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Archive for 30 junio 2008

La roja (aunque habría que llamarla la mostaza, o como dice un compañero mío, el limón mecánico) tenía una cita con la historia el jueves por la noche. Una de esas citas a las que no se puede llegar tarde. Yo no soy especialmente futbolero… soy del Atlético de Madrid por filosofía de vida (siempre sufriendo, pero cuando se gana, las dos o tres veces que pasa, joder qué subidón), pero no soy lo que se dice un forofo. Hace muchos años que no voy al campo… y tengo una bufanda con los colores de mi equipo, pero guardada en el altillo…

No tenía intención de perderme tan magno acontecimiento. Y los magnos acontecimientos se viven mejor en compañía. Así que quedé con unos amigos, Rico y Atenea para ser exactos, para ir a ver el partido a algún bar del centro. Me dirigía al punto de reunión en mi Kapullomóvil cuando me sonó el inconfundible tono de Expediente X en el móvil. Era, por supuesto, Huracán. Sus compañeras de piso no estaban y me invitaba a ver el partido en su casa. Teniendo en cuanta el tamaño del televisor, más propio de una casa de Pin y Pon que de seres humanos de verdad, y con el agravante de que la carne es débil y a Huracán le gusta tanto el fútbol como a mí la depilación con cera, le dije que mejor no. Pero la insté a que se viniera.

Huracán apareció preparada para ver un partido de fútbol y dar botes animando a su equipo. Pero para animarlos en otro sentido. Un vestido de verano, fino y liviano y con un generosísimo escote, y unas sandalias a juego. El pelo suelto y con sus bucles al viento y sus grandes ojos negros ocultos detrás de unas enormes gafas de sol. Estaba muy guapa y así se lo dije. A veces estas cosas me salen solas sin pensar en las consecuencias.

Como Rico había llamado para decir que se retrasaría, nos encaminamos hacia casa de Atenea para empezar a buscar sitios donde ver el partido. Atenea conocía un bar cerca de su casa con una gran pantalla y cerveza suficiente como para olvidar el generosísimo escote de Huracán (incluso para olvidar la visión de un centenar de elefantes de color de rosa bailando la conga por la calle). La elección del bar fue claramente acertada. En la mesa junto a la nuestra había un grupito de chicas rubias y altas, evidentemente extranjeras, y, todo hay que decirlo, guapísimas. Al menos dos de ellas espectaculares.

Para qué nos vamos a engañar… un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero la mayoría de esos minutos son de relleno. El tiempo efectivo de juego emocionante es una pequeña parte del total. Así que, si además de ver un partido podíamos ver a dos bellezones dar saltitos (con lo que eso conlleva) y agitar una bandera de España… mejor que mejor… ¿No? Pues eso mismo debió de pensar Rico cuando apareció y se dio cuenta del panorama… sobre todo porque me miró y levantó el pulgar dando su aprobación…

El partido no lo voy a resumir. Sobre todo porque sólo las personas en coma y algunos presos de Guantánamo en aislamiento sensorial no sabrán cómo terminó el encuentro. Ganamos, España jugó de vicio y Rusia fue una marioneta en nuestras manos. Los jugadores dieron patadas al balón, hubo varios tiros a puerta, pases en profundidad, y algunos jugadores corrieron la banda. Bueno, y el linier levantó la bandera varias veces. La diferencia es que esta vez ganamos…

Y las rubias saltaban, y se hacían fotos con nosotros, y con un tarado con la cara pintada con la bandera de España… y se rieron mucho, sobre todo cuando todo el bar empezó a cantar “¡¡Que paguen las rubias, que paguen las rubias!!

En el descanso (o intermedio, como lo llamó Atenea) decidí acercar posiciones con las rubias. Más que nada para que conocieran la simpatía española, y la amabilidad innata del país y sus gentes. El turismo es la fuente principal de ingresos de la nación y yo soy un patriota… aporto mi granito de arena para fomentar el turismo, sobre todo si es de tías buenas altas y rubias. Eran estudiantes de vacaciones, de San Diego, California (y quedé de miedo, porque cuando una de ellas dijo “San Diego”, yo dije “Ah, California”… ver tanto cine americano da sus frutos). Hablaban lo justo de español, lo que no desentonaba con mi inglés más que justo. Aún así conseguí sacarles unas cuantas sonrisas.

