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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Preparando el viaje a Nepal, además de intentar aprender el Nepalés básico de supervivencia, me estoy repasando los nombres de las principales cumbres y otros accidentes geográficos. Y, de paso, les echo un vistazo desde el aire. Como lo de volar siempre se me ha dado muy mal (digamos que soy un hombre de costumbres y procuro no despegar mucho los pies del suelo) aprovecho la tecnología que ha puesto a nuestro alcance el todopoderoso Google para hacerlo. Soy un enamorado del Google Maps y del Google Earth.

Es impresionante como se puede recorrer las calles de Katmandú con un simple clic, o ascender a la cumbre del Everest sin sudar ni un poquito así. El Google Earh permite ver el terreno en tres dimensiones, con sus diferentes altitudes, y resulta espectacular admirar la cordillera del Himalaya, aunque sea en el ordenador. Incluso se puede programar para que simule el vuelo que hará el avión desde Madrid hasta Doha, y de Doha a Katmandú. Y te puedes posicionar en cualquier parte del mundo dándole unas coordenadas GPS.

El caso, y de lo que quería hablar realmente, es que parece mentira cómo el GPS se ha implantado en nuestras vidas. Ya lo tiene cualquier hijo de vecino. Hasta mi padre lo considera indispensable… claro que mi padre es propenso a perderse. Digamos que si hay dos posibles caminos para ir a un sitio, él escogerá una tercera opción que no se había contemplado y que le llevará a un sitio completamente diferente. Así que, cuando viaja con mi madre, que es siempre, había bronca asegurada… hasta que le regalamos el aparatito.

Yo, de momento, me resisto a ponerlo en el coche. Hasta ahora no me ha hecho falta, sobre todo porque me preparo los viajes de antemano y me saco el itinerario perfectamente detallado en papel. Cuando callejeo por la gran ciudad uso el truco de “ya saldré a alguna calle gorda” y así me oriento. Por cierto, tengo una anécdota divertida con un GPS.

Hace algún tiempo íbamos a Gredos a pasar el fin de semana, Atenea, Almanzor, Rico y yo. La idea era pasar la noche en el Refugio Elola y hacer alguna ruta por allí. Como siempre pasa, Rico llevó su coche (no le gusta ir de copiloto) y, por supuesto, llevaba el GPS puesto. Y no es que lo necesite, porque Rico es la persona con mejor sentido de la orientación en carretera que conozco. No era la primera vez que íbamos y el camino a Hoyos del Espino, la “puerta” a Gredos, era conocido de sobra. Pero íbamos con el GPS, que mola más.

En un determinado momento, muy cerca de nuestro destino, el GPS, con la voz de mujer, dijo: “Coja el próximo desvío a la derecha”. Y, claro, Rico cogió el desvío…

– Oye, Rico… me parece que por aquí no es… – Le dije – Me suena que se tenía que seguir recto.
– Si lo dice el GPS…

Y seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a llenarse de baches. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a estrecharse y a llenarse de maleza. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera dejó de ser carretera y se convirtió en camino…

Y el camino terminaba en un río. Y allí nos paramos, claro. Al otro lado del río continuaba la carretera y, a la sobra de un gran árbol sentado en unas piedras, había un anciano lugareño, de esos de garrota en la mano y boina enroscada en la cabeza. A sus pies, un perro meneaba el rabo frenéticamente. Me bajé del coche e inspeccioné el río, para ver si podíamos cruzar. Era poco profundo y todavía había zonas en las que se notaba el asfalto, aunque estaba cubierto de arenilla y piedras. Rico salió también y corroboró mi opinión: podríamos cruzar. Aún así me quedé fuera, supervisando las operaciones. En cuatro zancadas en otras tantas piedras, crucé al otro lado y me quedé cerca del lugareño.

– Buenos días – Me dijo
– Buenas…
– Qué… vienen con GPS, ¿No?
– Si, me temo – Dije un poco desconcertado, al escuchar la palabra GPS de un anciano lugareño.
– A todos los de la ciudad les pasa lo mismo… ésta es la vieja carretera a Hoyos del Espino… lleva en desuso hace años… la nueva sigue todo recto en el desvío… pero el GPS les manda por aquí.

Y yo me estaba imaginando que el pasatiempo de este hombre era sentarse allí cada fin de semana y ver como los de “la ciudad” cruzaban el río. No lo sé con seguridad, pero creo que en el pueblo llevan un marcador y hacen porras cada fin de semana, para ver cuantos urbanitas nos damos de bruces con el río…

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La semana pasada hice un post sobre la princesa Leia. En realidad no sobre la autentica Princesa Leia, sino sobre mi amiga a la que yo llamo así. Curiosamente ese día se batieron todos los récords de audiencia desde que se pusieron las estadísticas. Y el post ha sido uno de los más leídos. En fin, esto me ha hecho pensar que en la comunidad hay muchos fans de Star Wars.

Como yo.

Cuando tenía, no sé, como 7 u 8 años pasé el verano en casa de unos familiares. Acababan de inventar el video y, cosas del destino, mis tíos optaron por el VHS en lugar del BETA (no es que aporte nada a la historia, pero yo lo cuento por si a alguien le interesa). El caso es que dos críos de esas edades todo el día en casa éramos lo más parecido a un problema… y a mis tíos se les ocurrió la idea de alquilar unas películas a ver si nos podíamos estar quietos un rato. Las películas elegidas fueron dos: Star Wars y El señor de los anillos.

