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Posts Tagged ‘Camino de Santiago’

Nueve de cada diez médicos consultados dicen que perder mucho peso en poco tiempo no es bueno. El otro médico, está todavía con el chicle con azúcar (es que es un poco corto el pobre). Ahora en serio, no sé si será verdad, pero lo cierto es que perdí seis kilos en dos semanas. Yo pesaba la friolera de 100 y, al terminar esos 14 días, pesaba 93 kilos y medio… que no es poco, pero era menos que 100. Algunos, los más pesados, estarán preguntándose cómo pude hacer eso… y yo siempre digo lo mismo… hice la dieta del serrucho comer poco y andar mucho. La variante, la dieta del cucurucho, es mucho más divertida, claro…

Lentillas se quedó alucinada al verme… ¿Quién demonios era ese tipo casi no gordo que tenía delante? Ella recordaba a un Sr K redondito y blandito y, ahora, tenía a un Sr K… redondito y blandito… pero menos, seis kilos menos de redondez y blandez. Y reconozco que me gustó ver su cara de asombro. Estábamos en Lugo y esa misma tarde descubrí, al pagar los billetes de bus para Oviedo, que no tenía carné de identidad… lo que era un fastidio porque 9 días más tarde teníamos intención de entrar en Portugal… y no es bueno ir sin documentación. Pero esa es otra historia que os contaré otro día…

Llegamos a Oviedo sin novedad y buscamos el albergue de peregrinos de la ciudad. Albergue que encontramos sin mayores problemas. En realidad era una parroquia y estaba en mitad de la ciudad, en el bajo de un bloque de pisos. El párroco no estaba, era muy tarde y se había marchado a su casa. En realidad no había ningún responsable… y ya puestos, no había nadie que abriera la puerta. Cuando estábamos apunto de rendirnos y buscar un hostal o pensión donde pasar la noche, uno de los peregrinos salió del albergue… se iba de marcha a conocer la noche Ovetense. Digamos que actuó de nuevo la buena suerte que tengo y pudimos entrar.

Lo que pasó a continuación hay dos maneras de contarlo…

La mala.

Estaba acostado con Lentillas… y yo me estaba tocando… y le dije: “Toca, toca”, y ella me tocó…

Y la buena.

Estaba acostado en el suelo de la parroquia, junto a Lentillas, cada cual en su saco, y me estaba tocando las recién descubiertas costillas. Estaba tan extasiado, y tan contento por el logro que quería compartirlo con ella. Y le susurré:

– Se me notan las costillas… mira, toca…

Y ella tocó… ¿Qué otra cosa podía hacer? Sabe perfectamente que me puedo poner muy pesado en ocasiones.

– ¿Te imaginas que me pongo buenorro? – Le dije, aunque era un pensamiento más para mí que para ella…

Había un millón de posibles respuestas. Podría haberse quedado en silencio. Podía haber dicho un sí, o un no… podría haberme cantado una sardana, o recitado algún pasaje de Hamlet… pero no… tuvo que contestar, y encima hacerlo a la velocidad del rayo…

– Uy, eso sería un cambio radical…

O sea, estaba acostado junto a la tía que más me gustaba del mundo mundial y ella pensaba que yo era lo más radicalmente opuesto a un tío bueno… no ligeramente opuesto. No. No algo apuesto. Que va… radicalmente opuesto. Y encima no tenía ni que pensarlo…

– Buenas noches.- dije. Y me di la vuelta. No volví a decir nada en toda la noche.

No estaba enfadado. Ni molesto siquiera… pero tenía una cierta sensación de vacío en la boca del estómago. Como si el cuerpo supiera antes que yo toda el hambre que pasaría los meses siguientes… porque Lentillas se iba a enterar de lo que era un tío buenorro de verdad.

Durante el año siguiente perdí 17 kilos a base de dieta y ejercicio. Bueno, lo que se dice bueno, no me puse… pero me acerqué bastante. Para entonces ella empezó a salir con Ironmán y yo perdí mucha motivación… pero eso ya lo he contado en otra parte.

Un pensamiento final: Puedes, si crees que puedes.

