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Archive for the ‘Anécdotas’ Category

Era sábado y yo estaba es un cumpleaños de una buena amiga. Había ido porque es una buena amiga, y no tanto por la promesa de chicas, actrices para más señas, que habían confirmado su asistencia. La amistad está por encima de todo, pero me afeité y me puse zapatos.

Y sí. Hubo actrices, aunque ninguna llamó mi atención.

La que sí llamó mi atención fue una amiga de una amiga. Morena, pelo liso, cara bonita, sonrisa frecuente y ojos brillantes. Vestida de negro, escotada, pero sin ser presuntuosa, camisa negra y vaqueros a juego. No era de esas que te dejan boquiabierto y alelado, pero no se podía negar que “algo” sí que tenía. Así que me acerqué a ella y a mi amiga con la sana intención de ser presentado.

Solo que en el momento en el que llegué, mi amiga se fue. No porque no quisiera verme, sino porque había algo que nadie más podía hacer por ella, y seguramente el baño ya estaba libre. Pero también podía presentarme yo. O eso intenté hacer.

– Hola – dije sonriendo.

Lo que pasó a continuación no fue exactamente lo esperado. Para empezar nunca antes una mujer se había puesto colorada al verme. Pero no un ligero rubor que pudiera considerarse como una sutil muestra de interés. No. Un rojo del tipo “He salido a la calle en pelotas y me he dado cuenta ahora mismo” o, más bien, la variante extrema de “Tierra trágame”.

– ¿Qué haces aquí? – consiguió decir.
– Soy amigo de la homenajeada.
– Por favor… – me suplicó – no le cuentes a nadie cómo nos conocimos…

¿Cómo nos conocimos? Pero si no la conocía de nada… seguramente me estaba confundiendo con otro.

– Creo que te equivocas… pero… ¿Cómo nos conocimos?

Y ella adoptó un tono más rojizo todavía.

– Perdona… que no eres tú… que me he confundido…
– Eso ya lo sé – le dije – pero de verdad, tengo curiosidad. ¿Cómo nos conocimos? Tuvo que estar muy bien, para que no quieras que se sepa… ¿No?

Y no quiso contármelo. De hecho, no me lo contó. Pero con la tontería hablamos un buen rato y a lo tonto me lo bailo tengo su teléfono. No sé cómo conoció a mi otro yo, pero, desde luego, la forma de conocer al Sr K original tampoco ha sido como para olvidarla.

De todas formas me preocupa un poco el asunto. Porque no es la primera vez que me pasa algo parecido. Cada vez creo más que mis padres participaron en un experimento genético y hay por ahí más tipos como yo. Como en el libro de Ken Follet. Y uno, el muy cabrón, se lo está pasando de miedo…

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Los islotes Columbretes, al atardecer

A veces olvidamos que detrás de toda esa contaminación lumínica hay millones de estrellas. Toda una vía láctea repleta de ellas. Ya sea por pereza o por la falta de costumbre, o porque casi siempre dan cosas buenas por la televisión, pero a penas miramos el cielo ya.

En los islotes columbretes podemos decir que no hay otra posibilidad. No hay televisión, no hay cobertura de móvil y cuando el sol se va, las estrellas atraen la mirada irremediablemente. Como si fuera un accidente de tráfico en el otro carril. A 30 millas de la costa y sólo con la intermitente luz del faro como fuente lumínica, el espectáculo del cielo era impresionante.

El capitán Haddock se había retirado a sus aposentos hacía un rato. Y Atenea y un servidor, tumbados en las colchonetas de popa, hacíamos casi lo único que se podía hacer: Mirar el cielo.

Si al marco incomparable añadimos una leve brisa marina que apenas mecía el velero, una conversación agradable, un buen vino en la mano y el estómago calentito con un impresionante arroz negro, cortesía del Capitán Haddock, no es de extrañar que el Sr K dijera:

– Este es un momento y un lugar ideal para hacer el amor… ¿No te parece Atenea?

Atenea se quedó en silencio unos segundos. Sin decir nada se levantó de su colchoneta y se acercó a la mía. Y me dijo:

– El amor no… pero si quieres, te vas a proa y te haces una pajilla. Y ahora no mires, que voy a mear por la borda.