Es posible que os parezca un poco raro que estando Huracán delante intentara acercarme a las rubias. Pero, en fin, no es bueno que un hombre esté solo. Y se supone que somos amigos ¿No? Aunque creo que ella no pensó lo mismo, porque empezó con sus ardides. Las artes de Huracán: ojitos, cuchicheos al oído, y abrazos al celebrar los goles… los tres goles. Esas cosas son las que hacen que uno se desconcentre del partido. Pero eso sí, esas cosas también hacen que uno deseé que haya más goles. Otro par de ellos no habrían estado mal.

El caso es que, al terminar el partido, en lugar de irme con las rubias, me marché con Huracán, a celebrar la victoria. Vamos, no es que lo de las rubias estuviera hecho, pero es que ni lo intenté. Y nos fuimos a un bar cercano donde hacen unas caipiriñas muy buenas. A mí no es que me vuelvan loco esas cosas, pero a Huracán sí. Al menos en el local ponen muy buena música. Me resultó curioso que el camarero saludara a Huracán, aunque supongo que habrá salido mucho por aquí últimamente, y mientras comentaba algo del partido con la niña nos preparó dos caipiriñas. Eso sí, puso la guinda.

– ¿Puedo haceros una pregunta? – Dijo el camarero, aunque no dio tiempo a contestar – ¿Vosotros sois hermanos?
– ¿Cómo? – Dije.
– Es que os parecéis un montón…
– ¿Tú estás de guasa? – Dije, aunque pensé “¿Tú eres gilipollas?”
– No, no somos hermanos – Dijo Huracán
– No, en serio… os parecéis cantidad.
– Mira tío, espero que todo lo demás lo tengas mejor, porque lo que es la vista la tienes fatal. Y para que lo sepas, muchas cosas que hemos hecho ella y yo han estado prohibidas por la mayoría de las civilizaciones…
– Vale, vale, perdona…

Me sentó mal la tontería. Si le gustó Huracán, que le pidiera el teléfono y listo. Eso sí, que esperara a que me fuera al baño o algo así. Pero tampoco era como para desacreditar… digo yo.

Debía de ser la una de la mañana mientras paseábamos destino a casa de Huracán. No es que pensara en que fuera a pasar nada en concreto… simplemente tenía mi coche aparcado muy cerca. En ese momento me sonó el móvil: Era mi madre y no eran buenas noticias. Habían robado en la tienda de mi padre. Por lo visto tres desalmados, aprovechando las celebraciones por la victoria de España, y ayudados por la tapa de una alcantarilla, rompieron el escaparate blindado de la joyería de mi padre.

Así que sin casi despedirme de Huracán (nada sofisticado, un beso en la mejilla) la dejé en su casa y salí pitando para la tienda, donde me esperaba él y dos guardias civiles levantando acta de lo ocurrido. Dos lunas rotas del escaparate y media docena de relojes desaparecidos…

Una bonita forma de celebrar la victoria de España.

¿Qué pasará en la final?

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Ayer se me hizo muy tarde en la oficina. Tan tarde como que eran las diez de la noche cuando salí por la puerta. Obviamente no había nadie en el edificio, excepto el guarda de seguridad y la señora de la limpieza, y casi no había ni un alma por la calle. Normal: Las nubes negras, pero negras como el carbón, prometían algo más que unas cuantas gotas inocentes. Los rayos confirmaban esa idea y la carga eléctrica en el ambiente erizaba el pelo de la nuca. Por suerte el coche estaba muy bien aparcado en la misma puerta de la empresa.

En la radio hablaban sobre el partido de España del domingo y de San Iker Casillas, y se me ocurrió la idea de que molaría tener un San Sr K. En realidad creo que algo de eso hay, aunque no soy creyente. Y en estas estaba cuando noté algo raro. La rueda delantera derecha del coche parecía no ir del todo bien. Así que aparqué en un vado y me bajé a ver qué pasaba…

Pinchazo.

Con cuidado llevé el coche hasta una gasolinera cercana para intentar proceder al cambio de rueda. Mientras tanto la tormenta seguía amenazando a cierta distancia, y los truenos decían en su idioma “Te vas a cagar, chavalote”. Ni que decir tiene que era primordial la velocidad. Lo que habría dado yo por tener un equipo de mecánicos a lo Fernando Alonso… pero en lugar de eso tenía una llave endeble, un gato y una rueda de repuesto… y mucha presión en el ambiente.