Obviamente no era la versión de Peter Jackson… soy joven, pero no tanto. Además, dudo que esté editada en vídeo VHS. Era la versión de Ralph Bakshi, rodada en formato de dibujos animados pintados sobre imágenes reales. Con esa edad uno se queda con detalles nada más… por ejemplo, el tamaño de los pies de Gollum, lo realmente corta que es la faldita que lleva Trancos, o los andares paticortos de Sam al correr detrás de Frodo… en fin.

En realidad nosotros le dimos caña a la Guerra de las Galaxias… que molaba mucho más, con todos eso bichos raros, los sables de luz y las naves espaciales disparando rayos láser a diestro y siniestro.

Algunos años después descubrí el Hobbit casi por casualidad y tengo que reconocer que me llamó la atención… Smaug, el dragón de la Montaña Solitaria, el anillo mágico, las aventuras de Bilbo escapando de los elfos del bosque usando unos toneles donde metió a sus amigos enanos, ayudado por el anillo que hacía invisible. En un taller literario que había en mi colegio (os tengo que contar lo de mi colegio, pero eso lo haré en un post diferente) comenté que me había gustado y el profesor me aconsejó la lectura de El Señor de los Anillos”.

Y el libro vino a mí en un momento difícil de la infancia: no tenía amigos, recién llegado a un colegio con normas extrañas (para mí) y pasaba los recreos sólo y aburrido. Así que me sentaba en las escaleras, al sol, y leía las aventuras de Frodo, de Sam, de Trancos y del viejo Gandalf… el anillo único, el malo malote cascabelote de Sauron y sus orcos. Me podía imaginar el vuelo de los Nazgûl sobre las murallas de Minas Tirith, la batalla de los campos de Pelennor o la no menos espectacular del Abismo de Helm o a Barbol y los demás Ents dándole lo que se merecía al traidor de Saruman.

El Señor de los anillos es mi libro de cabecera. El único libro que leo sin cansarme, aunque casi me lo sé de memoria. A veces lo abro al azar y leo a partir de ahí. Otras, dependiendo del estado de ánimo, me leo algún capítulo concreto… me encanta el que se llama “La cabalgata de los Rohirim” que enlaza con el que se llama “La batalla de los campos de Pelennor”. Y mientras leo, escucho el ruido de los cascos de los caballos al galope, el gemido de los cuernos soplados en el fragor de la batalla, el entrechocar de las espadas y los golpes de las lanzas de los orcos contra los escudos. Y me emociono (de nudo en la garganta) con la escena de Eowin (la hermana de Eomer, única mujer que luchó en los campos de Pelennor, y que se mantuvo firme incluso cuando cayó el rey bajo las garras del Nazgûl) luchando con jefe de los espectros del anillo…

– Ningún hombre puede matarme…
– Yo no soy un hombre… soy una mujer.

Y el espectro preguntándose si el que inventó la profecía usaba el término Hombre refiriéndose concretamente al género o se trataba más bien de un concepto global para referirse a un humano, pero sin entrar en detalles sobre el sexo del gachó… y siempre me imagino una ceja inexistente alzándose sobre la cuenca vacía del ojo derecho de la calavera del espectro en un claro ejemplo de duda, momentos antes de morir. Joder, se me ponen los pelos de punta de sólo recordarlo.

Me lo habré leído más o menos unas 17 veces entero, y por partes no sé cuantas más. Así que me sé todo lo que hay que saber sobre el Señor de los Anillos… aunque no soy un friki. Porque para ser friki hay que disfrazarse de mamarracho y hablar en élfico… y yo no sé hablar en élfico. Es más, me niego. Sobre todo porque yo sé que de elfo tengo más bien poco… yo sería con gusto un Hobbit de pies peludos. Porque los hobbits desayunan tres veces y son dados a la bebida y a la comida y a una buena charla junto al fuego.

La verdad es que tanta predilección por este libro tiene su razón de ser. Yo he vivido casi toda la vida en casa del auténtico Señor de los Anillos. Del señor de los anillos, de los pendientes, de los collares, gargantillas y pulseras. Porque se da la circunstancia de que mi padre es Joyero. Pero no un joyero cualquiera, no, sino Maestro Orfebre… o, como a él le gusta llamarse, Joyero Artesano. Así que he visto hacer muchas cosas de oro… es más, yo mismo he hecho alguna que otra (alianzas lisas, lo reconozco, pero algo es algo).

Así que yo soy hijo del Señor de los Anillos… supongo.

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Mis grandes amigos del instituto, mis grandes amigos ahora, aunque nos veamos poco y hablemos menos, son Bob el silencioso y Panceta. Especialmente este último, con el que siempre he compartido sentido del humor y forma de ser. Incluso llegamos a ser familia durante un breve periodo de tiempo…

Panceta y yo nos hicimos amigos de la manera más tonta: En clase de pretecnología en el muy lejano 2º de BUP. Empezamos a discutir sobre un posible proyecto de tren de alta velocidad con forma de bala. Totalmente subterráneo e impulsado por aire comprimido. El diseño era mío y él me intentaba hacer ver los más que posibles problemas de rozamiento y, sobre todo, del movimiento rotatorio incontrolado de la bala que afectaría a los pasajeros y a sus estómagos. Discutimos durante un buen rato y, a partir de ese momento, nos hicimos inseparables.

El tren nunca llegó a ser más que una idea genial y un dibujo en la última hoja del cuaderno de pretecnología.

Los años del instituto pasaron más o menos volando y los de universidad más rápido todavía. Y, tras todas las prórrogas habidas y por haber llegó el momento de ser sorteados para la mili. Él, que no estaba trabajando, decidió ir voluntario al destino que fuera, para quitárselo de encima lo antes posible. Bob y yo, que trabajábamos en el mismo sitio, optamos por la objeción de conciencia. Al final el halo de buena suerte funcionó, y nos adjudicaron destino a nosotros antes que a él.

