo en España, para contarme que había cortado con el novio. Definitivamente.

Poco tiempo después de volver, me llamó y me contó toda la película por teléfono, con pelos y señales. Demasiados pelos y muchas señales para mi gusto… pero necesitaba desahogarse y yo la dejé. Volvió a reiterar que era definitivo. Había un montón de cosas por las que no estaba dispuesta a pasar y no sabía como había podido estar con alguien tan egoísta.

Los que nos preguntamos muchos fue como era posible que volviera con él.

Ayer sonó el teléfono otra vez. Y era mi amiga.

– Hola.
– Hola… ¿A qué se debe el honor de tu llamada?
– ¿Te resulta raro que te llame?
– Un jueves… a las siete de la tarde… habiendo tenido toda la mañana desde el trabajo… sabiendo que ni tú ni yo somos breves… no sé. Me da que pensar…
– Tengo que darte una noticia.
– Espera que me siente… – Por el tono de voz había dos opciones: O boda o embarazo. No era posible que fuera una mala noticia, en plan dejarlo con el novio, porque su voz tenía un timbre alegre.
– Estoy embarazada…
– Era eso o que te casabas…
– ¿Casarnos? No, que va…
– Claro, porque lo de tener un hijo es mucho más sensato… ¿No?
– No, pero como ya vivimos juntos desde hace unos meses…
– Oye, que me alegro un montón… era lo que siempre has querido.
– Estoy muy ilusionada
– ¿Y él?
– Él también, más que yo…
– ¿Niño o niña?
– Yo prefiero niña…
– Lo mejor es que ahora empezarán a crecerte las tetas…
– Hala, tío, como te pasas… Pero es verdad, ya las tengo superhinchadas
– Pues habrá que verte…

Seguimos un rato más, claro, porque ni ella ni yo somos breves.

Ahora es cuando llega el momento de la reflexión profunda. Ellos empezaron pocos meses antes que Huracán y yo. Nosotros nos llevábamos infinitamente mejor que ellos, porque siempre estaban peleando, dejándolo y volviéndolo a coger… lo dejaron definitivamente, ella se dedicó a pregonar entre sus íntimos toda la lista de defectos del novio y, una vez hecho esto, vuelven, se van a vivir juntos y se queda embarazada.

Ahora, el circulo de íntimos no podemos evitar tener una opinión muy concreta de este señor. Y no es positiva. Sabemos cosas que no deberíamos saber, hemos notado un gran cambio en la personalidad de nuestra a miga y, lo que es peor, todos tenemos el convencimiento de que no durarán…

Y digo yo… ¿Es lícito buscar ser madre por encima de todo lo demás?

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Me escapé antes del trabajo y llegué al Irish Rover (o lo que es lo mismo, el Roberto Irlandés) sobre las 7 de la tarde. Había un gran número de trajeados en la barra de abajo, pero no conocí a ninguno como blogero insigne. No había blogueros, pero sí cerveza, por lo que, me dediqué al 50% del motivo de la quedada. Puse cara de escritor famoso, a ver si se me acerbaza alguien, pero ni con esas…

Al poco entró por la puerta Fernando Tellado (pero no me reconoció. Admitámoslo, no soy el más popular). Esta vez venía sin muleta, así que es de suponer que está mejor de lo suyo. Una media hora después… una media hora larga después… una media hora larga y aburrida después, apareció Ana, esta vez sin sonda cibernética. Y seguidamente entraron Benno, Cyrano, Pat (espectacular con su vestido rojo) y Pacorreitor, un español más, y Jose. La cerveza empezó a correr como si de un río se tratase, gracias al fondo inagotable de Cyrano, que parece multiplicar el dinero.

Decidimos subir a la sala de reuniones habilitada para el encuentro y nos hicimos fuertes en uno de los sofás de Sky (plasticuero o polipiél) del fondo. A fin de cuentas, el Lobby de la comunidad es el más fuerte en este tipo de reuniones (El PAÍS nos respalda, aunque habría que saber como). Y, todo hay que decirlo, somos los más listos, los más majos, los más limpios y los más de lo más.

Por el vale de una cerveza, que luego no canjeé, escuché una charla sobre Wikio frente a un portátil, pero que a la gente de la comunidad no nos interesa mucho, ya que no podemos poner código Javascript en nuestras páginas, no podemos insertar su botón. Tiene algo que ver con la popularidad en la red y que miles de millones de internautas (según el que daba la charla) leyeran nuestros contenidos originales… pero es que desconecté enseguida de la charla.

