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¿Alguien conoce el experimento de los monos mojados?

En una sala se metieron 20 chimpancés, una escalera y, encima de ella, un montón de plátanos. Cuando un mono intentó subir la escalera para coger un plátano, los científicos abrieron unos aspersores y rociaron con agua helada a todos los monos. Esto se repitió tantas veces como intentos hicieron los monos por coger los plátanos, hasta que decidieron no hacerlo. En ese momento se sustituyó uno de los chimpancés por otro nuevo que no había sido mojado. Y, claro, lo primero que hizo el animal fue intentar coger uno de esos apetitosos plátanos. Pero los compañeros, hartos de ser mojados, se lo impidieron, usando incluso la violencia.

Cuando el nuevo mono ya no intentó coger los plátanos, los científicos sustituyeron un mono mojado por otro nuevo que tampoco sabía de qué iba la cosa. Y, como es lógico, como su predecesor intentó coger los plátanos… y nuevamente los otros monos empezaron un linchamiento para impedírselo. Curiosamente, el primer chimpancé, que no había sido mojado en ningún momento, también participó en la paliza al nuevo.

El experimento se repitió hasta que en el interior de la sala no quedó ningún chimpancé que hubiera sido mojado. Pero, curiosamente, ningún mono intentaba coger los plátanos, aún sin saber que había agua fría como premio a los plátanos, e impedían a cualquier chimpancé nuevo cogerlos.

Si a alguno de los monos le preguntaran, seguramente diría que no tiene ni idea de por qué, pero que “pegar a los nuevo es una tradición y, desde que tengo memoria, siempre ha sido así”.

Pues algo parecido ha pasado aquí en la oficina. Sin entrar en muchos detalles, he tenido que observar cómo trabaja una compañera, con la idea de mejorar el proceso. Yo no sabía de qué iba la cosa así que fui preguntando y tomando notas. Enseguida me di cuenta que había varias tareas redundantes que no aportaban nada al proceso y que, además, ralentizaban. Al preguntar la razón por la que se hacía así la chica me dijo: “No sé… a mi me lo explicaron así”.

¿Cuántas cosas hacemos “por tradición”? Ya no sólo en el trabajo, sino en nuestro día a día…

¿Somos monos (calvos) mojados?

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Chorrera NegraEl agua caía cantarina desde una altura impresionante con el vozarrón propio de una soprano entrada en carnes. Al paraje donde nos encontrábamos se le conoce como la Chorrera Negra, y es el desagüe de unas lagunas de aguas heladas que hay muchos metros más arriba. Algunas acumulaciones de nieve, lo último que quedaba de las nevadas de semanas anteriores, de este invierno tardío y extraño, todavía aguantaban los calores propios del verano de esta extraña primavera. De haber un poco más de nieve habría sido imposible acometer el ascenso.

Nuestro camino estaba claro, hacia arriba, siempre hacia arriba, junto a la cascada, y por una senda que cualquiera diría que era una acumulación aleatoria de rocas de desigual tamaño. Las piernas, pesadas por el cansancio de demasiadas horas de caminata, casi se negaban a dar un paso más, y sólo la fuerza de voluntad impedía que se detuvieran. La mala noche, el no haber ingerido alimento sólido en todo el día, hicieron que la ascensión fuera penosa y larga. Y siempre con el estruendo del agua al caer como banda sonora.

Siete LagunasEl final de la larga cuesta no es un pico escarpado y batido por el viento, sino que se llega a un bello paraje, cubierto por una hierva verde y en el que destaca una quietud propia de la mítica Shangri-La. Apenas se escucha el murmullo del agua, escapando de la prisión de hielo donde ha pasado el invierno. Aquí, en la primera de las siete lagunas, el tiempo parece detenerse y uno es consciente de que está ante un espectáculo increíble, junto a la laguna, en mitad de un circo glaciar, circundado por altas cumbres coronadas de nieve.

La decisión es complicada, porque por un lado está el objetivo de ascender al Mulhacén, y tocar con las manos el techo de la Península, y, por otro, la pradera llama al descanso del caminante con atractivos cantos de sirena y promesas de paz. Y el estómago ruge. En realidad la decisión estaba tomada de antemano: culminar el ascenso llevaría otras dos horas por lo menos, lo que no garantizaría el descenso al campamento base antes de anochecer. Habrá que repetir la ascensión con un poco más de tiempo…

La AlhambraAbajo, al pie de la montaña, esperan los demás miembros del grupo y, lo que es más importante, una jarra de cerveza bien fría. Por cierto: estando donde estábamos, la cerveza no podía ser otra…

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Llegó el momento de la cita. Me acicalé, me peiné y me vestí como para una boda (en realidad no tanto). Un poco de loción para después del afeitado… y mis mejores boxes (por si acaso). Y llegué al punto de reunión 15 minutos antes de la hora. La verdad es que, viendo a la gente que estaba entrando, yo era una especie de bicho raro. Para que os hagáis una idea: era el único con zapatos, por ejemplo. O con la camisa por dentro.

