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Posts Tagged ‘bar de copas’

Estaba triste, muy triste. Solo y triste, dos elementos tremendamente malos. Pero es que el mal de amores es lo que tiene. El caso es que nunca he sido de lamentaciones y no me quedaba en casa llorando, lamiéndome las heridas y compadeciéndome de mi sino, sino que salía con mis amigos de juerga. Bueno, con los que me quedaban solteros: concretamente con Bob el silencioso, y toda la juerga de la que era capaz de desarrollar. El caso es que bebía mucho. Ron con cola. La marca del ron me daba igual, la condición era que me lo sirvieran en gran cantidad. Al principio no pasaba de uno o dos, pero el cuerpo adquiere resistencia, y en poco tiempo, uno y uno son dos, y dos son cuatro… cuatro y dos son seis y dos son ocho y ocho dieciséis…

Dieciséis cubatas no me llegué a beber nunca… pero 12 sí. Es una gran cantidad de bebida (por no mencionar la pasta gansa que eso suponía). Recuerdo el día que me bebí esos 12 cubatas…

Fue una nochevieja de hace exactamente 8 años. Bob y yo estábamos en un bar que en tiempos fue de moda (al menos en nuestra zona) aunque en ese momento estaba más o menos de capa caída, y llevábamos bebiendo desde las 1 de la mañana a un ritmo de un cubata cada 30 minutos. Nuestras amigas no habían aparecido en toda la noche (luego supe que se habían enfadado conmigo por algo que dije… aunque no sé qué fue ni en qué momento) y lo único que podíamos hacer era beber, charlar y mirar hipnóticamente el sutil bamboleo del tremendo escote de la camarera, que era tremendo, hipnótico y poco sutil. Y beber.

El reloj dio las 7 de la mañana y yo apuré el último cubata de la noche. Miré a mi alrededor con la mirada vidriosa y posiblemente una sonrisa bobalicona, y una idea cruzó mi mente. Lo recuerdo claramente porque fue como una revelación: “No conozco a nadie aquí”. Efectivamente ninguna cara me sonaba de los que estaban a mi alrededor. Es más: yo debía de ser el más mayor de todos. Me sentí una especie de viejo borracho baboso rodeado de niñas monas y chavales pelopincho. Y eso es terrible.

En ese momento decidí que tenía que hacer algo con mi vida. Algo más que beber, se entiende. Sobre todo porque si con esa edad era capaz de beberme tal cantidad de cubatas, mi hígado no saldría vivo de esta. Y yo con él. Y tomé una determinación que, hoy por hoy, ha sido la mejor elección que he tomado nunca (junto con la de irme por ciencias).

Todo esto me ha venido a la memoria al escuchar en la radio esta canción de los Rodriguez “La Copa rota”. Sólo hay dos canciones que soy capaz de cantar de memoria: 19 días y 500 noches, de Juaquín Sabina y La Copa Rota, de Los Rodríguez. Curioso que sean dos canciones tristes, de desamor… aunque supongo que es normal.

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La roja (aunque habría que llamarla la mostaza, o como dice un compañero mío, el limón mecánico) tenía una cita con la historia el jueves por la noche. Una de esas citas a las que no se puede llegar tarde. Yo no soy especialmente futbolero… soy del Atlético de Madrid por filosofía de vida (siempre sufriendo, pero cuando se gana, las dos o tres veces que pasa, joder qué subidón), pero no soy lo que se dice un forofo. Hace muchos años que no voy al campo… y tengo una bufanda con los colores de mi equipo, pero guardada en el altillo…

No tenía intención de perderme tan magno acontecimiento. Y los magnos acontecimientos se viven mejor en compañía. Así que quedé con unos amigos, Rico y Atenea para ser exactos, para ir a ver el partido a algún bar del centro. Me dirigía al punto de reunión en mi Kapullomóvil cuando me sonó el inconfundible tono de Expediente X en el móvil. Era, por supuesto, Huracán. Sus compañeras de piso no estaban y me invitaba a ver el partido en su casa. Teniendo en cuanta el tamaño del televisor, más propio de una casa de Pin y Pon que de seres humanos de verdad, y con el agravante de que la carne es débil y a Huracán le gusta tanto el fútbol como a mí la depilación con cera, le dije que mejor no. Pero la insté a que se viniera.