A él le tocó la brigada paracaidista, en Murcia. Lo segundo peor que le podía tocar a alguien con el graduado escolar. Al menos estaba en la península… pero según decían, era un destino de tipos duros, más duros que los legionarios. Panceta es lo más lejano a un tipo duro que hay… yo, al menos, tengo espaldas anchas… pero él… en fin. Lo iba a pasar muy mal.

Había que quemar Roma, o en su defecto, nuestro pueblo. Así que el último fin de semana antes de que se presentara en el cuartel, salimos a celebrar la despedida. Sólo tíos… y a beber. Fuimos a nuestro bar, a nuestro sitio en la barra, a nuestro rincón. Ese bar era la sede de la pandilla y pagábamos menos de la mitad de las consumiciones que tomábamos. Había muy buen rollo con las camareras y con el dueño y siempre estábamos allí metidos.

Empezamos a beber y empezamos fuerte: unos tequilas. Unos tequilas con toda la parafernalia propia de los tequilas: lametón en el dorso de la mano, sal, el chupito de un trago y limón, para quietar el sabor amargo. Y brindis va, brindis viene… “Por panceta”, “Por las Bripac”, “Por la madre que nos parió”… lo malo que tienen los tequilas es que son una bomba de relojería programada para explotar a los 15 minutos exactos. Tú te tomas el primero y va directo al estómago. Unas risas con el que se ha atragantado, pedir más limón, etc… y a los cinco minutos te tomas el segundo. Más risas, más limón… y te tomas el tercero… en ese momento entra el alcohol en sangre del primer tequila y llega al cerebro.

Te pones en estado puntillo incipiente.

Te tomas el cuarto tequila de la noche… el más divertido de todos, y entra en acción el segundo que te tomaste, un cuarto de hora antes. Lo sientes como un subidón desde el estómago, y la cara te enrojece.

Entras en fase de Puntillo.

Más risas y más limón. Hace dos tequilas que te tenías que haber parado… de haber sido responsable. Pero ya es demasiado tarde, porque engulles el quinto chupito… justo en el momento de estallar el tercer tequila en tu cerebro y es cuando pierdes el control por completo. Ya no hay vuelta atrás.

Estás borracho.

A los tequilas siguieron otros combinados. Vodca con limón, porque yo tomaba vodca por aquella época. Y un cacharro tras otro. Habíamos perdido la noción del tiempo y del espacio. Sólo había caras difícilmente reconocibles y un vaso misteriosamente siempre lleno.

Recuerdo los dos últimos pensamientos conscientes de la noche. El primero, cuando mi amigo Amadeus se caía hacia atrás inconsciente al terminar su cubata. Fue algo así como: “Joder, qué mal va este”. Y el segundo, justo en el momento de apurar de un trago todo mi cubata recién puesto: “Joder, qué mal voy”.

Me desperté en la cama. En mi cama. Y no, no había una mujer a mi lado. Ni mujer, ni animal ni cosa. Solo. Es más, tampoco estaba en pelotas, sino todo lo contrario… tenía el pijama puesto. Empecé a ponerme nervioso… yo no duermo nunca con pijama. Me devané los sesos intentando recordar lo ocurrido durante la noche… pero no había recuerdos de ningún tipo. Solo un gran vacío en blanco entre el momento de apurar el cubata de un trago y el despertarme… no sabía qué había pasado, cómo había llegado hasta allí y lo que es peor, quien me había puesto el pijama. Y la gran incógnita: No sabía si mis padres se habían enterado.

Una conversación al otro lado de la puerta me resolvió alguna de las dudas.

– ¿Se ha despertado Baco ya? – Dijo mi padre
– No, todavía no. – Respondió mi madre.

Baco, el dios del vino… había pocas dudas ya. Mis padres se habían enterado.

Lo que ocurrió fue lo siguiente (yo no lo recuerdo, pero he montado la historia en base a los testimonios de testigos de los hechos). Tras perder el conocimiento Amadeus, y seguirle yo mismo, cayeron Panceta y, en menor medida, Bob el silencioso. Los del bar pidieron ayuda para sacarnos de allí a unos conocidos, que nos dejaron en el parquecillo de al lado del bar. Pidieron ayuda a las chicas de nuestra pandilla, que pululaban por allí. Ellas no supieron que hacer con nosotros… tipos grandes y borrachos. Se dieron algunas escenas un poco engorrosas para el que está escribiendo la historia (pero para que os hagáis una idea estaba implicada la chica que me gustaba por aquel entonces… al menos una de sus piernas, y yo aferrado a ella en el suelo del parque).

Decidieron llevarnos a urgencias.

Allí pasó lo que tenía que pasar… no nos pusieron la inyección porque no estábamos en coma, pero llamaron a nuestros padres, que casi era peor. Y fueron desfilando uno a uno por allí. Los padres de Panceta se cabrearon mucho, sobre todo porque él había perdido las gafas. El mío no le dio mayor importancia y entró divertido en el centro de salud. Los padres de Amadeus montaron una escena (de la que su hijo, con una mancha oscura muy sospechosa en el pantalón no se enteró). El único que se libró fue Bob el silencioso… el más delgado de todos y el que más y mejor aguantaba el alcohol… ¿Quién lo habría dicho?

