Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘amor’ Category

avatar.
(Del fr. avatar, y este del sánscr. avatâra, descenso o encarnación de un dios).
1. m. Fase, cambio, vicisitud. U. m. en pl.
2. m. En la religión hindú, encarnación terrestre de alguna deidad, en especial Visnú.
3. m. Reencarnación, transformación.
4. m. Última película de James Cameron.

Generalmente el día de Navidad suele ser el día del sofá y siesta, o más bien, el día de digestión pesada, sofá y siesta. Máxime si el día de Nochebuena salgo después de la cena y bebo un poco más de la cuenta. Pero no este día de Navidad. Este día de Navidad he quedado con Heidi.

Está otra vez en Madrid, aunque convaleciente de una pequeña operación de rodilla, y quería verme. Me propuso ir al cine, una de las pocas actividades que su operación le permite hacer hoy en día. E iríamos los dos. Sólo los dos. Así que me lo tomé como un pequeño paso adelante en lo que sea que tengamos. Al menos era pasar de la fría pantalla del Messenger al cara a cara… y eso, a poco, es bueno.

Iríamos a un cine cercano a su casa, para que no anduviera demasiado y había pocas opciones. Aún así le dije que eligiera la que más quisiera y ella eligió pensando en lo que a mí me podía gustar. Eligió la película Avatar. Alienígenas, explosiones, naves espaciales… sí, podemos decir que lo prefería a la última de Meryl Strip (reconozco que me la jugué… pero es que me gusta el peligro).

Quedamos a las nueve en la puerta de su casa y yo, que soy así de chulo, me presenté una hora antes. No es que sea un cagaprisas o un ansioso. Supuse que habría cola en el cine y, para evitar que ella estuviera de pie más de lo recomendable, mi idea era hacer esa cola en solitario y comprar las entradas, para luego esperar tomando algo, bien sentaditos, en una cafetería o similar.

Por suerte no había mucha gente y pude comprar unas buenas entradas.

Cuando por fin apareció en el portal la vi tremendamente guapa. Y eso que el pesado abrigo prácticamente la ocultaba del todo. El mismo abrigo de siempre. Claro que, curiosamente, a Heidi sólo la he visto en invierno. A pesar de la reciente operación no llevaba muleta y no parecía cojear demasiado. Y se la veía sonriente. Como no podía ser de otra manera, empezó a llover copiosamente y nos metimos en una cafetería a medio camino entre su casa y el cine. Y empezamos a hablar. Estábamos tan a gusto que casi no llegamos a tiempo al comienzo de la película, y eso que contábamos con una hora de margen. De hecho, llegamos justo cuando empezaba y estaba toda la sala a oscuras.

Aprovechando el artículo, también haré una pequeña crítica cinematográfica sobre Avatar.

La película es correcta. Tiene ritmo, tiene espectacularidad y tiene muchos y muy buenos efectos visuales. Pero le falta algo, a mi entender, para ser la siguiente y muy esperada película de James Cameron después de 15 años desde Titanic: le falta originalidad. O sea, la historia que cuenta es más o menos la misma que se cuenta en otras películas. Me ha perecido un poco la misma historia que El último Samurai, Bailando con lobos y Pocahontas… pero todo junto. Así que es un poco previsible. En realidad es tan correcta en su estructura que resulta muy previsible: todo pasa cuando tiene que pasar y como tiene que pasar. Pero, pese a todo, el ritmo es tan bueno y las escenas de acción son tan espectaculares que, en fin, se pasan las dos horas y cuarenta minutos bastante rápido. Y los personajes digitales son sencillamente perfectos. Y eso bien puede valer una entrada de cine… y más si es en buena compañía.

Fin de la crítica.

Al salir del cine no había nada abierto. Y estaba lloviendo, o como dicen en el norte, estaba jarreando. Así que ella sacó su paraguas del bolso y me hizo un sitio debajo. Como era muy pequeño, pasé mi brazo por sus hombros y nos pegamos mucho el uno al otro. Subimos la calle hasta que llegamos al portal de su casa y allí fue donde se produjo la escena de la despedida. Comentamos algo de la película hasta que ella cambió radicalmente la dirección de la conversación:

– ¿Te puedo preguntar una cosa?
– Claro… pero que sepas que soy ateo…
– ¿Sigues… sigues pensando lo mismo sobre… mí… o ya no? ay… es que no sé muy bien cómo preguntarlo…
– ¿La pregunta es si me sigues gustando?
– En fin, tú eres más directo. Sí.
– Bueno… es evidente que no te han salido pústulas en la cara, así que… supongo que la respuesta es sí… aunque si la pregunta es si estoy loco por ti…
– Ni se me ocurriría siquiera pensarlo…
– Nuestra relación es un poco curiosa. Nos hemos visto realmente muy poco y todo el contacto es por Internet. Y, bueno, la chica que está al otro lado de la pantalla, con la que hablo a menudo, me gusta. Eres divertida, inteligente… eres muy guapa. Así que, sí, tienes muchas papeletas de ser una chica que me guste.