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Una de las zonas de España que más me gustan es Navarra, con sus verdes lomas, sus bosques poblados y sus gentes francas y grandes. La selva de Iratí, o cualquiera de sus verdes valles, las cuevas de Zugarramrdi o de Urdax, incluso las yermas tierras de Olite… Navarra es una tierra digna de conocer y de disfrutar. Tiene un atractivo añadido: Las sendas milenarias del Camino de Santiago recorren sus valles. Y eso es un imán. Sobre todo teniendo en cuanta que mi deporte favorito es dar largo paseos por el monte.

Un puente de Mayo, al poco de conocer a Lentillas, mi grupo de senderismo organizó unos días por El Camino de Santiago Navarro. La idea: atravesar los Pirineos desde Saint Jean Pied de Port hasta Pamplona, siguiendo la via Peregrina. Y allí que nos fuimos, Bob el Silencioso, Lentillas y yo… y otros cinco amigos más. Íbamos en dos coches, que dejaríamos en Pamplona, y luego, un taxista nos llevaría desde allí hasta Saint Jean en una furgoneta. Andábamos un poco justos de tiempo porque, me imaginaba yo, los albergues de peregrinos los cerraban pronto.

Una vez que nos reunimos todos y encontramos al taxista, empezó oficialmente nuestro viaje. Íbamos los ocho apiñados en la furgoneta con todas las mochilas, aislantes y sacos de dormir, picoteando de una bolsa de patatas, una especie de tentempié, por las pequeñas carreteras de montaña que atraviesan los Pirineos. Los de delante escuchaban el partido de la Champions del Real Madrid que daban en la radio, y los demás mirábamos por la ventanilla, menos interesados en el fútbol que en ver los increíbles paisajes, donde los pueblecitos típicamente navarros se alternan con compactas masas boscosas, con predominio de… bueno… árboles que predominan en Navarra. Pero el espectáculo duró poco, ya que pronto cayó la noche.

Un rato largo después, el taxista nos dejó justo delante de la muralla de la parte vieja de la ciudad. Estaba toda iluminada con grandes focos, ya que Saint Jean es un destino turístico importante en la zona, y la estampa era realmente espectacular. La dirección a seguir estaba clara y, según el Taxista, no tardaríamos ni dos minutos en llegar al albergue de peregrinos. No teníamos más remedio que fiarnos de él porque no se veía ni un alma en las desiertas calles francesas, y eso que sólo eran las 10 de la noche.

Al otro lado del portón de la muralla había una calle empedrada y con aspecto medieval. Nuestros pasos resonaban en la quietud de la noche, especialmente el rítmico andar de Lentillas con su palo de peregrina con punta metálica. No había ni un alma, y eso que la noche era muy agradable.

Pronto dimos con el albergue de peregrinos. Un edificio de piedra, de dos plantas, con una enorme puerta de madera. En el quicio de la puerta, en su parte superior, había un escudo de piedra con la característica concha del peregrino, lo que confirmaba que estamos en un lugar donde ayudaban a los peregrinos. Confirmando mis temores, la puerta estaba firmemente cerrada. Normalmente los albergues son muy estrictos con las normas de apertura y cierre. Debe de primar, sobre todo, el descanso de los caminantes, y el que haya gente entrando y saliendo continuamente del albergue a altas horas de la noche no ayuda mucho a fomentar el descanso. De todas maneras los hospitaleros suelen estar pendientes de los peregrinos rezagados, como nosotros, y llamar un par de veces a la puerta debería bastar.

Toc – Toc.

Nada.

Toc – Toc – Toc. Nada.

Al cabo de varios minutos y varios intentos más, y sin haber respuesta alguna desde el albergue, nos enzarzamos en un pequeño debate sobre qué hacer a continuación. Había opiniones para todos los gustos, como es muy normal en cuanto en un grupo hay más de una persona. Las voces fueron subiendo de volumen y el jaleo al final provocó que una mujer del edificio de enfrente se asomara a la ventana. Por señas, y en un idioma muy parecido al castellano pero con palabras del francés nos indicó que la puerta de entrada estaba en un callejón lateral de la casa. Para confirmar sus palabras, justo en ese momento un farol se encendió en el callejón, encima de una puerta en la que no habíamos reparado. Como buenos chicos nos encaminamos hacia allí.

La manecilla metálica cedió y la puerta de madera se abrió lentamente sin un chirrío. Todo estaba oscuro al otro lado. Entramos intentando hacer el menor ruido posible (teniendo en cuenta que éramos ocho personas, con ocho mochilas más o menos grandes, con sus correspondientes aislantes y cosas colgadas… con botas de montaña de grandes suelas y demás, fuimos estruendosamente silenciosos). Nos quedamos todos juntos, en la absoluta oscuridad, esperando que pasase algo.