La Nueva llegó un poco tarde pero a tiempo de la proyección. Vestida con una falda y una camiseta de tirantes,un bolso con flecos debajo del brazo, y unas chanclas de cuero como único calzado. Dos besos y para dentro… que empezaba la película. Por lo visto un autobús con retraso era la causa de la impuntualidad. Daba igual. Nos metimos en la “sala de proyecciones” un par de minutos antes de que se apagaran las luces. A ojo de buen cubero habría en la sala una treintena escasa de personas, todos ya sentados en las incómodas sillas que hacían de butacas.

Ahora viene el momento crítico cinematográfico (haciendo la competencia al Señor Lluís): La película es muy dura. Habla de una niña que se queda viuda el mismo día de su boda y, por la ley Hindú, es recluida en un ashram, el asilo para viudas, donde le rapan la cabeza y malvive con lo que pueden mendigar. Además hay una historia de amor entre una de las viudas jóvenes (a la que las demás viudas permiten tener su hermosa melena, ya que la prostituyen un poco) y un abogado seguidor de Gandhi. Todo contado desde la óptica de la niña protagonista. En el apartado técnico, la fotografía es excelente y el ritmo narrativo engancha desde el primer momento. Destaca sobre todo el trabajo de la joven actriz por su naturalidad. Una película muy recomendable.

Todo el tiempo la película es en un Hindi muy pulcro e incomprensible para mí (y creo que para todos menos para el que preparaba las diapositivas, seguramente). Estaba subtitulado al castellano, así que me pasé las casi dos horas de película leyendo como un loco para seguir el argumento. Imposible hacer ningún comentario sin perderme algo importante.

La película terminó y encendieron las luces. Me dio el tiempo justo para ver dos lágrimas recorriendo las mejillas de La Nueva, antes de que se las quitara con la mano. Me miró y sonrió un poco. En 10 minutos empezaría la charla coloquio y las diapositivas. Ella estaba visiblemente emocionada con lo que había visto, así que casi no hablamos casi nada. Mis lágrimas eran por la silla… me estaba matando.

La charla duró otro par de horas. Vimos las diapositivas, creo que mil por lo menos, sobre los trabajos de acondicionamiento y mejora en una de esas residencias para viudas en la ciudad de Calcuta. Entre la incomodidad de la silla y las enormes ganas de aliviar la vejiga, la charla se me estaba haciendo eterna. Tenía la sensación de que le habían hecho una foto a cada uno de los clavos del tejado nuevo (momentos antes de clavarlo, y momentos después de clavarlo). Pero allí nadie se movía. Y yo no iba a ser menos. Así que puse cara de entender lo que me estaban contando (con breves asentimientos de cabeza, como si aprobara lo que estaba escuchando), y eché mano de toda mi fuerza de voluntad para aguantar el esfínter.

En el momento de las preguntas pude ir al servicio a aliviarme un poco. Y, tras media hora de charla más, a las 12 de la noche pasadas, se terminó el evento. En total casi cuatro horas de proyecciones, así que apenas pude hablar con La Nueva de nada.

A la salida le dije que tomáramos algo, pero ya era tarde. comentamos algún aspecto de la película brevemente y nos despedimos, no sin antes quedar en llamarnos antes del fin de semana.

Creo que la cita ha sido un desastre mayúsculo… habrá suerte si me llama… o si me coge el teléfono.

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Ayer mismo, por la tarde, llamé a La Nueva, justo después de salir de trabajar. Como dije en su momento, no están las cosas como para ir desperdiciando oportunidades de quedar con mujeres tan interesantes. Y no quería que pensara que no estaba interesado o que me había olvidado. Pero tras cinco toques, me salió el buzón de voz. Odio esos cacharros. Me hacen sentir como un idiota hablando solo… y esta vez no fue una excepción. De todas maneras le dejé un mensaje en el que le decía que la llamaba por lo que hablamos de ir al cine y que volvería a llamarla más tarde.

No hizo falta. A la media hora me llamó ella. Resulta que estaba ensayando con el grupo de baile y, aprovechando un descanso, había oído el mensaje y me devolvía la llamada.

– Por supuesto que quedamos.- Me dijo. – Si te apetece, mañana en la ONG en la que ayudo proyectan una película en versión original sobre la dura vida de las mujeres viudas en la India.-
– ¿En inglés?
– No… en Hindi. A lo mejor la conoces… se titula “Agua”.
– Ah… esa… sí la conozco. Pero no la he visto.- Mentí. En la vida había oído hablar de esa película… pero con el título y un poco de argumento, se pueden hacer maravillas en Internet con las herramientas adecuadas.
– ¿Te vienes?
– Si, claro. ¿Me paso a buscarte? ¿Quedamos allí?
– Quedamos allí… – Y me dio las señas del centro.- Luego hay una charla coloquio sobre la película y uno de los colaboradores nos enseñará unas diapositivas sobre el trabajo de la ONG en un “asram” – o algo así – en Calcuta.
– Estupendo. Pues allí nos vemos.

Ahora, durante la comida, voy a prepararme la cita a conciencia. En la Wikipedia habrá información sobre la India y sobre la ciudad de Calcuta y seguro que saco una sinopsis legible de la película “Agua”… para no ir de pardillo.

Ya os contaré…

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