Levanté un poco el coche con el gato, lo justo para poder aflojar los tornillos de la rueda. Con la llave hice fuerza para aflojar un tornillo. Bbuuufffff!!!!Ya estaba… me había roto algo por dentro. Otro intento… Bbuuunnnnnfffff!!!!Nada. Empecé a pensar que los tornillos estaban soldados a la llanta. Una gruesa gota resbalo por mi cara. Por suerte sólo era sudor. Pero la tormenta estaba casi encima de mí.

Como hago siempre que tengo un problema, di un paso atrás y reflexioné sobre ello. A ver… tenía un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto. Obviamente no era suficiente para solucionar el problema ¿Con qué otros elementos contaba? Con un móvil. Coño… haber empezado por ahí… F1 ayuda. Pero… ¿No iba a ser capaz de resolver el problema yo solo? Joder… maldito orgullo. Nuevo planteamiento. A ver… tenía un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto…

En ese momento la puerta de atrás de la gasolinera se abrió y salió una chica espectacular. Espectacularmente grande, quiero decir. Debía de ser de mi tamaño y peso, más o menos. Pero en chica. Y con coleta. Bueno, y con una gorra amarilla a juego con el uniforme de dependienta de la gasolinera. Se proponía hacer algo completamente inapropiado, tratándose de una gasolinera: fumarse un pitillo.

– ¿Te puedo echar una mano? – Me preguntó.
– No sé… ¿Tienes una llave mejor que esta? Es que es una mierda…
– No, lo siento. ¿No puedes quitar los tornillos?
– No, que va… lo he intentado todo, pero es que se dobla la llave…
– Déjame que pruebe – me dijo, aunque añadió por el bien de mi ego – aunque si tú no has podido yo no creo que pueda.

Y con el pitillo en la comisura de los labios y arremangada agarró la llave con las dos manos y haciendo fuerza dijo: Bbuuunnnnnfffff!!!!Ya sé que era mi rueda, la tormenta estaba encima nuestra y era prioritario para mí salir de allí, pero os aseguro que deseé que no pudiera aflojar el tornillo. Lo sé, es un pensamiento muy estúpido.

Obviamente no pudo. Y respiré aliviado. La chica se terminó el pitillo y volvió a entrar en la tienda. Así que me quedé solo otra vez. Bueno, yo y la tormenta. Nuevamente me planteé el problema y enumeré las herramientas con las que contaba. Un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto… y, menuda tía más grande… a ojo de buen cubero, rondaría los 90 kilos… joder… como yo…

Y me pitó el ordenador. No había contado con el otro elemento disponible: La Gravedad. Tenía que probar. Así que me quité la camiseta, quedándome con el torso desnudo, y con el viento que se había levantado y los rayos a mi espalda, casi parecía una versión de andar por casa de un dios vikingo. Me escupí en las manos (más por imagen que por ser algo necesario) y agarré la llave con las dos manos. Apoyé todo mi peso encima y todos mis músculos se tensaron (aunque no se notó debido a la capa de grasa subcutanea)… Bbuuunnnnngggggggfffff!!!!

El tornillo cedió.

Sabiendo lo que tenía que hacer, sólo había que repetirlo otras tres veces. Al final conseguí poner la rueda más o menos rápido, aunque terminé tiznado de negro por todo el cuerpo. Cuando entré en la gasolinera para lavarme, la chica grande no estaba. No pregunté por ella… seguramente me dirían que allí no trabajaba ninguna chica grande… es que mi San Sr K adopta las formas más extrañas para ayudarme…

Por cierto: empezó a llover en el momento en que arranqué el coche para irme…

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El sábado fue una noche especial, de esas que se tarda un tiempo en olvidar. Si las enfermedades del cerebro lo permiten, en realidad no se pueden olvidar en la vida. Y desde que existen cámaras digitales, el recuerdo perdura durante más tiempo (en teoría los CD’s tienen una vida aproximada de 100 años… pero creedme, es mentira. Sé de lo que hablo).

