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La gente cree que lo de los vampiros es cosa del cine, o de las novelas. Pero existen y están ahí fuera. No tienen por qué ser pálidos o tener unos largos colmillos blancos. De hecho, si os encontráis por ahí algo pálido y con unos grandes colmillos blancos, lo más seguro es que un tigre siberiano se haya escapado del Zoo. Y más te vale en ese caso que el tigre se haya encontrado con otro tipo antes, y ya no tenga hambre.

Los vampiros, claro, no chupan la sangre de nadie. Se les mata igual de bien con una estaca en el corazón como con un sartenazo bien dirigido a la sien. Porque entre otras cosas, los vampiros no son inmortales. Les puede dar la luz del sol y odian el ajo como todo el mundo. Algunos odian los pepinillos o las anchoas. Los hay hasta bautizados… así que con eso os lo digo todo.

Me refiero a esa gente que, de una manera o de otra, se mete en tu vida y la va vampirizando, como quedándose con ella.

Por poner un ejemplo. Un día estás en el comedor del trabajo y te fijan en alguien. Está solo, sentado en una mesa, comiendo en silencio. Nadie se sienta con él. Y, por algún motivo, decides ser un buen samaritano. Vale que es raro, pero… te da pena y piensas que no todo el mundo tiene la suerte de ser tan majo como tú. Así que te sientas junto a él y le dices:

– Oye, algunos compañeros vamos a tomar algo después del trabajo… ¿te viernes?

Y se viene.

No dice nada. Está ahí, con tus compañeros y no participa de las bromas. Como no habla, lo único que sabes de él es que trabaja en el departamento de nosequé, de la tercera planta y que parece algo agarrado, porque es el único que no ha invitado a una ronda. “Será porque está cortado”, piensas. Y seguramente lo esté.

Sin comerlo ni beberlo, de pronto te lo encuentras casi todas las tardes en las cañas al salir. Y casi por arte de magia tiene los teléfonos de tus compañeros. Se entera de cumpleaños, y allí que está (aunque no participa del regalo). Hasta se va a esquiar con tus amigos, y eso que tú ese fin de semana no puedes. De una manera imperceptible, lentamente, se ha metido en tu vida. Y a pesar de ello, apenas sabes nada de él. Y sigue sin invitarse a unas cañas.

Y te hartas, claro. No están las cosas como para ir financiando a un fulano las cañas. Y menos a uno al que no conoces de nada en realidad. Pero no es tan fácil deshacerse de él. Tú ya no le llamas, pero él se entera igual de las cosas. Porque se ha hecho con el teléfono de tus amigos. Y estos, confundidos, creen que es amigo tuyo y que deben de invitarle. Así que, le llames o no, ahí le tienes siempre.

Así que decides hablar en serio con el vampiro (porque ya tienes claro que es un vampiro) y mandarle a paseo, al quinto infierno y que le den por donde amargan los pepinos. Pero además de no hablar, no escucha…

¿De dónde creéis que salió el mito de la estaca en el corazón?

Bran Stoker tenía un amigo de estos. Seguro. Y ganas no le debieron de faltar…

Esta historia es real. Cambiad compañero por compañera y poned como protagonista a una amiga mía… que buscaba consuelo y ayuda para quitarse de en medio a la vampira. Yo propuse lo de la estaca pero, por algún motivo que se me escapa, mi amiga no cree que el asesinato le libre de ella.

A ver… teniendo en cuenta el título del post, debería de poner otro vídeo. Pero hay serios motivos para no hacerlo: El primero y fundamental es que no aguanto a Tom Cruise. El segundo es que la versión de Dracula que hizo Coppola me parece una adaptación cojonuda del libro. El tercero, porque así le doy gusto a Reichel (si es que lee esto, que no es seguro). Y el cuarto, porque es un velado homenaje a mi amigo de las gafas azules. Y si con eso no vale, hay un quinto: porque me da la gana, y para eso el Scatérgoris es mio.

