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Posts Tagged ‘Almanzor’

Preparando el viaje a Nepal, además de intentar aprender el Nepalés básico de supervivencia, me estoy repasando los nombres de las principales cumbres y otros accidentes geográficos. Y, de paso, les echo un vistazo desde el aire. Como lo de volar siempre se me ha dado muy mal (digamos que soy un hombre de costumbres y procuro no despegar mucho los pies del suelo) aprovecho la tecnología que ha puesto a nuestro alcance el todopoderoso Google para hacerlo. Soy un enamorado del Google Maps y del Google Earth.

Es impresionante como se puede recorrer las calles de Katmandú con un simple clic, o ascender a la cumbre del Everest sin sudar ni un poquito así. El Google Earh permite ver el terreno en tres dimensiones, con sus diferentes altitudes, y resulta espectacular admirar la cordillera del Himalaya, aunque sea en el ordenador. Incluso se puede programar para que simule el vuelo que hará el avión desde Madrid hasta Doha, y de Doha a Katmandú. Y te puedes posicionar en cualquier parte del mundo dándole unas coordenadas GPS.

El caso, y de lo que quería hablar realmente, es que parece mentira cómo el GPS se ha implantado en nuestras vidas. Ya lo tiene cualquier hijo de vecino. Hasta mi padre lo considera indispensable… claro que mi padre es propenso a perderse. Digamos que si hay dos posibles caminos para ir a un sitio, él escogerá una tercera opción que no se había contemplado y que le llevará a un sitio completamente diferente. Así que, cuando viaja con mi madre, que es siempre, había bronca asegurada… hasta que le regalamos el aparatito.

Yo, de momento, me resisto a ponerlo en el coche. Hasta ahora no me ha hecho falta, sobre todo porque me preparo los viajes de antemano y me saco el itinerario perfectamente detallado en papel. Cuando callejeo por la gran ciudad uso el truco de “ya saldré a alguna calle gorda” y así me oriento. Por cierto, tengo una anécdota divertida con un GPS.

Hace algún tiempo íbamos a Gredos a pasar el fin de semana, Atenea, Almanzor, Rico y yo. La idea era pasar la noche en el Refugio Elola y hacer alguna ruta por allí. Como siempre pasa, Rico llevó su coche (no le gusta ir de copiloto) y, por supuesto, llevaba el GPS puesto. Y no es que lo necesite, porque Rico es la persona con mejor sentido de la orientación en carretera que conozco. No era la primera vez que íbamos y el camino a Hoyos del Espino, la “puerta” a Gredos, era conocido de sobra. Pero íbamos con el GPS, que mola más.

En un determinado momento, muy cerca de nuestro destino, el GPS, con la voz de mujer, dijo: “Coja el próximo desvío a la derecha”. Y, claro, Rico cogió el desvío…

– Oye, Rico… me parece que por aquí no es… – Le dije – Me suena que se tenía que seguir recto.
– Si lo dice el GPS…

Y seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a llenarse de baches. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a estrecharse y a llenarse de maleza. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera dejó de ser carretera y se convirtió en camino…

Y el camino terminaba en un río. Y allí nos paramos, claro. Al otro lado del río continuaba la carretera y, a la sobra de un gran árbol sentado en unas piedras, había un anciano lugareño, de esos de garrota en la mano y boina enroscada en la cabeza. A sus pies, un perro meneaba el rabo frenéticamente. Me bajé del coche e inspeccioné el río, para ver si podíamos cruzar. Era poco profundo y todavía había zonas en las que se notaba el asfalto, aunque estaba cubierto de arenilla y piedras. Rico salió también y corroboró mi opinión: podríamos cruzar. Aún así me quedé fuera, supervisando las operaciones. En cuatro zancadas en otras tantas piedras, crucé al otro lado y me quedé cerca del lugareño.

– Buenos días – Me dijo
– Buenas…
– Qué… vienen con GPS, ¿No?
– Si, me temo – Dije un poco desconcertado, al escuchar la palabra GPS de un anciano lugareño.
– A todos los de la ciudad les pasa lo mismo… ésta es la vieja carretera a Hoyos del Espino… lleva en desuso hace años… la nueva sigue todo recto en el desvío… pero el GPS les manda por aquí.

Y yo me estaba imaginando que el pasatiempo de este hombre era sentarse allí cada fin de semana y ver como los de “la ciudad” cruzaban el río. No lo sé con seguridad, pero creo que en el pueblo llevan un marcador y hacen porras cada fin de semana, para ver cuantos urbanitas nos damos de bruces con el río…

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La abeja Maya (ojo, Maya, que no Amaya) tenía a Flip el saltamontes. Pinocho tenía a Pepito grillo… mi conciencia se llama Almanzor. Eso sí, es más grande, menos verde, no tiene tendencia a saltar, a no ser que suene música pachanguera… pero sermonea exactamente igual. Os comento.

