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Archive for 25 noviembre 2008

Ascendiendo lentamente

Ascendiendo lentamente

Tal y como conté en la anterior entrega, la noche dentro del saco fue mucho mejor de lo esperado. Fue hasta calurosa. Aunque los efectos de la altura estaban empezando a hacer estragos en mi organismo. Para empezar no conseguía respirar bien del todo, lo que me hizo descansar malamente. Cualquier movimiento dentro del saco, algo tan rutinario como darme la vuelta en la cama o quitarme las mallas por tener calor, ponían mi corazón a la velocidad propia de un adolescente enamorado. De momento no tenía dolores de cabeza o mareos, pero me estaba empezando a dar nauseas la comida, especialmente un sabor de fondo que parecía tener todo… lo que hizo que apenas probara bocado. Tenía como una desazón y simplemente estaba cansado de comer el pan tibetano del desayuno, o el arroz de la comida. Hasta el queso me producía nauseas… algo que quien me conozca sabrá que es tan poco probable como ponerme a rezar un padre nuestro espontáneamente.

El amigo mal de altura estaba conmigo sin haberle invitado.

Nuestro guia en un precario puente de madera

Nuestro guia en un precario puente de madera

El plan para ese día era muy sencillo: Pasaríamos de los 4.200 metros de Ledar, a los 4.900 metros, del High Camp, invirtiendo en ello entre tres y cuatro horas nada más. Además, más de la mitad del recorrido sería ganando altura muy lentamente, lo que haría más llevadera la marcha. Algo que se agradecería enormemente porque, aunque no tenía cansancio del día anterior, no había descansado. A pesar de que la noche habia sido fría, la escarcha helada que lo impregnaba todo así lo demostraba, no parecía que fuera a ser una jornada de temperaturas bajas. Al comenzar a andar el forro polar sobraba pronto y al poco rato ya habíamos guardado los gorros y las bragas en la mochila… no hay nada como una caminara enérgica para que suba la temperatura ¿No?

Un Yak lanudo

Un Yak lanudo

La estrecha vereda transitaba por unos páramos deshabitados y solitarios al borde del precipicio. Nuestra única compañía eran los matojos de hierba y algún arbusto despistado, aunque de vez en cuando un Yak lanudo aparecía entre la niebla y nos miraba aburrido mientras masticaba alguna correosa raíz. A lo lejos vimos cabras salvajes (a falta de un nombre más científico) saltando de piedra en piedra como si la altura y sus efectos no fuera con ellas. Cada poco nos teníamos que apartar para dejar paso a los serpas que nos alcanzaban y pasaban cargado con sus pesados fardos.

El serpa está en la media hora del bocadillo

El serpa está en la media hora del bocadillo

Cuando llegamos a Thorung Phedi apenas habían pasado dos horas de marcha. Éste campamento era el único punto habitado del camino entre Ledar y nuestro destino para ese día. Los que no habían dormido en Ledar la noche anterior siguieron hasta allí, ganandole un día a la ruta. Como después pudimos saber, la noche en el campamento había sido de todo menos placentera. Enormes goteras mojaban los sacos y el frío fue mucho más intenso que en Ledar, aunque sólo fuera por la diferencia de altitud. Nuevamente la suerte se había puesto de nuestro lado en el viaje. También fue en ese punto donde apareció tímidamente el sol durante un instante. Allí descansamos durante un rato, sentados en una mesa de piedra y refrescamos el gaznate con el agua fresca de la cantimplora, realmente fría por estar a temperatura ambiente. Yo aproveché el tiempo de descanso para comerme una barrita energética, a pesar de la nausea, más que nada por la insistencia de Lentillas, preocupada por mi apatía. Ella me conoce y sabe que soy un comilón incorregible.

Rocas y nieve... lo único que se veia en el camino

Rocas y nieve... lo único que se veia en el camino

En esas estábamos cuando nuestro guía nos dijo dos cosas: Primera, que el tiempo mejoraría por lo que el día siguiente sería un día magnífico (algo que hizo que miráramos a nuestro alrededor intentando ver lo que fuera que él estuviera viendo y que le hacía pensar eso); y segunda, que se adelantaría al High Camp para coger sitio. Dicho lo cual salió a la carrera por la empinada pendiente. Es sorprendente cómo esta gente es capaz de hacer éste tipo de proezas. Supongo que tienen cierta predisposición genética para adaptarse a la altura, además de muchos años de experiencia… pero verle brincar cuesta arriba a toda velocidad era, sobre todo, envidiable. Y no invidia de la buena precisamente. Yo no había recuperado el resuello cuando Chewan desapareció de nuestra vista detrás de una enorme roca.