Hartos de esperar, uno de nosotros accionó el interruptor de la luz, iluminando la sala, toda ella de piedra y adornada con motivos del camino de Santiago, lo que venía a confirmar donde estábamos. Estábamos reunidos al pie de una gran escalera de piedra que ascendía hasta las alturas… hasta las alturas del primer piso.

Decidimos esperar a que el Hospitalero que encendió el farol en la calle viniera a nuestro encuentro… pero pasaron los minutos sin que nadie apareciera. Así que nos enzarzamos de nuevo en un debate susurrado sobre los pasos a seguir. Nos habíamos quitado las mochilas para estar más cómodos. Uno de mis compañeros empezó a investigar, abriendo todas las puertas que salían a su paso. Por suerte para todos encontró un servicio, donde fuimos entrando por turnos. Me llamó la atención un hecho curioso: ninguna tenía camas… así que, sagaz que es uno (y en ese momento era el que más experiencia tenía haciendo el camino de Santiago), deduje que las habitaciones tenían que estar arriba.

Efectivamente lo estaban.

Gimli, un tío bajito, pelirrojo y con el cuerpo lleno de pecas (hasta donde yo pude ver sin compartir duchas ni estar en pelotas), y yo mismo decidimos explorar el piso de arriba. Subimos las escaleras y, en lugar de una enorme sala común llena de literas, nos encontramos una fotocopiadora. Una fotocopiadora es lo más raro que uno se puede encontrar en un albergue de peregrinos. O sea, es más fácil encontrar a un coreano que baile flamenco que una fotocopiadora. Junto al aparato, un escritorio con flexo y una silla de oficina. Había una puerta blanca al otro extremo de la pared y Gimli la abrió de golpe, mientras yo miraba en un pasillo que terminaba en otra puerta.

– Buenasssss – dice Gimli con su voz. Con su voz rota de fumar dos paquetes de tabaco al día desde que cumplió los doce. Y lo que no era tabaco. Y a un volumen lo suficientemente alto como para que lo escucharan en España. Me mira y me hace señas para que me acerque.

La escena que contemplé no podía ser más rara. Una habitación pequeña sin adornos de ninguna clase, cuyo único mobiliario consistía en una mesilla de noche con una lámpara encendida entre dos camas pequeñas. En la de la derecha reposaba un hombre de mediana edad, en camiseta de tirantes, barriga al aire y con una revista apoyada en el pecho. En la otra, una mujer también de mediana edad, en camisón, y tapándose como buenamente podía con la sábana sus vergüenzas. Los dos nos miraban con una mezcla de inquietud y de sorpresa. La conversación que tuvo lugar a continuación fue toda en una especie de francés, inglés y castellano.

– Buenas noches – Dije – Somos peregrinos y queríamos pasar la noche en el albergue de peregrinos.
– No se puede.- Dijo la mujer.
– No hay sitio… bueno, no nos importa dormir en el suelo de la entrada. Tenemos esterillas… – Yo estaba muy metido en mi papel de peregrino.
– No, no… esto no es un albergue. Es una casa particular. – La mujer parecía llevar el peso de la conversación. El hombre seguía con la barriga al aire.
– ¿Una casa particular? Joder…
– ¿Cómo habéis entrado?
– La puerta lateral de la casa estaba abierta. – La mujer miró al hombre y puedo jurar que unos rayos salieron de sus ojos y lo fulminaron (metafóricamente). En lugar de morir entre inmensos dolores, o darse por enterado, el tipo siguió con la barriga al aire.

Deseándoles una buena noche, si eso era ya posible, Gimli y yo nos dimos media vuelta y nos bajamos a la planta baja, a informar a nuestros amigos de la nueva y desastrosa situación. Nadie nos creyó, hasta que apareció la sorprendida mujer bajando por las escaleras, ataviada con una bata de color rosa. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con ocho personas al pie de su escalera. Las mochilas, esterillas y demás parafernalia peregrina terminaron por tranquilizarla.

Resultó ser la casa particular (por las noches) y oficina del peregrino de Saint Jean (por el día). No se podía dormir allí, pero nos sellaron las acreditaciones que nos identificaban como peregrinos. Además, y como muestra de generosidad, se dedicó a llamar a varios hoteles de la ciudad para buscarnos alojamiento (en lugar de llamar a la policía y hacernos dormir en el calabozo por allanamiento de morada).

