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Posts Tagged ‘Boris’

El último capítulo de esta historia (porque ya está bien de tanto ruso) empieza una tarde tranquila de finales de septiembre del mismo año 1997 del capítulo anterior. Mi madre, me imagino que como todas las madres del mundo, imaginando que su propio hijo se podría encontrar en la misma situación alguna vez, se había preocupado en serio del futuro del ruso en nuestro país. Había llamado varias veces durante las dos o tres primeras semanas al centro de acogida, pero sin poder hablar con Boris. El aislamiento formaba parte del plan de desintoxicación, le dijeron. A los pocos días Boris y otro muchacho se habían escapado del campo de concentración con destino desconocido. Mientras continuara así no habría problema.

Así que, retomando la historia, era una tarde apacible de principios del otoño cuando llamaron a la puerta. Pensé que era mi hermano que se había dejado las llaves. La realidad fue muy diferente: Boris estaba ahí, de nuevo, en la puerta de la calle. Estaba todavía más delgado que la última vez y se le veía muy cascado, casi demacrado. Me dio la sensación de que el verano no había sido demasiado bueno con él, aunque seguía fumando como un cosaco. Llamadme lo que queráis, pero esta vez no le dejé pasar a casa… capaz era de quedarse.

Me contó que el campo de trabajo era lo más parecido a una cárcel de trabajos forzados. Les tenían todo el día haciendo cosas de artesanía para venderlas en mercadillos y puerta a puerta, con la excusa del programa de desintoxicación. Supongo que como él tenía poco que desintoxicar, no le haría demasiada gracia estar allí. Así que se escapó junto con su compinche a la costa de levante, donde podría ganarse la vida más fácilmente durante el verano. Al final terminó de camarero en un chiringuito, sin necesidad de tener papeles o contrato, y durmiendo en la playa. Así había malvivido hasta el final del verano. Ahora no tenía como ganarse el pan y se había marchado. De todas maneras tenía un problema que debía solucionar y venía a pedirnos ayuda.

Su compinche había muerto. No entró en detalles sobre las causas de su muerte, pero nada bueno podría haber detrás de la muerte de un joven de 22 años (de carrerilla se me ocurrieron varias razones, con drogas y ajustes de cuentas como principal exponente). Su problema era que tenía que repatriar el cuerpo de su compañero a Rusia y necesitaba dinero para los trámites. El dinero lo recuperaría en cuanto la madre del chaval le mandara un giro, pero de primeras él tenía que adelantar el dinero. 50.000 pelas de entonces, 300 euracos de ahora.

Efectivamente, a mí también me sonó a cuento chino (o ruso). No sé mucho de leyes, y tampoco me molesté en informarme, pero lo cierto es que me parecía muy raro que hubiera que pagar para repatriar un cuerpo. Supongo que el estado se hace cargo de eso. Me dio más la sensación de que era el primer préstamo de una larga serie de ellos y no me gustó demasiado la idea. Así se lo dije, pero él insistió. Y debió de ser muy convincente, porque mi madre, que como todas las madres del mundo harían, estaba escuchando detrás de la puerta y salió de casa con el dinero en la mano. Se lo entregó y Boris se fue, con la promesa de devolver hasta la última peseta (en realidad la cosa se alargó un poco más, pero para la historia no es relevante). Esta vez tenía la absoluta certeza de que le veríamos de nuevo, en cuanto el dinero se le terminara y necesitase más.

Pero el tiempo fue pasando y Boris no aparecía de nuevo. Así como el que no quiere la cosa, pasó todo un año hasta que volvieron a llamar a la puerta con acento Ruso. Y ahí estaba de nuevo el siberiano, fumándose un cigarro negro en la puerta de mi casa. Abrí con suspicacia (y después de decirle a mi madre que no se le ocurriera salir con más dinero) y tengo que reconocer que Boris me sorprendió: Venía a devolver el dinero prestado en su día (sin intereses, pero algo es algo).

