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Los islotes Columbretes, al atardecer

A veces olvidamos que detrás de toda esa contaminación lumínica hay millones de estrellas. Toda una vía láctea repleta de ellas. Ya sea por pereza o por la falta de costumbre, o porque casi siempre dan cosas buenas por la televisión, pero a penas miramos el cielo ya.

En los islotes columbretes podemos decir que no hay otra posibilidad. No hay televisión, no hay cobertura de móvil y cuando el sol se va, las estrellas atraen la mirada irremediablemente. Como si fuera un accidente de tráfico en el otro carril. A 30 millas de la costa y sólo con la intermitente luz del faro como fuente lumínica, el espectáculo del cielo era impresionante.

El capitán Haddock se había retirado a sus aposentos hacía un rato. Y Atenea y un servidor, tumbados en las colchonetas de popa, hacíamos casi lo único que se podía hacer: Mirar el cielo.

Si al marco incomparable añadimos una leve brisa marina que apenas mecía el velero, una conversación agradable, un buen vino en la mano y el estómago calentito con un impresionante arroz negro, cortesía del Capitán Haddock, no es de extrañar que el Sr K dijera:

– Este es un momento y un lugar ideal para hacer el amor… ¿No te parece Atenea?

Atenea se quedó en silencio unos segundos. Sin decir nada se levantó de su colchoneta y se acercó a la mía. Y me dijo:

– El amor no… pero si quieres, te vas a proa y te haces una pajilla. Y ahora no mires, que voy a mear por la borda.

Lo dicho… el mismo romanticismo que tiene una alpargata de esparto. Para que luego digan que las mujeres son románticas…

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Antes de nada quiero pedir perdón a mis compañeros del club de los jueves porque esta semana he faltado a las correcciones, que es en realidad la miga de todo este asunto. Pero es que entre unas cosas y otras no he podido escribir nada hasta hora. En realidad estaba un poco en blanco. Pero aprovechando la hora de la comida (y otro par más de ellas, para que Ana no me diga que sólo le dedico 10 minutos al club) he escrito este pequeño texto. Ahora necesito vuestra ayuda para elegir el final, porque no sé cual poner. He escrito los dos. Bueno, y a los del club, dadme toda la caña que me daríais de haberlo puesto en el foro, ¿Vale?

Era temprano y, como cada mañana, Damián recorría a paso vivo las frías calles por el paseo de los olmos. Era muy temprano y el sol de invierno todavía no había hecho acto de presencia. Incluso todavía se veía alguna estrella brillante. Aún así había mucha gente por la calle, algunos trajeados, algunas con tacones, todos con cara de sueño y todos con el mismo destino: la estación de cercanías.

Desde hacía mucho tiempo esa se había convertido en su rutina. Arrancarse de la cama a fuerza de echarle voluntad, vestirse y salir a toda velocidad con un café con leche templado dando guerra todavía en el estómago. Todo con un propósito: llegar a tiempo a la estación.

En realidad no temía perder el tren. En realidad él cogía el tren una hora antes de lo que debería hacerlo. Así que no había prisa. Y, bueno, nunca le importó tener que ir de pie o apretujado. No leía y tampoco era capaz de dormir en los incómodos asientos de plástico de los nuevos trenes de cercanías. Pero, aunque en el tren de una hora más tarde iría más cómodo, más descansado y mejor desayunado, había una razón para su sacrificio: Ella.

Había coincidido con ella un día atípico y se quedó como un idiota mirándola hasta que llegó el tren. Después, entre el bosque de gente, la observó detenidamente, aprendiéndosela de memoria. Era tan bonita… de pelo oscuro no demasiado largo y de piel muy blanca, ojos muy grandes y mirada triste. Estaba embutida en un abrigo negro abrochado hasta arriba y se protegía el cuello con una bufanda de colores. Se agarraba a la barra del techo con una mano fina y miraba al infinito, ensimismada en sus pensamientos, ajena a los traqueteos del tren. Ajena a todo y a todos. Damián lo supo al instante: Se había enamorado.