Para los muy muy muy frikis. En este vídeo, en el minuto 1:57, aparece Mónica Bellucci. Es la vampira de la derecha. En el minuto 1:45 también sale, pero es tan rápido que… bueno. Casi se considera fe.

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Esta tarde se celebra la despedida de soltero de Bob el silencioso. Y como ya conté en otra ocasión, estos acontecimientos son especiales. Al menos cuando el que se “despide” es un amigo de toda la vida. A Bob le conozco desde que tenía 13 años. Hace más tiempo que le conozco que lo contrario… así que Bob es un amigo de toda la vida.

Nosotros éramos cuatro. Los cuatro mosqueteros nos llamaba mi padre. Podría haber elegido los “cuatro fantásticos” pero mi padre ha tenido una educación basada en los clásicos. Y por clásicos me refiero a Roberto Alcazar y Pedrín y el Guerrero del antifaz. Zipi y Zape ya le pilló mayor.

Éramos inseparables aunque, como ciertas moléculas, combinábamos mejor de dos en dos. Panceta y Yo y Bob el silencioso y Amadeus. Ellos eran más de su misma cuerda y Panceta y yo nos entendíamos mejor.

El primero en caer fue Panceta. Me refiero a casarse. Pero como lo hizo en plan íntimo (y no me refiero a que se casaran en pelotas), como no hizo ceremonia ni nada (en el juzgado, una mañana… triste y fría mañana), como ni invitó a unas cañas un viernes por la tarde (ni ningún otro día), no hubo despedida de soltero. En realidad la cosa fe más o menos así:

Ring Ring
Diga?
Que me he casado
Ya?
Ya
Vale

Esa despedida de soltero la habría preparado con mucho cariño. Se suponía que Panceta era mi mejor amigo. Lleva ya casado más tiempo del que puedo recordar. En realidad eso es fácil… no le veo desde entonces… más o menos. Es que para su novia, perdón, para su mujer, yo era una mala influencia. Debe ser. No sé.

El segundo en caer fue Amadeus. Se casó con La Rubia. Y esa relación merecería un post entero. Y la boda otro. Sólo decir que ella se casó de rosa. Y fue una visión de esas que se te quedan grabada en la retina el resto de tu vida. La Rubia, por cierto, será testigo en la boda de Bob. Igual que yo. Sólo espero que no pidan hacer un baile entre testigos.

Tampoco hicimos despedida de soltero. Tendría que haberla organizado Bob, Amadeus es su mejor amigo, pero siendo sinceros, no sé si me gustaría ir a una despedida de soltero organizada por Bob. Es buen tío, pero es muy soso. Así que, o la organizó y no se lo dijo a nadie, o no la organizó. Aunque parezca mentira, la primera opción no es tan descabellada como parece. De la boda me enteré de milagro y, la verdad, fui por puro compromiso. Amadeus y yo no hemos hablado mucho en los últimos años. Vidas dispares, se llama.

El penúltimo en caer ha sido Bob el silencioso. En realidad no sé cómo ha ido la cosa. No he querido preguntar, la verdad. Pero me imagino que la escena fue, más o menos así:

Ella: ¿Nos casamos?
Él: (encogimiento de hombros)
Ella: Lo tomaré por un sí.

Y digo esto porque ha sido ella la que se ha movido para organizarlo todo. Y ha sido ella la que se lo ha dicho a todo el mundo. Hasta a mí., cuando lo lógico habría sido que Bob me lo dijera, a ser posible delante de unas cañas. Incluso ella me pidió que dijera unas palabras en el brindis… así que será mi segundo monólogo, parece. Esta será la boda que ella siempre soñó y en la que Bob habrá tenido muy poco que decir. Menos de lo habitual, se entiende.

El caso es que esta noche nos vamos de despedida.

