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Mi amigo el Capitán Haddock quiere pensar que su barco es un barco “escuela”. Un barco del que saldrán buenos capitanes de bergantines y galeones.

Los veleros modernos tienen toda una serie de mejoras que hacen que la navegación sea cosa de niños. Tenemos el caso del enrollafoque. Es un pequeño motor eléctrico que, pulsando un botón, enrolla la vela de delante, pongamos por ejemplo, mientras se bebe una cerveza. Pulsando otro botón, la vela mayor se guarda en un compartimento habilitado para lo mismo. Que hay que bajar el ancla… pues otro botón. Y así pasa… se puede navegar sin saber hacer un nudo.

Obviamente, el barco del Capitán Haddock no tiene nada de todo eso.

El velero del Capitán Haddock tiene más años que yo y esa es mucha edad para un barco. Tiene sus achaques. Como todos. Así que la mitad del tiempo nos la hemos pasado arreglando los pequeños problemas que iban surgiendo.

Cuando llegamos a Alicante para empezar el viaje, las baterías del barco no funcionaban. Se descargaban con mucha facilidad. Las baterías son necesarias principalmente para el motor de arranque. La entrada y la salida del puerto se tiene que hacer a motor, y sin eso no se podía salir. Además, el depósito de la Zodiak estaba roto y se salía la gasolina. No era algo imprescindible, pero no tenían la pieza que hacía falta para arreglarlo. Después de conseguir unas baterías (y colocarlas), nos hicimos a la mar sin arreglar la zodiak, con la esperanza de que se pudiera encontrar pronto en algún puerto la pieza de marras. Cuando la encontramos resultó que no era eso, sino la válvula del motor.

El primer día que fondeamos, lo dedicamos a limpiar la hélice y el casco del barco de la presencia de caracolillos, algas y otros bichos de los que se pegan a lo que sea para vivir. Normalmente se hace con el barco en tierra, pero, estando ya en plena navegación, nos tocó hacerlo a pulmón. O sea: toma aire, frota el casco con un cepillo, sal a la superficie. Repetido veinte veces tenemos lo que se llama mareo por sobre oxigenación… eso sí, reunimos una enorme cantidad de peces a nuestro alrededor. Pero sólo nos querían por nuestros caracolillos.

El único día tranquilo de viento que sufrimos nos dimos cuenta de que los dos pilotos automáticos estaban rotos. Esta fue, sin duda, la menor de las roturas, porque no hubiéramos podido usarlos ningún día. Pero, bueno, una cosa más a la lista.

Un par de días después descubrimos que entraba agua al barco. No mucha, pero la suficiente como para que fuera significativo. Eso sí: nada que la bomba de achique no pudiera solucionar. Aún así no dejaba de ser preocupante. La conclusión a la que se llegó fue que en los trabajos para quitar el caracolillo de la hélice, dañamos el eje y entraba agua por allí. La buena noticia era que sólo pasaría si navegábamos mucho a motor y, por suerte, no era el caso.

El problema es que, el día que más y mejor navegamos a vela, ese día, entraron 200 litros de agua a la sentina (que es donde se acumula el agua que entra en un barco). Obviamente no podía ser el motor… ¿pero entonces qué era? Podría ser una brecha en el casco… pero no teníamos constancia de que se hubiera golpeado el barco con nada. Y de ser así… entraría todos los días, y no pasaba. Aún así hicimos una inspección. Pensamos que podía ser una fuga del depósito de agua dulce. El depósito está en la popa y es de plástico… en principio no tiene contacto con nada, pero nunca se sabe he hicimos las pruebas de rigor. Tampoco era eso. Llegamos a pensar que podía ser la manguera con la que aguábamos o algún agujero en la cubierta que se llenaba de agua al baldearla (esto es: fregar pero en marinero).

Al final resultó ser que la bomba de achique se había soltado y por el agujero del casco entraba agua, pero sólo cuando navegábamos de ceñida de estribor (o sea: escorados a la derecha). Eso sí: lo descubrimos el último día.