Estábamos tomando una caña, haciendo tiempo para entrar en el cine. Un plan de Viernes Santo como otro cualquiera. Y estábamos charlando sobre el segundo tema favorito de los hombres… las mujeres. A quemarropa, Almanzor me espetó:

– A ti te gustan mujeres muy guapas
– Toma, claro, igual que a ti…
– Si… pero me refiero a que sólo te gustan mujeres muy guapas.
– No sé en qué te basas para decir eso…
– ¿Huracán?
– Muy guapa…
– ¿Y Lentillas?
– Bueno… sí.
– A Tofu no la recuerdo bien, pero creo que era guapa.
– Sí, tenía una cara muy rica… pero era bajita y andaba raro…
– Entonces guapa… ¿Y Morcillita?
– Joder, también guapa… y con un cuerpazo.
– ¿Ves?
– ¿Me estás llamando superficial? Vale, esas mujeres son muy guapas… pero tienen otras muchas cualidades… Morcillita era muy buena, y tenía un gran sentido del humor. Y no hace falta que te diga que Lentillas tiene un gran cerebro, es super inteligente y brillante… Huracán era fresca y divertida y una sorpresa cada día…
– No, no… no te estoy llamando superficial… es sólo que para que te fijes en las otras cualidades de una mujer… en la inteligencia, en el sentido del humor o en si es limpia o hace ecuaciones de segundo grado… antes tiene que ser guapa. Hay un montón de mujeres que te estás perdiendo sólo porque de primeras no te parecen guapas…
– Pues no sé, tío… a uno le gustan las mujeres que le gustan… ¿No?

Pero, como de costumbre, Almanzor me hizo pensar… ¿Cómo me gustan a mí las mujeres?

Pues sí, es verdad, me gustan las mujeres guapas… pero no todas las mujeres guapas me gustan. Tienen que tener algo más. Yo prefiero una chica que sea guapa al natural, que apenas se maquille o, si por lo que sea no puede pintarse, no piense que es una debacle. O sea, que no piense que su belleza es su principal baza. No me gustan las mujeres flacas, de esas que se llevan ahora, engendros andróginos patilargos, sólo piel pegada al hueso. Creo que una mujer tiene que tener curvas, vertiginosas en algún caso. Tiene que se ser femenina.

Para mí es importantísimo el sentido del humor… mi mujer ideal tiene que tenerlo. Yo disfruto con unas buenas risas, me gusta hacer reír. Le tiene que gustar reírse, sobre todo conmigo, y tiene que hacerme de reír a mí. Y esto os puede parecer muy maniático, me tiene que gustar cómo se ríe.

Si puede ser más inteligente que yo, tanto mejor (en esto, como veis, no soy muy exigente… a poco que sea un poco despierta, será más inteligente que yo). Me gusta aprender cosas nuevas, así que no tengo ningún problema en que me enseñe de lo que sea que sepa más que nadie. Me da igual que sea tímida o extrovertida, porque si es tímida, ya hago yo las payasadas por los dos… y si es extrovertida, le sigo el rollo sin problemas.

Si demás tiene pasta, mejor que mejor (pero no es importante).

Pero, sobre todo, tiene que ser buena. Que tenga yo que esforzarme por ser mejor persona… que me ayude a mejorar y que me haga ver cuando estoy equivocado (porque a veces me obceco en una idea y me resulta complicado apearme del burro).

¿Acaso es pedir demasiado?

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La preparación para el viaje a Nepal de dentro de 193 días 20 horas y 44 minutos está en marcha. Estoy aprendiendo palabras en nepalés, para el día a día por allí. De momento no muchas y, bueno, no he encontrado la forma de decir “Hola chata… ¿Estudias o llevas pesados fardos de senderistas sobre tu espalda?”. Eso sí, he aprendido la palabra Namaste (pronunciado: Namastei) que significa: “Salve al Dios que hay en ti”. Sería un equivalente al Hola nuestro.

La preparación incluye también el aspecto físico. No me he explicado bien. No me refiero a que me esté rasgando los ojos para parecerme al nepalés medio, no. Me refiero a que me estoy poniendo en forma para soportar las largas marchas en altura. Esa preparación incluye el correr para ganar fondo, ejercicios de pesas para fortalecer mis piernas y, por supuesto, marchas por la montaña con algo más de peso del necesario, para ir cogiendo la postura típica del montañero (ligeramente inclinado hacia delante). Incluso me estoy dejando una poblada barba, para parecer más montañero todavía.

