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Hace unos cuanto años mi cuñada adoptó un gatito. Tenía apenas una semana y era todo cabeza y ojos. Atigrado y con unas garras como agujas, apenas se podía mantener en pie. Como ella tiene otros gatos mayores, me pidió el favor de cuidárselo hasta que fuera lo suficientemente grande como para que le pusieran una vacuna para no sé qué enfermedad de gatos.

Yo no soy mucho de animales, pero accedí. A pesar de que había que darle un biberón cada poco tiempo y que el bicho maullaba cuando lo dejaba sólo en la cocina por la noche. Al final terminó durmiendo en mi habitación. Él en su cesta y yo en mi cama. Bueno… en realidad debería de decir más bien “ella”.

Yo la llamaba “Lucifer”, que me parece un nombre genial para un gato. A mi cuñada no le gustaba porque decía que no era un nombre para una hembra, a pesar de que “Luci” como diminutivo sí podía ser femenino. Así que decidí llamarla “Muerte”, que es femenino y más molón que Lucifer. Y, usando el adjetivo “pequeña” delante, había un juego de palabras muy majo. Pedro mi cuñada no debió de pillarlo y al final decidió llamarla “Mimí”, que es la cosa más cursi que he oído nunca. Escribir “Mimí” me hace pensar en lazos rosas y cosas como “tutús”. Y muchos tirabuzones y nubes de algodón de azucar.

Los primeros días de “Muerte” en mi casa fueron muy duros para ella. Supongo que echaba de menos a su mamá y no paraba de maullar. Aunque tragaba del biberón como si su vida dependiera de ello. En realidad dependía de ello, claro. Pero apenas salía de debajo del jersey viejo que constituía su abrigo, dentro de la cesta que constituía su casa.

A los pocos días la descubrí husmeando el borde de la cesta, aunque volvía a desaparecer dentro del jersey en cuanto me veía aparecer. Digamos que se convirtió en una especie de juego entre los dos. Era eso, o tenía atemorizada a la mismísima muerte.

Un par de días después se atrevía a pisar el cojín sobre el cual estaba la cesta. Y al poco tiempo se aventuraba ya a olisquear la alfombra sobre la que estaba el cojín. Ni que decir tiene que el gatito empezó a desaparecer debajo de cualquier sitio y cogió la costumbre de seguirme por toda la casa. A veces la dejaba dormir sobre mi tripa, mientras yo estaba recostado viendo la tele… pero dejé de hacerlo cuando se me cagó encima. Me estropeó alguna camiseta con sus uñas y descubrí que no le gustaba que le cogieran la cabeza y le hiciera la “minipimer”, porque me mordía y arañaba. Tenía mucho carácter la gata.

Hicimos buenas migas.

Cuando se la llevó mi cuñada, “Muerte” era un tigre encerrado en el cuerpo de un gato de nombre cursi.

En esto he pensado hoy mientras caminaba por un barrio periférico de un pueblo periférico. Un barrio en el que nunca había estado y en un pueblo en el que nunca había pensado estar. Y me acordé de cuando era pequeñito y no me dejaban bajar sólo a la calle, o cuando sí me dejaban salir a la calle sólo, pero sin cruzar la carretera.

Me acuerdo de la primera vez que fui a los recreativos del centro comercial sin el permiso de mis padres (¡Y eso que había que cruzar una calle de 4 carriles!). Pero es que había un simulador de La Guerra de las Galaxias y eso lo justificaba todo.

Mi territorio se ampliaba día a día y del centro comercial pasé al barrio de al lado, y de ese al otro extremo de la ciudad. Aunque un viaje al pueblo más cercano suponía una aventura todavía… ahora creo que no hay demasiadas barreras y me aventuro a lugares nuevos y, sobre todo, muy lejanos y exóticos. Y me sonrío cuando me acuerdo de mis tiempos debajo de un jersey viejo.