Los tres mosqueteros (en realidad dos, porque Panceta, como de costumbre, tiene un compromiso previo de su mujer… ¿qué puede haber más importante que la despedida de soltero de un amigo de toda la vida? Seguramente ir al Carrefur o algo igualmente emocionante). Bueno, nos vamos de despedia los tres mosqueteros y…

El último Mohicano.

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Anoche quedé con Tofu. El miércoles fue su cumpleaños y lo celebró ayer (tras un cambio de planes, porque iba a ser el sábado). Y por alguna razón yo estaba invitado. En realidad sería algo pequeñito… ella y yo, su hermano y su mejor amigo, y sus respectivas parejas.

Quedamos en su casa a las 9 de la noche para ir juntos al restaurante, lógico teniendo en cuenta que no conocía a ninguno de los demás celebrantes. Así que me fui con tiempo para poder aparcar en su barrio, algo que ralla con la improbabilidad matemática. Pero se me dio bastante bien y aparqué casi en la puerta tras sólo dos vueltas. Me quedaba por delante un largo tiempo de radio para amenizar la espera. Y había mucho que observar.

Aparqué casi a la puerta de un supermercado y, por las horas que eran, había trasiego de gente, casi todos con uniforme de oficinista: aprovechando la salida de trabajar, visita rápida al súper para comprar algo de comida. En la puerta, un chico subsahariano embutido en un raído abrigo marrón vendía con poco éxito la farola. Me llamó la atención su actitud. En lugar de ofrecer el periódico con desgana, como sabiendo a ciencia cierta que era un gesto inútil, el chaval tenía una sonrisa de oreja a oreja y, como campaña de mercadotecnia, ejecutaba pequeños bailes al ofrecer la publicación. Quizá era para quitarse el frío del cuerpo, pero de alguna manera transmitía simpatía. Casi me dieron ganas de bajarme del coche y comprarle un periódico.

En la acera, junto al coche, había un banco de madera con una pareja sentada en él desafiando al frío. Estaban muy juntos y parecían ser una pareja de enamorados. Seguramente lo fueran. Ella, andina y menuda; él, eslavo y fornido. No llamaban mucho la atención en el ir y venir de la gente por la calle.

Un enorme todoterreno me sacó de mis pensamientos al aparcar en doble fila junto a mi coche, bloqueándome la salida. Del vehículo se bajó una mujer de mediana edad bien resguardada debajo de un abrigo de pelo y de aspecto caro. Bajando de ese coche cualquier cosa tendría aspecto caro. La vi esquivar al subsahariano y meterse en el súper, para salir al rato con una bolsa repleta de cosas. Incluso los que tienen esos cochazos han de comprar comida, supongo.

Poco después de bajar el cierre de la entrada, una puerta lateral del súper se abrió y un chico joven sacó varios contenedores de basura. Se terminó la jornada laboral. En ese momento, la ya casi olvidada pareja de tortolitos del banco se activaron y empezaron a rebuscar entre la basura. Con movimientos precisos, posiblemente adquiridos con la experiencia, fueron separando lo que podría ser comestible. Casi todo lo que cogieron estaba embasado y, me imagino, serían productos caducados que no se podrían vender en la tienda, pero todavía comestibles. Entre los dos llenaron dos enormes bolsas.

Comenzó a caer una fina llovizna. En el reloj digital del salpicadero, las 9 menos 5… había llegado la hora de bajar del coche.

¿El cumpleaños? Tengo que ser sincero: Curioso.

Ella estaba preciosa, con un vestido verde muy entallado la mar de favorecedor, comprado para la ocasión. Era la primera vez que la veía con tacón alto (y me gustó el hecho de que todavía fuera más bajita que yo incluso con tacón).

En el restaurante nos esperaban los demás invitados y, por decirlo de una manera rápida, ella era la única mujer de la mesa. Su hermano y su mejor amigo, con sus respectivos novios. Y nosotros. No sé si sería alguna clase de mensaje.

Pero hubo jamón. Y a mí, con jamón… lo demás me da igual.