Este sábado fue una de esas rutas montañeras para coger fondo. En realidad nada reseñable, excepto el hecho de que estaba usando las botas que llevaré a Nepal… nuevas y duras. Una especie de doma. Una doma que me deslomó a mí, la verdad. Fueron unos 18 kilómetros sin demasiado desnivel, marchando por el cordal de una montaña, azotada por el viento. Pero en los ratos que no soplaba, o cuando parábamos para descansar al resguardo del viento, el sol calentaba lo suficiente como para que no fuera desagradable tumbarse con los brazos detrás de la cabeza, y disfrutar de sus cálidos rayos.

Por supuesto, me quemé la nariz.

Por la noche no tenía ganas de salir, pero, en fin, uno es joven y soltero y, bueno, al menos lo primero no durará toda la vida. Así que hice el esfuerzo de obligarme a salir un sábado por la noche, a pesar del dolor de pies, y de piernas, sobre todo en la zona de las espinillas. No tenía intención de quedarme mucho rato y tampoco sabía quienes vendrían… así que fue toda una sorpresa para mí enterarme que vendrían Gataparda y Pampa. También estaba Atenea.

Os describiré a Pampa porque, amigos, estaba espectacular. Ella es morena, pelo largo y negro. Melena al viento, suelta y con unas preciosas ondas cayendo libremente sobre su espalda y hombros. Llevaba un vaquero oscuro, pero que era algo más que un vaquero, era un vaquero y corpiño a la vez. Y el corpiño, ese gran invento, hacía que las miradas cayesen todo el rato en el escote espectacular (y es la segunda vez que uso esta palabra en un solo párrafo). Estaba muy guapa y sonriente.

Fuimos a comer algo a una taberna y, por esas cosas que tiene el destino, me tocó estar a su lado y junto a Gataparda también, cuando nos pusimos alrededor del tonel que hacía las veces de mesa. Pampa me dijo, en un tono sensual y meloso, que si le podía conseguir una banqueta. En realidad la banqueta la necesitaba yo más que ella, por todo eso que os he contado del dolor de pies y demás. Pero uno es un caballero y tiende a socorrer a damas en apuros. Justo detrás de nosotros había un grupo enorme de gente, todos ellos sentados. Me acerqué a ellos y dije:

– Hola. Disculpad, pero he visto que tenéis una banqueta libre…

– No está libre. Es de uno que está en el baño. – Me dijo la portavoz del grupo.
– No, ya… pero veréis… es que en mi grupo tenemos una coja y, en fin, le haría mucha falta la banqueta.

Debí de sonar muy convincente, porque uno de los chicos me cedió su banqueta. Y me dirigí a nuestro tonel con el botín en las manos. Pampa me miraba con una sonrisa de oreja a oreja… pero pasé a su lado sin detenerme. En realidad no había mentido, en nuestro grupo había una coja, Atenea. Y ella necesitaba la banqueta más que yo mismo. Además, el tono de voz me sonó a manipulación, no sé si me explico. “Estoy buena y te estoy sonriendo… así que harás lo que yo te diga”. Vale que su escote me tuviera hipnotizado… pero de ahí a estar bajo su poder…

Cuando nos trajeron una sartén de huevos estrellados con patatas y chorizo, Pampa fue la primera que lo probó y me dijo.

– No tiene sal.
– Está muy bueno – Dije al probarlas yo también.
– A mí me gusta con sal… ¿Por qué no vas a por un salero?
– ¿Y como fue? – Ella me miró sin comprender – Si mujer… ¿Cómo fue el accidente donde perdiste las piernas? – El comentario provocó las risas del grupo. Por supuesto no fui a por el salero, sobre todo cuando había logrado encontrar una postura en la que no me dolían tanto los pies.

Seguimos durante un buen rato, charlando y comiendo jamón acompañado de palillos de pan, riéndonos y pasando un buen rato. Yo podía apartar la mirada a duras penas del escote de Pampa y supongo que ella lo sabía. Una mujer no se viste así sin saber que inevitablemente atraerá las miradas, supongo. Pero los pies me estaban matando, por estar tanto rato de pie.

Salimos de la taberna y había que decidir dónde ir. Estábamos en una conocida zona de bares del centro, lugar de marcha habitual y con más bares per cápita del mundo. Pero no. No podíamos quedarnos en el primer bar que encontráramos… a Gataparda se le ocurrió la genial idea de que podíamos ir a otra zona de marcha de la ciudad… que no estaba lejos, sólo a unos veinte minutos andando desde donde estábamos. Todos estuvieron de acuerdo… y yo normalmente también lo habría estado.

– Bueno, pues si el plan es irse para allá, creo que ha llegado el momento de que me marche…

– Venga, hombre, si da igual un sitio que otro.- Me dijo Almanzor.