¿Qué hacía yo en un barrio periférico de un pueblo periférico? Pues muy sencillo. Había ido a recoger mi coche. Lo estaban arreglando. Al final, resultó que no era nada de los que me habían dicho, y lo era todo a la vez. Pero no me ha costado casi nada. ¿Por qué? Por que me lo ha arreglado el padre de la chica rubia del perrito feo

Ahora tengo que devolverle el favor invitándola a cenar.

¿Tengo o no tengo suerte?

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Se supone que los hombres sabemos principalmente de tres cosas: fútbol, coches y mujeres.  Así que supongo que mi lado femenino es fuerte, porque yo sé todo lo que hay que saber de una de ellas, sólo sé un poco de otra y soy un negado total con la que falta. No necesariamente en ese mismo orden, claro.

Mi coche lleva haciendo un ruido raro desde hace unas semanas. Para que os hagáis una idea, la parte de atrás de mi coche suena como lo haría el colchón viejo de un motel de mala muerte después de años de uso y disfrute. Así que, cuando paso raudo y veloz por alguna rotonda, parece como si alguien se lo estuviera pasando en grande en la parte de atrás del K-Movil. Solo que nadie se lo pasa en grande. Y menos yo… sobre todo porque sé lo que ese ruido significa: dinero.

Mis conocimientos de mecánica se limitan a cambiar una rueda en caso de pinchazo y, cosas que tiene la vida, a saber cual es el polo negativo de la batería. Para todo lo demás, lo llevo al mecánico. Por suerte, todo lo demás ha sido, hasta ahora, la revisión de cada 20.000 kilómetros.

Pero pese a no saber nada de mecánica, he llegado yo solo a la conclusión de que ese ñiki-ñiki no es muy normal (ñiki-ñiki es el ruido que hace el coche… no lo otro, a ver si se me va a entender mal). Así que he decidido llevarlo al mecánico.

Supongo que los mecánicos producen un sentimiento de desasosiego cuando dicen: “esto suena fatal… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… amortiguador, freno, correa de transmisión, etc)”. Pero en realidad es el mismo sentimiento de desasosiego que puedo producir yo cuando digo “esto tiene mala pinta… vamos a tener que cambiarle el (poner aquí la palabra técnica que queráis… disco duro, unidad de procesamiento, tarjeta de memoria, etc)”. A mí me lo produce. Porque no tengo ni idea de lo que me están hablando.

He pasado primero por un garaje y después de menear la parte de atrás de mi coche durante un rato, el grasiento mecánico ha dicho: “Uy, esto es cosa de las barras de torsión”. Tendrás que ir a otro sitio porque yo no lo puedo cambiar. La palabra mágica es Barra de torsión.

Al segundo garaje al que he ido, el oficial de la casa, ha sido un poco más apocalíptico. Ha dicho: “Eso suena mal. El problema es del eje de suspensión. Hay que cambiarlo entero. Puedo cambiarte los cojinetes pero seguramente los rodamientos de aguja estén desgastando el eje y por eso suena fatal. Desde el momento en el que me traigan las piezas (y pueden tardar, porque estamos en agosto y ya sabe usted lo que pasa en agosto) un par de días. ¿Precio? Sobre los 1000€… algo más quizá”. Aquí hay dos palabras claves: eje de suspensión y 1000€.

Al tercer sitio donde lo he llevado, el único donde el mecánico ha mirado debajo del coche, me ha dicho: “joder… ¿desde cuando lo llevas así? Macho, esto es muy peligroso. Tienes los amortiguadores en el muelle. Se han quedado sin aceite y has perdido toda la hidráulica. Para matarte… como entres fuerte en una rotonda puedes volcar… tráemelo mañana por la mañana y te cambio los amortiguadores… 150€, pero mañana te lo confirmo cuando lo vea”.

Los tres han dicho cosas completamente diferentes. Esto es como el cuento de ricitos de oro… ¿A qué oso le dejo mi coche?