Lo dicho… el mismo romanticismo que tiene una alpargata de esparto. Para que luego digan que las mujeres son románticas…

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Resulta que soy el más mayor de mi departamento. Es un formalismo, claro, porque hay una diferencia de dos años entre el más joven y yo. Podríamos decir que somos de la misma quinta. Más o menos. Lo único es que, a pesar de ser de la misma edad, a mí me parece que no encajo demasiado. Mientras otros compañeros miran tetas por Internet, yo leo blogs (lo que no quita que también vea tetas de vez en cuando)… a mí me encanta salir al monte cada vez que puedo, y a ellos jugar a la videoconsola. Para mí unas vacaciones es hacer un viaje al extranjero, para ellos ir a la parcela… así que no me siento demasiado integrado. Digamos que no creo que haga muchos amigos por aquí. Sin embargo, un día, ocurrió lo siguiente:

– ¿Te estás leyendo algo ahora?

La pregunta, de una compañera, me sorprendió mucho. Para que os hagáis una idea del nivel que hay, a mí se me considera un tipo raro en la oficina porque pongo los acentos en su sitio cuando escribo un correo electrónico. Es comprensible teniendo en cuenta que lo más sofisticado que se lee por aquí es la etiqueta del champú… porque en la oficina donde trabajo la palabra libro sólo se utiliza en la frase: “Yo libro el viernes”. Y, encima, se libra poco. Así que sopesé un poco la respuesta… podría mentir y decir “No, no me estoy leyendo nada”, o podía decir la verdad…

– Sí, claro siempre ando con algún libro… ¿Y tú?
– Estoy enganchadísima con una novela de Daniel Steel.
– No he leído nada de esa mujer… – Dije. Pero no por nada especial, simplemente no ha caído un libro de esa mujer en mis manos. Yo leo de todo y eso incluye novela seudo erótica para mujeres…
– Pues escribe genial. ¿Y qué te estás leyendo tú?

Se daba la casualidad de que en ese momento me estaba leyendo un libro de los difíciles. La Iliada, de Homero, pero con anotaciones a pie de página de un historiador, explicando un poco el contexto histórico. La respuesta no pretendía ser pedante, ni quería dármelas de culto, porque no lo soy. Así que dije:

– La Iliada
– No lo conozco… ¿Es de algún escritor famoso?
– La Iliada… de Homero…
– No sé quien es… ¿Ha escrito alguna otra cosa?
– Sí claro… La Odisea
– Tampoco lo conozco
– Que sí, mujer, que lo conoces seguro… ¿Te suena el nombre de Ulises?
– No
– ¿La guerra de Troya?
– No
– ¿Aquiles?
– No
– Pero si han hecho una película… sale Brad Pitt… ya sabes… los griegos contra los troyanos, el rapto de Helena… el Caballo de Troya, eso seguro que sabes qué es…
– Es que yo no me gusta la Historia.
– ¿No has visto la película?
– No lo recuerdo. Creo que no.
– ¡Pero si se le ve el culo a Brad Pitt! – Lo sé, un argumento lo más opuesto a la literatura que existe… pero me pareció que con ese dato recordaría la película…
– No…

Ahí se terminó la conversación. Ella encontró algo interesante que mirar en el otro extremo de la sala y yo se lo agradecí. Me pareció increíble que una chica de 31 años no supiera de lo que la estaba hablando. Llamadme ingenuo, pero pensaba que todos tenemos más o menos un mínimo de cultura general… no hay que haberse leído la Odisea para saber que existe, creo yo. Ya veo que no.

Esta chica será madre en unos pocos meses. ¿Cuántas probabilidades habrá de que su hijo lea la Iliada?

Acepto apuestas

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La segunda y última vez que me fui de putas ya fue algo premeditado, no como la primera vez… pero si lo englobamos en su contexto es más fácil de entender. Se trataba de una despedida de soltero… ya sabéis, de las tradicionales. El bueno de C3PO se casaba con su novia de toda la vida, y había que celebrar como se merecía tan señalada ocasión. ¿Y qué mejor forma de celebrarlo que estar en compañía de mujeres cariñosas y ligeras de ropa?

