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Yo e estudiao

Mi padre siempre ha sido muy estricto con el tema de reírse de la gente. Especialmente con la gente que escribe con faltas de ortografía. Generalmente no le he hecho mucho caso en ese aspecto… porque es muy divertido. Pero como hace Dexter, mi asesino sicópata favorito, yo sólo me río de la gente que se lo merece.

Uno que se lo merece es el administrador que nos lleva todos los temas e la comunidad. Reconozco que cuando me llegaban las actas de las reuniones, simplemente las metía en el cajón de los papeles inservibles que están por si acaso tengo que encender un fuego. Teniendo en cuenta que no tengo chimenea, ese cajón tiene muchos papeles ya. Y es una suerte, porque después de haber leído entera el acta de la última reunión… dios, era como pasar con el coche al lado de un accidente de tráfico… me resultó imposible dejar de leer.

Os voy a poner unos cuantos ejemplos. No estoy inventando nada. Está copiado literalmente del acta.

Que las cuentas no están maquilladas ni nada por el estilo que las cuentas son las que son que toda la comunidad sabia que el ultimo recibo de la empresa xxxxxx se iba a devolver ya que xxxxx la anterior junta directiva y el presidente lo habían decidido y que no tiene mas que decir ya que el administrador presentaba a la junta directiva mensualmente las cuentas.

Otra perla de la literatura:

Que el administrador nunca había comentado la votación doble ya que en ningún momento había sido necesario ya que el banco XXXX siempre había votado lo mismo que la comunidad y por lo tanto no entiende porque tiene que explicar algo que no ha ocurrido.

Y añade:

El vocal del 13-22 expone que hay un acta en la que el XXXX ha votado en contra que porque no se explico hay.

Y termina el acta con la sentencia (aconsejo no leer en voz alta la sentencia, a no ser que el que lo lea trabaje como tenor, o sea una soprano consagrada):

Hay dos soluciones que es pagar la deuda total de la factura para que la demanda no siga adelante o negociar mediante nuestro abogado la reducción de esa factura en función del gasto de teléfono que hicieron de mas se aprueba por mayoría tener una reunión con el abogado si fuera necesario para saber cual es la respuesta de la empresa en la negociación o intentar llegar a un acuerdo valido para la comunidad sea con una rebaja o pagando el total de la factura en cualquiera de los dos casos si hay reunión o acuerdo, (¡¡¡por díos…. Me ahogo!!!) queda claro que lo que opina la comunidad es pagar para no ser una cantdad mas grande por las costas de abogados y procuradores.

Si ese tío no fuera un impresentable, inmediatamente lo había catalogado de “Pobre hombre… tiene mi edad, pero no ha tenido la suerte de recibir una educación”. Y no habría dicho nada. Pero además de ser un impresentable, alardea de “Tener estudios”. No sabemos muy bien a qué se refiere con lo de tener estudios, pero seguramente no significará lo mismo en nuestro idioma. Visto lo visto.

Este señor nos cobra 25.000€ al año por llevar los asuntos de la comunidad. ¿Quien dijo que España no es un país lleno de oportunidades?

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Ahora mismo hay en la tele dos series que tratan sobre el lenguaje corporal en dos cadenas diferentes. Debe de ser la nueva temática de moda, como lo ha sido (y quizá lo siga siendo) la temática de la policía científica adictos a las linternas de mano (tres series en parrilla), la de médicos (dos series) o en su día la de abogados o la de grupo de fuerzas especiales fugados de una cárcel de máxima seguridad donde habían sido recluidos acusados de un delito que no habían cometido.

A mí me gustan las dos, aunque no las veo regularmente. Especialmente “Miénteme”, más que nada porque la protagoniza Tim Roth, que es un pedazo de actor como la copa de un pino; y porque lo han dado un enfoque más científico. En la serie hace de especialista en el lenguaje corporal, una especie de detector humano de mentiras. Digamos que es capaz de detectar las micro expresiones involuntarias que denotan lo que de verdad se piensa y que intentamos ocultar con las palabras. Como dice el doctor House… mentimos siempre.