Entre tanto, dos velas se descosieron por la acción del fuerte viento en dos días diferentes y tuvimos que coserlas a mano. Un trabajo más laborioso que difícil pero que requería la presencia de dos personas. La vela es enorme y alguien tenía que sujetarla mientras el otro cosía. Y otro día, la driza de la mayor (el cabo que va por el interior del palo y que permite subir y bajar la vela mayor) se rompió y tuvimos que cambiarla.

Pero sin duda, lo mejor de todo fue lo que se rompió el penúltimo día… pero eso lo contaré mañana.

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El otro día os contaba que los islotes Columbretes son un lugar ideal para hacer el amor. Tienen un aspecto parecido al de un atolón del Pacífico. De hecho, su origen es muy parecido: una erupción volcánica. No una, sino cuatro. Pero hace muchos miles de años (por lo que sigue siendo un buen lugar para hacer esas cosillas). Si no me creéis, echad un ojo al vídeo de aquí abajo.

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=Cy6WiDq3tMc]

Estos islotes deben su nombre a la inmensa cantidad de culebras que había en ellas. Cómo llegaron las culebras a unos islotes tan pequeños 30 millas alejadas de la costa es un misterio que nunca se sabrá. Las culebras fueron exterminadas por los reclusos de la cárcel en la que se convirtió el islote más grande. Y por los fareros, años después. Para terminar con ellas prendieron fuego a toda la vegetación y luego, ya sin refugio, las mataron de las maneras más imaginativas posibles.

Ya en la edad moderna, Los Columbretes han servido de blanco para prácticas de la marina, y todavía hay casquillos y obuses sin explotar en las zonas poco profundas. Aunque de los obuses sólo queda una vaga idea y son más un hogar para peces que armas de destrucción. El fondo marino está poblado de todo tipo de especies, porque los Columbretes son una zona de protección medioambiental. Zona protegida. En el edificio del faro viven 10 científicos (como Torrebruno) todo el año. También alguna científica. Y estudian a los animales de arriba y debajo de l agua.

No se puede pescar, pero si bucear. Tanto con botella como a pulmón. Esa última modalidad es la que yo practiqué (no porque no me guste la botella). Y es una experiencia interesante la de que un par de doradas (sin guarnición ni nada) te miren curiosas a poca distancia preguntándose si eso de bañador azul es un cachalote especialmente pudoroso… un espectáculo para los sentidos.

A los islotes Columbretes llegamos navegando a vela, como dicen los marineros, “a todo trapo”. Y era así de verdad, porque no podíamos poner más velas. El viento era constante dirección noroeste, de fuerza 4 a 5 (yo creo que tuvimos incluso más en ocasiones). Había un poco demasiado viento, pero nos arriesgamos y la cosa fue muy bien. Llegamos dos horas antes de lo previsto.

Esto que os cuento escrito lo digo de palabra en el video, donde se me ve como timonel del barco. En el vídeo parece que voy remando… pero os juro que es un barco velero. Lo que pasa es que para mantener el rumbo por las olas había que hacer esos movimientos…

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=1JyZRJ57a58]

Evidentemente yo soy el marinero y el Capitán Haddock… es el capitán. Y Atenea dista mucho de ser rubia, ni de bailar al compás. Pero vamos, que mientras dirigía el barco con rumbo firme, a veces canturreaba esta canción de los Rodriguez (una de mis favoritas, a pesar del vídeo, que no había visto antes).

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=-MQEfMmngfU]

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Los islotes Columbretes, al atardecer

A veces olvidamos que detrás de toda esa contaminación lumínica hay millones de estrellas. Toda una vía láctea repleta de ellas. Ya sea por pereza o por la falta de costumbre, o porque casi siempre dan cosas buenas por la televisión, pero a penas miramos el cielo ya.

En los islotes columbretes podemos decir que no hay otra posibilidad. No hay televisión, no hay cobertura de móvil y cuando el sol se va, las estrellas atraen la mirada irremediablemente. Como si fuera un accidente de tráfico en el otro carril. A 30 millas de la costa y sólo con la intermitente luz del faro como fuente lumínica, el espectáculo del cielo era impresionante.

