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Archive for 30 mayo 2008

Esta semana el relato de los jueves trata sobre Animales humanos y humanos animales. Lo que pasa es que yo me he saltado una de las partes de la condición. En realidad me he saltado dos partes de la condición, porque mi relato de los jueves ha salido publicado el viernes. Está escrito en unos 10 minutos, en lugar de ir a tomar café con mis compañeros. Así que el relato, el diálogo más bien, no está bien. Pero no quería faltar (aunque me haya saltado unas 24 horas).

[…]

– Joder tío… no me como una rosca
– No digas eso…
– Llevo meses sin…
– ¿Nada?
– Nada
– ¿Y como puedes…?
– ¿Aguantar?
– Sí
– Me subo por las paredes…
– Tienes hasta mala cara
– ¿A que se me ve más apagado?
– Ya te digo
– Y no sé que hacer…
– ¿Has probado a… ya sabes… frotarte?
– ¿A frotarme?
– Sí
– No sé cómo se hace eso
– Es muy fácil… Mira. Así.
– Hala tío… ¿Y no te duele?
– No que va… hasta da gustito y todo
– Voy a probar… joder… no me sale
– Déjame que te ayude… ¿Ves?
– Es verdad… sí… da gustito…
– Y si lo hacemos los dos juntos mola más…
– ¿Y esto les gusta a ellas?
– Las vuelve locas…

[…]

(Extracto de una conversación de chicharras adolescentes un día cualquiera de verano)

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Después de estar cuatro meses separado de Huracán casi me había acostumbrado a mi vida ordenada y, podríamos decirlo así, aburrida. Del trabajo a casa, de casa el gimnasio o la piscina, con alguna quedada interesante algún miércoles que otro, sobre todo con blogueros, para poner la guinda… pero en general una vida monótona. Huracán le da a la vida una salsa que creo que me resultará complicado encontrar en otra persona. Y la muestra podría ser todo lo que ocurrió el lunes.

En principio habíamos quedado en vernos en una cafetería del centro. Evité a conciencia lo de vernos en su casa porque prefería un terreno neutral. La idea era hablar. Al menos esa era mi idea. Pero no siempre mis ideas son acertadas tratándose de Huracán.

Ella llegó un poco tarde, casi me había terminado mi café, y aunque acelerada, estaba preciosa. Y eso que sólo llevaba un vaquero y una camiseta, aunque ajustada, y un pañuelo verde recogiendo el pelo a modo de diadema. Me dio un beso, sólo uno, en la mejilla, lo que quedaba a medio camino entre un pico y los dos besos de saludo propios de la gente civilizada.

– ¿Te importa que nos marchemos a otro sitio? Es que he quedado en 10 minutos con una persona… tengo que arreglar un asunto… y luego soy toda tuya.

Evidentemente pagué el café y salimos de las seguras y controladas paredes de la cafetería y nos aventuramos (al menos yo) a la inseguridad de seguir a la niña sureña. Mientras andábamos por las atestadas calles llenas de turistas, me contó que había quedado con su antiguo casero por la zona para arreglar, de una vez por todas, el asunto de la fianza. Y el lugar elegido fue el que menos se puede imaginar una persona cabal… un Burguer King. Un Burguer King repleto de niños en pleno cumpleaños.

Y ahí estábamos los dos, sentados en una mesa del fondo del local, esperando que entrara un señor al que no había visto en mi vida. Casi me sentí como un espía preparado para hacer un intercambio con un agente doble, después de decir una contraseña como “La ballena azul ronronea si el cachalote blanco le hace cosquillas”. El casero no se retrasó mucho. Eran casero y señora, una rubia enorme y por lo que pude entrever por su acento, eslava, posiblemente polaca. Se sentaron enfrente de nosotros. Había tensión en el ambiente…

Básicamente él no quería pagar la fianza y se escudaba en una serie de argumentos la mar de estúpidos para no hacerlo… como era que Huracán se había quedado con las llaves de la casa, o que había roto una percha. Ella alegó que él se había llevado los muebles del salón sin previo aviso una semana antes de que ella abandonara la casa… y poco a poco la tensión se fue elevando. Pero pese a ello, yo me estaba divirtiendo. Sólo hacía que pensar en que estaba en un Burguer King, con un casero, una polaca y Huracán, rodeados de niños con gorros de fiesta un lunes por la tarde…

Al final la cosa quedó más o menos resuelta, salvo por el detalle de que el tipo, desconfiado donde los haya, había cambiado los bombines de las cerraduras cargándole el importe a Huracán. Entre unas cosas y otras, la fianza quedó reducida a unos 70 euros, que era más o menos lo que Huracán esperaba.