No soy un gran especialista en el lenguaje corporal. Digamos que sé leerlo como la mayoría de la gente. Como ser humano del género masculino en edad fértil y sin pareja, el lenguaje corporal femenino me es especialmente sensible. Básicamente la cuestión es saber si le gustas, o le resultas más o menos agradable, a la mujer que tienes enfrente.

Hay una serie de señales que suelen ser inequívocas. Por ejemplo, si la chica se toca el pelo mientras habla contigo, juega con él, etcétera, suele ser señal de que le interesas. Si perla los ojos y no rehuye la mirada, suele ser señal de que le interesas. Si te toca repetidas veces los hombros o los brazos mientras te habla o le hablas, puede significar que le interesas. Y si te toca el pecho también, aunque si te planta la palma de la mano en el pecho y empuja, significa que te largues. Si te abraza y se aprieta contra ti, pecho con pecho, es que le interesas, y si junta la pelvis, es que además le atraes sexualmente (este punto es un hecho que se ha dado poco en la historia. Se comenta que una vez se produjo pero está sin documentar).

Entonces, digo yo, si todas estas señales se dan… la respuesta correcta a “¿Te puedo llamar para tomar un café?” No es “Depende… ¿Con qué intención?”. O sea… ¿qué intenciones puede haber aparte de las evidentes?

De verdad que no paraba de tocarse el pelo… aunque bien pensado, esa podía ser otra clase de señal. Una no involuntaria y sí parte de un código secreto… ya sabéis: “Si me toco el pelo tres veces es que el tío es un plasta y venís a rescatarme”. Vale, es posible que yo sea un plasta… pero sus amigas son unas cabronas. En dos horas no apareció ninguna para salvarla…

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Dios proveerá

La escena empieza como empiezan muchas escenas hoy en día. Johnny Be Good sonando a todo volumen: La melodía inconfundible de mi teléfono vibrando encima de la mesa. En la pantalla un número desconocido.

– ¿Diga?
– Hola.
– Hola… eh… ¿Quién eres?
– Soy Troy, Troy McClure.

Troy McClure, actor aficionado amigo de una amiga mía. Habíamos coincidido en dos fiestas y en una obra de teatro amateur. Poco más se puede añadir a su currículo. Definitivamente no es lo que se puede considerar un amigo.

– Hola Troy, ¿Cómo te va?
– Sr. K, te necesito, tío…

Desde luego, no era una frase que esperara escuchar. De todas maneras, conociendo el historial de este tío, no tenía ninguna connotación sexual.

– ¿Qué puedo hacer por ti?
– Verás… este viernes he quedado con cuatro mujeres. Iban a venir unos amigos míos pero me han dejado colgado. Así que estoy yo solo con las cuatro…
– Mal lo veo, sí…
– Ya sabes… si vas con cuatro, al final no te comes ninguna… así que necesito ayuda, tío.

En eso tenía razón. Yo una vez salí con nueve y me terminé acostando solo. Todavía la ciencia no lo ha investigado, pero creo que se genera como un campo de fuerza negativo, que se hace más intenso cuantas más mujeres hay en el grupo. Me surgió una duda evidente:

– ¿Están buenas?
– Las que yo conozco, sí. Son dos actrices y una médico… la otra no sé cómo es. Pero no te preocupes, que yo me pido la fea…

En realidad, la que él se pidiera daría igual. Es una verdad como un templo que son ellas las que eligen, y que cualquier reparto entre nosotros es una pérdida de tiempo.