Por esas cosas que tiene el destino, me vi sentado entre Fernando y Pacorreitor (Yo habría preferido estar con las chicas, pero no se podía elegir) y charlamos sobre algunas prácticas un poco abusivas de algunos Comuneros con el resto de miembros de esta comunidad, a la que tanto apreciamos, sopesando la posibilidad de publicar algún post al respecto (Como Pacorreitor hace algún tiempo que nos abandonó, esa responsabilidad caerá en mis manos, me temo). Fernando, perro viejo en estos mundos virtuales, nos aconsejó alguna plataforma de Blogs en la que poder seguir ampliando nuestras experiencias…

Apareció Minea, tan arrebatadora y misteriosa como siempre, y cambiamos de tema de conversación inmediatamente a terrenos menos áridos y más divertidos. Y también unos segundos después apareció Raquél, la Reichel de Pat (descrita ya por mí en la noche del concierto de The Homeless Bones). Ya éramos un gran número de blogueros allí reunidos. Casualmente estábamos hablando de la cerveza que me va a pagar Escocés en el próximo concierto, cuando Eme Navarro hizo acto de presencia. Como si nos hubiera oído. Él sí sabía el nombre del grupo y de la canción, y también, el año que se publicó en España… y sin mirarlo en Internet ni nada. También fuimos testigos de cómo una fan se le acercó y le pidió que le firmara un autógrafo.

Y ya casi al final de la hora oficial de fin de la quedada (oficial para los demás, que para nosotros se prolongó hasta la medianoche) nos honró con su presencia el bueno de Johnny Salomón (próximamente Matusalén). Johnny, como siempre, llegó para la comida (o la comida llegó porque llegó él, no queda claro).

Y seguimos bebiendo y comiendo y charlando sobre muchas cosas (a veces sobre blogs también). Descubrimos que hay muchos post todavía por escribir, porque todos tenemos muchas anécdotas en nuestro haber. Y, bueno, dimos los primeros pasos para escribir una obra de teatro (que escribirá Johnny, mejor dicho).

Una crónica escrita apresuradamente, y sin fotos (a no ser que Pacorreitor me mande las que nos hizo). La conclusión es que cada día somos más blogueros los que perdemos el anonimato… y algunas horas de sueño.

Por cierto, aquí debería ir un párrafo muy largo sobre las aventuras de Pat, Minea y yo en mi coche buscando el de Minea… pero es que lo encontramos a la primera y en menos de cinco minutos. Así que, ni yo, que me enrollo como las persianas, puedo sacar mucho de ahí…

Pero el mes que viene, sobre el 26, lo volvemos a repetir.

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La primera vez que me presenté al examen del carné de conducir, estaba muy seguro de mí mismo y de mi habilidad conductora. Además, había hecho un estudio de campo y me había aprendido de memoria todas las calles adyacentes al centro de exámenes, avaluando las salidas más posibles. Y no lo hice del todo mal… sólo lo justo para que me suspendieran. Ninguna infracción grave, pero suspenso por acumulación de faltas leves… que si un intermitente aquí, que si un pisar la línea continua allá, un exceso de velocidad acullá… etcétera. No pasaba nada… Me quedaba otra oportunidad, ahora por ley, quince días después (y tras cinco clases prácticas más).

La segunda fue una debacle. Desde las 7 de la mañana esperando para hacer el examen, en la triste cafetería del centro, sentado de mil formas en una incómoda silla, café tras café. Luego, para colmo, me tocó un buen hombre de examinador que ayudó en lo que pudo… por lo que no puedo echarle la culpa de mi bloqueo. Me pudo la tensión y suspendí por méritos propios.

Tenía que dar 10 clases más y renovar papeles. Y esperar un mes antes de presentarme.

La tercera vez se repitió lo de la espera desde las 7 de la mañana, en la cafetería, la silla y demás. El comienzo del examen fue por una zona conocida y no encontré demasiados problemas… hasta que llegué a una rotonda de cinco carriles. Allí se terminó todo. Había coches por delante, por detrás, por arriba y, casi podría decir que por abajo. Me zumbaban por la derecha, otros por la izquierda… como si la L enorme no significara nada para ellos. Salí de la rotonda por donde no era, invadí un carril bus y a partir de ese momento no di pie con bola. Suspenso.

Tenía otra oportunidad más, un mes más tarde. Y debía contratar otras 10 clases prácticas más.

La cuarta vez me tocó un examinador cachondo. Miró mi historial (una gruesa carpeta repleta de anotaciones y de exámenes suspensos) y me dijo “Eres todo un veterano”. Se portó muy bien. Me llevó por calles poco transitadas, me hizo aparcar en un sitio donde habrían entrado dos Jumbos, evitó rotondas de más de dos carriles y, en general, iba tan distraído charlando que podría haber atropellado a una vieja sin que se diera cuenta. Hasta que, al final de una calle cuesta arriba, sonó el pitido de intervención del profesor. Me había pisado el freno en seco. Yo no sabía por qué…

– ¿Por qué? – Pregunté…
– Puede usted dar marcha atrás… – dijo el examinador
– ¿Marcha atrás? ¿Aquí? ¿Pero por qué?
– De usted marcha atrás…

Y di marcha atrás unos metros. Hasta que me dijo que parara.

– Mire usted a su derecha. ¿Qué ve?

Y allí había una señal redonda, azul y con la flecha blanca apuntando a la derecha… era la señal de obligatorio a la derecha más grande que jamás haya existido. Suspenso por falta grave, a 20 metros del centro de exámenes.