Me dolían los pies, me había levantado a las 7 de la mañana, había andado 18 kilómetros con unas botas muy duras y sin domar, cargado con peso en la espalda y, sobre todo, me parecía de género tonto el movernos de zona para ir a un bar igualito que cualquier otro bar de los que había por allí, simplemente por el hecho de que una chica guapa quisiere hacerlo. Además, ese empeño me sonaba a que había interés en ir por allí por ver a alguien…

– No, en serio, me piro.

Gataparda insistió en que me quedara. Pampa hizo lo mismo. Pero me marché a mi casa.

Hace tiempo decidí que sólo haría lo que me apeteciera y que, llegado el momento de decidir, optaría por mí mismo como primera opción. A fin de cuentas, ellas hacen lo mismo y, al final, da igual cuantos sacrificios haga uno… siempre se quedan con el poli.

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Lo malo que tiene ir de viaje con un grupo de amigos, en el que no haya ninguna pareja, es que, lo normal, será dormir con otros tíos. Si hay suerte, incluso en camas separadas… aunque esta circunstancia no siempre se da. En esta ocasión me tocaba dormir con Almanzor y Rico, afortunadamente cada cual en su cama, y dios en la de todos. Tres tíos durmiendo en calzoncillos en la misma habitación y roncando como si la vida nos fuera en ello… podríamos decir que formábamos la versión de andar por casa de ”Los tres tenores”.

Rico volvió a las 7 de la mañana intentando hacer el menor ruido posible. Intentar, lo intentó… pero me temo que no lo consiguió. Me costó dormirme y, al rato, Almanzor se levantó con la sana idea de darse una ducha y acicalarse para ver a su amiga. El ruido de la ducha terminó de despejarme por completo. No eran más de las nueve y media y tenía todo el día por delante… un bonito día de sol, a juzgar por la luz que entraba por la ventana.

Pero había un problema: Si Almanzor se marchaba con su amiga, Atenea estaba con su hermano, y Rico y las demás llegaron al Hostal a las 7 de la mañana… me encontraba en Barcelona, como quien dice, solo y sin plan. Tenía tres opciones. O me quedaba en la cama esperando a que los demás se levantaran, o me marchaba a dar una vuelta solo o…

Le puse un mensaje a Princesa, a ver si sonaba la flauta. Iba a hacerlo de todas maneras, pero no las tenía todas conmigo de que estuviera en la ciudad o pudiera quedar.

Princesa (en realidad el nombre completo es Princesa Leia, otros de los pocos nombres reales que pongo en esta historia), es una amiga que hice en el ya famosísimo Camino de Santiago. Una atractiva mujer de pelo castaño, liso, guapa y sonriente, siempre sonriente. Y muy femenina. Tiene un grandísimo sentido del humor, porque siempre se ríe con mis chistes y mis ocurrencias. Siendo sinceros, la única razón por la que no le tiré los trastos en su día fue porque Lentillas estaba muy presente en mi cabeza, y luego… luego no nos vimos mucho, viviendo tan lejos. Ella vino una vez a mis dominios, y yo subí otra a Barcelona… pero poco más.

Efectivamente hubo suerte y Princesa podía quedar… pero por la tarde, y sólo por la tarde… porque por la noche tenía una cena. Mejor era eso que nada. Pero había que pasar la mañana como buenamente pudiese.

La mañana se pasó esperando. Primero esperando a que Rico, que se despertó con mi ducha y con los mensajes, bajase a desayunar. Luego, esperando a que nos pusieran el café. Más tarde, esperando a que Risueña y Gataparda terminasen de arreglarse para salir. Después, esperando a que encontraran la cafetería y decidieran qué tomarse… esperando. Al final nos pusimos en marcha sobre la una de la tarde… muchísimas horas desperdiciadas en no hacer nada.

El recorrido turístico fue más o menos el siguiente: Fuimos a Monjuit, a disfrutar de las vistas de la ciudad y, al final, terminamos aparcando cerca del puerto, a un paso del barrio gótico. Ya era la hora de comer, así que buscamos un sitio donde no fuera muy caro hacerlo, algo que, teniendo en cuenta que no conocíamos la ciudad ninguno, fue difícil. Tuvimos suerte y el que elegimos estuvo muy bien. Eso sí, pasamos las dos horas siguientes allí dentro, con una larguísima sobremesa.

Cansado de esperar a que mis compañeras de viaje salieran de cada una de las tiendas de regalos de las inmediaciones de la Paza del Rey, salí escopetado hacia el lugar de reunión. A las 6 y media estaba en Plaza Catalunya, justo en la puerta del Café Zurich, que debe de ser como quedar en el Oso y el madroño en Madrid, o en Picadilly en Londres… muchísima gente.