A mí me llevaron a casa y mi hermano ayudó a mi madre a ponerme el pijama. El resto es historia. Mis padres no me dijeron nada. No hubo bronca ni charla ni nada de nada. Simplemente me dijeron que intentara no volver a hacerlo. Eso sí: Mi padre estuvo bastante tiempo con la bromita de “¿Tendré que ir a buscarte hoy?” cada vez que salía…

La bronca me la echó la madre de Panceta. Una monumental bronca, como si el culpable de que él se fuera a Murcia fuera mía. Y no, yo no le puse una pistola en el pecho para que bebiera… al final la sangre no llegó al río.

Lo curioso es que durante algunos meses, había gente que me saludaba por la calle y, en ocasiones, me miraban y se reían…

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En esta historia hay sexo. Lo pongo en el título, lo pongo en los tag y lo digo. No esperéis un final asombroso como el del Trío de la semana pasada. Al final hay sexo y podríamos decir que salvaje (o todo lo salvaje que puede ser el sexo con una mujer que no se depila las axilas). He estado tentado a dividirlo en dos entradas, para no perder la costumbre de mantener la intriga y tal. Pero no he encontrado la manera de hacerlo sin estropear la historia. Así que aconsejo leerlo con tranquilidad. Incluso imprimirlo y leerlo en el metro o en la cafetería. Aquí tenéis la historia.

Mi primer viaje al extranjero fue a Rusia, como ya conté en la saga del ruso Boris, pero el primer viaje de mi etapa adulta fue en el verano de 2002. El año de la ola de calor y de las inundaciones de Munich… por si no lo recordáis. Durante casi cuatro semanas recorrí Francia, Holanda, Alemania, Bélgica, Suiza y Barcelona. Dentro de mi cronología particular, fue justo el verano en que Morcillita me presentó al que ahora es su actual marido. Tras coincidir con ellos en varios lugares decidí que tenía que salir de allí… y, a ser posible, que me pasaran un millón de historias. Claro que eso es más fácil de decir que de hacer.

La diosa fortuna puso en mi camino nuevamente a Dulce, precisamente en esas fechas. Dulce fue la amiga que me presentó a Cometa y con la que realmente tampoco es que hubiera perdido el contacto… pero no hablábamos tanto como antes. Quedamos una noche para salir por ahí, me contó su vida (yo omití los detalles dolorosos de la mía… es que no soy de mucho lloriquear) y, casi sin darme cuenta, me invitó a hacer el Interail con varios amigos suyos. Yo no me lo pensé dos veces y me apunté.

Reconozco que por aquella época yo no era la mejor compañía, porque no estaba en mi mejor momento. No era lo que se dice un tío simpático. Sobre todo porque cuando no estoy bien me sale una vena cínica – sarcástica realmente desagradable e insoportable. Aún era demasiado reciente todo lo pasado con Morcillita y, por así decirlo, estaba dolido con las mujeres en general. Y si algo había en ese viaje, eran mujeres. Todos los chicos se fueron rilando hasta que sólo quedaba yo… uno contra cuatro…

Habíamos viajado por el centro de Francia, recorrido en coche la Bretaña, visitado París, Bruselas y Ámsterdam, el norte de Alemania y Berlín…y dimos con nuestros huesos en Frankfurt, el epicentro económico de Europa. La idea era estar sólo por la mañana y luego, a media tarde, coger un tren hasta Friburgo, una pequeña localidad situada como a dos horas de distancia. Allí estaríamos 4 o 5 días, recorriendo la zona y nos separaríamos temporalmente. Ellas irían a casa de una amiga suya a dormir, y yo me quedaría en el albergue de juventud de la ciudad. Digamos que el ambiente no era demasiado bueno por aquel entonces así que esa pequeña separación me vendría bien.

Tampoco ayudó mucho a mejorar el ambiente el hecho de que por mi culpa perdiéramos el tren a Friburgo. Me entretuve comprando unas postales y se me fue el santo al cielo… claro que no fue algo irreparable. Había trenes cada hora y sólo tuvimos que esperar un poco. Pero una de las amigas de Dulce me gritó. Me gritó muchas cosas, algunas muy ciertas… pero no me gustó que me las gritara. A mí no me grita ni mi padre, y menos una tía histérica. Así que me enfadé mucho. Para chulo yo. Me retiré unos metros de ellas y esperé al tren enfurruñado. Cuando por fin llegó me metí en el primer vagón que pillé.

Era el de fumadores, pero no me importó. Además, estaba todo el vagón vacío así que no había nadie fumando. Y me dispuse a pasar las dos siguientes horas hundido en oscuros pensamientos. Pero la diosa fortuna no me dejó. No me deja tranquilo demasiado tiempo…

A los veinte minutos el tren hizo su primera parada en un pueblo de nombre irrepetible (el día que repartieron las vocales el pueblo no pudo asistir). No había mucha gente en la estación, pero apenas les presté atención, estando como estaba enfurruñado en mis propios pensamientos. Así que tampoco me di cuenta quien era la persona que estaba trajinando en el asiento al lado del mío. Sólo pensé que, habiendo vagón de sobra para todos, tenía que ponerse precisamente junto a mí. Claro que se lo perdoné.

Mujer (esa era una baza importante a su favor), piel blanca, casi transparente, de pelo largo, pelirroja. Ojos verdes detrás de unas pequeñas gafas redondas, labios carnosos, cuello largo con un lunar justo debajo de la barbilla (me vuelven loco los lunares). Estaba vestida con una falda oscura, creo que con flores moradas o algo así, sandalias a juego, y una camiseta de tirantes del mismo color, debajo del que se intuía un cuerpo pequeño. No era la mujer más guapa del mundo, pero era muy atractiva. Sin duda la más atractiva del vagón. Y por alguna extraña razón, teniendo todo el vagón libre para ella sola, había optado por sentarse a mi lado. Eso a uno le levanta el ego… ¿No os parece?