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Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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Es curioso como la vida a veces te junta con gente interesante. No hay que irse muy lejos para comprobarlo: La Comunidad es un buenísimo ejemplo de lo que estoy diciendo. En este año (casi) que llevo rondando por aquí he conocido a gente interesantísima, en algunos casos diría que excepcional. Gente que doce meses antes no estaba, no existía, y que ahora son imprescindibles en mi vida.

Algo así pasó con El Rey.

Vamos a ver. No es que yo sea amigo de Juan Carlos I, el Rey “oficial” de este reino de pandereta. No. Se trata de otro de mis famosos motes. A mi amigo El Rey le llamo así porque el mote de Puto Amo ya estaba cogido. Y es que al Rey (al igual que al Borbón) le encantan las mujeres y hace, hacía, gala de una habilidad sin igual para llevarlas a su terreno. Terreno que solía ser acolchado y calentito y casi siempre con las sábanas a juego. Tú decías el nombre de un sitio y lo más seguro es que El Rey hubiera follado allí. Nosotros sospechábamos que sólo el 10% de lo que decía era verdad… pero aún así estamos hablando de una gran cantidad de polvos.

Mi amigo El Rey es un tipo carismático, de esos que aglutinan gente a su alrededor, como si de la corte del reino se tratase. Pero su carisma no estaba basado en ser un tipo especialmente divertido. De hecho sólo hay una persona que cuenta los chistes peor que él… y es Bob el silencioso. Y es excesivo en muchos aspectos. De risa fácil y de más fácil ira. Pero no sé, tiene ese algo que cae simpático. Y, bueno, sabe mover a la gente.

Le conocí un verano durante un viaje organizado a Palencia. Él se acababa de separar de su mujer y estaba en esa etapa despendolada pos separación tan típica de los que acababan de entrar en la cuarentena. Atacó a todo bicho viviente que se autodenominara mujer con algún que otro éxito. Y, bueno, me fichó para su corte de seguidores. Digamos que entendí enseguida que había un montón de cosas que podía aprender de él. Una de ellas: a leer el futuro en la palma de la mano. Esto puede parecer una tontería, pero os aseguro que, bien usada, es una técnica colosal para romper el hielo.

Me dio un montón de consejos para conquistar a Morcillita. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera seguido alguno… sobre todo porque él es un tipo mucho más directo que yo. Supongo que es por eso de las rachas. Él estaba acostumbrado a tener un alto nivel de acierto, lo que da confianza rematadora. Yo, por el contrario, había sido vapuleado en no pocas ocasiones… y eso no ayuda mucho a la hora de marcar gol. Ya me entendéis.

Pero apareció La Reina. Y sentó la cabeza, cosa que agradecieron muchas mujeres. Y mi bolsillo… porque ir con El Rey era ir a todo trapo. Él ganaba una pasta y no se privaba de casi ningún lujo. Cenas, viajes, espectáculos, copas. Más copas… una sangría para mi economía más bien modesta (comparada con él, era equivalente a la de un mendigo)

No todo era salir de noche, El Rey, Bob el silencioso y yo montamos un pequeño grupito por Internet para salir al campo. La idea era estar un año haciendo prácticas, y luego dar el salto a la empresa privada. Queríamos hacer una especie de agencia de viajes de aventura. Pero nos faltaba experiencia aunque nos sobraban ganas. Si exagerar lo más mínimo, tuvimos un éxito arrollador, muy superior a nuestras expectativas iniciales. En sólo un par de semana tuvimos más de 100 personas interesadas, y al poco tiempo movíamos grandes cantidades de gente por la montaña. De hecho a veces me reconocen por la calle, y no como el Sr K, precisamente (me ha pasado tres veces: una en el metro, otra en un aparcamiento de una estación de esquí y la tercera y más sorprendente, un tío en una fábrica de pañales de la provincia de Toledo, que me había visto por la tele. No soy lo que se dice un tío famoso, pero no deja de ser curioso).

