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Archive for the ‘Reflexiones’ Category

La vida del bloguero es muy triste. Solo casi siempre, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Volcando en la red los pensamientos, ilusiones, fantasías y sueños. Lo dicho: muy triste.

Si tienes suerte un día alguien te lee. Eso no pasa mucho, la verdad. Pero pese a todo, es la única razón por la que se mira las estadísticas día tras día. A ver si hoy me ha leído alguien. Y se te acelera el corazón cuando hay un número de visitas diferente a cero. Un comentario es algo orgásmico… porque un comentario significa que esa visita… ¡Se ha leído la entrada! O sea, no es la típica visita que llega googleando (una forma moderna de decir “Buscando pornografía”). Es alguien a quien lo que has escrito le ha interesado y se ha molestado en responder. Eso es genial.

La vida del aprendiz de escritor no es mucho mejor. Solo casi siempre, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Volcando a un papel los pensamientos, ilusiones, fantasías y sueños de un personaje que, casi invariablemente, es una representación de uno mismo. Lo dicho: muy muy triste.

Yo soy un bloguero aprendiz de escritor. Así que os podéis imaginar la pena que debo de dar. Eso sí: como bloguero no me puedo quejar mucho. Hay días que me lee mucha gente (como por ejemplo el día que publiqué la entrada “yo e estudiao”, record de visitas de la historia de mi blog y portada durante todo el fin de semana en Bitácoras gracias a los votos de otros blogueros); y cada artículo no bajan de los 3 o 4 comentaristas (algunos son fijos y todo).

Ahora queda saber cómo seré como escritor.

Hoy se publica en la web de La Taberna del Escocés el primero de los relatos con los que colaboro en esta publicación. Es una historia divertida, con dosis de humor negro, sexo y violencia. Es la historia de Rose, la camarera de tetas perfectas. Pero también es la historia de un escritor obsesionado con esa camarera, y la búsqueda de un tesoro escondido.

Yo me divertí mucho escribiendo esta historia, sólo, delante de la pantalla brillante del ordenador, con el sonido de las teclas como única compañía. Pero por mucho que yo me divirtiera escribiéndolo, el relato por sí salo no vale nada si no lo lee nadie.

¿Dejarás que eso pase?

(Por si no había quedado claro… hay que hacer clic en el enlace —>Rose.

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Hace unos cuanto años mi cuñada adoptó un gatito. Tenía apenas una semana y era todo cabeza y ojos. Atigrado y con unas garras como agujas, apenas se podía mantener en pie. Como ella tiene otros gatos mayores, me pidió el favor de cuidárselo hasta que fuera lo suficientemente grande como para que le pusieran una vacuna para no sé qué enfermedad de gatos.

Yo no soy mucho de animales, pero accedí. A pesar de que había que darle un biberón cada poco tiempo y que el bicho maullaba cuando lo dejaba sólo en la cocina por la noche. Al final terminó durmiendo en mi habitación. Él en su cesta y yo en mi cama. Bueno… en realidad debería de decir más bien “ella”.

Yo la llamaba “Lucifer”, que me parece un nombre genial para un gato. A mi cuñada no le gustaba porque decía que no era un nombre para una hembra, a pesar de que “Luci” como diminutivo sí podía ser femenino. Así que decidí llamarla “Muerte”, que es femenino y más molón que Lucifer. Y, usando el adjetivo “pequeña” delante, había un juego de palabras muy majo. Pedro mi cuñada no debió de pillarlo y al final decidió llamarla “Mimí”, que es la cosa más cursi que he oído nunca. Escribir “Mimí” me hace pensar en lazos rosas y cosas como “tutús”. Y muchos tirabuzones y nubes de algodón de azucar.

Los primeros días de “Muerte” en mi casa fueron muy duros para ella. Supongo que echaba de menos a su mamá y no paraba de maullar. Aunque tragaba del biberón como si su vida dependiera de ello. En realidad dependía de ello, claro. Pero apenas salía de debajo del jersey viejo que constituía su abrigo, dentro de la cesta que constituía su casa.

