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Un barquero de Phewa Tal

Un barquero de Phewa Tal

Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva.

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Viajero 1 – turista 0.

Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). Ni siquiera las vistas desde lo alto eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.

La Pagoda de la Paz mundial

La Pagoda de la Paz mundial

Viajero 1 – turista 1.

En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir.

La cascada del Diablo

La cascada del Diablo

Viajero 2 – turista 1.

Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. Otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas.

El pozo de los deseos

El pozo de los deseos

Viajero 2 – turista 2.

Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí.

Un templo tibetano

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Viajero 3 – turista 2.

De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Viajero 4 – turista 2.

Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo.

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Viajero 5 – turista 2.

El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano.

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida.

En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakedide, bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando).

Viajero 6 – turista 2.

Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. Recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.

Especias y colorantes

Especias y colorantes

Viajero 6 – turista 3.

Al día siguiente nos levantamos tarde y desayunamos unos cruasanes rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado.

Cualquier momento es bueno para ver la caja del dia

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Viajero 6 – turista 4.

Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo. La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Lentillas una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos).

Pedazo costillar de Cerdo

Pedazo costillar de Cerdo

Viajero 6 – turista 5.

Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemete vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.

Viajero 6 – turista 6.

Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.

Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.

El Machhapuchhare en un espectacular atardecer

Un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. El vídeo corresponde a parte del trayecto hasta el mercado nuevo. Lo he puesto por varios motivos: porque se ven las calles muy bien (hasta una vaca comiendo basura), porque se oye la música que lo invadía todo y porque se aprecia otro detalle muy Nepalí… el fajo de dinero en la mano. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).

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Siguiendo con la anterior entrega, Nepal (1) – Katmandú, continuo con las aventuras en Nepal.

Que necesitábamos un guía fue algo que se demostró muy temprano por la mañana. Madah apareció en el hotel puntual y nos arrastró a dos minúsculos taxis (del tamaño de un R5 de los de antes) donde nos acercaríamos a la estación de autobuses. En los taxis viajaríamos, además de nosotros cuatro, los dos serpas y el guía, los dos conductores y las diez mochilas… una prueba digna del “Qué apostamos”. Conseguimos superar la prueba, aunque no sin esfuerzo. Y casi sin darnos cuenta estábamos otra vez inmersos en la vorágine caótica del tráfico mañanero. Eran las seis y media de la mañana.

En nuestro deambular del día anterior habíamos visitado Thamel con sus tiendas de artesanía y las calles situadas al sur entre Thamel y la plaza Durbar. Y las calles situadas todavía más al sur de la propia plaza Durbar hasta una carretera más gorda y llena de coches que no nos atrevimos a cruzar. Aún así, y aunque creíamos lo contrario, apenas habíamos salido de la parte de Katmandú más benigna para el turista. Lo que contemplamos desde las ventanillas del taxi era aún más típico y pintoresco.

No hay dinero para zapatos, pero si para un móvil

No hay dinero para zapatos, pero sí para un móvil

Esa parte de la ciudad era más sucia y maloliente que lo que habíamos visto. El barro producto de la lluvia torrencial de la noche no ayudaba demasiado a mejorar el aspecto general de las calles. Los montones de basura tampoco, aunque lo de las vacas o los perros comiendo de ellos ponían una guinda pintoresca a la estampa. Aún así, la gente parecía ignorar todo aquello y preparaban sus chiringuitos ambulantes de comida, los puestos de venta de carne o disponía los montones de ropa occidental en sábanas en el suelo. Los niños de uniforme se dirigían al colegio y se veía a más de un serpa con su pesado fardo a la espalda. Podíamos decir que Katmandú se preparaba para el ajetreo de un día normal.

En un determinado momento los taxis se detuvieron en una cuneta y nos bajamos. Habíamos llegado a la estación de autobuses. La única diferencia entre la estación de autobuses y los montones de basura que habíamos dejado atrás era que, nuestro montón de basura, también tenía tres furgonetas aparcadas y muchas personas apelotonadas a su alrededor. Ese sería nuestro transporte hasta Besi Sahar, por así decirlo.

Dicen que donde viajan 15 entran perfectamente 25, apretujándose todos un poco. Si además viaja alguien en el techo de la furgoneta, ese dicho es aún más cierto. En nuestro caso ese que viajaba en el techo era un niño, el cual supongo que se agarraba a nuestras mochilas. Aquello nos hizo gracia… lo del niño en el techo, lo de ir apretujados… incluso la música del radiocasete. Pero la gracia duró una media hora, más o menos. El resto del viaje, las siguientes seis horas, fueron muy duras: envidiamos a la clase turista de los aviones… al menos ellos tienen más espacio.