La primera visión del High Camp

La primera visión del High Camp

Ante nosotros quedaban los últimos 300 metros de desnivel del día. Una zigzagueante senda pedregosa que ganaba altura por una empinada ladera y se perdía en la niebla. Al final de ese camino, decían, había un campamento donde dormiríamos. Para mí aquello era una pared vertical. Sin la supervisión del guía, que siempre se empeñaba en que fuéramos todos juntos, cada cual encontró el ritmo con el que se encontraba más a gusto para subir. Esa es una de las normas de la montaña, aunque suene a poco solidaria. Cada uno tiene un ritmo ideal, en el que cuesta menos esfuerzo caminar. Eso es lo que se aprende después de muchas jornadas de montaña: uno aprende a escuchar a su cuerpo y sabe qué ritmo es el más adecuado en cada momento. Aunque pueda parecer ilógico, andar despacio también cansa, si el ritmo que uno tiene es más elevado. Escarabajo, el más en forma de todos nosotros, salió en persecución del guía, al que no consiguió alcanzar por muy poco. Y yo, el más perjudicado por la falta de oxígeno, me fui quedando atrás poco a poco.

El High Camp en todo su explendor

El High Camp en todo su explendor

Esos trescientos metros fueron muy duros para mí. Invertí una hora y media en recorrerlos, pero a mí se me hizo eterno. Sobre todo porque la senda en zigzag no parecía tener fin. No se veía la meta en ningún momento y, cuando la pendiente parecía terminar algunos metros más arriba, aparecía otra cuesta detrás más empinada si cabe, para mermar la moral ya por los suelos. Si al menos hubiera brillado un sol radiante en el cielo… pero por suerte, después de un recodo y tras un rato de descanso para recuperar el aire, apareció, como si de la mismísima Shangri Lha se tratase, la pétrea figura del campamento. Su sola contemplación me dio la energía necesaria para esprintar en los últimos metros y llegar a la meta a buen ritmo. Eso, y la insidiosa grabación en vídeo de esos últimos metros por parte de Escarabajo. Si iba a quedar documento gráfico de mi llegada, no sería una imagen de un montañero destrozado a paso cansino.

A punto de inventar el Frigo-huevo

A punto de inventar el Frigo-huevo

El High Camp es una agrupación de casas bajas de piedra al pie de un cortado, Aprovechando un trozo de terreno más o menos horizontal. Está resguardado de los vientos que siempre hay por la zona por un farallón de piedra de enormes proporciones. El campamento se compone de un edificio principal, con las cocinas y el comedor, y las construcciones de piedra y barro que constituyen las habitaciones donde pasar la noche. Apenas un cuartucho pequeño donde dejar la mochila con un par de camastros de madera en los que tumbarse a dormir. En la sala común, el comedor, se domina desde sus amplios ventanales el valle que se extiende miles de metros más abajo, y se mantiene caliente por el calor de los fogones de la cocina y, bueno, el calor humano, que también lo hay.

Dormitando junto al ventanal... otra forma de aclimatación

Dormitando junto al ventanal... otra forma de aclimatación

Allí pasamos el resto del día, jugando de nuevo al mus o dormitando junto al ventanal por el que entraba de vez en cuando algún rayo de sol, como queriendo darle la razón a nuestro guía. Pero sobre todo tomando hot lemon bien calentito. Se estaba bien allá arriba.

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

Después de tantos meses de preparación, de imaginar la situación de mil maneras diferentes… estábamos a pocas horas de la cumbre. De alcanzar la meta.

Pero eso sería al día siguiente… muy, pero que muy temprano.

Por cierto: la mayoría de las fotos que ilustran este texto no son mías (razón por la cual salgo en casi todas, por otra parte). La explicación es que, entre otro de los efectos secundarios del mal de altura, estaba la de no hacer un número suficiente de fotos. De éste día y del día siguiente tengo muy poco material fotográfico… lo que es una pena, dada la belleza del entorno. Por suerte mis compañeros de viaje sí que estuvieron más atentos.