No era la primera despedida de soltero a la que asistía. Uno ya tiene una edad y amigos casaderos. Lo que pasa es que esta despedida en concreto era la primera despedida, digamos, al uso. Había tenido dos despedidas mixtas, una capea (con su vaquilla y todo) y algo parecido a una despedida tradicional cuando Cometa y Lord Farquaad se casaron… pero los amigos de mi, por aquel entonces, rival eran, cuanto menos, muy raros. Además, aunque hubo mujeres desnudas faltó algo importante… algo fundamental en una despedida de soltero: Los “Te quiero, tío”.

Cuando hay amistad entre los integrantes de una despedida (no todos, claro, siempre hay un primo soso del pueblo que sólo el novio conoce), y el alcohol hace acto de presencia en grandes cantidades, se producen esos emotivos momentos de exaltación de la amistad…

– Te quiero, tío”
– No… yo te quiero, tío

Y, por supuesto, amor fraternal que nada tiene que ver con otros tipos de cariño entre hombres, perfectamente comprensibles y respetables. Lo digo por si no quedaba claro del todo.

En el caso de mi amigo C3PO la mayoría éramos amigos de muchos años, veteranos de mil batallas, borracheras y juergas. Así que a poquito que bebiéramos, habría “Tequierotío” para todos. Además, disfrazamos al novio de diablo, con sus cuernos y todo (y en el “y todo” tenéis que añadir un rabo muy largo terminado en… bueno, terminado en un rabo, pero de otras características)

La cena fue copiosa, y regada con abundante vino. Así que ya salimos algo tocados del restaurante. Luego paseamos al novio por la calle un rato, para que hiciera el ridículo (Si no… ¿Qué gracia tiene vestirlo con un traje de diablo de poliéster de cuerpo entero en pleno verano?), y luego buscamos un garito donde seguir tomando copas. Ahí empezaron los primeros “tequierotío” de la noche. Había llegado el momento de poner el broche a la despedida: Las mujeres desnudas y cariñosas…

Yo ya estaba muy mal. Demasiado borracho como para darme cuenta de donde me metían. Así que no habrá descripción del local. Sólo recuerdo que, nada más entrar, había que bajar un montón de escaleras y, de pronto, nos encontramos en el cielo… aquello estaba lleno de mujeres desnudas. O, más que desnudas, poco vestidas.

Había un escenario en el que otro soltero estaba recibiendo su ración de striptis, sólo que él también estaba siendo desnudado por la chica… algo que también vio C3PO y no debió de molarle un pelo. Creo que a nosotros tampoco nos habría molado verle en pelotas (hay cosas que es mejor no ver… no sé si me entendéis).

Y digo que no le debió de gustar porque nosotros contratamos a una bailarina exótica en una sala privada para que le hiciera un numerito (sólo baile, no seáis mal pensados) y él se negó en rotundo. Dijo “No puedo hacerle esto a mi mujer”. Y se negó a sentarse en la butaca de terciopelo rojo que estaba ahí para él…

– A mí me habéis contratado para que baile… pues me da igual quien sea… pero que alguien se siente en esa butaca.

Yo fui el más rápido.

Y me hizo un baile la mar de sugerente. Ella era pequeña y delgada, pero muy femenina y sensual. Y tenía poca ropa… aunque se quedó con menos, a decir verdad con nada, al ritmo de la música. Hasta ese momento estaba siendo la mejor despedida de soltero de mi vida… o sea, los muchachos me habían pagado una stripper para mí solo… ¡Y no tenía que casarme!

Después de esto nos disgregamos por el local. Yo estaba demasiado borracho. Y no es una excusa para justificar lo que hice. Pero lo cierto es que lo hice: Me senté en una silla cerca del escenario a ver cómo una preciosidad de mujer se quedaba en traje de Eva al ritmo de la música. Y me dispuse a seguir bebiendo. Y estaba tranquilamente haciéndolo cuando noté algo raro.

Alguien me estaba agarrando la entrepierna.

Miré abajo, a mi entrepierna, y vi una mano fina y morena… y seguí un brazo hasta un cuerpo sensual y sugerente y una cara muy bonita. Y me estaba sonriendo. A mí.