Nuevamente renovación de papeles (pasando por caja), esperar un mes y otras 10 clases prácticas más.

La quinta vez que me presenté al examen de conducir hice muchas cosas diferentes que las otras cuatro veces anteriores. Para empezar fui a mediodía, y así me evité el esperar en la incómoda silla durante horas. Fui con otro alumno que, además de examinarse, hacía una clase práctica que le quedaba justo antes… y me llevaron con ellos (yo en el asiento de atrás). Estuve muy atento a las explicaciones del profesor, a los trucos y a las trampas de las calles… así que la espera fue mucho menos tensa que las otras (cuatro) veces. Y lo último que hice diferente fue lo de tomarme una tila. La primera tila de mi vida.

El examinador era el tipo más gordo del mundo. Le costó un mundo y parte del otro entrar en el asiento trasero y, en lugar de sentarse detrás del profesor, se sentó en medio. Primer problema: yo me había habituado a mirar por el espejo retrovisor, más que por los laterales… y en ese momento sólo veía una inmensa masa de carne sudorosa donde debería haber una calle.

Pese a mi historial y a ser casi un “hombre de la casa”, y saber que era mi quinta intentona, no tuvo piedad cristiana conmigo. Me hizo aparcar dos veces, una en línea (cuesta abajo en un hueco ridículo, y con 200 kilos de más en la parte de atrás) y otra en batería, que era la que peor se me daba. Cuando terminé de aparcar esta última, y justo después de decir que había terminado, vi por el rabillo del ojo, y detrás de su enorme cabeza, lo que parecía un cartel de vado permanente… joder… demasiado tarde. Apuntó algo en su libreta y me mandó continuar.

Pasamos por la rotonda de los 5 carriles, con mucho menos tráfico que la otra vez, por el polígono industrial que había visitados momentos antes con el otro profesor y volvimos al centro de exámenes, después de más de media hora de coche. Para ser una quinta convocatoria, muy larga. Paramos y me bajé del coche, para que ellos pudieran hablar tranquilamente. Yo sabía que estaba suspenso… no se puede aparcar en un vado, aunque no entendía por qué había alargado el examen…

Aprobado, sin errores. Me había costado un riñón, cinco intentos y más de 50 clases prácticas (muchas más)… pero por fin era un conductor.

De esto hará el mes que viene tres años.

No creo que nadie lo haya hecho peor que yo…

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Que tengo cara de buena persona salta a la vista. Facciones redondeadas, sonrisa fácil, mirada bobina… la gente me mira y siente una sensación amigable recorriéndole todo su cuerpo. Soy un colega. Esto, que estaría muy bien si me dedicara al mundo de la venta de coches de segunda mano, es todo un problema a la hora de intentar cosas con las mujeres. Y con cosas no me refiero a jugar al parchís precisamente. Pero tengo que reconocer que en algunas ocasiones viene muy bien tener cara de buena persona.

Había cobrado mi primer sueldo. 65.000 pesetas como ayudante de becario adjunto, o algo así, en una empresa de servicios. No hace falta que lo digáis vosotros, ya lo digo yo. Una mierda. Pero era mi primer trabajo, el segundo, sin contar el de recepcionista de un camping durante un verano, pero el primero con contrato. Y era mi mierda. Y a uno siempre le hacen ilusión esas cosas. Me gasté 10.000 pesetas en un centro de flores secas para mi madre, un regalo con mi primer suelo. El centro de flores todavía dura, aunque ha cambiado su forma y su composición, con nuevas flores y con algunos objetos no florales. Pero la esencia es lo que cuenta. Me guardé 5.000 pesetas para mis gastos de fin de semana (la asombrosa cantidad de 1.250 pesetas para cada fin de semana… qué lejos han quedado mis 19 años y mis largas tardes de futbolín y cervezas) y, el resto, 50.000 pesetas, irían directos a la matrícula de un curso de administración de servidores NT. Por aquella época estas cosas me resultaban interesantes.

Tenía que hacer efectivo el pago de la matrícula en mano un determinado día por la mañana. Y ese día por la mañana estaba yo, parado en un semáforo a pocas calles de distancia, esperando a que el hombrecillo verde empezara a brillar (el del semáforo, me refiero, no es que estuviera fumando cosas raras). Mochila en la espalda, pantalones y cazadora vaquera y 50.000 pesetas en un fajo enrollado en el bolsillo derecho del pantalón. Pensando en mis cosas, como de costumbre, no me percaté de que un tipo de pintas sospechosas se situaba a mis espaldas.

El semáforo se puso en verde y caminé con la confianza que da la ignorancia y, tengo que reconocer, me sobresalté un poco cuando sentí un contacto en la espalda y como me empujaban al interior de un callejón con un poco más de fuerza de la necesaria.

– No te quiero hacer daño.- Obviamente era el tipo desaliñado y de pintas sospechosas que no había visto a mi espalda en el semáforo.

