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Archive for the ‘El Club de los Jueves’ Category

En mi reencuentro con el Club de los jueves el tema no podía ser más apropiado… abuelos y nietos. Y digo que no podía ser má apropiado, porque mis amigos dicen que seré el terror de mis nietos, con tantas historias como tengo para contar. En fin. Esta vez he intentado que mi relato muestre el conflicto generacional que se produce en familias ancladas con el pasado… y como estas pueden llegar a fracturar una familia. He dicho que pretende… espero que os guste.

– ¿Abuelo?
– ¿Sí?
– ¿Por qué vestimos de negro?
– Ya te lo he dicho un montón de veces…
– Ya… pero no lo entiendo..
– Porque así se nos ve menos por la noche. Para nosotros es fundamental que no se nos vea…
– Pero yo prefiero el verde. El verde es un color más bonito.
– No. La tradición es la tradición… y hay que cumplirla. El negro es nuestro color.
– ¿Y por qué usamos las ventanas para entrar en las casas?
– ¿Otra vez?
– Es que tampoco lo entiendo…
– Porque por las ventanas es más sencillo entrar… a la gente no le gusta que nosotros entremos en sus casas…
– ¿Y por qué?
– Porque nos temen.
– ¿Y por qué la gente nos tiene miedo?
– Porque siempre les quitamos algo valioso… y no quieren que se lo quitemos.
– ¿Y por qué se lo quitamos?
– Porque lo necesitamos para vivir…
– ¿Y no podemos vivir de otra manera?
– No.
– Papá dice que sí se puede hacer de otra manera…
– No me nombres a tu padre… es la vergüenza de la familia…
– Pero Papá viste de verde… y no entra por las ventanas a las casas de la gente…
– Tu padre es un vendido. No respeta la tradición. Tu padre no existe.
– Pero Papá dice que lo que hacemos no está bien. Que no hace falta quitarle a la gente…
– ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Técnico de laboratorio, abuelo…
– ¿Cómo?
– Sí, que es un técnico de laboratorio…
– Trabaja en un hospital y no es médico… ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Que no abuelo… que trabaja en el laboratorio… me ha dicho que es el responsable del banco.
– ¿Del banco?
– Sí, el banco de sangre…
– Anda, niño, no digas tonterías… tu padre es un enfermero ¿Cómo va a ser un vampiro el responsable del banco de sangre?

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No, no estoy conectado, ni nada por el estilo. Este es un post programado. Si todo va bien, cuando leas esto, estaré en Manang, o llegando. Dispuesto a tomarme un descanso de 24 horas, de aclimatación a la altura. No lo sé. El caso es que el viernes, cuando Escocés propuso el tema, me puse a escribir en la hora de la comida… y salió esto. Está sin corregir por los amigos del foro, pero creo que la idea se entiende. Si no… bueno, ya lo arreglaré cuando vuelva. Saludos…

Sobrevolamos en estos momentos en helicóptero el cementerio estatal, donde una gran muchedumbre se agolpa a las puertas… desde el aire podemos decir que son miles de personas las que se han congregado y muchas más avanzan por las calles aledañas al recinto. El caos es enorme ya que han cortado las carreteras… y ningún vehículo puede avanzar… es una inmensa marea humana la que intenta acceder al camposanto, donde parece que no entra más gente … de momento no sabemos que es lo que reivindican o por qué protestan… pasamos la conexión a la unidad móvil terrestre. Martin… Cuéntanos…

Aquí Martin, para la BNN, informando en directo desde la puerta del cementerio estatal… la inmensa multitud que se agolpa mantiene un respetuoso silencio. Muchos portan velas encendidas y crespones negros en señal de luto. Vamos a intentar saber qué es lo que está pasando… es complicado acercarse… disculpe señor… ¿Qué es lo que hacen aquí?… ¿oiga?… no parece querer responder… Señora, por favor… ¿qué es lo que está pasando en el cementerio? Señora… dígame… esto es desconcertante, nadie quiere responder… devolvemos la conexión a la unidad móvil aérea… Richard… ¿Qué ves desde el aire?

El epicentro de la manifestación parece estar situado en uno de los laterales del cementerio… sí… la gente se agolpa alrededor de… es espectacular… hay un objeto en el suelo… parece… y la gente mantiene una distancia alrededor… sí… hay un círculo de gente alrededor… parece una lápida… sí. Es una lápida… parece que Martin se ha podido acercar hasta el mismísimo epicentro del gentío…

Estamos justo en medio de la multitud. En mitad de un amplio círculo hay una pequeña lápida, de mármol blanco… y todos están mirándola. Algunos lloran pero la mayoría guarda un sepulcral silencio… desde aquí se puede leer lo que pone la lápida.