– Podemos irnos a un cuarto reservado ahí atrás y pasar un buen rato… ¿Te apetece? – me dijo con un acento suramericano que no supe identificar. Por alguna extraña razón, saber de donde era esa chica se convirtió en una prioridad para mí.
– ¿De donde eres?
– De cuba
– Bonita tierra… – de pronto recordé algo importante – ¿Te importaría devolverme la polla? Es que la tengo mucho cariño… está conmigo desde que era pequeño.- Le dije con total naturalidad. Me soltó.
– ¿Vamos?
– No, lo siento… créeme que en mi actual estado no estoy en condiciones de nada… en otra ocasión.
– Si cambias de idea, estaré por aquí…
– Oye… por curiosidad… ¿Cuánto cobras?
– 200€
– ¡Joder!

Y como el que hace esto todos los días, seguí bebiendo y admirando el espectáculo del escenario. Mis amigos no sé lo que hicieron, y no les he preguntado… cada cual es libre de hacer lo que quiera con su dinero, teniendo cuidado.

Lo que sí sé es que dejamos al novio sin cartera, vestido de demonio (y sin ninguna otra ropa que ponerse), en mitad de la calle, borracho como una cuba, y muy lejos de su casa…

Es lo que tienen las despedidas de soltero…

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Yo no he sido siempre este tío despierto y de mundo que soy ahora. Bueno… ahora tampoco lo soy, a decir verdad, pero imaginaos cómo sería antes. Pues sí: un completo pardillo.

Mis amigos Bob y Panceta y yo mismo apenas salíamos de nuestro pequeño territorio. La noche de la gran ciudad nos era prácticamente desconocida, amenazadora y, sobre todo, logísticamente complicada. Al no disponer de coche, nos veíamos en la obligación de coger el último búho, a las dos de la mañana, o el primer tren, a las seis… lo que era una apuesta arriesgada: podías estar pasándotelo de puta madre a las dos, pero darte el bajón a las cuatro… con dos largas horas de espera para el tren. Así que casi nunca nos la jugábamos: Nos quedábamos en nuestro territorio.

Aquella noche fue especial. Panceta celebraba un ascenso en su recientemente adquirida carrera laboral (que luego resultó un cargo infernal del que salió trastornado). Y habíamos conocido a unas tías muy divertidas que, bueno, nos sacaban unos pocos años… pero que conocían la noche de la ciudad… principalmente porque ellas la habían vivido desde sus comienzos. Cosas de la vida, al final una de ellas resultó ser la mujer de Panceta, aunque esa es otra historia.

Entre unas cosas y otras nuestras anfitrionas se marcharon y todavía era relativamente temprano (estábamos en esa hora intermedia en la que no teníamos forma de volver a casa). Así que Panceta y yo decidimos investigar la noche por nuestra cuenta. Como no conocíamos ninguna zona, todas tenían un enorme abanico de posibilidades para nosotros. Elegimos una al azar y nos fuimos para allá.

Al llegar por la zona, un tipo aparentemente normal nos abordó por la calle y nos dijo:

– Chavales, si queréis tomar una copa y pasar un buen rato id a este local.

Y nos entregó una papeletilla de color rosa en la que había una pantera rosa dibujada y un nombre de garito: La pantera Rosa. ¿Y por qué no? Si no conoces la zona, tanto da que da lo mismo, ¿No? Panceta y yo nos miramos y pensamos lo mismo…

– Vale, vamos

Supongo que al tipo le pareció rarísimo que alguien le dijera que sí. Luego aprendí que a los relaciones públicas (a no ser que estén muy buenas) no se les hace caso… pero yo era un crío por aquel entonces.

– Venga, seguidme que os llevo

Y le seguimos, claro. El tipo supongo que no quería soltar la presa, ahora que se había hecho con ella. Dos gacelitas prácticamente imberbes a huevo… Le seguimos por calles estrechas y empinadas, doblamos esquinas con restos sospechosos y fuerte tufo a orín, y terminamos delante de un local con una enorme Pantera Rosa de neón de color rosa, lógicamente. El tipo descorrió una pesada cortina roja con su brazo y nos invitó a que pasáramos.

Supongo que el que descorriera una pesada cortina roja para entrar tenía que haber sido una pista determinante que nos indicara el tipo de garito al que habíamos accedido. Pero lo tomamos como algo anecdótico y seguimos dentro.