Lo mejor es que ella se mantuvo serena durante toda la reunión, y eso que hasta la polaca metió baza… lo que me hizo pensar que lo mismo Huracán había madurado durante estos cuatro meses.

A la salida del Burguer Huracán llamó a su padre para comentarle el resultado del encuentro. Y, como la que no quiere la cosa, me pasó el teléfono. Su padre me quería saludar.

– ¿Sabes que me tiré una temporada sin hablar a la niña cuando me enteré que lo habíais dejado? – me soltó nada mas saludar – Esta chica no sé donde tiene la cabeza – No sabía que le hubiera producido tan buena sensación al hombre – ¿Te vas a bajar con ella?
– ¿Bajar? ¿Cuándo?
– Ahora, para La Feria…
– Es que trabajo…
– Pues el fin de semana.
– No puedo, es que ya lo tengo comprometido… de verdad… además, no creo que sea buena idea…
– Tú verás… pero que sepas que aquí tienes casa cuando quieras…

Me despedí de mi ex suegro no sin antes prometerle que haría todo lo posible por bajar a verle lo más pronto que pudiera. Una de esas promesas que no se pueden cumplir. El caso es que ya, por fin, nos habíamos quedado solos Huracán y yo. Nos encaminamos a un local que le habían recomendado y que tenía ganas de ver. Yo sólo quería que paráramos quietos en algún sitio y hablar. Y no fue demasiado posible, porque el teléfono volvió a sonar (como le había sonado dos veces durante la discusión en el Burguer) y esta vez lo cogió. Era una de sus compañeras de piso que se nos unía. Bueno… si no me importaba.

A mí me dio igual. En ese momento ya tenía claro que no hablaríamos de nada, que las cosas estaban como estaban y que lo del sábado fue más producto del momento que algo serio. Así que decidí relajarme y tratar de disfrutar de la situación lo máximo posible.

La compañera de piso de Huracán es una mujer peculiar. Italiana de nacimiento, suiza de padre y residencia y granadina de madre. Rubia, de estatura más o menos normal, una nariz mayúscula debajo de unas gafas de pasta y, bueno, tirando a feilla. Tardó aproximadamente dos minutos en contarme que lo había dejado con el novio, su novio de toda la vida, tras ocho años de relación. Y otro montón de detalles que no vienen al caso, como tampoco vinieron al caso cuando me lo contó. Y, tras soltarme ese pequeño discurso, me preguntó si tenía amigos solteros y guapos.

– Pues sí… unos cuantos – dije, y es verdad.
– Pues a ver cuando organizas una cena en tu casa y me los presentas…
– No… no creo que lo haga – y me quedé tan pancho.

Pero no le importó, porque al rato, cuando volvió del servicio, dijo que había quedado con el camarero para otro día.

Y lo mismo pasó en el local siguiente.

Según me contó Huracán, llevaba un tío diferente cada día… y, teniendo en cuenta que las paredes de la casa son de papel de fumar, como que se sentía partícipe de sus encuentros sexuales… especialmente ruidosos.

Me tomé otra con ellas y las abandoné. Como dice un amigo mío “Todo pescado vendido”. No había más tela que cortar.

Huracán se marchó ayer al sur, a la Feria. Estará toda la semana fuera y no creo que vuelva a verla en una temporada.

¿Qué como estoy yo? Pues bien. Mejor de lo que esperaba. Sobretodo muy tranquilo. Cuando volvía en el coche a mi casa, pensando en todo lo que había ocurrido durante el día, empecé a creer que lo que de verdad me gusta de Huracán no es ella, sino todas las situaciones que se dan a su alrededor y que hacen que la vida con ella sea peculiar y excitante. Y eso es muy necesario si quiero ser escritor… ¿No?