Viví Intentando hacer feliz a todos cuantos pude. Espero que alguien se acuerde de mí.

Creo que todos los que están aquí son personas que éste hombre… creemos que ha hecho feliz a mucha gente… devolvemos la conexión a los estudios centrales…

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Si te asustas con facilidad es mejor que no leas este texto. El señor Danny McGill ha definido mi relato, en el foro del Club, como un capítulo de la mítica serie de televisión Amazing Stories, conocida aquí como “Cuentos asombrosos”. Y es todo un halago, porque los guiones los firmaba el mismísimo Steven Spileberg, uno de los mejores contadores de historias que conozco. Yo no diría tanto, la verdad. Pero algo de cuento asombroso sí que tiene. Sobre todo por como ha sido escrita: Me vino la inspiración corriendo en la cinta y, nada más llegar del gimnasio, me puse a escribir como un loco. Me salió así (excepto alguna sabia corrección de los compañeros del club). Espero que os guste.

Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves, casi tímidos. Como pidiendo perdón por interrumpir mis pensamientos. Sé quien es. He estado pensando en él todo el día, desde que me llamó por la mañana por teléfono… ¿Cómo será? ¿Nos llevaremos bien? No lo sé. La voz al otro lado del auricular era neutra, sin entonación. No me permite adivinar nada más que se trata de un señor, posiblemente mayor.

Abro la puerta de mi ático.

Es un hombre alto y delgado. De tez blanca y ojeras oscuras enmarcando unos ojos hundidos y fríos. Los labios finos, casi morados, en un rictus de solemnidad apenas se mueven para decir:

– Buenas tardes. Soy el señor John Moreau… vengo por lo del anuncio. – Y me enseña el periódico doblado que traía en la mano.
– Sí, pase, pase por favor.

Me acompaña al salón. Está un poco destartalado. Apenas una mesa y un sofá que un amigo desechó por viejo pero que a mí me vale. No tengo tele, pero si unas cuantas estanterías repletas de libros. Me encanta leer.

– Este es el salón, claro – Le digo – No es gran cosa, pero las vistas desde la terraza son imponentes
– Ya veo. ¿Mi habitación, por favor?
– Acompáñeme… éste era mi estudio antes… aquí estaba escribiendo mi última novela… bueno, la primera en realidad… Quiero ser escritor, pero me he quedado atrancado. Me temo que tengo el mal de la página en blanco ¿Sabe?. En fin, he sacado mis cosas y le he puesto una cama. Es cómoda. Y la mesa de escribir… se la he dejado. No le importa… ¿Verdad?
– No. De hecho me viene bien. Yo también soy escritor – Y da unas palmadas al maletín enorme y de color negro que lleva todavía en la mano y que no había llamado mi atención hasta ese momento.
– ¿Su portátil?
– No. Yo soy de la vieja escuela. Uso una máquina de escribir.
– Que bien, un escritor ¿Ha escrito algo que yo conozca?
– Lo dudo.
– Entiendo… acompáñeme a la cocina… le enseñaré cuales son sus estantes…
– No se moleste. No cocinaré.
– Ya… esto… bueno, la nevera se suele congelar a menudo, así que sólo la uso para la cerveza…
– Yo no bebo.
– Ya…
– No me interprete mal. He venido a hacer mi trabajo. Nada más. Estaré sólo el tiempo necesario para terminarlo y luego me marcharé. La señal eran tres meses por adelantado, ¿Verdad? Aquí lo tiene. Espero que no le importe que se lo dé en metálico y en billetes tan grandes…
– No… no hay problema…
– Ahora querría pedirle que me dejara a solas. Tengo cosas que hacer…
– Como quiera, John…
– Señor Moreau estará bien.
– Como guste, señor Moreau…
– Sólo una cosa más… soy muy celoso de mi intimidad. Le rogaría que de ahora en adelante, mientras yo viva en esta casa, no entre en mi habitación bajo ningún concepto…
– Descuide.