El interior del local era viejo y ajado, de un rosa descolorido y casi podríamos decir que sucio, aunque no era fácil de saber, ya que la luz tenue y los cuadros de mujeres desnudas en aptitudes claramente sexuales confundían mucho. Al fondo había una barra enorme con un tipo fornido y negro sirviendo unos tragos a tres señoritas de faldas de cuero muy cortas, medias de rejilla y tacones altos, sentadas en tres taburetes de esos que están anclados al suelo. Excepto ellas tres y el negro, nosotros dos éramos los únicos humanos en la sala.

Las tres señoritas se dieron la vuelta y nos miraron. Cuando hicieron eso nos dimos cuenta de varias cosas. La primera era que las tres señoritas esas no eran tales, sino que, en fin, podrían ser consideradas señoras sin ningún tipo de esfuerzo. La segunda cosa de la que nos dimos cuenta fue de que en aquel local aparte de alcohol y tabaco, se vendía otra clase de mercancía.

Panceta y yo nos miramos. Desde luego era una exploración de la noche de la ciudad con la que no habíamos contado ninguno de los dos. Una de las señoras de la barra, con voz rota por un uso intensivo de tabaco, en al menos cuatro décadas, nos sacó de nuestra comunicación silenciosa.

– Hola guapos – y tosió – ¿Queréis pasar un buen rato?

Obviamente la respuesta fue la única respuesta posible.

No sé cual de los dos inició la carrera hacia la calle, pero lo cierto es que en dos o tres segundos estábamos otra vez en el oscuro callejón. Ligeramente asustados, pero con el firme convencimiento de que las noches de los siguientes años serían tranquilas y no nos despertaríamos en mitad de la oscuridad, empapados en sudor y gritando como posesos, con horrorosas visiones de señoras en minifalda y con medias de rejilla atormentándonos hasta hacernos llorar…

Digamos que hasta ese momento, cuando pensaba en prostitución me imaginaba a Julia Roberts en Pretty Woman y no a la abuela de alguien…

Y a una primera siempre hay una segunda vez…

Espero que os haya gustado. En otro orden de cosas, he añadido más fotos al álbum que publiqué ayer con las fotos del concierto y del monólogo. Digamos que ahora sí hay fotos del concierto y del monólogo. Gracias Un Español Más por el reportaje fotográfico.

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Continúo la historia del esquí…

Después de hablar con los monitores, esta vez el tartaja no abrió la boca, con lo que la cosa fue rápida. El autocar estaba en Huesca y no se sabía cuanto tiempo podría tardar… si es que llegaba. Así que decidimos acostarnos para dormir lo máximo posible…

Lo máximo posible fue hasta las cinco y media de la mañana, hora exacta en la que un ser sin corazón (y con las nociones básicas de educación de un chimpancé meningítico) dio la luz de la habitación, mientras hablaba a grandes voces son sus otros tres compinches. Eran nuestros compañeros de habitación, claro. Por lo visto el autobús se había roto antes incluso de empezar el viaje y no pudieron conseguir otro hasta las 10 de la noche. El conductor, adicto a la nicotina, paraba cada dos por tres (seis) para echar un pitillo, y, al llegar a la zona del albergue, el hielo y un coche atravesado, terminaron por retrasar el viaje hasta esa hora… nada envidiable, la verdad.

Apenas dio tiempo a dormir otro poco más, porque a las siete y media de la mañana empezó la habitual cantinela de despertadores y soniquetes electrónicos que se pone la gente en el móvil para despertarse. Como esta escena se estaba repitiendo en todas las demás habitaciones de las tres plantas, a lo que había que sumar ciento cincuenta pies haciendo crujir la madera del suelo, veinticuatro cisternas por minuto atronando y las gargantas de más de setenta personas susurrando en el edifico, es de suponer que intentar apurar hasta las ocho menos cinco de la mañana (como era mi plan) iba a ser toda una quimera imposible de cumplir…

El desayuno fue descorazonador. Un paquete de (4) galletas de hospital (también vistas anteriormente en vuelos de Iberia, cuando no había que pagar por desayunar), una tarrina de mantequilla, otra de mermelada (de mora), un azucarillo, un vaso de café, un puñado de cereales (literal), y una rebanada de pan del día anterior (siendo optimista). Traducido en unidades de energía, podríamos decir que la energía necesaria para ponerse las botas de esquiar y parpadear dos veces…