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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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En esta nueva edición del taller literario de cada jueves le tocaba proponer tema a Rosa. Y en esta ocasión el reto era enorme, sobre todo para alguien tan literal y tan poco dado a las figuras retóricas y las metáforas como soy yo. El tema: Máscaras. Pero con varios condicionantes: Tenía que salir un humano y un animal, y la idea central del relato debía ser: Encuentro, anulación, tiempo. Pues con esas premisas he escrito este pequeño cuento.

Juan Fernández Rebolledo se despertó a las siete en punto de la mañana, como lo hacía cada día desde antes incluso de lo que podía recordar. Se destapó lentamente, como si el hueco vacío que había junto a él en la cama pudiera despertarse, y se incorporó. Mecánicamente fue desabrochando los botones de su pijama de rayas azules y, una vez quitado, lo dobló concienzudamente, con movimientos precisos y mil veces repetidos. Era la forma que tenía cada mañana de empezar el día.

Todos los días.

No sabía si era lunes o domingo, Marzo o Agosto… para él todos los días eran exactamente iguales, y pequeños detalles como que fuera verano o invierno, simplemente implicaban que tenía que usar bufanda o camisas de manga corta. Que fuese fin de semana significaba que en lugar de ir a trabajar, iba al cementerio… a ver a Berta.

Siempre.

También, como cada mañana, se sentó delante del espejo y se miró sin verse. Sólo había unos ojos tristes que le devolvían la mirada desde el otro lado. Ya estaba acostumbrado a esos ojos tristes, porque eran los suyos. Y era la única comunicación que tenía el Juan Fernández Rebolledo de su interior con el exterior. Triste. Siempre triste.

Juan Fernández Rebolledo se sentía solo. Sentía una enorme soledad que le oprimía el pecho, el corazón y que muchas veces le dolía como si fuera algo físico. Pero Juan Fernández Rebolledo no estaba solo. Tenía un periquito azul, un regalo de Berta y que dejó de cantar el mismo día que ella murió. Y también tenía amigos humanos que se preocupaban por él y que intentaban animarlo de todas las maneras posibles. Por ellos, más que por él, empezó a usar las máscaras.

Las tenía de todos los tipos: una máscara con la sonrisa hacia arriba, una máscara con el entrecejo fruncido. Una máscara de impaciencia. Para la mayoría de la gente con eso bastaba y le solían dejar en paz. Con el paso del tiempo llegó a tener una imponente colección de máscaras, y lo único que tenían en común al ponérselas era la tristeza que siempre transmitían los ojos que quedaban detrás.

Eligió dos máscaras para ese día. La de aburrimiento para el trabajo, y la de media sonrisa para después. Había quedado con su buen amigo Germán. Quería presentarle a alguien. Había pensado en darle plantón y alegar mucho trabajo, pero Germán insistió tanto que no supo cómo negarse. Germán era un pesado de mucho cuidado, pero de muy buen corazón. Casi sin darse cuenta se encontró acariciando la pequeña caja de terciopelo rojo que tenía en el fondo del cajón, junto a las máscaras… ahí guardaba su tesoro más preciado.

Juan Fernández Rebolledo terminó su jornada laboral y se cambió de máscara al salir. Cualquiera diría que estaba contento y todo. Pero en realidad lo que quería era terminar cuanto antes con el trámite de Germán. Quería llegar a casa, quitarse la máscara y dejar que llegara el día siguiente.

Llegó donde le esperaba el bueno de Germán y, como era de prever, estaba acompañado de una mujer. Desde que pasó lo de Berta todos estaban empeñados en que lo que le hacía falta era una mujer que le quisiera. No tenían ni idea. Así que le presentaban a un montón de ellas. Pero nada. La que traía Germán era una mujer normal, que no sobresaldría de las demás por la calle… a no ser por…

Los ojos. Tenía unos ojos grandes y penetrantes, de un color indeterminado, pero indudablemente claros. Y Juan Fernández Rebolledo sintió que le miraban, que le miraban de verdad… que atravesaba su máscara y llegaba a su alma… y veía su interior. Se sintió desnudo y deseó salir corriendo, escapar del escrutinio, protegerse. Pero ella le cogió de las manos y simplemente le sonrió, con una sonrisa dulce y sincera. Y supo que ella, una desconocida, había llenado toda esa soledad de golpe.

