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Archive for 25 agosto 2009

Se supone que los hombres sabemos principalmente de tres cosas: fútbol, coches y mujeres.  Así que supongo que mi lado femenino es fuerte, porque yo sé todo lo que hay que saber de una de ellas, sólo sé un poco de otra y soy un negado total con la que falta. No necesariamente en ese mismo orden, claro.

Mi coche lleva haciendo un ruido raro desde hace unas semanas. Para que os hagáis una idea, la parte de atrás de mi coche suena como lo haría el colchón viejo de un motel de mala muerte después de años de uso y disfrute. Así que, cuando paso raudo y veloz por alguna rotonda, parece como si alguien se lo estuviera pasando en grande en la parte de atrás del K-Movil. Solo que nadie se lo pasa en grande. Y menos yo… sobre todo porque sé lo que ese ruido significa: dinero.

Mis conocimientos de mecánica se limitan a cambiar una rueda en caso de pinchazo y, cosas que tiene la vida, a saber cual es el polo negativo de la batería. Para todo lo demás, lo llevo al mecánico. Por suerte, todo lo demás ha sido, hasta ahora, la revisión de cada 20.000 kilómetros.

Pero pese a no saber nada de mecánica, he llegado yo solo a la conclusión de que ese ñiki-ñiki no es muy normal (ñiki-ñiki es el ruido que hace el coche… no lo otro, a ver si se me va a entender mal). Así que he decidido llevarlo al mecánico.

Supongo que los mecánicos producen un sentimiento de desasosiego cuando dicen: “esto suena fatal… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… amortiguador, freno, correa de transmisión, etc)”. Pero en realidad es el mismo sentimiento de desasosiego que puedo producir yo cuando digo “esto tiene mala pinta… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… disco duro, unidad de procesamiento, tarjeta de memoria, etc)”. A mí me lo produce. Porque no tengo ni idea de lo que me están hablando.

He pasado primero por un garaje y después de menear la parte de atrás de mi coche durante un rato, el grasiento mecánico ha dicho: “Uy, esto es cosa de las barras de torsión”. Tendrás que ir a otro sitio porque yo no lo puedo cambiar. La palabra mágica es Barra de torsión.

Al segundo garaje al que he ido, el oficial de la casa, ha sido un poco más apocalíptico. Ha dicho: “Eso suena mal. El problema es del eje de suspensión. Hay que cambiarlo entero. Puedo cambiarte los cojinetes pero seguramente los rodamientos de aguja estén desgastando el eje y por eso suena fatal. Desde el momento en el que me traigan las piezas (y pueden tardar, porque estamos en agosto y ya sabe usted lo que pasa en agosto) un par de días. ¿Precio? Sobre los 1000€… algo más quizá”. Aquí hay dos palabras claves: eje de suspensión y 1000€.

Al tercer sitio donde lo he llevado, el único donde el mecánico ha mirado debajo del coche, me ha dicho: “joder… ¿desde cuando lo llevas así? Macho, esto es muy peligroso. Tienes los amortiguadores en el muelle. Se han quedado sin aceite y has perdido toda la hidráulica. Para matarte… como entres fuerte en una rotonda puedes volcar… tráemelo mañana por la mañana y te cambio los amortiguadores… 150€, pero mañana te lo confirmo cuando lo vea”.

Los tres han dicho cosas completamente diferentes. Esto es como el cuento de ricitos de oro… ¿A qué oso le dejo mi coche?

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El otro día fui a casa de mis padres, de visita. Bueno… ¿A quien pretendo engañar? Lo admito, soy culpable: iba a por el taper con la comida del día siguiente. Pero… ¿para qué cocinar yo y comer mal si mi madre lo hace estupendamente? El caso es que cuando estaba aparcando en la puerta vi con el rabillo del ojo cómo una escultural rubia entraba en casa. Tengo que decir que cuando se ve a alguien por el rabillo del ojo, y esta es rubia (para más señas), casi siempre es escultural.

Mi cuñada iba de visita y la acompañaba una amiga. La rubia era la amiga. Lo cierto es que no estaba mal la chica. Una altura idónea, pelo largo, rubia y con una bonita sonrisa. Eso es algo que yo valoro mucho. Por lo demás, morena (ah, el verano, amigos) y del tipo que me gustan a mí. O sea, de buen tipo.

Cuando entré en casa estaban en la cocina, y me uní sin esfuerzo a la conversación. Mi idea original era irme rápido, pero decidí cambiar los planes. Lo sé… soy fácil de convencer. Y estábamos hablando cuando algo en lo que no había reparado me golpeó la pierna. Cuando miré para abajo vi… vi..

Al mismísimo demonio. O, al menos, al perro del mismísimo demonio. Al Cancerbero.