– Pues gracias por acordarte de mí, macho… pero es que este viernes no estoy. Según termine de trabajar me marcho de fin de semana fuera…
– No me jodas…
– Lo siento, y eso que es tentador…
– Oye… ¿Y no tendrás un colega majo… que se enrolle bien…? Es que estoy desesperado…

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La semana pasada me compré una báscula. Una de esas que suelen estar en el baño. Es de cristal, de diseño, y tiene un contador digital. Aunque en lo demás es como todas las básculas que he conocido: te subes encima y ellas te asustan. Supongo que un baño no es un baño si no tiene una de esas máquinas para pesarse. En casa de mis padres había una, siempre la misma, de las antiguas, de las que tenían un disco que giraba con los números pintado… que asustaba analógicamente… pero asustaba igual.

En mi presentación dije, años atrás, que no era ni alto ni bajo. Y no mentía. Dije que no era ni listo ni tonto, y seguía sin mentir. Y que no era ni flaco ni gordo… y no era mentira en su día, aunque hay ya algo que no es verdad. Este último año ha sido como una especie de cuesta abajo. Desde que volví de Nepal cada vez hay más de mí en el mundo.

Compré la báscula, la saqué del embalaje y la coloqué entre el lavabo y el bidé, junto a la pared. Comprobé que se encendía y que aparentemente funcionaba. Pero no me subí en ella. Saber el peso es un gran momento en la vida de uno, y tenía que prepararme a conciencia. Y allí se quedó.

Hasta hoy.

Digamos que hay límites que un hombre no puede sobrepasar. Hay una especie de raya roja virtual ante la que uno se deba plantar y que, ir más allá, simplemente no es una opción. Creo que este mundo no es tan bueno que se merezca más y más yo pululando por él. Ha llegado el momento de dejar de ser el doble de George Clooney, y el triple de Brad Pitt.

Lo que hay que hacer está claro… comer menos, más ejercicio, más fruta, menos chucherías, más cucurucho y menos sofá. Volver a las excelencias de la dieta mediterránea. Comer en casa, o en casa de mi madre que es todavía mejor. Se terminaron las noches de mus y pizza, que pasarán a ser, noche de mus y lechuga. Los bocadillos sólo en las viñetas de los cómics. Y volver al gimnasio… ¿Qué es eso de pagar para no ir?

Todo eso está bien. Pero… vista la enormidad del reto, directamente proporcional a la enormidad de mi ser, el desafío no es baladí. Es fácil perder el ánimo y dejarse vencer por la inevitabilidad del hecho de que a medida que uno se hace mayor, el cuerpo tiende a expandirse, en plan universo… ¿Cómo luchar con eso?

La clave es plantearse pequeños retos. Esta semana el reto es sencillo. Objetivo: perder un kilo.

No es tan complicado, ¿no?

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Pintando la mona

Por petición expresa, en lugar de contar los últimos acontecimientos con la Rubia, hoy os voy a contar cosas que pasaron hace 20 años. Un flashback de esos que dicen (por más que ahora estén de moda los flashfordwar). Retrocedemos a los años de los pelos. A los años en los que empiezan a salir pelos en los lugares más insospechados del cuerpo: la adolescencia.

Me había cambiado la voz, salido pelos y crecido algo, pero poco: Esperaba el estirón ese que era inminente y que todavía sigo esperando. Pero pese a los cambios seguía sin ser popular. Y eso que ya no tenía botas ortopédicas, no por haber curado mis pies planos, sino por ser completamente inútiles, pero me habían puesto gafas, así que una cosa por otra. Ser el gordito con gafas de la clase no otorga muchos puntos de popularidad. Ni mucha atención de las chicas.

Ya hacía tiempo que le daba al bolígrafo bic cristal, que escribe normal, y hacía mis primeros intentos de relatos. Pero no los leía nadie. Todavía no tenía suficiente confianza en mi calidad artística. Todavía no los ha leído nadie, y no creo que lo haga ninguna persona nunca (a no ser que me haga super famoso como escritor y un hijo mío decida sacarlos a la luz cuando me muera, como textos inéditos, incluso con sus faltas de ortografía, para seguir chupando de la teta, el muy gandul).