Los antiguos hombres primitivos, los que andaban con taparrabos y utilizaban la sofisticada técnica de ligue de regalarle un mamut a su amada, tenían pocas diversiones en las cuevas. El chat tardaría algunos siglos en ser inventado y en realidad a nadie parecía importarle que Bea fuera guapa o fea, sobre todo porque la depilación sólo era una bonita idea con sorprendentes posibilidades en la mente de alguien. Todavía no se había inventado la religión así que andaban un poco escasos de puentes y de fiestas, por lo de la ausencia de santos, así que las pocas oportunidades que tenían de celebrar algo casi siempre pasaban por los acontecimientos más básicos: los ciclos del Sol.

El caso, y no me enrollo más, es que el sábado era un día de esos que se celebran desde hace miles de años: El solsticio de verano. Para los que no estén habituados a lo términos astronómicos, el solsticio de verano significa que el Sol ha alcanzado su posición más alta en el cielo (por los caprichos de las órbitas). En términos prácticos significa que es el día con más horas de luz del año, y a partir de ese momento los días vuelven a hacerse más cortos poco a poco, hasta llegar justo al solsticio de invierno, también conocido como Navidad.

Hay gente que celebra este día haciendo grandes hogueras. Otros atraviesan ascuas al rojo con los pies descalzos y señoras de pantalones arremangados a cuestas. Otros decidimos ir a una montaña muy alta y despedir al Sol del día más largo diciendo adiós con la manita, para saludar como se merece al nuevo Sol de la mañana. Como dice el dicho: Hay gente para todo.

La noche fue corta y larga a la vez. Fue muy larga porque pasé un poco bastante frío. Es lo que tiene dormir a la intemperie con un saco liviano como única protección cuando la noche pedía uno gordo. Algo que jode mucho teniendo en cuenta que el saco gordo se quedó en casa. Lo resolví acostándome con toda la ropa de abrigo puesta (incluso con guantes y gorro de lana). Pero lo molesto fue el viento que se levantó a medianoche. Así que podemos decir que dormí a ratos.

Anochecer Rojo Sangre

Pero en realidad fue corta porque objetivamente duró muy poco, empezó casi a las once de la noche y terminó a las cinco y veinte de la mañana. Creedme, lo sé… porque yo estaba allí para verlo. ¿Y qué es lo que vi? Vi un sol rojo sangre hundirse poco a poco en el horizonte, entre nubes naranjas y montañas oscuras. Y también vi los primeros rayos del sol despuntando al alba y cómo el cielo negro se fue clareando con tonos anaranjados lentamente, y borrando de la bóveda celeste las pocas estrellas brillantes que la luna llena de Junio no anulaba con su blanco resplandor.

Amanecer en la Najarra

Fue un espectáculo memorable para tan señalada fecha. Una forma magnífica de recibir el año nuevo.

¿Y sabéis qué? Creo que para todos los que celebramos el año nuevo, ya sea en lo alto de la montaña, o en una casa con velas y rodeado de amigos, éste año nuevo que empieza será genial. Estará lleno de cosas buenas, de proyectos nuevos y excitantes y de gente alucinante con la que compartir grandes momentos. Este año que empieza será nuestro año.

A todos, Feliz año Nuevo. O como diría alguien… Feliz Jujaño Nuevo.

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Antes de nada quiero pedir perdón a mis compañeros del club de los jueves porque esta semana he faltado a las correcciones, que es en realidad la miga de todo este asunto. Pero es que entre unas cosas y otras no he podido escribir nada hasta hora. En realidad estaba un poco en blanco. Pero aprovechando la hora de la comida (y otro par más de ellas, para que Ana no me diga que sólo le dedico 10 minutos al club) he escrito este pequeño texto. Ahora necesito vuestra ayuda para elegir el final, porque no sé cual poner. He escrito los dos. Bueno, y a los del club, dadme toda la caña que me daríais de haberlo puesto en el foro, ¿Vale?

Era temprano y, como cada mañana, Damián recorría a paso vivo las frías calles por el paseo de los olmos. Era muy temprano y el sol de invierno todavía no había hecho acto de presencia. Incluso todavía se veía alguna estrella brillante. Aún así había mucha gente por la calle, algunos trajeados, algunas con tacones, todos con cara de sueño y todos con el mismo destino: la estación de cercanías.