Pero esquiar el sábado fue imposible. Tras llegar a Panticosa, pueblo y estación de esquí a la misma vez, vientos en rachas de más de 80 kilómetros por hora no dejaron lugar a dudas: los tele-arrastres y tele-sillas no se moverían en todo el día. Nos ofrecieron la oportunidad de cambiar la estación de referencia de Panticosa (cerrada) a Formigal (abierta) pero, como nos lo pusieron tan feo, en la votación salió venciendo por estrecho margen de 4 votos la opción de pasar el día en Jaca. Bonito día de turismo que, entre otras cosas, dio para interactuar con alguna guapa esquiadora… aunque la presencia de Morena era enigmática (¿De cual de los dos es novia?, se preguntarían)

El tener coche nos dio libertad para ir a nuestra bola… y cuando quisimos, nos marchamos al albergue, a descansar. Unos minutos de sueño… hasta que el gilipollas de la semana (el meningítico ¿Recordáis?) volvió a entrar en la habitaciones dando grandes voces… supongo que ver a alguien metido en un saco de dormir, no quiere decir necesariamente que esté durmiendo. Y el que, además, tuviera los ojos cerrados y roncara levemente, no eran pistas concluyentes…

La cena del sábado, en pleno horario europeo, fue a las 8 y cuarto de la tarde. A pesar de haber comido muy bien, me encontraba de los primeros en la cola que se formó delante de la puerta del comedor. Viendo como había sido el desayuno, enterarse de las malas noticias, cuanto antes, mejor… Me hice con una bandeja, le puse el mantelito de papel y cogí los cubiertos. Había un olor como a guiso en el ambiente, no demasiado desagradable, lo que podía dar una pista de lo que sería la cena. La cocinera al más puero estilo carcelarios plantó en mi plato un cazo de alguna clase de líquido translúcido en el que parecían flotar granos de algo y que, a modo de isla, tenía un trozo de carne increíblemente marrón en el centro… “¿Quieres más?”, y más que una pregunta pareció una amenaza… casi ni me atreví a decirle que sí. Completaba la comida un plato con tres salchichas del mismo color marrón que la carne, y una bolsita de Ketchup, una naranja y un plátano.

Me lo comí todo.

Estuvimos de cañas hasta las 12 de la noche (más o menos) en el bar del pueblo (había otro, pero parecía estar un poco muerto). A esa hora yo ya no era persona, animal o cosa y me metí en el saco, donde perdí el conocimiento prácticamente al instante… y lo volví a recuperar instantes después, porque la fiesta (en contra de toda lógica) no se terminó cuando me marché, sino que continuó por largo rato… no me enteré de cuando me dormí de nuevo, pero sí de cuando desperté, sobresaltado, cuando de nuevo, el enemigo público número uno entró en la habitación. A la meningitis crónica que ese ser de las cavernas sufría (y por la que debemos tenerle un poco de pena) había que añadir un descomunal pedo de sustancias legales e ilegales. Y así se lo contó a cuantos quisieron escucharlo, que a juzgar por el volumen, debieron de ser todos los del albergue. Creo que ningún juez del mundo me habría condenado de haber hecho lo que en esos momentos cruzó mi mente…

El desayuno del domingo fue una repetición del día anterior, con la salvedad de que, en esta ocasión, no conseguí pan a la primera intentona… es que lo de no dormir, como que no ayuda al tema de los reflejos). Lo que si difirió con respecto al día anterior fue que sí que esquiamos. En lugar de perder el tiempo en Panticosa (donde seguro que habían cerrado por el mal tiempo) fuimos directamente a Formigal (donde no habían cerrado por el mal tiempo, aunque el mal tiempo era incluso peor que en Panticosa). Llegamos a lo alto de la estación, a unos 1800 metros de altura, en pleno temporal de nieve. El cielo blanco, la montaña blanca y la niebla blanca, nos hacían creer que estábamos en mitad de un anuncio de Colon Ultra. O que éramos personajes de cómic en una viñeta sin terminar. O un grupo de idiotas que no saben lo que es un nosepuede por respuesta…

Mi intención no era esquiar. Más bien era quedarme en la cafetería de la estación y mirar lánguidamente por la ventana a la espera de que mejorara un poco el tiempo o, en su defecto, que nos marcháramos a lugares más cálidos, donde una cocacola no supusiese el sueldo de un mes… pero lamentablemente, cuando llegamos, los monitores ya habían comprado los remontes, alquilado el material y contratado los cursillos para los que dijimos que sí en su día… ya no me quedaba otra que esquiar… actividad que era el fin de todo aquello.