Nuestro bus

Nuestro bus

Las carreteras en Nepal no están muy bien. De hecho, las dos que tienen, están fatal. Y de las dos que hay (que lo mismo son tres), nosotros cogimos la más transitada: la que va desde Katmandú a Pokhara. Esta carretera discurre por una serie de profundos valles y sus correspondientes ríos de aguas turbulentas, colinas repletas de bancales de arroz y pequeñas poblaciones agrícolas. En un alarde de originalidad, la denominan “Prithvi Highway”, demostrando que no tienen muy claro lo que es una autopista. Pero desde luego que el viaje por esta autopista es muy interesante… entre otras cosas (pero no fundamentalmente) porque las vistas que se disfrutan de los valles son impresionantes. Los ríos se meten en el fondo de profundos barrancos… barrancos junto a los que discurre la carretera, estrecha y bacheada, muchos metros más arriba. En ocasiones hay puentes de hierro (en apariencia sólidos) que atraviesan esos barrancos y se cambian de margen del río. La palabra “barranco” cobra una importancia capital, sobre todo teniendo en cuenta que los conductores de camiones, de furgonetas repletas hasta el techo de viajeros o los propios autobuses, motocicletas o coches particulares tienden a circular con los mismo hábitos que apreciamos en Katmandú… esto es, a toda velocidad y por donde les da la gana. De hecho lo que hace realmente interesante la Prithvi Highway es que no sabes en qué momento te va a sorprender la muerte. Me explico:

El transporte tipico

El transporte típico

Imaginemos que delante de nuestro vehículo (recordad, una furgoneta cargada hasta los topes) hay un camión enorme subiendo como puede por la empinada carretera. A lo mejor va dos kilómetros por hora más despacio. Es inaceptable y el conductor de la furgoneta (en la que vamos) decide adelantar. Para ello invade el carril contrario mientras le da al claxon como si en ello le fuera la vida. En realidad en ello le va la vida, porque en el carril contrario seguramente vendrá un vehículo, y al escuchar esos pitidos lo más seguro es que ande alerta. El sistema funciona… porque prueba de ello es que estoy aquí. Pero acojona un huevo.

Cualquier lugar es bueno para vender manzanas

Cualquier lugar es bueno para vender manzanas

A veces un camión se estropea en mitad de una cuesta y la marcha se para. Y en ese momento aparecen de la nada decenas de vendedores ambulantes: bananas, manzanas, botellas de agua (con o sin precinto), bolsas de patatas fritas o scnacks locales (muy picantes)… cualquier cosa es ofrecida por las ventanillas. Y, misteriosamente, en el momento en que la marcha se reanuda, desaparecen sin dejar rastro…

Otra curiosidad de las carreteras Nepalesas es la decoración de sus vehículos. Los camiones llevan cintas de colores atadas a los radiadores o las ruedas, a veces hasta el punto de que es difícil ver por el parabrisas; o pinturas de lo más variopintas adornando la caja, encima de los faros algunos llevan pintados unos ojos, o lemas como “Speed limit” en los parachoques. Ver una caravana de camiones circulando por la carretera recuerda al circo cuando llega a la ciudad. Y como el claxon es tan importante para ellos (su vida depende de ello), lo personalizan con sus propias melodías, por lo que estar en un atasco es como un día de feria… en cada momento uno espera escuchar cosas como “Que alegría, que alboroto… otro perrito piloto”.

Para que luego digan del transporte público de España

Para que luego digan del transporte público de España

Después de una parada para estirar las piernas, llegamos a Dumre, una encrucijada de caminos y un crisol de culturas del que ya hablaré más adelante, giramos a la derecha y nos encaminamos hacia Besi Sahar, lugar donde alquilaríamos un Jeep para intentar acercarnos la máximo posible al lugar teórico de inicio de la ruta. Besi Sahar estaba repleta de turistas, grupos y más grupos de montañeros esperando para lo mismo que nosostros… un transporte. Chewan, nuestro guía, estuvo vivo y nos consiguió plazas de lujo en un destartalado Jeep… de lujo por ser al lado del conductor (y poder dejar constancia gráfica del viaje), pero donde se botaba igual o más que en el resto del vehículo. Esos últimos 9 kilómetros fueron la mar de divertidos.

El Jeep nos llevó hasta un pequeño pueblecito llamado Bhulbhule, colgado sobre el río Marsyangdi Nadi, el que sería nuestro inseparable compañero de viaje durante los próximos días, y al que se llegaba pasando por un espectacular puente colgante. Allí pasaríamos la primera noche en un lodge.

El puente colgante de Bhulbhule

El puente colgante de Bhulbhule

Antes de acostarme, mantuve una charla con Lentillas. La verdad es que aunque el día había sido excitante, había algo que me rondaba en la cabeza, y tenía cierto regusto amargo. La intención para después del trekking era ver el país por nuestra cuenta… pero si las estaciones de autobuses eran como las habíamos visto, y era la única posibilidad para moverse por Nepal, estando cargados con dos enormes petates por cabeza como estábamos… las probabilidades de que saliera bien eran más bien remotas. Casi me estaba inclinando por dejarnos llevar por la agencia de Madah a hacer un tour por la selva… como un vulgar turista. De todas maneras decidimos retrasar la decisión hasta el último momento.

