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Anoche quedé con Tofu. El miércoles fue su cumpleaños y lo celebró ayer (tras un cambio de planes, porque iba a ser el sábado). Y por alguna razón yo estaba invitado. En realidad sería algo pequeñito… ella y yo, su hermano y su mejor amigo, y sus respectivas parejas.

Quedamos en su casa a las 9 de la noche para ir juntos al restaurante, lógico teniendo en cuenta que no conocía a ninguno de los demás celebrantes. Así que me fui con tiempo para poder aparcar en su barrio, algo que ralla con la improbabilidad matemática. Pero se me dio bastante bien y aparqué casi en la puerta tras sólo dos vueltas. Me quedaba por delante un largo tiempo de radio para amenizar la espera. Y había mucho que observar.

Aparqué casi a la puerta de un supermercado y, por las horas que eran, había trasiego de gente, casi todos con uniforme de oficinista: aprovechando la salida de trabajar, visita rápida al súper para comprar algo de comida. En la puerta, un chico subsahariano embutido en un raído abrigo marrón vendía con poco éxito la farola. Me llamó la atención su actitud. En lugar de ofrecer el periódico con desgana, como sabiendo a ciencia cierta que era un gesto inútil, el chaval tenía una sonrisa de oreja a oreja y, como campaña de mercadotecnia, ejecutaba pequeños bailes al ofrecer la publicación. Quizá era para quitarse el frío del cuerpo, pero de alguna manera transmitía simpatía. Casi me dieron ganas de bajarme del coche y comprarle un periódico.

En la acera, junto al coche, había un banco de madera con una pareja sentada en él desafiando al frío. Estaban muy juntos y parecían ser una pareja de enamorados. Seguramente lo fueran. Ella, andina y menuda; él, eslavo y fornido. No llamaban mucho la atención en el ir y venir de la gente por la calle.

Un enorme todoterreno me sacó de mis pensamientos al aparcar en doble fila junto a mi coche, bloqueándome la salida. Del vehículo se bajó una mujer de mediana edad bien resguardada debajo de un abrigo de pelo y de aspecto caro. Bajando de ese coche cualquier cosa tendría aspecto caro. La vi esquivar al subsahariano y meterse en el súper, para salir al rato con una bolsa repleta de cosas. Incluso los que tienen esos cochazos han de comprar comida, supongo.

Poco después de bajar el cierre de la entrada, una puerta lateral del súper se abrió y un chico joven sacó varios contenedores de basura. Se terminó la jornada laboral. En ese momento, la ya casi olvidada pareja de tortolitos del banco se activaron y empezaron a rebuscar entre la basura. Con movimientos precisos, posiblemente adquiridos con la experiencia, fueron separando lo que podría ser comestible. Casi todo lo que cogieron estaba embasado y, me imagino, serían productos caducados que no se podrían vender en la tienda, pero todavía comestibles. Entre los dos llenaron dos enormes bolsas.

Comenzó a caer una fina llovizna. En el reloj digital del salpicadero, las 9 menos 5… había llegado la hora de bajar del coche.

¿El cumpleaños? Tengo que ser sincero: Curioso.

Ella estaba preciosa, con un vestido verde muy entallado la mar de favorecedor, comprado para la ocasión. Era la primera vez que la veía con tacón alto (y me gustó el hecho de que todavía fuera más bajita que yo incluso con tacón).

En el restaurante nos esperaban los demás invitados y, por decirlo de una manera rápida, ella era la única mujer de la mesa. Su hermano y su mejor amigo, con sus respectivos novios. Y nosotros. No sé si sería alguna clase de mensaje.

Pero hubo jamón. Y a mí, con jamón… lo demás me da igual.

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Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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Voy a hacer un intermedio en la crónica del viaje a Nepal. Por dos motivos: porque estoy a la espera de un material gráfico que me tienen que pasar muy importante para ilustrar los textos; y porque han ocurrido cosas en mi vida cotidiana que merecen cierta consideración. Lo que ha pasado es que antes de irme a Nepal dejé pendiente un tema: una cena con una bella señorita. Y no una señorita cualquiera, no: Tofu.