Se preguntó cómo sonaría su voz. Se preguntó de qué color sería su risa. Se preguntó qué sabor tendrían sus besos. Se preguntó por el olor de su pelo. Se preguntó por el tacto de su piel. Y se preguntó algo más importante: Su nombre.

Ese día la perdió entre la marea humana al llegar a Atocha. Pero al día siguiente volvió a coincidir con ella. Y al siguiente, y al otro. Pero nunca tuvo valor para acercarse y decirle algo. Nunca. Porque él se veía a sí mismo muy pequeño, insignificante al lado de semejante mujer. Insulso, inculto y para nada interesante. Él no tenía nada que aportar y el final era fácil de predecir: ella le rechazaría.

El invierno pasó y llegó el verano y luego nuevamente el otoño. Damián buscaba estar cerca de ella cada mañana y no perderse detalle de lo que hacía, intentando adivinar por la expresión de la cara cuales serían sus pensamientos. Un día se obró el milagro y un asiento se quedó libre entre ellos dos. Él, amablemente, se lo cedió con un gesto de la mano. Y fue feliz el resto del día: ella le dedicó una tímida sonrisa de agradecimiento.

Algo había cambiado en ella. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando en el vagón y él creyó adivinar un brillo de reconocimiento en sus ojos. Incluso notó que ella se arreglaba más o que ya no tenía la mirada triste. Y una idea fue tomando forma en su cabeza: Le declararía su amor.

Final 1

Damián tardó un tiempo en reunir el valor suficiente. Pero tenía claro que no podía esperar más. Y se acercó esa mañana de invierno a la bella mujer, a su amor secreto. Y se presentó y ella sonrió todo el tiempo y para nada le rechazó. Quedaron, salieron durante un tiempo y se fueron a vivir juntos. Todos lo sabemos: son el uno para el otro.

Por eso os pido que alcéis vuestras copas y brindemos por el largo y fructífero amor entre nuestros amigos: Damián y Ángela.

Final 2

Damián tardó un tiempo en reunir el valor suficiente. Pero tenía claro que no podía esperar más. Y se acercó esa mañana de invierno a la bella mujer, a su amor secreto. Y se presentó y ella sonrió todo el tiempo y para nada le rechazó. Hablaban animadamente el uno pegado al otro, agarrados a las barras del techo, ignorando el traqueteo del tren y los empujones y pisotones de la gente. Y se miraban a los ojos mientras el tren entraba en la estación de Atocha, para no volver a salir: Fue el 11 de marzo.

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Esta semana el club de los jueves sólo tiene una norma: Cada relato, de temática libre, tiene que empezar con la frase “Era una noche húmeda”. A mí hay algo que todavía me sorprende del taller. A pesar de las limitaciones que nos imponemos y de que todos hablamos del mismo tema, al final salen cosas completamente diferentes. Esta semana creo que nos hemos superado. Aquí tenéis mi aportación. Por cierto: acepto sugerencias sobre la “naturaleza” de mis personajes…

Era una noche húmeda. O, al menos, eso fue lo que escribí en mi libreta. En realidad era una noche lluviosa, de ésas en las que nadie desea estar en la calle. Hacía frío y llovía a cántaros. Pero no me importó lo más mínimo. Soy un profesional, de la vieja escuela, y una noche de perros no es suficiente para que deje de hacer mi trabajo. Así que seguí anotando profesionalmente en mi libreta reglamentaria.

El hombre rodeó con su brazo a la muchacha, con un gesto protector, mientras los dos se guarecían debajo del paraguas y continuaban caminando calle abajo. Continué escribiendo. Escribía rápidamente mientras caminaba al ritmo de la pareja, observándoles sin perderme un detalle. Son ya años de práctica. Como parte de mis funciones está la de ser rápido escribiendo y la de saber hacerlo en movimiento. Y, bueno, ser completamente invisible. No invisible en plan transparente. No. Invisible de pasar desapercibido. Por eso mis pasos son siempre silenciosos y un observador atento sólo habría escuchado el roce de la punta del bolígrafo contra el papel

Se pararon debajo de un farol, ignorando la lluvia, y se miraron a los ojos durante un instante, que pareció eterno. Fue lo que escribí. Por suerte la pareja se había detenido y era más sencillo escribir. Un relámpago iluminó durante una fracción de segundo el cielo y me permitió ver con claridad lo que ocurría. Había contemplado una escena como ésa miles de veces.