Leía libros, pero también era aficionado a los tebeos. Por supuesto entre mis favoritos estaba Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Super López, Asterix y Obelix, Lucky Luke, Spirou y Fantasio y, un poco, Tintín. Aunque de vez en cuando caían en mis manos tebeos de los de antes, El guerrero del antifaz o hazañas bélicas (que, por cierto, me incitó a saber sobre las segunda guerra mundial, otro de mis temas favoritos). En la biblioteca municipal descubrí el placer de leer cómic. Allí estaba la colección completa de Jeremiah, del belga Hermann, y aluciné en colores. No era un cómic para niños, pero yo ya no era un niño (era un señor bajito con voz grave). De Jeremiah pasé a XIII, de William Vance, otro belga.

Como todo hijo de vecino empecé a dibujar copiando. Copiando de lo que tenía más a mano, o sea, Mortadelo o Superlópez. Tenía ojo y tenía mano. Pero, sobre todo, no tenía ganas de salir a correr por ahí… lo que tiene las botas ortopédicas. Pero habiendo descubierto el cómic, prefería copiar dibujos de verdad a caricaturas. Todavía debe de estar rondando por ahí la carpeta con mis dibujos, convenientemente numerados… por si algún día se pueden vender.
Descubrí la Cuesta del Mollano y las revistas de cómics: Cimoc y Comix (poco después El Jueves y Vívora). Estamos hablando de revistas de los 80 que ya no se editaban, pero que en los puestos de libros viejos se vendían casi al peso. Todavía tengo una buena colección de ellas. Así que no es extraño que mis copias empezaran a ser de autores franceses, pero también de Españoles. Bernet, por ejemplo, y sus historias en blanco y negro, poniendo en dibujo los impresionantes guiones de Abuli. O Juan Gimenez, quizá uno de los mejores autores españoles, y su increíblemente realista As de picas (otra vez la segunda guerra mundial). Pero, sobre todo, descubrí a Milo Manara y a Horacio Altuna.

Hermann, Vance, Bernet, Gimenez… son dibujantes muy minuciosos, que hacen que cada viñeta sea una pequeña obra de arte. Altuna eleva esa minuciosidad a rango de locura. Cada viñeta tiene varios niveles de historia, llenas de gente, carteles, situaciones… leer un cómic de Altuna es pasarse horas mirando el segundo plano, descubriendo las otras historias que hay detrás de la historia principal.

Y de Manara… ah… de Manara aprendí a dibujar mujeres.

Durante esos años de la adolescencia pasé horas y horas dibujando. De las copias de los grandes del cómic pasé a las copias del natural… me hice mi archivador de fotografías, recortes de periódicos y revistas… cualquier cosa que me llamara la atención del mundo. Y los copiaba. Hice muchos dibujos. Y, claro, mis notas se resintieron. Mucho.

Había que buscar un camino en el que pudiera dibujar y pensé que la arquitectura podía ser ese camino. En tercero de bup me enteré de una prueba de aptitud que hacían en la escuela de arquitectura, una prueba no vinculante. Y allí fuimos, dos amigos y yo. Puedo afirmar con satisfacción que superé la prueba. Me dieron como muy apto para esa profesión y, lo que es mejor, saqué la mejor nota de los tres (mi instinto competitivo, qué le vamos a hacer). Así que el último año en el instituto cogí las optativas con las que pensé que me ayudarían a conseguir más nivel: ampliación de matemáticas (cuatro horas más a la semana), ampliación de dibujo técnico (otras cuatro horas más) y geología.

No pude entrar en arquitectura. Aún siendo muy apto, la nota media no me dio. Y me metí en informática. Mis otros amigos “arquitectos” son ahora un triste estadístico y un biólogo que no ejerce.

Y ninguno de los tres dibujamos ya.

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¿Alguien ha visto Matrix? Qué tontería… todo el mundo ha visto Mátrix (excepto algún enfermo en coma y gente asocial). Os pongo en situación… azotea del edificio donde tienen a Morfeo secuestrado. Un agente dispara a Neo varias veces y Neo hace eso de echarse para atrás esquivando las balas.

