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Posts Tagged ‘compras’

Si algo he descubierto en Nepal es que me gusta ir de compras. Porque allí se lo pasan mejor que nosotros comprando. En realidad creo que lo importante no es tanto comprar como el arte del regateo. Y resulta que no se me daba mal del todo. Muy posiblemente lo que me gustaba no era tanto comprar como regatear. Más o menos una compra normal podría ser así:

– ¿Cuánto?
– Mil
– ¿Mil? No… demasiado caro…
– No caro… cuenco bueno… cinco metales.
– No, muy caro… adiós.
– ¿Cuál es tu precio?
– Trescientos
– No, no… no trescientos, poco dinero, yo no poder dar de comer a mis hijos…
– Te doy trescientos.
– No trescientos… tú no saber… adiós.
– Pues adiós.
– Novecientos…
– Mucho dinero. Te doy trescientos cincuenta.
– Buen cuenco. Cinco metales. Tú probar. No trescientos cincuenta. Si tu encontrar en otro sitio yo regalarte tienda. No trescientos. No trescientos cincuenta. Novecientos.
– Muy caro. Dos por novecientos.
– Tú loco. Uno novecientos. ¿Cómo dos novecientos?
– Te doy novecientos por dos. Si no, nada.
– Adiós, adiós.
– Adiós.
– Ochocientos. Cinco metales. Buen cuenco.
– No, no. Muy caro.
– ¿Cuál es tu precio?
– Dos por novecientos.
– Uno ochocientos.
– Que no, muy caro.
– ¿Cuál es tu precio?
– Quinientos.
– No, no. Buen cuenco. Buen sonido. Mira. Buen sonido. Tú probar. ¿Cuál es tu precio?
– Quinientos.
– Tú loco.
– Vale, adiós.
– Setecientos. Último precio.
– Que no. Quinientos. Es mi último precio.
– Setecientos y regalo la baqueta.
– Pero si el cuenco ya va con la baqueta…
– No, no… tú no saber. Setecientos.
– Quinientos.
– ¿Cuál es tu precio?
[…]

Dependiendo de la habilidad de cada uno, entre negociador despiadado a cándido comprador, el proceso se podía alargar bastante. Y así para cada cosa que se comprara.

Lo dicho: muy divertido.

Por cierto, me acordé de esta escena de La vida de Byan.

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Al poquito de entrar yo aquí se marchó la directora financiera. Era una mujer joven, de treinta y pocos años y alta. Cuando digo alta, quiero decir que era más alta que yo, vamos. Y estaba muy delgada. Cuando se quitaba las gafas de pasta y se soltaba el pelo podíamos decir que tenía su atractivo. Indudablemente era maja. Al menos era la única que me daba los buenos días al cruzarnos y la única que me invitó a café en la máquina (aunque esto no sé si es bueno del todo).

Supongo que se cansó de los marrones, de las pullas y de los malos modos generales y se marchó a otro trabajo en el que no era directora de nada, y menos de finanzas. Creo que fui de los pocos de los que se despidió.

En su lugar contrataron a un tipo. De unos cuarenta años, de complexión fuerte, pelo canoso peinado hacia atrás y gafas de pasta… que parece que va con el cargo. Después de la semana de cortesía empezaron a darle por todos lados, como corresponde por la empresa en la que trabajamos y el cargo que ocupa. En realidad lo del cargo es lo de menos… ya he contado que hay muy mal ambiente por aquí. Como quiera que yo todavía no le he dado ningún palo, ni tampoco es algo que yo haga habitualmente, y que incluso le he ayudado con algún marrón, sobre todo cuando estaba relacionado con la informática, podemos decir que nos llevamos bien. Supongo que entre los nuevos tenemos que ayudarnos. Yo no soy tan nuevo, pero sigo teniendo esa sensación… quizá porque no termino de adaptarme del todo. El problema está en que siempre que tiene una duda o alguna pega me llama. Y, en esta ocasión, el problema lo tenía una de sus chicas… así que me llamó, a pesar de que hay un departamento entero dedicado al soporte y de que no es mi trabajo… pero fui a ver qué pasaba.