Y cierra la puerta de su habitación en mis narices. Le escucho trajinar en el interior. Mueve la cama y oigo el inconfundible crujido de la silla que yo usaba para escribir al sentarse. Luego unos segundos de silencio y después…

Tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac…

La máquina hace un ruido infernal que se escucha en toda la casa. Me voy a la cocina y abro la nevera. Una cerveza me ayudará a relajarme. Desde luego nunca me habría imaginado que mi compañero de piso sería así. Y, sobre todo, que fuera también escritor y tan trabajador. Abro el libro que estoy leyendo pero me resulta imposible concentrarme.

Tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac clinck raaaaaack
tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac…

Se pasa así toda la noche.

El día siguiente.

Una semana.

Es insoportable. Y lo curioso es que no parece que el señor Moreau salga de la habitación. No lo hace mientras yo estoy en casa y no encuentro ninguna huella de su paso si lo hace mientras yo no estoy. Sólo parece escribir. Alargo el día en la oficina para no llegar a casa hasta que sea inevitable. Vuelvo a usar tapones para los oídos, para poder dormir algo. Incluso paso alguna noche en el sofá de algún amigo… todo con tal de alejarme del ruido de la máquina de escribir. No puedo irme de mi propia casa, y debería echarle… pero es que necesito el dinero. La maldita hipoteca…

En eso pienso mientras subo por la angosta escalera. El ascensor se ha estropeado otra vez, y eso que es nuevo. Pero en estos edificios antiguos las cosas parecen estropearse más fácilmente. Mientras abro la puerta del piso hay algo que me resulta raro.

No se escucha nada.

Entro en casa y me doy cuenta de que la puerta de la habitación del señor Moreau esta entreabierta. No puedo evitar mirar con curiosidad al interior. No se ve nada.

– ¿Señor Moreau…? ¿Está usted ahí?

Nada.

Empujo la puerta un poco más y la luz del pasillo entra en la habitación. Está vacía. La cama hecha, juraría que sin usar. La mesa de escribir está movida de sitio y, encima, hay una máquina de escribir negra, una Underwood five antigua, metálica y enorme. Justo al lado hay un taco de folios mecanografiados no demasiado grueso. Sigo, como petrificado, en el quicio de la puerta, sin atreverme a pasar.

– ¿Señor Moreau? – Repito más alto. Pero no obtengo ninguna respuesta.

Me acerco a la mesa y acaricio las teclas de la máquina de escribir. Parece mentira que esa máquina tan hermosa produzca ese ruido tan infernal. Sin poder evitarlo poso la mirada en el taco de folios. La primera página sólo tiene escrito el título:

La Muerte.

por John Moreau©

El título pica mi curiosidad. No puedo evitar pasar la página y empezar a leer.

“Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves, casi tímidos. Como pidiendo perdón por interrumpir mis pensamientos. Sé quien es. He estado pensando en él todo el día, desde que me llamó por la mañana por teléfono… ¿Cómo será? ¿Nos llevaremos bien?”

Me asusto. Esto lo he pensado yo. Son mis propios pensamientos. Paso un taco de hojas al azar y vuelvo a leer.

“Me acerco a la mesa y acaricio las teclas de la máquina de escribir. Parece mentira que esa máquina tan hermosa produzca ese ruido tan infernal.”

Es imposible que haya podido escribir lo que yo iba a pensar momentos antes de empezar a leer. Tiene que haber algún error. Me voy a la última hoja y leo.

“Una sombra alta y delgada aparece en el marco de la puerta. El contraluz impide verle el rostro aunque yo sé quien es. Es el señor Moreau. Y parece más grande que el primer día que le vi. Se detiene a un metro de mí, casi sin hacer ruido.

– No ha cumplido su palabra y ha invadido mi intimidad. – Dice el señor Moreau – Creo que es hora de terminar el trabajo. – Y saca un cuchillo de entre sus ropas.

Y entonces se produce la tragedia”.

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Quiero haceros una confesión: entre mis cualidades más ocultas está la de saberme todas las canciones de la película Aladdin, de Disney. Las canto de memoria, muchas veces en la ducha… desde el comienzo de la película con la canción “Sueños de Arabia”

Vengo yo de un lugar donde el dátil se da
y los nómadas beben té
y si allí les caes mal
encomiéndate a Alá
es muy duro
lo sé
y qué
cuando el sol baje más
mira bien y verás
una luz que te hechizará
esa es la señal
el momento especial
en que Arabia ante ti surgirá
[…]

Obviamente es una película que me encanta y que no me canso de ver. Aquí va mi homenaje… un poco libre, eso sí.

