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Archive for 29 diciembre 2008

Un barquero de Phewa Tal

Un barquero de Phewa Tal

Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva.

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Viajero 1 – turista 0.

Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). Ni siquiera las vistas desde lo alto eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.

La Pagoda de la Paz mundial

La Pagoda de la Paz mundial

Viajero 1 – turista 1.

En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir.

La cascada del Diablo

La cascada del Diablo

Viajero 2 – turista 1.

Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. Otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas.

El pozo de los deseos

El pozo de los deseos

Viajero 2 – turista 2.

Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí.

Un templo tibetano

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Viajero 3 – turista 2.

De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Viajero 4 – turista 2.

Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo.

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Viajero 5 – turista 2.

El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano.

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida.

En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakedide, bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando).

Viajero 6 – turista 2.

Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. Recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.

Especias y colorantes

Especias y colorantes

Viajero 6 – turista 3.

Al día siguiente nos levantamos tarde y desayunamos unos cruasanes rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado.

Cualquier momento es bueno para ver la caja del dia

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Viajero 6 – turista 4.

Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo. La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Lentillas una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos).

Pedazo costillar de Cerdo

Pedazo costillar de Cerdo

Viajero 6 – turista 5.

Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemete vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.

Viajero 6 – turista 6.

Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.

Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.

El Machhapuchhare en un espectacular atardecer

Un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. El vídeo corresponde a parte del trayecto hasta el mercado nuevo. Lo he puesto por varios motivos: porque se ven las calles muy bien (hasta una vaca comiendo basura), porque se oye la música que lo invadía todo y porque se aprecia otro detalle muy Nepalí… el fajo de dinero en la mano. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).

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En el anterior capítulo de “El último verano”, Mari Paz, la prima mayor, llega tarde por la noche a casa de la abuela. Emilio está despierto en la habitación que comparte con ella y su otra prima. Este es el final de la historia.

Mari Paz entró en la habitación. Era tarde y la luna se habría visto alta en el cielo de haber una ventana por la que mirar. Todos debían de dormir. Tiró de la cadena que hacía de interruptor de la bombilla colgada del techo y una luz amarillenta inundó la pequeña estancia. Miró a su cama y vio como Macarena dormía plácidamente. En la otra cama, el bulto quieto que debía de ser Emilio, aunque no se le veía ni un milímetro de piel, respiraba levemente y apenas se le oía.

Emilio no dormía pero, sin saber por qué, se hizo el dormido. No quería que su prima pensase que se había preocupado. Pero aunque simulaba dormir, no cerró los ojos del todo. Quizá movido por la curiosidad, no se perdía ni uno solo de los movimientos de su prima mayor, mirando por una estrecha rendija entre la almohada y la sábana. Mari Paz bajó los tirantes de su vestido y éste se deslizó apenas rozando su cuerpo. Era su vestido favorito, el de las flores, que le había regalado su madre por su cumpleaños. Por eso, aunque estaba en ropa interior, se dedicó con esmero a doblarlo antes de dejarlo en la silla. Emilio se fijó en la espalda de su prima, morena por las interminables tardes de sol en el patio, junto a Macarena; y siguió la línea de la espalda hasta que ésta se transformó en las nalgas, cubiertas por las braguitas. De color blanco, con dibujos de mariposas, parecían algo más propio de una niña que de una adolescente.

Su prima se sentó en el borde de la cama y echó las manos hacia atrás, hacia el cierre del sujetador, sin prestar apenas atención a lo que hacía. Con un hábil movimiento lo desabrochó y sus pechos quedaron al aire. A Emilio le dio un vuelco el corazón al ver el cuerpo desnudo de Mari Paz. No podía apartar la mirada de los pechos de su prima, mientras esta doblaba también el sujetador y lo dejaba al lado de la cama. Se olvidó de respirar, hipnotizado. El corazón de Emilio botaba descontrolado.