Princesa llegó y nos fundimos en un fuerte abrazo. Estaba preciosa y sonriente, igual de preciosa y sonriente que casi tres años atrás, en el mismo sitio. Claro que, en aquella ocasión, llegué media hora tarde (cosas de no conocer la ciudad). Sólo tendríamos tres horas para estar juntos, porque ella tenía una cena a la que no podía faltar. Entre otras cosas, porque celebraba su cumpleaños. Tres horas para ponernos al día…

Mientras hablábamos paseábamos por unas Ramblas atestadas de gente. La temperatura primaveral, las actuaciones callejeras y los puestos de regalos atraen a la gente como la miel a las moscas. Pero no presté atención a nada de todo esto. Había muchas cosas de las que hablar, después de tanto tiempo.

Princesa terminó la carrera, después de hacer el último curso en Salamanca, y ahora se marchaba a Canbridge a aprender inglés. En principio tres meses, aunque sin billete de vuelta, por si acaso se alargaba más. Su intención era entrar a trabajar en algún museo o algo así. Había perdido el contacto con otros de los peregrinos catalanes del grupo. Recordamos viejas anécdotas del viaje… y se nos pasaron las horas voladas. Tan voladas que cuando miramos el reloj había pasado la hora en la que ella había quedado…

Nos despedimos con otro abrazo en el mismo lugar donde nos habíamos encontrado, y con la promesa de que en cuanto vuelva de Inglaterra vendrá a mi casa una temporada. A ver si lo cumple. Sin lugar a dudas, el rato con Princesa ha sido lo mejor del fin de semana.

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Este fin de semana me marché de turismo a Barcelona, con unos amigos. Almanzor, Rico, Gataparda, Atenea y Risueña. Un viaje relámpago para visitar la ciudad y pasar el fin de semana. Eso sí, los deberes estaban hechos, y el voto depositado en la oficina de correos (antes es la obligación que la devoción, dicen).

Antes de que los comentaristas Barceloneses se enfaden por no avisar, diré que no he dicho nada de mi visita a la ciudad principalmente para evitar que mis compañeros de viaje se enteraran de mi condición de Blogero, y descubrieran al Señor Capullo… Sigo empeñado en separar los diferentes aspectos de mi vida, a pesar de que ya no esté Huracán. Habrá otros viajes pronto y sin compañía… lo prometo.

Yo había estado en Barcelona dos veces antes. Una, la primera, por turismo al finalizar el Interail, viendo museos, iglesias y todos los edificios del genial Gaudí que se me pusieron por delante. La segunda, de feria, sin demasiado tiempo para disfrutar de una ciudad que me encanta. Esta, la tercera… pretendía conocer la noche Barcelonesa y lo que se pusiera por delante.

Así que a eso de la una de la mañana, después de dejar las maletas en la habitación del Hostal, refrescarnos un poco y esperar a que las chicas se pusieran guapas (esta última operación se alargó algo más de una hora y media de tediosa espera que casi terminó con la paciencia del sector masculino del viaje), salimos a conocer la marcha nocturna de la ciudad más vanguardista de España.

Supongo que ser la vanguardia de la cultura en España tiene su precio. 16€ de vellón costaba la entrada a la sala de moda. Pero con dos consumiciones, eso sí. Lo que viene a ser (en mi opinión) el canto de sirena de que te dan dos consumiciones con la entrada, obligándote a consumir dos copas que no habrías tomado de no pagarlas. Pero era lo que tocaba y se trataba de conocer cosas. Ya dentro nos enteramos que lo de las dos copas era hasta la una de la mañana. Yo, a esa hora, estaba sentado todavía en la recepción del Hostal… pero bueno.

Tengo que admitir que había muchas mujeres hermosas en el local. Muchas. Profundos escotes, vestidos cortos, caras bonitas y un gran abanico de edades. Incluso había algún tío bueno (a juzgar por los comentarios de mis amigas). Así que todos estábamos servidos.

Yo no soy muy bailongo. Que se tiene que balar, pues bailo, pero sólo si es necesario y la recompensa supera la inversión de energía. No sé quien dijo que el baile es la culminación vertical del deseo horizontal. Y tenía mucha razón. Así que, excepto admirar a las bellezas catalanas, beber mi copa, y escuchar la música electrónica, no había muchas expectativas de éxito para esa noche. Supongo que mis amigos pensaron lo mismo. Y me puse a pensar en mis cosas.

Me di cuenta de que había varias fuerzas poderosas interactuando en ese momento a nuestro alrededor. Tan poderosas que ríete tú de la Gravitación universal. Plantearé la teoría. Por un lado estaba lo que convine en denominar “Atracción Débil”, o lo que es lo mismo, la atracción que nosotros, los tres chicos de mi grupo, ejercíamos sobre el sexo femenino. Esta fuerza se mide en mujeres por hora y no acepta decimales. Luego teníamos la fuerza contraria, que llamé, “Impulso negativo fuerte”, o lo que es lo mismo, la capacidad de repeler a la tías. Se mide en metros y viene a ser la distancia que ponen de por medio las mujeres en cuanto nos acercábamos.