De haber estado en la edad media al menos lo habría denominado así. Ahora, ya pasada esa época, tendría que haber dicho que lo que me había golpeado la pierna era un buldog francés más feo que todas las cosas. Blanco, estrábico, con las orejas estrábicas también, un morro chato y arrugado, el cuello corto y empotrado en un cuerpecito rechoncho. Apenas levantaba del suelo un palmo, porque las patas, desproporcionadamente cortas para el tamaño del animal, casi no separaban la barriga (oronda, por otra parte) del suelo. Un gremlin gordo y albino.

No era un perro bonito, la verdad. Y así pasó… no me pude morder la lengua. Dije:

– Pobre animal… ¿qué enfermedad tiene?
– No tiene ninguna enfermedad… – dijo la rubia.
– Ah… o sea… ¿Es así?
– Sí.
– Entiendo… ¿Fue un regalo?
– No. Me lo compré…
– ¿Por voluntad propia? Es que si fuera un regalo, entiendo que no pudieras devolverlo…
– A mí me gusta. ¿A ti no te gusta?
– Es que es muy feo…
– Pero es muy simpático.
– Claro que es muy simpático. Si no lo fuera… ¿Quién querría un perro así?

El perro se tumbó delante de mis pies y me enseñó toda la barriga.

– Le gusta que le acaricien la barriga

Ni siquiera era suave. Pero el perro parecía disfrutar y, bueno,  simpático sí que era.

Lo cierto es que en apenas seis frases había dejado al perro por los suelos. Literalmente por los suelos. A veces mi brutal sinceridad puede no ser beneficiosa para mí.

Ayer mi hermano estuvo en casa. Casi sin venir a cuento, porque estábamos hablando de otra cosa, me dijo que la rubia estaba soltera y que había preguntado a mi cuñada sobre mi.

Ya tengo su teléfono.

Habrá que invitarla a tomar algo… ¿no?

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Mi amigo el Capitán Haddock quiere pensar que su barco es un barco “escuela”. Un barco del que saldrán buenos capitanes de bergantines y galeones.

Los veleros modernos tienen toda una serie de mejoras que hacen que la navegación sea cosa de niños. Tenemos el caso del enrollafoque. Es un pequeño motor eléctrico que, pulsando un botón, enrolla la vela de delante, pongamos por ejemplo, mientras se bebe una cerveza. Pulsando otro botón, la vela mayor se guarda en un compartimento habilitado para lo mismo. Que hay que bajar el ancla… pues otro botón. Y así pasa… se puede navegar sin saber hacer un nudo.

Obviamente, el barco del Capitán Haddock no tiene nada de todo eso.

El velero del Capitán Haddock tiene más años que yo y esa es mucha edad para un barco. Tiene sus achaques. Como todos. Así que la mitad del tiempo nos la hemos pasado arreglando los pequeños problemas que iban surgiendo.

Cuando llegamos a Alicante para empezar el viaje, las baterías del barco no funcionaban. Se descargaban con mucha facilidad. Las baterías son necesarias principalmente para el motor de arranque. La entrada y la salida del puerto se tiene que hacer a motor, y sin eso no se podía salir. Además, el depósito de la Zodiak estaba roto y se salía la gasolina. No era algo imprescindible, pero no tenían la pieza que hacía falta para arreglarlo. Después de conseguir unas baterías (y colocarlas), nos hicimos a la mar sin arreglar la zodiak, con la esperanza de que se pudiera encontrar pronto en algún puerto la pieza de marras. Cuando la encontramos resultó que no era eso, sino la válvula del motor.

El primer día que fondeamos, lo dedicamos a limpiar la hélice y el casco del barco de la presencia de caracolillos, algas y otros bichos de los que se pegan a lo que sea para vivir. Normalmente se hace con el barco en tierra, pero, estando ya en plena navegación, nos tocó hacerlo a pulmón. O sea: toma aire, frota el casco con un cepillo, sal a la superficie. Repetido veinte veces tenemos lo que se llama mareo por sobre oxigenación… eso sí, reunimos una enorme cantidad de peces a nuestro alrededor. Pero sólo nos querían por nuestros caracolillos.

El único día tranquilo de viento que sufrimos nos dimos cuenta de que los dos pilotos automáticos estaban rotos. Esta fue, sin duda, la menor de las roturas, porque no hubiéramos podido usarlos ningún día. Pero, bueno, una cosa más a la lista.

Un par de días después descubrimos que entraba agua al barco. No mucha, pero la suficiente como para que fuera significativo. Eso sí: nada que la bomba de achique no pudiera solucionar. Aún así no dejaba de ser preocupante. La conclusión a la que se llegó fue que en los trabajos para quitar el caracolillo de la hélice, dañamos el eje y entraba agua por allí. La buena noticia era que sólo pasaría si navegábamos mucho a motor y, por suerte, no era el caso.