Él se inclinó y la besó en los labios intensamente. Garabateé en la ya húmeda libreta. Estaba expectante, esperando más acontecimientos que escribir. Pero estos no se produjeron. Seguían besándose. Durante varios minutos. Añadí. ¿Qué se sentirá? Me sorprendí a mí mismo pensando. Sé que ese tipo de pensamientos no son muy profesionales, y me recriminé por ello. Ignorando por completo el agua que les empapaba. Escribí para ocupar mi mente en algo más productivo. Por puro instinto y por haber registrado cientos de escenas como ésa supe que algo más iba a pasar y que tenía que acercarme un poco más a ellos.

Te quiero. Susurró ella. Y apunté obedientemente cada palabra.

Te quiero. Dijo él. Quedó registrado.

Él acarició con el dorso de la mano la mejilla de la muchacha, mientras la miraba… Giré la página para continuar al otro lado …a los ojos. Había escuchado esas palabras miles de veces. Como parte de mi trabajo era muy habitual. ¿Qué se sentirá? Me volví a sorprender pensando. Estaba desconcertado… nunca antes había tenido estos fallos de concentración. Sus ojos brillaban. ¿Por qué se mirarán así? Él la volvió a besar y ella se abrazó a su pecho con fuerza. ¿Qué se sentirá al saber que eres lo más importante para la otra persona? Este pensamiento me descolocó por completo. Me distraje y no escribí en la libreta algunos acontecimientos siguientes. Por suerte los añadí después al informe aunque… me da vergüenza admitirlo… no están completos…

– No pasa nada. Es una escena de enamorados del tipo Alfa. Habitual.
– Aún así creo que merezco un castigo.
– ¿Quieres que te degrade?
– ¿A… registrador de segunda clase?
– Desde que iniciamos el departamento de Historias Personales no habíamos tenido un Registrador tan bueno como tú…
– Pero estos errores…
– Has pasado demasiado tiempo con ellos… me temo que te estás humanizando
– ¿Humanizando? Pero eso es horroroso…
– Lo sé… lo que haremos será destinarte un tiempo al Archivo. Allí estarás lejos de las pasiones humanas y las tareas monótonas te permitirán recuperarte… estarás en plena forma en poco tiempo. La Eternidad no se puede permitir el lujo de perder a su mejor Registrador…

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El domingo Mala me comentó algo muy interesante en el relato del taller de los jueves. Era una reflexión muy corta, quejándose de que al final la culpa de que el tipo fuera un capullo (pero de los malos, no de los tontos, como yo) fuera de la mujer… y eso me ha traído a la mente algo que escribí en mi cuaderno de las ideas hace algún tiempo en relación a las influencias…

En este preciso momento, mientras lees esto, la masa de tu cuerpo está ejerciendo una fuerza de atracción sobre la pantalla del ordenador, el ratón, y las revistas de tías en pelotas de debajo del colchón. La única razón por la que no se pegan a tu cuerpo es que, en realidad, la fuerza con la que las atraes es muy pequeña (para que te hagas una idea, es lo mismo que me pasa con las tías… las atraigo, pero no lo suficiente). Según dijo Sir Isaac Newton, “todas las cosas se atraen con una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de sus distancias (incluso las revistas de tías en pelotas)”. Y es una Ley Universal.

La gente que cree en la astrología afirma que la posición de las estrellas en el momento del nacimiento puede tener una gran influencia sobre el destino de la gente. Incluso hay algunos que pretenden disfrazar de ciencia a este argumento aludiendo a la Ley de Newton. Lo que pasa es que, en el momento del nacimiento, hay alrededor del retoño otro montón de cosas con una fuerza gravitacional mayor sobre el bebé que la lejana constelación de Leo. El tamaño de los brazos de la matrona, el monitor de las constantes, el pie derecho de la madre o la videocámara con la que el asustado padre enfoca a donde asoma ya la cabeza del desdichado neonato… cualquier cosa que haya cerca ejerce una influencia mucho mayor que las estrellas. Así que podemos decir que, para una correcta predicción del futuro, los astrólogos deberían tener en cuenta todo esto…

Por contra, la influencia que ejerce la luna es enorme. Se trata de un cuerpo de gran masa que se encuentra relativamente cerca de la tierra y, ella sola, atrae toda el agua del océano produciendo las mareas, por ejemplo, o regula la menstruación de las mujeres (y para manejar a las mujeres hay que ejercer mucha influencia, ¿no?).