Me contó que había viajado a Rusia un par de veces por el tema de la repatriación del cadáver de su amigo y que desde entonces se había ganado la vida con chapuzas aquí y allá (pero sin entrar en detalles sobre el tipo de chapuzas). Mientras hablábamos me di cuenta que en la esquina de la calle había otro tipo fumando, con aspecto eslavo y mirada torva (no sé si es verdad o no, pero siempre me hizo ilusión usar esta palabra). La situación me dio mala espina. Pero en contra de lo que podáis suponer, Boris y su amigo se fueron.

Han pasado unos nueve años desde entonces, y no hemos tenido más noticias del chico. A veces me acuerdo de él, sobre todo cuando hablan de Marbella y la mafia Rusa, o cuando dicen en la tele que han encontrado un cuerpo de un eslavo víctima de un ajuste de cuantas… a lo mejor el chico está en alguna parte ganándose el pan honradamente, quien sabe…

Espero que os haya gustado.

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Sigo con la historia del ruso, unos años después.

1997 fue un año tranquilo en el este de Europa. Y en el Oeste, tres cuartas partes de lo mismo. Quitando algún accidente nuclear en Japón y algún que otro problemilla de carácter militar en centro América, podríamos decir que el mundo era un lugar tranquilo donde vivir. En cuanto a mí, habían pasado 6 años desde la fría despedida en el aeropuerto de Sverdlovsk y yo ya no era ese jovenzuelo despreocupado de 16 años, bebedor de vodka barato. Tenía un trabajo interesante, un contrato indefinido y muchas ganas de divertirme.

Retomamos la historia una mañana de un domingo cualquiera de principios de primavera. Había llegado tarde la noche anterior porque había estado de juerga con mis amigos hasta las tantas, tomando (yo) unas cocacolas (estaba en mi gran etapa abstemia de finales de los 90) y era condenadamente temprano, dadas las circunstancias. Pero lo cierto es que mi madre me despertó y eso no era demasiado normal. Sólo dijo “Boris está aquí” y, como habría hecho cualquier persona abstemia en mis circunstancias, me lo tomé a guasa. ¿Cómo era posible que un tipo del que no había sabido absolutamente nada en 6 años apareciera de nuevo en mi vida? Pero no, Boris estaba allí, en la buhardilla de mi casa acostado en la cama de los invitados. Subí a verle, salió de la cama en calzoncillos y me dio un abrazo de amigo igual de frío que el último. Estaba mucho más delgado que seis años atrás y fumaba como un carretero tabaco negro.

¿Cómo había llegado Boris hasta aquí? Esta pregunta sencilla no tenía precisamente una respuesta sencilla. La versión oficial era que Boris había entrado en un programa de desintoxicación para toxicómanos regentado por un grupo de Jesuitas afincados en un pueblo cercano. Supongo que el conocimiento del idioma le ayudó a entrar. En realidad el grupo de Jesuitas era una tapadera para la importación de mano de obra barata del este de Europa para un campo de trabajo en la región de Murcia (aunque de esto nos enteramos más tarde). Habían tenido un problema de plazas en su albergue y Boris les dijo que tenía unos amigos cerca. Y les condujo a mi casa. Mi madre, en contra de lo que mi padre o cualquier persona sensata del mundo hubiera hecho, se hizo cargo del chaval, le preparó una cama y le dio de cenar. Los jesuitas volverían por él el lunes, para meterlo en el programa de desintoxicación (de trabajos forzados).

A instancias de mi madre, le saqué esa mañana a dar una vuelta por el pueblo, para que viera los cambios de los últimos años. Él me preguntaba sobre cosas del país, sobre el precio de la vivienda, y, a las claras, me dijo que quería un trabajo para poder quedarse. Cuando le dije que el trabajo estaba muy chungo, me preguntó por amigas mías que quisieran contraer matrimonio. Vamos, que a mí me costaba horrores conseguir los favores del sexo femenino, y el ruso quería que le apañara un matrimonio… Como no consiguió nada por ese lado, se empeñó en que le llevara a una dirección. Más concretamente a la casa de Maricarmen, la chica que conoció 7 años antes en la discoteca y con la que, por supuesto, no había mantenido ningún tipo de correspondencia en todo este tiempo. Pero de la que, curiosamente, guardaba la dirección en un papel arrugado en la cartera.