Un par de segundos de silencio. Siempre hay un par de esos incómodos segundos de silencio cuando hay malas noticias después.

– A ver… se trata de que este año me enamoré hasta la médula de otra persona, y de que, lamentablemente para mí, sigo estándolo…
– En realidad es lamentable, pero para mí.

Ella ignoró convenientemente mi vano intento de rebajar la incomodidad de escuchar que la tía que me gusta está enamorada de otro. Aunque yo ya lo sabía, claro.

– En septiembre, cuando te vi en el concierto, me di cuenta de que me alegraba mucho de verte. De que te tengo mucho cariño. Me pareces un niño estupendo y me río mucho contigo.
– Espera… eh… ¿un niño? ¿Me tienes cariño? o sea… ¿Te va el rollo madre?
– ¿Tú te crees que me despiertas el instinto maternal?
– No, no… es sólo que te ha faltado decirme que soy entrañable…
– Tonto… ya sabes a qué me refiero…
– Lo sé, lo sé. Pero también sé que soy muy buen tío y que te vendría bien salir conmigo. Aunque supongo que eso me descarta casi inmediatamente como posible novio. En realidad eso me descarta para la mayoría de las mujeres. Están de moda los tíos malotes.
– A mí no me van malotes en absoluto…
– Entonces tengo que descambiar la chupa de cuero que me he comprado…

Ahora sí conseguí que se riera.

– Lo malo es lo del tatuaje que me he hecho en la espalda…
– Para…
– Vale. Pero no sé muy bien cómo interpretar que me tienes cariño.
– Pues eso, que te tengo cariño.
– Pero cariño en plan… yo también te quiero, pero sólo como amigo. O en plan… bravo muchacho, sigue así y tendremos una bonita historia que contarle a nuestros nietos…

Otro par de segundos de silencio.

– Pues no lo sé… ahora mismo no pienso en nada así… lo siento.
– No tienes por qué sentirlo…
– A mí me gusta siempre la sinceridad, no soporto las mentiras, y procuro ser sincera siempre… te tengo un cariño muy grande, y de los de verdad. Pero me siento mal.
– ¿Por qué?
– Porque si me dieras igual no me costaría decirte las cosas así, pero no es el caso, y como sí me importas, pues me siento mal…
– Pues no te sientas mal. Ahora las cartas están sobre la mesa. Y, siendo sinceros, así tengo más posibilidades de que te enamores de mí. Soy francamente bueno en eso.
– ¿Por qué?
– Si te lo digo perderé el efecto sorpresa, ¿no te parece?

Volvió a reírse.

– Buena respuesta.
– Necesito algo de tiempo para que descubras al verdadero Sr K. Y, sobre todo, necesito algo de tiempo para que termines tu trabajo en Alemania y vuelvas a España permanentemente… creo que valdrá la pena esperar.

Sonrió. Y para concluir la conversación añadió:

– Mañana me ha dicho Risueña de hacer algo…
– Sí… a mí también me lo dijo.
– Entonces nos vemos mañana… ¿No?
– Claro…
– Hasta mañana – Y me dio dos besos.

Hoy ya es mañana. Casi es pasado mañana. No sé lo que haremos, pero… lo cierto es que la volveré a ver en unas horas. Heidi me gusta de verdad pero creo que en realidad no sé cómo están las cosas y si tengo posibilidades reales. Ni siquiera sé si debo de seguir picando piedra…

votar
Etiquetas: , , , , , , , ,

Read Full Post »

“Te vas a pasar a verme esta tarde por el bar?”, parpadeó en mi pantalla el viernes por la mañana. Era la rubia (quien va necesitando un nombre decente, pero ya), con quien he tenido muchas conversaciones por el Messenger y algunas menos en persona.

No sé si os lo había dicho, pero La Rubia trabaja como camarera en un bar de copas cercano a mi casa las noches de los viernes y los sábados. Trabajo que compagina con el que tiene de lunes a viernes en el taller de coches. Como se ve es una mujer muy trabajadora. En dos ocasiones me había pasado por el bar y, en las dos, estaba tan lleno que el caso que pudo hacerme fue cero. Así que cada una de las veces, bien metido en mi papel de El Señor Capullo, aguanté estoicamente una cerveza e hice mutis por el foro al terminar.

Esta vez fue algo diferente.

Salí de la oficina tarde (semana de guardia) y del tirón me pasé por el bar. Tenía la esperanza de que por una vez no hubiera mucha gente. Y, como dice el dicho, a la tercera fue la vencida. Había unas cuantas mesas ocupadas y un par o tres de tipos en la barra, con sus respectivas bebidas. Y poco más. Así que tuve oportunidad de charlar un poco con ella, mientras me tomaba una cerveza.

Pero poco.

La razón fue que el jefe de la chica, un tipo de unos cuarenta y cinco años y de complexión fuerte, se nos acercó e interrumpió una conversación bastante interesante.

– ¿Sabes jugar al billar? – preguntó.
– Un poco. Sé con qué parte del taco hay que darle.
– Pues vente.