Una araña grande como puño

Una araña grande como puño

Debería contaros algo acerca de las arañas grandes como puños y peludas como cosas que sean peludas que había un poco por todas partes… pero sólo acordarme de ellas me da repelús. Así que no os diré nada.

Próxima entrega: Nepal (3) – Trekking.

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Continúo la historia del esquí…

Después de hablar con los monitores, esta vez el tartaja no abrió la boca, con lo que la cosa fue rápida. El autocar estaba en Huesca y no se sabía cuanto tiempo podría tardar… si es que llegaba. Así que decidimos acostarnos para dormir lo máximo posible…

Lo máximo posible fue hasta las cinco y media de la mañana, hora exacta en la que un ser sin corazón (y con las nociones básicas de educación de un chimpancé meningítico) dio la luz de la habitación, mientras hablaba a grandes voces son sus otros tres compinches. Eran nuestros compañeros de habitación, claro. Por lo visto el autobús se había roto antes incluso de empezar el viaje y no pudieron conseguir otro hasta las 10 de la noche. El conductor, adicto a la nicotina, paraba cada dos por tres (seis) para echar un pitillo, y, al llegar a la zona del albergue, el hielo y un coche atravesado, terminaron por retrasar el viaje hasta esa hora… nada envidiable, la verdad.

Apenas dio tiempo a dormir otro poco más, porque a las siete y media de la mañana empezó la habitual cantinela de despertadores y soniquetes electrónicos que se pone la gente en el móvil para despertarse. Como esta escena se estaba repitiendo en todas las demás habitaciones de las tres plantas, a lo que había que sumar ciento cincuenta pies haciendo crujir la madera del suelo, veinticuatro cisternas por minuto atronando y las gargantas de más de setenta personas susurrando en el edifico, es de suponer que intentar apurar hasta las ocho menos cinco de la mañana (como era mi plan) iba a ser toda una quimera imposible de cumplir…

El desayuno fue descorazonador. Un paquete de (4) galletas de hospital (también vistas anteriormente en vuelos de Iberia, cuando no había que pagar por desayunar), una tarrina de mantequilla, otra de mermelada (de mora), un azucarillo, un vaso de café, un puñado de cereales (literal), y una rebanada de pan del día anterior (siendo optimista). Traducido en unidades de energía, podríamos decir que la energía necesaria para ponerse las botas de esquiar y parpadear dos veces…

Pero esquiar el sábado fue imposible. Tras llegar a Panticosa, pueblo y estación de esquí a la misma vez, vientos en rachas de más de 80 kilómetros por hora no dejaron lugar a dudas: los tele-arrastres y tele-sillas no se moverían en todo el día. Nos ofrecieron la oportunidad de cambiar la estación de referencia de Panticosa (cerrada) a Formigal (abierta) pero, como nos lo pusieron tan feo, en la votación salió venciendo por estrecho margen de 4 votos la opción de pasar el día en Jaca. Bonito día de turismo que, entre otras cosas, dio para interactuar con alguna guapa esquiadora… aunque la presencia de Morena era enigmática (¿De cual de los dos es novia?, se preguntarían)

El tener coche nos dio libertad para ir a nuestra bola… y cuando quisimos, nos marchamos al albergue, a descansar. Unos minutos de sueño… hasta que el gilipollas de la semana (el meningítico ¿Recordáis?) volvió a entrar en la habitaciones dando grandes voces… supongo que ver a alguien metido en un saco de dormir, no quiere decir necesariamente que esté durmiendo. Y el que, además, tuviera los ojos cerrados y roncara levemente, no eran pistas concluyentes…

La cena del sábado, en pleno horario europeo, fue a las 8 y cuarto de la tarde. A pesar de haber comido muy bien, me encontraba de los primeros en la cola que se formó delante de la puerta del comedor. Viendo como había sido el desayuno, enterarse de las malas noticias, cuanto antes, mejor… Me hice con una bandeja, le puse el mantelito de papel y cogí los cubiertos. Había un olor como a guiso en el ambiente, no demasiado desagradable, lo que podía dar una pista de lo que sería la cena. La cocinera al más puero estilo carcelarios plantó en mi plato un cazo de alguna clase de líquido translúcido en el que parecían flotar granos de algo y que, a modo de isla, tenía un trozo de carne increíblemente marrón en el centro… “¿Quieres más?”, y más que una pregunta pareció una amenaza… casi ni me atreví a decirle que sí. Completaba la comida un plato con tres salchichas del mismo color marrón que la carne, y una bolsita de Ketchup, una naranja y un plátano.

Me lo comí todo.