No era una buena forma de empezar una conversación. Un “Hola ¿Qué tal?”, o “Buenos días”, son formas más amigables. Y ya puestos, poner una navaja debajo de la nariz de uno tampoco es un gesto que denote cercanía y amigabilidad. No era una navaja muy grande, tipo Cocodrilo Doondy, era más del tipo cortaúñas del chino… pero una navaja es una navaja.

– He salido de la cárcel esta mañana y tengo que comprar un billete de tren… así que dame todo lo que tengas…

Hombre… si fuera para comprar drogas, me resisto, pero si es para un billete de tren, la cosa cambia. ¿No? Uno casi se podía solidarizar con el tipo ese. El problema era que el plazo de matriculación del curso terminaba ese mismo día, no tenía otras 50.000 pesetas y, en fin, no tenía ganas de ser atracado. Llamadlo orgullo. Había tenido que madrugar un montón durante el mes anterior por esas 50.000 pesetas. Así que mentí… como habría hecho cualquiera en mi situación…

– No… no tengo nada…
– Mira chaval… no me hagas tener que usar esto – y movió amenazadoramente el cortaúñas puntiagudo debajo de mi nariz.
– De verdad… regístrame si quieres – levanté los brazos, para que se me abriera la cazadora, pero intentando ocultar el puño de la mano derecha, que se estaba cerrando muy despacio. – Lo que encuentres… para ti. – Concluí.

Por supuesto, cualquier intento de tocarme habría tenido como reacción una descarga de toda mi furia contra su nariz (el equivalente de mi furia por aquel entonces sería como la caricia de una entrañable abuelita a su nieto favorito), y una huída despavorida hacia terrenos más habitados. El miedo da velocidad. O eso tenía entendido.

Nuestras miradas se cruzaron y hubo un intercambio de información silenciosa durante unos segundos.

– Te creo. Tienes cara de buena persona…

Y se marchó sin mirar atrás.

Tengo el diploma del curso de administración de servidores NT (que se quedó obsoleto un año después de sacármelo). Pero me licencié cum laude en mentiras arriesgadas.

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Hasta hace poco llevaba el pelo largo, como habéis podido ver en la foto en la que emulo a Jack Sparrow del último post (esto no lo digo yo, es lo que opina Anadice en uno de sus comentarios). Me lo dejé largo por llevar la contraria a mi antiguo jefe, un tipo especialmente intolerante, que no veía bien mis frecuentes barbas desaliñadas y mis pelos. Pero es que, pa chulo yo, y cuando después de un par de meses en los que no había podido ir a la peluquería, me vino con cinco euros en la mano diciendo “Oye, que si es por dinero, te pago yo el corte de pelo”. Me sentó muy mal. Y no me lo corté. Si se hubiera estado callado un par de semanas, me lo habría cortado… pero volvía con lo mismo cada poco tiempo. Y yo seguí sin ir a la peluquería, mes tras mes…

Mi pelo es muy especial… lo tengo fuerte y rizado y no está indicado para llevarlo largo. Principalmente en esos eternos meses que van desde que está corto hasta que puedes hacerte una coleta. Porque me da el aspecto muy “Afro”, muy al estilo de los Jackson Five… o para usar un símil más moderno, sería como el tipo ese del 11 8 11. O sea, un poco antiestético. Pero por llevar la contraria a mi jefe, aguanté eso estoicamente. Hasta que creció lo suficiente para que la gravedad lo aplanara un poco… y un poco después, lo suficientemente largo como para hacerme una coleta.

Mi peluquero era un tipo peculiar, de opiniones muy de facha, pero con una gran habilidad con la cuchilla y con la tijera. Le olía el alerón un poco demasiado, aunque entre lo bueno y lo barato que era, se le perdonaba. Pero cuando se me “abrieron las puntas” y necesité un “saneamiento”, no creí que este tipo pudiera ayudarme… con un pelo de chica, había que ir a una peluquería de chicas. Y cambié mi peluquero facha por la peluquera de Morcillita.

Me introduje en el fascinante mundo de “las capas”, de la “Crema suavizante” y de la “mascarilla”, pasando por el inevitable “acondicionador”. Me lo cepillaba a diario, para evitar los desagradables “nudos”, ya que al tener el pelo tan rizado, se me enredaba con sólo mirarlo. Así que, cada vez que me lo lavaba, tenía un largo ritual de cuidado capilar. Pronto la coleta se convirtió en seña de identidad y marca corporativa del Sr K, algo incomprensible teniendo en cuenta que no le gustaba nada a Lentillas, que insistía en que me lo cortara…

Pero cada vez que iba decidido a cortármelo, mi peluquera me hacía cambiar de opinión. Me decía: “Qué pena, con lo que te ha costado dejártelo largo”, “Tienes un rizo muy bonito” y otras cosas por el estilo. Y debían de ser verdad, porque yo no era lo que se dice un buen cliente. Ni mechas, ni peinados, ni alisados ni nada de nada. Simplemente lavar y sanear, dos veces al año.