La chica, a la que, en un derroche de imaginación, llamaré Pelirroja, intentaba meter un petate militar enorme en el portaequipajes. Sin pensarlo dos veces, me levanté y le ayudé a ponerlo, como caballero que soy. Era muy pesado y me costó.

– Danke schön.- Me dijo en un correcto alemán.
– Bitte schön.- dije yo. Después de casi una semana en Alemania, algo se me tenía que haber pegado. Y, añadí en un perfecto inglés – Your backpack is very heavy. I think you are an amanzingly strong woman… – (lo que quise decir era que su equipaje pesaba un huevo y que ella tenía que ser poco menos que la versión femenina del Increíble Hulk para moverlo)

Por supuesto le hizo mucha gracia. Creo que tiene algo que ver con el tono de voz, o mi cara… o con mi inglés de las afueras de Logroño.

– I’m Pelirroja.- Me dijo, dándome la mano. En realidad su nombre era muy bonito y muy latino… pero por mantener la costumbre, la apodo.
– I’m Sr K.- Y se la estreché, en contra de mi voluntad. Yo soy más de dos besos, sobre todo con mujeres atractivas.
– ¿Sr K?
– Yes… it’s my nickname… – Y le expliqué de donde venía y por qué me llamaban así. De momento nos manteníamos en niveles de inglés de cuarto de la ESO. Eso sí, de seguir por este camino acabaría diciendo lo de “mi padre es pobre pero mi sastre es rico”… – Where are you from? – Le pregunté. Todavía me quedaba el recurso del “How old are you?”
– Liepzig.- Me sonaba que por allí hubo una batalla de Napoleón con los Prusianos, pero no estaba seguro de saber explicarme, y, de todas maneras, no creí que le importara mucho. Así que sólo sonreí y asentí.

La conversación siguió, claro. Me preguntó de donde era y qué hacía en Alemania… si estaba sólo y por qué, si no lo estaba, mis amigas estaban en un vagón diferente… que si me gustaba Alemania… etc. Ella me contó que iba a Friburgo a ver a unos amigos, que tenía 25 años y estudiaba algo que no entendí en la universidad. Lo normal de dos personas que no se conocen. Tampoco es cuestión de poner toda la conversación, ¿No?

Llevábamos hablando en inglés un buen rato. Creo que no había hablado inglés tanto tiempo nunca. Ni sumando todas las frases pronunciadas en mi vida. Y no se me estaba dando mal. Al menos ella se reía cuando tenía que hacerlo… y parecía que nos estábamos entendiendo.

Le dije que tenía un color de pelo muy peculiar, y me dijo que era teñida. En realidad su pelo era rubio platino pero que, al cortar con su novio, había decidido teñirse… y se le ocurrió que el rojo podía estar bien. En España la mayoría de las mujeres darían su mano derecha por ser rubias naturales y ella… se había teñido de rojo. Ver para creer. Por cierto, el novio era también el padre de de su hijo de 5 años.

Me dijo que le gustaba como sonaba nuestro idioma. Y me pidió que le dijera algo en español… ¿Qué le podía decir? No se me ocurrió nada que decirle… excepto…

– Creo que eres la cosa más bonita que he visto en mi vida. – Lo dije en un susurro, en un tono que a mí me pareció muy sensual. Muy seductor. Al menos a mí me lo pareció, insisto.
– Wonderful… What do you mean?.- No había contado con que querría una traducción. Debí de ponerme colorado y ella insistió…
– Eh… Esto… bueno… verás…I think that you are the most beautiful thing that I’ve ever seen in my live.- De perdidos al río, ¿no?

Ella sonrió y perló los ojos (otra palabra que siempre me hizo ilusión usar)

– Thak You…

A partir de ese momento la conversación se volvió algo diferente… ella empezó a decir que los alemanes eran unos sosos, y que las españolas tenían suerte de tener a “tan buenos amantes”. Yo le di la razón, obviamente, y le comenté lo difícil que es decir algo bonito con un idioma tan “fuerte” como el alemán. Yo me basaba en las películas de la Segunda Guerra Mundial para decirlo, claro. También le dije que había un poco de mito con lo del Latin lover… y me dio la razón. No le gustaban los italianos… por el contrario defendía al Spanish Lover y afirmó que ella “nuca había estado con ninguno”. Y fue el momento en el que solté una frase que hasta a mí me sorprendió…

– Do you want to test one?

Ella abrió mucho los ojos y se mordió el labio inferior mientras sonreía. Y dijo una sola palabra en un perfecto y correcto castellano. Quizá una de las palabras más bonitas que hay en nuestro idioma:

– Si.

Y se dio la paradójica situación de estar comiéndole los morros a una chica a la que no había dado dos besos… Sabía a tabaco, pero en ese momento no me importó.