Estuvimos de cañas hasta las 12 de la noche (más o menos) en el bar del pueblo (había otro, pero parecía estar un poco muerto). A esa hora yo ya no era persona, animal o cosa y me metí en el saco, donde perdí el conocimiento prácticamente al instante… y lo volví a recuperar instantes después, porque la fiesta (en contra de toda lógica) no se terminó cuando me marché, sino que continuó por largo rato… no me enteré de cuando me dormí de nuevo, pero sí de cuando desperté, sobresaltado, cuando de nuevo, el enemigo público número uno entró en la habitación. A la meningitis crónica que ese ser de las cavernas sufría (y por la que debemos tenerle un poco de pena) había que añadir un descomunal pedo de sustancias legales e ilegales. Y así se lo contó a cuantos quisieron escucharlo, que a juzgar por el volumen, debieron de ser todos los del albergue. Creo que ningún juez del mundo me habría condenado de haber hecho lo que en esos momentos cruzó mi mente…

El desayuno del domingo fue una repetición del día anterior, con la salvedad de que, en esta ocasión, no conseguí pan a la primera intentona… es que lo de no dormir, como que no ayuda al tema de los reflejos). Lo que si difirió con respecto al día anterior fue que sí que esquiamos. En lugar de perder el tiempo en Panticosa (donde seguro que habían cerrado por el mal tiempo) fuimos directamente a Formigal (donde no habían cerrado por el mal tiempo, aunque el mal tiempo era incluso peor que en Panticosa). Llegamos a lo alto de la estación, a unos 1800 metros de altura, en pleno temporal de nieve. El cielo blanco, la montaña blanca y la niebla blanca, nos hacían creer que estábamos en mitad de un anuncio de Colon Ultra. O que éramos personajes de cómic en una viñeta sin terminar. O un grupo de idiotas que no saben lo que es un nosepuede por respuesta…

Mi intención no era esquiar. Más bien era quedarme en la cafetería de la estación y mirar lánguidamente por la ventana a la espera de que mejorara un poco el tiempo o, en su defecto, que nos marcháramos a lugares más cálidos, donde una cocacola no supusiese el sueldo de un mes… pero lamentablemente, cuando llegamos, los monitores ya habían comprado los remontes, alquilado el material y contratado los cursillos para los que dijimos que sí en su día… ya no me quedaba otra que esquiar… actividad que era el fin de todo aquello.

Una vez que me hice con los esquís, botas y bastones (una vez significa hora y media después), me dediqué hasta la hora de comienzo del cursillo (básico) a deslizarme por una pendiente que de pendiente tenía sólo el nombre. Lo malo era que no llegaba a ningún lado y, una vez terminaba la pendiente, había que quitarse los esquís y volver caminando cuesta arriba. A la tercera vez ya estaba literalmente hasta los cojones de la cuestecita, del esquí y de las botas.

El curso de dos horas de los fundamentos del esquí (diferencias entre cuesta arriba y cuesta abajo… qué hacer para frenar… La nieve… ¿Está más dura de los que parece?) El surso nos lo impartió una maña muy maja y, sobre todo, paciente. Digo paciente porque no desesperó al tratar de enseñarme a hacer la famosa cuña y, obviamente, no conseguirlo. Descubrí que soy incapaz de doblar dos partes de mí mismo a la vez, lo que me hace negado para la práctica del esquí… y hacer ese descubrimiento a 1800 metros de altura, con unos esquís en los pies y deslizándome hacia una empinadísima cuesta de nivel verde, no le hace a uno sentirse precisamente bien…

No es extraño que terminara con el cuerpo molido. Esquié con partes de mi cuerpo no aptas para ese fin (cara y culo, por poner algún ejemplo). Me caí de todas las maneras posibles que hay de caerse (creo que inventé algunas nuevas) y choqué contra todo lo que es chocable (y que te permita seguir vivo, claro). Atropellé a algún compañero que otro, tiré a algún desconocido al suelo y, en general, provoque tantos accidentes que pensaron en ponerme en las pólizas de seguro como una más de las causas de siniestros… y sólo la gran suerte que tengo evitó heridos graves. Eso por no hablar de mis peripecias con el tele-arrastre maldito…

No hay que olvidar que había un temporal de viento y nieve, que hacía que no se viera más allá de 15 metros. Y que, entre la niebla y los copos de nieve que chocaban con violencia contra la cara, hacían muy difícil ver algo más que los esquís de uno mismo y algún que otro cuerpo pasar cerca fugazmente.

Desistí poco después de terminar el curso. Entre otras cosas por un persistente dolorcillo en la rodilla derecha y, que todo hay que decirlo, porque me entró un gran desánimo al ver mi total inutilidad. Y porque el viento estaba empezando a ser algo así como vendaval…

La vuelta fue muy larga. Hay algo que no llego a entender de la gente. Te dicen que hay un temporal de nieve y que no se espera que amaine. Pero aún así la peña se sube a 1800 metros de altitud sin unas malditas cadenas. Y pasa lo que tiene que pasar… coches cruzados en la carretera, alcances, caravanas y grandes retenciones. Más de tres horas para hacer los 29 kilómetros que nos separaban de Jaca… para estar todavía a 5 horas de casa… una pasada.

Yo llegué casi a las 2 de la mañana a casa… la gente del autobús creo que siguen todavía de camino…

No aprendí a esquiar ni lo más mínimo. Pero lo volveré a intentar… seguramente.