Juan Fernández Rebolledo no supo cuánto tiempo estuvo así con ella. No supo cómo llegó a casa ni cómo es que abrió el cajón de las máscaras y las arrojó todas a la basura. De lo que sí tuvo consciencia fue que, en cuanto abrió la caja de terciopelo y se colocó su cara de verdad, el periquito volvió a cantar.

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Es curioso como hay días en los que aunque el sol brille en todo lo alto, uno tiene el día más bien gris. O negro, que también hay días de esos. Los pensamientos se van por si solos a zonas tristes de la mente y en realidad da igual lo que pase a tu alrededor. Todo es una gran mierda, maloliente y pútrida (me ha gustado esta palabra). Esos días es mejor no salir de casa. Es mejor no hablar con nadie. En realidad no es mejor… pero es lo que pide el cuerpo.

Hoy, por el contrario, no es uno de esos días. El cielo está encapotado y todo tiene un tono apagado y plomizo, propio de la amenaza de lluvia (aunque con la sequía que hay, lo de amenaza suena mal). Pero yo me encuentro muy, pero que muy animado.

O sea, yo soy un tipo optimista por naturaleza, así que días negros de esos he tenido dos en mi vida, y no duraron el día entero. Creo realmente que cualquier situación siempre es susceptible de mejorar y, si no lo hace, le busco el lado bueno. Ya sé lo que estáis pensando… tengo mucha suerte y nunca me pasa nada realmente malo. Y es verdad.

Pero este derroche de optimismo y de buen ánimo me está sorprendiendo hasta a mí. Y me sorprende porque no hay ningún hecho objetivo que justifique este estado de ánimo. Para empezar, este fin de semana no he follado. Es más: no he salido de marcha. El sábado estuve mirando algunas cosas para decorar mi casa (está muy sosa) y el domingo, leyendo, viendo la victoria de Rafa Nadal al tenis (este tío sí que es optimista y lo demás es cuento) y escribiendo. Eso sí: tuve una sobredosis creativa el domingo por la tarde.

Pero ya está. Nada más. Bueno, sí: la báscula me ha sonreído esta mañana dándome un dato alentador. Nada más y nada menos que un kilo menos que la semana pasada, cada vez más cerca de la meta que me había propuesto para Nepal. Pero eso no es algo que justifique esta sonrisa que tengo ahora al escribir…

Creo que mi subconsciente ha intuido que lo mismo se avecina un cambio. De esos para bien… no lo sé. Yo, por si acaso, estaré atento para enterarme de qué va…

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Esta semana el relato de ficción de los jueves tienes una temática libre. Pero Reichel ha puesto una condición: tiene que salir un cojo. Aquí tenéis mi humilde aportación al taller de los jueves, un pequeño relato de novela negra. Espero que os guste.

Todo transcurre a cámara lenta, como ralentizado, y cada segundo que pasa es como si hubiera transcurrido una hora. Mis sentidos están agudizados, y los músculos en tensión. Siento cada poro de mi piel, y como una gota de sudor resbala lentamente por mi sien para después esquivar los pelos de la barba de tres días. Soy consciente de cada latido de mi corazón y casi puedo sentir el pulso acelerado de mis compañeros de mesa.

Inhalo una bocanada de aire, saturado del humo de varios cigarrillos, y me parece que la dosis de oxígeno es insuficiente. Me ahogo, pero sé que no es por el humo. Son los nervios. Tengo que serenarme. Vuelvo a despegar las cartas del desgastado tapete verde, lo justo para ver la figura de la esquina. Esta vez tengo una buena mano. Dobles parejas de damas y sietes. Esta es mi oportunidad de recuperarme.

– Una – Digo, e intento que no se me note en la voz ningún rastro de la jugada.

El mano me lanza la carta desde el fondo infinito de la mesa, una carta que parece planear sobre la meseta verde y esquiva una de mis torres de fichas. Mi última torre de fichas. Son mil pavos. Debo diez veces esto.

Contengo el aliento mientras despego la carta de la mesa. No mucho… lo justo para ver una preciosa Q roja. El corazón se detiene un instante y vuelve a bombear con fuerza… ¡Es mi jugada!

