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Archive for 28 enero 2009

He estado muy malo. Al borde de la muerte. O todo lo cerca de la muerte que se puede estar con una gripe. Una amiga me dijo el sábado que parecía mentira que hubiera vuelto de Nepal sin un rasguño y que luego, una simple gripe, me haya dejado tirado dos semanas y pico. Y tiene su parte de razón. Por suerte ya estoy plenamente recuperado. Creo.

Y entre fiebres y toses, en todo este tempo que he estado en hibernación bloguera no es que mi vida se haya detenido. No. En realidad han pasado cosas, interesantes muchas, curiosas otras y hasta alguna de ellas van, y muy bien, con la temática de este blog.

La más importante es que he conocido a alguien.

Se trata de Heidi, una amiga de mi amiga Gataparda. Una amiga que tenía escondida en vete a saber tú dónde (en realidad sí sé dónde), pero que se presentó una noche de improviso y consiguió llamar mi atención. Y lo que fue más importante, parece que yo logré captar la suya. Lo cierto es que nos pasamos toda la noche hablando y riendo sin parar. Digamos que terminó alegrando un día que había empezado siendo una mierda enorme.

Heidi es pequeñita y de aspecto tremendamente juvenil. De hecho le eché menos años de los que ella afirmó tener, cosa que no me he terminado de creer todavía. Es femenina y atractiva, y guapa, y con un gran sentido del humor. ¿Qué más se puede pedir?

Pues volverla a ver al día siguiente.

Yo estaba muy caliente… 39 grados de caliente. Entró en juego la fiebre y no pude verla, y eso que hice el intento y todo… pero así no se puede. Eso sí, “Esta noche pensaré en ti” fue lo que me dijo. Sólo le puede pasar al Señor Capullo lo de ponerse malo en un momento tan importante. Pero esa frase de “Pensaré en ti” no dejaba de ser esperanzadora. ¿Que más se puede pedir?

Pues que se quede en España el tiempo suficiente.

Pero Heidi ha vuelto a Alemania, donde trabaja de profesora en la universidad y donde está terminando su tesis. Sólo había venido a España para pasar las vacaciones de Navidad con la familia. Y sólo una semana después de haberla conocido se marchó. Y, nuevamente la fiebre, me impidió despedirme de ella.

Así que básicamente sólo la he visto una vez, pero hablamos casi todos los días por Internet. Alguna vez Heidi sólo se ha conectado para mandarme un beso, si está muy liada. Otras charlamos durante horas. Y a mí cada vez me gusta más.

La buena noticia es que Heidi pasará unos días en España en marzo. Y marzo ya está aquí, como quien dice…

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Estaba triste, muy triste. Solo y triste, dos elementos tremendamente malos. Pero es que el mal de amores es lo que tiene. El caso es que nunca he sido de lamentaciones y no me quedaba en casa llorando, lamiéndome las heridas y compadeciéndome de mi sino, sino que salía con mis amigos de juerga. Bueno, con los que me quedaban solteros: concretamente con Bob el silencioso, y toda la juerga de la que era capaz de desarrollar. El caso es que bebía mucho. Ron con cola. La marca del ron me daba igual, la condición era que me lo sirvieran en gran cantidad. Al principio no pasaba de uno o dos, pero el cuerpo adquiere resistencia, y en poco tiempo, uno y uno son dos, y dos son cuatro… cuatro y dos son seis y dos son ocho y ocho dieciséis…

Dieciséis cubatas no me llegué a beber nunca… pero 12 sí. Es una gran cantidad de bebida (por no mencionar la pasta gansa que eso suponía). Recuerdo el día que me bebí esos 12 cubatas…

Fue una nochevieja de hace exactamente 8 años. Bob y yo estábamos en un bar que en tiempos fue de moda (al menos en nuestra zona) aunque en ese momento estaba más o menos de capa caída, y llevábamos bebiendo desde las 1 de la mañana a un ritmo de un cubata cada 30 minutos. Nuestras amigas no habían aparecido en toda la noche (luego supe que se habían enfadado conmigo por algo que dije… aunque no sé qué fue ni en qué momento) y lo único que podíamos hacer era beber, charlar y mirar hipnóticamente el sutil bamboleo del tremendo escote de la camarera, que era tremendo, hipnótico y poco sutil. Y beber.

El reloj dio las 7 de la mañana y yo apuré el último cubata de la noche. Miré a mi alrededor con la mirada vidriosa y posiblemente una sonrisa bobalicona, y una idea cruzó mi mente. Lo recuerdo claramente porque fue como una revelación: “No conozco a nadie aquí”. Efectivamente ninguna cara me sonaba de los que estaban a mi alrededor. Es más: yo debía de ser el más mayor de todos. Me sentí una especie de viejo borracho baboso rodeado de niñas monas y chavales pelopincho. Y eso es terrible.

En ese momento decidí que tenía que hacer algo con mi vida. Algo más que beber, se entiende. Sobre todo porque si con esa edad era capaz de beberme tal cantidad de cubatas, mi hígado no saldría vivo de esta. Y yo con él. Y tomé una determinación que, hoy por hoy, ha sido la mejor elección que he tomado nunca (junto con la de irme por ciencias).

Todo esto me ha venido a la memoria al escuchar en la radio esta canción de los Rodriguez “La Copa rota”. Sólo hay dos canciones que soy capaz de cantar de memoria: 19 días y 500 noches, de Juaquín Sabina y La Copa Rota, de Los Rodríguez. Curioso que sean dos canciones tristes, de desamor… aunque supongo que es normal.

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