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Archive for 27 septiembre 2009

“Te vas a pasar a verme esta tarde por el bar?”, parpadeó en mi pantalla el viernes por la mañana. Era la rubia (quien va necesitando un nombre decente, pero ya), con quien he tenido muchas conversaciones por el Messenger y algunas menos en persona.

No sé si os lo había dicho, pero La Rubia trabaja como camarera en un bar de copas cercano a mi casa las noches de los viernes y los sábados. Trabajo que compagina con el que tiene de lunes a viernes en el taller de coches. Como se ve es una mujer muy trabajadora. En dos ocasiones me había pasado por el bar y, en las dos, estaba tan lleno que el caso que pudo hacerme fue cero. Así que cada una de las veces, bien metido en mi papel de El Señor Capullo, aguanté estoicamente una cerveza e hice mutis por el foro al terminar.

Esta vez fue algo diferente.

Salí de la oficina tarde (semana de guardia) y del tirón me pasé por el bar. Tenía la esperanza de que por una vez no hubiera mucha gente. Y, como dice el dicho, a la tercera fue la vencida. Había unas cuantas mesas ocupadas y un par o tres de tipos en la barra, con sus respectivas bebidas. Y poco más. Así que tuve oportunidad de charlar un poco con ella, mientras me tomaba una cerveza.

Pero poco.

La razón fue que el jefe de la chica, un tipo de unos cuarenta y cinco años y de complexión fuerte, se nos acercó e interrumpió una conversación bastante interesante.

– ¿Sabes jugar al billar? – preguntó.
– Un poco. Sé con qué parte del taco hay que darle.
– Pues vente.

Y fui. En la mesa de billar estaba todo dispuesto para una partida… las bolas colocadas, los tacos… todo. El dueño del bar se aburría y quería jugar un rato.

La última vez que jugué al billar, estaba en el poder Felipe González y era todavía un jovenzuelo despreocupado que usaba americanas de pana con parches en los codos. Bueno… no es cierto, pero casi. Nunca he sido especialmente bueno en el billar. En realidad en ningún juego de los que se pueden disfrutar en los billares. Principalmente porque no solía faltar a clase y porque tengo poca coordinación ojo-mano. O sea, se me da bien el billar como concepto teórico trigonométrico. Pero no pasa de ahí.

Esta vez tampoco fue diferente. La primera partida más o menos aguanté hasta el final. En la segunda fui barrido del mapa y sólo me salvó del abucheo del público el hecho de que no había público para abuchear. La tercera… mejor no digo nada. Lo peor es que la Rubia estaba en la barra con cara de aburrimiento.

– ¿Sabes jugar al futbolín?
– A eso un poco mejor… pero no mucho mejor.
– Vale. Futbolín clásico… no vale ni media ni hueco y en la delantera hay que esperar.

El futbolín fue la siguiente disciplina donde me siguió humillando. Pero tampoco pude perder dignamente. No hay mucho que se pueda hacer contra alguien que lleva jugando al futbolín desde hace 40 años. Y la rubia seguía en la barra sola, con cara de aburrimiento.

Supongo que como no era rival, dejó de ser divertido, y me pude escapar. Al menos durante unos minutos. Que fue el tiempo que tardó en acercarse otra vez a donde estábamos nosotros, con la intención de participar en la conversación. No sé muy bien cómo, empezó a contarnos una anécdota donde, curiosamente, aparecían varias personas muertas, algunos a navajazos.

– Yo llevo garitos como este desde hace mucho tiempo – dijo en un momento dado – y lo que de verdad funciona son las camareras guapas. En el tiempo que una chica se ha tomado un pelotazo, un tío se ha tomado tres. Y los tíos van a los sitios donde la camarera está buena.
– Eso es verdad – dije yo, gran conocedor del fenómeno “camarera”.
– Y tanto que es verdad – siguió el jefe – llevamos tres años abiertos y sólo has venido desde que está esta chica en la barra.
– Totalmente cierto – dije mirándola a los ojos.

Ella sonrió.

Me tomé otro par de cervezas (o más), de las que pagué sólo una (el jefe, además de no dejarme charlar a solas con la chica, no me dejaba pagar ninguna cerveza). Y dieron las tres de la mañana. Teniendo en cuenta que el sábado tenía que madrugar… iba siendo hora de irse. Así que estreché la mano del Jefe (que insistía que me quedara un rato más) y me dirigí a la entrada para camareros de la barra. Allí estaba la rubia esperándome para darme dos besos.