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Durante todo el tiempo que llevo practicando el deporte de salir al monte, y ya son unos pocos años, he conocido a mucha gente. Podríamos decir que, en esencia, todos los amantes de este deporte tenemos una serie de características en común. Evidentemente a todos nos gusta el campo y la naturaleza, aunque a diferentes niveles. Los hay que se saben el nombre de todos los yerbajos, por pequeños que sean. Y otros, como yo, que sólo diferencian entre “los que pinchan” y los que no. Y, a veces, ni eso.

Aparte del montañero naturalista (ojo, no confundir con el naturista… que es el que va en pelotas), está el montañero místico. Es el que ves solo, o acompañado de sí mismo, en una cumbre mirando el infinito. Este tipo de montañero habla poco, prefiere caminar por el monte él sólo o, en su defecto, con un amigo más silencioso que él mismo y evita todo contacto con otros montañeros, sobre todo si van en grupos y no paran de hablar.

Yo pertenezco a este último subgrupo. Me gusta la montaña y sus cosas, pero entiendo el senderismo como deporte y, sobre todo, como acto social. Durante la salida veo a mis amigos y comento con ellos… y, siendo un grupo “abierto” siempre hay nuevas incorporaciones… así que, además de charlar con muchos de mis amigos, conozco gente. Huracán, por ejemplo, era la amiga de un amigo que vino a una de estas salidas… para que luego digan que el senderismo no da de sí.

Ayer, mientras trepábamos trabajosamente por una empinada ladera, con un par de “pasos” arriesgados (pero no tanto gracias a que la evolución, en su infinita sabiduría, nos dotó de trasero), surgió un tema de conversación interesante… y que da título a la entrada… ¿Tú qué haría si te tocaran 18 millones? La verdad es que las teorías dan mucho de sí. Además de trasladaros la pregunta, para que me digáis lo que vosotros haríais, os cuento lo que yo haría.

O, mejor… lo que no haría. Una de las cosas que no haría nunca más sería trabajar. Eso de que el trabajo dignifica es un cuento chino. Yo no necesito trabajar. Ahora sí, por la hipoteca y eso, pero no es algo que yo “necesite”. Yo no me aburro en casa… os lo puedo asegurar.

No me compraría ni una casa enorme ni un coche nuevo. Yo no necesito vivir en el lujo y la abundancia. Hay días que me gusta darme un homenaje y voy a un restaurante bueno a cenar algo sofisticado. O todo lo sofisticado que puede ser un solomillo o algo así y unos entrantes imaginativos. Siempre que no lleven berenjenas o espárragos. Ni pimientos rojos. Y, bueno, me gusta un buen vino como al que más. Pero disfruto igual de bien de un bocadillo de calamares y una caña en un bar con olor a fritanga. La ropa cara me debe de sentar igual de mal que la barata y, mi Kapullomóvil será mi coche durante mucho tiempo, con o sin dinero. Como respeto escrupulosamente los límites de velocidad, sería triste llevar un Porche a 90 por hora en una carretera convencional con arcén transitable. Respecto a la vivienda… una casa más grande es un sitio donde meter más cacharros… y, más cuartos de baño son más inodoros que fregar. Además, yo sólo puedo mear un uno a la vez… así que ¿Para qué quiero más? Vale, podría contratar a alguien que limpiara… pero si con mis 69 metros cuadrados tengo de sobra… ¿Para qué meterme en algo más grande?

Así que seguiría viviendo como hasta ahora, sólo que sin trabajar.

Otra cosa que no haría es decírselo a mis amigos. Ni a los más íntimos. Pensaréis… jo, qué tío… seguro que lo hace para no invitar. Pues sí. Por eso es… y porque creo que se me plantearían una serie de problemas asociados al dinero. Me explico.