Pasó el año y no seguimos con la idea. No montamos la agencia de viajes de aventura. Nos daba mucho palo empezar a cobrar a gente que, de alguna manera, se había convertido en amiga. Para que os hagáis una idea, de ésa época es la aparición de Lentillas y de algunos otros personajes que han desfilado por estas páginas. ¿Cómo cobrarles?

Él cambió de trabajo, se casó con la Reina y tuvieron una niña. Digamos que nuestros mundos se separaron. Sobre todo de horarios. Y en distancia, cuando se compró el chalet en el norte, muy lejos de mi casa en el Sur. De vernos todos los fines de semana pasamos a vernos nada más que en las cenas de Navidad y ya ni eso.

Antes del cumpleaños del domingo, no le había visto desde las navidades del 2006. Curiosamente parecía como si nos hubiéramos visto el domingo anterior…

Por cierto: sé que con un título como el que he puesto entrarán muchos monárquicos y muchos más republicanos atraídos por la posibilidad de polémica. Si alguno de vosotros pasa del segundo párrafo y llega hasta aquí, por favor, dejad un comentario… así sabré que he conseguido interesaros por algo completamente diferente…

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La preparación para el viaje a Nepal de dentro de 193 días 20 horas y 44 minutos está en marcha. Estoy aprendiendo palabras en nepalés, para el día a día por allí. De momento no muchas y, bueno, no he encontrado la forma de decir “Hola chata… ¿Estudias o llevas pesados fardos de senderistas sobre tu espalda?”. Eso sí, he aprendido la palabra Namaste (pronunciado: Namastei) que significa: “Salve al Dios que hay en ti”. Sería un equivalente al Hola nuestro.

La preparación incluye también el aspecto físico. No me he explicado bien. No me refiero a que me esté rasgando los ojos para parecerme al nepalés medio, no. Me refiero a que me estoy poniendo en forma para soportar las largas marchas en altura. Esa preparación incluye el correr para ganar fondo, ejercicios de pesas para fortalecer mis piernas y, por supuesto, marchas por la montaña con algo más de peso del necesario, para ir cogiendo la postura típica del montañero (ligeramente inclinado hacia delante). Incluso me estoy dejando una poblada barba, para parecer más montañero todavía.

Este sábado fue una de esas rutas montañeras para coger fondo. En realidad nada reseñable, excepto el hecho de que estaba usando las botas que llevaré a Nepal… nuevas y duras. Una especie de doma. Una doma que me deslomó a mí, la verdad. Fueron unos 18 kilómetros sin demasiado desnivel, marchando por el cordal de una montaña, azotada por el viento. Pero en los ratos que no soplaba, o cuando parábamos para descansar al resguardo del viento, el sol calentaba lo suficiente como para que no fuera desagradable tumbarse con los brazos detrás de la cabeza, y disfrutar de sus cálidos rayos.

Por supuesto, me quemé la nariz.

Por la noche no tenía ganas de salir, pero, en fin, uno es joven y soltero y, bueno, al menos lo primero no durará toda la vida. Así que hice el esfuerzo de obligarme a salir un sábado por la noche, a pesar del dolor de pies, y de piernas, sobre todo en la zona de las espinillas. No tenía intención de quedarme mucho rato y tampoco sabía quienes vendrían… así que fue toda una sorpresa para mí enterarme que vendrían Gataparda y Pampa. También estaba Atenea.

Os describiré a Pampa porque, amigos, estaba espectacular. Ella es morena, pelo largo y negro. Melena al viento, suelta y con unas preciosas ondas cayendo libremente sobre su espalda y hombros. Llevaba un vaquero oscuro, pero que era algo más que un vaquero, era un vaquero y corpiño a la vez. Y el corpiño, ese gran invento, hacía que las miradas cayesen todo el rato en el escote espectacular (y es la segunda vez que uso esta palabra en un solo párrafo). Estaba muy guapa y sonriente.