Y pensando sobre las mareas, la luna y las estrellas, me he dado cuenta que existen otra influencias mucho más fuertes que la Luna o las estrellas. Y no, no estoy hablando de política (por una vez que no lo haga tampoco va a pasar nada, ¿Verdad?). Me refiero a la influencia que ejerce sobre nosotros alguna persona en concreto. Hay gente así. Gente que está ahí, y que encauza tu vida en una u otra dirección. Pongamos que conoces a alguien, llámala X, y resulta que es una mala influencia. De pronto dejas de hablarte con tu familia, le das importancia a cosas como que tu hermano nunca te ha invitado a una cerveza a pesar de ganar más que tú, o que te gustan los perros caniche, y que te mueres por tener uno pese de ser alérgico de nacimiento… y es cuando todo el mundo dice: “Macho, como has cambiado”, y se callan el “Pero para mal” por temor a que esa mala influencia haga que dejéis de ser amigos.

Pero la diosa fortuna tiene a bien poner en tu camino una buena influencia, llámala W, y de pronto te ves comiendo ensaladas para perder peso, tú que pensabas que la verdura era eso que comían las vacas para no ser antropófagas. O haciendo deporte y pensando que es por voluntad propia. Te reconcilias con tu hermano (el agarrado de antes), tu familia vuelve a hablarte, incluso te conviertes en un tipo popular en las reuniones navideñas. Aprendes a conducir, buscas un trabajo mejor, te hace ver las cosas desde puntos de vistas inéditos para ti… En resumen, W hace que te esfuerces por ser mejor persona… porque de forma inconsciente tiendes a intentar estar a su altura… que es más o menos como intentar alcanzar la luna. Y esa, amigos, es una gran influencia…

Esto fue lo que escribí en mi cuaderno verde de las ideas. Ahora añado una pequeña reflexión:

Querer a alguien y que ese alguien te quiera es una enorme suerte al alcance de unos pocos. Si ese alguien es tan especial que, además de quererte como eres, te estimula, te abre nuevos horizontes, te aporta experiencias… entonces no hay nada más que se pueda pedir… excepto el ser lo mismo para esa persona.

¿No?

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Han pasado cuatro días desde que el policía reapareció en nuestras vidas. Cuatro largos y angustiosos días. Y el consejo más generalizado hasta el momento por parte de todo el mundo es que le de espacio y tiempo. Todo el mundo menos un amigo un poco burro, que me ha aconsejado que le de, y cito textualmente, “cuatro pollazos bien dados”. Claro que esa es la solución que tiene para todo.

No nos veíamos desde el domingo por la noche cuando la dejé en su casa tristona, y tristona me la he encontrado esta mañana (aunque quizá un poco menos). He ido a recogerla para llevarla a la Estación de Autobuses. Digamos que Huracán ha decidido llevar al extremo los conceptos Tiempo y Espacio. Tiempo, al menos hasta el sábado. Y espacio… unos 400 kilómetros de tierra entre nosotros.

A ver, que lo entiendo. Ella aquí no tiene grandes amigas, sólo compañeras del hospital y alguna vecina, y en su tierra está su amiga del alma. Y está su madre. Y es mejor que estar sola. Y supongo que tiene que soltar todo lo que lleva dentro… y yo no creo que pueda ser de gran ayuda. En realidad no creo que un tío sea de gran ayuda en estas circunstancias, porque (y tomando prestada la teoría de Pat sobre los compartimentos estancos), para nosotros cada cosa tiene su lugar y es complicado que algo afecte al conjunto. Por ejemplo, cuando vi a Lentillas con Ironmán la primera vez juntos, me afectó, pero era capaz de hacer bromas o, incluso, me fui con Huracán a la playa de Suances a bañarnos en ropa interior y disfrutar con ello. Lo que no quita que, en momentos de soledad o en algún tiempo muerto por ahí, abriera el cajón de Lentillas y me sintiera fatal. Es el ejemplo más parecido que conozco de remover el pasado…

