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Archive for 28/07/08

Al salir un día cualquiera por la noche es fácil ver a una, dos o medio centenar de chicas que te pueden resultar atractivas. A mí me pasa… y no sé si es cosa del verano o se trata más bien de los avances de la técnica… pero lo cierto es que hay un montón de chicas guapas ahí fuera (como decía el Capitán Furillo, aunque él en realidad decía eso de “Tengan cuidado ahí fuera”… pero, bien pensado, si hay tantas chicas guapas… Habrá que tener cuidado ¿No?).

El problema no es tanto que haya muchas o pocas mujeres que te puedan gustar… el problema es más bien que tú les gustes a ellas. No a todas a la vez, claro, de una en una… en realidad una. Esa. La que te ha gustado en ese momento. Se trata de hacerle ver que te gusta (eso ya lo sabe, claro, porque llevas un rato mirándola todo lo disimuladamente que has sido capaz… así que es eso o que tiene un moco pegado en la nariz), pero sobre todo se trata de saber si tú le gustas a ella. Y para eso hay que acercarse y decir algo. Es parte del trato… ¿Tienes pito? ¿Puedes mear de pie? Sí… pues te toca acercarte, macho. Bueno, a no ser que seas el doble perfecto de Leonardo Di Caprio, Brad Pitt o el que quiera que esté de moda hoy en día… a esos las chicas se les apelotonan alrededor. Pero como no te pareces a Leonardo Di Caprio, toca acercarse…

Quitando a los tipos borrachos o puestos de algo que sólo son atractivos para sí mismos, bajo su visión de la realidad distorsionada por las sustancias, el resto de tipos nos dividimos en dos categorías. Los monos y los brasas. Se distinguen claramente. Veamos un ejemplo:

El brasas se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

El mono se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

¿Cómo se distinguen? Cualquier chica los habría sabido al momento. Es muy fácil… el mono es el que está bueno.

Así que por pura dicotomía, yo pertenezco al grupo de los brasas.

A veces pienso que ligar por la noche es como ser delantero centro en un equipo de fútbol. O sea, ligar es como marcar un gol. A veces estás en racha y marcas en todos los partidos… como que te tiras media temporada sin oler puerta… y eso que tiras a todas las porterías que se te ponen por delante. Ojo, digo marcar gol, pero no estoy hablando de penaltis. Un penalti suele llevar acarreado un bombo y, a veces, una boda. Hay que tener mucho cuidado con los penaltis.

Bromas aparte, la moral es fundamental para ligar. Y como cualquier delantero sabe, con la moral alta se intentan cosas que no se pensarían teniendo la moral baja. Conseguir goles aumenta la moral, y llevarse palos, la baja. Algo muy simple. Para aumentar la moral no hay nada como las camareras. No estoy diciendo que las camareras sean fáciles, ni mucho menos. Es más, no suelen ser nada fáciles, acostumbradas a bregar con todos los tipos brasas del bar. Pero tienen una cosa a tu favor… están obligadas a hablar contigo. Así que al menos no tienes que romper el hielo… y no suelen ser desagradables. A lo mejor no marcas gol… pero practicas con los regates y los tiros a puerta…

Todo este rollo viene a cuento por lo siguiente: El viernes salí a tomarme algo con mi amigo Rico por el centro. Con él y con Gataparda. Avisamos a más gente pero el verano hace estragos en las filas de los amigos… la mayoría de vacaciones. El caso es que, como siempre, fuimos a una taberna donde ponen buen jamón y buena cerveza. Charlábamos tranquilamente cuando de pronto…

De pronto fue como si se hiciese de día. Una chica sonriente y preciosa entró en la taberna. Morena, pelo liso y largo, guapa, no, guapísima. Y lo que es más asombroso, vestida con un simple vaquero y una camiseta negra. Nada de pintura, nada de tirantitos, nada de minifaldas. Pero daba igual, porque la sonrisa quizá sea la sonrisa más bonita que he visto nunca. Blanca y radiante (como suele ir la novia), y constantemente puesta. La frase que estaba diciendo se cortó a medias y creo que todavía andan esperando que la termine… pero es que mi cerebro necesitaba de toda su capacidad para registrar el momento.

La chica añadió a su indumentaria un delantal de color vino, igual al que llevaban el resto de las camareras, y se situó entre la barra y las mesas. Yo no podía apartar la mirada. No sé si era el efecto de las cañas, el calor o qué, pero lo cierto es que no podía dejar de mirarla. Con disimulo, claro. O con todo el disimulo que era capaz de tener, equivalente al que podría aplicar un elefante en una cacharrería. En no pocas ocasiones nuestras miradas se cruzaron y, en contra de lo que habría sido lo lógico, mantuve la mirada siempre. Ella también. Y no perdía la sonrisa… así que os podéis imaginar como estaba en ese momento.

Llegó el momento de irse y, a pesar de que lo normal habría sido quedarnos en el bar hasta que cerrara, mis amigos no encontraron suficiente justificación en el argumento de que era la sonrisa más bonita que había visto. Así que pedimos la cuenta (a ella) y nos fuimos. Pero antes de cruzar el umbral me di la vuelta. No podía dejar las cosas así. Me planté delante de ella y le dije:

– Hola.
– Hola.- Y me obsequió con una sonrisa marca de la casa.
– ¿Puedo saber tu nombre? – En realidad la frase que tenía que haber salido era “¿Puedo saber tu nombre? Es para saber con quien voy a soñar esta noche”, pero por algún motivo del subconsciente, sólo salió la primera parte…
– Sí, me llamo “…”. ¿Y yo puedo saber el tuyo?
– Claro, soy Sr K
– Encantada Sr K.
– ¿Sabes que tienes una sonrisa preciosa?
– Gracias. – Y sonrió otra vez.
– No… gracias a ti. De verdad.

Y me marché.

Podría haberle pedido el teléfono. Lo sé. Quizá haya sido un error, pero mi Estado Mayor creyó conveniente no hacerlo. No todavía. Cualquiera puede pedir el teléfono, y eso no me diferenciaría de un brasas cualquiera… ella podría haber estado siendo sólo educada.

El plan es volver a encontrármela en ese bar e iniciar un segundo contacto.

No me he equivocado… ¿Verdad?

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