El día que me lo corté, todas las peluqueras y mujeres que estaban en la peluquería se congregaron alrededor, para ser testigos del acto de descoletado. La peluquera agarró la coleta con la mano izquierda y, con un corte certero, seccionó el amasijo de pelo cerca de la coronilla. Y me lo enseñó, como el que enseña un trofeo. Alguna hasta aplaudió emocionada. Después de cuatro años, no me encontré tan diferente.

Este viernes por la tarde me escapé pronto del trabajo, llevaba un par de días un poco mal, con tos de perro y malestar general. Griposo, como estoy ahora escribiendo esto. Y no tenía ganas de estar en la oficina… así que me marché dispuesto a dedicarme una tarde a mí mismo. Peluquería y afeitado. El pelo no me lo cortaba desde principios de Diciembre y no me afeitaba… bueno, desde el día que Huracán me dejó. Así que, entre el malestar general, las greñas afro y la barba de un mes, podría afirmar que no estaba en mi mejor momento.

Me compré cuchillas en una droguería y me metí en la peluquería. Nunca pido hora, no suele hacerme falta, y esta vez no fue diferente… y me tocó esperar. Así que me senté en una butaca y leí sin leer la revista local, hasta que me tocó el turno. Y vino una peluquera nueva a atenderme…

Rubia, pelo liso recogido en una coleta, con dos o tres mechones rebeldes y coquetos evadidos del coletero. Con mechas (se notaba por la raíz más oscura, aunque yo no debería saber estas cosas). Metro sesenta, delgadita y, vista desde atrás, según me conducía donde me lavaría el pelo, con muy buen tipo, intuido a pesar del pantalón amplio y gracias a la camisa rosa chicle corporativa algo ceñida. A destacar: una sonrisa perfecta, blanca y luminosa. Y unos ojos marrones, almendrados y brillantes. No le eché más de 25 años.

Me puso una toalla, y una capa rosa (también corporativa) de esas que evitan que se te llene la ropa de pelos, y me sentó en una silla, indicándome que me echara para atrás y apoyara la cabeza en el lavabo especial para limpiar el pelo (las chicas sabéis a lo que me refiero). Y me lavó el pelo. Esa es una de las operaciones que más me gustan del proceso de ir a la peluquería… ese masaje capilar. Primero lo mojó con agua tibia… y luego me lo enjabonó con sus dedos, presionando sobre el cuero cabelludo, haciendo círculos. Una sensación tremendamente relajante. La escuché reírse… lo que me sacó de mi trance.

– ¿Qué… qué pasa?
– Estabas ronroneando… – y la miré directamente a los ojos brillantes a través del reflejo del espejo.

Tocaba cortar. En ese sentido no soy muy imaginativo. Pelo corto, al dos y al tres, de maquinilla. Lo justo para no tener que peinarme por las mañanas en una buen temporada, y para que, al salir de la ducha, el pelo esté completamente seco. Todo muy práctico. Me pasó la maquinilla mientras hablábamos de todo un poco. Me enteré, por ejemplo, que llevaba cortando el pelo desde los 16 años, y que para ella era especialmente duro lo de trabajar los sábados. Pero que estaba contenta porque esta semana santa libraba… y “Nos vamos a Cuenca”… “¿Nos?” Pensé… ¿El “Nos” significa, mis amigos y yo o significa “Mi novio y yo”? Luego me pareció curioso haber pensado semejante cosa.

– ¿Te vas a afeitar hoy?
– Supongo… ¿Por?
– Por recortarte las patillas… ¿Sabes? Yo a mi padre le igualo la barba con la máquina…
– ¿Puedes hacérmelo?
– Claro, no me cuesta nada…

Y empezó a pasarme la máquina por la barba, dejándomela como si sólo llevara unos días sin afeitarme.

– Así te pareces al Duque.
– ¿A Marichalar? – Único duque que conozco y, la verdad, algo alejado de lo que yo considero un halago.
– No, hombre… al Duque, el de la serie de “Sin tetas no hay paraíso”
– Pues ni idea… es que no veo la tele.
– Es el malo… pero todas las chicas están locas por él.
– Entonces es bueno parecerse a él, supongo.- Lo he mirado por Internet y efectivamente soy clavadito a ese tío… pero visto desde lejos, un día de niebla y por un borracho ciego de un ojo.

Durante la operación de afeitado me di cuenta de dos cosas. La primera, que estoy algo falto de cariño últimamente, porque me encantó que la peluquera pasara su mano por mi mejilla mientras rasuraba. Y, la segunda, que me excitó la cercanía y el contacto con la chica…

Supongo que es normal… ¿No?

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Ya estábamos en mar abierto y el barco se zarandeaba un poco más que antes. Redujimos la marcha un poco, por no recalentar el motor y El Capi estableció un nuevo rumbo usando las cartas de navegación y un curioso transportador de ángulos con un cordel atado. La idea era seguir en línea recta directos al Cabo de Santa Pola y, allí, virar a babor y enfilar Alicante.