Estaba apalabrado, pero sin una fecha concreta. Hasta esperaba que no se produjera en lo que queda de año, entre otras cosas por lo apretado de la agenda de la señorita en cuestión. Por eso me sorprendió que me llamara el viernes proponiéndome la cena para este fin de semana. Acepté, claro. A sabiendas de que sería en un vegetariano.

Dicen que hombre prevenido vale por dos. Y también dicen que lo importante no es saber, es tener el teléfono del que sabe. Y, en éste caso, tenía a mano al maestro de la cocina y reconocido miembro de esta comunidad, el Señor Daniel MacGill.

– ¿Me puedes recomendar algo que comer en el vegetariano? Es que la otra vez me quedé con hambre…
– depende mucho del sitio, claro.
– Ya… bueno, sé que no voy a comer tofu… eso seguro…
– A mí el tofu no me gusta, la verdad.
– Ni a nadie con paplilas gustativas…
– En este tipo de sitios suelen tener, por ejemplo, croquetas de nueces o de espinacas, si no te caen mal los fritos de noche… después suelen tener ensaladas con queso, generalmente de cabra o gorgonzola…
– Me gusta el queso de cabra…
– Yo conozco un sitio aquí que hacen una lasaña al pesto buenísima Pero no sé si tendrás tanta suerte…

Croquetas de nueces, ensaladas y lasaña… tres vías por las que guiarme en la carta. Con eso sería suficiente… probablemente.

A pesar de liarme con una calle y tener que preguntar a un taxista, al que apenas entendí porque, más que hablar, mascullaba, llegué a tiempo a casa de Tofu. Salir con margen es una ventaja. Tofu apareció por la puerta de su edificio embutida en un grueso abrigo, pero se la veía guapa y sonriente. Al montar me abrazó y nos dimos dos besos.

Llegamos bien al restaurante, entre otras cosas porque me había estudiado el recorrido a conciencia. Incluso aparcamos cerca y todo, algo que se podría considerar un milagro un sábado por la noche. Durante el trayecto hablamos de muchas cosas, aunque de nada en concreto. Intenté no hablar del viaje, tiempo habría. Además, como le había traído un regalito de Nepal y tenía preparada una pequeña historia sobre su obtención (que incluía arañas del tamaño de manos, un templo lleno de monos y varias aventuras con persecución y todo), quería dejar el tema para más adelante.

El restaurante, muy normalito. Nos tenían preparada una mesa en un rincón absolutamente nada romántico, justo al lado del radiador y separados de la cocina por un biombo de caña. Pero se estaba bien y me encontraba a gusto con Tofu. Nos estábamos riendo bastante.

Vino un camarero traernos la carta y dijo algo que no entendí… parecía la noche de los masculladores-vivientes, que siendo Hallowen todo pudiera ser. Busqué en la carta los elementos recomendados por Escocés, sin éxito. Además, tenían muy pocos platos entre los que elegir. Al lado de algunos de ellos, los de pasta principalmente, aparecían dos letras: una V y una C. Cuando llegó el camarero a tomar nota le pregunté, esperanzado, si la C quería decir que era apto para carnívoros. Él me miró sin entender mi pregunta. Antes de que pudiera hacerla de nuevo usando palabras más sencillas, Tofu intervino…

– C… de celiacos. V de veganos.- Ahora parecía obvio.
– Habría sido tan bonito lo otro…- Suspiré.

Tengo que reconocer que la comida no me preocupaba mucho. Estaba dispuesto hasta a comer una ensalada nada más… entre otras cosas por lo que he dicho antes: Hombre prevenido vale por dos. Antes de salir de casa comí algo de embutido y queso… por lo que pudiera pasar. O sea, prefiero cenar dos veces en una noche a no cenar ninguna. Al final la cosa no fue tan mala. Cené de primero una ensalada de lechuga de Roble (nombre inquietante para una lechuga), aliñada con aceite y una cosa parecida a las finas hierbas (que tenía cierto gusto salado), y de segundo unos canelones de espinacas con queso de cabra… más o menos lo que me recomendó Escocés. Terminé mojando pan (de semillas) y todo.