Y fui. En la mesa de billar estaba todo dispuesto para una partida… las bolas colocadas, los tacos… todo. El dueño del bar se aburría y quería jugar un rato.

La última vez que jugué al billar, estaba en el poder Felipe González y era todavía un jovenzuelo despreocupado que usaba americanas de pana con parches en los codos. Bueno… no es cierto, pero casi. Nunca he sido especialmente bueno en el billar. En realidad en ningún juego de los que se pueden disfrutar en los billares. Principalmente porque no solía faltar a clase y porque tengo poca coordinación ojo-mano. O sea, se me da bien el billar como concepto teórico trigonométrico. Pero no pasa de ahí.

Esta vez tampoco fue diferente. La primera partida más o menos aguanté hasta el final. En la segunda fui barrido del mapa y sólo me salvó del abucheo del público el hecho de que no había público para abuchear. La tercera… mejor no digo nada. Lo peor es que la Rubia estaba en la barra con cara de aburrimiento.

– ¿Sabes jugar al futbolín?
– A eso un poco mejor… pero no mucho mejor.
– Vale. Futbolín clásico… no vale ni media ni hueco y en la delantera hay que esperar.

El futbolín fue la siguiente disciplina donde me siguió humillando. Pero tampoco pude perder dignamente. No hay mucho que se pueda hacer contra alguien que lleva jugando al futbolín desde hace 40 años. Y la rubia seguía en la barra sola, con cara de aburrimiento.

Supongo que como no era rival, dejó de ser divertido, y me pude escapar. Al menos durante unos minutos. Que fue el tiempo que tardó en acercarse otra vez a donde estábamos nosotros, con la intención de participar en la conversación. No sé muy bien cómo, empezó a contarnos una anécdota donde, curiosamente, aparecían varias personas muertas, algunos a navajazos.

– Yo llevo garitos como este desde hace mucho tiempo – dijo en un momento dado – y lo que de verdad funciona son las camareras guapas. En el tiempo que una chica se ha tomado un pelotazo, un tío se ha tomado tres. Y los tíos van a los sitios donde la camarera está buena.
– Eso es verdad – dije yo, gran conocedor del fenómeno “camarera”.
– Y tanto que es verdad – siguió el jefe – llevamos tres años abiertos y sólo has venido desde que está esta chica en la barra.
– Totalmente cierto – dije mirándola a los ojos.

Ella sonrió.

Me tomé otro par de cervezas (o más), de las que pagué sólo una (el jefe, además de no dejarme charlar a solas con la chica, no me dejaba pagar ninguna cerveza). Y dieron las tres de la mañana. Teniendo en cuenta que el sábado tenía que madrugar… iba siendo hora de irse. Así que estreché la mano del Jefe (que insistía que me quedara un rato más) y me dirigí a la entrada para camareros de la barra. Allí estaba la rubia esperándome para darme dos besos.

Después de la tercera visita-fiasco al bar, quedaba claro que había que buscar otra clase de terrenos para vernos. Así que al finalizar el segundo beso y todavía con mi mano en su cintura le dije:

– ¿Puedo invitarte el domingo al cine?

A lo que ella respondió en milésimas de segundo:

– Si.

El sí más rápido de mi historia.

Así que el domingo, si no hay nada que lo impida, tendré lo que parece nuestra primera cita juntos…

A ver qué sucede.

votar
Etiquetas: , , , , , , ,

Read Full Post »

Estaba triste, muy triste. Solo y triste, dos elementos tremendamente malos. Pero es que el mal de amores es lo que tiene. El caso es que nunca he sido de lamentaciones y no me quedaba en casa llorando, lamiéndome las heridas y compadeciéndome de mi sino, sino que salía con mis amigos de juerga. Bueno, con los que me quedaban solteros: concretamente con Bob el silencioso, y toda la juerga de la que era capaz de desarrollar. El caso es que bebía mucho. Ron con cola. La marca del ron me daba igual, la condición era que me lo sirvieran en gran cantidad. Al principio no pasaba de uno o dos, pero el cuerpo adquiere resistencia, y en poco tiempo, uno y uno son dos, y dos son cuatro… cuatro y dos son seis y dos son ocho y ocho dieciséis…

Dieciséis cubatas no me llegué a beber nunca… pero 12 sí. Es una gran cantidad de bebida (por no mencionar la pasta gansa que eso suponía). Recuerdo el día que me bebí esos 12 cubatas…

Fue una nochevieja de hace exactamente 8 años. Bob y yo estábamos en un bar que en tiempos fue de moda (al menos en nuestra zona) aunque en ese momento estaba más o menos de capa caída, y llevábamos bebiendo desde las 1 de la mañana a un ritmo de un cubata cada 30 minutos. Nuestras amigas no habían aparecido en toda la noche (luego supe que se habían enfadado conmigo por algo que dije… aunque no sé qué fue ni en qué momento) y lo único que podíamos hacer era beber, charlar y mirar hipnóticamente el sutil bamboleo del tremendo escote de la camarera, que era tremendo, hipnótico y poco sutil. Y beber.