El problema es que, el día que más y mejor navegamos a vela, ese día, entraron 200 litros de agua a la sentina (que es donde se acumula el agua que entra en un barco). Obviamente no podía ser el motor… ¿pero entonces qué era? Podría ser una brecha en el casco… pero no teníamos constancia de que se hubiera golpeado el barco con nada. Y de ser así… entraría todos los días, y no pasaba. Aún así hicimos una inspección. Pensamos que podía ser una fuga del depósito de agua dulce. El depósito está en la popa y es de plástico… en principio no tiene contacto con nada, pero nunca se sabe he hicimos las pruebas de rigor. Tampoco era eso. Llegamos a pensar que podía ser la manguera con la que aguábamos o algún agujero en la cubierta que se llenaba de agua al baldearla (esto es: fregar pero en marinero).

Al final resultó ser que la bomba de achique se había soltado y por el agujero del casco entraba agua, pero sólo cuando navegábamos de ceñida de estribor (o sea: escorados a la derecha). Eso sí: lo descubrimos el último día.

Entre tanto, dos velas se descosieron por la acción del fuerte viento en dos días diferentes y tuvimos que coserlas a mano. Un trabajo más laborioso que difícil pero que requería la presencia de dos personas. La vela es enorme y alguien tenía que sujetarla mientras el otro cosía. Y otro día, la driza de la mayor (el cabo que va por el interior del palo y que permite subir y bajar la vela mayor) se rompió y tuvimos que cambiarla.

Pero sin duda, lo mejor de todo fue lo que se rompió el penúltimo día… pero eso lo contaré mañana.

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El otro día os contaba que los islotes Columbretes son un lugar ideal para hacer el amor. Tienen un aspecto parecido al de un atolón del Pacífico. De hecho, su origen es muy parecido: una erupción volcánica. No una, sino cuatro. Pero hace muchos miles de años (por lo que sigue siendo un buen lugar para hacer esas cosillas). Si no me creéis, echad un ojo al vídeo de aquí abajo.

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=Cy6WiDq3tMc]

Estos islotes deben su nombre a la inmensa cantidad de culebras que había en ellas. Cómo llegaron las culebras a unos islotes tan pequeños 30 millas alejadas de la costa es un misterio que nunca se sabrá. Las culebras fueron exterminadas por los reclusos de la cárcel en la que se convirtió el islote más grande. Y por los fareros, años después. Para terminar con ellas prendieron fuego a toda la vegetación y luego, ya sin refugio, las mataron de las maneras más imaginativas posibles.

Ya en la edad moderna, Los Columbretes han servido de blanco para prácticas de la marina, y todavía hay casquillos y obuses sin explotar en las zonas poco profundas. Aunque de los obuses sólo queda una vaga idea y son más un hogar para peces que armas de destrucción. El fondo marino está poblado de todo tipo de especies, porque los Columbretes son una zona de protección medioambiental. Zona protegida. En el edificio del faro viven 10 científicos (como Torrebruno) todo el año. También alguna científica. Y estudian a los animales de arriba y debajo de l agua.

No se puede pescar, pero si bucear. Tanto con botella como a pulmón. Esa última modalidad es la que yo practiqué (no porque no me guste la botella). Y es una experiencia interesante la de que un par de doradas (sin guarnición ni nada) te miren curiosas a poca distancia preguntándose si eso de bañador azul es un cachalote especialmente pudoroso… un espectáculo para los sentidos.

A los islotes Columbretes llegamos navegando a vela, como dicen los marineros, “a todo trapo”. Y era así de verdad, porque no podíamos poner más velas. El viento era constante dirección noroeste, de fuerza 4 a 5 (yo creo que tuvimos incluso más en ocasiones). Había un poco demasiado viento, pero nos arriesgamos y la cosa fue muy bien. Llegamos dos horas antes de lo previsto.

Esto que os cuento escrito lo digo de palabra en el video, donde se me ve como timonel del barco. En el vídeo parece que voy remando… pero os juro que es un barco velero. Lo que pasa es que para mantener el rumbo por las olas había que hacer esos movimientos…

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=1JyZRJ57a58]

Evidentemente yo soy el marinero y el Capitán Haddock… es el capitán. Y Atenea dista mucho de ser rubia, ni de bailar al compás. Pero vamos, que mientras dirigía el barco con rumbo firme, a veces canturreaba esta canción de los Rodriguez (una de mis favoritas, a pesar del vídeo, que no había visto antes).