Al final era tan tarde (según el horario europeo) que no hubo posibilidad de cenar nada decente en ningún sitio. Indecente tampoco. Cenamos barritas energéticas y galletas de chocolate, en la cama de matrimonio de una de las habitaciones del Hotel (donde no me tocó dormir con Lentillas). Teniendo en cuanta cómo se desarrollaron los acontecimientos, la cosa podía haber sido peor.

¿No?

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Tal y como os contaba ayer, al salir me encontré con una escena propia de una película porno, salvo por el hecho de que yo no era el técnico de la fotocopiadora, ni tampoco el fontanero… sólo era un tipo grande con una toalla atada a la cintura (y con los calzoncillos puestos debajo, ojo, que tampoco es que me guste ir provocando al personal).

Eva estaba tumbada boca arriba, en la diagonal de la cama de matrimonio. Desde mi posición parecía estar desnuda. Encima de Eva sentada a horcajadas sobre sus caderas, y dándome la espalda, estaba La Portuguesa, vestida sólo con la camiseta de tirantes que traía puesta cuando la vi en el comedor y lo que a mi entender eran las braguitas. Eva apoyaba sus manos en los morenos muslos de La Portuguesa mientras esta le sobaba los brazos, el pecho, el cuello y la cara, con movimientos lentos y sinuosos (no sé si se puede usar esta palabra). Yo me quedé petrificado en la puerta del baño, sin atreverme a moverme, no fueran a dejar lo que estaban haciendo. Me di cuenta de dos cosas… la primera era que 40 kilómetros no son suficientes como para hacerme “perder el ánimo”, dada la reacción de alguna parte de mi cuerpo… y que sólo tenía una gomita en mi poder: El condón de emergencia de la cartera. Ese condón que todo hombre debe llevar… por si acaso.

Entré en el baño y abrí el botiquín buscando, iluso de mí, una caja de preservativos. Por alguna extraña razón pensé en ese memento que era lógico que en botiquín hubiera preservativos y no tiritas, ya que a un tugurio como ese era más probable ir a echar un polvo que a hacerse un corte. Pero no los había. Y con un condón no tendría suficiente para las dos mujeres… aunque llegué a la conclusión de que ese problema lo afrontaría y resolvería a su debido momento.

Joder, joder, joder… ¡un trío! Cuantos tíos no habrían dado su brazo derecho por participar en uno… y con ese par de bellezas además. Y, encima, lo más difícil ya estaba hecho. Ellas ya se estaban liando y, sabían perfectamente que yo estaba allí… así que me estaban indicando bien a las claras lo que querían que pasara allí dentro… desde luego alguien en el Olimpo debía de quererme mucho.

Me fui acercando lentamente a la cama y dejé caer la toalla de mi cintura. Y allí estaba yo, en calzoncillos y, aunque es de mala educación apuntar, no podía evitarlo… salvo que… Eva no estaba desnuda. Sólo se había subido un poco la camiseta y el pantaloncito corto quedaba oculto por las piernas de La Portuguesa. Y ya puestos, La Portuguesa no llegaba a tocar a Eva en ningún momento… dejaba las manos unos milímetros por encima de su piel y sólo las movía. De vez en cuando elevaba las manos al aire y soplaba, para volver a ponerlas casi sobre el cuerpo de la valenciana…

Sin decir ni pío retrocedí unos pasos hasta la toalla, que recogí y me volví a atar a la cintura. Y sólo entonces me atreví a decir:

– Ejem… chicas… eh… ¿Qué hacéis?
– Le estoy dando un masaje de energía… – dijo La Portuguesa – Uso mi cuerpo como catalizador y le transmito la energía positiva del universo que pasa a través de mí… – Había perdido todo el ánimo de repente.
– ¿De verdad?

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo. Tiempo después me enteré que a eso se le llama Reiki.

– Cuando terminéis apagad la luz.- Dije mientras me metía en mi pequeña cama… solo.

Me tapé con la sábana y me dispuse a dormir y descansar las piernas. Pero no me dormí… digamos que no soy fácilmente impresionable, pero tampoco es que estuviera demasiado tranquilo. Al rato escuché movimiento en la cama de al lado y pude ver como La Portuguesa se acostaba. Por el contrario, Eva se sentó en su lado de la cama, el más cercano a mi cama y me llamó.

