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Archive for 27 noviembre 2009

Ahora mismo hay en la tele dos series que tratan sobre el lenguaje corporal en dos cadenas diferentes. Debe de ser la nueva temática de moda, como lo ha sido (y quizá lo siga siendo) la temática de la policía científica adictos a las linternas de mano (tres series en parrilla), la de médicos (dos series) o en su día la de abogados o la de grupo de fuerzas especiales fugados de una cárcel de máxima seguridad donde habían sido recluidos acusados de un delito que no habían cometido.

A mí me gustan las dos, aunque no las veo regularmente. Especialmente “Miénteme”, más que nada porque la protagoniza Tim Roth, que es un pedazo de actor como la copa de un pino; y porque lo han dado un enfoque más científico. En la serie hace de especialista en el lenguaje corporal, una especie de detector humano de mentiras. Digamos que es capaz de detectar las micro expresiones involuntarias que denotan lo que de verdad se piensa y que intentamos ocultar con las palabras. Como dice el doctor House… mentimos siempre.

No soy un gran especialista en el lenguaje corporal. Digamos que sé leerlo como la mayoría de la gente. Como ser humano del género masculino en edad fértil y sin pareja, el lenguaje corporal femenino me es especialmente sensible. Básicamente la cuestión es saber si le gustas, o le resultas más o menos agradable, a la mujer que tienes enfrente.

Hay una serie de señales que suelen ser inequívocas. Por ejemplo, si la chica se toca el pelo mientras habla contigo, juega con él, etcétera, suele ser señal de que le interesas. Si perla los ojos y no rehuye la mirada, suele ser señal de que le interesas. Si te toca repetidas veces los hombros o los brazos mientras te habla o le hablas, puede significar que le interesas. Y si te toca el pecho también, aunque si te planta la palma de la mano en el pecho y empuja, significa que te largues. Si te abraza y se aprieta contra ti, pecho con pecho, es que le interesas, y si junta la pelvis, es que además le atraes sexualmente (este punto es un hecho que se ha dado poco en la historia. Se comenta que una vez se produjo pero está sin documentar).

Entonces, digo yo, si todas estas señales se dan… la respuesta correcta a “¿Te puedo llamar para tomar un café?” No es “Depende… ¿Con qué intención?”. O sea… ¿qué intenciones puede haber aparte de las evidentes?

De verdad que no paraba de tocarse el pelo… aunque bien pensado, esa podía ser otra clase de señal. Una no involuntaria y sí parte de un código secreto… ya sabéis: “Si me toco el pelo tres veces es que el tío es un plasta y venís a rescatarme”. Vale, es posible que yo sea un plasta… pero sus amigas son unas cabronas. En dos horas no apareció ninguna para salvarla…

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La escena empieza como empiezan muchas escenas hoy en día. Johnny Be Good sonando a todo volumen: La melodía inconfundible de mi teléfono vibrando encima de la mesa. En la pantalla un número desconocido.

– ¿Diga?
– Hola.
– Hola… eh… ¿Quién eres?
– Soy Troy, Troy McClure.

Troy McClure, actor aficionado amigo de una amiga mía. Habíamos coincidido en dos fiestas y en una obra de teatro amateur. Poco más se puede añadir a su currículo. Definitivamente no es lo que se puede considerar un amigo.

– Hola Troy, ¿Cómo te va?
– Sr. K, te necesito, tío…

Desde luego, no era una frase que esperara escuchar. De todas maneras, conociendo el historial de este tío, no tenía ninguna connotación sexual.

– ¿Qué puedo hacer por ti?
– Verás… este viernes he quedado con cuatro mujeres. Iban a venir unos amigos míos pero me han dejado colgado. Así que estoy yo solo con las cuatro…
– Mal lo veo, sí…
– Ya sabes… si vas con cuatro, al final no te comes ninguna… así que necesito ayuda, tío.

En eso tenía razón. Yo una vez salí con nueve y me terminé acostando solo. Todavía la ciencia no lo ha investigado, pero creo que se genera como un campo de fuerza negativo, que se hace más intenso cuantas más mujeres hay en el grupo. Me surgió una duda evidente:

– ¿Están buenas?
– Las que yo conozco, sí. Son dos actrices y una médico… la otra no sé cómo es. Pero no te preocupes, que yo me pido la fea…

En realidad, la que él se pidiera daría igual. Es una verdad como un templo que son ellas las que eligen, y que cualquier reparto entre nosotros es una pérdida de tiempo.

– Pues gracias por acordarte de mí, macho… pero es que este viernes no estoy. Según termine de trabajar me marcho de fin de semana fuera…
– No me jodas…
– Lo siento, y eso que es tentador…
– Oye… ¿Y no tendrás un colega majo… que se enrolle bien…? Es que estoy desesperado…

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La semana pasada me compré una báscula. Una de esas que suelen estar en el baño. Es de cristal, de diseño, y tiene un contador digital. Aunque en lo demás es como todas las básculas que he conocido: te subes encima y ellas te asustan. Supongo que un baño no es un baño si no tiene una de esas máquinas para pesarse. En casa de mis padres había una, siempre la misma, de las antiguas, de las que tenían un disco que giraba con los números pintado… que asustaba analógicamente… pero asustaba igual.

En mi presentación dije, años atrás, que no era ni alto ni bajo. Y no mentía. Dije que no era ni listo ni tonto, y seguía sin mentir. Y que no era ni flaco ni gordo… y no era mentira en su día, aunque hay ya algo que no es verdad. Este último año ha sido como una especie de cuesta abajo. Desde que volví de Nepal cada vez hay más de mí en el mundo.

Compré la báscula, la saqué del embalaje y la coloqué entre el lavabo y el bidé, junto a la pared. Comprobé que se encendía y que aparentemente funcionaba. Pero no me subí en ella. Saber el peso es un gran momento en la vida de uno, y tenía que prepararme a conciencia. Y allí se quedó.

Hasta hoy.

Digamos que hay límites que un hombre no puede sobrepasar. Hay una especie de raya roja virtual ante la que uno se deba plantar y que, ir más allá, simplemente no es una opción. Creo que este mundo no es tan bueno que se merezca más y más yo pululando por él. Ha llegado el momento de dejar de ser el doble de George Clooney, y el triple de Brad Pitt.

Lo que hay que hacer está claro… comer menos, más ejercicio, más fruta, menos chucherías, más cucurucho y menos sofá. Volver a las excelencias de la dieta mediterránea. Comer en casa, o en casa de mi madre que es todavía mejor. Se terminaron las noches de mus y pizza, que pasarán a ser, noche de mus y lechuga. Los bocadillos sólo en las viñetas de los cómics. Y volver al gimnasio… ¿Qué es eso de pagar para no ir?

Todo eso está bien. Pero… vista la enormidad del reto, directamente proporcional a la enormidad de mi ser, el desafío no es baladí. Es fácil perder el ánimo y dejarse vencer por la inevitabilidad del hecho de que a medida que uno se hace mayor, el cuerpo tiende a expandirse, en plan universo… ¿Cómo luchar con eso?

La clave es plantearse pequeños retos. Esta semana el reto es sencillo. Objetivo: perder un kilo.

No es tan complicado, ¿no?

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