Del resto no entraré en muchos detalles, pero os diré que terminamos en el minúsculo baño del vagón. Ese que está todo integrado y es metálico, y casi no entra una persona, como para que entren dos. Yo me senté en el baño (sin apenas pensar en los miles de usuarios que lo habían utilizado antes que yo para cosas relativamente menos placenteras) y ella se me puso encima. Enseguida se había quedado sin la parte de arriba y mientras me peleaba con el cierre del sujetador (morado con puntillitas… creo que una 90 copa B, aunque no estoy del todo seguro), ella me mordisqueaba la oreja y me dijo varias veces:

– Talk to me in Spanish, talk to me in Spanish…

Algo así como si fuera Wanda, de la película un Pez llamado Wanda, pero en lugar de pedirme que hablara italiano, tenía que hablar español. ¿Qué puede decir uno en esos momentos? O sea, porque ponerte a decir las cosas que dicen en las películas porno (“Vamos nena”, “Dale duro”, “Así, sigue”)… como que no… así que me puse muy descriptivo. Estro es, iba relatando lo que hacía en cada momento. Así que si alguien que supiera castellano hubiera pasado cerca del baño del vagón (y no queda descartado que alguna de mis compañeras de viaje lo hiciera), habría escuchado cosas como “Te cojo una teta con la mano” o “Hay que ver la de pelo que tienes aquí, Pelirroja” o “lleva cuidado porque eso que tienes en la boca es una parte muy querida de mí mismo”. A lo mejor no eran frases tan elaboradas… pero os hacéis una idea.

Por cierto… comprobé que era rubia natural.

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Hay gente que dice que mi trabajo es un chollo. Entro a la hora que quiero, salgo ocho horas después, no trabajo mucho, está muy cerca de mi casa y me pagan muy bien. Sólo lo podría mejorar si me quedara todo el día en el sofá y me mandan el cheque por correo. Lógicamente no puedo decir nada en contra de todo esto… porque es verdad. Pero por alguna extraña razón, no estoy a gusto.

Quizá esa sensación venga por el hecho de que no me siento integrado en la plantilla. En realidad soy una especie de bicho raro. Podría decir que soy el único que sabe leer de todos, pero eso sería exagerar un poco. Claro que mis compañeros saben leer… sólo que no lo hacen desde segundo de EGB. Así que no les pidas que te manden un correo con las comas o los puntos en su sitio… bueno, y con las bes y las uves correspondientes. ¿Y qué son los acentos? Pero en fin… eso es ponerse un poco exquisito. Pero como yo no veo grandes hermanos, ni islas de famosos, ni nada de ese estilo (en realidad ya no veo la tele), no veo casi fútbol y leo libros raros… apenas tenemos de qué hablar… aparte de trabajo.

Creo que esto es lo de menos. En realidad el principal motivo por el que no me encuentro a gusto es mi jefe. A ver… ¿Cómo lo defino? Imaginad un niño de seis años, hijo único para más señas. Caprichoso, enfadica, envidioso, chinche y maleducado. Ahora le ponéis cuarenta años más, aproximadamente 100 kilos de peso y un metro ochenta u ochenta y cinco de estatura. Así es mi jefe.

Si está de buenas, es aceptable. Hace bromas de muy mal gusto, sobre todo a las chicas, y se ríe a grandes carcajadas él solo. Por supuesto se cree un tío muy gracioso. Y no digo que lo sea… pero me pasa como con los Morancos… no le veo la gracia. Desconoce el manejo del teléfono interno y llama a la gente a grandes gritos desde el despacho. Eso sí… con suerte se tira todo el día hablando por el móvil y deja a casi todo el mundo en paz.

Si está de mal humor… si está de mal humor se nota, porque entra como una exhalación y, en lugar de decir un “buenos días” como todo el mundo, grita “Me cago en la ostia”, o “Estoy hasta los huevos” y da un portazo en la puerta de su despacho que hace retumbar hasta las ventanas. La cosa puede quedarse ahí (y cuando digo cosa me refiero a él) o puede ser peor: Puede salir del despacho. Y si eso ocurre da igual que dios protector tengas… porque seguro que esa deidad encontrará más interesante perder su omnipresencia por un rato que interferir en su ira. Se planta en medio de la sala, al estilo de Jonh Wine a punto de participar en un duelo, y mira a todos los presentes… buscando una victima sobre la que descargar su furia… Esto suele pasar cuando a él le dan un toque los de arriba, claro. O cuando ha tenido bronca con su mujer. Una vez estaba tan de mal humor que tiró el móvil contra una pared y una de las piezas que salió volando dio en mi monitor. Podría haberme dado a mí… con lo que me habría pillado la baja y conseguir lo que le falta a mi trabajo para ser perfecto: que me manden el cheque a casa sin moverme del sofá.

Así que muchas cosas dependen de cómo esté este hombre de humor. Las vacaciones son una de estas cosas. Y las vacaciones son, precisamente, lo que le pedí el viernes. Existe la particularidad de que la empresa, por alguna razón, no cree que los trabajadores tengan derecho a un mes de vacaciones. A lo sumo dos semanas. Y las otras… las otras ya veremos. Nadie, excepto la dirección, se ha cogido tres semanas de vacaciones… y menos seguidas. Así que debía elegir el momento con mucho cuidado. Al final el momento me eligió a mí: era el último día para pillar los billetes, así que tendría que ser lo que la diosa fortuna quisiera.

El viernes entró mi jefe y dijo:

– Buenos días.

Y yo pensé que esa era mi oportunidad. Me levanté de mi sitio y me acerqué a su despacho, no sin cierto temor. Estaba hablando por el móvil. Eso podía ser malo… si le daban una mala noticia habría un portazo… o cosas peores. Así que me quedé por allí cerca, disimulando, mientras esperaba el momento de meterme en el despacho y pedir mis tres semanas de vacaciones. Por fin colgó y vi como se metía en el Messenger (No lo he dicho, pero a veces se tira horas enteras chateando). Tenía que ser rápido…

– Jefe… ¿Puedes hablar?
– Si. ¿Qué quieres?
– Bueno… venía a pedirte las vacaciones… Me miró de reojo en plan “Si estamos en febrero…”
– ¿Para cuando?
– Para octubre…
– Ah, bueno, si es para octubre… vale. Dos semanas, ¿no?
– No, tres… – Puso cara de no. Iba a decir que no. – Es que me voy al Nepal.
– ¿Nepal? ¿Y qué se te ha perdido a ti en el Nepal?