Mientras tomamos unas cervezas, el Capi nos instruyó sobre normas marítimas y términos náuticos que teníamos que tener en cuenta a la hora de navegar. Cuando se podía, saludamos a los otros barcos que se nos cruzaban (Alguno hasta hizo sonar la sirena). Así que podemos decir que estaba siendo el momento más relajado y divertido del día. Capitán Haddock y yo nos turnábamos para llevar el timón (es más fácil de lo que parece) y el Capi comprobaba la equipación del barco: Los cabos, las velas de repuesto, el combustible, la zodiac. Había un problema con la zodiac. El motor fuera borda estaba enganchado con un candado y, como había sido tan precipitada nuestra salida de Los Nietos, no nos habían dado las llaves. De todas maneras no parecía que fuera a hacernos falta por el momento.

El tiempo fue pasando y ya estaba atardeciendo. Enfrente de nosotros teníamos recortado contra el cielo la sombra imponente del cortado del cabo de Santa Pola, con su faro en lo alto emitiendo destellos intermitentes, y, un poco a estribor, se veía sobresalir sobre el mar el pedrusco enorme que es la Isla de Tabarca. Le cedí mi puesto al Capitán Haddock en el timón y me senté en la bañera, en el lado de babor, a contemplar el paisaje. El esguince me estaba molestando otra vez. El Capi limpiaba la nevera en la bodega, y se le escuchaba canturrear alguna cosa. Mis pensamientos iban a la deriva entre lo bonito que es navegar y el bello atardecer que estaba contemplando, pasando por lo cerca que estaban los coches que circulaban por la carretera de la costa. Y en ese momento…

En ese momento se escuchó un sospechoso e inquietante estruendo que venía de abajo. Al mismo tiempo el barco se frenó casi en seco y escoró a babor, levantando una gran cantidad de agua. Y casi en el mismo segundo, vimos al capitán salir de la bodega de un salto y abalanzarse sobre la palanca de la velocidad para, supongo, detener el barco. Pero no hacía falta. El barco se había detenido.

– ¡Todos a proa, hay que hacer de contrapeso!- Gritó el capitán.

Y sin saber muy bien como, me encontraba junto con Capitán Haddock, en la punta de del barco más opuesta al timón, agarrado al cable donde se enrolla la vela de delante (En términos náuticos: En proa, agarrado al estay donde se enrolla la Génova). Era consciente de que había corrido. Era consciente de que para ello había tenido que apoyar el pie del esguince en el suelo. En ese momento era consciente del dolor. El Capi accionaba la marcha atrás pero el barco no se movía. Lo peor era que se escuchaban chasquidos debajo del barco con cada intento.

Ver al Capitán echarse las manos a la cabeza y escucharle repetir una y otra vez: “Nos hemos cargado el barco”, no ayuda mucho a mantener la calma. En ese momento sonó su móvil y, al cogerlo, simplemente dijo:

– Nos hemos cargado el barco. Nos hemos quedado sin vacaciones.- Y colgó. – Lo que tampoco ayudaría a calmar al interlocutor al otro lado, uno de nuestros amigos, parados en el atasco.

Capitán Haddock se desahogaba por lo bajo. Decía que él no sabía navegar y que no tenía que haber estado en el timón, que era cosa del capitán…

– No te preocupes, Capitán Haddock – Le dije – A mí no me sale ningún viaje mal… Tengo un montón de suerte, así que ya verás que esto no es nada y que luego nos tomamos unas cervezas y nos reímos del asunto…

Yo realmente creía en lo que estaba diciendo. Supongo que al Capitán Haddock le sonó a cuento chino y siguió lamentándose. Sobre todo porque no sabíamos si el timón estaba tocado, si había alguna grieta en el casco y, sobre todo, qué demonios había pasado. Para colmo, la noche se nos estaba echando encima, y ya casi no se veía. Alrededor del barco, bajo el agua, había unas inquietantes manchas negras que, sin duda, eran piedras, pero que en la calenturienta imaginación de alguien menos templado que nosotros, eran bestias horribles…

Enfrente del barco, el faro seguía dando sus destellos, sin inmutarse y, debajo, junto a la carretera de la costa, a menos de un kilómetro, encendieron las luces de un chiringuito de playa. Se oía perfectamente a David Bisbal cantando su éxito de ese verano y había movimiento de gente. Nosotros, mientras tanto, nos habíamos sentado en la bañera sopesando nuestras posibilidades.

– Estamos en una zona de aguas bajas. No debe de haber más de dos metros o dos metros y medio de profundidad. – Nos decía El Capi apuntando con el dedo a una parte de la carta de navegación – Pero está demasiado oscuro como para tirarse al agua a ver qué es lo que nos ha enganchado. Si lo que choca es la Orza no pasa nada, pero si es el timón podemos darnos por jodidos.
– ¿Por qué?- Preguntó Capitán Haddock
– Porque es la parte más delicada del barco. Podemos partirlo en la maniobra y nos quedaríamos sin gobierno en el barco… y es muy peligroso, porque la marea podría precipitarnos contra las rocas de la costa.
– Pues me quedo más tranquilo, la verdad.- Dije.
– Tenemos que desalojar peso para ganar altura – me ignoró el Capi.