– 100 pavos
– No voy
– Los veo

Me toca

– Pongo 100 y subo 100 más
– Que sean 500.- Es el que apodan “El sonrisas”… le llaman así porque nunca tuerce el gesto, aunque pierda.
– No voy
– Ni yo

Ya sólo estamos él y yo. Y él sonríe mientras me mira. Tiene las dos manos apoyadas en el tapete y no toca las cartas. Están desplegadas en la mesa, bocabajo. Y sonríe, el muy hijo de puta.

Vuelvo a mirar mis cartas. Me las sé de memoria, pero vuelvo a mirarlas. Un full de damas sietes… una buena jugada. Las hay mejores… pero es la mejor mano que he conseguido juntar en toda la jodida noche…

– Veo tus 500… y subo 800 más… es todo lo que me queda…

El sonrisas hace honor a su nombre. No para de sonreír. Con sus enormes dientes amarillos por el tabaco reflejando la mortecina luz del local.

– Aquí están mis 500. Veámoslas pues…

Él mueve lentamente las manos y empieza a dar la vuelta a cada carta. Muy despacio. Regodeándose con el momento.

As.

As.

As.

Rey.

Rey.

Full de ases reyes.

Sonrío yo también, a dúo con El sonrisas… sólo que el se lleva todas las fichas que hay sobre la mesa. Me levanto y salgo tambaleándome del sórdido local de la parte baja de la ciudad…

Pero qué educación la mía… no me he presentado. Soy Frank. Y a partir de mañana, cuando los hermanos Meazza me partan las piernas… Frank “El cojo”.

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Desde que Pat escribió su Post El Reto, llevo dándole vueltas a la idea. Es más, me he propuesto el mismo reto, pero no lo he circunscrito sólo al ramo de la panadería, sino que lo he hecho extensible a todos los demás sectores. Básicamente intento hacer sonreír a cualquier dependiente barra dependienta que se me pone a tiro.

Y eso incluye a la Novia de Shrek.

Por el mote que le he dado podréis adivinar que muy agraciada no es la chica. Es bajita, rechoncha y fea. Con una inmensa melena de pelo negro que le llega hasta debajo de la cintura, o, al menos, a donde se supone que debería de estar la cintura… ya que es de ese tipo de mujer que denominan cilindro. No se maquilla, ni se arregla de ninguna manera y, bueno, más que vestirse, usa ropa. Eso sí, simpática, lo que se dice simpática, tampoco lo es. Es un escuerzo de tía.

Trabaja en mi empresa y es la que lleva la caja. Vamos, la que paga en efectivo a la gente, o la que da cambio. Lo cierto es que está en el mejor puesto en el que podrían ponerla… era eso o el de reclamaciones, y debieron pensar que a fin de cuentas la gente de fuera no tenía la culpa.

Hoy tengo que ir al fisioterapeuta a que me mire la lesión del hombro. Me hice daño nadando en una de esas sesiones de largas series que me hago de vez en cuando, y tengo molestias. Digo esto porque hoy me he venido antes a trabajar y, falto de costumbre de madrugar, no me ha dado tiempo a desayunar. Así que a media mañana tenía mucha hambre. Y la máquina de café no admite billetes de 50€. Y ni uno solo de mis compañeros con cambio. Sólo había una cosa que podía hacer… por desagradable que esta fuera.

La Novia de Shrek estaba parapetada detrás del mostrador de la Caja. Me miraba con mirada suspicaz por debajo de sus anchas cejas de denso pelo negro. Pero a pesar de la amenaza más que evidente, decidí lucir la mejor de mis sonrisas, o por defecto, la única que tengo.

– Hola – Dije, sin dejar de sonreír.
– ¿Qué quieres?
– ¿Tienes cambio de 50?
– No tengo cambio. – Sabía que era mentira, así que seguí sonriendo.
– Son sólo 50€…
– No tengo cambio.
– ¿Y si te digo que me muero de hambre? – Gran sonrisa
– No tengo
– ¿Y si te digo que quizá sea mi última comida? – Gran sonrisa
– Que no
– ¿Y si te subo algo de la máquina? – Gran sonrisa inmune al desánimo.
– ¿Crees que me voy a dejar comprar tan barato?
– No… también te daría las gracias… – inmensa sonrisa
– Anda… trae

Conseguí mi tentempié… y lo que es más importante… conseguí arrancarle la sonrisa a La Novia de Shrek…

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