El capitán Haddock se había retirado a sus aposentos hacía un rato. Y Atenea y un servidor, tumbados en las colchonetas de popa, hacíamos casi lo único que se podía hacer: Mirar el cielo.

Si al marco incomparable añadimos una leve brisa marina que apenas mecía el velero, una conversación agradable, un buen vino en la mano y el estómago calentito con un impresionante arroz negro, cortesía del Capitán Haddock, no es de extrañar que el Sr K dijera:

– Este es un momento y un lugar ideal para hacer el amor… ¿No te parece Atenea?

Atenea se quedó en silencio unos segundos. Sin decir nada se levantó de su colchoneta y se acercó a la mía. Y me dijo:

– El amor no… pero si quieres, te vas a proa y te haces una pajilla. Y ahora no mires, que voy a mear por la borda.

Lo dicho… el mismo romanticismo que tiene una alpargata de esparto. Para que luego digan que las mujeres son románticas…

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He llegado ahora, como quien dice, de mis vacaciones. Vamos… el tiempo justo de poner una lavadora, leer el correo y pasar por el baño. No precisamente en ese mismo orden. Para quien no lo sepa, porque lo cierto es que tampoco lo he ido publicitando por ahí mucho, he estado algo más de dos semanas navegando por el Mediterráneo en un barco velero.

Sé que suena muy bien. Uno pone la palabra “velero” junto a la palabra “Mediterráneo” e inmediatamente se piensa en “sol”, “viento”, “mar”, “copita de Martini con aceituna” (o vermú de grifo, o cervecita fresca… que de todo hay en la viña del señor) y uno puede escuchar el romper de las olas por la quilla del barco y casi ver la arena prácticamente blanca de una cala recóndita. Y, bueno, algo de todo eso sí que ha habido.

Pero también ha habido mucho trabajo. Porque el barco no se lleva solo. Porque hay que izar la mayor, asegurar el foque, o cambiarlo por el Génova. Porque hay que subir el ancha a pulso o adujar todos los cabos. Porque la caña del barco, o sea, el palo que se agarra y que mueve el timón, no lleva dirección asistida… y cuando el viento inclina el barco hasta casi hacer que entre agua en la bañera (que no es un artilugio de aseo personal, sino el lugar donde se está normalmente cuando se navega), hay que hacer mucha fuerza para mantener el rumbo…

Iniciamos la navegación en Alicante y yo la terminé en Tarragona. Otros se encargarán de llegar hasta el final. Aún así han sido más de 300 millas, cerca de 580 kilómetros. Y la mayor parte de ellos a vela. Quitando un par de días en Valencia con visita al Oceanográfico y a una bloguera (y su cachondo socio) y otro par de días fondeados en los islotes Columbretes, el resto del tiempo ha transcurrido navegando a las ordenes del Capitán Haddock, ya conocido por otras aventuras marineras que conté hace tiempo. Nos acompañaba Atenea, otro miembro insigne de la galería de personajes que pululan por estas páginas.

El viaje ha estado muy bien, en términos generales. La entrada en Gandía fue un poco con demasiado viento y, quizá, demasiada poca práctica. O el incidente del Ancla en el Delta del Ebro todavía me hace despertar por las noches empapado en sudor. Aunque eso es porque no hay aire acondicionado y está haciendo mucho calor.

Eso sí, tengo que reconocer cierta decepción. Yo había invitado a compartir estos días conmigo a tres mujeres. No a todas a la vez, no… eso habría sido una locura. Las tres se declararon encantadas con la propuesta, y las tres la declinaron. Una, por falta de dinero. Otra, por falta de tiempo. Y la tercera, por tener al padre ingresado en el hospital. Por desgracia para ella, lo del padre no era una excusa y realmente está en el hospital.

Este año se ha dado una circunstancia nueva. Tras 6 años consecutivos viajando durante las vacaciones con Lentillas, este año no lo he hecho. Y lo cierto es que me ha resultado un poco raro.

Así que, con estas premisas, os contaré alguna de las cosas que fueron pasando…

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