El reloj dio las 7 de la mañana y yo apuré el último cubata de la noche. Miré a mi alrededor con la mirada vidriosa y posiblemente una sonrisa bobalicona, y una idea cruzó mi mente. Lo recuerdo claramente porque fue como una revelación: “No conozco a nadie aquí”. Efectivamente ninguna cara me sonaba de los que estaban a mi alrededor. Es más: yo debía de ser el más mayor de todos. Me sentí una especie de viejo borracho baboso rodeado de niñas monas y chavales pelopincho. Y eso es terrible.

En ese momento decidí que tenía que hacer algo con mi vida. Algo más que beber, se entiende. Sobre todo porque si con esa edad era capaz de beberme tal cantidad de cubatas, mi hígado no saldría vivo de esta. Y yo con él. Y tomé una determinación que, hoy por hoy, ha sido la mejor elección que he tomado nunca (junto con la de irme por ciencias).

Todo esto me ha venido a la memoria al escuchar en la radio esta canción de los Rodriguez “La Copa rota”. Sólo hay dos canciones que soy capaz de cantar de memoria: 19 días y 500 noches, de Juaquín Sabina y La Copa Rota, de Los Rodríguez. Curioso que sean dos canciones tristes, de desamor… aunque supongo que es normal.

Botón de Bitacoras
Si haces click en el icono estás votando en Bitacoras
Etiquetas: , , , , , ,

Read Full Post »

El domingo Mala me comentó algo muy interesante en el relato del taller de los jueves. Era una reflexión muy corta, quejándose de que al final la culpa de que el tipo fuera un capullo (pero de los malos, no de los tontos, como yo) fuera de la mujer… y eso me ha traído a la mente algo que escribí en mi cuaderno de las ideas hace algún tiempo en relación a las influencias…

En este preciso momento, mientras lees esto, la masa de tu cuerpo está ejerciendo una fuerza de atracción sobre la pantalla del ordenador, el ratón, y las revistas de tías en pelotas de debajo del colchón. La única razón por la que no se pegan a tu cuerpo es que, en realidad, la fuerza con la que las atraes es muy pequeña (para que te hagas una idea, es lo mismo que me pasa con las tías… las atraigo, pero no lo suficiente). Según dijo Sir Isaac Newton, “todas las cosas se atraen con una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de sus distancias (incluso las revistas de tías en pelotas)”. Y es una Ley Universal.

La gente que cree en la astrología afirma que la posición de las estrellas en el momento del nacimiento puede tener una gran influencia sobre el destino de la gente. Incluso hay algunos que pretenden disfrazar de ciencia a este argumento aludiendo a la Ley de Newton. Lo que pasa es que, en el momento del nacimiento, hay alrededor del retoño otro montón de cosas con una fuerza gravitacional mayor sobre el bebé que la lejana constelación de Leo. El tamaño de los brazos de la matrona, el monitor de las constantes, el pie derecho de la madre o la videocámara con la que el asustado padre enfoca a donde asoma ya la cabeza del desdichado neonato… cualquier cosa que haya cerca ejerce una influencia mucho mayor que las estrellas. Así que podemos decir que, para una correcta predicción del futuro, los astrólogos deberían tener en cuenta todo esto…

Por contra, la influencia que ejerce la luna es enorme. Se trata de un cuerpo de gran masa que se encuentra relativamente cerca de la tierra y, ella sola, atrae toda el agua del océano produciendo las mareas, por ejemplo, o regula la menstruación de las mujeres (y para manejar a las mujeres hay que ejercer mucha influencia, ¿no?).

Y pensando sobre las mareas, la luna y las estrellas, me he dado cuenta que existen otra influencias mucho más fuertes que la Luna o las estrellas. Y no, no estoy hablando de política (por una vez que no lo haga tampoco va a pasar nada, ¿Verdad?). Me refiero a la influencia que ejerce sobre nosotros alguna persona en concreto. Hay gente así. Gente que está ahí, y que encauza tu vida en una u otra dirección. Pongamos que conoces a alguien, llámala X, y resulta que es una mala influencia. De pronto dejas de hablarte con tu familia, le das importancia a cosas como que tu hermano nunca te ha invitado a una cerveza a pesar de ganar más que tú, o que te gustan los perros caniche, y que te mueres por tener uno pese de ser alérgico de nacimiento… y es cuando todo el mundo dice: “Macho, como has cambiado”, y se callan el “Pero para mal” por temor a que esa mala influencia haga que dejéis de ser amigos.