Desde hacía mucho tiempo esa se había convertido en su rutina. Arrancarse de la cama a fuerza de echarle voluntad, vestirse y salir a toda velocidad con un café con leche templado dando guerra todavía en el estómago. Todo con un propósito: llegar a tiempo a la estación.

En realidad no temía perder el tren. En realidad él cogía el tren una hora antes de lo que debería hacerlo. Así que no había prisa. Y, bueno, nunca le importó tener que ir de pie o apretujado. No leía y tampoco era capaz de dormir en los incómodos asientos de plástico de los nuevos trenes de cercanías. Pero, aunque en el tren de una hora más tarde iría más cómodo, más descansado y mejor desayunado, había una razón para su sacrificio: Ella.

Había coincidido con ella un día atípico y se quedó como un idiota mirándola hasta que llegó el tren. Después, entre el bosque de gente, la observó detenidamente, aprendiéndosela de memoria. Era tan bonita… de pelo oscuro no demasiado largo y de piel muy blanca, ojos muy grandes y mirada triste. Estaba embutida en un abrigo negro abrochado hasta arriba y se protegía el cuello con una bufanda de colores. Se agarraba a la barra del techo con una mano fina y miraba al infinito, ensimismada en sus pensamientos, ajena a los traqueteos del tren. Ajena a todo y a todos. Damián lo supo al instante: Se había enamorado.

Se preguntó cómo sonaría su voz. Se preguntó de qué color sería su risa. Se preguntó qué sabor tendrían sus besos. Se preguntó por el olor de su pelo. Se preguntó por el tacto de su piel. Y se preguntó algo más importante: Su nombre.

Ese día la perdió entre la marea humana al llegar a Atocha. Pero al día siguiente volvió a coincidir con ella. Y al siguiente, y al otro. Pero nunca tuvo valor para acercarse y decirle algo. Nunca. Porque él se veía a sí mismo muy pequeño, insignificante al lado de semejante mujer. Insulso, inculto y para nada interesante. Él no tenía nada que aportar y el final era fácil de predecir: ella le rechazaría.

El invierno pasó y llegó el verano y luego nuevamente el otoño. Damián buscaba estar cerca de ella cada mañana y no perderse detalle de lo que hacía, intentando adivinar por la expresión de la cara cuales serían sus pensamientos. Un día se obró el milagro y un asiento se quedó libre entre ellos dos. Él, amablemente, se lo cedió con un gesto de la mano. Y fue feliz el resto del día: ella le dedicó una tímida sonrisa de agradecimiento.

Algo había cambiado en ella. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando en el vagón y él creyó adivinar un brillo de reconocimiento en sus ojos. Incluso notó que ella se arreglaba más o que ya no tenía la mirada triste. Y una idea fue tomando forma en su cabeza: Le declararía su amor.

Final 1

Damián tardó un tiempo en reunir el valor suficiente. Pero tenía claro que no podía esperar más. Y se acercó esa mañana de invierno a la bella mujer, a su amor secreto. Y se presentó y ella sonrió todo el tiempo y para nada le rechazó. Quedaron, salieron durante un tiempo y se fueron a vivir juntos. Todos lo sabemos: son el uno para el otro.

Por eso os pido que alcéis vuestras copas y brindemos por el largo y fructífero amor entre nuestros amigos: Damián y Ángela.

Final 2

Damián tardó un tiempo en reunir el valor suficiente. Pero tenía claro que no podía esperar más. Y se acercó esa mañana de invierno a la bella mujer, a su amor secreto. Y se presentó y ella sonrió todo el tiempo y para nada le rechazó. Hablaban animadamente el uno pegado al otro, agarrados a las barras del techo, ignorando el traqueteo del tren y los empujones y pisotones de la gente. Y se miraban a los ojos mientras el tren entraba en la estación de Atocha, para no volver a salir: Fue el 11 de marzo.

Hay más relatos en las casas de:

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Un Español más

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Me he levantado filosófico esta mañana. Y me he estado preguntando la razón por la que, si otras plataformas blogueras son más estables, funcionan mejor y tienen posibilidad de meter pijadas, nosotros seguimos aguantando aquí.

Creo que tengo la solución.

Por la gente.

Ahora quiero que hagáis un ejercicio de imaginación. Es muy difícil, así que tomaos vuestro tiempo. Quiero que os imaginéis como sería la comunidad sin Patita de Goma.