Si les dices a tus amigos que has ganado 18 millones de euros y, pongamos por caso, sigues como siempre, o sea, invitando de vez en cuando, pero tampoco todos los días, puede pasar que piensen que, a pesar de tener más dinero del que puedas gastar en tu vida, eres un agarrado por no invitar siempre… o sólo a unas míseras cañas, y no a un vino caro… pero si invitas siempre, es posible que lo consideren como un acto de prepotencia… tengo más dinero que vosotros, pobres desgraciados, así que hago ostentación de ello por donde voy. Y no se sabe por donde acertar…

El problema de tener dinero es que no sabes si ese pedazo de monumento en forma de mujer escultural que, por algún extraño motivo te encuentra irresistible, te quiere por ti o por tu billetera. Llamadme anticuado… pero es que esa duda me surgiría tarde o temprano (al menos después de varios meses de pasión… pero me surgiría).

Así que todo seguiría igual que antes… sólo que con más dinero y con mucha más tranquilidad…

¿Y vosotros?

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Esta semana en el club de los Jueves tenemos que escribir sobre un tema muy concreto: Le Voyeur, el mirón. Pensando en ello y gracias a la inestimable ayuda de los medios de comunicación se me ocurrió este texto. Ya sé, hoy estamos a martes y el club de los jueves siempre lo hacemos… los jueves. Pero es que es un tema de tanta actualidad que no me he podido resistir. El jueves, por supuesto, habrá otro relato diferente.

Una columna de tanques de guerra avanzan por una carretera. Hay civiles que miran con temor y una enorme columna de humo se eleva en el horizonte. Una voz en off, femenina y neutra, traduce las declaraciones del Primer Ministro:

“Instamos a las autoridades de Georgia a que paren inmediatamente la agresión contra Osetia del Sur, que paren todas las violaciones de los acuerdos de cese al fuego y que respete los derechos legales y los intereses de otra gente”

La imagen cambia de pronto, y se suceden una serie de escenas muy rápidamente: Una lanzadera de misiles soltando al aire su carga letal, un avión descargando bombas sobre la ciudad. Una mujer ensangrentada llorando entre las ruinas de un edificio. La voz en off sigue con la crónica:

La batalla por tomar el control de la ciudad más importante del enclave secesionista se intensificó durante la pasada madrugada con enfrentamientos que, según oficiales rusos, se ha cobrado la vida de más de 2.000 personas, tras los “cientos de muertos” que reconoció ayer…

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Seis tipos en bicicleta por una carretera. Visten de vivos colores y todos llevan dorsales. Corren muy deprisa. La voz en off, esta vez masculina, comenta la jugada:

Último kilómetro… último kilómetro… ahí hay un pequeño… nada… unos poquitos metros de subida… para girar ligeramente a la izquierda… encarar el peaje…

Los ciclistas aumentan la velocidad. Dan pedales como locos, poseídos por el ansia de ganar. Apenas quedan ya quinientos metros para la meta.

A ver quien es el primero en lanzar el sprint… hay que medir mucho la distancia… cuidado con… que todos los metros que pasen son a su favor… a esa subida ya no le queda casi nada… cuando pasen por el arco… ya todo es… más o menos… falso llano… Vamos Samu… aprieta los dientes… vamos… el asturiano… corriendo para España… por la izquierda Samuel Sánchez… vamos Samuel, vamos Samuel… Samu… Samu… vamos Samu… Samu, Samu… Samu campeón…Campeón”

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Un coche blanco aparece en primer término. Tiene todo el frontal reventado, el motor hecho trizas… hay piezas por el suelo y una gran mancha de aceite. Un policía inspecciona el otro vehículo. Es rojo y también tiene el frontal destrozado. Hay varios cuerpos cubiertos con mantas en el arcén. La voz en off dice:

El accidente ocurrió pasadas las diez de la mañana en el kilómetro 25 de la carretera CM-401, entre las localidades toledanas de Polán y Gálvez. El siniestro se pudo producir, según las pesquisas iniciales, por una conjunción de elementos, ya que uno de los dos vehículos implicados invadió el carril izquierdo de forma antirreglamentaria, pero lo hizo en una recta donde hay bastante visibilidad. Por ello, los agentes barajan también la posibilidad de que el conductor se hubiera distraído al adelantar.