Me llamó anoche y me contó que había cambiado unos días con una compañera (a la que hizo el turno de noche la semana pasada) para bajarse a su tierra. Quería alejarse un poco de aquí y hablar con su amiga del alma y con su madre. A mí, la idea de que hable con su madre, me parece muy buena. Por lo que me ha contado Huracán, es una mujer tradicional, de las de misa los domingos… así que es una buena aliada. Porque yo soy un novio muy tradicional (no de misa los domingos, ni ningún otro día), a la vieja usanza (una especie de Alfredo Landa del siglo XXI).

Así que esta mañana madrugué un poco y la fui a recoger a su casa, con la intención de llevarla a la estación de autobuses. Y ahí estaba ella, con su maleta, su abrigo gris y tan guapa como siempre, esperándome en la puerta de su casa. Le dije que estaba preciosa, le di un beso, y metí la maleta en el maletero (¿Dónde si no?). Había algo más de tráfico de lo normal, pero llegamos a tiempo. Y en el trayecto me volvió a decir que necesitaba estar en casa, ver a su sobrina, a su amiga y retirarse unos días de aquí.

– Me parece bien.- Dije, aunque en realidad no me lo parecía, pero no creo que si se lo dijera anulase los billetes para quedarse. – Cuando vuelvas te estaré esperando.

Hice una pausa para ordenar mis pensamientos y no dejarme nada en el tintero. Todavía rondaban por mi cabeza las palabras que me dejó Isabela en un comentario ayer, y era eso, más o menos, lo que quería decirle (Isabela, ya hablaremos de derechos de autor más adelante, aunque espero que sirva un gracias así de grande):

– Huracán, yo tengo muy claros mis sentimientos hacia ti. Eres lo mejor que me ha pasado nunca y, desde luego, no quiero perderte. Ignoro qué clase de terremoto ha provocado el Policía en tu cabeza, ni qué sentimientos ha desempolvado. Pero creo que te estás planteando muchas cosas… entre ellas nuestra relación. No sé a qué conclusión llegarás, si es que el estar en tu casa, con lo tuyos, te ayuda a llegar a alguna, pero, sea cual sea, la aceptaré.
– Gracias, Sr K.
– ¿He dicho ya que te quiero? – Lo sé. Un chiste rompe el climax de la escena y casi tira por tierra el argumento que defendía… pero de alguna manera tenía que deshacerme del nudo que tenía en la garganta y nunca dije que trabajara bien bajo presión. De todas maneras le hizo gracia y conseguí arrancarle una sonrisa.
– Yo también a ti.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que la despido en la estación de autobuses. Creo que nos van a poner una dársena a nuestro nombre, de segur a este ritmo. Por supuesto, no me marché hasta que el autobús desapareció por la rampa y dejé de verla asomada a la ventanilla.

Huracán me va a dejar.

Eso, o he despedido a la madre de mis hijos.

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El otro día dejamos la historia justo en el momento de entrar por la puerta de la casa rural. Y la retomamos justo en el momento en que alguno de mis amigos abrió la puerta de la casa, una bonita casa de tres pisos, de piedra y madera, perfectamente decorada al más puro estilo rural y situada en un pueblo ya muy rural de por sí. Aunque llegábamos más temprano de lo previsto ya estaba todo preparado perfectamente para la cena. Eso sí: nos estaban esperando.

Procedí a presentar a huracán a los que no la conocían, y no pude evitar cierto orgullo y satisfacción (como el Rey) al ver la cara que puso mi amigo Escarabajo cuando vio a la preciosa sureña. Y eso que no se había esmerado demasiado en arreglarse para la ocasión… pero es que mi chica está preciosa con cualquier cosa, sobre todo si en “cualquier cosa” hay un vertiginoso escote. Y ese era el caso.