Aburrida, ¿Verdad?

Yo aún diría más: Mortalmente aburrida.

Patita está en todos los fregados, pisando en todos los charcos, y animando el cotarro. Con su paticuliar forma de hacernos reír a todos. Y muchos somos los que la seguimos. Porque Patita es una se esas personas que, invariablemente se hace querer. Y no lo digo sólo por ese “pico” tan estiloso, o su forma de mover su colita, sensual y sugerente. Tampoco porque sea la Patita de Goma más guapa que jamás haya conocido ser humano… no. Lo digo porque Patita es buena gente. Es muy buena gente. Y eso, amigos, mola mucho.

Así que, desde aquí os digo:

¡!!FELICITAD A PATITA, COÑO, A LA ORDEN DE YA!!!

Muchas felicidades Patita de Goma. Que cumplas muchos más (pero que no se te note).

Y como colofón, un robado que le hice a Patita un día de playa

Un besazo.

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Es curioso como la vida a veces te junta con gente interesante. No hay que irse muy lejos para comprobarlo: La Comunidad es un buenísimo ejemplo de lo que estoy diciendo. En este año (casi) que llevo rondando por aquí he conocido a gente interesantísima, en algunos casos diría que excepcional. Gente que doce meses antes no estaba, no existía, y que ahora son imprescindibles en mi vida.

Algo así pasó con El Rey.

Vamos a ver. No es que yo sea amigo de Juan Carlos I, el Rey “oficial” de este reino de pandereta. No. Se trata de otro de mis famosos motes. A mi amigo El Rey le llamo así porque el mote de Puto Amo ya estaba cogido. Y es que al Rey (al igual que al Borbón) le encantan las mujeres y hace, hacía, gala de una habilidad sin igual para llevarlas a su terreno. Terreno que solía ser acolchado y calentito y casi siempre con las sábanas a juego. Tú decías el nombre de un sitio y lo más seguro es que El Rey hubiera follado allí. Nosotros sospechábamos que sólo el 10% de lo que decía era verdad… pero aún así estamos hablando de una gran cantidad de polvos.

Mi amigo El Rey es un tipo carismático, de esos que aglutinan gente a su alrededor, como si de la corte del reino se tratase. Pero su carisma no estaba basado en ser un tipo especialmente divertido. De hecho sólo hay una persona que cuenta los chistes peor que él… y es Bob el silencioso. Y es excesivo en muchos aspectos. De risa fácil y de más fácil ira. Pero no sé, tiene ese algo que cae simpático. Y, bueno, sabe mover a la gente.

Le conocí un verano durante un viaje organizado a Palencia. Él se acababa de separar de su mujer y estaba en esa etapa despendolada pos separación tan típica de los que acababan de entrar en la cuarentena. Atacó a todo bicho viviente que se autodenominara mujer con algún que otro éxito. Y, bueno, me fichó para su corte de seguidores. Digamos que entendí enseguida que había un montón de cosas que podía aprender de él. Una de ellas: a leer el futuro en la palma de la mano. Esto puede parecer una tontería, pero os aseguro que, bien usada, es una técnica colosal para romper el hielo.

Me dio un montón de consejos para conquistar a Morcillita. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera seguido alguno… sobre todo porque él es un tipo mucho más directo que yo. Supongo que es por eso de las rachas. Él estaba acostumbrado a tener un alto nivel de acierto, lo que da confianza rematadora. Yo, por el contrario, había sido vapuleado en no pocas ocasiones… y eso no ayuda mucho a la hora de marcar gol. Ya me entendéis.

Pero apareció La Reina. Y sentó la cabeza, cosa que agradecieron muchas mujeres. Y mi bolsillo… porque ir con El Rey era ir a todo trapo. Él ganaba una pasta y no se privaba de casi ningún lujo. Cenas, viajes, espectáculos, copas. Más copas… una sangría para mi economía más bien modesta (comparada con él, era equivalente a la de un mendigo)

No todo era salir de noche, El Rey, Bob el silencioso y yo montamos un pequeño grupito por Internet para salir al campo. La idea era estar un año haciendo prácticas, y luego dar el salto a la empresa privada. Queríamos hacer una especie de agencia de viajes de aventura. Pero nos faltaba experiencia aunque nos sobraban ganas. Si exagerar lo más mínimo, tuvimos un éxito arrollador, muy superior a nuestras expectativas iniciales. En sólo un par de semana tuvimos más de 100 personas interesadas, y al poco tiempo movíamos grandes cantidades de gente por la montaña. De hecho a veces me reconocen por la calle, y no como el Sr K, precisamente (me ha pasado tres veces: una en el metro, otra en un aparcamiento de una estación de esquí y la tercera y más sorprendente, un tío en una fábrica de pañales de la provincia de Toledo, que me había visto por la tele. No soy lo que se dice un tío famoso, pero no deja de ser curioso).