Por el contrario, también actuaba la “Atracción Fuerte”, o lo que es lo mismo, la atracción que ejercían nuestras amigas a los maromos de alrededor. Por último, y para terminar esta clase de física discotequera aplicada, os introduzco en el concepto “Repulsión de Carga”. Todo el mundo sabe que dos fuerzas del mismo tipo e intensidad suelen repelerse, así que, si tenemos elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (nuestras chicas) cerca de otros elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (otras chicas guapas) se produce un efecto de repulsión francamente interesante.

En la práctica todo este rollo pseudocientífico es para decir que, las chicas guapas que veíamos se largaban en cuanto nos acercábamos y, en su lugar, aparecían maromos intentando ligarse a nuestras chicas. Muchos maromos. Así que, bueno, optábamos por movernos de sitio y volver a comenzar el experimento.

Muy divertido.

Almanzor y yo decidimos marcharnos pasadas las tres de la mañana. Él había quedado con alguien el sábado por la mañana y yo… bueno, pretendía hacer algo de turismo por la ciudad. Y pasaba de sentirme como una partícula subatómica chocando de protón en protón. Los demás se quedaron.

Mañana cuento más.

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El domingo por la tarde me encontraba tumbado en mi sofá, arropado con un edredón, planteándome seriamente hacer algo tan audaz como cambiar de canal. Pero por alguna extraña razón, la película que echaban me tenía subyugado… y eso que ya la había visto y, lo confieso, se trataba de una comedia romántica y ñoña de la pareja de moda de finales de los noventa. Fascinante. Por suerte el móvil empezó a vibrar encima de la mesa. Era Almanzor.

– Oye, tío, ¿Donde estás?
-Pues donde voy a estar… en mi casa.
-Te esperaba hace media hora… ya te estás vistiendo y viniendo para acá…
– No sabía que hubiéramos quedado…
-¿No te ha llamado Rico?
-No…
-Pues vente… están las argentinas, Gataparda…
-Tengo para un rato… me tengo que duchar, adecentar… ya sabes…
– Pues ya tardas…
-Susordenes!!

Las argentinas y Gataparda ya han sido descritas anteriormente en estas páginas, así que no entraré en detalles. Sólo diré que me di prisa por llegar.

Me los encontré sentados en una terraza (porque ya hace tiempo de terrazas) tomando unas cervezas y unas tosas. En el grupo había un individuo que no conocía y que es la excusa por la que escribo este post. Se trataba de una “cita a ciegas” para Follonera, una de las argentinas.

Un tipo alto y de aspecto blando, con una incipiente calvicie mal disimulada, unas enormes gafas cuadradas de moda hace unas cuantas décadas, y que no lograban disimular una mirada ligeramente estrábica. Como única concesión a la estética, una perilla bien recortada. Podríamos decir que era un hombre poco agraciado, pero que era muy simpático y divertido. Pero si dijera esto, estaría mintiendo vilmente. Porque el tipo en cuestión casi no abrió la boca en todo el rato que estuvimos allí sentados. Claro que, siendo sinceros, la situación no sería la más parecida a la que él imaginó cuando le prepararon la cita a ciegas.

Para empezar, allí había demasiada gente.

Follonera se había arreglado. Se había puesto bastante guapa, la verdad, maquillada y peripuesta como para una cita. Un compañero del trabajo le había arreglado el encuentro con un amigo suyo y ella, por más que luego lo negara, se lo había tomado en serio. Eso sí, se llevó a su amiga Pampa… por si acaso. Me imagino que, de haber sido la versión española de George Clooney, Pampa habría desaparecido por arte de magia, en mitad de una pequeña nube de humo violeta. Como de guapo tenía más bien poco, no sólo no había desaparecido Pampa, sino que, ésta llamó a Almanzor, que me llamó a mí y corrió la voz… y nos encontramos siete personas, rodeando a la pareja de “tortolitos”.

Cuando me enteré de la situación, apenas unas centésimas de segundo después de que el pobre tipo se fue al baño (las dos argentinas en comandita me pusieron al corriente), pensé que el que había organizado la cita había sido muy optimista, ya que Follonera estaba fuera de su alcance. Fue un pensamiento fugaz del que me arrepentí casi al instante. En realidad yo no sabía nada de él, excepto que tenía un físico poco agraciado, un ojo mirando para Cuenca en todo momento y muy pocas cosas que decir. Simplemente había basado mi opinión en su apariencia. Igual que ella.