Pero la diosa fortuna tiene a bien poner en tu camino una buena influencia, llámala W, y de pronto te ves comiendo ensaladas para perder peso, tú que pensabas que la verdura era eso que comían las vacas para no ser antropófagas. O haciendo deporte y pensando que es por voluntad propia. Te reconcilias con tu hermano (el agarrado de antes), tu familia vuelve a hablarte, incluso te conviertes en un tipo popular en las reuniones navideñas. Aprendes a conducir, buscas un trabajo mejor, te hace ver las cosas desde puntos de vistas inéditos para ti… En resumen, W hace que te esfuerces por ser mejor persona… porque de forma inconsciente tiendes a intentar estar a su altura… que es más o menos como intentar alcanzar la luna. Y esa, amigos, es una gran influencia…

Esto fue lo que escribí en mi cuaderno verde de las ideas. Ahora añado una pequeña reflexión:

Querer a alguien y que ese alguien te quiera es una enorme suerte al alcance de unos pocos. Si ese alguien es tan especial que, además de quererte como eres, te estimula, te abre nuevos horizontes, te aporta experiencias… entonces no hay nada más que se pueda pedir… excepto el ser lo mismo para esa persona.

¿No?

Read Full Post »

Viendo el interés que ha despertado el tema y las enormes muestras de apoyo que he tenido estos días no puedo, cuando menos, dejar pasar un rato más sin daros las gracias a todos por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, porque os habéis volcado conmigo. Perdonad que no haya contestado a los correos, o a los comentarios, pero es que no he encendido el ordenador en todo el fin de semana.

Esto es más o menos lo que pasó.

El sábado no nos vimos por la mañana, como suele pasar cuando ella trabaja de noche, y no fue hasta la tarde cuando me pasé por su casa, con la idea de ir a recogerla para asistir a la fiesta de cumpleaños de una amiga. En eso habíamos quedado el día anterior. Estaba impaciente y temeroso. Y me encontraba dividido entre dos sentimientos encontrados: quería saber, pero a la vez no quería. No podía preguntar nada sobre lo que había pasado. Tendría que ser ella la que me contara lo que quisiera contarme.

La primera sensación no fue buena. En el coche ella estaba callada, pensativa, quizá distante. Se lo hice notar, pero Huracán lo achacó a que había dormido poco y mal. Y no lo dudo… seguro que había pasado la noche (la mañana quiero decir) pensando en como enfocar el asunto. Pero no dijo nada sobre el policía ni lo que había pasado. A punto estuve de saltarme mi auto imposición y preguntarle abiertamente… pero me contuve.

A pesar de la mala noche (o mañana, insisto) se había arreglado para la ocasión… es quizá lo que más me gusta de Huracán. Puede estar mal, o no haber dormido, y esmerarse en estar guapa. Llevaba una falda corta de color verde (seguro que verde algo, pero desconozco la gama de colores femeninos, para mí el verde es verde. Y punto), con tacón alto y medias negras, y una camiseta sin mangas a juego (supongo que no se llama así, pero mi conocimiento del vestuario femenino es equiparable al de los colores). Destacaba entre la gente del cumpleaños, como un faro en la niebla.

El cumpleaños fue divertido. Muy original y currado. Para empezar era obligatorio llevar algún tipo de gorro o peluca. Nosotros llevábamos unas simples gorras, pero había pelucones de todo tipo, gorros de arlequín, de vaquero… de todo. Mi amiga había alquilado un pequeño teatro y se había preparado unos juegos “sociales” en los que salíamos por parejas al escenario a interpretar al otro. Lo había hecho de tal forma que nos tocaba salir con alguien a quien no conocíamos, siempre del sexo opuesto… con lo que ayudó a conocerse entre todos (ella tiene amigos de muchos ámbitos diferentes y de esta manera evitaba corrillos de conocidos). También estaban Lentillas (con una pinta de protagonista de un manga japonés con una peluca morada) Ironmán (lo mismo, pero con una peluca de rizos rubios que le llegaban hasta el trasero), Almanzor (con un pelucón pelirrojo, terminando con la parte anime del grupo), Rico (con un gorro de dominguero), Bob el silencioso (con un gorro de ferroviario con orejeras) y su novia (con un gorro de forma indeterminada y de función dudosa)… casi toda la panda. Desde luego no era el mejor ambiente para hablar de nada serio… y menos de lo que me estaba carcomiendo, y cada vez más, por dentro.

A lo mejor fueron imaginaciones mías, pero ella estaba un poco esquiva conmigo. Pero puede que los juegos “sociales” nos mantuvieran apartados el uno del otro más de lo que a mí me hubiera gustado. Pero en los ratos en los que no había juegos, siempre estábamos con alguien… ni que decir tiene que yo estaba cada vez más nervioso.

El tema salió en el coche, casi llegando a su casa. Lo sacó ella.