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=-MQEfMmngfU]

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Los islotes Columbretes, al atardecer

A veces olvidamos que detrás de toda esa contaminación lumínica hay millones de estrellas. Toda una vía láctea repleta de ellas. Ya sea por pereza o por la falta de costumbre, o porque casi siempre dan cosas buenas por la televisión, pero a penas miramos el cielo ya.

En los islotes columbretes podemos decir que no hay otra posibilidad. No hay televisión, no hay cobertura de móvil y cuando el sol se va, las estrellas atraen la mirada irremediablemente. Como si fuera un accidente de tráfico en el otro carril. A 30 millas de la costa y sólo con la intermitente luz del faro como fuente lumínica, el espectáculo del cielo era impresionante.

El capitán Haddock se había retirado a sus aposentos hacía un rato. Y Atenea y un servidor, tumbados en las colchonetas de popa, hacíamos casi lo único que se podía hacer: Mirar el cielo.

Si al marco incomparable añadimos una leve brisa marina que apenas mecía el velero, una conversación agradable, un buen vino en la mano y el estómago calentito con un impresionante arroz negro, cortesía del Capitán Haddock, no es de extrañar que el Sr K dijera:

– Este es un momento y un lugar ideal para hacer el amor… ¿No te parece Atenea?

Atenea se quedó en silencio unos segundos. Sin decir nada se levantó de su colchoneta y se acercó a la mía. Y me dijo:

– El amor no… pero si quieres, te vas a proa y te haces una pajilla. Y ahora no mires, que voy a mear por la borda.

Lo dicho… el mismo romanticismo que tiene una alpargata de esparto. Para que luego digan que las mujeres son románticas…

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He llegado ahora, como quien dice, de mis vacaciones. Vamos… el tiempo justo de poner una lavadora, leer el correo y pasar por el baño. No precisamente en ese mismo orden. Para quien no lo sepa, porque lo cierto es que tampoco lo he ido publicitando por ahí mucho, he estado algo más de dos semanas navegando por el Mediterráneo en un barco velero.

Sé que suena muy bien. Uno pone la palabra “velero” junto a la palabra “Mediterráneo” e inmediatamente se piensa en “sol”, “viento”, “mar”, “copita de Martini con aceituna” (o vermú de grifo, o cervecita fresca… que de todo hay en la viña del señor) y uno puede escuchar el romper de las olas por la quilla del barco y casi ver la arena prácticamente blanca de una cala recóndita. Y, bueno, algo de todo eso sí que ha habido.

Pero también ha habido mucho trabajo. Porque el barco no se lleva solo. Porque hay que izar la mayor, asegurar el foque, o cambiarlo por el Génova. Porque hay que subir el ancha a pulso o adujar todos los cabos. Porque la caña del barco, o sea, el palo que se agarra y que mueve el timón, no lleva dirección asistida… y cuando el viento inclina el barco hasta casi hacer que entre agua en la bañera (que no es un artilugio de aseo personal, sino el lugar donde se está normalmente cuando se navega), hay que hacer mucha fuerza para mantener el rumbo…

Iniciamos la navegación en Alicante y yo la terminé en Tarragona. Otros se encargarán de llegar hasta el final. Aún así han sido más de 300 millas, cerca de 580 kilómetros. Y la mayor parte de ellos a vela. Quitando un par de días en Valencia con visita al Oceanográfico y a una bloguera (y su cachondo socio) y otro par de días fondeados en los islotes Columbretes, el resto del tiempo ha transcurrido navegando a las ordenes del Capitán Haddock, ya conocido por otras aventuras marineras que conté hace tiempo. Nos acompañaba Atenea, otro miembro insigne de la galería de personajes que pululan por estas páginas.

El viaje ha estado muy bien, en términos generales. La entrada en Gandía fue un poco con demasiado viento y, quizá, demasiada poca práctica. O el incidente del Ancla en el Delta del Ebro todavía me hace despertar por las noches empapado en sudor. Aunque eso es porque no hay aire acondicionado y está haciendo mucho calor.

Eso sí, tengo que reconocer cierta decepción. Yo había invitado a compartir estos días conmigo a tres mujeres. No a todas a la vez, no… eso habría sido una locura. Las tres se declararon encantadas con la propuesta, y las tres la declinaron. Una, por falta de dinero. Otra, por falta de tiempo. Y la tercera, por tener al padre ingresado en el hospital. Por desgracia para ella, lo del padre no era una excusa y realmente está en el hospital.

Este año se ha dado una circunstancia nueva. Tras 6 años consecutivos viajando durante las vacaciones con Lentillas, este año no lo he hecho. Y lo cierto es que me ha resultado un poco raro.

Así que, con estas premisas, os contaré alguna de las cosas que fueron pasando…

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