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¿Dónde pondrán una película? Esto es un rollo… Tengo hambre… a ver qué me preparo para comer…

Los textos de las noticias están sacados de El País y la prueba ciclista de Televisión Española

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Ayer se me hizo muy tarde en la oficina. Tan tarde como que eran las diez de la noche cuando salí por la puerta. Obviamente no había nadie en el edificio, excepto el guarda de seguridad y la señora de la limpieza, y casi no había ni un alma por la calle. Normal: Las nubes negras, pero negras como el carbón, prometían algo más que unas cuantas gotas inocentes. Los rayos confirmaban esa idea y la carga eléctrica en el ambiente erizaba el pelo de la nuca. Por suerte el coche estaba muy bien aparcado en la misma puerta de la empresa.

En la radio hablaban sobre el partido de España del domingo y de San Iker Casillas, y se me ocurrió la idea de que molaría tener un San Sr K. En realidad creo que algo de eso hay, aunque no soy creyente. Y en estas estaba cuando noté algo raro. La rueda delantera derecha del coche parecía no ir del todo bien. Así que aparqué en un vado y me bajé a ver qué pasaba…

Pinchazo.

Con cuidado llevé el coche hasta una gasolinera cercana para intentar proceder al cambio de rueda. Mientras tanto la tormenta seguía amenazando a cierta distancia, y los truenos decían en su idioma “Te vas a cagar, chavalote”. Ni que decir tiene que era primordial la velocidad. Lo que habría dado yo por tener un equipo de mecánicos a lo Fernando Alonso… pero en lugar de eso tenía una llave endeble, un gato y una rueda de repuesto… y mucha presión en el ambiente.

Levanté un poco el coche con el gato, lo justo para poder aflojar los tornillos de la rueda. Con la llave hice fuerza para aflojar un tornillo. Bbuuufffff!!!!Ya estaba… me había roto algo por dentro. Otro intento… Bbuuunnnnnfffff!!!!Nada. Empecé a pensar que los tornillos estaban soldados a la llanta. Una gruesa gota resbalo por mi cara. Por suerte sólo era sudor. Pero la tormenta estaba casi encima de mí.

Como hago siempre que tengo un problema, di un paso atrás y reflexioné sobre ello. A ver… tenía un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto. Obviamente no era suficiente para solucionar el problema ¿Con qué otros elementos contaba? Con un móvil. Coño… haber empezado por ahí… F1 ayuda. Pero… ¿No iba a ser capaz de resolver el problema yo solo? Joder… maldito orgullo. Nuevo planteamiento. A ver… tenía un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto…

En ese momento la puerta de atrás de la gasolinera se abrió y salió una chica espectacular. Espectacularmente grande, quiero decir. Debía de ser de mi tamaño y peso, más o menos. Pero en chica. Y con coleta. Bueno, y con una gorra amarilla a juego con el uniforme de dependienta de la gasolinera. Se proponía hacer algo completamente inapropiado, tratándose de una gasolinera: fumarse un pitillo.

– ¿Te puedo echar una mano? – Me preguntó.
– No sé… ¿Tienes una llave mejor que esta? Es que es una mierda…
– No, lo siento. ¿No puedes quitar los tornillos?
– No, que va… lo he intentado todo, pero es que se dobla la llave…
– Déjame que pruebe – me dijo, aunque añadió por el bien de mi ego – aunque si tú no has podido yo no creo que pueda.