Nos distribuimos por la larga mesa para la cena. Una de mis amigas, de la que quizá hablaré en algún post en el futuro, había preparado unas riquísimas ensaladas que ayudaban, en gran medida, a desengrasar la maquinaria estomacal después de tantos días de comilonas. Eso sí, el jamón ibérico, el lomo ibérico, el chorizo ibérico y el queso ibérico no podía faltar. Había, además, algo de pollo (ibérico) con cebollas caramelizadas, mejillones, atún (también ibérico) y algunas otras cosas que no probé. Me estaba reservando, en cierta medida, para el segundo plato. Un enorme costillar de Cerdo, al horno, en su jugo. Puedo decir que la cena, obra en su mayoría de mi amiga, fue un rotundo éxito…

Minutos antes de las campanadas no nos poníamos de acuerdo sobre como hacer el ritual del paso de año. Unos querían ir a la plaza del pueblo para mezclarnos con los lugareños. Otros, los más, preferían quedarse en la casa y no pasar frío. Al final optamos por esto último. Eso sí: todos estuvimos de acuerdo en que bajo ningún concepto optaríamos por Telecinco para despedir el año…

No terminé de masticar todas las uvas. Esto es muy normal en mí. Nunca me da tiempo. Así que, como si de un enorme hámster me tratase, repartía besos y abrazos a cuantos tenía a mi alrededor con los mofletes llenos, reservando uno muy especial para Huracán, claro. Parece mentira, pero ya es el segundo fin de año que celebramos juntos, aunque muy diferentes entre sí.

Uno de los que faltaban llegó pasada la una de la mañana. Había cenado con su madre y se había venido poco antes de las campanadas. Él suele hacer este tipo de cosas normalmente así que no nos extrañó. Además, venía equipado con todo lo necesario para hacer un Queimada, exceptuando el Conxuro. Y nos dispusimos a hacerla, encima de la mesilla, y frente a la chimenea (saltándonos uno de los puntos del contrato de arrendamiento que hacía referencia a “no hacer fuego en lugares no habilitados para ello. Aunque bien mirado, tampoco se podía fumar y algunos lo estaban haciendo… incluida Huracán).

La fiesta continuó entre bailes y risas, aderezada con caipiriñas, cubatas y algunas otras sustancias ilegales.

No sé qué hora sería, pero estaba en la cocina hablando con mi amigo Bob el silencioso, mientras nos preparábamos algo de beber. Bueno, yo hablaba y él me escuchaba. O creo que me escuchaba… no sé. Es caso es que Huracán entró en la cocina con cara de niña mala. Supongo que se había hartado de bailar.

– Este año no me has hecho nada de caso… – me dijo.
– Ni tú a mí.

Me fijé que Huracán se había cambiado de ropa. Llevaba puesto algo más recatado, con menos escote, pero más cómodo a la hora de bailar como una posesa, aunque estaba igualmente preciosa. Me cogió de la mano y me sacó de la cocina, hasta un rincón apartado del comedor, interrumpiendo el monólogo con Bob el silencioso.

Mientras la mayoría seguía celebrando el año nuevo en la sala de fumadores, Huracán y yo nos dedicamos un ratito a nosotros. Digamos que ahí empezó la fiesta de verdad esa noche. Hablamos, nos reímos… un momento muy íntimo. Y se me pasó el tiempo volando.

– Huracán… ¿Tú quieres tener hijos? – Le pregunté mirándola a los ojos. Desde que hablé sobre este tema una noche por el chat con una conocida bloguera me asaltaba la duda. Es un tema importante pero complicado de abordar.
– No sé… Supongo que sí. Pero todavía no me lo he planteado… ¿Y tú?
– Quiero tener un pequeño Sr K en pequeñito… ya sabes, para enseñarle todo lo que no tiene que hacer con las mujeres… y, si puedo, quiero tener también una pequeñaja que sea tan guapa como su madre… para que me saque los cuartos.
– Ja ja, como eres…
– No, de verdad. Soy un blando… y si la niña me mira, me hace un puchero y me pide dinero, lo más seguro es que se lo de…

Lo que parecía un ronquido de un brontosaurio constipado rompió el momento de las confidencias. Lleno de curiosidad dejé a Huracán y me acerqué a la zona de la chimenea. Alguien había apagado la música y sólo quedaba Almanzor, tirado en el sofá, roncando a pierna suelta. Unos rescoldos al rojo eran lo único que quedaba del fuego en hogar, y la única iluminación que había eran las luces de navidad colgadas de la pared, que aumentaban y disminuían la intensidad de la luz periódicamente. Almanzor abrió un ojo.