Estaba haciendo algo prohibido y lo sabía. Pero, además, se sentía extrañamente excitado. Emilio soltó el aire apresado en sus pulmones con un suspiro prácticamente inaudible. Aún así su prima se quedó un instante quieta, atenta, aunque apagó la luz tirando de la cadena que hacía de interruptor y se metió en la cama, junto a su hermana como si nada hubiera escuchado. Emilio, presa de la excitación, tardó mucho tiempo en poder dormirse. El cuerpo desnudo de su prima le venía una y otra vez a la cabeza.
A partir de esa noche Emilio se mantuvo despierto todas las noches hasta que Mari Paz se acostaba. Consiguió repetir la experiencia en algunas ocasiones.Pero no sólo la miraba de noche. También la miraba de día, cuando Mari Paz reía junto a su hermana tomando el sol en el patio. Se fijaba en los movimientos elegantes de sus manos, la forma de sus labios o el brillo de sus ojos. A veces un mechón de pelo se le salía de la coleta y a Emilio le entraban unas ganas tremendas de volverlo a poner en su lugar. La miraba mientras leía, concentrada en un libro, arrugando la nariz, o mordiéndose el dedo distraídamente. Pero lo que más le gustaba era contemplarla a la hora de la siesta, en la hamaca, dormida, con sus grandes ojos negros cerrados y respirando relajadamente.

Puede que fuera su imaginación, pero empezó a pensar que muchas veces por la noche su prima tardaba más tiempo del necesario en desnudarse o que se recreaba demasiado en doblar la ropa. Incluso, una vez, le pareció que, antes de apagar la luz, su prima miró hacia la rendija entre la sábana y la almohada y sonrió. No estaba seguro.

Fuera o no verdad, Mari Paz siguió viéndose con el muchacho alto y fuerte del pueblo todos los días mientras duró el verano.

De lo que sí estuvo completamente seguro, y sería algo que no olvidaría nunca, fue algo que ocurrió el día que sus padres vinieron a recogerle, justo al acabar las vacaciones. Su prima Mari Paz se despidió de él dándole un beso suave en los labios. Y la vio alejarse con una enigmática sonrisa dibujada en la cara.

Habían pasado 25 años de aquello y Emilio estaba otra vez en la vieja casa de la abuela. No volvió a veranear en el pueblo, entre otras cosas porque su padre fue destinado al extranjero y luego, él, había hecho su vida por allí. Y 25 años dan para mucho.

Al entrar se encontró con su tío Ramón y reconoció a varios primos. Pero Emilio buscaba con la mirada a Mari Paz. Quería volver a verla, después de tanto tiempo. Su abuela salió de la cocina y le abrazó tiernamente, tirándole de los mofletes como siempre hacía cuando le veía. Alguien llamó a Mari Paz.

Y se preparó para el reencuentro.

Dejo el final de la historia abierto. En realidad no sabía como terminarlo. ¿Encontraba Emililo a su prima 25 años más mayor, pero netamente igual, o por el contrario su prima “había cambiado”? No sé. Lo dejo a vuestra imaginación. Espero que os haya gustado. Por cierto, si esta noche celebráis algo, pues eso, que felicidades.

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Tal y como conté ayer, Emilio regresa a casa de su abuela y recuerda el último verano que pasó allí.  La historia continúa así:

Cuando Emilio las vio bajar del coche estaba demasiado enfadado como para fijarse en cómo eran sus primas. Sólo veía a dos niñas cargadas con dos grandes maletas, seguramente llenas de ropa. ¿Dónde pretendían meter todo eso? En la pequeña habitación no había espacio para nada más. Ni para ellas. Tendrían que marcharse. Sería lo mejor. Su abuela se daría cuenta de que era un error, que en la casa no había sitio… y se irían. Con sus estúpidos vestidos de flores y sus grandes maletas llenas de estúpida ropa de niña. Y en eso pensaba mientras pateaba una lata en la calle junto al coche de su tío, con cara de pocos amigos.