Para hacer las fotos más grandes sólo hay que hacer clic en ellas.

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

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Hablar de trabajo no es algo que me guste. Ni aquí ni en la calle. No es fascinante. Es más… es un peñazo aburrido. Pero no es por éste trabajo en concreto. Tampoco era algo con lo que disfrutase antes, cuando tenía presentaciones importantes en bancos delante de tipos con corbata y traje de 2.000€. O sea, creo que el trabajo es eso que me da de comer, pero que no se merece que gaste mi tiempo libre hablando de ello. Hay amigos que no saben cómo me gano la vida y la mayoría sólo sabría decir que hago “algo con ordenadores”. En cierta forma me dan pena los tipos que sólo tienen su profesión como tema de conversación. Yo soy muchas cosas mucho más interesantes que a lo que me dedico. O eso quiero pensar.

Pero hoy os hablaré un poco de él. Bueno…de la falta de él.

Desde que empezó el año, 360 compañeros nos han dejado. No es que hayan muerto… ha sido más bien un reajuste… una reorganización de la plantilla acorde a los tiempos que corren. Vamos, que aprovechando la crisis se han quitado de en medio a una persona por día (alguna más si no contamos los fines de semana). Ha bajado mucho la facturación… algo hay que hacer. Y la solución fácil es rebajar los costes de producción. Por casualidades que tiene la vida (y porque tengo muy fino el oído) estuve presente en una conversación entre dos directivos de mi empresa en la que hablaban de los despidos, refiriéndose a algunos trabajadores como “cánceres” y lo bien que había venido lo de la crisis para deshacerse de ciertas personas.

Hasta el momento los recortes de plantilla han alcanzado a todos los departamento. ¿A todos? No, a todos no. Hay uno que resiste a las fuerzas despedidoras (si es que esa palabra existe): mi departamento. En mi departamento estamos los mismos. Aunque ya se oyen palabras como “despido” en las conversaciones. Y yo he pensado en ello detenidamente.

De haber alguna baja, ese seré yo.

Tengo en mi contra dos cosas: soy de los que más cobran (y todo en “A”, además) y soy el que menos tiempo lleva en el departamento. Vamos, que sigo siendo el nuevo, a pesar de que llevo ya casi tres años. Así que sopesando fríamente esos dos parámetros creo que tengo todas las papeletas para recoger mis cosas en una caja de cartón y salir por la puerta. Echándome rebajan sustancialmente los costes y, además, no tienen que indemnizarme con mucha pasta. Así que como dicen en mi pueblo: Verde y con asas. Tranquilos… yo tampoco sé lo que significa.

He empezado a pensar en qué haré cuando esto ocurra. No en plan… “¡Dios mío, estoy sin trabajo¡ ¿Qué puedo hacer? ¿Por qué me pasa esto a mí?” y me rasgo las vestiduras. Que va. No soy de esos. Lo he pensado más en plan… pues me cojo un par o tres de meses “sabáticos” y me piro a Irlanda a practicar el inglés… o doy el salto al charco y me paso tres meses recorriendo Canadá, por ejemplo. O Nueva Zelanda, que está más lejos. Pero para practicar el inglés, ojo, que no es por vacaciones.

También puede ser una oportunidad para poner en marcha un proyecto que tengo en mente desde hace cinco años y que sólo necesita un pequeño empuje para comenzar su andadura. Y no veas el empuje que es lo de quedarse en el paro.

Tampoco es que diga que es una suerte lo de perder el trabajo. O sea, sé que tengo un trabajo en el que puedo hacer un poco lo que me venga en gana, que está cerca de casa, con un horario fantástico y en el que me pagan bastante bien sin exigir más de mis ocho horas reglamentarias (incluida la comida). Eso no se encuentra muy habitualmente por ahí. Así que me gustaría mantenerlo… un tiempo al menos. Mientras me sale algo mejor, claro. Así que estoy rebajando considerablemente mi acceso a Internet… digamos que no quiero dar motivos. Y eso, sumado a que mi vecino me ha cortado el acceso a la tarifa plana, ha reducido considerablemente mi presencia en el ciberespacio (algo que habréis notado).