Después de la tercera visita-fiasco al bar, quedaba claro que había que buscar otra clase de terrenos para vernos. Así que al finalizar el segundo beso y todavía con mi mano en su cintura le dije:

– ¿Puedo invitarte el domingo al cine?

A lo que ella respondió en milésimas de segundo:

– Si.

El sí más rápido de mi historia.

Así que el domingo, si no hay nada que lo impida, tendré lo que parece nuestra primera cita juntos…

A ver qué sucede.

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Hace unos cuanto años mi cuñada adoptó un gatito. Tenía apenas una semana y era todo cabeza y ojos. Atigrado y con unas garras como agujas, apenas se podía mantener en pie. Como ella tiene otros gatos mayores, me pidió el favor de cuidárselo hasta que fuera lo suficientemente grande como para que le pusieran una vacuna para no sé qué enfermedad de gatos.

Yo no soy mucho de animales, pero accedí. A pesar de que había que darle un biberón cada poco tiempo y que el bicho maullaba cuando lo dejaba sólo en la cocina por la noche. Al final terminó durmiendo en mi habitación. Él en su cesta y yo en mi cama. Bueno… en realidad debería de decir más bien “ella”.

Yo la llamaba “Lucifer”, que me parece un nombre genial para un gato. A mi cuñada no le gustaba porque decía que no era un nombre para una hembra, a pesar de que “Luci” como diminutivo sí podía ser femenino. Así que decidí llamarla “Muerte”, que es femenino y más molón que Lucifer. Y, usando el adjetivo “pequeña” delante, había un juego de palabras muy majo. Pedro mi cuñada no debió de pillarlo y al final decidió llamarla “Mimí”, que es la cosa más cursi que he oído nunca. Escribir “Mimí” me hace pensar en lazos rosas y cosas como “tutús”. Y muchos tirabuzones y nubes de algodón de azucar.

Los primeros días de “Muerte” en mi casa fueron muy duros para ella. Supongo que echaba de menos a su mamá y no paraba de maullar. Aunque tragaba del biberón como si su vida dependiera de ello. En realidad dependía de ello, claro. Pero apenas salía de debajo del jersey viejo que constituía su abrigo, dentro de la cesta que constituía su casa.

A los pocos días la descubrí husmeando el borde de la cesta, aunque volvía a desaparecer dentro del jersey en cuanto me veía aparecer. Digamos que se convirtió en una especie de juego entre los dos. Era eso, o tenía atemorizada a la mismísima muerte.

Un par de días después se atrevía a pisar el cojín sobre el cual estaba la cesta. Y al poco tiempo se aventuraba ya a olisquear la alfombra sobre la que estaba el cojín. Ni que decir tiene que el gatito empezó a desaparecer debajo de cualquier sitio y cogió la costumbre de seguirme por toda la casa. A veces la dejaba dormir sobre mi tripa, mientras yo estaba recostado viendo la tele… pero dejé de hacerlo cuando se me cagó encima. Me estropeó alguna camiseta con sus uñas y descubrí que no le gustaba que le cogieran la cabeza y le hiciera la “minipimer”, porque me mordía y arañaba. Tenía mucho carácter la gata.

Hicimos buenas migas.

Cuando se la llevó mi cuñada, “Muerte” era un tigre encerrado en el cuerpo de un gato de nombre cursi.

En esto he pensado hoy mientras caminaba por un barrio periférico de un pueblo periférico. Un barrio en el que nunca había estado y en un pueblo en el que nunca había pensado estar. Y me acordé de cuando era pequeñito y no me dejaban bajar sólo a la calle, o cuando sí me dejaban salir a la calle sólo, pero sin cruzar la carretera.

Me acuerdo de la primera vez que fui a los recreativos del centro comercial sin el permiso de mis padres (¡Y eso que había que cruzar una calle de 4 carriles!). Pero es que había un simulador de La Guerra de las Galaxias y eso lo justificaba todo.

Mi territorio se ampliaba día a día y del centro comercial pasé al barrio de al lado, y de ese al otro extremo de la ciudad. Aunque un viaje al pueblo más cercano suponía una aventura todavía… ahora creo que no hay demasiadas barreras y me aventuro a lugares nuevos y, sobre todo, muy lejanos y exóticos. Y me sonrío cuando me acuerdo de mis tiempos debajo de un jersey viejo.

¿Qué hacía yo en un barrio periférico de un pueblo periférico? Pues muy sencillo. Había ido a recoger mi coche. Lo estaban arreglando. Al final, resultó que no era nada de los que me habían dicho, y lo era todo a la vez. Pero no me ha costado casi nada. ¿Por qué? Por que me lo ha arreglado el padre de la chica rubia del perrito feo

Ahora tengo que devolverle el favor invitándola a cenar.