Y con el pitillo en la comisura de los labios y arremangada agarró la llave con las dos manos y haciendo fuerza dijo: Bbuuunnnnnfffff!!!!Ya sé que era mi rueda, la tormenta estaba encima nuestra y era prioritario para mí salir de allí, pero os aseguro que deseé que no pudiera aflojar el tornillo. Lo sé, es un pensamiento muy estúpido.

Obviamente no pudo. Y respiré aliviado. La chica se terminó el pitillo y volvió a entrar en la tienda. Así que me quedé solo otra vez. Bueno, yo y la tormenta. Nuevamente me planteé el problema y enumeré las herramientas con las que contaba. Un gato, una llave endeble y una rueda de repuesto… y, menuda tía más grande… a ojo de buen cubero, rondaría los 90 kilos… joder… como yo…

Y me pitó el ordenador. No había contado con el otro elemento disponible: La Gravedad. Tenía que probar. Así que me quité la camiseta, quedándome con el torso desnudo, y con el viento que se había levantado y los rayos a mi espalda, casi parecía una versión de andar por casa de un dios vikingo. Me escupí en las manos (más por imagen que por ser algo necesario) y agarré la llave con las dos manos. Apoyé todo mi peso encima y todos mis músculos se tensaron (aunque no se notó debido a la capa de grasa subcutanea)… Bbuuunnnnngggggggfffff!!!!

El tornillo cedió.

Sabiendo lo que tenía que hacer, sólo había que repetirlo otras tres veces. Al final conseguí poner la rueda más o menos rápido, aunque terminé tiznado de negro por todo el cuerpo. Cuando entré en la gasolinera para lavarme, la chica grande no estaba. No pregunté por ella… seguramente me dirían que allí no trabajaba ninguna chica grande… es que mi San Sr K adopta las formas más extrañas para ayudarme…

Por cierto: empezó a llover en el momento en que arranqué el coche para irme…

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Yo soy montañero. Y lo digo sin ánimo de ofender a los montañeros. Pero hay una serie de actividades montañeras que no consigo seguir… y eso que pongo voluntad. Esta es la historia de cómo intenté aprender a esquiar una vez en Jaca. Los personajes: Un servidor, mi amigo Rico y Morena. Morena es la que cortó con el novio en Tailandia y que ahora está embarazada de ese mismo novio… por fin tiene mote (creo que, después de aparecer tres veces ya en la historia se lo merece).

A mí me gusta organizarme los viajes. No soy dado a agencias o a paquetes turísticos. Me gusta buscarme el alojamiento, regatear el precio de las actividades y, todo hay que decirlo, estar en todos los fregados. Llevo años así y no se me da mal del todo. Y a más experiencia mejores resultados. Pero esta vez me convencieron para ir a esquiar a Jaca, con un grupo organizado de una asociación juvenil. No estaba muy convencido, pero en fin. Eso sí, hasta asistí a la reunión que hicieron para explicar todos los detalles del viaje… donde conocí a uno de los monitores, tartaja para más señas (lo que alargó la reunión un poco)

Al final llegó el día del viaje pero, en lugar de ir en autobús, como estaba planeado (o lo habían planeado los organizadores del viaje organizado) decidimos ir en coche. Bueno, decidió Rico, por ese problemilla que tiene de claustrofobia y miedo irracional a todo vehículo que no conduzca él. Llevarnos el coche, a pesar de tener pagado el autobús y de que siempre es más descansado que te lleven a conducir, fue una medida que, a la postre, supuso la mejor decisión de todo el fin de semana. Así que empezamos el viaje con buen talante (algo que estaba muy de moda por aquel entonces), risas y demás. Incluso no nos importó, por que Rico se dejó el móvil en un cajero, comernos dos veces el atasco de salida de la ciudad. Pero había tiempo…