Follonera se quejó amargamente de que su compañero de trabajo no le hubiera organizado una cita a ciegas con un “tío bueno”. Sobre todo porque en cierta forma se sintió “insultada” al pensar que su amigo pudiera creer que ella se sentiría atraída por el tío feo. Claro que, siendo sinceros, los tíos buenos no suelen necesitar que nadie les organice una cita a ciegas, ¿No?

De todas maneras, tampoco demostró otro tipo de cualidades, ya que no abrió la boca. Así que, si tenía un buen fondo, o una personalidad creativa y atormentada… se la quedó para él. También es muy complicado destacar cuando hay un montón de gente desconocida… aunque tengo que admitir que no es algo que me hubiera pasado a mí. Un montón de gente desconocida y, un número tan grande de mujeres bonitas y (todo hay que decirlo) con tan buen sentido del humor, habrían sido un público excelente para mí (pero es que lo mío no es normal. La naturaleza me ha dotado con una boca muy grande y muy poca vergüenza).

Su única aportación a la tarde fue el cálculo del IVA de la cuenta de cabeza. Una habilidad sin duda con grandes posibilidades de explotación en otros momentos de la vida, pero que, a mi entender, no es algo en lo que se fijen las tías. Si hubiera calculado el IVA de la cuenta mientras contorsionaba sus grandes músculos, o lo hubiera hecho mientras pagaba la cuenta entera de todos, lo mismo habría sido diferente. Aunque cada día me sorprenden más las mujeres.

Por cierto: A mí sólo me han organizado una cita a ciegas en mi vida. La chica era guapa y simpática… así que la que debió de salir decepcionada fue ella. Sólo salimos una vez y, bueno, ella se divirtió, supongo. Pero estaba de luto todavía y salió demasiadas veces el nombre de su Ex en la conversación como para que yo me lo tomara muy en serio. Por supuesto, la invité a todo… caballero que es uno.

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El otro día dejamos la historia justo en el momento de entrar por la puerta de la casa rural. Y la retomamos justo en el momento en que alguno de mis amigos abrió la puerta de la casa, una bonita casa de tres pisos, de piedra y madera, perfectamente decorada al más puro estilo rural y situada en un pueblo ya muy rural de por sí. Aunque llegábamos más temprano de lo previsto ya estaba todo preparado perfectamente para la cena. Eso sí: nos estaban esperando.

Procedí a presentar a huracán a los que no la conocían, y no pude evitar cierto orgullo y satisfacción (como el Rey) al ver la cara que puso mi amigo Escarabajo cuando vio a la preciosa sureña. Y eso que no se había esmerado demasiado en arreglarse para la ocasión… pero es que mi chica está preciosa con cualquier cosa, sobre todo si en “cualquier cosa” hay un vertiginoso escote. Y ese era el caso.

Nos distribuimos por la larga mesa para la cena. Una de mis amigas, de la que quizá hablaré en algún post en el futuro, había preparado unas riquísimas ensaladas que ayudaban, en gran medida, a desengrasar la maquinaria estomacal después de tantos días de comilonas. Eso sí, el jamón ibérico, el lomo ibérico, el chorizo ibérico y el queso ibérico no podía faltar. Había, además, algo de pollo (ibérico) con cebollas caramelizadas, mejillones, atún (también ibérico) y algunas otras cosas que no probé. Me estaba reservando, en cierta medida, para el segundo plato. Un enorme costillar de Cerdo, al horno, en su jugo. Puedo decir que la cena, obra en su mayoría de mi amiga, fue un rotundo éxito…

Minutos antes de las campanadas no nos poníamos de acuerdo sobre como hacer el ritual del paso de año. Unos querían ir a la plaza del pueblo para mezclarnos con los lugareños. Otros, los más, preferían quedarse en la casa y no pasar frío. Al final optamos por esto último. Eso sí: todos estuvimos de acuerdo en que bajo ningún concepto optaríamos por Telecinco para despedir el año…

No terminé de masticar todas las uvas. Esto es muy normal en mí. Nunca me da tiempo. Así que, como si de un enorme hámster me tratase, repartía besos y abrazos a cuantos tenía a mi alrededor con los mofletes llenos, reservando uno muy especial para Huracán, claro. Parece mentira, pero ya es el segundo fin de año que celebramos juntos, aunque muy diferentes entre sí.

Uno de los que faltaban llegó pasada la una de la mañana. Había cenado con su madre y se había venido poco antes de las campanadas. Él suele hacer este tipo de cosas normalmente así que no nos extrañó. Además, venía equipado con todo lo necesario para hacer un Queimada, exceptuando el Conxuro. Y nos dispusimos a hacerla, encima de la mesilla, y frente a la chimenea (saltándonos uno de los puntos del contrato de arrendamiento que hacía referencia a “no hacer fuego en lugares no habilitados para ello. Aunque bien mirado, tampoco se podía fumar y algunos lo estaban haciendo… incluida Huracán).