Pasó el año y no seguimos con la idea. No montamos la agencia de viajes de aventura. Nos daba mucho palo empezar a cobrar a gente que, de alguna manera, se había convertido en amiga. Para que os hagáis una idea, de ésa época es la aparición de Lentillas y de algunos otros personajes que han desfilado por estas páginas. ¿Cómo cobrarles?

Él cambió de trabajo, se casó con la Reina y tuvieron una niña. Digamos que nuestros mundos se separaron. Sobre todo de horarios. Y en distancia, cuando se compró el chalet en el norte, muy lejos de mi casa en el Sur. De vernos todos los fines de semana pasamos a vernos nada más que en las cenas de Navidad y ya ni eso.

Antes del cumpleaños del domingo, no le había visto desde las navidades del 2006. Curiosamente parecía como si nos hubiéramos visto el domingo anterior…

Por cierto: sé que con un título como el que he puesto entrarán muchos monárquicos y muchos más republicanos atraídos por la posibilidad de polémica. Si alguno de vosotros pasa del segundo párrafo y llega hasta aquí, por favor, dejad un comentario… así sabré que he conseguido interesaros por algo completamente diferente…

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¿Qué nos está pasando? A ti, a mí, a nosotros, a todos… Sentémonos un momento y pensemos sobre ello. ¿No tenéis la sensación de que el mundo está irremediablemente loco? Poco a poco el sentido común, el menos común de los sentidos, parece haberse ido de vacaciones. Unas largas vacaciones. Y ahora impera la velocidad y el tocino. Y los cojones y el comer trigo. Como muestra unos cuantos botones.

Yo soy vocal de la comunidad de vecinos en la que vivo. Debo de ser la “A”, porque mi portal es el primero. Y ayer, ayer domingo, había una reunión de vocales. A las 11 de la mañana. Total… ¿Quién necesita dormir? Había que poner en común una serie de temas para incluirlos en el orden del día de la próxima junta de propietarios. Una junta muy especial porque se unen 400 familias más al gallinero, todos los de la segunda fase. Y se trataba de aclarar que “nosotros” tenemos una serie de puntos que “ellos” deberán acatar. Uno de los puntos a acatar son las normas de la piscina.

La constructora que edificó la urbanización decidió que la piscina no necesitaba capas de aislante, porque tenía la intención de usar un agua especial muy obediente y poco aventurera, más propensa a quedarse en el vaso de la piscina que a buscar pequeñas grietas e inundar los garajes. Lo que ocurrió es que se les debió de olvidar dar el curso de formación al agua… y así pasó: humedades en los garajes y más de 6000€ de agua tirados, literalmente, por el desagüe. Y un montón de meses de obras en la piscina, demanda judicial a la constructora y, como no, una derrama especial para pagar todo esto… por suerte la piscina ha sido reparada a tiempo.

Yo, en otra de las juntas, propuse que en lugar de llenar la piscina con agua, la llenáramos de hormigón, y un problema menos. Porque si la gente se diera cuenta de lo que realmente le cuesta la piscina (mantenimiento, socorrista, agua y luz) durante todo el año, para sólo dos meses de posible “disfrute”, optarían por pagar un bono en la piscina municipal y regalar manguitos de colores a los niños. Pero no. Me miraron como si estuviera loco. Ahora somos ricos, y hay que tener piscina en casa. Y, por supuesto, hay que discutir sobre las normas de la piscina durante horas. Un domingo por la mañana.