El escenario

Un tugurio oscuro, más bien una maloliente taberna. Una barra sucia y pegajosa. Una, dos, tres botellas de cerveza vacías. Un cuenco lleno de cáscaras de cacahuete. Una vieja máquina de discos con un éxito de Broadway rayado sonando una y otra vez. Un fluorescente parpadeante. Un matamoscas zumbando encima de la puerta. Un póster de un equipo de fútbol ya olvidado. En resumen: un antro de mala muerte.

Los personajes

Un camarero viejo y cansado. Un único cliente, borracho como una cuba. Cada uno en su lado de la barra.

La acción

– Ponme otra – masculla el cliente.
– Venga, ya hombre… ya has bebido mucho – intenta convencerle el camarero, pero sin mucho afán.
– ¡Que me pongas otra, coño!
– Es que no hay más…
– ¿Has mirado bien?
– Que sí… sólo queda refresco de cola
– Déjame… anda, que eres un inútil… – Se acerca con paso tambaleante hasta llegar al otro lado de la barra, y aparta al camarero de un empujón para rebuscar en el frigorífico.
– Has terminado con todas las cervezas del arcón… ya no tengo más frías…
– ¿Y esta? – dice, mostrándole una botella de color dorado oscuro
– ¿Esa? No sé… lleva ahí desde siempre… no la he tocado…
– ¿Qué pone aquí?… cerveza “El genio de la lámpara”… ¿El genio de la lámpara? ¿Es una broma?
– No sé… eso estaba ahí… nunca había llegado tan abajo…
– ¿Cómo era? Se supone que froto la botella y sale un genio… uno de los que conceden un deseo… “Lo que tú mandes se hará… te sirvo a ti” y todo eso…
– Tres
– ¿Tres genios?
– No… tres deseos…
– ¡Coño! Voy a frotarla… a ver qué pasa…

El borracho empieza a darle con el dorso de la mano mientras se muerde la lengua, en un claro gesto de concentración.

Nada.

– A lo mejor sólo funciona lo de frotar si es una lámpara… pero siendo una botella… dame un abridor… voy a abrirla
– No sé si deberías… eso lleva ahí ni se sabe… a lo mejor es tóxico
– El abridor…

El borracho tarda unos minutos que parecen horas en atinar con el abridor. La chapa salta por los aires en un efecto muy cinematográfico. Un ligero vaho sale de la botella y los dos contienen la respiración unos segundos.

Pero nada.

– Si ya decía yo… un genio… no te jode…

Y se la bebe de un solo trago.

La conclusión

En realidad sí que había un genio, pero no le dio tiempo a salir. Tantos años encerrado en una cámara frigorífica entumecen al más genial. Y, sin saber cómo, se encontró flotando en un estómago lleno de alcohol. Indudablemente se estaba más calentito. Un buen rato después el borracho terminó en una sucia habitación de motel con una mujer de la calle. Ella, haciendo su trabajo, frotó al borracho y esta vez el genio sí que salió. No preguntéis por dónde… pero salió y no resultó agradable para el borracho.

La prostituta ahora es una mujer muy rica.

La moraleja

Si un tipo gordo y borracho te pide que le frotes alguna parte de su cuerpo… no lo dudes. Es posible que se haya bebido un genio por error…

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Obama está de moda. Obama es noticia. Todo el mundo habla de él y del cambio, casi revolución, que supondría su elección para la casa blanca. Y yo he matado al candidato, por lo menos en este relato. Creo que es algo posible… y no soy el único. Joaquín Ricarte Aventín, en su blog Todo lo que sube baja, escribió el 29 de agosto una entrada titulada: Cuatro razones para pegarle tres tiros a Obama. Vienen los cuatro jinetes del Apocalipsis, en la que se hacía eco de la opinión de muchos blogueros norteamericanos y en la que me he basado para el relato. ¿Qué tiene esto que ver con el tema que nos proponía Ana esta semana? Casi nada… digamos que Obama es poco esotérico (aunque si sale elegido podría considerarse como un truco de magia). Eso sí, podríamos decir que la inspiración me vino de una manera un poco mística.. Por cierto… ya sé que había dicho que esta semana cambiaría un poco de registro… pero es que no he andado con tiempo. Espero que os guste.