Tanto Macarena como Mari Paz, apenas le prestaban atención. Ellas siempre andaban juntas y se pasaban el día tomando el sol en el jardín o simplemente lejos de Emilio. Pronto hicieron buenas migas con otras niñas del pueblo, y empezaron a aparecer muchachos por la casa buscando, sobre todo, a Mari Paz, para ir al río o a los campos. Así que mucho no se veían y, en general, no le hacían demasiado caso. Por las noches, cuando se acostaban, Emilio aguantaba en silencio los cuchicheos y risillas de sus primas hasta que se dormían; y no tenía ni idea de por qué demonios se reirían, aunque no llegó a preguntarlas. Él cada vez se sentía más enfadado.

Damián, uno de los chicos mayores del pueblo, empezó a rondar a Mari Paz. Y ella no le hacía ascos precisamente. Era alto y estaba fuerte, de ayudar a su padre en el trabajo. Y tenía moto, algo que a la abuela no le gustaba demasiado. De hecho, no le gustaba demasiado que se viera con ese chico. Pero era complicado controlar a la nieta mayor y se escapaba a menudo., casi siempre con la colaboración de su hermana Macarena, que la cubría. Casi todos los días había bronca entre la abuela y Mari Paz por este motivo.

Emilio sabía que iban detrás de la tapia del cementerio,  aunque no tenía ni idea de lo que harían allí.  Un día decidió enterarse de lo que hacían y los siguió lo más disimuladamente que pudo. Pero, al final, no se atrevió a mirar; sólo escuchó y lo que llegó a sus oídos no le gustó. Salió corriendo de su escondite sintiéndose cada vez más enfadado con Mari Paz.

Era de noche y hacía calor. La abuela se había quedado dormida en la cocina esperando que Mari Paz apareciera por fin: la muchacha había ido con el hijo del mecánico a las fiestas del pueblo de al lado, con la moto, y se había saltado el toque de queda. Pero Emilio se mantenía despierto. En la habitación sin ventanas hacía demasiado calor y no conseguía conciliar el sueño. Además, estaba enfadado con su prima, como de costumbre, esta vez porque había conseguido preocupar a la abuela. Era una egoísta, siempre queriendo divertirse… ¿Y qué era eso de andar todo el día con el chico ese? A ver… ¿Qué hacían? ¿Qué? Nada bueno, seguro. O, al menos, eso era lo que creía él. Por fin escuchó el característico crujir de la puerta de la calle y los inconfundibles pasos descalzos subiendo por la escalera de madera. Su prima, por fin, había regresado y él suspiró aliviado.

Mañana el desenlace.

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La vida imita al arte. ¿O es al revés? No sé. Os presento un relato que escribí en un momento de inspiración. Puede que os recuerde cierta entrada que ya publiqué hace poco sobre algo que no se puede olvidar. Por supuesto me he inspirado en ella para escribir el relato. Aquí os dejo la primera parte.

La vieja casa. La casa del pueblo. Hacía años que no la visitaba, y le resultó extraño que esa navidad la familia quisiera celebrar la Nochebuena precisamente en ella. Su madre le había insistido mucho en que ese año no podía faltar. Había planes de demolerla y construir una casa nueva, o vender los terrenos, y la abuela quería despedirse de la casa con una fiesta. Y como la abuela ya estaba mayor y los médicos decían que no le quedaba mucho de vida, esa Nochebuena podría ser la última.

Emilio se sintió un poco raro, plantado delante de la agrietada puerta de madera, sin atreverse a llamar. Miró a su alrededor: el jardín destartalado con los parterres de rosales que jamás dieron una rosa y el banco de madera que siempre parecía a punto de romperse. Unos tiestos rotos en una esquina, una vieja rueca llena de óxido y la mesa de piedra donde la abuela les daba de merendar, durante aquellos interminables veranos de su niñez. Todo parecía idéntico a como lo recordaba, aunque ahora se daba cuenta de lo viejo y descuidado que estaba. Se preguntó si su habitación seguiría igual.

Cuando construyeron la casa nunca pensaron que en aquella habitación pondrían una cama, y mucho menos dos. Por eso no había ninguna ventana por la que entrara algo de luz o un poco de aire fresco. Era una habitación para meter cosas, los trastos que inevitablemente acumula una casa con el paso del tiempo. Y raramente se necesitaba usar, tan solo en verano, durante las vacaciones del colegio, cuando dejaban a todos los niños al cuidado de la abuela. Había que aprovechar cada hueco para meter a toda la tropa. Ocho fieras.