Por cierto. Aunque todavía no me han dado el finiquito, la crisis ya me ha afectado directamente: una de las personas que nos ha dejado (involuntariamente) ha sido la chiquita de compras que me gustaba. Ni decir adiós le permitieron. Así que no me he podido despedir de ella.

Una verdadera lástima.

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Ya sé que ando un poco desaparecido últimamente… pero entre que el vecino se ha transformado en un censor muy duro (vamos, que ha cortado el acceso gratis a Internet) y a que ando enfrascado en un proyecto que consume mi tiempo, no posteo con la regularidad acostumbrada.Y tampoco corrijo los relatos de los compañeros, que es todavía peor. El caso es que saqué un rato el otro día y escribí este pequeño monólogo. El tema de esta semana era sobre un viaje en coche. Me he tomado la libertad de hacer una adaptación libre del asunto… mi propia visión de una Road Movie”. Espero que os guste.

Coño. Otro atasco… no sé que cojones pasa, pero últimamente somos cada vez más. Ya casi no recuerdo cuando íbamos fluidos… prácticamente sin pararnos en ningún sitio. Pero es que ahora… ahora no hay quien circule, joder. Recuerdo los viejos tiempos… ¡Qué tiempos aquellos! Claro que yo era más joven entonces y todo me llamaba la atención… ahora… ahora no me fijo por donde voy… podría ir con los ojos cerrados. “Te falta motivación, Eri”, dice mi mujer. Y un cuerno… es que es siempre lo mismo… la vida del transportista es pura rutina… carga… pégate con todo el mundo para hacerte un hueco… entrega la mercancía donde te han dicho, carga los desechos, llévalos a la planta de reciclado… y a cargar otra vez… es un muermo de curro… “Podría ser peor, Eri”, me dice mi mujer… claro… como ella trabaja en la dirección… aquí me gustaría verla a mí, con todos estos desalmados… yo no sé de dónde los sacan, la madre de dios, si es que cada vez van peor… coño. Ya me lo dijo mi padre: “Que el mundo del transporte es muy duro, Eri”… pero no le hice caso. Me dejé cegar. Pensaba… así veo mundo. ¡Ingenuo! Eso es lo que fui… un maldito ingenuo. ¡Mundo! Seré gilipollas… aquí lo único que veo es el maldito culo del de delante. “Tenías que haber hecho como tu hermano, Eri”, me dice mi madre… cuanta razón tiene… con lo bien que me sienta el uniforme… y en lugar de estar taponado en este maldito atasco, estaría luchando contra los invasores… ¡Tenía que haberme hecho un jodido Leucocito!

El protagonista se llama Eri, porque los glóbulos rojos también son conocidos como Eritrocitos. Y, bueno, había atasco porque el señor que llevaba a Eri en su interior estaba realizando un entrenamiento en altitud, tipo viaje a Nepal… lo digo porque ha habido dudas en el foro del Club y no he tenido tiempo de modificarlo.

Otros relatos en las casa de los compañeros del Club:

BANDAMA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/bandama4
BLOODY: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/gmonteliu
CÁSTOR OLCOZ: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/sixto-l-hotmail-com
CRARIZA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/crariza
CRGUARDDON: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/crguarddon
ELEFANTEFOR: http://lacomunidad.elpais.com/elefantefor
ESCOCÉS: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/escoces
JANPUERTA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/janpuerta
KARMEN-JT: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/karmen-jt
LOUIS DARVAL: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/blackdragon
NACHO: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/nacho-zaragoza
ODISEA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/mjvipra
PSIQUI: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/psiquiatradefamilia
QUADROPHENIA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/quadrophenia
REICHEL: http://andyesisaidyesiwillyes.wordpress.com/
UN ESPAÑOL MAS: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/un-espanol-mas
XARBET: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/f-menorca

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Nuestro tiempo de aclimatación terminó en Manang y llegó el momento de iniciar la ascensión. Los días de relax y mus habían terminado. La hora de la verdad se acercaba irremediablemente.

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Aunque la mañana era soleada, unas sospechosas nubes empezaban a avanzar por el valle y no presagiaban nada bueno. Para confirmarlo, nuestro guía nos metió prisa. Había demasiada gente en ruta, lo que podía hacer peligrar nuestras plazas en los lodges y, para más emoción, según él, llovería. A mí no me hacía demasiada ilusión hacer vivaque a 4.000 metros de altitud bajo una pertinaz lluvia. Bueno, a esa altura sería una pertinaz nevada. O sea, me gusta la aventura como al que más… pero eso quizá fuera demasiado.