Otra peculiaridad que se da en mi urbanización, es que los propietarios somos minoría. La mayor parte de los pisos han sido comprados por un banco, y los alquila impunemente a cuantos pueden pagarlos. Y no son alquileres baratos precisamente. Pero aún así tenemos una pequeña China, una pequeña Camerún, una pequeña Polonia, una pequeña Colombia y una pequeña Marruecos en la urbanización. Gente trabajadora (o no). Gente, y punto. Como cualquiera. Y esta gente tiene hijos y, fíjate tú lo que son las cosas, quieren que sus hijos se bañen en la piscina. En “nuestra” piscina. ¿Habrase visto semejante desfachatez?

Hubo uno que propuso que pagaran un euro cada vez que quisieran bañarse en la piscina. Y dio igual que se le explicara que como arrendadores de una propiedad tienen todos los derechos del propietario mientras dure el arrendamiento, incluido el de bañarse en la piscina. Y sus hijos también.

Después de dos horas hablando sobre esto, llegamos a la conclusión de que se aplicarían los mismos criterios del año pasado, pero que se limitarían las invitaciones a 5 por vivienda. Y que los carnés deberían tener foto. Y estar sellados. Y que quedaban prohibidos los bañadores de color verde.

Digamos que perdí dos horas de mi vida.

De los aires acondicionados hablaré otro día.

Después de morir intelectualmente en la junta, me marché a un cumpleaños de un amigo, del que os hablaré mañana, seguramente. Este amigo celebraba su cumpleaños haciendo una paella en la piscina de su urbanización. Con sus nuevos amigos de la urbanización. Y sus muchos hijos de todos ellos. Y yo era el único no emparejado y no poseedor de hijo de cuantos estaban allí. Así que como podréis imaginar, no pude meter mucha baza en todo el día. Pero sí presté atención a cuanto oí.

Lo primero que quiero aclarar es que la urbanización donde vive mi amigo está situada en el norte, se compone de enormes chalets, y lo habitan cargos intermedios de empresas punteras. No exactamente ricos, pero sí adinerados. Gente bien. Posiblemente gente de origen humilde, pero que ahora vive bien. Muy bien.

Así que hablaron sobre la nueva empleada del hogar que había contratado no sé quien. Que si se planteaban contratarla a tiempo completo. Sobre la cuidadora del niño, o del jardinero… de ese tipo de cosas un poco alejadas de mi realidad. Pero lo que me llamó la atención fue el tema cumpleaños de los niños.

Son como pequeñas bodas.

Según una de las madres, ella salía a dos cumpleaños por mes, más o menos. El precio de tener un hijo popular en el colegio, supongo. Y me explicó que había diferentes precios, dependiendo de varios factores. Si había piscina de bolas, payaso animador, pintura de caras… o si en el menú se incluían chuches o no. Entre 12 y 20 euros por niño asistente… y en alguna había hasta lista de regalos.

Mientras volvía a mi casa me preguntaba si yo seré raro. Me parece un despilfarro que cada urbanización tenga una piscina. Quizá sea porque no tengo hijos, pero, la verdad, me parece más lógico que los niños naden en la municipal. Yo de pequeño lo hacía… y era todo un acontecimiento (y recuerdo los filetes empañados que nos preparaba mi madre con auténtico deleite).

Me parece un derroche que cada casa tenga su aire acondicionado, porque creo que es algo normal que en verano haga calor y en invierno haga frío. Para eso se inventaron las camisetas sin mangas y las bermudas de colorines para estar en casa. Y se deben de usar en verano, y no también en invierno, como ahora. Para el invierno están los patucos de lana que hacía mi abuela (y que todavía uso).

Me parece una locura que en el cumpleaños de mi hijo tenga que contratar un payaso que anime la fiesta, o una piscina de bolas… o sea, son niños. Dales una caja de cartón y deberían de montarse su propia animación, ¿No? ¿Y tienen que comer una hamburguesa a las 6 de la tarde? ¿Es realmente necesario?

Y pensé que a lo mejor los padres de hoy en día contratan payasos para animar las fiestas de sus hijos, porque ellos no pueden. Y (algunos) tienen asistenta, y una chica que les cuida al niño, porque ellos tienen que echar horas trabajando… para pagar a la asistenta, y a la cuidadora, y el aire acondicionado, y la casa, y la piscina de la urbanización, y el todo terreno y el utilitario, y el móvil (el de ellos y el de los niños), y…

¿En qué momento se perdió la perspectiva?

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