Otra película. Top Gun. El F18 Tomcat de Tomcrús es perseguido por un Mig21 ruso. El Mig 21 ruso es mucho mejor avión y le tiene enfilado, apuntando con los misiles. Las alarmas del avión no hacen más que sonar y Tomcrús hace todo tipo de maniobras evasivas… el fin parece cerca.

Hay un clásico del spagueti wester de la factoría de los indescriptibles Bud Spencer y Terence Hill: Quien tiene un amigo tiene un tesoro. En realidad destaco esa porque es la única de la que me sé el título. Lo curioso es que en esas películas siempre se lían a golpes… curiosamente siempre con la mano abierta.

Cuarta película: Gorilas en la niebla. La investigadora se enfrenta con el macho alfa de la manada, el espalda plateada, el cual empieza a golpearse el pecho con los puños y a gruñir, emitiendo sonidos guturales propios de los animales salvajes. Mientras, la doctora se humilla y campea el temporal.

Cualquiera se preguntaría qué demonios tiene esto que ver con la vida real. Pues mucho. Os cuento:

Llevo dos semanas un poco malas en la oficina: Estoy dejando el tabaco. El tabaco que fumaba mi jefe en la oficina. Vamos, que mi jefe está dejando de fumar… y eso es algo inaguantable. Y como mi jefe no es nada egoísta, se dedica a compartir su mal humor con nosotros a todas horas. Pero no puede enfadarse sin más… busca un motivo.

Durante la semana pasada me libré tres veces de tres broncas. Gracias a que no borro ni un correo pude demostrar que cosas de las que se me acusaban no eran para mí. Así que, al igual que Neo en el rascacielos, esquivé las balas haciendo malabares.

Esta semana, al igual que en Top Gun, mi jefe ha estado detrás de mí todo el tiempo. Le sentía enfilándome con sus misiles y yo haciendo maniobras acrobáticas para evadirme. Pero cada vez más cerca…

Hasta que me ha dado hoy. Ha sido por un tema del que se suponía que tenía que estar enterado pero que, quien tenía que informarme no lo hizo y, luego, para quitarse el marrón de encima, simplemente me acusó. Con dos semanas para darme caza… mi jefe no ha entrado en razones y, al igual que Bud Spencer, me ha soltado un sopapo (es una forma de hablar) que ríete tú de la mano abierta del actor.

Pero claro… al ser algo completamente injusto, me he revuelto. Y, al igual que el gorila macho del lomo plateado, se ha golpeado el pecho., ha emitido sonidos guturales y ha hecho valer sus cojones como prueba irrefutable de que en el departamento se hace lo que él quiere…

¿Quién dijo que la vida no imita al arte?

En fin… como estoy un poco de aquella manera, alegradme el día entrando en la Taberna del Escocés, y leed mi primera aportación publicada. Se trata de un minirelato llamado “Entrevista de trabajo”… el primer b-side que publicamos.

Ah… y el dibujo que adorna el post también lo he hecho yo..

“Te vas a pasar a verme esta tarde por el bar?”, parpadeó en mi pantalla el viernes por la mañana. Era la rubia (quien va necesitando un nombre decente, pero ya), con quien he tenido muchas conversaciones por el Messenger y algunas menos en persona.

No sé si os lo había dicho, pero La Rubia trabaja como camarera en un bar de copas cercano a mi casa las noches de los viernes y los sábados. Trabajo que compagina con el que tiene de lunes a viernes en el taller de coches. Como se ve es una mujer muy trabajadora. En dos ocasiones me había pasado por el bar y, en las dos, estaba tan lleno que el caso que pudo hacerme fue cero. Así que cada una de las veces, bien metido en mi papel de El Señor Capullo, aguanté estoicamente una cerveza e hice mutis por el foro al terminar.

Esta vez fue algo diferente.