¿Tengo o no tengo suerte?

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Creo que ha llegado el momento de contaros en qué he andado metido durante el último año. Bueno… año largo. Se trata de un proyecto de carácter devolucionista, colectivo y multidisciplinar, que empezará su andadura el 21 de Septiembre. Un proyecto en el que trabajan más de 30 artistas de toda índole y condición y que hemos tenido a bien llamar…

La Taberna del Escocés.

La idea inicial es muy sencilla. Se trata de contar las desventuras de un grupo de personajes, que ahogan sus penas en un tugurio de mala muerte de un barrio portuario de una ciudad cualquiera. Son, pues, relatos de ficción con una trama que se desarrolla entre las paredes de La Taberna, regentada por El Escocés, un marino viejo y retirado. Las historias son de todo tipo: amor y desamor (no podía faltar), bandas mafiosas, un Tesoro que no termina de aparecer, músicos disidentes, asesinatos, venganzas… y, sobre todo, grandes dosis de humor.

Una banda de Blues, Blue Identity, ha transformado esos relatos en unas estupendas canciones, con un estilo que un profano como yo definiría como Blues Fusión. Aunque el lanzamiento oficial será el 21 de Septiembre, coincidiendo con el equinoccio de otoño, el viernes 18 a las 22:00 habrá una especie de preestreno en La Fídula (C/Huertas 57, Madrid) con algunas de las canciones (y a lo mejor hasta preparo unas palabras… me gusta el micrófono más que a un tonto un lápiz). Y al que espero que asistáis en masa (y por masa me refiero a muchos… y por muchos me refiero a que corráis la voz y llevéis a amigos, familiares y vecinos).

Para la parte gráfica del proyecto, un grupo de dibujantes está trabajando en la adaptación a cómic de las historias, sacando ilustraciones y diseñando una camiseta con la que esperamos obtener fondos para la publicación editorial del conjunto.

Es un proyecto devolucionista, como decía antes. Y eso consiste, en esencia, en que los autores y artistas del proyecto renuncian a los derechos de autor sobre sus obras. Todo queda devuelto al dominio público y cualquiera es libre de explotarlos, sin tener que pedir permiso ni darnos un euro de lo que saque. Sólo hay una obligación: Dejar bien claro la autoría de la obra.

¿Qué sacamos nosotros de todo esto? Aparte de la satisfacción personal, muchas otras cosas… pero eso es un tema del que hablaré en otro momento, porque tiene muchos ingredientes de filosofía y de denuncia social… y lo importante de este texto es anunciaros la presentación…

Sed buenos y pasaos por la web a echar un ojo. www.latabernadelescoces.org. Y no suelo decirlo, pero… votadme en Bitácoras. Sólo hay que pinchar en el botón de aquí abajo… es por una buena causa.

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La gente cree que lo de los vampiros es cosa del cine, o de las novelas. Pero existen y están ahí fuera. No tienen por qué ser pálidos o tener unos largos colmillos blancos. De hecho, si os encontráis por ahí algo pálido y con unos grandes colmillos blancos, lo más seguro es que un tigre siberiano se haya escapado del Zoo. Y más te vale en ese caso que el tigre se haya encontrado con otro tipo antes, y ya no tenga hambre.

Los vampiros, claro, no chupan la sangre de nadie. Se les mata igual de bien con una estaca en el corazón como con un sartenazo bien dirigido a la sien. Porque entre otras cosas, los vampiros no son inmortales. Les puede dar la luz del sol y odian el ajo como todo el mundo. Algunos odian los pepinillos o las anchoas. Los hay hasta bautizados… así que con eso os lo digo todo.

Me refiero a esa gente que, de una manera o de otra, se mete en tu vida y la va vampirizando, como quedándose con ella.

Por poner un ejemplo. Un día estás en el comedor del trabajo y te fijan en alguien. Está solo, sentado en una mesa, comiendo en silencio. Nadie se sienta con él. Y, por algún motivo, decides ser un buen samaritano. Vale que es raro, pero… te da pena y piensas que no todo el mundo tiene la suerte de ser tan majo como tú. Así que te sientas junto a él y le dices:

– Oye, algunos compañeros vamos a tomar algo después del trabajo… ¿te viernes?

Y se viene.

No dice nada. Está ahí, con tus compañeros y no participa de las bromas. Como no habla, lo único que sabes de él es que trabaja en el departamento de nosequé, de la tercera planta y que parece algo agarrado, porque es el único que no ha invitado a una ronda. “Será porque está cortado”, piensas. Y seguramente lo esté.