– ¿Quieres que te cuente que pasó con el Policía?
– Quiero que me cuentes lo que tú quieras contarme. Y lo que no quieras contar, para mí será como si no hubiera ocurrido.
– No pasó nada con él. Ni siquiera lo intentó. Vino a buscarme a casa, bajamos al bar donde tú y yo cenamos a veces, y hablamos.
– ¿Esperabas que intentara algo? En plan… “por los viejos tiempos”.
– No… bueno, no sé. Supongo. Cuando se marchó aquella vez no terminamos exactamente… él me dijo que se marchaba y yo me puse digna, bueno, no hablamos mucho entonces…
– Y ayer fue el momento de hablar de los cabos sueltos, ¿No?
– Pues no hablamos de eso, en realidad. Me contó que estaba muy bien y que tenía planes de boda con su novia…
– ¿Se casa? – Me sorprendió, la verdad. No me dio la sensación de ser de los que se casan.
– Si, el año que viene. Ya tienen iglesia y todo.
– ¿Te ha invitado?
– Sí. Pero no voy a ir. No pinto nada en esa boda.
– No sé si pintas algo o no… pero de querer ir, yo te podría acompañar, para que no fueras sola…
– Gracias, pero no voy a ir.
– Como quieras. Yo estoy aquí para lo que necesites, cuando lo necesites y como lo necesites… yo por mí no lo haría, pero tu padre está pagando una pasta todos los meses por asistencia 24 horas… así que tengo que hacerlo por contrato.- Un pequeño chiste para relajar la tensión acumulada. Ella se rió y yo también.
– Como eres…
– Un cielo, ya sabes. Ahora en serio Huracán… lo que necesites, sea lo que sea. El policía ha removido muchas cosas en esa cabeza… sé lo que eso supone, y lo entiendo. Y necesitas pensar. Yo no te presiono. Piensa todo el tiempo que necesites y luego me cuentas… o no. Como quieras. Pero, sobre todo, ten en cuenta que te quiero. Y eso no va a cambiar. Ahora me voy a casa y te dejo pensar tranquila…
– No me dejes sola esta noche…

Y no la dejé sola esa noche, ni el domingo entero. No hablamos más del tema, no quise preguntarle, pero estaba igual de pensativa y abstraída que el día anterior. Durmió hasta tarde, comimos y vimos una peli, de las de llorar. Sinceramente no sé como está el tema… y no sé qué es lo que tiene que pensar… el policía está lejos, prometido y, si lo que me ha dicho es verdad, no tiene ningún interés en Huracán. Me tiene a mí… así que… ¿Qué es lo que le preocupa?

Read Full Post »

Aprovechando la hora de la comida, os voy a intentar contar qué pasó el sábado…

El sábado Huracán no dio señales de vida en toda la mañana y parte de la tarde. Habíamos quedado en llamarnos, pero pensé que, a lo mejor, quería quedar con alguna amiga para comer helado, llorar a moco tendido y comentar cada uno de los miles de millones de matices de las dos semanas con el Policía. Algo en lo que un hombre no puede competir, por mucho que se lo proponga. Y un papel que no quiero interpretar, la verdad. Así que no me pareció raro que no me llamara y, como tampoco la quería agobiar, yo tampoco hice ningún movimiento.

A eso de las 8 me llamó un colega para tomar unas cañas por ahí. Y como no tenía nada mejor que hacer, accedí. Pero, estando en la ducha, el móvil empezó a sonar y, como era la melodía de Expediente X (el tono que le tengo puesto a Huracán) salí corriendo de la ducha, con jabón en el pelo y una toalla en la cintura.

– Jo. No me has llamado… – Voz lastimosa. A juzgar por el tono, estaba tumbada (y, seguramente, abrazada a un cojín o similar)
– No… es que pensé que quedarías con alguna amiga… ya sabes… para contarle lo ocurrido.
– Pero quedamos en que nos llamaríamos para vernos… – Ahora no era lastimosa… ahora estaba poniendo voz de niña mimosa (con coletas y pecas… y una gran piruleta de fresa).
– Es verdad… bueno, he quedado con un amigo muy divertido – completamente falso. Mi amigo es lo más soso que uno se puede echar a la cara… pero es buena persona… y limpio – Si quieres venirte…
– Pensé que nos veríamos los dos solos…

Anulé las cañas con mi colega (creo que le dejé colgado, pero entendió perfectamente la preferencia por Huracán) y, aproximadamente una hora después, estaba en la puerta de la casa de la niña… una escena ya muy repetida. Y cuando abrió la puerta…

Cuando abrió la puerta yo pensé que me había muerto y que un ángel me estaba dando la bienvenida al cielo. Y eso, dicho por un ateo como yo, es afirmar mucho. Me quedé sin palabras, mudo y boquiabierto. Huracán estaba más bonita que nunca. Sencillamente espectacular. Impresionante. Sublime. Portentosa. Deslumbrante. Despampanante. Sensacional. Y otro medio centenar de adjetivos en esa línea… Con el pelo suelto y sus rizos cayendo distraídamente sobre sus hombros desnudos. Un fino vestido de tirantes, de color blanco y negro, ajustado como un guante a su cuerpo moreno. Un escote de esos que dan vértigo al asomarse. La espalda desnuda y unas coquetas sandalias a juego. Vestida como para una fiesta de la revista Vogue, por lo menos. A Huracán la he visto en biquini y en braguitas y sujetador (cuando nos bañamos en el mar Cantábrico, el último día del año), pero el conjunto que tenía delante de mí en ese momento superaba cualquier otra cosa que hubiera visto nunca.

Fue ella la que me dio dos besos y tiró de mí hasta la calle. Dos o tres semáforos después, mi cerebro consiguió desbloquearse.