– Cariño… ¿Eres tú?
– Sí
– ¿Y cómo lo sé?
– ¿Quieres que te diga dónde tienes ese lunar que me vuelve loco?
– Vale, vale, eres tú… ¿Cómo es eso?
– ¿Sabes cómo es Guantánamo? Pues muy parecido… bueno, a lo mejor aquí son un poco más duros… pero tenemos un mono naranja igualito…
– ¿Estás bien?
– Bueno… a ratos…
– ¿Cómo se te ocurrió matar a Barack Obama?
– Era mucho dinero, cariño… pusieron encima de la mesa diez millones de Dólares… y otros veinte al terminar el trabajo…
– ¡Treinta! Una barbaridad… pero era Obama… era la esperanza para mucha gente… ¡Pero si hasta tú votaste por él en las primarias!
– Es que no fue nada personal… eran treinta millones de dólares… y un trabajo fácil… sólo había que matar al candidato antes de que fuera presidente…
– ¿Quiénes lo ordenaron?
– No lo sé… quería cambiar muchas cosas, muchos de los que antes ganaban saldrían muy perjudicados. Eso son poderosos enemigos… los fabricantes de armas, las aseguradoras médicas y los fabricantes de medicamentos… las petroleras… hasta los fabricantes de coches le tenían miedo…
– Ya…
– Supongo que entre todos treinta millones de dólares era calderilla…
– ¿Cómo lo hiciste?
– Con tanto dinero se pueden comprar unos juguetes impresionantes… de mi etapa en la Agencia conocía a unos cuantos ingenieros sin escrúpulos… hacerme con un rifle de mira telescópica accionado por control remoto no fue complicado. El problema fue que trabajara en frecuencias a las que no llegaban los inhibidores… aunque eso lo resolví de una manera, digamos, más tradicional… ya sabes… un módem enganchado a un teléfono… ja ja… con eso no contaban. Tenía un refresco de imagen de un segundo, pero durante el discurso no se movía demasiado, así que… fue sencillo…
– ¿Entonces qué pasó?
– Pasó lo que tenía que pasar…
– ¿Y el dinero?
– Lo que me sobró de los diez millones lo escondí en un lugar seguro…
– ¿Dónde?
– …
– ¿Cariño?
– …
– Señora… lo he perdido…
– Tráigalo de vuelta otra vez…
– Frank… ¿Está ahí?… Frank… si estás ahí… ¡manifiéstate!… Frank… vuelve de entre los muertos… Frank ¡manifiéstate!
– ¿Está? Dígame que está… usted es la medium… ¡Haga que vuelva!
– Lo siento señora… se ha ido… para siempre…
– ¿Para siempre? No puede ser… yo.. yo… no puedo quedarme sin saber donde está el dinero…
-Y lo que es peor… ¡yo me he quedado sin que ustedes se dieran el ultimo achuchón!

Tomando prestada la costumbre de nuestro querido amigo Escocés, os pongo una canción como banda sonora… obviamente, no podía ser otra…

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En cualquier pueblo de tamaño medio (y de algunos pequeños también) hay dos nombres de bar que son casi obligatorios. Yo creo que son una especie de franquicia. Tenemos por un lado el Bar “la estación”, y por otro Cafetería “Oasis”. Algo parecido pasa con las fiestas de los pueblos. Siempre hay una actuación de una orquesta que se llama “Paraíso”. Si son los mismos, deben de dar más conciertos que David Bisbal. Esto poco tiene que ver con el tema de esta semana… bueno, sólo un poco: esta semana Elefante nos obliga a tratar el tema del Paraíso… Ésta es mi propuesta.

No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Sólo recordaba estar corriendo ladera abajo junto a sus compañeros, a toda velocidad, gritando a más no poder… para, acto seguido, encontrarse allí sentado.

Todo era demasiado desconcertante.

Aunque no tenía ni idea de dónde estaba, pese a no reconocer nada de lo que había a su alrededor, no se sentía nervioso. Es más, una paz como la que no había conocido en la vida le llenaba por dentro. Estaba muy a gusto. Incluso satisfecho.

Se dio cuenta que estaba casi desnudo. Sólo llevaba una fina y apretada prenda de tela muy suave al tacto tapándole sus partes. “Es como no llevar nada”, pensó, mientras se rascaba un testículo distraídamente, “Pero a la vez”, continuó, “mantiene todo en su sitio”. Se percató de que tenía algo en la mano. Estaba frío, muy frío. Era cilíndrico, de no más de un palmo de alto, de metal y tenía una abertura en la parte superior. Vio que el cilindro frío de metal tenía unas extrañas inscripciones en la superficie lisa, que no supo identificar. Olfateó, por instinto, los efluvios que manaban del interior del cilindro y reconoció inmediatamente lo que era. Un sorbo le permitió averiguar que se trataba de una cerveza mucho más suave que la que él solía tomar con sus camaradas, pero estaba muy buena. Apuró toda la bebida de un trago y emitió un sonoro eructo.