– ¿Duermes?
– Ya no. Dime…

Y en qué hora dije ese dime. Por que me dijo. Y me dijo muchas cosas. Me contó que se había escapado de casa, que la estaban buscando para internarla en un centro psiquiátrico para someterla a un tratamiento… que ella no estaba loca, pero que a veces le daba por pensar cosas… raras (y no entró en detalles para añadirle mayor intranquilidad a la situación) y me dijo que conmigo se sentía muy a gusto porque yo sabía escucharla y se notaba que era un tío maduro… luego me deseó las buenas noches y se acostó. Supongo que se durmió.

Yo no.

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo, aunque dormía apierna suelta. Y la otra… fugitiva de un psiquiátrico.

A la mañana siguiente me levanté temprano. A las 7 de la mañana o incluso antes. No había pegado ojo en toda la noche y todavía tenía casi otros 40 kilómetros que hacer… kilómetros que no pude completar. Es más… esa noche la pasé en el hospital de Santiago… pero esa es otra historia (que seguro que os contaré)

Este ha sido, hasta el momento, el mejor trío en el que he participado… espero que en el próximo pueda tocar teta.

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Tras la primera entrega, continuo con la segunda parte.

Así que estaba decidido… después de comer me iría con la guapa valenciana con destino Santiago de Compostela, y con parada en noche tórrida de sexo. Llamé al albergue de peregrinos y me confirmaron que no había sitio, pero me dieron el número de un hostal en el propio pueblo. Reservé una habitación para dos y quiso la diosa fortuna de nuevo que sólo tuvieran libre una cama de matrimonio. La situación estaba mejorando por momentos… Aún así, y porque no quería que pensara que era una encerrona, decidí comunicárselo.

– No hay problema. – Me dijo – pero he hablado con mi amiga La Portuguesa y también se apunta… ¿Puedes preguntar si hay sitio para los tres?
– Bueno… voy a probar… pero ya sabes… en esta época… año santo… en fin… será difícil…

Conseguir que una bella y joven desconocida se meta en la misma cama de uno en un hostal de mala muerte es difícil. Montarte un trío con dos bellas y jóvenes desconocidas en un hostal de mala muerte entra dentro de lo casi imposible. Así que quedé convencido de que todo había sido una imaginación mía y que la valenciana no quería nada más que conversación y un besito en la frente de buenas noches. Recé para que no hubiera sitio, pero no me sonrió la fortuna en ese momento… o sí, quien sabe.

Me despedí de mis amigos peregrinos entre abrazos y promesas de quedadas futuras. Sólo cumplí una, con la guapa Princesa Leia, pero esa es otra historia que no viene al caso ahora mismo (pero que sin duda contaré algún día). Me costó dejarles porque les había cogido mucho cariño… y eso que habían sido nada más que diez días… aunque diez días muy intensos. Pero llegar a Santiago era importante para mí.

Salí solo y caminando a buen ritmo por los solitarios caminos de tierra de la bella comarca Lucense, sorteando flechas amarillas y poyetes de piedra con engañosas promesas de descanso. No hay que olvidar que yo ya llevaba una etapa completa de veinticinco kilómetros por la mañana y que me esperaban otros quince kilómetros por la tarde… como si fuera una maratón, pero cargado con una pesada mochila. Eva y La Portuguesa decidieron seguirme más tarde, una vez que consiguieran que algún taxista les llevara la mochila al Hostal… así que yo me adelantaba para hacer efectiva la reserva.

Resumiré los quince kilómetros como demasiado largos y desesperantes. Sobre todo los últimos dos o tres, que ya caminé con el sol prácticamente oculto, se me hicieron eternos. Pero por fin llegué al hostal, poco antes de las diez de la noche. Estaba cansado y casi agradecí que al final no hubiera fiesta con la valenciana porque no estaba seguro de poder dar la talla. Estaba tan cansado que ni subí a la habitación y cené en el comedor del hostal, solo, con la compañía de un televisor sin volumen y un tapiz de unos perros jugando al póquer (que puede dar una idea del nivel del establecimiento).