Emilio no disfrutaba demasiado en el pueblo. Era el mayor de todos los nietos y sacaba al menos tres años al siguiente. Y, con doce años, ésa es mucha diferencia de edad. No le divertía jugar con sus primos a los estúpidos juegos de mocosos, y no había otros niños con los que jugar. En definitiva: Ir al pueblo le aburría, y pasarse allí los tres meses de verano era como un castigo. Pero no tenía otra alternativa. La ventaja con la que contaba era que, siendo el mayor, disfrutaba de una habitación para él solo, todo un lujo en aquella vieja casa de pueblo. Aunque fuera la habitación sin ventanas y con ese olor a cerrado que se mantenía durante todas las vacaciones.

El último verano, el que fue especialmente caluroso, el tío Alfredo, mayor de los seis hermanos, marchó para un largo viaje de trabajo. Iba a América, al parecer, y estaría mucho tiempo fuera. Aquel año dejó a sus dos hijas por primera vez en el pueblo a cargo de la abuela. Hubo que meter una cama más en el cuartillo de los trastos y las dos muchachas, Macarena y Mari Paz, dormirían juntas allí. Ese detalle no le gustó en absoluto a Emilio. Ese era su territorio y no le apetecía verlo invadido por niñas. Además, apenas las conocía, porque el tío Alfredo casi no mantenía trato con el resto de la familia. Sólo sabía que Macarena era de su misma edad, y Mari Paz cuatro años mayor.

Desde luego, aquel sería un verano muy malo.

Mañana la continuación…

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Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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El valle del Kali Gandaki Nadi

El valle del Kali Gandaki Nadi

Desde Muktinath hasta Jomson había una buena tirada. Algo así como 20 kilómetros, la distancia más larga que hicimos durante todo el recorrido. Después de haber hecho cima el día anterior, ahora casi todo el camino era cuesta abajo, pero aún así la sensación era de estar haciendo una especie de extra, los minutos de la basura. El único aliciente era el cambio de paisaje: ya no estábamos en una selva sino que había arena y tierra hasta donde la vista se perdía. Pero las ganas de terminar de una vez por todas de andar eran grandes. Si a eso le añadimos que íbamos por una carretera (o lo que ellos entienden por una carretera, porque asfalto, lo que se dice asfalto, no había), el camino se hizo incómodo. Cuando nos cruzamos con el primer vehículo atestado de gente hasta el techo, nos dimos cuenta de que llevábamos casi dos semanas sin ver un coche, y el mismo tiempo sin oír un claxon. Los momentos de paz habían terminado.

Camino de Jomoson

Camino de Jomoson

Pronto llegamos al cauce seco de un río. En realidad era el cauce de la época monzónica, pero estando otra vez en la estación seca, el río transitaba por su cauce habitual. Estábamos cerca de Jomson, la ciudad del viento. Algo así como Detroit, pero en Nepalí y mucho más pequeño. Y sin tantas fábricas de coches. Chewan nos dijo que sobre las diez y media de la mañana empezaba a soplar un viento muy fuerte en la zona. Y el viento, como todos los acontecimientos meteorológicos en Nepal, fue puntual a su cita. Junto con la puntualidad británica de las nubes a la hora de tapar el Machhapuchhare (siempre a las 9 de la mañana), estas cosas nos dejaban un poco boquiabiertos.

Caminando por el lecho (seco) del rio

Caminando por el lecho (seco) del río

Los últimos kilómetros de la vuelta a los Annapurnas fueron incomodísimos. El viento nos daba en la cara y masticamos tierra. Apenas podíamos hablar, porque el ruido del viento era ensordecedor y mantener la boca abierta para decir una “a” suponía tragar entre kilo y kilo y medio de arena. Bueno, a lo mejor no tanta. Pero después de haber caminado con barro, nieve y hasta piedras, el cambio a la arena y el polvo fue muy desagradable.

