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Archive for 27 enero 2010

Era sábado y yo estaba es un cumpleaños de una buena amiga. Había ido porque es una buena amiga, y no tanto por la promesa de chicas, actrices para más señas, que habían confirmado su asistencia. La amistad está por encima de todo, pero me afeité y me puse zapatos.

Y sí. Hubo actrices, aunque ninguna llamó mi atención.

La que sí llamó mi atención fue una amiga de una amiga. Morena, pelo liso, cara bonita, sonrisa frecuente y ojos brillantes. Vestida de negro, escotada, pero sin ser presuntuosa, camisa negra y vaqueros a juego. No era de esas que te dejan boquiabierto y alelado, pero no se podía negar que “algo” sí que tenía. Así que me acerqué a ella y a mi amiga con la sana intención de ser presentado.

Solo que en el momento en el que llegué, mi amiga se fue. No porque no quisiera verme, sino porque había algo que nadie más podía hacer por ella, y seguramente el baño ya estaba libre. Pero también podía presentarme yo. O eso intenté hacer.

– Hola – dije sonriendo.

Lo que pasó a continuación no fue exactamente lo esperado. Para empezar nunca antes una mujer se había puesto colorada al verme. Pero no un ligero rubor que pudiera considerarse como una sutil muestra de interés. No. Un rojo del tipo “He salido a la calle en pelotas y me he dado cuenta ahora mismo” o, más bien, la variante extrema de “Tierra trágame”.

– ¿Qué haces aquí? – consiguió decir.
– Soy amigo de la homenajeada.
– Por favor… – me suplicó – no le cuentes a nadie cómo nos conocimos…

¿Cómo nos conocimos? Pero si no la conocía de nada… seguramente me estaba confundiendo con otro.

– Creo que te equivocas… pero… ¿Cómo nos conocimos?

Y ella adoptó un tono más rojizo todavía.

– Perdona… que no eres tú… que me he confundido…
– Eso ya lo sé – le dije – pero de verdad, tengo curiosidad. ¿Cómo nos conocimos? Tuvo que estar muy bien, para que no quieras que se sepa… ¿No?

Y no quiso contármelo. De hecho, no me lo contó. Pero con la tontería hablamos un buen rato y a lo tonto me lo bailo tengo su teléfono. No sé cómo conoció a mi otro yo, pero, desde luego, la forma de conocer al Sr K original tampoco ha sido como para olvidarla.

De todas formas me preocupa un poco el asunto. Porque no es la primera vez que me pasa algo parecido. Cada vez creo más que mis padres participaron en un experimento genético y hay por ahí más tipos como yo. Como en el libro de Ken Follet. Y uno, el muy cabrón, se lo está pasando de miedo…

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Este verano con el Capitán Haddock ha dado para mucho. Además de nudos marineros, arriar la mayor y tener cuidado con la botavara, he aprendido a cocinar la autentica receta italiana del Risotto. Lo que os voy a enseñar es lo que yo llamo:

Risotto a la Sr K.

Una cosa que he aprendido con los años es que hay que tener una especie de despensa de emergencia, algo así como un fondo de armario con cosas que no deben faltar en la cocina, por lo que pueda pasar.

El ideal de cosas que pueden pasar es despertarte un domingo a las tres de la tarde con una impresionante mujer desnuda en la cama, que te mire con ojos de deseo y te diga: “tenemos que recuperar fuerzas… ¿no te parece?”. En realidad una de las cosas que pueden pasar es, con toda probabilidad, despertarte un domingo a las tres de la tarde con hambre y que ya sea demasiado tarde como para presentarse en casa de los padres a comer.

Así que hay que improvisar. Abre la alacena (he tenido que buscar la palabra en el diccionario, no creáis) y echa una ojeada a lo que hay. Si has hecho los deberes y te has molestado en tener ese “fondo de armario”, tendrás arroz. Porque tienes arroz ¿Verdad?