Fuimos a comer algo a una taberna y, por esas cosas que tiene el destino, me tocó estar a su lado y junto a Gataparda también, cuando nos pusimos alrededor del tonel que hacía las veces de mesa. Pampa me dijo, en un tono sensual y meloso, que si le podía conseguir una banqueta. En realidad la banqueta la necesitaba yo más que ella, por todo eso que os he contado del dolor de pies y demás. Pero uno es un caballero y tiende a socorrer a damas en apuros. Justo detrás de nosotros había un grupo enorme de gente, todos ellos sentados. Me acerqué a ellos y dije:

– Hola. Disculpad, pero he visto que tenéis una banqueta libre…

– No está libre. Es de uno que está en el baño. – Me dijo la portavoz del grupo.
– No, ya… pero veréis… es que en mi grupo tenemos una coja y, en fin, le haría mucha falta la banqueta.

Debí de sonar muy convincente, porque uno de los chicos me cedió su banqueta. Y me dirigí a nuestro tonel con el botín en las manos. Pampa me miraba con una sonrisa de oreja a oreja… pero pasé a su lado sin detenerme. En realidad no había mentido, en nuestro grupo había una coja, Atenea. Y ella necesitaba la banqueta más que yo mismo. Además, el tono de voz me sonó a manipulación, no sé si me explico. “Estoy buena y te estoy sonriendo… así que harás lo que yo te diga”. Vale que su escote me tuviera hipnotizado… pero de ahí a estar bajo su poder…

Cuando nos trajeron una sartén de huevos estrellados con patatas y chorizo, Pampa fue la primera que lo probó y me dijo.

– No tiene sal.
– Está muy bueno – Dije al probarlas yo también.
– A mí me gusta con sal… ¿Por qué no vas a por un salero?
– ¿Y como fue? – Ella me miró sin comprender – Si mujer… ¿Cómo fue el accidente donde perdiste las piernas? – El comentario provocó las risas del grupo. Por supuesto no fui a por el salero, sobre todo cuando había logrado encontrar una postura en la que no me dolían tanto los pies.

Seguimos durante un buen rato, charlando y comiendo jamón acompañado de palillos de pan, riéndonos y pasando un buen rato. Yo podía apartar la mirada a duras penas del escote de Pampa y supongo que ella lo sabía. Una mujer no se viste así sin saber que inevitablemente atraerá las miradas, supongo. Pero los pies me estaban matando, por estar tanto rato de pie.

Salimos de la taberna y había que decidir dónde ir. Estábamos en una conocida zona de bares del centro, lugar de marcha habitual y con más bares per cápita del mundo. Pero no. No podíamos quedarnos en el primer bar que encontráramos… a Gataparda se le ocurrió la genial idea de que podíamos ir a otra zona de marcha de la ciudad… que no estaba lejos, sólo a unos veinte minutos andando desde donde estábamos. Todos estuvieron de acuerdo… y yo normalmente también lo habría estado.

– Bueno, pues si el plan es irse para allá, creo que ha llegado el momento de que me marche…

– Venga, hombre, si da igual un sitio que otro.- Me dijo Almanzor.

Me dolían los pies, me había levantado a las 7 de la mañana, había andado 18 kilómetros con unas botas muy duras y sin domar, cargado con peso en la espalda y, sobre todo, me parecía de género tonto el movernos de zona para ir a un bar igualito que cualquier otro bar de los que había por allí, simplemente por el hecho de que una chica guapa quisiere hacerlo. Además, ese empeño me sonaba a que había interés en ir por allí por ver a alguien…

– No, en serio, me piro.

Gataparda insistió en que me quedara. Pampa hizo lo mismo. Pero me marché a mi casa.

Hace tiempo decidí que sólo haría lo que me apeteciera y que, llegado el momento de decidir, optaría por mí mismo como primera opción. A fin de cuentas, ellas hacen lo mismo y, al final, da igual cuantos sacrificios haga uno… siempre se quedan con el poli.