Una vez que me hice con los esquís, botas y bastones (una vez significa hora y media después), me dediqué hasta la hora de comienzo del cursillo (básico) a deslizarme por una pendiente que de pendiente tenía sólo el nombre. Lo malo era que no llegaba a ningún lado y, una vez terminaba la pendiente, había que quitarse los esquís y volver caminando cuesta arriba. A la tercera vez ya estaba literalmente hasta los cojones de la cuestecita, del esquí y de las botas.

El curso de dos horas de los fundamentos del esquí (diferencias entre cuesta arriba y cuesta abajo… qué hacer para frenar… La nieve… ¿Está más dura de los que parece?) El surso nos lo impartió una maña muy maja y, sobre todo, paciente. Digo paciente porque no desesperó al tratar de enseñarme a hacer la famosa cuña y, obviamente, no conseguirlo. Descubrí que soy incapaz de doblar dos partes de mí mismo a la vez, lo que me hace negado para la práctica del esquí… y hacer ese descubrimiento a 1800 metros de altura, con unos esquís en los pies y deslizándome hacia una empinadísima cuesta de nivel verde, no le hace a uno sentirse precisamente bien…

No es extraño que terminara con el cuerpo molido. Esquié con partes de mi cuerpo no aptas para ese fin (cara y culo, por poner algún ejemplo). Me caí de todas las maneras posibles que hay de caerse (creo que inventé algunas nuevas) y choqué contra todo lo que es chocable (y que te permita seguir vivo, claro). Atropellé a algún compañero que otro, tiré a algún desconocido al suelo y, en general, provoque tantos accidentes que pensaron en ponerme en las pólizas de seguro como una más de las causas de siniestros… y sólo la gran suerte que tengo evitó heridos graves. Eso por no hablar de mis peripecias con el tele-arrastre maldito…

No hay que olvidar que había un temporal de viento y nieve, que hacía que no se viera más allá de 15 metros. Y que, entre la niebla y los copos de nieve que chocaban con violencia contra la cara, hacían muy difícil ver algo más que los esquís de uno mismo y algún que otro cuerpo pasar cerca fugazmente.

Desistí poco después de terminar el curso. Entre otras cosas por un persistente dolorcillo en la rodilla derecha y, que todo hay que decirlo, porque me entró un gran desánimo al ver mi total inutilidad. Y porque el viento estaba empezando a ser algo así como vendaval…

La vuelta fue muy larga. Hay algo que no llego a entender de la gente. Te dicen que hay un temporal de nieve y que no se espera que amaine. Pero aún así la peña se sube a 1800 metros de altitud sin unas malditas cadenas. Y pasa lo que tiene que pasar… coches cruzados en la carretera, alcances, caravanas y grandes retenciones. Más de tres horas para hacer los 29 kilómetros que nos separaban de Jaca… para estar todavía a 5 horas de casa… una pasada.

Yo llegué casi a las 2 de la mañana a casa… la gente del autobús creo que siguen todavía de camino…

No aprendí a esquiar ni lo más mínimo. Pero lo volveré a intentar… seguramente.

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Yo soy montañero. Y lo digo sin ánimo de ofender a los montañeros. Pero hay una serie de actividades montañeras que no consigo seguir… y eso que pongo voluntad. Esta es la historia de cómo intenté aprender a esquiar una vez en Jaca. Los personajes: Un servidor, mi amigo Rico y Morena. Morena es la que cortó con el novio en Tailandia y que ahora está embarazada de ese mismo novio… por fin tiene mote (creo que, después de aparecer tres veces ya en la historia se lo merece).