Dicen que en el amor y en la guerra no hay reglas. En el amor al menos no. Y yo soy un enamorado de mi tiempo libre. Así que tenía que conseguir ese viaje como fuera… sin perder la dignidad, se entiende. Así que mentí. Sí amigos. Mentí como un bellaco.

– Es que tengo un amigo montañero. Está preparando una expedición al Annapurna, para subir hasta la cumbre… – Mi amigo es tan montañero como puedo serlo yo y, desde luego, no pretende subir a ningún pico.
– ¿Y tú vas a escalar un pico de esos?
– No, hombre, no. Para eso hace falta mucha preparación y muchos meses de aclimatación… yo sólo le acompaño hasta el campamento base… a 5.000 metros. Y son dos semanas de marcha por el Himalaya… así que sólo con dos semanas de vacaciones no es suficiente… necesito tres, para el viaje hasta allí y la aclimatación… ya sabes…
– Ya… claro… pero…
– Es que para los que nos gusta el monte, ir al Himalaya es como jugar en primera división… con los grandes…
– Vale, vale. Concedido…

No pude salir de su despacho con una enorme sonrisa de oreja a oreja. No sólo porque ya tengo las vacaciones que quería. Tampoco porque visite un lugar al que he querido ir desde siempre. Tampoco porque sea una gran aventura de la que seguro saldrán mil y una historias. El motivo de mi alegría era que había conseguido algo que nunca antes había logrado otro ser vivo (al menos en mi empresa)…

Tres semanas de vacaciones.

En cierta forma me sentí como Edmud Hillary al coronar el Monte Everest

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Tal y como os contaba ayer, al salir me encontré con una escena propia de una película porno, salvo por el hecho de que yo no era el técnico de la fotocopiadora, ni tampoco el fontanero… sólo era un tipo grande con una toalla atada a la cintura (y con los calzoncillos puestos debajo, ojo, que tampoco es que me guste ir provocando al personal).

Eva estaba tumbada boca arriba, en la diagonal de la cama de matrimonio. Desde mi posición parecía estar desnuda. Encima de Eva sentada a horcajadas sobre sus caderas, y dándome la espalda, estaba La Portuguesa, vestida sólo con la camiseta de tirantes que traía puesta cuando la vi en el comedor y lo que a mi entender eran las braguitas. Eva apoyaba sus manos en los morenos muslos de La Portuguesa mientras esta le sobaba los brazos, el pecho, el cuello y la cara, con movimientos lentos y sinuosos (no sé si se puede usar esta palabra). Yo me quedé petrificado en la puerta del baño, sin atreverme a moverme, no fueran a dejar lo que estaban haciendo. Me di cuenta de dos cosas… la primera era que 40 kilómetros no son suficientes como para hacerme “perder el ánimo”, dada la reacción de alguna parte de mi cuerpo… y que sólo tenía una gomita en mi poder: El condón de emergencia de la cartera. Ese condón que todo hombre debe llevar… por si acaso.

Entré en el baño y abrí el botiquín buscando, iluso de mí, una caja de preservativos. Por alguna extraña razón pensé en ese memento que era lógico que en botiquín hubiera preservativos y no tiritas, ya que a un tugurio como ese era más probable ir a echar un polvo que a hacerse un corte. Pero no los había. Y con un condón no tendría suficiente para las dos mujeres… aunque llegué a la conclusión de que ese problema lo afrontaría y resolvería a su debido momento.

Joder, joder, joder… ¡un trío! Cuantos tíos no habrían dado su brazo derecho por participar en uno… y con ese par de bellezas además. Y, encima, lo más difícil ya estaba hecho. Ellas ya se estaban liando y, sabían perfectamente que yo estaba allí… así que me estaban indicando bien a las claras lo que querían que pasara allí dentro… desde luego alguien en el Olimpo debía de quererme mucho.

Me fui acercando lentamente a la cama y dejé caer la toalla de mi cintura. Y allí estaba yo, en calzoncillos y, aunque es de mala educación apuntar, no podía evitarlo… salvo que… Eva no estaba desnuda. Sólo se había subido un poco la camiseta y el pantaloncito corto quedaba oculto por las piernas de La Portuguesa. Y ya puestos, La Portuguesa no llegaba a tocar a Eva en ningún momento… dejaba las manos unos milímetros por encima de su piel y sólo las movía. De vez en cuando elevaba las manos al aire y soplaba, para volver a ponerlas casi sobre el cuerpo de la valenciana…

Sin decir ni pío retrocedí unos pasos hasta la toalla, que recogí y me volví a atar a la cintura. Y sólo entonces me atreví a decir:

– Ejem… chicas… eh… ¿Qué hacéis?
– Le estoy dando un masaje de energía… – dijo La Portuguesa – Uso mi cuerpo como catalizador y le transmito la energía positiva del universo que pasa a través de mí… – Había perdido todo el ánimo de repente.
– ¿De verdad?

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo. Tiempo después me enteré que a eso se le llama Reiki.

– Cuando terminéis apagad la luz.- Dije mientras me metía en mi pequeña cama… solo.

Me tapé con la sábana y me dispuse a dormir y descansar las piernas. Pero no me dormí… digamos que no soy fácilmente impresionable, pero tampoco es que estuviera demasiado tranquilo. Al rato escuché movimiento en la cama de al lado y pude ver como La Portuguesa se acostaba. Por el contrario, Eva se sentó en su lado de la cama, el más cercano a mi cama y me llamó.