Un muro Mani en mitad de la nada

Un muro Mani en mitad de la nada

Antes de empezar a caminar había que conseguir agua. Para evitar el mal de altura se recomienda beber cuatro litros de agua al día. Y el agua es un gran problema a esas altitudes. En realidad es un gran problema, pero para nosotros, los accidentales, porque ellos… ellos tienen un río enorme que baja con estruendo por el valle y cientos de cascadas de agua cristalina y pura. Pero los occidentales estamos un poco más limitados, porque no se recomienda beber el agua directamente (por correr el riesgo de visitar el baño más de lo deseable). Algunos resolvían el problema potabilizando el agua con pastillas de yodo, que dan un llamativo tono amarillo al agua. Otros, comprándola embasada en botellas de plástico. Y ahí está el problema. Para que os hagáis una idea en Bhulbhulé, el primer pueblo donde dormimos, el agua mineral costaba 20 rupias. O sea, un litro de agua por 20 céntimos. En Manang, la botellita de agua costaba ya 250 rupias. La misma botella de agua. La explicación es muy simple: cada botella de agua la tienen que subir a cuestas, ya sea a lomos de un caballo o a lomos de un serpa. Así que, a más altitud, más precio. Es una ecuación muy simple. El problema no es tanto económico como medioambietal. ¿Qué hacer con los millones de botellas de plástico vacías que se producen cada año? Porque todo ese plástico al final se va quedando por allí. Pues muy sencillo… el gobierno vende agua a precio asequible. Un litro, entre 60 y 90 céntimos. La diferencia es que la botella la pones tú… y ellos tratan el agua por ti. Así que, en esas altitudes y donde podíamos, íbamos recargando con agua potable. En Manang, por ejemplo, había una oficina potabilizadora de esas.

Una montañita de sólo 8.000 metros

Una "montañita" de sólo 8.000 metros

Así que, después de conseguir el agua, nos dimos prisa en salir de Manang, aunque ya todo el rato era caminando cuesta arriba. Ahora, cada paso que daba, constituía un nuevo record personal de altitud, lo que siempre es una motivación extra. Y, todo hay que decirlo, me encontraba muy bien, descansado y sin problemas de respiración. El mal de altura todavía no se había manifestado. Con suerte no lo haría. Estando motivados y descansados anduvimos deprisa, y más sabiendo que otros grupos habían tenido la misma genial idea. De hecho, casi todo el mundo había salido antes que nosotros… excepto los israelíes, que habían tenido problemas físicos unos días atrás y habían retrasado un día la aclimatación.

Otro templo

Otro templo

Ese día hicimos la autentica caza del caminante. Grupo al que veíamos a lo lejos, grupo al que dábamos alcance y pasábamos como una exhalación, dejándolos atrás. No seríamos nosotros los que dormiríamos al raso. No esa noche. En una de esas cazas, en un repecho especialmente empinado, y casi a los 4.000 metros de altura, alcanzamos un grupo especialmente numeroso. A mí ya me faltaba un poco al aire y necesitaba jadear un poco para mantener el ritmo infernal de mis compañeros. Justo al pasar por fuera del camino junto a dos señoras de mediana edad, una le dijo a la otra:

– Ese va a llegar reventado.

O mi inglés había mejorado con la altura o eran españoles. Que lo eran, claro. Y me hizo gracia, porque no pensaron que nosotros lo pudiéramos ser. Así que me di la vuelta y, sin parar de andar ni de jadear y manteniendo el ritmo dije:

– Permítame que lo dude, señora.- Para chulo, yo.

Tal y como nuestro guía había previsto, la lluvia hizo acto de presencia más pronto que tarde. Las nubes se cerraron y empezaron tímidamente a descargar una lluvia sólida de pequeño granizo, que no mojaba, pero que terminaría haciéndolo. Así que fue necesario usar el chubasquero y la funda de la mochila, sobre todo para evitar terminar empapado. Las cosas no estaban pintando bien. Llegó el momento de tomar una decisión.

Nuestro lodge. Si, de verdad... nuestro lodge.

Nuestro lodge. Sí, de verdad... nuestro lodge.