Y 200 litros de agua potable fueron tirados al mar, todo el agua dulce de los dos depósitos de popa. Intentamos dar marcha atrás de nuevo, pero el barco seguía sin moverse. Ya era noche cerrada.

De pronto distinguimos el inconfundible sonido de un motor fuera borda acercándose desde la playa. Se trataba de una Zodiac con tres marineros, que estaban en el chiringuito, y nos habían visto. Venían a echar una mano. El problema era que llevaban mucho rato en el chiringuito y, entre que venían o no, se habían tomado unas cuantas bebidas espiritosas… y unas pocas más, así que estaban un poco “contentillos”. Mientras realizaban la maniobra de aproximación y cogían el cabo que El Capi les estaba dando, temimos por su vida en varias ocasiones.

La idea era que ellos, desde la Zodiac, tiraran del cabo atado a la proa, de tal manera que el barco escorara a babor y levantara la orza lo suficiente para salir. En cristiano: al tirar de la cuerda atada a la punta del barco, haría que este se inclinara a la izquierda y levantaría la aleta de tiburón de debajo del casco lo suficiente para que el barco flotara sutilmente fuera de las piedras. Por supuesto, no funcionó. Intentamos la operación contraria, para escorar a estribor, pero tampoco. Así que se intentó el plan de emergencia:

Capitán Haddock se subió al extremo de la botavara (para que os hagáis una idea, es el palo sujeto al palo mayor al que se engancha la vela mayor, y que se mueve a voluntad, dependiendo de por donde sople el viento… y siempre da en la cabeza del malo en las películas de piratas). La botavara la movimos todo lo que se podía mover a estribor y dejamos al Capitán Haddock colgando sobre el mar fuera del barco, haciendo de contrapeso. A su vez, los tres marineros borrachos tiraban del cabo de tensión del palo mayor, en la misma dirección… todo ello con la idea de escorar el barco todo lo posible.

Tampoco se movió. La situación no sólo no había mejorado, sino todo lo contrario, ya que era de noche cerrada. Los marineros se marcharon a seguir con la fiesta en otra parte (O al chiringuito, que todo es posible). Sólo nos quedaba una opción: Llamar a salvamento marítimo. Seríamos la deshonra del gremio pero…

Salvamento marítimo apareció una hora después. Un buque color naranja chillón con luces estrambóticas parpadeantes. De no saber que eran ellos, habríamos supuesto que eran extraterrestres dispuestos a abducirnos y a practicar experimentos intrusivos en nuestros cuerpos y de los que no podríamos hablar nunca por sentirnos avergonzados. Apareció, pero se quedó como a unos 100 metros. Era lo más cerca que se podían situar de nuestra nave sin encallar ellos mismo. Por radio nos dijeron que teníamos que acercarnos en la Zodiac para recoger un cabo con el que amarrar y arrastrar el velero. Zodiac que no tenía motor, por estar encadenado a la borda… otro problema.

Al final Capitán Haddock y El Capi se marcharon remando a por el cabo, y me dejaron allí solo… abandonado a mi suerte. Y fue cuando sonó un “Clic” metafórico. El velero, libre de los 200 litros de agua, y los más de 150 kilos de humanidad que se alejaban con la Zodiac a golpe de remo, flotó lo suficiente como para liberarse de las rocas, y empezó a moverse… libre y a su aire. Con el cojo capitán en funciones un poco preocupado, la verdad, viendo como la rueda del timón giraba alocadamente de un lado para el otro.

Después de comprobar que no había ninguna vía de agua en el casco, nos remolcaron hasta el puerto de alicante, donde nos esperaban nuestros preocupados amigos. Fue un poco humillante porque en lugar de hacer una entrada triunfal, veníamos abarloados al buque de salvamento. Eso sí, nadie se atrevió a hacer ningún comentario. Pasamos la noche en el puerto.

¿Qué tiene esto que ver con la suerte? Os preguntaréis. Pues desde mi punto de vista, el comienzo tan desastroso del viaje hizo que disfrutáramos mucho más del resto de la semana, que fue genial. Tuvimos mucha suerte porque por dos o tres escasos metros, en lugar de embarrancar en un banco de arena, habríamos dado con una plataforma de granito, que habría destrozado el barco. Tuvimos mucha suerte porque durante toda la semana los vientos se confabularon en nuestro favor y siempre soplaban con la fuerza justa para que llegáramos a donde queríamos navegando a vela. Incluso la vuelta a la península, que fue por la noche, fue a vela, algo que es rarísimo. Y, sobre todo, tuve mucha suerte porque durante siete días me trataron a cuerpo de Rey, una de las marineras hasta me dio masajes… “¿Qué si quieres un zumito?” “¿Algo para leer?” “Dejad la sombra al Sr K, que está lesionado”… y sin ayudar en la cocina, sin ir a la compra, sin baldear la cubierta, sin plegar velas… sin hacer ni el huevo.