Eva y La Portuguesa llegaron poco antes de que terminara el café. Venían tan frescas y descansadas como puede ir alguien que ha cogido un taxi y no ha tenido ni que levantar la mano para pedirlo. La Portuguesa, a la que no había visto antes, era un poco más baja que Eva, morena de piel y más mayor que ella. Yo le echaba como un par de años más, como mucho. Una larga melena morena, lisa y brillante le caía sobre los hombros y casi, y digo casi, ocultaba un escote generoso. El pantalón vaquero recortado contorneaba sus firmes piernas y le hacían más que atractivo el culito respingón… lástima que lo del trío fuera prácticamente imposible…

Subimos a la habitación y nos repartimos las camas. Para ellas, la de matrimonio. Para mí, la supletoria. Teniendo en cuenta que llevaba ya tres días durmiendo en el suelo, una cama supletoria era un lujo asiático en comparación. Me metí en la ducha (Un huevo-ducha para ser más exactos) y me dediqué un buen rato a quitarme el polvo del camino, a hacerme las curas de rigor en las rozaduras, darme crema en los pies y en las piernas y, también, a recortarme un poco la poblada barba de dos semanas. Lo que se dice un repaso completo.

Y al salir…

Lo que pasó al salir lo veremos mañana en la tercera y última parte del trío (tres partes para un trío… menos mal que no fue una orgía con 144 personas)

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A petición de Anita, aquí os pongo una cosa que me pasó una vez que me surgió un trío. Va por entregas… como siempre. Espero que os guste y, sobre todo, no olvidéis que es 100% real.

En la empresa en la que trabajaba antes, era obligatorio que me cogiera el mes de vacaciones todo seguido y en época estival. Así que tenía que pensar planes interesantes que me llenaran todos esos largos días de verano. Aquel año no fue diferente. La segunda quincena transcurriría en compañía de Bob el silencioso, Lentillas y otra amiga, en las siempre verdes tierras asturianas, transitando por el poco conocido Camino de Santiago Primitivo. Un plan deportivo-turístico-cultural. Sinceramente: lo importante era que venía Lentillas… el donde era lo de menos.

Pero los primeros quince días estaba sin plan alguno. Se me ocurrió que podría ser interesante irme al cabo de Gata y aprender a hacer submarinismo. Busqué por Internet escuelas de buceo y encontré una en la que impartían un curso de 7 días, con examen para la licencia y todo. Y no era demasiado caro. Encontré también un hotelito a dos kilómetros del centro de buceo con una habitación individual muy cuca y tampoco demasiado cara. Demasiado cara para ser julio y temporada alta, claro. Sólo me faltaba reservar los billetes de autobús.

El problema era que no conseguí engañar a nadie para que se viniera conmigo. Y eso era la parte más negativa del plan. Porque poniéndome en lo peor, estaría solo en Almería, el submarinismo no tendría por qué gustarme y, siendo sinceros, pesando 100 kilos y usando una talla 48 de pantalón, el traje de neopreno no es precisamente lo más favorecedor… a no ser que para uno favorecedor sea parecerse a una morcilla. Y en eso pensaba cuando llegué a la estación de Autobuses, con mi mochila al hombro, mis sandalias de turista y mi cámara de hacer fotos colgada del cuello.

Y en eso pensé cuando, mirando el panel luminoso de salidas y llegadas, vi el nombre de una ciudad que trae siempre muy buenos recuerdos… León. Allí comencé mi primer Camino de Santiago años atrás, conocí a un montón de gente… El Camino de Santiago… joder qué recuerdos… allí nunca estás solo y pasan mil cosas… y… y…

Y cambié el billete de autobús, anulé la reserva del hotel y cancelé el curso de buceo… y me monté en un autobús sin tener nada reservado, destino a un futuro incierto… lo que se dice un impulso. De haber estado una mujer cerca, le habría regalado flores.

Terminada la introducción, volvamos a lo del trío.

Habían transcurrido como diez días. Me pasaron un montón de cosas, conocí a un montón de gente con la que formamos un grupo enorme de peregrinos y peregrinas, y lo que es mejor, me encontraba realmente bien físicamente, tras tanto tiempo caminando sin parar. Pero estaba en una encrucijada, porque había quedado en Lugo con Lentillas y los demás un determinado día, lo que me dejaba un tiempo muy limitado para llegar a Santiago abandonando a mis nuevos amigos, o seguía con ellos todo el tiempo que pudiera y me olvidaba de llegar a Santiago. No existía la posibilidad de de quedarme más tiempo y llegar a Santiago con mis amigos, porque habría supuesto un día menos de estar con Lentillas… y eso era inconcebible.