Y ahí me encontré yo, llamando al timbre de una casa, preguntando a una señora en bata y rulos por una chica a la que no conocía y de la que no me acordaba, y explicándole que el ruso aquí presente la conoció unos años antes y quería verla de nuevo, con el firme propósito de pedirle matrimonio. Supongo que la mujer hizo lo más lógico y nos cerró la puerta en las narices.

La tarde y noche la pasé subvencionándole los tequilas con sprite en el bar de moda del pueblo y, entre tequila y tequila, me contó la historia real de su vida. Resulta que el buen hombre se convirtió en el número 2 de un “industrial” de la zona de Sverdlovsk. Digo “industrial” porque el señor en cuestión murió ametrallado en su coche un par de meses antes. Temeroso de que el repentino ascenso a número 1 también acelerara su paso a mejor vida, Boris se vio obligado a huir, dejando a su familia y a una novia bastante guapa en Rusia. Por un contacto en el grupo de jesuitas, un amigo y él vinieron a España con un visado falso con la firme intención de rehacer su vida en nuestras cálidas costas. Necesitaba un permiso de trabajo, o una mujer casadera para no vérselas con inmigración cuando el visado caducara. Así que, resumiendo, la parte positiva de la historia era que no teníamos a un toxicómano durmiendo en la buhardilla. La parte negativa de la historia era que habíamos dado alojamiento a un tipo buscado por la mafia rusa.

A la mañana siguiente mi padre se lo llevó al pueblo cercano, al albergue de los jesuitas, para que se lo quedaran para siempre jamás. Algo nos decía que esa no sería la última vez que veríamos al ruso. El hecho de que haya una cuarta entrega de esta historia lo demuestra…

Fin de la tercera parte.

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Yo sigo con la historia de Boris.

1991 fue un año más tempestuoso en el este de Europa si cabe que 1990. Concretamente en Rusia, que es donde se desarrolla el capítulo dos de esta historia, estaba sufriendo cambios drásticos. Muchas repúblicas soviéticas se declararon independientes, dada la perdida de poder de Moscú. Incluso hubo un golpe de estado para terminar con Mijaíl Gorvachov (recordareis la famosa imagen de Boris Yeltsin en lo alto del tanque frente al parlamento soviético). Esto ocurrió en septiembre y yo aterricé en Moscú en una fría mañana de Octubre con una maleta repleta de ropa de abrigo, y 200 dólares americanos en el bolsillo, pero sin saber demasiado sobre golpes de estado o Perestroika.

Los españoles, que somos más chulos que un ocho, además de devolver la visita de una semana a la familia rusa, nos dedicamos a viajar otra semana por las ciudades principales del bloque soviético: Moscú y San Petersburgo. Tato, el profesor de ética y música, y otros dos profesores, eran nuestros acompañantes. Visto con la perspectiva que da el tiempo puedo afirmar que les pagamos dos semanas de vacaciones a los tres profesores porque, la verdad, no les vimos mucho el pelo. Y así pasó… las 7 noches de hotel fueron una orgía constante en la que el vodka barato (no porque fuera malo, sino por el rublo devaluado) corría como si de ríos se tratase. Aprendí a base de mucho sufrimiento a jugar al duro. Miles de neuronas murieron en ese empeño…

Pasamos tres días en Moscú viendo lo típico que se puede ver en esta ciudad. Tengo que admitir que no tengo demasiados recuerdos de este viaje (por lo del duro que comenté antes, y porque dormía de día) y se encuentra entre mis grandes cagadas de la historia. Pero qué le vamos a hacer… tenía 16 años y era el primer viaje interesante sin mis padres… una especie de fin de curso. Sí que recuerdo, muy vivamente además, que comí una de las mejores hamburguesas de mi vida en plena plaza roja de Moscú… en un McDonalls situado enfrente del mismísimo Kremblin. También recuerdo un viaje por el metro de Moscú, donde conocimos a una niña octogenaria de la guerra civil. Nos enseñaron iglesias ortodoxas, museos, el circo ruso y la ópera, donde recuperé una buena parte del sueño perdido la noche anterior.