Salí de la oficina tarde (semana de guardia) y del tirón me pasé por el bar. Tenía la esperanza de que por una vez no hubiera mucha gente. Y, como dice el dicho, a la tercera fue la vencida. Había unas cuantas mesas ocupadas y un par o tres de tipos en la barra, con sus respectivas bebidas. Y poco más. Así que tuve oportunidad de charlar un poco con ella, mientras me tomaba una cerveza.

Pero poco.

La razón fue que el jefe de la chica, un tipo de unos cuarenta y cinco años y de complexión fuerte, se nos acercó e interrumpió una conversación bastante interesante.

– ¿Sabes jugar al billar? – preguntó.
– Un poco. Sé con qué parte del taco hay que darle.
– Pues vente.

Y fui. En la mesa de billar estaba todo dispuesto para una partida… las bolas colocadas, los tacos… todo. El dueño del bar se aburría y quería jugar un rato.

La última vez que jugué al billar, estaba en el poder Felipe González y era todavía un jovenzuelo despreocupado que usaba americanas de pana con parches en los codos. Bueno… no es cierto, pero casi. Nunca he sido especialmente bueno en el billar. En realidad en ningún juego de los que se pueden disfrutar en los billares. Principalmente porque no solía faltar a clase y porque tengo poca coordinación ojo-mano. O sea, se me da bien el billar como concepto teórico trigonométrico. Pero no pasa de ahí.

Esta vez tampoco fue diferente. La primera partida más o menos aguanté hasta el final. En la segunda fui barrido del mapa y sólo me salvó del abucheo del público el hecho de que no había público para abuchear. La tercera… mejor no digo nada. Lo peor es que la Rubia estaba en la barra con cara de aburrimiento.

– ¿Sabes jugar al futbolín?
– A eso un poco mejor… pero no mucho mejor.
– Vale. Futbolín clásico… no vale ni media ni hueco y en la delantera hay que esperar.

El futbolín fue la siguiente disciplina donde me siguió humillando. Pero tampoco pude perder dignamente. No hay mucho que se pueda hacer contra alguien que lleva jugando al futbolín desde hace 40 años. Y la rubia seguía en la barra sola, con cara de aburrimiento.

Supongo que como no era rival, dejó de ser divertido, y me pude escapar. Al menos durante unos minutos. Que fue el tiempo que tardó en acercarse otra vez a donde estábamos nosotros, con la intención de participar en la conversación. No sé muy bien cómo, empezó a contarnos una anécdota donde, curiosamente, aparecían varias personas muertas, algunos a navajazos.

– Yo llevo garitos como este desde hace mucho tiempo – dijo en un momento dado – y lo que de verdad funciona son las camareras guapas. En el tiempo que una chica se ha tomado un pelotazo, un tío se ha tomado tres. Y los tíos van a los sitios donde la camarera está buena.
– Eso es verdad – dije yo, gran conocedor del fenómeno “camarera”.
– Y tanto que es verdad – siguió el jefe – llevamos tres años abiertos y sólo has venido desde que está esta chica en la barra.
– Totalmente cierto – dije mirándola a los ojos.

Ella sonrió.

Me tomé otro par de cervezas (o más), de las que pagué sólo una (el jefe, además de no dejarme charlar a solas con la chica, no me dejaba pagar ninguna cerveza). Y dieron las tres de la mañana. Teniendo en cuenta que el sábado tenía que madrugar… iba siendo hora de irse. Así que estreché la mano del Jefe (que insistía que me quedara un rato más) y me dirigí a la entrada para camareros de la barra. Allí estaba la rubia esperándome para darme dos besos.

Después de la tercera visita-fiasco al bar, quedaba claro que había que buscar otra clase de terrenos para vernos. Así que al finalizar el segundo beso y todavía con mi mano en su cintura le dije:

– ¿Puedo invitarte el domingo al cine?

A lo que ella respondió en milésimas de segundo:

– Si.

El sí más rápido de mi historia.

Así que el domingo, si no hay nada que lo impida, tendré lo que parece nuestra primera cita juntos…

A ver qué sucede.

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