Huracán apareció preparada para ver un partido de fútbol y dar botes animando a su equipo. Pero para animarlos en otro sentido. Un vestido de verano, fino y liviano y con un generosísimo escote, y unas sandalias a juego. El pelo suelto y con sus bucles al viento y sus grandes ojos negros ocultos detrás de unas enormes gafas de sol. Estaba muy guapa y así se lo dije. A veces estas cosas me salen solas sin pensar en las consecuencias.

Como Rico había llamado para decir que se retrasaría, nos encaminamos hacia casa de Atenea para empezar a buscar sitios donde ver el partido. Atenea conocía un bar cerca de su casa con una gran pantalla y cerveza suficiente como para olvidar el generosísimo escote de Huracán (incluso para olvidar la visión de un centenar de elefantes de color de rosa bailando la conga por la calle). La elección del bar fue claramente acertada. En la mesa junto a la nuestra había un grupito de chicas rubias y altas, evidentemente extranjeras, y, todo hay que decirlo, guapísimas. Al menos dos de ellas espectaculares.

Para qué nos vamos a engañar… un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero la mayoría de esos minutos son de relleno. El tiempo efectivo de juego emocionante es una pequeña parte del total. Así que, si además de ver un partido podíamos ver a dos bellezones dar saltitos (con lo que eso conlleva) y agitar una bandera de España… mejor que mejor… ¿No? Pues eso mismo debió de pensar Rico cuando apareció y se dio cuenta del panorama… sobre todo porque me miró y levantó el pulgar dando su aprobación…

El partido no lo voy a resumir. Sobre todo porque sólo las personas en coma y algunos presos de Guantánamo en aislamiento sensorial no sabrán cómo terminó el encuentro. Ganamos, España jugó de vicio y Rusia fue una marioneta en nuestras manos. Los jugadores dieron patadas al balón, hubo varios tiros a puerta, pases en profundidad, y algunos jugadores corrieron la banda. Bueno, y el linier levantó la bandera varias veces. La diferencia es que esta vez ganamos…

Y las rubias saltaban, y se hacían fotos con nosotros, y con un tarado con la cara pintada con la bandera de España… y se rieron mucho, sobre todo cuando todo el bar empezó a cantar “¡¡Que paguen las rubias, que paguen las rubias!!

En el descanso (o intermedio, como lo llamó Atenea) decidí acercar posiciones con las rubias. Más que nada para que conocieran la simpatía española, y la amabilidad innata del país y sus gentes. El turismo es la fuente principal de ingresos de la nación y yo soy un patriota… aporto mi granito de arena para fomentar el turismo, sobre todo si es de tías buenas altas y rubias. Eran estudiantes de vacaciones, de San Diego, California (y quedé de miedo, porque cuando una de ellas dijo “San Diego”, yo dije “Ah, California”… ver tanto cine americano da sus frutos). Hablaban lo justo de español, lo que no desentonaba con mi inglés más que justo. Aún así conseguí sacarles unas cuantas sonrisas.

Es posible que os parezca un poco raro que estando Huracán delante intentara acercarme a las rubias. Pero, en fin, no es bueno que un hombre esté solo. Y se supone que somos amigos ¿No? Aunque creo que ella no pensó lo mismo, porque empezó con sus ardides. Las artes de Huracán: ojitos, cuchicheos al oído, y abrazos al celebrar los goles… los tres goles. Esas cosas son las que hacen que uno se desconcentre del partido. Pero eso sí, esas cosas también hacen que uno deseé que haya más goles. Otro par de ellos no habrían estado mal.