La estancia con la familia de acogida, los padres de Boris, empezó de la peor manera posible. Nos habían dado una charla sobre lo pobres que eran en ese momento, por la inflación galopante que sufrían, pero lo terriblemente hospitalarios que se mostrarían. Nos pidieron que no despreciáramos nada de los que nos pusieran para comer, por mala que fuera la pinta, por mucho que se moviese o apestase, porque posiblemente hubieran dilapidado una buena cantidad de dinero para agasajarnos. Un dinero que no tenían.

Así que yo me dispuse a engullir cualquier cosa que me pusieran. El problema es que “cualquier cosa” incluye también una de las cosas que más odio en el mundo: Las berenjenas. Y la buena mujer me puso una bandeja repleta de tal manjar. Y cuando digo repleta, me refiero a todo lo repleta que puede ponerse una bandeja cuando se dispone de información de primera mano sobre las cantidades de comida que hacen en la casa de uno… y Boris vio que en mi casa podían comer perfectamente 20 cosacos hambrientos… y no quisieron ser menos. Yo engullí esas berenjenas como si fuera la comida más buena del mundo, aguantando las arcadas en cada bocado y achacando las lágrimas que corrían por mis mejillas a lo sabroso del plato…

Los 7 días que pasé en Sverdlovsk se caracterizaron porque no paramos ni un minuto y por ser la temporada más larga que me mantuve sobrio durante ese viaje. Aprendí que la gente se apiñaba en el transporte público como si fuera el último tranvía del mundo, que el precio de las cosas es relativo al lugar donde estés (un taxi costaba unos 25 rublos, un 12% del sueldo medio, pero sólo 75 pesetas de entonces), que el frío lo fabrican en Siberia (10 grados bajo 0 en los primeros días de octubre) y de lo importante que es no perder un guante en esas circunstancias. También comprobé que en un Lada entran 15 españoles, si la alternativa son dos horas andando a 10 grados bajo cero. Entre otras muchas actividades vimos la línea no tan imaginaria que separa Europa de Asia (con la gracia incluida de pisar con cada pie en cada continente) y, en general, descubrí que la vida en el bloque comunista era muy triste y carente de luz, y que yo tenía más dinero de bolsillo que todos los habitantes del feo bloque de viviendas donde vivía Boris.

Mi relación con Boris empeoró por momentos, y su faceta de caradura estaba mucho más desarrollada que cuando vino a España. Aún así tengo que reconocer que se esforzó por ser un buen anfitrión. Una tarde me llevó a casa de un amigo suyo cuyo padre era el equivalente ruso al estraperlista de aquí, para enseñarme los tres videos que tenía en el salón de la casa, uno encima del otro, conectados a tres televisiones diferentes… supongo que para él eso era lo más de lo más. La verdad es que prefería otras compañías a la suya y sólo nos veíamos para regresar a su casa por la noche, después de las excursiones. No había posibilidad de salir por las noches (cosa que agradecí).

Nos despedimos una fría mañana de octubre, más fría que las anteriores, quiero decir, con un frío abrazo de despedida. Le entregué todos los rublos que me quedaban por las molestias y me marché con el firme convencimiento de que no le volvería a ver en la vida.

Fin de la segunda parte.

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Este ha sido el primer fin de semana sin Huracán. No pretendo dar pena sino que simplemente constato un hecho: la echo mucho de menos. Es natural, supongo. Sobre todo en los momentos en los que estoy solo o sin gran cosa que hacer. Quizá por ello mis amigos se confabularon para tenerme ocupado todo el fin de semana. Pero anoche, mientras me comía una triste ensalada de lechuga, me entró un bajón, quizá por el cansancio del gimnasio, quizá por la triste lechuga, seguramente porque no tenía que simular que todo iba bien.

Para evitar descolgar el teléfono y hacer algo de lo que quizá me arrepintiese, decidí ponerme a escribir. Así que he decidido poner en negro sobre blanco una vieja anécdota que me pasó hace un montón de años. Y preparaos, porque es una anécdota muy larga, y la he dividido en varios trozos (para mantenerme ocupado varios días). Es una pena que Anushka no esté ya en la comunidad, porque a ella le sonarían muchas cosas que voy a contar.