La fiesta continuó entre bailes y risas, aderezada con caipiriñas, cubatas y algunas otras sustancias ilegales.

No sé qué hora sería, pero estaba en la cocina hablando con mi amigo Bob el silencioso, mientras nos preparábamos algo de beber. Bueno, yo hablaba y él me escuchaba. O creo que me escuchaba… no sé. Es caso es que Huracán entró en la cocina con cara de niña mala. Supongo que se había hartado de bailar.

– Este año no me has hecho nada de caso… – me dijo.
– Ni tú a mí.

Me fijé que Huracán se había cambiado de ropa. Llevaba puesto algo más recatado, con menos escote, pero más cómodo a la hora de bailar como una posesa, aunque estaba igualmente preciosa. Me cogió de la mano y me sacó de la cocina, hasta un rincón apartado del comedor, interrumpiendo el monólogo con Bob el silencioso.

Mientras la mayoría seguía celebrando el año nuevo en la sala de fumadores, Huracán y yo nos dedicamos un ratito a nosotros. Digamos que ahí empezó la fiesta de verdad esa noche. Hablamos, nos reímos… un momento muy íntimo. Y se me pasó el tiempo volando.

– Huracán… ¿Tú quieres tener hijos? – Le pregunté mirándola a los ojos. Desde que hablé sobre este tema una noche por el chat con una conocida bloguera me asaltaba la duda. Es un tema importante pero complicado de abordar.
– No sé… Supongo que sí. Pero todavía no me lo he planteado… ¿Y tú?
– Quiero tener un pequeño Sr K en pequeñito… ya sabes, para enseñarle todo lo que no tiene que hacer con las mujeres… y, si puedo, quiero tener también una pequeñaja que sea tan guapa como su madre… para que me saque los cuartos.
– Ja ja, como eres…
– No, de verdad. Soy un blando… y si la niña me mira, me hace un puchero y me pide dinero, lo más seguro es que se lo de…

Lo que parecía un ronquido de un brontosaurio constipado rompió el momento de las confidencias. Lleno de curiosidad dejé a Huracán y me acerqué a la zona de la chimenea. Alguien había apagado la música y sólo quedaba Almanzor, tirado en el sofá, roncando a pierna suelta. Unos rescoldos al rojo eran lo único que quedaba del fuego en hogar, y la única iluminación que había eran las luces de navidad colgadas de la pared, que aumentaban y disminuían la intensidad de la luz periódicamente. Almanzor abrió un ojo.

– ¿Qué haces aquí solo? – Le pregunté.
– Los demás se han ido a la cama… yo me he quedado aquí un rato, a meditar…
– Pues estás meditando muy profundamente… vamos, que los ronquidos se escuchan en el comedor… ¿Por qué no te vas a la cama? Estarás más cómodo… y meditas hasta mañana.
– Tienes razón… – Se levantó del sofá – ¿Tú te quedas?
– Sí… nos quedamos un rato más…
– Ah, ya… buenas noches. Mañana nos vemos…

Y se marchó. Eché un par de troncos a la chimenea, y le di con el fuelle un poco, para reavivar el fuego. En realidad en la casa no hacía frío, la calefacción funcionaba estupendamente, pero se trataba de darle un poco de ambiente a la escena. Y fui por Huracán al comedor. En el sofá, frente a la chimenea, estaríamos más cómodos.

Huracán tenía algo de hambre, y me pidió que le cortara un poco de jamón y de lomo. Eran casi las seis de la mañana, así que el hambre era comprensible. Aunque yo estaba todavía repleto, después de tantos días comiendo sin parar. Preparé un platito de jamón, con los últimos restos del lomo, y unos trozos de pan. Y un par de vasos con hielo y ron, para pasar la comida mejor. Y nos acomodamos cerca de la chimenea reavivada.

Yo la miraba comer en silencio, dando breves sorbos al ron. Al final era verdad que tenía hambre… cuando terminó dejó el plato en la mesilla, encima de los restos de la Queimada y le dio un sorbo a su copa. También la dejó sobre la mesilla, haciendo lo mismo con la mía. Se puso a horcajadas sobre mí y me dijo:

– Hazme el amor…

¿Cómo negarme?

Fuera debía de hacer un frío de mil demonios y faltaban apenas un par de horas para que amaneciera. El fuego chisporroteaba en la chimenea con su danza hipnótica. Tenía a una preciosa mujer sobre mí comiéndome a besos y todo parecía indicar que la cosa iría mejorando con los minutos…

¿Acaso hay una forma más afortunada de empezar un año?

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