En realidad era una tontería, aunque requería ejecutar una serie de programas en un orden concreto… tampoco voy a entrar en detalles, no quiero aburriros con datos técnicos. Era laborioso y me llevó mi tiempo y en esas estaba cuando la chica de compras, la que se fue a Gandía con su novio, rubia, con un color dorado muy bonito en la piel después de una semana de sol por cada lado (el típico vuelta y vuelta que muchas chicas y algunos chicos practican) y un super escote profundo (e hipnótico) se me acercó, me plantó dos besos (por eso de que había vuelto de vacaciones) y se sentó en la mesa donde yo estaba trabajando, para charlar.

Obviamente, y porque era verdad, le dije lo guapa que estaba y lo bien que le sentaba el bronceado, intentando por todos los medios a mi alcance no mencionar a Jessica Alba en ningún momento, y eso que no estaba intentando ligármela ni nada. Pero uno es alumno aplicado y los buenos consejos hay que seguirlos.

– Ya te queda poco para irte, ¿No?
– Pues sí… estoy de un tenso ya…
– A ver qué podemos hacer…

Y se me puso a masajear los hombros y la espalda. Y lo hacía bien la muchacha. Con un poco más de aceites esenciales, un poco menos de ropa y, sobre todo, en otro entorno, habría sido perfecto.

Paró casi enseguida… no hay que olvidar que en la oficina a uno le hacen un traje por menos de esto.

Al poco se nos unió la chica del departamento comercial, la que me dio otros dos besos por eso de que también estaba recién venida de las vacaciones, e igualmente morena. Y una tercera, de incidencias, que no había venido de vacaciones precisamente, pero que vio jolgorio y se unió a la charla.

– ¿Cuánto te falta parta irte a Nepal? – Me preguntó la chica del departamento comercial.
– Apenas tres semanas – les dije
– ¿Te vas a Nepal? – Preguntó la de incidencias.
– A escalar montañas – dijo la de compras.
– Bueno, a escalar, lo que se dice escalar… no. Sólo voy a recorrerlas un poco
– ¿Y has hecho ya testamento? – preguntó la del departamento comercial. Obviamente estaba bromeando.
– No, que va. No va a pasar nada…
– No sé como estás tan tranquilo… pueden pasar muchas cosas… fíjate los de Barajas del otro día. – comento la “alegre” de incidencias.
– Eso no vuelve a pasar… y de lo demás… pues ya me preocuparé entonces, cuando vea lo que pasa… dice un dicho, seguro que chino, que si tienes un problema y no lo puedes solucionar… ¿De qué te preocupas? Y si lo puedes solucionar… ¿De qué te preocupas? Pues eso… que no me preocupo.
– Pues yo no estaría tan tranquila – sentenció la de incidencias.
– Por eso no vienes… ¿No?

Las otras se rieron. En ese momento apareció por lontananza un jefe de los gordos, y las chicas se retiraron. Y yo me marché… ya había terminado mi trabajo allí.

Por la tarde, ya tarde, bajé otra vez por la zona. Iba a poner un fax personal, y ya no quedaba ni el recuerdo de nadie… excepto el director de finanzas, enfrascado en alguno de los marrones propios de su cargo. Me vio y se acercó. Tenía ganas de charla.

– Así que a Nepal, eh? Te va a encantar… yo estuve el año pasado en Argentina… al sur… con el hielo y eso… ¿Cómo se llama?
– La Patagonia…
– Sí, La Patagonia… pues eso, que te va a gustar.

Dos cosas: Espero que este tipo sepa más de números que de geografía… por el bien de la empresa. Y dos… la gente habla… mucho.

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Pronto empezamos… y de dos en dos, nada menos. Las protagonistas, la nueva secretaria del departamento comercial, y la chica nueva del departamento de compras… casi nada. Las palabras importantes en la frase anterior son “la nueva”. Son dos chicas que llevan poco tiempo en la empresa y que todavía no han sido pervertidas por el mal rollo general y las trifulcas interdepartamentales que imperan por aquí. Y lo que es más importante… todavía no guardan ningún tipo de odio al departamento en el que yo trabajo… que es el más odiado por todos y por el único por el que los demás departamentos olvidan sus rencillas y se unen para atacarnos.