– ¿Qué haces aquí solo? – Le pregunté.
– Los demás se han ido a la cama… yo me he quedado aquí un rato, a meditar…
– Pues estás meditando muy profundamente… vamos, que los ronquidos se escuchan en el comedor… ¿Por qué no te vas a la cama? Estarás más cómodo… y meditas hasta mañana.
– Tienes razón… – Se levantó del sofá – ¿Tú te quedas?
– Sí… nos quedamos un rato más…
– Ah, ya… buenas noches. Mañana nos vemos…

Y se marchó. Eché un par de troncos a la chimenea, y le di con el fuelle un poco, para reavivar el fuego. En realidad en la casa no hacía frío, la calefacción funcionaba estupendamente, pero se trataba de darle un poco de ambiente a la escena. Y fui por Huracán al comedor. En el sofá, frente a la chimenea, estaríamos más cómodos.

Huracán tenía algo de hambre, y me pidió que le cortara un poco de jamón y de lomo. Eran casi las seis de la mañana, así que el hambre era comprensible. Aunque yo estaba todavía repleto, después de tantos días comiendo sin parar. Preparé un platito de jamón, con los últimos restos del lomo, y unos trozos de pan. Y un par de vasos con hielo y ron, para pasar la comida mejor. Y nos acomodamos cerca de la chimenea reavivada.

Yo la miraba comer en silencio, dando breves sorbos al ron. Al final era verdad que tenía hambre… cuando terminó dejó el plato en la mesilla, encima de los restos de la Queimada y le dio un sorbo a su copa. También la dejó sobre la mesilla, haciendo lo mismo con la mía. Se puso a horcajadas sobre mí y me dijo:

– Hazme el amor…

¿Cómo negarme?

Fuera debía de hacer un frío de mil demonios y faltaban apenas un par de horas para que amaneciera. El fuego chisporroteaba en la chimenea con su danza hipnótica. Tenía a una preciosa mujer sobre mí comiéndome a besos y todo parecía indicar que la cosa iría mejorando con los minutos…

¿Acaso hay una forma más afortunada de empezar un año?

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La Real Academia de la Lengua Española define un Reencuentro como “Acción y efecto de reencontrar”. O volver a encontrar… si me permitís el juego de palabras. Y el encuentro es, también bajo la misma fuente, “Dicho de dos o más personas o cosas: Hallarse y concurrir juntas a un mismo lugar.”

Y eso fue, más o menos, lo que no hicimos Huracán y yo el viernes.

Dicen que el 28 de diciembre es el día de los santos inocentes. Es una fecha en la que, tradicionalmente, se gastan bromas al personal. Y precisamente a broma me sonó lo que Huracán me dijo por la mañana… que no venía. No porque no quisiera, sino porque no había encontrado billete hasta el día siguiente. Y eso trastocaba mis planes. Mis planes de verla… claro.

Al final no consintió que me quedara a esperarla por la mañana. Y eso que insistí (y los que me conocen saben que puedo llegar a insistir mucho). Apenas llegaría a tiempo para entrar a trabajar y no podríamos vernos demasiado. Y tenía razón al decir que sería tontería que me quedara en casa esperándola mientras nuestros amigos estaban en la casa rural que teníamos alquilada esperando la llegado del último día del año. Sobre todo teniendo en cuenta todo el tiempo que llevábamos planeándolo. Y ante semejantes argumentos no me pude negar, a pesar de las muchas ganas que tenía de verla.

Así que me fui el mismo viernes por la tarde, con mi amigo Almanzor y un jamón de seis kilos, y otros tantos de carne de la mejor calidad en el maletero, camino de una casa rural perdida de la mano de Dios. A un pueblo del que nunca había oído hablar y del que sólo tenía una idea de cómo era por las fotos por satélite del Google Maps. Con todo, llegamos perfectamente y dio comienzo a una fiesta de fin de año de cuatro días.