– Pero ¿Tú no estabas deprimida?
– Sí.
– Pues, normalmente, la gente, cuando se deprime, suele estar… no sé… menos arreglada.
– Lo sé… pero he pensado que el Policía no se lo merece. Si no ha querido quedarse conmigo, tanto peor para él… que vea lo que se pierde.
– Que se joda.

Visto el panorama, ella no iba vestida para tapear por ahí, se me ocurrió que la mejor manera de impresionar a Huracán sería yendo a un sitio exclusivo. Así que decidí sobre la marcha que iríamos a cenar a un restaurante de un amigo mío, un chef bastante conocido en el mundillo gastronómico. No le había avisado ni nada, pero seguro que nos hacía un hueco. Una vez incluso me dio de cenar en la cocina…

Por suerte no fue necesario cenar en la cocina. Mi amigo dio instrucciones para que nos colocaran en una mesa muy apañada, con sus velitas y todo, junto a uno de los ventanales del restaurante. Y salió él mismo a aconsejarnos y a tomar nota. A eso le llamo yo una atención personalizada. Mi amigo El Chef, que cocina que te mueres, nos aconsejó algo sencillo de primero: un poco de jamón, del bueno, y unos pimientos rellenos con una salsa verde que no sé qué era; y, de segundo, los famosos solomillos con boletus y finas tiras de fua, acompañados de cebolla caramelizada y unas patatas al horno… regado con un buen vino. Por supuesto, todo corría de mi cuenta (aunque, por suerte, mi amigo siempre me hace un precio especial).

Durante la cena apenas hablamos del Policía. Afortunadamente Huracán no lloró ninguna vez y conseguí desviar el tema de conversación hacia otros derroteros. Hablamos de las vacaciones (nombré más de lo necesario a Lentillas, aunque sin dar detalles) y del proyecto de viaje a Nepal de este otoño (el puntito aventurero). De cosas de la infancia… anécdotas. En fin, lo normal.

Creo que Huracán se lo pasó bien, a juzgar por la cantidad de veces que conseguí que se riera.

Después de despedirnos de mi amigo El Chef (con un guiño de ojo por su parte y un gesto de “llámame”), nos fuimos a un local a tomar algo y a bailar. Bueno… ella a bailar y yo a intentar moverme más o menos rítmicamente al son de la música, procurando por todos los medios no tropezarme conmigo mismo. No me importaba hacer el mayor de los ridículos, porque era consciente de que nadie, ni hombres ni mujeres, me mirarían a mí, estando Huracán vestida como estaba vestida, y bailando como estaba bailando… Eso sí: no me separé demasiado de ella… no fuera algún musculitos tatuado y perforado a joderme la noche.

Serían las 5 de la mañana cuando me despedí de la niña en la puerta de su casa. Me dio un único beso en la mejilla y dijo:

– Gracias.

Y se marchó. Y yo me quedé allí un rato, sopesando la posibilidad de subir corriendo las escaleras, derribar la puerta de su casa de una patada, y hacerla mía en el suelo del pasillo, en la cocina, en el salón y, por supuesto, en la cama…

A ver si mañana busco otro rato para intentar escribir lo del domingo…

Read Full Post »

Después de una dura clase de spining de ese (una especie de tortura china en la que un sádico con ropa ajustada te hace sudar al ritmo de música disco) salí escopetado para casa de Huracán. Tengo que reconocer ciertos nervios por mi parte… no sabía muy bien qué iba a encontrarme allí. ¿Estaría en lo cierto con respecto al Policía? Por si a caso, y porque hombre previsor vale por dos, llevaba la muda limpia.

Aparqué en la puerta y momentos después estaba llamando al timbre. Me abrió una Huracán inédita para mí: Una Huracán con gafas. De todas maneras las gafas le daban un aspecto de bibliotecaria erótica que para qué os voy a contar (y, con un saco de patatas, tendría el aspecto de una patatera erótica, segúramente). Por lo demás, y como siempre, muy ligerita de ropa (sólo una camiseta de tirantes y un pantaloncito corto, minúsculo). Así que estaba cómoda en casa.

– Quedamos en que me llamarías antes de venir.
– ¿Seguro? No lo recuerdo. – En realidad sí que lo recordaba, pero prefería encontrarla así.
– No me has dado tiempo a arreglarme… mira las pintas que tengo…
– Que va, mujer. Estás muy guapa.- Y no mentía
– Ahora tendrás que esperar
– No importa. Ya tengo experiencia.

Y me senté en el sofá, dispuesto a dejar pasar una hora allí sentado. La revista de la mujer de hoy es una lectura interesante… y siempre viene bien saber las tendencias de este verano en cuanto a trajes de baño se refiere. Mi horóscopo para esta semana no era muy alentador: Un problema de salud y estrecheces financieras…

Al final sólo fue media hora. Huracán, ya sin gafas, estaba preciosa (con gafas también).