A mí me gusta organizarme los viajes. No soy dado a agencias o a paquetes turísticos. Me gusta buscarme el alojamiento, regatear el precio de las actividades y, todo hay que decirlo, estar en todos los fregados. Llevo años así y no se me da mal del todo. Y a más experiencia mejores resultados. Pero esta vez me convencieron para ir a esquiar a Jaca, con un grupo organizado de una asociación juvenil. No estaba muy convencido, pero en fin. Eso sí, hasta asistí a la reunión que hicieron para explicar todos los detalles del viaje… donde conocí a uno de los monitores, tartaja para más señas (lo que alargó la reunión un poco)

Al final llegó el día del viaje pero, en lugar de ir en autobús, como estaba planeado (o lo habían planeado los organizadores del viaje organizado) decidimos ir en coche. Bueno, decidió Rico, por ese problemilla que tiene de claustrofobia y miedo irracional a todo vehículo que no conduzca él. Llevarnos el coche, a pesar de tener pagado el autobús y de que siempre es más descansado que te lleven a conducir, fue una medida que, a la postre, supuso la mejor decisión de todo el fin de semana. Así que empezamos el viaje con buen talante (algo que estaba muy de moda por aquel entonces), risas y demás. Incluso no nos importó, por que Rico se dejó el móvil en un cajero, comernos dos veces el atasco de salida de la ciudad. Pero había tiempo…

Paramos muchas veces (tomar algo, pipí, gasolina, cenar en Huesca capital), e incluso tuvimos alguna que otra aventurilla en una carretera junto a un desfiladero, existiendo otra mucho mejor, más nueva, y con menos hielo… pero el GPS, en su infinita sabiduría, nos metió esa carretera, que incluso los lugareños tenían olvidada, en mitad de una intensa nevada. Fue necesario ir practicando el maravilloso arte de poner las cadenas (casi tres cuartos de hora bajo la nevada), conducir derrapando y, sobre todo, ignorar al GPS asesino que insistía una y otra vez que giráramos a la derecha… precipicio abajo. En fin, que entre unas cosas y otras llegamos al albergue casi a las dos de la mañana.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz iluminaba las viejas ventanas de la casa de cuatro pisos de ladrillo y la nieve del patio estaba virgen, lo que demostraba que ningún ser vivo había pasado por allí en horas… quizá días. Como el más valiente de la expedición (el único con linterna), me aventuré a la puerta… que estaba abierta y, en un papel escrito a boli ponía: “El albergue está abierto. Las habitaciones del grupo de Esquí, de la 9 en adelante”. Eso podría haberlo escrito el dueño del albergue, o cualquier psicópata aburrido… así que entré…

La escena del albergue era la viva imagen de la Típica Película De Adolescentes Que Mueren Uno A Uno En Cuanto Se Quedan Solos A Manos De Un Psicópata Y La Chica Grita Mucho Y Hay Sustos Cada Dos Minutos Y Una Mecedora Se Balancea Sola En Una Sala Polvorienta. Eso de abrir la puerta chirriante de una mansión del siglo XIX y dar pasos dubitativos en la oscuridad por un suelo de madera que cruje, no es apto para todos los corazones. Casi se esperaba ver el típico relámpago por las ventanas, y la palabra “Muere” pintada con sangre en las paredes… total que, mochila al hombro y linterna en frente (luz había, pero ya se sabe lo que pasa en las películas de terror y siempre viene bien tener a mi fiel frontal cerca), subimos las crujientes escaleras de madera buscando la habitación 9, la nuestra, situada en la tercera planta. Todo estaba tranquilo y no había ni un alma en todo el edificio.

La habitación era del tipo normal para una habitación de albergue. Por mobiliario tenía poco más que varias hileras de literas con cubrecamas y almohadas de dudosa higiene. Una, incluso, nos deseó las buenas noches al pasar a su lado. Pero ningún lujo (como por ejemplo una percha) ni ningún objeto decorativo. Nos repartimos como buenamente pudimos y nos dispusimos a esperar el autocar, deseando que la cosa no se alargara demasiado. Exploramos la casa, por si alguna habitación fuera más lujosa, pero casi todas las puertas estaban cerradas y, en fin, tampoco es que Rico o yo fuéramos tan valientes. Por fin, a las tres de la mañana aparecieron los organizadores del viaje con sus respectivas. Ellos también venían en coche y, al igual que nosotros, habían tenido algún que otro problemilla para llegar por el hielo. Según nos dijeron, el autocar todavía estaba en Huesca capital y se retrasaría en llegar mucho tiempo. Como en cualquier caso el desayuno era a las 8 de la mañana (esquiar siempre se esquía temprano) decidimos meternos en los sacos (sin tocar la colcha o la almohada) e intentar dormir lo máximo posible…

Mañana sigo…

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