Hagamos un poco de memoria histórica. 1990 fue un año tempestuoso en el este de Europa. Alemania se reunificó tras la famosa caída del muro de Berlín un año antes, marcando el comienzo del fin del bloque comunista y subrayando la victoria del capitalismo que condujo al neo liberalismo económico que rige nuestros días… pero en el este también ocurrió un acontecimiento pequeño, insignificante para el devenir del mundo pero que marcó un antes y un después en la pacífica existencia de una familia media española: Boris.

Boris era un ruso de unos 16 años, delgado, rubiejo y de ojos claros, con la sombra de un bigotillo adolescente asomando debajo de su larga nariz eslava. Nacido en la fría Siberia, en Sverdlovsk, una ciudad industrial del corazón de Rusia, casi al pie de los montes Urales, destacó pronto en idiomas, decantándose por el español, que estudió en la escuela oficial de idiomas de Sverdlovsk. Gracias a las oportunidades aperturistas de la Perestroika pudo participar en un viaje de intercambio cultural a España junto con otros rusos y rusas de la misma escuela. Un viaje de intercambio cultural para convivir con familias medias españolas. Y mi familia fue una de ellas.

Boris llegó a mi casa una fría mañana de octubre con una maleta llena de ropa de los años 70, unos cuantos regalos que todavía aparecen de vez en cuando por el fondo de algún cajón, y el estómago de veinte cosacos hambrientos. Su inmenso apetito se lo comía todo. Y repetía tres veces. Incomprensiblemente lo único que no le gustó de cuanto cocinó mi madre fue el arroz con leche. Pero lo demás, hasta la verdura, lo devoraba como si no hubiera ingerido alimento sólido en años.

El instituto al que yo iba, promotor del intercambio cultural, nos eximió de asistir a clase durante la semana que duró el experimento, y organizó diferentes actos en los que participábamos los miembros de los dos países. Por supuesto fuimos a ver Segovia y Toledo, como estaba mandado, y otras muchas cosas. Como salir por la noche de fiesta.

Boris era un fiestero y, como no me quedaba otra, yo le acompañaba de discotecas y bares por la noche. Y como el chico no tenía ni un duro, yo le subvencionaba las juergas nocturnas a golpe de billete de 1000. Claro que, siendo sinceros, no es que fuera obligado, la verdad, porque había una rusita, Tania, con cara de muñeca, de ojos claros, pelo rubio y unos grandes y carnosos, eh… labios, que no me resultaba indiferente y con la que llegué a intimar. Boris tampoco perdió el tiempo en sus correrías nocturnas y también intimó con una española, Maricarmen de nombre (recordad el nombre para futuros capítulos de esta historia), que le dio su dirección para intercambiar correspondencia escrita (no hay que olvidar que en aquella época Internet era sólo un bonito proyecto en una mesa de diseño del CERN de Ginebra).

Boris se quedó con la parte más atractiva del capitalismo. Él quería una copa y la pedía, quería un recuerdo de Segovia, y lo cogía. Veía que en las tiendas había multitud de cosas, pero sin preocuparse de pagar, o son el más mínimo interés sobre como se conseguía el dinero. Así que no es de extrañar que, un par de días antes de tener que marcharse a su país de nuevo, nos dijera en casa, solemnemente, que se quería quedar. Vamos, que no quería regresar a su madre patria, con la madre que le parió. Mi padre puso el grito en el cielo y hubo que convencerle para que no llevara al ruso devorador de comida al aeropuerto en ese mismo momento. No estaba dispuesto a adoptar a 20 cosacos hambrientos de una vez.

Boris se marchó después de una semana de intercambio cultural con un par de mis camisas nuevas, un chorizo del bueno, una propina en dinero contante y sonante y una idea muy equivocada de lo que suponía vivir en un país capitalista. Y con la promesa de que en un año yo iría por su país para devolverle la visita.

Fin de la primera parte.

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