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Yo soy montañero. Y lo digo sin ánimo de ofender a los montañeros. Pero hay una serie de actividades montañeras que no consigo seguir… y eso que pongo voluntad. Esta es la historia de cómo intenté aprender a esquiar una vez en Jaca. Los personajes: Un servidor, mi amigo Rico y Morena. Morena es la que cortó con el novio en Tailandia y que ahora está embarazada de ese mismo novio… por fin tiene mote (creo que, después de aparecer tres veces ya en la historia se lo merece).

A mí me gusta organizarme los viajes. No soy dado a agencias o a paquetes turísticos. Me gusta buscarme el alojamiento, regatear el precio de las actividades y, todo hay que decirlo, estar en todos los fregados. Llevo años así y no se me da mal del todo. Y a más experiencia mejores resultados. Pero esta vez me convencieron para ir a esquiar a Jaca, con un grupo organizado de una asociación juvenil. No estaba muy convencido, pero en fin. Eso sí, hasta asistí a la reunión que hicieron para explicar todos los detalles del viaje… donde conocí a uno de los monitores, tartaja para más señas (lo que alargó la reunión un poco)

Al final llegó el día del viaje pero, en lugar de ir en autobús, como estaba planeado (o lo habían planeado los organizadores del viaje organizado) decidimos ir en coche. Bueno, decidió Rico, por ese problemilla que tiene de claustrofobia y miedo irracional a todo vehículo que no conduzca él. Llevarnos el coche, a pesar de tener pagado el autobús y de que siempre es más descansado que te lleven a conducir, fue una medida que, a la postre, supuso la mejor decisión de todo el fin de semana. Así que empezamos el viaje con buen talante (algo que estaba muy de moda por aquel entonces), risas y demás. Incluso no nos importó, por que Rico se dejó el móvil en un cajero, comernos dos veces el atasco de salida de la ciudad. Pero había tiempo…

Paramos muchas veces (tomar algo, pipí, gasolina, cenar en Huesca capital), e incluso tuvimos alguna que otra aventurilla en una carretera junto a un desfiladero, existiendo otra mucho mejor, más nueva, y con menos hielo… pero el GPS, en su infinita sabiduría, nos metió esa carretera, que incluso los lugareños tenían olvidada, en mitad de una intensa nevada. Fue necesario ir practicando el maravilloso arte de poner las cadenas (casi tres cuartos de hora bajo la nevada), conducir derrapando y, sobre todo, ignorar al GPS asesino que insistía una y otra vez que giráramos a la derecha… precipicio abajo. En fin, que entre unas cosas y otras llegamos al albergue casi a las dos de la mañana.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz iluminaba las viejas ventanas de la casa de cuatro pisos de ladrillo y la nieve del patio estaba virgen, lo que demostraba que ningún ser vivo había pasado por allí en horas… quizá días. Como el más valiente de la expedición (el único con linterna), me aventuré a la puerta… que estaba abierta y, en un papel escrito a boli ponía: “El albergue está abierto. Las habitaciones del grupo de Esquí, de la 9 en adelante”. Eso podría haberlo escrito el dueño del albergue, o cualquier psicópata aburrido… así que entré…

La escena del albergue era la viva imagen de la Típica Película De Adolescentes Que Mueren Uno A Uno En Cuanto Se Quedan Solos A Manos De Un Psicópata Y La Chica Grita Mucho Y Hay Sustos Cada Dos Minutos Y Una Mecedora Se Balancea Sola En Una Sala Polvorienta. Eso de abrir la puerta chirriante de una mansión del siglo XIX y dar pasos dubitativos en la oscuridad por un suelo de madera que cruje, no es apto para todos los corazones. Casi se esperaba ver el típico relámpago por las ventanas, y la palabra “Muere” pintada con sangre en las paredes… total que, mochila al hombro y linterna en frente (luz había, pero ya se sabe lo que pasa en las películas de terror y siempre viene bien tener a mi fiel frontal cerca), subimos las crujientes escaleras de madera buscando la habitación 9, la nuestra, situada en la tercera planta. Todo estaba tranquilo y no había ni un alma en todo el edificio.

La habitación era del tipo normal para una habitación de albergue. Por mobiliario tenía poco más que varias hileras de literas con cubrecamas y almohadas de dudosa higiene. Una, incluso, nos deseó las buenas noches al pasar a su lado. Pero ningún lujo (como por ejemplo una percha) ni ningún objeto decorativo. Nos repartimos como buenamente pudimos y nos dispusimos a esperar el autocar, deseando que la cosa no se alargara demasiado. Exploramos la casa, por si alguna habitación fuera más lujosa, pero casi todas las puertas estaban cerradas y, en fin, tampoco es que Rico o yo fuéramos tan valientes. Por fin, a las tres de la mañana aparecieron los organizadores del viaje con sus respectivas. Ellos también venían en coche y, al igual que nosotros, habían tenido algún que otro problemilla para llegar por el hielo. Según nos dijeron, el autocar todavía estaba en Huesca capital y se retrasaría en llegar mucho tiempo. Como en cualquier caso el desayuno era a las 8 de la mañana (esquiar siempre se esquía temprano) decidimos meternos en los sacos (sin tocar la colcha o la almohada) e intentar dormir lo máximo posible…

Mañana sigo…

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Han pasado cuatro días desde que el policía reapareció en nuestras vidas. Cuatro largos y angustiosos días. Y el consejo más generalizado hasta el momento por parte de todo el mundo es que le de espacio y tiempo. Todo el mundo menos un amigo un poco burro, que me ha aconsejado que le de, y cito textualmente, “cuatro pollazos bien dados”. Claro que esa es la solución que tiene para todo.