– ¿Dónde vamos? – Pregunté con curiosidad. Obviamente íbamos a salir por ahí. Con Huracán eso significa que lo mismo empezamos haciendo un cine, y terminamos a las 8 de la mañana en un after…
– No sé, me da igual. Pero quiero salir de casa… me estoy agobiando. Llevo encerrada aquí tres días.
– ¿Pasa algo?
– No… nada… – Lo que en el lenguaje femenino significa “Tengo un problemón que te cagas”. Mi fino olfato para los problemas me decía claramente que se trataba del Policía.
– La Huracán que yo conozco no se queda en casa tres días ni con 40º de fiebre… Dime ¿Qué está pasando?
– Nada… bueno, sí… pero es que a ti no te gusta que hablemos de esas cosas… – Supongo que lo diría por las largas charlas sobre el camarero guapo que intenté, sin éxito, evitar en el pasado. De repente se había vuelto muy considerada.
– ¿Hay un Policía?
– Sí…
– Pues tienes razón, no me gusta… A ver, conozco una zona de terrazas que no queda lejos… – Por fin había tomado el mando el “Yo Tipo Duro”. Creo que dejé bien zanjado el asunto. No me gusta hablar de eso, así que no hablamos de eso.

Y bajamos al coche. Y, en el primer semáforo, Huracán se puso a llorar como una magdalena. Yo no soporto ver llorar a una mujer… es superior a mis fuerzas… así que nuevamente vi como el “Yo Tipo Duro” salía despedido del coche y moría atropellado bajo las ruedas de un camión unos metros más atrás. En su lugar, conducía nuevamente el Señor Capullo.

– A ver… ¿Qué te pasa?
– El Policía me ha dejado… – y continuó con unos cuantos lloros. Me resultaba difícil concentrarme en el tráfico y en Huracán, así que en cuanto pude, aparqué el coche. Por suerte había un bar cerca con una terraza. Salimos y, más calmada, Huracán me siguió contando.

Resulta que el Policía no era de por aquí. Era de una ciudad de la costa levantina donde, por cierto, vivía también su novia. Había surgido un traslado cerca de allí y lo había cogido. Punto final a la historia. El tío, después de un par de semanas intensivas de sexo, había vuelto al redil… como quien dice. Y en esto Huracán fue muy descriptiva…

De todas maneras había algo que no alcanzaba a entender.

– O sea – dije – que él tiene novia, ¿No?
– Si…
– ¿Tú lo sabías?
– Sí…
– Y, aún así, ¿Te liaste con él?
– Si…
– ¿Y no te importó ese pequeño detalle?
– Es él el que tendría que preocuparse por ese detalle… no yo.
– Bueno… eso es cierto… pero, no sé… por solidaridad de género… por eso de que uno no debe hacer lo que a uno no le gustaría que le hicieran… no sé, por esas cosas… de todas maneras, si él tenía novia, y tú lo sabías… no sé a qué viene esta escena, la verdad.
– Porque me he pillado por él… – Y empezó a llorar otra vez.

La gente de la terraza nos miraba. No es algo que a mí me preocupe, pero los ojos de Huracán estaban negros por el rimel corrido. Estábamos dando toda una escena.

– Mira, Huracán, deberías dejar de llorar… la gente del bar tiene la impresión de que te estoy dejando y, la verdad, creo que todos deben de pensar que estoy tonto o algo así, por dejar a un bombón como tú… así que, hazlo por mí, por mi imagen, y deja de llorar… por favor – Estas tonterías se me ocurren sin pensar. De todas maneras el comentario surtió el efecto deseado… Huracán sonrió y dejó de llorar. Aunque sólo por unos minutos.

Por lo visto todo empezó como un rollito de verano. Un tío bueno al que poder beneficiarse unos días y luego, si te he visto no me acuerdo. Una forma de pasar el rato haciendo ejercicio, en plan “Mujer fatal”. Pero resultó que el tipo no era tan mal tío después de todo (si olvidamos el pequeño detalle de que el Policía le puso los cuernos a su novia varias veces al día durante dos semanas). Y, Huracán, creyó ver algo más que sexo en sus encuentros. Empezó a imaginarse cosas y… en fin, se lió un poco. Él nunca tuvo la más mínima intención de dejar a su novia de toda la vida y, en cuanto surgió la oportunidad profesional que estaba esperando, se largó.

Total que, a eso de las 2 de la mañana, después de incansable palique sobre el tema, lloriqueos varios, sorbida de mocos (algo muy poco erótico, la verdad) y demás parafernalia del despecho, dejé a Huracán en su casa.

Resumiendo: Antes del verano había una Huracán abeja (de flor en flor) y me he encontrado a una Huracán enamorada (o eso cree ella), despechada y con gafas…

Se supone que hoy quedaremos otra vez, nos vamos a llamar después de comer. Eso sí… en caso de que quedemos le he prohibido volver a mencionar el tema del Policía. No me hará caso, por supuesto. De todas maneras no sé qué enfoque darle al asunto… ¿Voy de hombro? ¿Voy de hombre? A ver, las chicas… ¿Qué hago?

Read Full Post »

Older Posts »