Estaba sentado en una especie de trono, pero muy mullido y suave, calentito y confortable. Los pies, descalzos, en alto, apoyados sobre una mesa baja donde había unos recipientes de colores con cosas también de colores dentro. Se hizo con uno de los recipientes y cogió una pequeña bolita amarilla, extrañamente ligera y esponjosa. La olfateó y determinó que era comestible. Pese al intenso sabor, que le recordó vagamente a queso, no le resultó desagradable. Se metió un puñado de esas bolas en la boca.

Entonces se dio cuenta de que había otro extraño objeto junto a los recipientes de comida. Era de un palmo de largo y fino, de color oscuro, y tenía muchas piezas rectangulares con inscripciones. Por instinto apretó una de esas piezas y, de pronto, un objeto que estaba enfrente de él y del que no se había percatado se iluminó. Se asustó un poco, pero pronto la curiosidad pudo más que el miedo, y se fijó en que en ese objeto plano se veía una especie de pradera verde donde había gente. Gente que corría, y que daba patadas a una bola. Parecían estar jugando a algún tipo de juego y tenía pinta de divertido. En un determinado momento uno de los hombres introdujo la bola de una fuerte patada entre unos postes blancos y todos los que llevaban la ropa del mismo color se abrazaban. Los otros no parecían muy contentos. Se concentró en el juego y volvió a rascarse un testículo con la soltura que da haberlo hecho toda la vida.

La comida esponjosa le dio sed y deseó un trago de cerveza. Miró a su alrededor, buscando con la mirada algún cilindro de metal como el de antes. Pero apenas le dio tiempo a mirar alrededor otra vez, porque en ese momento entró una mujer en su campo de visión. Alta, rubia, guapa y desnuda, se dirigía hacia él sonriéndole. Llevaba una bandeja en las manos, con unos cuantos cilindros como el que tenía antes, y más cuencos con comida esponjosa. Se inclinó sensualmente delante de él, contorneando las caderas, y dejó sobre la mesa baja el contenido de la bandeja.

– ¿Deseas alguna cosa más? – le susurró con voz musical la mujer – ¿Más cerveza? ¿Comida? ¿Sexo?
– ¿Sexo?
– Claro, estás en el Vingólf.
– ¿Contigo?
– O con cualquiera de mis hermanas…
– ¿Hay más?
– Muchas…

No sabía que elegir. Tenía algo de hambre, y la cerveza le apetecía mucho. Pero también hacía tiempo que no veía una mujer así, y menos desnuda… estaba indeciso.

La indecisión le duró una milésima de segundo. Alargó su mano para acariciar el pecho de la joven y…

– Olaf!!
– ¿Eh? ¿Cómo?
– Olaf, ¿estás bien?
– ¿Qué?
– Espera, no te muevas… tienes una flecha clavada en el costado
– Eric… ¿Dónde está la mujer desnuda?
– ¿Qué mujer?
– La que traía la cerveza…
– Macho, tú deliras
– Que no… que había una valquiria desnuda… y me traía cerveza… me dijo que estaba en el Vingólf.
– Claro, y ahora me dirás que viste a Odín
– No, a Odín no le vi…
– Y a los gigantes de hielo… ¿Los viste?
– No…
– Pues si no viste a Odín ni a los gigantes de hielo, en menuda mierda de Valhalla has estado…
– Pero había unos tíos pegando patadas a una bola en una pradera… y había cerveza… y se estaba tan a gusto…
– Te veo bien. Así que te dejo aquí un rato solo, ¿vale? Parece que ya hemos tomado esta aldea… voy a ver si saqueo un poco por los dos… y déjate de valquirias… ¿Cómo vas a entrar tú en el Valhalla? Ya nos lo contó padre… sólo los guerreros más valientes van al Valhalla a reunirse con Odín, para la lucha final con los Gigantes de Hielo… para el Ragnarök… y tú todavía no has matado a nadie…

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Otra cosa. No suelo acompañar a un relato con nada, pero en esta ocasión me ha venido a la memoria un vídeo un poco bestia que trata sobre el paraíso… más o menos. Aviso que puede herir susceptibilidades

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