Sin comerlo ni beberlo, de pronto te lo encuentras casi todas las tardes en las cañas al salir. Y casi por arte de magia tiene los teléfonos de tus compañeros. Se entera de cumpleaños, y allí que está (aunque no participa del regalo). Hasta se va a esquiar con tus amigos, y eso que tú ese fin de semana no puedes. De una manera imperceptible, lentamente, se ha metido en tu vida. Y a pesar de ello, apenas sabes nada de él. Y sigue sin invitarse a unas cañas.

Y te hartas, claro. No están las cosas como para ir financiando a un fulano las cañas. Y menos a uno al que no conoces de nada en realidad. Pero no es tan fácil deshacerse de él. Tú ya no le llamas, pero él se entera igual de las cosas. Porque se ha hecho con el teléfono de tus amigos. Y estos, confundidos, creen que es amigo tuyo y que deben de invitarle. Así que, le llames o no, ahí le tienes siempre.

Así que decides hablar en serio con el vampiro (porque ya tienes claro que es un vampiro) y mandarle a paseo, al quinto infierno y que le den por donde amargan los pepinos. Pero además de no hablar, no escucha…

¿De dónde creéis que salió el mito de la estaca en el corazón?

Bran Stoker tenía un amigo de estos. Seguro. Y ganas no le debieron de faltar…

Esta historia es real. Cambiad compañero por compañera y poned como protagonista a una amiga mía… que buscaba consuelo y ayuda para quitarse de en medio a la vampira. Yo propuse lo de la estaca pero, por algún motivo que se me escapa, mi amiga no cree que el asesinato le libre de ella.

A ver… teniendo en cuenta el título del post, debería de poner otro vídeo. Pero hay serios motivos para no hacerlo: El primero y fundamental es que no aguanto a Tom Cruise. El segundo es que la versión de Dracula que hizo Coppola me parece una adaptación cojonuda del libro. El tercero, porque así le doy gusto a Reichel (si es que lee esto, que no es seguro). Y el cuarto, porque es un velado homenaje a mi amigo de las gafas azules. Y si con eso no vale, hay un quinto: porque me da la gana, y para eso el Scatérgoris es mio.

Para los muy muy muy frikis. En este vídeo, en el minuto 1:57, aparece Mónica Bellucci. Es la vampira de la derecha. En el minuto 1:45 también sale, pero es tan rápido que… bueno. Casi se considera fe.

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Es curioso. Hay semanas en las que no hay nada que contar (por suerte no muchas, pero alguna hay), y otras semanas los temas se agolpan en la cabeza, pidiendo turno atropelladamente para salir las primeras.

Ahora mismo tengo tres temas posibles sobre los que hablar: Gorilas, vampiros y un regreso. Obviamente hablaré de esto último.

El comienzo de año fue esperanzador. Súbitamente apareció en mi vida una mujer interesante, divertida, inteligente y preciosa. La verdad es que eso no es tan raro, me suele ocurrir con cierta regularidad. Lo que no es tan habitual es que la chica se interese por mí. Y eso fue lo que pasó. Y si no fuera por un pequeño detalle, todo habría sido fantástico. El pequeño detalle era que la chica vivía en Alemania. Podéis leer el resto de la historia en Episodio IV – Una nueva esperanza.

¿Qué pasó con ella? Pues lo que tenía que pasar. Un par de semanas antes de venir de vuelta aquí, a España, conoció a un chico allí, en Alemania. Un chico de aquí que estaba allí, para ser exactos. Y contra eso hay pocas cosas que se puedan hacer. O sea… por muy ingenioso que sea uno, no dejas de ser una imagen en una pantalla.

Vino, me lo dijo, y no volví a verla de nuevo. Algún hola esporádico en el messenger, y varios correos reenviados con alguna chorrada. Al menos quiero pensar que la salvé de esas maldiciones que preconizan los correos en cadena si no se los mandas a un mínimo de contactos. Quizá me deba la vida y todo.

No diré que no me doliera, pero tampoco fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y luego me lo hicieran comer, sin salpimentar ni nada. Uno tiene su orgullo. Y, aunque no es la primera vez que me ocurre, sigue jodiéndome que me metan un gol en el tiempo de descuento.

Pero, de pronto, ahí estaba ella de nuevo, llamando a mi puerta. Bueno, llamando a mi pantalla, porque la comunicación fue por el ordenador. Y ante la pregunta de cómo estaba ella, la respuesta fue contundente:

– Me ha dejado.

Estaba triste. Estaba llorosa. Está en España.

Y nos vamos a ver.

Supongo.

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