Había estado retrasando el momento de la decisión todo lo que pude… pero llegué a un punto de no retorno. Si abandonaba a mis amigos para acelerar el paso y llegar a Santiago en el tiempo previsto tenía que hacerlo en ese momento… o, mejor, después de comer… ahí tendría que elegir definitivamente qué hacer.

La decisión no la tomé yo. La tomó Eva. ¿Qué quien era Eva? Si esa pregunta me la hubieran hecho antes de comer no habría sabido contestar… porque no la conocía. Pero quiso la diosa fortuna que se sentara a mi lado en la gran mesa durante la comida. ¿Qué si era guapa? Mucho, como no podía ser de otra forma. Pelo rubio, liso, hasta los hombros, ojos verdes y grandes. Una tan bonita como frecuente sonrisa y una voz clara. Un poco más bajita que yo y delgada, aunque con formas femeninas y un cuerpo bronceado. ¿Qué cómo es que ella tomó la decisión? Pues muy sencillo… haciendo el Camino de Santiago hay dos temas de conversación recurrentes: Las ampollas (todo el mundo las sufre tarde o temprano) y la “etapa” de mañana. Así que, como no me parecía muy seductor hablar de pequeñas elevaciones locales de la epidermis por acumulación de fluido, hablamos de la etapa del día siguiente.

– Mi intención es llegar a Santiago pasado mañana… – Le respondí. Aunque sin estar seguro del todo todavía.
– Eso son sólo dos días Pero si quedan todavía casi ochenta kilómetros por lo menos…
– Por eso pretendo continuar, ahora después de comer, otros 15 kilómetros más… hasta Melide. Mañana otra pequeña machada más hasta Arca, y los últimos 20, para pasado mañana… se puede hacer. Así llego un día antes del día grande… sin tanto mogollón de gente.
– ¿Sabes qué? Me has convencido… me voy contigo.
– Bueno… si quieres… lo único es que a lo mejor nos toca dormir juntos, porque siendo las fechas que son, no habrá libre ningún albergue y pretendía dormir en hostales…
– Yo no veo ningún problema en eso… – Puede que fueran imaginaciones mías, pero me pareció ver un brillo especial en sus ojos.

La lógica, alentada por mi calenturienta imaginación, decía que si una tía a la que no conoces se ofrece a acompañarte a una habitación de un hotel… no es precisamente a dormir, ¿No?

Obviamente Eva y yo éramos dos y para un trío faltaba uno… o una. Mañana continúo con la historia, que se me está alargando mucho… y no quiero dejarme nada en el tintero.

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Tranquilos, mi relación con Huracán va bien. Es lo normal, teniendo en cuenta que llevamos saliendo sólo dos meses, una semana y cinco días. Va muy bien. Bueno, si quitamos los dos episodios de celos que ya he comentado. Y si quitamos también la pequeña mentirijilla que le dije el miércoles para poder ir al Beers&Blogs sin ella (si os pregunta, estuve ayudando a mi hermano con un problema en el ordenador), y la un poco menos mentirijilla del domingo para quedar con Bloody. Pero va bien. Así que no sé muy bien qué contar.

Durante el previo al B&B, las cañas de antes entre los comuneros, en otro bar diferente al del evento, conté una anécdota de un tipo que conocí en León haciendo el Camino de Santiago. Como la tengo reciente, la pongo por escrito y así os enteráis todos los que no vinisteis a la quedada. Qué hacía un ateo incorregible en pleno año santo haciendo el Camino de Santiago es una historia que se cuenta en otra parte. Pero para los que tengan mucho interés, hay un video en alguna estantería del archivo videográfico de una cadena autonómica que lo explica.

La historia comienza conmigo en el patio de un convento de Benedictinas a media tarde, a punto de meterme en la cama (una colchoneta de gimnasio, con las esquinas raídas y en compañía de un centenar o más de personas). Yo estaba sentado en una mesa de colegio con forma octogonal, escribiendo en mi diario las vivencias del día. El lugar era apacible y tranquilo. Y la mejor cecina de la región calentaba mi estómago. ¿Qué más puede pedir un hombre? Bueno… por aquella época, la compañía de Lentillas… pero eso era ya mucho pedir.