No nos veíamos desde el domingo por la noche cuando la dejé en su casa tristona, y tristona me la he encontrado esta mañana (aunque quizá un poco menos). He ido a recogerla para llevarla a la Estación de Autobuses. Digamos que Huracán ha decidido llevar al extremo los conceptos Tiempo y Espacio. Tiempo, al menos hasta el sábado. Y espacio… unos 400 kilómetros de tierra entre nosotros.

A ver, que lo entiendo. Ella aquí no tiene grandes amigas, sólo compañeras del hospital y alguna vecina, y en su tierra está su amiga del alma. Y está su madre. Y es mejor que estar sola. Y supongo que tiene que soltar todo lo que lleva dentro… y yo no creo que pueda ser de gran ayuda. En realidad no creo que un tío sea de gran ayuda en estas circunstancias, porque (y tomando prestada la teoría de Pat sobre los compartimentos estancos), para nosotros cada cosa tiene su lugar y es complicado que algo afecte al conjunto. Por ejemplo, cuando vi a Lentillas con Ironmán la primera vez juntos, me afectó, pero era capaz de hacer bromas o, incluso, me fui con Huracán a la playa de Suances a bañarnos en ropa interior y disfrutar con ello. Lo que no quita que, en momentos de soledad o en algún tiempo muerto por ahí, abriera el cajón de Lentillas y me sintiera fatal. Es el ejemplo más parecido que conozco de remover el pasado…

Me llamó anoche y me contó que había cambiado unos días con una compañera (a la que hizo el turno de noche la semana pasada) para bajarse a su tierra. Quería alejarse un poco de aquí y hablar con su amiga del alma y con su madre. A mí, la idea de que hable con su madre, me parece muy buena. Por lo que me ha contado Huracán, es una mujer tradicional, de las de misa los domingos… así que es una buena aliada. Porque yo soy un novio muy tradicional (no de misa los domingos, ni ningún otro día), a la vieja usanza (una especie de Alfredo Landa del siglo XXI).

Así que esta mañana madrugué un poco y la fui a recoger a su casa, con la intención de llevarla a la estación de autobuses. Y ahí estaba ella, con su maleta, su abrigo gris y tan guapa como siempre, esperándome en la puerta de su casa. Le dije que estaba preciosa, le di un beso, y metí la maleta en el maletero (¿Dónde si no?). Había algo más de tráfico de lo normal, pero llegamos a tiempo. Y en el trayecto me volvió a decir que necesitaba estar en casa, ver a su sobrina, a su amiga y retirarse unos días de aquí.

– Me parece bien.- Dije, aunque en realidad no me lo parecía, pero no creo que si se lo dijera anulase los billetes para quedarse. – Cuando vuelvas te estaré esperando.

Hice una pausa para ordenar mis pensamientos y no dejarme nada en el tintero. Todavía rondaban por mi cabeza las palabras que me dejó Isabela en un comentario ayer, y era eso, más o menos, lo que quería decirle (Isabela, ya hablaremos de derechos de autor más adelante, aunque espero que sirva un gracias así de grande):

– Huracán, yo tengo muy claros mis sentimientos hacia ti. Eres lo mejor que me ha pasado nunca y, desde luego, no quiero perderte. Ignoro qué clase de terremoto ha provocado el Policía en tu cabeza, ni qué sentimientos ha desempolvado. Pero creo que te estás planteando muchas cosas… entre ellas nuestra relación. No sé a qué conclusión llegarás, si es que el estar en tu casa, con lo tuyos, te ayuda a llegar a alguna, pero, sea cual sea, la aceptaré.
– Gracias, Sr K.
– ¿He dicho ya que te quiero? – Lo sé. Un chiste rompe el climax de la escena y casi tira por tierra el argumento que defendía… pero de alguna manera tenía que deshacerme del nudo que tenía en la garganta y nunca dije que trabajara bien bajo presión. De todas maneras le hizo gracia y conseguí arrancarle una sonrisa.
– Yo también a ti.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que la despido en la estación de autobuses. Creo que nos van a poner una dársena a nuestro nombre, de segur a este ritmo. Por supuesto, no me marché hasta que el autobús desapareció por la rampa y dejé de verla asomada a la ventanilla.

Huracán me va a dejar.

Eso, o he despedido a la madre de mis hijos.