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Técnicamente yo era un hombre libre. Morcillita me había dejado y ya no éramos una pareja. Bueno, en la práctica no lo éramos, aunque en teoría… bueno, seguíamos viéndonos y yo mantenía mis esperanzas de recuperarla casi intactas. Para mantenerme ocupado y no pensar demasiado, acepté un trabajo que me habían ofrecido para mis ratos libres, ajeno a mi trabajo normal, un jugoso negocio en el que yo era socio de un Marqués, varias veces Grande de España, y una participación de un 10% de los ingresos. Sólo tenía que asesorar tecnológicamente la aventura y participar en reuniones. Al final la cosa quedó en que perdí un verano y el “Grande” me escatimó cinco millones de las antiguas pesetas.

Morcillita se quedó conmigo durante casi todo ese tiempo, excepto la última semana de agosto. Se fue de camping con unos amigos suyos, entre los que se encontraba el que ahora es su marido y padre de sus hijos. El caso es que yo me quedé solo, aunque muy liado. Pero estaba acostumbrado a dar largos paseos por la noche en el parque con Morcillita comiéndonos un helado y charlando de la vida, que era básicamente mi único entretenimiento. Como siempre he sido muy independiente, seguí dándome esos paseos yo solo. Era más aburrido, pero descansaba de tanto ordenador y tanto teléfono.

En uno de esos paseos solitarios me encontré con Algodón.

Algodón era una vieja amiga. En realidad era una amiga de una amiga. Y no siempre la habíamos llamado Algodón. Cuando la conocí un año y pico antes, me pareció tonta. Pero no tonta en plan creída. No. Tonta de simple. Así que la llamábamos entre nosotros muchas cosas sinónimas de tonta. Pero a medida que la fui conociendo mejor, no es que dejara de ser simple, pero la fui cogiendo cariño. Y pasó a ser Algodón.

Ella siempre decía que yo era su amor platónico y que quería tener un novio como yo. Pero nunca me lo tomé en serio. Sí que es verdad que me daba unos abrazos enormes, me estrujaba entre sus grandes pechos (lucía sin problema unos escotes vertiginosos), y a veces hasta besos en el cuello. Pero yo lo achacaba a que era muy cariñosa. Todas esas cosas terminaron cuando empecé a salir con Morcillita. Dejamos de vernos tan a menudo como antes. Hasta que coincidimos esa noche en el parque.

Algo que nunca me gustó de Algodón era que tenía que explicarle los chistes. Su sentido del humor era muy básico, ella era de esa gente que se reía a carcajadas con el chiste de “mis tetas” o con los chistes de Jaimito, y seguramente tendría como el Rey del Humor a Arévalo haciendo de gangoso. Así que no me entendía casi nada de lo que decía. Pero dada mi situación en ese momento, solo y abandonado por la mujer que amaba, la compañía de Algodón era reconfortante. Y fuimos quedando cada noche para pasear y charlar en el parque.

El viernes previo a que volviera Morcillita de Cantabria, Algodón me llamó por la tarde y me dijo que si cambiábamos de plan. En lugar de ir al parque, me invitaba a cenar en su casa viendo una película. No me pareció un mal plan y acepté. A fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer.

La velada comenzó con un pase particular de modelos. Algodón había renovado el vestuario y se empeñó en enseñármelo todo puesto. Pantalones, alguna falda, un top muy ceñido, camisas… en fin, a mí me pareció la tienda entera. Pero no dije nada, porque parecía que a ella le hacía ilusión.

Por fin terminó y dimos comienzo a la sesión de cine. Ella también se había encargado de alquilar la película. Título: Más que amigos. Una comedia romántica entre una ejecutiva, un rabino y un sacerdote católico… no es que me sintiera identificado con ninguno de ellos, pero… ¿Más que amigos? ¿Era una indirecta o es que yo estaba suspicaz? ¿Acaso quería decirme algo? Lo que resultó indudable fue que la película era un bodrio y no me dormí de pura vergüenza. Durante la película ella se fue tumbando en el sofá a mi lado hasta que, al final, tenía sus pies apoyados en mis piernas. No le di mayor importancia, a fin de cuentas estábamos en su casa y el sofá no era demasiado grande.