– ¿Duermes?
– Ya no. Dime…

Y en qué hora dije ese dime. Por que me dijo. Y me dijo muchas cosas. Me contó que se había escapado de casa, que la estaban buscando para internarla en un centro psiquiátrico para someterla a un tratamiento… que ella no estaba loca, pero que a veces le daba por pensar cosas… raras (y no entró en detalles para añadirle mayor intranquilidad a la situación) y me dijo que conmigo se sentía muy a gusto porque yo sabía escucharla y se notaba que era un tío maduro… luego me deseó las buenas noches y se acostó. Supongo que se durmió.

Yo no.

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo, aunque dormía apierna suelta. Y la otra… fugitiva de un psiquiátrico.

A la mañana siguiente me levanté temprano. A las 7 de la mañana o incluso antes. No había pegado ojo en toda la noche y todavía tenía casi otros 40 kilómetros que hacer… kilómetros que no pude completar. Es más… esa noche la pasé en el hospital de Santiago… pero esa es otra historia (que seguro que os contaré)

Este ha sido, hasta el momento, el mejor trío en el que he participado… espero que en el próximo pueda tocar teta.

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Tras la primera entrega, continuo con la segunda parte.

Así que estaba decidido… después de comer me iría con la guapa valenciana con destino Santiago de Compostela, y con parada en noche tórrida de sexo. Llamé al albergue de peregrinos y me confirmaron que no había sitio, pero me dieron el número de un hostal en el propio pueblo. Reservé una habitación para dos y quiso la diosa fortuna de nuevo que sólo tuvieran libre una cama de matrimonio. La situación estaba mejorando por momentos… Aún así, y porque no quería que pensara que era una encerrona, decidí comunicárselo.

– No hay problema. – Me dijo – pero he hablado con mi amiga La Portuguesa y también se apunta… ¿Puedes preguntar si hay sitio para los tres?
– Bueno… voy a probar… pero ya sabes… en esta época… año santo… en fin… será difícil…

Conseguir que una bella y joven desconocida se meta en la misma cama de uno en un hostal de mala muerte es difícil. Montarte un trío con dos bellas y jóvenes desconocidas en un hostal de mala muerte entra dentro de lo casi imposible. Así que quedé convencido de que todo había sido una imaginación mía y que la valenciana no quería nada más que conversación y un besito en la frente de buenas noches. Recé para que no hubiera sitio, pero no me sonrió la fortuna en ese momento… o sí, quien sabe.

Me despedí de mis amigos peregrinos entre abrazos y promesas de quedadas futuras. Sólo cumplí una, con la guapa Princesa Leia, pero esa es otra historia que no viene al caso ahora mismo (pero que sin duda contaré algún día). Me costó dejarles porque les había cogido mucho cariño… y eso que habían sido nada más que diez días… aunque diez días muy intensos. Pero llegar a Santiago era importante para mí.

Salí solo y caminando a buen ritmo por los solitarios caminos de tierra de la bella comarca Lucense, sorteando flechas amarillas y poyetes de piedra con engañosas promesas de descanso. No hay que olvidar que yo ya llevaba una etapa completa de veinticinco kilómetros por la mañana y que me esperaban otros quince kilómetros por la tarde… como si fuera una maratón, pero cargado con una pesada mochila. Eva y La Portuguesa decidieron seguirme más tarde, una vez que consiguieran que algún taxista les llevara la mochila al Hostal… así que yo me adelantaba para hacer efectiva la reserva.

Resumiré los quince kilómetros como demasiado largos y desesperantes. Sobre todo los últimos dos o tres, que ya caminé con el sol prácticamente oculto, se me hicieron eternos. Pero por fin llegué al hostal, poco antes de las diez de la noche. Estaba cansado y casi agradecí que al final no hubiera fiesta con la valenciana porque no estaba seguro de poder dar la talla. Estaba tan cansado que ni subí a la habitación y cené en el comedor del hostal, solo, con la compañía de un televisor sin volumen y un tapiz de unos perros jugando al póquer (que puede dar una idea del nivel del establecimiento).

Eva y La Portuguesa llegaron poco antes de que terminara el café. Venían tan frescas y descansadas como puede ir alguien que ha cogido un taxi y no ha tenido ni que levantar la mano para pedirlo. La Portuguesa, a la que no había visto antes, era un poco más baja que Eva, morena de piel y más mayor que ella. Yo le echaba como un par de años más, como mucho. Una larga melena morena, lisa y brillante le caía sobre los hombros y casi, y digo casi, ocultaba un escote generoso. El pantalón vaquero recortado contorneaba sus firmes piernas y le hacían más que atractivo el culito respingón… lástima que lo del trío fuera prácticamente imposible…

Subimos a la habitación y nos repartimos las camas. Para ellas, la de matrimonio. Para mí, la supletoria. Teniendo en cuenta que llevaba ya tres días durmiendo en el suelo, una cama supletoria era un lujo asiático en comparación. Me metí en la ducha (Un huevo-ducha para ser más exactos) y me dediqué un buen rato a quitarme el polvo del camino, a hacerme las curas de rigor en las rozaduras, darme crema en los pies y en las piernas y, también, a recortarme un poco la poblada barba de dos semanas. Lo que se dice un repaso completo.

Y al salir…

Lo que pasó al salir lo veremos mañana en la tercera y última parte del trío (tres partes para un trío… menos mal que no fue una orgía con 144 personas)

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