En cuanto a lo otro… la cena no fue exactamente como yo la había planeado. O sea, sé que no se debe de hablar demasiado de uno mismo en una cita, pero… me preguntó cómo eran los templos en Nepal y si había comida vegetariana. Y alguna cosa más sobre el trekking, pero creo que por cortesía. Y ya está. El problema vino cuando, en un momento de la velada, me llamó por otro nombre diferente al mío. La primera vez no le di mayor importancia (es algo que puede pasar). La segunda vez me alarmé. La tercera… claro, pregunté.

– ¿Lidenbrock?
– Mi ex…

El tal Otto Lidenbrock es miembro del partido político en el que colabora Tofu. Un cabecilla de la organización. Un tipo peculiar donde los haya y bloguero, para más señas. Con el nombre real del tipo no me ha resultado difícil encontrar su blog en Internet. Me ha hecho gracia descubrir que es también montañero.

El resto del tiempo hablamos sobre él. Habló ella, claro, porque yo tenía poco que decir en ese tema (hoy habría tenido algunas cosas que añadir, después del vistazo al contenido de su blog). Una de las peculiaridades que me contó es que la dejó por correo electrónico… un gesto que a ella no le gustó, como es normal. Le causó tal conmoción que estaba yendo al psicólogo.

A pesar de que ella se mostró afectuosa en todo momento, tocándome el brazo o la mano sobre la mesa, el estar hablando de lo que estábamos hablando me estaba despistando un poco. A mí no se me ocurriría hablar dos horas de Huracán durante una cita… no sé si me explico. Pero tanto toqueteo… en fin.

Al dejarla en su casa saqué del asiento de atrás una bolsita con el regalo que había traído de Nepal. Dentro había una cajita. Para engañar un poco lo había envuelto en papel de regalo de una conocida cadena de tiendas (los que se encargan de recordarnos que ya es Otoño, o Primavera). Dentro de la caja: un cuenco tibetano, con su instrumento de madera para hacerlo sonar. Quedó un poco deslucido porque la historia que tenía preparada no la pude contar. Y el coche no era el mejor sitio. Eso sí: le enseñé a tocarlo…

Me dio las gracias, me abrazó y se bajó del coche. Pero se dio la vuelta.

– El martes hay un estreno de cine. Se trata de un documental sobre el hambre del mundo. Me gustaría que vinieras.
– ¿Un documental sobre el hambre en el mundo?
– Sí. Es un tema del partido. Estarán los dirigentes… gente interesante.
– O sea… que estará Otto Lidenbrock, ¿No?
– Sí. Pero habrá mucha otra gente… – Me vio dubitativo y añadió – me ayudaría que vinieras.

Supongo que uno no es el Señor Capullo por que sí. Hay una razón para ello. Esa razón se me escapa y debe de ser como los designios del Señor… inescrutable.

El martes conoceré a Otto Lidenbrock. Pero esta vez iré meado de casa. Hombre prevenido vale por dos.

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Esto, que puede ser el comienzo del típico chiste donde al final se demuestra que los españoles somos más listos, es, en realidad, el resumen del cumpleaños que tuve el sábado por la noche. Para ser más exactos debería decir… van un español, un francés, un ingles… y doce mujeres en vestido de noche a un cumpleaños…

Doce mujeres. En principio, debería de haber sido una buena noticia… o sea… muy mal se tienen que poner las cosas para que, entre doce mujeres en vestido de noche, no haya una con la que ligar ¿no? Teniendo en cuenta que el francés y el inglés ya venían con su pareja respectiva, me dejaba un margen de diez a uno. Bueno, nueve a uno, quitando a mi amiga la del cumpleaños. Nueve a uno es un porcentaje muy bueno ¿Verdad?