Por fin terminó la película y dimos comienzo a una charla tranquila. Ella seguía tumbada, con sus pequeños pies de uñas pintadas apoyados en mis piernas, y me comentaba lo alocada que había sido su vida los últimos meses. Había tenido tres novios en dos meses, a cada cual más raro.

– Necesito sentar la cabeza… necesito a alguien a mi lado que sea sensato… cariñoso… inteligente… necesito a alguien… como tú, Sr K.

Obviamente me quedé a cuadros. Había estado preparando el terreno pero no me esperaba un ataque tan frontal. Independientemente que todavía estuviera reciente lo de Morcillita, y de que siguiera colado por ella hasta las trancas, Algodón no tenía lo que a mí me gusta en las mujeres. Bueno, sí tenía unas tetas preciosas y, ejem, eso es algo que me gusta en las mujeres y, sí, era guapa de cara y con una boca diseñada para el pecado… pero…. No me imaginaba con ella… no sé si me explico. Así que decidí escurrir el bulto y no darme por enterado.

– Te pasaré el teléfono de un par de amigos que te pueden resultar interesantes.

El ataque siguió por otros frentes y yo fui esquivando los misiles con más o menos habilidad. Ella preparó el ataque definitivo. La tele seguía puesta aunque a un volumen muy bajo. Cogió el mando y me preguntó…

– ¿Te importa que cambie?
-No, adelante… estás en tu casa.
-Es que los viernes suelo ver el Plus.

¿El Plus? ¿Los viernes por la noche? ¿Pero si echan…?

La peli porno del Canal Plus. Un clásico.

En la tele, una rubia hacía complicados juegos bucales con el gran pene de un maromo hipervitaminado y supermineralizado. No parecía estar pasándolo mal, porque animaba a la rubia con frases cortas pero concisas “Así, sigue, sigue”. Yo debí de poner cara de tonto.

– ¿Te importa?
-No, que va. Yo también la veo a veces.- Y era verdad, sólo que yo no tenía decodificador y, tenía que guiñar los ojos un poco más.

Las posiciones habían cambiado, ahora era él el que ejecutaba complicados juegos linguales en el… esto… ¿Chocho? de ella, que gemía como si se fuera a morir. Los vecinos debían de pensar que Algodón y yo lo estábamos pasando en grande. Nosotros, por el contrario, seguimos viendo la película, aunque ahora guardando silencio. La situación tuvo dos variantes casi imperceptibles. Mi “amiguito” se empezó a animar, con tanto juego lingual, y ella movió lo justo su pie para que dejara de estar apoyado en mi pierna. Ahora estaba en pleno contacto con mi “amiguito”.

Como el que no quiere la cosa, moví su pie hasta su posición inicial. Y seguí viendo la película. Noté nuevamente el contacto de su pie. La miré y ella me miró.

– ¿A qué esperas? ¿No la ves ahí tirada, espatarrada? Tío, quiere que le des carne en barra… – Por supuesto, era mi yo malo, en forma de diablillo de afilados cuernos y rabo puntiagudo.
– No, no lo hagas. Ella quiere algo más que una noche de pasión… te lo ha dicho, quiere un novio que la centre… quiere una relación estable… y tú estás enamorado de Morcillita. – Era mi yo bueno, un amable querubín de rizos dorados y mofletes colorados.
– No hagas caso a ese mariquita… ¿No ves que tiene los pezones de punta? Esta quiere guerra, tío, ¡Quiere guerra…!
– No te dejes tentar por ese hijo del demonio. Tú no eres así. Es tu amiga. No te gustaría que te hicieran lo mismo. Vete, aléjate de ella.
– Tíratela, tíratela…
– Vete, es lo mejor…
– !Follar, follar!…
– Es tu amiga…

Ahora bien… ¿Qué hice?

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