Paramos muchas veces (tomar algo, pipí, gasolina, cenar en Huesca capital), e incluso tuvimos alguna que otra aventurilla en una carretera junto a un desfiladero, existiendo otra mucho mejor, más nueva, y con menos hielo… pero el GPS, en su infinita sabiduría, nos metió esa carretera, que incluso los lugareños tenían olvidada, en mitad de una intensa nevada. Fue necesario ir practicando el maravilloso arte de poner las cadenas (casi tres cuartos de hora bajo la nevada), conducir derrapando y, sobre todo, ignorar al GPS asesino que insistía una y otra vez que giráramos a la derecha… precipicio abajo. En fin, que entre unas cosas y otras llegamos al albergue casi a las dos de la mañana.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz iluminaba las viejas ventanas de la casa de cuatro pisos de ladrillo y la nieve del patio estaba virgen, lo que demostraba que ningún ser vivo había pasado por allí en horas… quizá días. Como el más valiente de la expedición (el único con linterna), me aventuré a la puerta… que estaba abierta y, en un papel escrito a boli ponía: “El albergue está abierto. Las habitaciones del grupo de Esquí, de la 9 en adelante”. Eso podría haberlo escrito el dueño del albergue, o cualquier psicópata aburrido… así que entré…

La escena del albergue era la viva imagen de la Típica Película De Adolescentes Que Mueren Uno A Uno En Cuanto Se Quedan Solos A Manos De Un Psicópata Y La Chica Grita Mucho Y Hay Sustos Cada Dos Minutos Y Una Mecedora Se Balancea Sola En Una Sala Polvorienta. Eso de abrir la puerta chirriante de una mansión del siglo XIX y dar pasos dubitativos en la oscuridad por un suelo de madera que cruje, no es apto para todos los corazones. Casi se esperaba ver el típico relámpago por las ventanas, y la palabra “Muere” pintada con sangre en las paredes… total que, mochila al hombro y linterna en frente (luz había, pero ya se sabe lo que pasa en las películas de terror y siempre viene bien tener a mi fiel frontal cerca), subimos las crujientes escaleras de madera buscando la habitación 9, la nuestra, situada en la tercera planta. Todo estaba tranquilo y no había ni un alma en todo el edificio.

La habitación era del tipo normal para una habitación de albergue. Por mobiliario tenía poco más que varias hileras de literas con cubrecamas y almohadas de dudosa higiene. Una, incluso, nos deseó las buenas noches al pasar a su lado. Pero ningún lujo (como por ejemplo una percha) ni ningún objeto decorativo. Nos repartimos como buenamente pudimos y nos dispusimos a esperar el autocar, deseando que la cosa no se alargara demasiado. Exploramos la casa, por si alguna habitación fuera más lujosa, pero casi todas las puertas estaban cerradas y, en fin, tampoco es que Rico o yo fuéramos tan valientes. Por fin, a las tres de la mañana aparecieron los organizadores del viaje con sus respectivas. Ellos también venían en coche y, al igual que nosotros, habían tenido algún que otro problemilla para llegar por el hielo. Según nos dijeron, el autocar todavía estaba en Huesca capital y se retrasaría en llegar mucho tiempo. Como en cualquier caso el desayuno era a las 8 de la mañana (esquiar siempre se esquía temprano) decidimos meternos en los sacos (sin tocar la colcha o la almohada) e intentar dormir lo máximo posible…

Mañana sigo…

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Preparando el viaje a Nepal, además de intentar aprender el Nepalés básico de supervivencia, me estoy repasando los nombres de las principales cumbres y otros accidentes geográficos. Y, de paso, les echo un vistazo desde el aire. Como lo de volar siempre se me ha dado muy mal (digamos que soy un hombre de costumbres y procuro no despegar mucho los pies del suelo) aprovecho la tecnología que ha puesto a nuestro alcance el todopoderoso Google para hacerlo. Soy un enamorado del Google Maps y del Google Earth.