Se daba otra circunstancia… una de las doce, la mujer del francés, estaba visiblemente embarazada. De siete meses, nada menos. Así que tenía una barriga enorme. Aunque no tanto, según la opinión de todas. Para estar embarazada de siete meses, claro… porque para tener gases a mí me habría asustado un poco. No estaba gorda, o eso es lo que opinaban todas las mujeres de la sala. Yo no sé mucho de embarazos. Lo único que sé es que una amiga mía, al séptimo mes de embarazo, parecía un modelo a escala real del planeta Marte… pero es que cogió mucho peso… así que a lo mejor tenían razón.

No sé si os ha pasado a vosotros alguna vez. Si en una cena hay una mujer embarazada y otra de las comensales ha sido madre, la conversación invariablemente gira en torno al embarazo. Multiplicad eso por diez. Porque diez de las doce eran madres. Y dos de ellas reincidentes.

Ligar no ligué (tampoco iba para eso), pero me enteré que la toxoplasmosis es una enfermedad que se puede contraer comiendo carne cruda. “¿Carne Cruda?” Dije yo. El jamón es carne cruda. Menos mal que la prohibición de comer carne cruda sólo recae en la madre. Pero es terrible… el niño puede hasta morir y todo. Así que no se puede comer jamón, ni jugar con la caca de los gatos (esta parte me quedó un poco en duda… o sea… ¿Quién juega con la caca de los gatos?). Ni comer pescado… aunque creo que eso no tiene que ver tanto con la toxoplasmosis como con el anisakis… que no es una bebida griega a base de anís, sino un parásito que tiene el pescado… en fin.

Otra cosa que descubrí es que hay una prueba obligatoria para las madres de cierta edad que consiste en pincharles con una aguja muy larga en la tripa y extraerles líquido amniótico… amniocentesis lo llamaron. Lo analizan y saben si el niño “viene bien”. El otro día, cuando os conté lo de mi miedo proverbial a las agujas, Escocés dijo que la epidural te la ponen también si eres hombre y te tiene que hacer una artroscopia de rodilla. Vale… pero de la amniocentesis seguro que me libro…

Por fin mi amiga cambió de conversación y me preguntó por mi viaje a Nepal… y para qué queremos más… una de las mujeres había estado en Nepal. ¿Algo a destacar? Sí… bajaban en camilla a los montañeros (a juzgar por sus palabras, a cientos) con mal de altura… queman a los muertos en piras funerarios en mitad de la plaza… pero lo peor es que sólo hay verdura para comer… pero si te gustan esos países exóticos…

Por cierto… la charla fue en su mayoría en inglés, porque el hombre no sabía español y, por el contrario, los demás sí sabíamos inglés… o, al menos, algo más que “My father is poor and my taylor is rich”… así que no me vino mal para practicar. Para practicar largos periodos de silencio…

Ahora que… cuando se marchó me desquité.

Tengo que ser sincero con vosotros: la noche estuvo bien. Terminé a las 5 de la mañana, por lo que todo no giró entorno a los embarazos… pero es que me gusta quejarme… ya sabéis.

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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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Ayer me mosqueé con Huracán. Y no sé si es que ella tenía un día tonto, o lo tenía yo… pero lo cierto es que logró sacarme de mis casillas, y eso no es fácil.

Huracán sigue trabajando de tarde/noche en el Hospital (y lo que nos queda). Ayer era festivo pero todos sabemos que los enfermos no libran porque sea el aniversario de la Constitución. Así que trabajaba, como casi siempre últimamente. Y Yo había quedado con mi amigo Almanzor, otro colega, y unas compañeras de su trabajo para echar unos bolos. No es que sea aficionado a este deporte, que no lo soy (algo que nadie puede dudar a juzgar por mi puntuación de la partida), pero era una manera de llenar una tarde de jueves festivo solitario. Además, las compañeras de trabajo de Almanzor son muy majas y divertidas y a nadie le amarga un dulce.