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A veces parece que el guionista que mueve los hilos de mi historia sea un poco melodramático y bastante clásico. Seguramente, cuando decidió que ayer debía de tocar una especie de capítulo de despedida, echó mano al manual del buen guionista y bajo la D de Despedidas leyó… cielo encapotado, día lluvioso, música romántica. Y se puso a escribir…

Efectivamente el cielo estaba nublado y llovía. Llovía lánguidamente, si es que la lluvia puede ser lánguida. Las primeras notas de la canción “Eternal Flame” sonaba en la radio, como si quisiera acompañar el momento, y yo pensaba en qué decir y qué hacer a continuación, mientras el limpiaparabrisas se movía rítmicamente de un lado para otro. Los tenía conectados para no perderme el momento en que Huracán saliera del hospital, porque cada segundo que estuviéramos juntos sería precioso. No, no es que me haya vuelto un romántico empedernido… es que Huracán cogería un autobús en apenas cincuenta minutos…y ese será todo el tiempo que estaremos juntos hasta final de año.

Estas son fechas para estar en familia. O eso es lo que dicen. Huracán ha estado trabajando duro en el turno de noche para poder tener toda la semana de vacaciones en su casa… con los suyos. Así que se me marcha a celebrar las fiestas en familia. Podría haberme ido con ella. Podría… pero, como he dicho, estas fiestas son para pasarlas en familia y, teniendo en cuenta que no voy a pasar final de año con mis padres, no podía faltar.

Huracán salió por la puerta y me buscó con la mirada. Sabía que estaría allí porque habíamos acordado que iría a recogerla y a llevarla a la Estación de Autobuses, como aquella otra vez, tan lejana ya en el tiempo. Salí del coche, a pesar de la lluvia, y la hice señas para que se acercara. Se la veía cansada, después de 10 horas de trabajo, pero aún así sonreía debajo del paraguas.

– ¿Estás segura que quieres marcharte…? mira que mi madre hace un cordero que quita el sentido… – Le dije después de besarla.
– Sí, Sr. K. Además, será sólo una semana…
– Técnicamente nueve días… 228 horas… más de trece mil largos minutos… – No es que sea un hacha en cálculo mental… es que lo tenía preparado de casa. A veces me da por calcular cosas antes de dormirme…
– Que tonto eres.
– No lo sabes tú bien…

En la estación de autobuses había una frenética actividad. No me imaginaba yo que un sábado por la mañana hubiera tanta gente dispuesta para viajar… aunque con estas fechas de por medio, es comprensible. Faltaban veinte minutos para que saliera su autobús y los esperamos tomando un café asqueroso en la cafetería de la estación. A diferencia de la otra vez, no se mencionó ni una vez a cierto camarero…

– ¿Llevas la caja de puros para tu padre y el pañuelo para tu madre?
– Sí, van en esa bolsa. La bolsa de los regalos.
– ¿Y el peluche para tu sobrina?
– En la misma bolsa
– ¿Me vas a echar de menos?
– Mucho. ¿Y tú a mí?
– Todo el tiempo… bueno, yo mucho… pero “él” más…
– Cochino

Bajamos a la dársena donde ya estaba anunciado el autobús. Había mucha gente trajinando con las maletas junto al autobús, y rodeando al conductor. Sólo faltaban cinco minutos para el lanzamiento cuando conseguí hacerme un hueco para sus maletas así que tendría que ser una despedida condenadamente rápida.

Nos abrazamos muy fuerte, y nos besamos. La tenía agarrada fuertemente por la cintura, como si me diera miedo soltarla… va a ser el tiempo más grande que hemos estado separados desde que volví de vacaciones… y uno se acostumbra demasiado rápido a lo bueno.

– Te quiero, Huracán.
– Te quiero.
– Y te quiero ver de vuelta el 28…
– Ja ja ja, descuida… aquí estaré.
– Se buena…
– Lo seré. A ver si me dejan dormir… aunque con la lotería no creo que pueda. Oye, lo mismo nos toca.

Nos volvimos a besar por última vez y se montó en el autobús. No dejó de mandarme besos desde la ventanilla hasta que se marchó. Y yo me quedé allí, viendo alejarse el autobús y ya echando terriblemente de menos a Huracán.

Al montarme en el coche en la radio estaba ya el soniquete de la lotería. No tenía ninguna esperanza de que me tocara, porque es sabido por todo el mundo que resulta muy complicado que a una misma persona le toque dos veces seguidas.

Y a mí ya me había tocado Huracán.

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El capítulo de hoy empieza, como no puede ser de otra manera, con una llamada de teléfono, poco después de escribir el último post. Y, como no podía ser de otra manera, al otro lado de la línea estaba Huracán. Desde el día de la famosa llamada para contarme sus coqueteos con el “camarero guapo”, y que marca el comienzo de esta historia, no había tenido noticias suyas. Seguramente habría estado ocupada y yo tampoco había hecho nada por ponerme en contacto con ella. Por lo de hacerme el duro, por supuesto. Pero lo cierto es que ahí estaba la muchacha, llamándome.