En su lugar apareció un hombre delgado y moreno, que se sentó en la misma mesa, tras pedirme permiso. Supuso que el que yo estuviera escribiendo en un cuaderno no era algo que me impidiera oír lo que tenía que decir. Y se puso a hablar. Para que os hagáis una idea, hablaba como si le hubieran dado a la cámara lenta, no mucho, pero lo suficiente como para que supieras antes que él como terminaban sus frases. Un poco desesperante.

Pero no era mal tipo. De hecho nos convertimos en inseparables a partir de ese momento. Bueno… él se convirtió en inseparable mío a partir de ese momento. Pero como pagaba todo (cañas, comida y demás), tampoco es que me importara mucho. Lo único es que hablaba y hablaba, y seguía hablando… todo el rato. A su velocidad, pero sin pausa.

Durante el tiempo que compartimos caminando le dio para contarme su vida entera, con pelos y señales. Os aseguro que andando por esos caminos polvorientos da tiempo para mucho. Y su historia era, cuanto menos, peculiar. Y es lo que os voy a contar yo ahora.

Armstrong (así le llamaré, por su gran parecido físico con el ciclista), nacido en el seno de una familia Andaluza acomodada. Todo lo acomodada que se puede estar poseyendo una montaña de dinero, porque su padre es (o era) un afamado y rico constructor. Así que el pequeño Armstrong fue a los mejores colegios bilingües, vistió la mejor ropa, condujo los mejores coches y, en general, disfrutó de una buena vida. Pero, por decirlo de una manera suave, siempre fue un poco cabeza loca. Digamos que le molaban mucho los cigarritos combinados y el polvito blanco cortado con Visa Oro.

Durante un tiempo trabajó de Manager en el equipo McLaren, el de la Fórmula Uno, y su labor era organizar fiestas para los pilotos y los mecánicos en las discotecas de moda de la ciudad donde se celebrara la carrera. Y así se recorrió medio mundo, de fiesta en fiesta, tirándose, según él, a las tías más buenas que uno se pueda imaginar.

En una de esas fiestas conoció a la que después sería su mujer. Y decidió sentar la cabeza. Cuando digo sentar la cabeza quiero decir que dejó el equipo de Fórmula Uno, los viajes y lo de tirarse a todas las top models que se pusieran a tiro. Lo demás lo mantuvo. Incluso después de ser papá.

En esta vida no es importante ser listo o tener suerte. Lo importante es tener contactos. Y, con semejante padre, los contactos vienen solos. Es por eso que, así como el que no quiere la cosa, se hizo con el control de todos los restaurantes de una conocida marca de comida rápida, de nombre escocés, para la zona sur de España. Y a vivir, que son dos días. Por cierto: me contó como va el tema de las hamburguesas, y, así entre nosotros, no he vuelto a comer en ningún restaurante de estos nunca más.

Pero un día se mascó la tragedia. Un pelín pasado de rosca con los porritos tuvo un accidente con su super todo terreno en una carretera sinuosa de la sierra de Córdoba. Quedó inconsciente, atrapado en su coche y si se salvó, fue porque dos amables peatones avisaron a la policía, después de quitarle cuanto tenía de valor encima.

Se tiró dos años inconsciente, postrado en una cama de hospital.

Al despertar se encontró con que su vida había cambiado un poco. Para empezar tenía una espesa barba. Luego estaba el detalle de sus piernas: No podía caminar. Y su mujer ya no era su mujer. Era su (rica) ex mujer. Se había divorciado de él, había vendido todos los negocios y, con la mitad de su enorme fortuna, se marchó a Indonesia, con la niña.

Hay días que es mejor no levantarse de la cama.

A Armstrong lo único que le quedó fue mucha pasta, y unas ganas enormes de volver a empezar. Así que se concentró en su recuperación y se dio a tope con la rehabilitación. Le prometió a no sé que virgen santísima que si conseguía volver a andar, haría el Camino de Santiago… y es ahí donde aparezco yo.

Nos separamos tres días después, cuando le avisaron de que a su padre le había dado un ataque al corazón. Volví a saber de él pasados unos meses, cuando me invitó a la inauguración de su restaurante en Bilbao. Y la última vez, apenas hace un mes, cuando me llamó para contarme que estaba de promotor inmobiliario en Córdoba…

Y esto es cuanto puedo contar de Armstrong.

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