Pasaron las siguientes dos noches casi sin darme cuenta, entre buenas charlas, grandes comilonas y algún que otro paseo por el campo, como era de prever estando rodeado de tan buenos amigos. Cabe destacar la mañana en la que la dueña de la casa nos trajo un conejo vivo para que lo viéramos (como si fuéramos de algún lugar lejano donde no hay conejos vivos). También destacaría “los cuernos” que le puse a Huracán con una chica preciosa de enormes ojos azules. La chica en cuestión, hija de unos amigos, tiene nueve meses y nos pegábamos entre todos por tenerla en brazos o hacerla cucamonas.

Y llegó el gran día. Por fin. El último día del año y el de la tan ansiada reconciliación. Mi idea era irme poco después de la comida, una vez hubiera descansado lo suficiente, y hacer el camino de día, ya que no me gusta conducir de noche. Además, había buenas noticias desde el Hospital… Huracán se había arreglado con una compañera y podría salir a las ocho y media, lo que nos daba un buen margen de maniobra.

Antes de continuar, permitidme un pequeño inciso. Lentillas este año no estaba con nosotros. Ella había optado por celebrar el fin de año en casa, con su familia y, aunque había prometido pasarse por la casa rural un día a hacernos una visita, algún hecho inesperado se lo impidió. Posiblemente el que estuviera Ironmán con los Ironkids en su casa pasando el fin de semana pudo ser determinante. Pero no creo que fuera la única razón.

Dado que Lentillas es una de esa personas especiales a las que siempre gusta ver, y porque de camino del Hospital pasaría por la puerta de su casa, la llamé poco antes de salir… por si quería que me pasara a saludar y a felicitarle el año en directo. Y, la verdad, me quedé un poco preocupado, porque parecía tristona. Le dije que no me costaría nada y tampoco pretendía quedarme mucho rato. El tiempo justo par darle un beso y poco más. Pero insistió en que era mejor que no fuera. Incluso dijo que “No le venía bien”. Se despidió con un “ya te contaré” que no me ayudó a dejarme tranquilo precisamente.

Pensando en estas cosas pasé las dos siguientes horas de conducción, ya que no había nada que escuchar en la radio, excepto estática, dado que el CD del coche no funciona. Tardé un poco más porque hice exactamente el mismo camino que haría a la vuelta, fijándome en todos los puntos de referencia posibles. Nada podía estropear la noche, y menos el que me perdiera. Incluso llevaba en la guantera dos vasos con 12 uvas cada uno por si ocurría algo y nos las teníamos que tomar bajo el cielo estrellado en alguna cuneta perdida, y con los 12 pitidos del móvil en lugar de las 12 campanadas.

Tras pasar un rato por casa para ver a mis padres y a uno de mis hermanos (que ya estaba por allí) y rechazar unas cuantas veces unas galletas con cabello de ángel que había hecho mi madre para mis amigos (ya había suficiente comida en la casa como para alimentar un pequeño estado), salí zumbando dirección al Hospital. Al final tanta prisa no fue necesaria, porque Huracán se retrasó un poco.

Decir que estaba preciosa sería faltar gravemente a la verdad. Quizá podría afirmar que era la cosa más bonita que había visto nunca, si no fuera porque el haber estado tanto tiempo separados nublaba mi mente. Y así se lo dije, después de besarla casi con la pasión propia de un preso recién salido del presidio. Una condena corta, vale, pero una condena es una condena.

La hora y media que pasamos en el coche se esfumó rápidamente. Y aunque nos echamos unas buenas risas y la conversación era muy animada, estaba concentrado en la conducción y admito que corrí un poco más de lo que suelo hacerlo. Principalmente porque ya conocía el trayecto y porque no quería hacer esperar a mis amigos. Y también porque parecía que en el mundo sólo estábamos nosotros dos, y un cielo cada vez más estrellado, a medida que nos alejábamos de la civilización. Casi no nos cruzamos con nadie en todo el trayecto.

Y llegamos de nuevo a la casa Rural… pero eso es algo que contaré con todo lujo de detalles mañana.

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