Teníamos dos opciones. Por un lado teníamos la opinión de Lentillas y de Escarabajo de intentar adelantar ese día y hacer dos etapas en una, para tomar altura lo antes posible y, según ellos, salir de la tormenta por arriba. Yo opinaba que lo mejor era intentar retrasar el paso lo máximo posible, para ver cómo evolucionaban las nubes. La verdad es que no tenía ganas de alcanzar la cumbre y no poder ver nada por la nieve y la niebla… en el mejor de los casos. Contando con días como contábamos, no habiendo prisa… ¿Qué más daba retrasar un día o dos la ascensión a la espera de una ventana de buen tiempo? Chewan, por su lado, nos dijo que todo eso estaba muy bien, pero que dependía de si había o no sitio en Ledar, el siguiente pueblo. Porque si no había, nos veríamos obligados a subir hasta el Hight Camp, a 4.900 metros de altitud y último lugar civilizado antes de la cumbre.

En Ledar había sitio y nos quedamos. Chewan hizo mucho hincapié en ello. Y la experiencia es un grado en estas lides.

Para que os hagáis una idea de cómo era el lugar os diré que el pueblo eran dos casas. Dos lodges junto a la senda, uno a 100 metros del otro. Y punto. Las habitaciones eran pequeñas y frías, sin un ápice de confort. Y estaban húmedas. Todo estaba húmedo. La única fuente de calor provenía de una pequeña cocina y todo el calor se escapaba por un gran ventanal sin cristales que había al fondo. Pronto nos quedamos tiesos de frío. Antes de que eso ocurriera me calcé las mallas, los calcetines de alta montaña hasta la rodilla, el pantalón de invierno, dos forros polares, el forro gordo, el gorro, la braga y los guantes. Y, aún así, tenía frío.

Lo necesario para jugar al mus...

Lo necesario para jugar al mus...

¿Sabéis lo difícil que es jugar al mus con guates? Porque eso fue lo único que hicimos durante todo el día. Cuando digo durante todo el día, me refiero mientras duró la luz. Porque en cuanto dejó de haber luz natural enchufaron una bombilla a una batería de coche y ya no pudimos seguir jugando. Bueno, jugar al mus y beber Lemon Tea… Hot lemon Tea. Very very hot lemon tea. Pero very hot que te cagas…

La anécdota de ese día es que comimos la mejor tortilla de patata de Nepal y constituyó un record absoluto de comer tortilla de patata en altitud.

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

Cuando nos metimos en los sacos estaba todo frío y húmedo. Muy desagradable. Me acosté con todo puesto… pero a media noche me había quedado en calzoncillos… los sacos eran muy buenos y mantenían el calor. Pensé en los serpas… ellos no llevaban sacos. Dormían sólo con una manta.

No éramos muy optimistas con respecto al día siguiente… Pero eso lo contaré en Nepal (8) – El High Camp, que este post me ha quedado muy largo.

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En mi reencuentro con el Club de los jueves el tema no podía ser más apropiado… abuelos y nietos. Y digo que no podía ser má apropiado, porque mis amigos dicen que seré el terror de mis nietos, con tantas historias como tengo para contar. En fin. Esta vez he intentado que mi relato muestre el conflicto generacional que se produce en familias ancladas con el pasado… y como estas pueden llegar a fracturar una familia. He dicho que pretende… espero que os guste.

– ¿Abuelo?
– ¿Sí?
– ¿Por qué vestimos de negro?
– Ya te lo he dicho un montón de veces…
– Ya… pero no lo entiendo..
– Porque así se nos ve menos por la noche. Para nosotros es fundamental que no se nos vea…
– Pero yo prefiero el verde. El verde es un color más bonito.
– No. La tradición es la tradición… y hay que cumplirla. El negro es nuestro color.
– ¿Y por qué usamos las ventanas para entrar en las casas?
– ¿Otra vez?
– Es que tampoco lo entiendo…
– Porque por las ventanas es más sencillo entrar… a la gente no le gusta que nosotros entremos en sus casas…
– ¿Y por qué?
– Porque nos temen.
– ¿Y por qué la gente nos tiene miedo?
– Porque siempre les quitamos algo valioso… y no quieren que se lo quitemos.
– ¿Y por qué se lo quitamos?
– Porque lo necesitamos para vivir…
– ¿Y no podemos vivir de otra manera?
– No.
– Papá dice que sí se puede hacer de otra manera…
– No me nombres a tu padre… es la vergüenza de la familia…
– Pero Papá viste de verde… y no entra por las ventanas a las casas de la gente…
– Tu padre es un vendido. No respeta la tradición. Tu padre no existe.
– Pero Papá dice que lo que hacemos no está bien. Que no hace falta quitarle a la gente…
– ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Técnico de laboratorio, abuelo…
– ¿Cómo?
– Sí, que es un técnico de laboratorio…
– Trabaja en un hospital y no es médico… ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Que no abuelo… que trabaja en el laboratorio… me ha dicho que es el responsable del banco.
– ¿Del banco?
– Sí, el banco de sangre…
– Anda, niño, no digas tonterías… tu padre es un enfermero ¿Cómo va a ser un vampiro el responsable del banco de sangre?