¿Tengo o no tengo suerte?

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La historia continua a unos 190 kilómetros por hora por la carretera de Valencia, en un coche rojo centelleante y con montones de otros coches dejados atrás fugazmente. Conducía El Capi y mi amigo Capitan Haddock hacía las labores de copiloto. O las habría hecho de haber podido abrir los ojos, cerrados de puro miedo. Yo daba tumbos en la parte de atrás, con mi maltrecha pierna estirada sobre el asiento y agarrado al asa de la puerta. Aunque parezca mentira hubo un par de momentos en los que pasé más miedo todavía… cuando El Capi buscaba un mechero con el que encenderse un cigarro. En ese momento pensé que, cuando el coche dejara de dar vueltas de campana y miraran dentro, conmigo casi no tendrían que trabajar… por estar ya vendado.

Como dije en el capítulo anterior, soy un tipo con suerte… y fue suerte que no nos parara la guardia civil de tráfico, ni que no tuviéramos un reventón, salida de pista o simplemente, que saltáramos la futuro como Michael J Fox. Pero sea como fuere, llegamos al puerto deportivo de Los Nietos y, lo que es más importante, a su Mercadona, donde deberíamos hacer la compra para subsistir esa semana en el barco… comida para un total de 10 personas (y dos muletas).

Existe una peculiaridad en La Manga del Mar Menor, sobre todo si se pretende salir a mar abierto. Sólo hay un punto por el que se puede hacer. Años atrás a alguien se le ocurrió que era buena idea construir urbanizaciones a ambos lados de la salida, sin darse cuenta que, para poder comunicarlas, habría que construir un puente levadizo. Un puente levadizo que permanece abierto 15 minutos cada dos horas. Así que, para poder llegar a la apertura de las 6 de la tarde, había que salir del puerto de Los Nietos como muy tarde a las 5, navegar a tope de motor y en línea recta y, con suerte, pillar despistado al que manejaba el puente… y eso nos dejaba 45 minutos para: Comer, hacer la compra de la semana, cargar el coche, llegar al puerto deportivo, encontrar el barco, descargar el coche, estibar la carga y, lo que es más importante, que yo, cojo y con muletas, subiera abordo.

Todo eso se logró, y salimos del puerto de Los Nietos a toda máquina, con un montón de comida y un cojo en la proa del barco , yo intentando no ser el primer “hombre al agua” de la semana. Si alguien ha navegado en un velero alguna vez (y si no, lo recomiendo) sabrá que mantener el equilibrio en cubierta es difícil si no se está acostumbrado, incluso en las tranquilas aguas del Mar Menor… pero si a eso le añadimos un esguince, unas muletas y mi proverbial falta de equilibrio, no es de extrañar que tardara un rato y dos dolorosos pasos con el pie malo en llegar a la bañera y sentarme junto a mi amigo Capitan Haddock, timonel en ese momento. Entonces me tomé mi primera cerveza de la semana… que me supo a gloria.

Navegábamos a toda máquina por encima del mar en calma, casi podríamos llamarlo piscina, del Mar menor. De vez en cuando nos cruzábamos con alguna lancha motora, cuya estela, al cruzarse en nuestro rumbo, nos bamboleaba un poco… pero por lo general la navegación fue muy tranquila y poco movida. Lo que era de agradecer, siendo la primera vez que montaba en un barco de vela. Todo el mundo me había aconsejado que llevara pastillas contra el mareo, pero no sé si sería por el ajetreo del día, la excitación por estar probando algo nuevo o que soy inmune, pero no sentía el más mínimo malestar. Mi amigo Capitan Haddock me dejó la rueda del timón un rato, indicándome que tenía que hacer para mantener fijo el rumbo que marcaba la brújula… y me sentí como un viejo pirata de pata de palo (con la esguince estaba muy metido en mi papel) rumbo de lejanas y tropicales costas. Hasta que El Capi terminó de colocar la despensa y salió a cubierta… que fue más o menos cuando nos acercamos a la salida del Mar Menor.

Ahora quiero que os hagáis una imagen mental… el puente levadizo bajando lentamente y, al fondo de la escena, aparece derrapando un velero a toda máquina… la limitación de velocidad es de 3 nudos, limitación que la nave sobrepasa varias veces. A bordo del velero, dos hombres se aferran a donde pueden, mientras un tercero sujeta la palanca de la velocidad presionada a fondo con una mano y la rueda del timón con la otra, mientras el barco da pequeños saltos sobre las olas. Los tres tienen cara de velocidad y miran fijamente el lento movimiento descendente del puente levadizo. Uno dice “llegamos”, el otro dice “No pasaremos” y el Capi aprieta más la palanca de la velocidad…

Pasamos.

Ahora sólo quedaban cuatro horas de agradable navegación hacia Alicante… recoger a nuestro amigos, disfrutar de una agradable cena abordo y contar lo vivido como una divertida anécdota… salvo que nada es fácil si se trata de mí…

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