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Posts Tagged ‘camarero’

La roja (aunque habría que llamarla la mostaza, o como dice un compañero mío, el limón mecánico) tenía una cita con la historia el jueves por la noche. Una de esas citas a las que no se puede llegar tarde. Yo no soy especialmente futbolero… soy del Atlético de Madrid por filosofía de vida (siempre sufriendo, pero cuando se gana, las dos o tres veces que pasa, joder qué subidón), pero no soy lo que se dice un forofo. Hace muchos años que no voy al campo… y tengo una bufanda con los colores de mi equipo, pero guardada en el altillo…

No tenía intención de perderme tan magno acontecimiento. Y los magnos acontecimientos se viven mejor en compañía. Así que quedé con unos amigos, Rico y Atenea para ser exactos, para ir a ver el partido a algún bar del centro. Me dirigía al punto de reunión en mi Kapullomóvil cuando me sonó el inconfundible tono de Expediente X en el móvil. Era, por supuesto, Huracán. Sus compañeras de piso no estaban y me invitaba a ver el partido en su casa. Teniendo en cuanta el tamaño del televisor, más propio de una casa de Pin y Pon que de seres humanos de verdad, y con el agravante de que la carne es débil y a Huracán le gusta tanto el fútbol como a mí la depilación con cera, le dije que mejor no. Pero la insté a que se viniera.

Huracán apareció preparada para ver un partido de fútbol y dar botes animando a su equipo. Pero para animarlos en otro sentido. Un vestido de verano, fino y liviano y con un generosísimo escote, y unas sandalias a juego. El pelo suelto y con sus bucles al viento y sus grandes ojos negros ocultos detrás de unas enormes gafas de sol. Estaba muy guapa y así se lo dije. A veces estas cosas me salen solas sin pensar en las consecuencias.

Como Rico había llamado para decir que se retrasaría, nos encaminamos hacia casa de Atenea para empezar a buscar sitios donde ver el partido. Atenea conocía un bar cerca de su casa con una gran pantalla y cerveza suficiente como para olvidar el generosísimo escote de Huracán (incluso para olvidar la visión de un centenar de elefantes de color de rosa bailando la conga por la calle). La elección del bar fue claramente acertada. En la mesa junto a la nuestra había un grupito de chicas rubias y altas, evidentemente extranjeras, y, todo hay que decirlo, guapísimas. Al menos dos de ellas espectaculares.

Para qué nos vamos a engañar… un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero la mayoría de esos minutos son de relleno. El tiempo efectivo de juego emocionante es una pequeña parte del total. Así que, si además de ver un partido podíamos ver a dos bellezones dar saltitos (con lo que eso conlleva) y agitar una bandera de España… mejor que mejor… ¿No? Pues eso mismo debió de pensar Rico cuando apareció y se dio cuenta del panorama… sobre todo porque me miró y levantó el pulgar dando su aprobación…

El partido no lo voy a resumir. Sobre todo porque sólo las personas en coma y algunos presos de Guantánamo en aislamiento sensorial no sabrán cómo terminó el encuentro. Ganamos, España jugó de vicio y Rusia fue una marioneta en nuestras manos. Los jugadores dieron patadas al balón, hubo varios tiros a puerta, pases en profundidad, y algunos jugadores corrieron la banda. Bueno, y el linier levantó la bandera varias veces. La diferencia es que esta vez ganamos…

Y las rubias saltaban, y se hacían fotos con nosotros, y con un tarado con la cara pintada con la bandera de España… y se rieron mucho, sobre todo cuando todo el bar empezó a cantar “¡¡Que paguen las rubias, que paguen las rubias!!

En el descanso (o intermedio, como lo llamó Atenea) decidí acercar posiciones con las rubias. Más que nada para que conocieran la simpatía española, y la amabilidad innata del país y sus gentes. El turismo es la fuente principal de ingresos de la nación y yo soy un patriota… aporto mi granito de arena para fomentar el turismo, sobre todo si es de tías buenas altas y rubias. Eran estudiantes de vacaciones, de San Diego, California (y quedé de miedo, porque cuando una de ellas dijo “San Diego”, yo dije “Ah, California”… ver tanto cine americano da sus frutos). Hablaban lo justo de español, lo que no desentonaba con mi inglés más que justo. Aún así conseguí sacarles unas cuantas sonrisas.

Es posible que os parezca un poco raro que estando Huracán delante intentara acercarme a las rubias. Pero, en fin, no es bueno que un hombre esté solo. Y se supone que somos amigos ¿No? Aunque creo que ella no pensó lo mismo, porque empezó con sus ardides. Las artes de Huracán: ojitos, cuchicheos al oído, y abrazos al celebrar los goles… los tres goles. Esas cosas son las que hacen que uno se desconcentre del partido. Pero eso sí, esas cosas también hacen que uno deseé que haya más goles. Otro par de ellos no habrían estado mal.

El caso es que, al terminar el partido, en lugar de irme con las rubias, me marché con Huracán, a celebrar la victoria. Vamos, no es que lo de las rubias estuviera hecho, pero es que ni lo intenté. Y nos fuimos a un bar cercano donde hacen unas caipiriñas muy buenas. A mí no es que me vuelvan loco esas cosas, pero a Huracán sí. Al menos en el local ponen muy buena música. Me resultó curioso que el camarero saludara a Huracán, aunque supongo que habrá salido mucho por aquí últimamente, y mientras comentaba algo del partido con la niña nos preparó dos caipiriñas. Eso sí, puso la guinda.

– ¿Puedo haceros una pregunta? – Dijo el camarero, aunque no dio tiempo a contestar – ¿Vosotros sois hermanos?
– ¿Cómo? – Dije.
– Es que os parecéis un montón…
– ¿Tú estás de guasa? – Dije, aunque pensé “¿Tú eres gilipollas?”
– No, no somos hermanos – Dijo Huracán
– No, en serio… os parecéis cantidad.
– Mira tío, espero que todo lo demás lo tengas mejor, porque lo que es la vista la tienes fatal. Y para que lo sepas, muchas cosas que hemos hecho ella y yo han estado prohibidas por la mayoría de las civilizaciones…
– Vale, vale, perdona…

Me sentó mal la tontería. Si le gustó Huracán, que le pidiera el teléfono y listo. Eso sí, que esperara a que me fuera al baño o algo así. Pero tampoco era como para desacreditar… digo yo.

Debía de ser la una de la mañana mientras paseábamos destino a casa de Huracán. No es que pensara en que fuera a pasar nada en concreto… simplemente tenía mi coche aparcado muy cerca. En ese momento me sonó el móvil: Era mi madre y no eran buenas noticias. Habían robado en la tienda de mi padre. Por lo visto tres desalmados, aprovechando las celebraciones por la victoria de España, y ayudados por la tapa de una alcantarilla, rompieron el escaparate blindado de la joyería de mi padre.

Así que sin casi despedirme de Huracán (nada sofisticado, un beso en la mejilla) la dejé en su casa y salí pitando para la tienda, donde me esperaba él y dos guardias civiles levantando acta de lo ocurrido. Dos lunas rotas del escaparate y media docena de relojes desaparecidos…

Una bonita forma de celebrar la victoria de España.

¿Qué pasará en la final?

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