BANDAMA
BLOODY
CÁSTOR OLCOZ
CRARIZA
CRGUARDDON
ELEFANTEFOR
ESCOCÉS
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KARMEN-JT
LOUIS DARVAL
PSIQUI
REICHEL
UN ESPAÑOL MAS
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Voy a hacer un intermedio en la crónica del viaje a Nepal. Por dos motivos: porque estoy a la espera de un material gráfico que me tienen que pasar muy importante para ilustrar los textos; y porque han ocurrido cosas en mi vida cotidiana que merecen cierta consideración. Lo que ha pasado es que antes de irme a Nepal dejé pendiente un tema: una cena con una bella señorita. Y no una señorita cualquiera, no: Tofu.

Estaba apalabrado, pero sin una fecha concreta. Hasta esperaba que no se produjera en lo que queda de año, entre otras cosas por lo apretado de la agenda de la señorita en cuestión. Por eso me sorprendió que me llamara el viernes proponiéndome la cena para este fin de semana. Acepté, claro. A sabiendas de que sería en un vegetariano.

Dicen que hombre prevenido vale por dos. Y también dicen que lo importante no es saber, es tener el teléfono del que sabe. Y, en éste caso, tenía a mano al maestro de la cocina y reconocido miembro de esta comunidad, el Señor Daniel MacGill.

– ¿Me puedes recomendar algo que comer en el vegetariano? Es que la otra vez me quedé con hambre…
– depende mucho del sitio, claro.
– Ya… bueno, sé que no voy a comer tofu… eso seguro…
– A mí el tofu no me gusta, la verdad.
– Ni a nadie con paplilas gustativas…
– En este tipo de sitios suelen tener, por ejemplo, croquetas de nueces o de espinacas, si no te caen mal los fritos de noche… después suelen tener ensaladas con queso, generalmente de cabra o gorgonzola…
– Me gusta el queso de cabra…
– Yo conozco un sitio aquí que hacen una lasaña al pesto buenísima Pero no sé si tendrás tanta suerte…

Croquetas de nueces, ensaladas y lasaña… tres vías por las que guiarme en la carta. Con eso sería suficiente… probablemente.

A pesar de liarme con una calle y tener que preguntar a un taxista, al que apenas entendí porque, más que hablar, mascullaba, llegué a tiempo a casa de Tofu. Salir con margen es una ventaja. Tofu apareció por la puerta de su edificio embutida en un grueso abrigo, pero se la veía guapa y sonriente. Al montar me abrazó y nos dimos dos besos.

Llegamos bien al restaurante, entre otras cosas porque me había estudiado el recorrido a conciencia. Incluso aparcamos cerca y todo, algo que se podría considerar un milagro un sábado por la noche. Durante el trayecto hablamos de muchas cosas, aunque de nada en concreto. Intenté no hablar del viaje, tiempo habría. Además, como le había traído un regalito de Nepal y tenía preparada una pequeña historia sobre su obtención (que incluía arañas del tamaño de manos, un templo lleno de monos y varias aventuras con persecución y todo), quería dejar el tema para más adelante.

El restaurante, muy normalito. Nos tenían preparada una mesa en un rincón absolutamente nada romántico, justo al lado del radiador y separados de la cocina por un biombo de caña. Pero se estaba bien y me encontraba a gusto con Tofu. Nos estábamos riendo bastante.