Las llamaremos Pampa y Gataparda y Follonera. Pampa es una preciosidad de mujer. Con una boca de labios carnosos y sensuales como pocas… a lo que hay que añadir un tipazo y, amigos, ese acento argentino tan meloso musical e hipnotizante. Morena, de pelo liso recogido en una coleta, y ojos marrones y brillantes. (Nota: doy tantos datos de esta chica, que aportan poco a la historia que cuento, porque pudiera ser que alguna persona de la comunidad sintiera curiosidad de saber cómo es que mi amigo Almanzor queda con un bombón así y se lo quisiera preguntar a él personalmente). Su amiga Follonera, compañera de piso además, es un poco más alta y con más formas femeninas, aunque con menos atractivo que su amiga. El mismo acento argentino pero mucho más cortante en ocasiones. Y, por último, Gataparda es alta (casi tanto como yo) y delgada, muy guapa y simpática y, sobre todo, muy dada a reírse con mis gracias (cosa que me gusta, claro). Ya sé lo que estáis pensando: como siempre el Señor Capullo rodeado de belleza por donde va…

Con semejante compañía no había posibilidad para aburrirse. Si a este elenco de bellezas le añadimos que las bromas eran constantes (pero obviamos el pequeño detalle de que las chicas nos estaban dando una paliza a los bolos) no es de extrañar que lo estuviéramos pasando en grande. En un determinado momento me sonó el móvil y era Huracán: Iba a salir un poco antes de trabajar.

Así que, un poco antes de lo previsto, salí pitando como alma que lleva el diablo a buscar a mi amada, como caballero andante que soy. A pesar de ser festivo, las calles estaban llenas de gente y de coches, y llegué un poco tarde (últimamente voy corriendo a todos lados, y lo que es peor: llegando tarde). Pero como Huracán estaba hablando con su hermano por teléfono no se dio cuenta del detalle.

– ¿Qué hacemos? – Me preguntó nada más montarse en el coche (y darme un beso, claro). – Aunque te advierto que estoy un poco cansada…

Todos sabemos lo que quiere decir realmente una mujer cuando dice esto… así que, como había pocas posibilidades de terminar en la cama, pensé que continuar la velada donde la había dejado no estaría mal. Le dije donde había pasado la tarde, quienes estábamos y lo bien que lo estábamos pasando… y no le ha parecido mal la idea de unirnos (cosa que me chocó, habiendo tres mujeres preciosas en la ecuación). Así que llamé a Almanzor para saber donde estaban y si podíamos reincorporarnos a los bolos. A los bolos no, porque habían cambiado de sitio. Estaban sentados en un restaurante, y ya habían pedido y todo. Me informó, además, que se habían sumado un par de colegas a los que hacía tiempo que no veía. Seguramente luego seguirían por ahí un rato más, tomando algo.

Huracán pensó (y no sin razón) que, entre que llegábamos y conseguíamos aparcar, habrían terminado de cenar… por lo que a lo mejor era más inteligente cenar algo nosotros por la zona del hospital (pero no el bar de la tetona, ni en la cafetería infestada de microorganismos perniciosos para mi salud, ojo) y luego ver donde estaban. El pensamiento femenino, que es así de práctico a veces.

Total, que cenamos por nuestro lado.

Al terminar le volví a preguntar a Huracán si seguíamos con el plan B (por si el plan A volvía a tener posibilidades), y ante su respuesta afirmativa (a la mierda el plan A), hice una nueva llamada de teléfono a Almanzor y quedamos en un conocidísimo bar cercano a donde estaban cenando.

Nuevamente coge coche, métete en la (ahora un poco menos) vorágine del tráfico de la ciudad, y busca aparcamiento. Nada. Otra vuelta más. Nada. Al iniciar la tercera vuelta Huracán sugirió que podría ser una buena idea meter en coche en un parking… porque, total, estaríamos un par de horas como mucho…

Y es aquí donde se inicia el conflicto.