Ingredientes:

  • Dos o tres tazas (pequeñas) de Arroz
  • Media cebolla (del tamaño de una pelota de tenis)
  • Chorizo.
  • 1 Pimiento verde.
  • Pastilla de caldo concentrado.
  • Queso rallado (como para una boda)
  • Aceite de oliva

Te hará falta media cebolla, un poco de aceite y algo con lo que acompañar al arroz. Yo tenía chorizo y un pimiento verde. Pero vale casi cualquier cosa: salchichas, setas, jamón, guisantes… lo que sea. A lo mejor sal (a mí me gustan las cosas sosas… porque para salado ya estoy yo). Y queso rallado. Eso nunca puede faltar. Si tienes una pastilla de caldo concentrado a mano sería ideal. Bueno… lo ideal, como la mujer desnuda, sería tener caldo de carne de verdad… pero todo no se puede tener en esta vida.

Preparación

La cosa es la siguiente: Pon como medio litro de agua (o más, por lo de que más vale que sobre a que falte) a calentar en un cazo y cuando esté hirviendo le echas la pastilla de caldo concentrado. Mientras, corta la cebolla en cachitos chicos, taquitos o tiras. Menos echarla entera, puedes cortarla como te plazca. Cuanto más picada, mejor. Pica también el pimiento muy picadito y el chorizo en tacos pequeños. Mientras haces todo esto, pon una cacerola al fuego, a mitad de potencia, y le echas aceite. La idea es freír la cebolla, así que echa el suficiente aceite para que se fría, pero no para que se ahogue. La verdad es que no tengo ni idea de cuantas cucharadas son, o centilitros. A ojo. Exprésate.

Pon la cebolla en el aceite a que se ponga rubia, que se poche. Estará blanda. Es el momento de echar el pimiento y el chorizo (o los otros ingredientes de tu fondo de armario). Tienes que darle vueltas al mejunje para que el chorizo suelte la grasilla y el pimiento se ablande. Cuando el pimiento esté blando y el chorizo haya cambiado de color a algo parecido al marrón (no entremos en matices), es cuando habrá que echar el arroz.

La idea es que de una cebolla del tamaño de una pelota de tenis algo crecida da para cuatro raciones. Media cebolla da para dos. Una taza de café es una ración (generosa) de arroz. Pero no una taza de desayuno. Eso es suficiente arroz como para que coma una ciudad pequeña. Me refiero a las tazas de café pequeñas. Así que llena dos tazas de arroz y las echas al sofrito que hemos preparado. Yo echaría una tercera… pero sólo de estar acompañado.

Ahora es cuestión de no dejar de dar vueltas. El secreto del risotto es que suelte el almidón para que tenga un aspecto “cremoso”. Y la única manera que se me ocurre es dando vueltas al arroz sin parar (además de que una pareja de guardias civiles le obligue a hacerlo… para quien no lo entienda, que busque el chiste del conejo en Internet). Así que usa una cuchara de palo para remover el arroz, la cebolla y los demás ingredientes, hasta que se impregne del color general y se fría un poco. No deberían de ser más allá de un par de minutos o tres.

Con un cazo ve echando caldo (el que habíamos puesto a calentar y que, por dios, como no lo hayas quitado ya, se te habrá evaporado entero), hasta que se cubra el arroz (pero no te pases), y sigue removiendo. El arroz expulsará el almidón y se tragará el caldo, así que es normal que la mezcla aumente su volumen. Cuando veas el arroz otra vez, vuelve a echar caldo hasta cubrirlo, y sigue dando vueltas. De vez en cuando prueba el arroz. Si hace un sonido como “Crunch” al morder, es que sigue duro. Repite la operación un par de veces más (lo que te pida), hasta que veas que está más o menos en su punto (que es una mezcla pastosa, pero que se distinguen los granos de arroz). Tiene que estar un poco duro (pero poco), porque mientras esté caliente se seguirá haciendo, y si ya está blando, cuando llegue el momento de comer estará pasado.

Ha llegado el momento de echar el queso rallado (si no lo tenías rallado ya, pues haberlo hecho antes), para que coja un sabor y un aspecto más cremoso, y sigue removiendo. Unas doscientas vueltas después ha llegado el momento de servir en el plato.

Espera un par de minutos para empezar a comer, porque muy caliente tiene un sabor muy soso. Y, bueno, podrías quemarte la lengua (y si estás acompañado… no queremos eso, no?)