Vino un camarero traernos la carta y dijo algo que no entendí… parecía la noche de los masculladores-vivientes, que siendo Hallowen todo pudiera ser. Busqué en la carta los elementos recomendados por Escocés, sin éxito. Además, tenían muy pocos platos entre los que elegir. Al lado de algunos de ellos, los de pasta principalmente, aparecían dos letras: una V y una C. Cuando llegó el camarero a tomar nota le pregunté, esperanzado, si la C quería decir que era apto para carnívoros. Él me miró sin entender mi pregunta. Antes de que pudiera hacerla de nuevo usando palabras más sencillas, Tofu intervino…

– C… de celiacos. V de veganos.- Ahora parecía obvio.
– Habría sido tan bonito lo otro…- Suspiré.

Tengo que reconocer que la comida no me preocupaba mucho. Estaba dispuesto hasta a comer una ensalada nada más… entre otras cosas por lo que he dicho antes: Hombre prevenido vale por dos. Antes de salir de casa comí algo de embutido y queso… por lo que pudiera pasar. O sea, prefiero cenar dos veces en una noche a no cenar ninguna. Al final la cosa no fue tan mala. Cené de primero una ensalada de lechuga de Roble (nombre inquietante para una lechuga), aliñada con aceite y una cosa parecida a las finas hierbas (que tenía cierto gusto salado), y de segundo unos canelones de espinacas con queso de cabra… más o menos lo que me recomendó Escocés. Terminé mojando pan (de semillas) y todo.

En cuanto a lo otro… la cena no fue exactamente como yo la había planeado. O sea, sé que no se debe de hablar demasiado de uno mismo en una cita, pero… me preguntó cómo eran los templos en Nepal y si había comida vegetariana. Y alguna cosa más sobre el trekking, pero creo que por cortesía. Y ya está. El problema vino cuando, en un momento de la velada, me llamó por otro nombre diferente al mío. La primera vez no le di mayor importancia (es algo que puede pasar). La segunda vez me alarmé. La tercera… claro, pregunté.

– ¿Lidenbrock?
– Mi ex…

El tal Otto Lidenbrock es miembro del partido político en el que colabora Tofu. Un cabecilla de la organización. Un tipo peculiar donde los haya y bloguero, para más señas. Con el nombre real del tipo no me ha resultado difícil encontrar su blog en Internet. Me ha hecho gracia descubrir que es también montañero.

El resto del tiempo hablamos sobre él. Habló ella, claro, porque yo tenía poco que decir en ese tema (hoy habría tenido algunas cosas que añadir, después del vistazo al contenido de su blog). Una de las peculiaridades que me contó es que la dejó por correo electrónico… un gesto que a ella no le gustó, como es normal. Le causó tal conmoción que estaba yendo al psicólogo.

A pesar de que ella se mostró afectuosa en todo momento, tocándome el brazo o la mano sobre la mesa, el estar hablando de lo que estábamos hablando me estaba despistando un poco. A mí no se me ocurriría hablar dos horas de Huracán durante una cita… no sé si me explico. Pero tanto toqueteo… en fin.

Al dejarla en su casa saqué del asiento de atrás una bolsita con el regalo que había traído de Nepal. Dentro había una cajita. Para engañar un poco lo había envuelto en papel de regalo de una conocida cadena de tiendas (los que se encargan de recordarnos que ya es Otoño, o Primavera). Dentro de la caja: un cuenco tibetano, con su instrumento de madera para hacerlo sonar. Quedó un poco deslucido porque la historia que tenía preparada no la pude contar. Y el coche no era el mejor sitio. Eso sí: le enseñé a tocarlo…

Me dio las gracias, me abrazó y se bajó del coche. Pero se dio la vuelta.

– El martes hay un estreno de cine. Se trata de un documental sobre el hambre del mundo. Me gustaría que vinieras.
– ¿Un documental sobre el hambre en el mundo?
– Sí. Es un tema del partido. Estarán los dirigentes… gente interesante.
– O sea… que estará Otto Lidenbrock, ¿No?
– Sí. Pero habrá mucha otra gente… – Me vio dubitativo y añadió – me ayudaría que vinieras.

Supongo que uno no es el Señor Capullo por que sí. Hay una razón para ello. Esa razón se me escapa y debe de ser como los designios del Señor… inescrutable.

El martes conoceré a Otto Lidenbrock. Pero esta vez iré meado de casa. Hombre prevenido vale por dos.

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