Como vamos a meter el coche en un parking, me acerco todo lo posible a la zona del bar (para andar poco) y, justo cuando enfilo la rampa de bajada del aparcamiento subterráneo va Huracán y suelta:

– No, no. Para. Da marcha atrás…
– Pero Huracán… no puedo dar marcha a tras… tengo otro coche pegado.
– Es que me ha dado el bajón…
– ¿Ahora mismo? Pero si estamos a 50 metros del bar donde hemos quedado… dejamos el coche y cuando te de el aire verás como te animas.
– No, de verdad, que me ha dado el bajón. Llévame a casa…
– Pero si nos están esperando…
– Es que sabes que en el coche me da el bajón…

Insistí un par de veces más con escaso éxito. A casa. Imaginad la cara del encargado de la barrera viéndome entrar y salir del parking un instante después. Pero si a la niña le ha dado el bajón…

Si a la niña le ha dado el bajón nos vamos. Y, aunque sea curioso, no es motivo de enfado. Lo que me enfadó de verdad fue cuando dijo, un par de minutos después de salir del parking, nuevamente en la calle, rodeados de vehículos:

– ¿Por qué no vamos a la sala “…”? Hay conciertos en directo muy chulos…

La Sala “…” es donde le robé el beso a Huracán allá por el mes de septiembre. La Sala “…” está lejos de donde estábamos, y justo al otro extremo de la casa de Huracán. Ir a la Sala “…” supondría, como mínimo, otra media hora de coche más… Así que la sensación que me dio fue la de que no tenía bajón. Simplemente no le había gustado la idea de ir con Almanzor desde el principio. No había sido sincera y me había tenido toda la noche dando vueltas con el coche por la ciudad. Y eso me hizo sentir estúpido.

– No, Huracán, te llevo a casa como querías.- Le dije. Y no volví a abrir la boca en todo el trayecto.

Cuando llegamos, paré enfrente del portal. En doble fila. Quedaba claro que no tenía ninguna intención de subir a su casa. Ahora era yo el que no quería Plan A.

– No te enfades… – Me dijo.
– No me enfado – Mentí – es sólo que no te entiendo. Si querías que viniéramos aquí, sólo tenías que decírmelo. Si no quieres ir con Almanzor, me lo dices. Si prefieres ir a la Sala “…”, me lo dices… pero no me digas que sí, me tengas dando vueltas y volver aquí cuando ya estamos allí aparcados… Te he preguntado qué querías hacer. Te lo he preguntado dos veces.
– Es que me dio el bajón…
– Curioso bajón. Es mágico… aparece y desaparece a voluntad… – Tono cortante – Buenas noches, Huracán. Que descanses.

Y se ha bajado del coche. Eso sí, enfadado y todo, esperé a que entrara en el portal y encendiera las luces.

Y me he ido a casa. Hoy todavía no he hablado con ella.

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Nada hacía pensar que el jueves fuera a ser un jueves diferente a cualquier otro jueves. Bueno, cualquier otro jueves desde hace un mes, más o menos. La rutina habitual de los jueves es salir del trabajo, a eso de las seis de la tarde, y enfilar raudo y veloz (pero sin sobrepasar lo límites de velocidad) hacia casa de Huracán. Luego está la opción de conducir canturreando canciones de la radio o escuchando algún informativo, que varía según los días y el estado de ánimo. Y este jueves, por esas cosas que tiene la vida, y como novedad, me había parado en una floristería que me pillaba de paso para comprarle a Huracán una rosa roja. Ya veis, que tenía un día de los tontorrones…

Así que allí estaba yo, con una rosa en una mano y nudillo en ristre llamando a la ya conocidísima puerta de la casa de Huracán. Lo que pasa es que me recibió una desconocidísima Huracán. Los indicios: un beso corto, un pico más bien, y una mirada que no supe identificar. La seguí al salón y allí…

Allí estaba un señor de unos dos metros de alto, y otros tatos de ancho. Vestía un impoluto traje de chaqueta cruzado de color gris y unos zapatos que refulgían de puro brillo. Estaba serio, de pie, junto al sillón. Y me miraba. De arriba abajo (No creo que fuera con desdén. Teniendo en cuenta que me sacaba más de una cabeza no tenía otra opción que mirarme de arriba abajo).