El caso es que, al terminar el partido, en lugar de irme con las rubias, me marché con Huracán, a celebrar la victoria. Vamos, no es que lo de las rubias estuviera hecho, pero es que ni lo intenté. Y nos fuimos a un bar cercano donde hacen unas caipiriñas muy buenas. A mí no es que me vuelvan loco esas cosas, pero a Huracán sí. Al menos en el local ponen muy buena música. Me resultó curioso que el camarero saludara a Huracán, aunque supongo que habrá salido mucho por aquí últimamente, y mientras comentaba algo del partido con la niña nos preparó dos caipiriñas. Eso sí, puso la guinda.

– ¿Puedo haceros una pregunta? – Dijo el camarero, aunque no dio tiempo a contestar – ¿Vosotros sois hermanos?
– ¿Cómo? – Dije.
– Es que os parecéis un montón…
– ¿Tú estás de guasa? – Dije, aunque pensé “¿Tú eres gilipollas?”
– No, no somos hermanos – Dijo Huracán
– No, en serio… os parecéis cantidad.
– Mira tío, espero que todo lo demás lo tengas mejor, porque lo que es la vista la tienes fatal. Y para que lo sepas, muchas cosas que hemos hecho ella y yo han estado prohibidas por la mayoría de las civilizaciones…
– Vale, vale, perdona…

Me sentó mal la tontería. Si le gustó Huracán, que le pidiera el teléfono y listo. Eso sí, que esperara a que me fuera al baño o algo así. Pero tampoco era como para desacreditar… digo yo.

Debía de ser la una de la mañana mientras paseábamos destino a casa de Huracán. No es que pensara en que fuera a pasar nada en concreto… simplemente tenía mi coche aparcado muy cerca. En ese momento me sonó el móvil: Era mi madre y no eran buenas noticias. Habían robado en la tienda de mi padre. Por lo visto tres desalmados, aprovechando las celebraciones por la victoria de España, y ayudados por la tapa de una alcantarilla, rompieron el escaparate blindado de la joyería de mi padre.

Así que sin casi despedirme de Huracán (nada sofisticado, un beso en la mejilla) la dejé en su casa y salí pitando para la tienda, donde me esperaba él y dos guardias civiles levantando acta de lo ocurrido. Dos lunas rotas del escaparate y media docena de relojes desaparecidos…

Una bonita forma de celebrar la victoria de España.

¿Qué pasará en la final?

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El que piense que las altas cumbres del Himalaya son un reto físico, que las empinadas cuestas pedregosas y embarradas sólo son aptas para iniciados, que caminar a 5.000 metros de altura es algo al alcance de unos pocos… el que piense todo esto es porque no ha ido de compras con una mujer. Eso sí es duro. Eso sí es un reto físico que requiere de gran fortaleza mental.

A eso dediqué el sábado por la mañana.

Creo que se puede aprender mucho de una mujer por la ropa que selecciona, por la que descarta o en qué se fija. Y yo el sábado aprendí mucho, y no sólo de ropa. También de arte, geografía e historia. Aprendí sobre costumbres hindúes y sobre todo, aprendí que el calzado cómodo es fundamental a la hora de caminar 6 horas por la ciudad de tienda en tienda y tiro porque me toca.

Eso sí: me lo pasé en grande. Y me recordó a los viejos tiempos, cuando yo hacía esto más a menudo. Comprar, digo.

[…]

La noche fue muy curiosa. Y larga. Tan larga como que duró hasta el domingo por la mañana. Hacía tiempo que no me acostaba al amanecer, y menos después de una mañana y tarde frenéticas y sin un minuto de siesta. Va a ser que me he vuelto joven otra vez. No sé.

Ocurrieron dos cosas relevantes esa noche. En realidad podríamos decir que ocurrieron tres, pero una me la reservaré de momento para un post futuro. Espero. Así que empezaré por la primera. Conocí a una mujer muy interesante. Creo que es la primera vez que doy la dirección del blog a alguien para que lo lea, sin estar en un B&B. Como se lo apuntó en el móvil supongo que leerá esto y sabrá que me refiero a ella. Pero es que es verdad: me resultó muy interesante. Y su novio me calló muy bien también.