– Estamos a jueves y no sé nada de ti – Me dijo con un tono de enfado simulado.
– He estado un poco liado. – Mentí
– ¿Qué me cuentas?
– Poco… he ido al…
– Pues yo me voy esta noche a la playa. A casa de mi tía. Tengo más ganas de playa… – me interrumpió.
– ¿Esta noche?
– Sí, a las 12 sale mi autobús, desde la estación de autobuses.
– ¿Y cómo vas?
– No sé… me pediré un taxi…

Fue una cosa muy rara. Mi boca empezó a articular unas palabras por su cuenta, sin pedir permiso al cerebro, el cual, alarmado, empezó a mandar órdenes de detención inmediata y de acciones evasivas. Pero todo fue inútil y el “Yo Tipo Duro” se encontró, perplejo, escuchándole decir al “Yo Capullo”…

– Si quieres te llevo yo.

Ya no podía desdecirme, así que quedamos a las 11 y cuarto de la noche en la puerta de su casa.

Y ahí estaba yo, puntual, como de costumbre. Cuando apareció por la puerta me bajé del coche, metí la maleta en el maletero y, sólo entonces, me permití el lujo de relajarme y darle dos besos. Estaba preciosa.

Se montó en el coche e inmediatamente su aroma lo inundó todo, llevándose, en su paso por mis narices, los restos de cualquier resistencia interior y expulsando del vehículo a patadas al “yo Tipo Duro”. Y nos fuimos hacia la estación de Autobuses, por las calles iluminadas y casi desiertas de la ciudad. Y empezó a hablar.

– ¿Te puedo contar una cosa? – Me preguntó
– ¿Hay camareros guapos?
– Si…
– Entonces no.
– Hoy he quedado con él.- me ignoró – pero no ha aparecido. – Tengo que reconocer que me picó la curiosidad.
– Pues es tonto. – Dije, y no mentía.
– Esta tarde se iba a hacer un tatuaje y quedó en llamarme al salir.
– ¿Tiene tatuajes?
– Un montón. Pero este era especial, porque no es con tinta. Le haces unos cortes con un bisturí y, cuando cicatriza, la cicatriz es el tatuaje, pero rugoso.
– Lleva tatuajes… – reflexioné en voz alta, sopesando la posibilidad de saltarme mi proverbial miedo a las cosas afiladas para hacerme uno. Deseché la idea casi de inmediato.
– ¿Por qué crees que no me ha llamado?- Ella seguía a su rollo.
– A lo mejor se han pasado con los cortes y le han seccionado algún miembro. Los bisturís son muy afilados… – se me abrieron un montón de posibilidades en mi mente – O, puede que – continué- ahora esté agonizando, díos no lo quiera, encima de una sucia camilla de la trastienda de un local de tatús, con un bisturí clavado profundamente en el esternón…

Huracán empezó a reírse, con esa risa franca que ella tiene. Y yo con ella. Llegamos a la estación y aparqué en la puerta. Aún quedaban casi 20 minutos para la salida del autobús. Me pidió que la acompañara durante la espera y no pude negarme.

– El caso es que no sé por qué me gusta tanto.- comenzó a decir.
– ¿Quién?
– El camarero guapo… ¿Quién si no?
– Pensé que habíamos terminado con el tema.
– Porque ayer quedé con el policía de mi gimnasio y ni fu ni fa.- Me volvió a ignorar.
– ¿Qué policía? – y mi voz sonó un poco alarmada.
– Uno que va. Me invitó a salir ayer y nos tomamos algo. Pero no me pareció tan maduro como el “camarero guapo”.
– Te entiendo- ironicé – porque hacerse cicatrices en la piel con un bisturí, es de ser muy maduro… hoy le dan una pistola a cualquiera.
– Pues, aunque no te lo creas, es muy maduro. Incluso es más maduro que tú.

Sólo me faltaba por oír eso. Las doce menos diez en el reloj, sin cenar, con una única manzana en el cuerpo desde el almuerzo, todavía dolorido por la sesión del gimnasio y, encima, escuchando que un camarero tatuado y con un pendiente en la nariz es más maduro que yo…

– Y no te lo pierdas… – volvió a la carga de nuevo, pero conseguí interrumpirla.
– Mira, Huracán, llevo toda la noche intentando perdérmelo. Pero algo me dice que me lo vas a contar de todas maneras…
– Que tonto que eres – Se rió – Pues resulta que me ha invitado a salir uno de los médicos de mi trabajo…
– ¿¿¿Qué también hay un médico???
– Sí. Pero no me gusta tanto como el “camarero guapo”
– Vas a comparar… donde se ponga un camarero que se quite un médico, un policía…

Llegó su autobús y, tras dos besos, se subió y se marchó. Allí me quedé, quieto como un pasmarote, hasta que el autobús salió de la estación, viendo como se me iba Huracán seis días a la playa, con su tía. Vuelve el jueves, pero no sé si nos veremos entonces. Empiezan a aparecer demasiados personajes en esta historia.

Siguiente capítulo de la historia: El aniversario

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