Es impresionante como se puede recorrer las calles de Katmandú con un simple clic, o ascender a la cumbre del Everest sin sudar ni un poquito así. El Google Earh permite ver el terreno en tres dimensiones, con sus diferentes altitudes, y resulta espectacular admirar la cordillera del Himalaya, aunque sea en el ordenador. Incluso se puede programar para que simule el vuelo que hará el avión desde Madrid hasta Doha, y de Doha a Katmandú. Y te puedes posicionar en cualquier parte del mundo dándole unas coordenadas GPS.

El caso, y de lo que quería hablar realmente, es que parece mentira cómo el GPS se ha implantado en nuestras vidas. Ya lo tiene cualquier hijo de vecino. Hasta mi padre lo considera indispensable… claro que mi padre es propenso a perderse. Digamos que si hay dos posibles caminos para ir a un sitio, él escogerá una tercera opción que no se había contemplado y que le llevará a un sitio completamente diferente. Así que, cuando viaja con mi madre, que es siempre, había bronca asegurada… hasta que le regalamos el aparatito.

Yo, de momento, me resisto a ponerlo en el coche. Hasta ahora no me ha hecho falta, sobre todo porque me preparo los viajes de antemano y me saco el itinerario perfectamente detallado en papel. Cuando callejeo por la gran ciudad uso el truco de “ya saldré a alguna calle gorda” y así me oriento. Por cierto, tengo una anécdota divertida con un GPS.

Hace algún tiempo íbamos a Gredos a pasar el fin de semana, Atenea, Almanzor, Rico y yo. La idea era pasar la noche en el Refugio Elola y hacer alguna ruta por allí. Como siempre pasa, Rico llevó su coche (no le gusta ir de copiloto) y, por supuesto, llevaba el GPS puesto. Y no es que lo necesite, porque Rico es la persona con mejor sentido de la orientación en carretera que conozco. No era la primera vez que íbamos y el camino a Hoyos del Espino, la “puerta” a Gredos, era conocido de sobra. Pero íbamos con el GPS, que mola más.

En un determinado momento, muy cerca de nuestro destino, el GPS, con la voz de mujer, dijo: “Coja el próximo desvío a la derecha”. Y, claro, Rico cogió el desvío…

– Oye, Rico… me parece que por aquí no es… – Le dije – Me suena que se tenía que seguir recto.
– Si lo dice el GPS…

Y seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a llenarse de baches. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a estrecharse y a llenarse de maleza. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera dejó de ser carretera y se convirtió en camino…

Y el camino terminaba en un río. Y allí nos paramos, claro. Al otro lado del río continuaba la carretera y, a la sobra de un gran árbol sentado en unas piedras, había un anciano lugareño, de esos de garrota en la mano y boina enroscada en la cabeza. A sus pies, un perro meneaba el rabo frenéticamente. Me bajé del coche e inspeccioné el río, para ver si podíamos cruzar. Era poco profundo y todavía había zonas en las que se notaba el asfalto, aunque estaba cubierto de arenilla y piedras. Rico salió también y corroboró mi opinión: podríamos cruzar. Aún así me quedé fuera, supervisando las operaciones. En cuatro zancadas en otras tantas piedras, crucé al otro lado y me quedé cerca del lugareño.

– Buenos días – Me dijo
– Buenas…
– Qué… vienen con GPS, ¿No?
– Si, me temo – Dije un poco desconcertado, al escuchar la palabra GPS de un anciano lugareño.
– A todos los de la ciudad les pasa lo mismo… ésta es la vieja carretera a Hoyos del Espino… lleva en desuso hace años… la nueva sigue todo recto en el desvío… pero el GPS les manda por aquí.

Y yo me estaba imaginando que el pasatiempo de este hombre era sentarse allí cada fin de semana y ver como los de “la ciudad” cruzaban el río. No lo sé con seguridad, pero creo que en el pueblo llevan un marcador y hacen porras cada fin de semana, para ver cuantos urbanitas nos damos de bruces con el río…

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