A los pocos días la descubrí husmeando el borde de la cesta, aunque volvía a desaparecer dentro del jersey en cuanto me veía aparecer. Digamos que se convirtió en una especie de juego entre los dos. Era eso, o tenía atemorizada a la mismísima muerte.

Un par de días después se atrevía a pisar el cojín sobre el cual estaba la cesta. Y al poco tiempo se aventuraba ya a olisquear la alfombra sobre la que estaba el cojín. Ni que decir tiene que el gatito empezó a desaparecer debajo de cualquier sitio y cogió la costumbre de seguirme por toda la casa. A veces la dejaba dormir sobre mi tripa, mientras yo estaba recostado viendo la tele… pero dejé de hacerlo cuando se me cagó encima. Me estropeó alguna camiseta con sus uñas y descubrí que no le gustaba que le cogieran la cabeza y le hiciera la “minipimer”, porque me mordía y arañaba. Tenía mucho carácter la gata.

Hicimos buenas migas.

Cuando se la llevó mi cuñada, “Muerte” era un tigre encerrado en el cuerpo de un gato de nombre cursi.

En esto he pensado hoy mientras caminaba por un barrio periférico de un pueblo periférico. Un barrio en el que nunca había estado y en un pueblo en el que nunca había pensado estar. Y me acordé de cuando era pequeñito y no me dejaban bajar sólo a la calle, o cuando sí me dejaban salir a la calle sólo, pero sin cruzar la carretera.

Me acuerdo de la primera vez que fui a los recreativos del centro comercial sin el permiso de mis padres (¡Y eso que había que cruzar una calle de 4 carriles!). Pero es que había un simulador de La Guerra de las Galaxias y eso lo justificaba todo.

Mi territorio se ampliaba día a día y del centro comercial pasé al barrio de al lado, y de ese al otro extremo de la ciudad. Aunque un viaje al pueblo más cercano suponía una aventura todavía… ahora creo que no hay demasiadas barreras y me aventuro a lugares nuevos y, sobre todo, muy lejanos y exóticos. Y me sonrío cuando me acuerdo de mis tiempos debajo de un jersey viejo.

¿Qué hacía yo en un barrio periférico de un pueblo periférico? Pues muy sencillo. Había ido a recoger mi coche. Lo estaban arreglando. Al final, resultó que no era nada de los que me habían dicho, y lo era todo a la vez. Pero no me ha costado casi nada. ¿Por qué? Por que me lo ha arreglado el padre de la chica rubia del perrito feo

Ahora tengo que devolverle el favor invitándola a cenar.

¿Tengo o no tengo suerte?

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¿Alguien conoce el experimento de los monos mojados?

En una sala se metieron 20 chimpancés, una escalera y, encima de ella, un montón de plátanos. Cuando un mono intentó subir la escalera para coger un plátano, los científicos abrieron unos aspersores y rociaron con agua helada a todos los monos. Esto se repitió tantas veces como intentos hicieron los monos por coger los plátanos, hasta que decidieron no hacerlo. En ese momento se sustituyó uno de los chimpancés por otro nuevo que no había sido mojado. Y, claro, lo primero que hizo el animal fue intentar coger uno de esos apetitosos plátanos. Pero los compañeros, hartos de ser mojados, se lo impidieron, usando incluso la violencia.

Cuando el nuevo mono ya no intentó coger los plátanos, los científicos sustituyeron un mono mojado por otro nuevo que tampoco sabía de qué iba la cosa. Y, como es lógico, como su predecesor intentó coger los plátanos… y nuevamente los otros monos empezaron un linchamiento para impedírselo. Curiosamente, el primer chimpancé, que no había sido mojado en ningún momento, también participó en la paliza al nuevo.