El aeropuerto de Jomson

El aeropuerto de Jomson

En Jomson está el aeropuerto de la zona. Desde allí volaríamos a Pokara en un vuelo interno, y empezaríamos la segunda parte de las vacaciones. O sea, las vacaciones en sí (el turismo y la buena vida). La peculiaridad de la región es que el viento sopla todo el día, excepto la franja entre el amanecer y las 10 u 11 de la mañana. Por eso, durante esas pocas horas, los aviones realizaban todos los vuelos posibles transportando gente o enseres. Y por eso teníamos que estar a las 7 de la mañana en el aeropuerto.

El mostrador em embarque

El mostrador de embarque

Allí nos cachearon y obligaron a abrir las mochilas… aunque cuando encontraron una navaja simplemente la devolvieron a su dueño. Supongo que pensarían que nadie en su sano juicio intentaría secuestrar una de esas avionetas. Reconozco que, tras hacer cumbre, la experiencia de la avioneta era la que más me llamaba la atención. Claro que, en mi imaginación, la avioneta era más pequeña, inestable y bamboleante de lo que al final resultó ser. Nuevamente tuvimos mucha suerte y el tiempo fue inmejorable para volar. El Annapurna I se encontraba despejado junto a la pista de despegue y pudimos fotografiarlo y grabarlo a placer, mientras esperábamos nuestro avión, y durante el vuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que pudiera repetirse el accidente que unos días antes ocurrió en la zona del Everest

Annapurna I

Annapurna I

En la pista de despegue, a punto de embarcar

En la pista de despegue, a punto de embarcar

El Annapurna I dio paso al Machhapuchhare, la montaña pirámide, lo que nos indicaba que habíamos llegado a Pokara, con su lago Phewa Tal, de aguas tranquilas invitando al baño. Nuestro guía se despidió de nosotros en cuanto nos dejó en el Hotel, en el barrio turístico del Lakeside, plagado de tiendas, hoteles y restaurantes. Y cambiamos a un guía que casi no hablaba, por un director de hotel que no se callaba ni bajo el agua, y que tenía un extraño y asombroso parecido con cierto ex presidente del gobierno de gracioso bigotillo. Incluso nos sentimos como George Bush, por la cantidad de reverencias que nos hacía.

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Y ahí empezaron las vacaciones de las vacaciones. O las vacaciones dentro de las vacaciones. Aunque si alguien piensa por un momento que no volvimos a andar, se equivoca: uno no puede ser montañero y pasarse mucho tiempo tirado a la bartola. Lo intentamos, eso sí, pero no lo logramos.

Pero eso lo contaré en la siguiente entrada, que he titulado adrede: ¿Viajero o turista? En honor de mi buen amigo Blas, el viajero más insatisfecho que conozco.

En un momento del vuelo

En un momento del vuelo

Como de costumbre, para ver las fotos a un tamaño razonable, sólo hay que hacer clic en ellas. Hacedlo, porque valen mucho la pena. Sé que siempre digo lo mismo, pero es que es verdad.

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Todavía recuerdo el primer chocho que vi. Por aquella época eso se llamaba chocho, como lo nuestro se llamaba pilila. Son cosas de la edad, supongo. Ahora habría usado otro tipo de palabra, más sonora, quizá… y que rima con moño. Pero con seis años yo no usaba esas palabras. A lo mejor las pronunciaba bajito, sin que nadie me oyera…

Aquel chocho pertenecía, como no podía ser de otra manera, a mi prima mayor, a la mayor de mis primas. No es que estuviéramos jugando a los médicos ni nada por el estilo. Ella tenía 16 o 17 años y yo apenas 6, y a esa edad ella ya jugaba a los médicos de verdad y a mí me gustaban los Clicks de Famobil. Y tampoco es que la estuviera espiando. Al menos técnicamente no fue así. Para empezar, yo estaba acostado en mi cama, arropado con una manta muy gruesa y era una hora en la que debería estar durmiendo. Así que no fue como si la espiase. Aunque eso fue exactamente lo que pasó.