– Este es mi papi.- Dijo Huracán – Estaba en la ciudad por negocios y ha venido a verme por sorpresa.

Creo que a la palabra Papi le faltaban muchas letras para ceñirse a la realidad. Incluso a la palabra Padre le faltarían muchas letras. Y por sorpresa no era tampoco una expresión acertada. Emboscada sería lo más parecido.

– ¿Y tu eres…? – Dijo papi con una potente voz de bajo (lo que no deja de ser un contrasentido), mientras me ofrecía la mano para que se la estrechara. Casi me la destroza…
– Es mi novio, el chico del que te he hablado.- Dijo Huracán antes de que pudiera contestar otra cosa (como por ejemplo: “Un testigo de Jehová predicando la fe”, “un vecino que viene a por una pizca de sal” o “alguien que ya se marchaba”). – Ahora te dejo un rato con él mientras voy a comprar algunas cosas abajo, para haceros la cena. Y os vais conociendo. Se bueno con él, Papi… ¿Vale?

Le dio un beso en la mejilla, y seguidamente otro a mí, y salió disparada por la puerta… dejándome allí, a solas, con la representación antropomórfica de todos los papis que nunca hubieran existido sobre la faz de la tierra… No me había dado tiempo a pensar en qué demonios quería decir con lo de “se bueno con él” cuando la voz del Padre atronó desde las alturas.

– Así que tú eres el que se folla a mi hija… ¿No?

A esto le llamo yo disparar a quemarropa y sin silenciador. El papi me miraba serio desde sus casi dos metros. Me pregunto si no hubiera sido mejor un largo silencio incómodo o un comentario casual sobre el tiempo, haciendo notar la enorme cantidad de Cirrostratos que había en el cielo últimamente.

– Eh… si… digo, no, señor.
– ¿En qué quedamos? – Y seguía impasible. Yo ya era un manojo de nervios, y me sentía pequeño… muy pequeño.
– Pues… eh… que sí salgo con su hija… pero no me la follo… señor.
– ¿Que no te la follas? Que pasa… ¿Qué no está buena?
– Si señor… m mucho. – Y me arrepentí de hacer dicho eso una milésima de segundo tarde.
– ¿Entonces?
– Verá… Llevo saliendo con su hija un mes… más o menos… y… eh… hemos practicado el … eh… el acto sexual… con protección… esto… unas cuantas veces… sí… eso es… – tragué saliva – hemos hecho el amor…

Y me sentí muy, pero que muy estúpido diciendo eso. Más si cabe cuando el Papi empezó a reírse a mandíbula batiente. Incluso lloraba de la risa, el muy…

– Me alegro. Eso que te llevas. Relájate, hombre… ¿Bebes cerveza?
– Sí – Dije con alivio, contento por fin de saber la respuesta correcta a una pregunta.

Papi se metió en la cocina y volvió con dos de mis latas de cerveza. Me tiró una y se abrió la otra.

– Ven al sofá, hombre… hablemos más cómodamente mientras vuelve la niña…

Y la niña nos encontró riéndonos en el sofá, bebiendo cerveza y comiendo cacahuetes. Resulta que el Papi es un cachondo mental y gastaba la misma broma a todos los chicos que Huracán le ha presentado. Por lo visto todos habían temblado tanto o más que yo. Claro que, midiendo dos metros y con esa voz, como para no acojonarse…

El resto de la tarde y la cena fue tremendamente agradable, una vez que me relajé un poco. El padre de Huracán es un hombre muy divertido con el que comparto el mismo sentido del humor y gusto por los juegos de palabras. Y cuenta unas historias tremendas con ese gracejo sureño tan característico.

Antes de marcharme me ha hecho prometer que haría todo lo posible por pasar las Navidades con ellos en el Sur… Ya veremos qué pasa.

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