Se tarda como una media hora en hacer el plato. Es muy bueno, energético y sabroso. Te dejará muy bien y, como ves, muy sencillo de preparar. Si necesitas algo más rápido… un bocadillo de salami, mortadela o chóped. puede sacarte del lío.

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En mi familia la Navidad pasa sin pena ni gloria. No somos muy religiosos que se diga; ni lo suficientemente frikis como para celebrar el solsticio de invierno. Aún así, una tradición que nunca puede faltar es La Noche de Reyes.

Atención: Quien no esté enterado del misterio de los Reyes Magos, mejor que no siga leyendo. Puede haber datos esclarecedores.

Siendo sinceros, no tengo ni idea de por qué esa noche es tan especial. Porque los Reyes acertar, lo que se dice acertar, no acertaron jamás con los regalos. O sea… yo era como los demás niños: juguete que me gustaba en la tele, juguete que quedaba marcado con el eterno “molopido”. Había muchos “melopidos”, no tranto fruto de la avaricia de los niños, sino para darle más oportunidades a los Reyes de acertar… aunque sólo fuera por una vez. Lo bueno que tienen los niños es que se adaptan a todo y… bueno, no será un Madelman con lanzacohetes… pero ¡qué coño! un juguete es un juguete.

La noche de Reyes solía coincidir con la llegada de mis primos de Galicia. Sólo nos veíamos esas fechas y eran, por así decirlo, el anticipo a los regalos del día siguiente. Supongo que es algo que le pasa a todos los niños, pero nosotros intentábamos quedarnos toda la noche despiertos para “pillar” a los Reyes, para gran fastidio de nuestros padres, que tenían que esperar a que nos durmiéramos para montar y colocar los regalos. No recuerdo haberles dejado nunca leche y galletas. Sabiendo lo que sé ahora, unos buenos cubatas y galletitas saladas habrían hecho más pasable la espera.

La razón por la que los Reyes nunca acertaban era porque adquirían nuestros regalos la misa noche de Reyes… cuando en los estantes de las tiendas sólo quedaba todo aquello que nadie quería y que, sin lugar a dudas, ya no se anunciaba por la tele. El encargado de comprar los regalos era mi padre y, aunque le ponía voluntad y el dinero que hiciera falta, no tenía el tiempo necesario para comprar con antelación. La culpa era, como no, de su trabajo.

Mi padre es orfebre. Si hubiera dicho joyero podría caber la duda de si fabrica joyas o simplemente las vende. Como artesano del oro que es, la temporada de Navidad es de las más fructíferas del año (en realidad el gremio de los joyeros se lo han montado muy bien: Después de Reyes viene el día de os enamorados, luego la época de las comuniones, después la de las bodas, el día de la madre, el del padre y nuevamente Reyes… por no contar lo de “un diamante es para siempre” y “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”). Así que, en Navidades, estaba de pedidos hasta arriba. Todas las horas eran pocas y, trabajando en casa además, no había muchos momentos para escaparse de los niños e ir a comprar los regalos.

Sé lo que estáis pensando. Mi madre podría haberlo hecho. Es verdad. Pero los calzoncillos son el regalo estrella de mi madre y hay un número máximo de jerseys y calzoncillos que un niño normal puede recibir a lo largo de su infancia. Era mejor un juguete no deseado que un par de calzoncillos nuevos. Lo mires como mires.

La noche de Reyes se ha transformado en otra cosa hoy en día. Los hermanos somos mayores ya y, al menos que yo sepa, estamos todos al corriente de quienes son de verdad los que ponen los regalos. Así que no tiene mucho sentido esperar al día 6. Eso sí: mi madre sigue comprando calzoncillos y mi padre ya no compra nada.

Pero la víspera de Reyes nos juntamos todos en casa de mis padres. Mi madre pone un roscón de nata que ríete tú de algún record guinnes de por ahí. Hace chocolate y celebramos el fin de la temporada Navideña con un atracón de roscón. Curiosamente a mi madre le toca siempre la sorpresa.

Esta noche no será menos.

Yo no le he pedido nada a los Reyes… bueno, sólo una cosa: que no falte el roscón nunca en casa la víspera de Reyes, y que podamos seguir juntándonos todos (y los que vengan) durante muchos años.

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