Hablamos durante mucho rato y me dio algunas indicaciones de cómo dejar de ser el Señor Capullo y convertirme en el Puto Amo. Bueno… es una forma de hablar, claro. Algo así como el famoso cambio radical que auguraba Lentillas. Siempre según la opinión de esta mujer, lo primero que tengo que hacer es darme cuenta de que principalmente el problema lo tengo yo. Quiero decir, que soy yo el que proyecta esa imagen de Capullo integral. Claro que, bueno, no es fácil dejarlo. Recuerdo que una vez, hace ya casi un millón de años, Ángela, una comentarista del blog me dijo que en realidad interpretaba el papel del capullo que creía que era. Así que supongo que será verdad, si tantas personas lo dicen.

Yo me defendí, claro, como gato panza arriba. No soy de los que dan su brazo a torcer fácilmente. Alegué mala suerte… o más que mala suerte, inoportunidad. O sea, llegar en el momento menos oportuno. O demasiado pronto, o demasiado tarde… pero difícilmente en el momento. Por ejemplo: O la chica que me gusta lo acaba de dejar con el novio… o acaba de empezar. Y en estas páginas he plasmado al menos tres ejemplos de esto que estoy contando (ya veis, ofreciendo documentación).

No cedí mucho, pero creo que esta mujer, de bonitos y profundos ojos azules, tenía mucha razón.

[…]

Entre unas cosas y otras no sé muy bien cómo me vi en un local al que no había ido nunca. Esto es algo que suele pasar, sobre todo porque no suelo prestar mucha atención a los sitios a los que me llevan. Y este no fue diferente. Aunque sí curioso. No era por el local en sí, que era lo de siempre (más bien a oscuras, luces brillantes, una o dos bolas colgadas del techo, música a tope, una barra o dos, la típica camarera hasta el moño de estar de pie, el baño ligeramente poco limpio y todo eso que hay en un bar de copas cualquiera del universo). Era más bien por la gente. Por un momento me sentí como Michael J. Fox en regreso al futuro. Me sentí como inmerso en la fiesta de fin de curso de “Encantamiento bajo el mar”. Y no es coña.

Digamos que soy un tipo poco musical. O sea, si me doy golpes en la barriga suena, como le pasa a todo el mundo. Y si me la golpeo rítmicamente, suena… pues eso, con ritmo. Lo que quiero decir es que no soy alguien que necesite escuchar música continuamente. Debo de ser la única persona del mundo que no tiene un iPod. Y el que tenga el CD del coche roto no me ha supuesto ningún problema. Tengo miles de canciones que me he bajado con la mula, pero al final escucho las 20 o 30 de siempre. Y eso cuando me acuerdo. Así que no estoy muy al tanto de movimientos musicales actuales. Por eso no sé si lo que vi el sábado era un grupo de gente disfrazada de los años 60 o lo último de lo último en cuanto a modernez se entiende.

Pero juro por lo más sagrado que hay que mi abuela tenía una foto con un vestido igual hace 50 años. Y el peinado… idéntico. Tentado estuve de acercarme a la chica y decirle que no se casara con mi abuelo, a ver si eso provocaba una paradoja espacio temporal, o algo así.

[…]

La noche terminó paseando por las vacías calles de la ciudad y, porque uno es un caballero, acompañando a una amiga de una amiga (de una amiga), mientras los trabajadores municipales limpiaban la porquería de una noche de marcha. Y con el sol amaneciendo tímidamente por el horizonte… y los pajaritos desperezándose.

Cuando llegué al coche, situado en un lugar con unas vistas impresionantes de la ciudad, con ese amanecer rojo pasión y los pajaritos piando y, bueno, todo eso que he dicho antes… esto… pensé en cierta persona con la que me hubiera gustado mucho compartir semejante espectáculo. Es que estando solo (sin contar al tipo dormido en el coche de al lado) como que es menos bonito… ¿No?

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