El experimento se repitió hasta que en el interior de la sala no quedó ningún chimpancé que hubiera sido mojado. Pero, curiosamente, ningún mono intentaba coger los plátanos, aún sin saber que había agua fría como premio a los plátanos, e impedían a cualquier chimpancé nuevo cogerlos.

Si a alguno de los monos le preguntaran, seguramente diría que no tiene ni idea de por qué, pero que “pegar a los nuevo es una tradición y, desde que tengo memoria, siempre ha sido así”.

Pues algo parecido ha pasado aquí en la oficina. Sin entrar en muchos detalles, he tenido que observar cómo trabaja una compañera, con la idea de mejorar el proceso. Yo no sabía de qué iba la cosa así que fui preguntando y tomando notas. Enseguida me di cuenta que había varias tareas redundantes que no aportaban nada al proceso y que, además, ralentizaban. Al preguntar la razón por la que se hacía así la chica me dijo: “No sé… a mi me lo explicaron así”.

¿Cuántas cosas hacemos “por tradición”? Ya no sólo en el trabajo, sino en nuestro día a día…

¿Somos monos (calvos) mojados?

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Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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Hay un chiste (no demasiado gracioso, por otra parte) que dice que una vez los órganos del cuerpo discutían sobre cual de ellos era el más importante. El cerebro afirmaba que era el más importante porque era el que tomaba las decisiones. El estómago, por el contrario, sostenía que él era el más importante porque digería los alimentos con los que se obtenía la energía. El corazón decía que era el más importante porque movía la sangre con los nutrientes que necesitaban los demás. Y así los pulmones, los músculos, los huesos… al final de la discusión el culo también quiso intervenir. Dijo que todo eso estaba muy bien, pero que en realidad el culo era el órgano más importante. Los demás, claro, se rieron. Y para demostrarlo decidió dejar de trabajar. Y después de una semana en huelga, el estómago no funcionaba bien y dolía, el cerebro se sentía embotado incluso costaba respirar. Así que decidieron por unanimidad darle el puesto al culo.

En realidad no creo que haya un órgano más importante que otro. A lo mejor el apéndice sea el menos importante, en eso estamos todos de acuerdo. Pero los demás tienen cada uno su función. Y cada función ayuda al conjunto a prosperar… todos colaboran como pueden. Todo por un bien común. Obviamente en un cuerpo no puede faltar el cerebro, o el corazón, el hígado… y se pasa mal si falta un pulmón o un riñón. Digamos que, siendo todos órganos importantes, los hay más vitales que otros.

Un grupo de gente funciona un poco como un organismo vivo. Todos colaboran por el bien común. Bueno, más o menos todos. Digamos que la mayoría… en fin, una buena parte. En realidad algunos. Siendo realista sólo algunos. Pero esos algunos hacen que el conjunto funcione, que siga adelante.

Algunos de esos miembros tienen su función específica. Uno siempre es el cerebro, el que piensa, el que sopesa y toma las decisiones. Podríamos decir que es el líder natural. Y tenemos el ombligo, el que siempre está en boca de todo el mundo. Tenemos al oído, el que siempre se entera de todo. Y la lengua… bueno, que es el que lo cuenta todo… y casi todo grupo tiene uno o dos riñones, que, en fin, son los que empinan un poco el codo.

A diferencia que en un organismo vivo, creo que un grupo puede funcionar sin cerebro. Las cosas tardan horas en decidirse y todo se alarga innecesariamente, pero puede sobrevivir. Francamente, los riñones son fácilmente desechables y, bueno, sin una lengua el grupo tira para alante… es menos divertido, eso sí, pero no pasa nada.

Pero con lo que no puede sobrevivir un grupo es sin un corazón. Ese miembro es el que da un sentido al conjunto. El que cohesiona y une a los demás. El que hace que todo el mundo tenga la sensación de pertenencia a algo importante, de ser parte de algo.

Un grupo no puede vivir mucho tiempo sin su corazón.

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