Mi prima mayor estaba buenísima. No lo decía yo, lo decían todos. Era guapa y tenía un tipazo… y tenía mucho éxito con los chicos. Demasiado. Esto tampoco lo decía yo, lo decía mi abuela. Pero todos sabemos que las abuelas están algo chapadas a la antigua. A mi prima loe gustaba maquillarse y salir, y siempre se ponía cosas que remarcaban su impresionante pechera. Y así pasaba, que cambiaba de novio como de vestido. Digamos que se lo podía permitir.

El día que la vi desnuda estábamos en el pueblo. En el pueblo de mi madre, en la casa de la abuela. Una vieja caserona de más de cien años que llevaba más o menos ese tiempo cayéndose a trozos. De hecho, todavía se cae a trozos y, seguramente, pasará los próximos cien años haciendo lo mismo. La casa nunca ha sido muy grande, pero cuando los primos éramos pequeños, entrábamos todos sin problemas. A mí, en esa ocasión, me tocó compartir cama con mi hermano pequeño (que por esa época lo era, aunque ahora le hemos ascendido y es mi hermano mediano). Y en la otra cama dormían mis primas. Estábamos todos acostados, aunque mi prima mayor había salido con un chico esa noche.

Mi hermano es tan nervioso que apenas se le distingue de un epiléptico en pleno ataque. Bueno, no es verdad, pero es que se mueve mucho. Y, claro, yo no podía dormir bien. Por eso estaba despierto cuando mi prima entró en la habitación. ¿Por qué me hice el dormido? No lo sé muy bien. A lo mejor porque se suponía que tenía que estar dormido… seguramente. Pero el caso es que disimulé tan bien que mi nombre sonó en algunos círculos para entregarme el Oscar al mejor actor. Y ella, supongo que pensando que nadie la veía, se desnudó para meterse en la cama.

No recuerdo que me llamaran la atención sus tetas. Y eso que con esa edad y ese tipo tenían que ser grandes pero firmes, con el desafío a la ley de la gravedad que da la fuerza de la juventud. Pero qué le vamos a hacer… no les presté la menor atención. ¿Cómo fijarme en esos globos de carne estando tan cerca eso otro mucho más misterioso todavía? Y con pelos, además. Porque tenía pelos. Vamos a ver… no estoy hablando de pelo en plan… matojos de un bosque a finales de la primavera, antes de que pasen las desbrozadotas y limpien de matorral para evitar los incendios. No. Estoy hablando de pelo, pero no de tanto pelo. Tampoco hablo de un fino bigotillo recortado sobre la sonrisa vertical. Eso habría sido de correr estos tiempos. Hablo de pelo. Y para un niño de seis años, tener pelo “ahí”, es algo novedoso… casi misterioso. Supongo que a esa edad ya sabía que las niñas no tenían colita, pero no tenía ni idea de que a las niñas les salieran pelos ahí abajo.

Apenas duró el espectáculo, pero esos pocos minutos que tardó mi prima en colocar la ropa en la silla y apagar la luz antes de meterse en la cama se me quedaron grabados a fuego en la memoria.

Estos recuerdos me volvieron a la cabeza el sábado. Como ya dije en su día, hace un año además, mi abuela cumple años el mismo día que la constitución. Y el sábado mi madre hizo una gran tarta de hojaldre y nata para celebrar el cumpleaños de la abuela. No está muy allá de la cabeza, pero nos reconoce a todos. En la fiesta de cumpleaños coincidí con mi prima la mayor. Hacía muchísimo tiempo que no la veía.

Ahora es, literalmente, la mayor de mis primas. Ese cuerpo voluptuoso y bien formado se ha convertido en una enorme bola de gelatina blanda. Mi prima la mayor no tiene cuello, pero sí dos papadas. Y los antaño firmes globos de carne sufren ahora la gravedad con toda su fuerza. Casi podría decir que sufren la fuerza de la gravedad de Júpiter (que como todo el mundo sabe es más potente que la terrestre) y se desparraman encima de una barriga que, habiendo venido de Nepal recientemente, recuerda más a la de un Buda feliz que a cualquier otra cosa.

El tiempo pasa y los cuerpos cambian. Pero es curioso que me acordara de aquel día tan remoto en el pasado.

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