La escena va como sigue. Yo esperaba en recepción a que uno de los comerciales saliera, para irnos a ver a un cliente. Fuera, en la calle, y aferrada a un pitillo, estaba la nueva secretaria del departamento comercial… morena, delgada y de estatura normal. Ojos verdes y piel muy blanca, casi transparente. Entre quedarme con la recepcionista, que no me habla, o salir y hacer de buen compañero con la nueva había pocas dudas…

– Hola
– Hola
– ¿Qué tal lo llevas?
– ¿El qué?
– Ya sabes… adaptarte a la nueva empresa… a la gente…
– Bien… bueno… llevo poco tiempo…
– Te entiendo… yo tardé un poco en adaptarme… así, entre nosotros, están locos por aquí…
– Jajaja… sí, un poco

Digamos que ahora que había roto el hielo llegaba el momento de obtener algo de información.

– ¿Sabes? No me gustan los miércoles…
– ¿No?
– Si te fijas están ahí, en el medio de la semana… el lunes llegas con fuerzas y con ganas al trabajo… el viernes estás contento porque llega el fin de semana… pero el miércoles… estás a mitad de camino del fin de semana… por delante y por detrás… una mierda.
– Pues el jueves es peor… porque todavía no ha llegado el fin de semana y ya te queda poca energía… yo prefiero el sábado… porque duermo hasta tarde…
– Normal… saliendo los viernes…
– No, que va, no salgo casi ningún viernes…
– Claro… eres más de sábado… ¡Chunda, Chunda, Chunda!
– No, que va… no soy de discotecas… me gusta más ir a sitios donde pueda hablar con mis amigas… ¡Que le vamos a hacer! Una, que ya es mayor…
– ¿Mayor? Pero si no debes de llegar a los 30…
– 32. Una abuela…
– No digas eso… los 32 son una edad estupenda… yo tengo 32 y estoy hecho un chaval…

En ese momento Salió una compañera y le dijo que tenía una llamada. Cortando la conversación a la mitad. Información obtenida… poca: Tiene 32 años, no sale los viernes, y los sábados habla con las amigas en algún lugar tranquilo. ¿No sale los viernes porque se queda en casa con el novio o porque no tiene plan? ¿Sale con las amigas o con las amigas y el novio? Ni idea. Nada definitivo.

Cuando entré otra vez en la empresa, y el comercial no parecía querer aparecer, me di cuenta que en la máquina del café estaba la nueva chica del departamento de compras. Seguramente tan morena como la otra, aunque con mechas rubias, pelo largo, media melena, guapa y con gafas. Tampoco muy alta, pero con tacón alto, y buen tipo. Me saludó desde la máquina con una sonrisa.

– Bonitas gafas – Dije – ¿Son nuevas?
– Me las pusieron ayer… ahora soy una gafotas…
– Acusica y empollona…
– Jajaja
– Te quedan muy bien, la verdad
– Gracias… ¿Quieres un café?

No tuve tiempo de responder… salió el comercial con cara de velocidad y me arrancó de la escena a la fuerza. Apenas pude decir un “Mejor en otra ocasión…“ cuando estaba en el coche camino de un cliente…

Dos movimientos en apenas 15 minutos.

¡Voy lanzado!

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Descolgué el auricular y marqué los nueve dígitos del número de teléfono de Huracán. Evidentemente son números que me sé de memoria, ya que el ritual de llamarla se repite, invariablemente, todos los días al menos un par de veces… si no más. Y siempre que puedo uso el teléfono de la oficina… porque desde Morro – Tel las llamadas salen más baratas. En apenas dos tonos, Huracán descolgó el teléfono.

– Hola primo. – A veces me llama así.
– Hola preciosa… ¿Te pillo bien? – La pregunta estaba justificada ya que estaba llamando casi una hora antes de lo que suelo hacerlo. La razón era que en unos minutos me metería en una reunión y todo parecía indicar que se alargaría hasta después de la hora decente de la comida.
– Sí, claro. – Había un sonido inusual al otro lado de la línea.
– ¿Dónde estás? Hay mucho ruido…
– En el coche.
– ¿En el coche de quien? Tú no tienes coche…
– En el de Rico. Venimos de la piscina, de nadar.
– No me habías dicho nada…
– ¿Seguro?

Va por delante el hecho de que yo no soy celoso. Bueno, no mucho. Aunque hay cosas que me molestan un poco. Una de ellas, por ejemplo, es que a pesar de habernos visto el día anterior, y de haber hablado dos o tres veces por teléfono, Huracán, en ningún momento me dijo que hubiera quedado por la mañana par ir a nadar a la piscina. Y menos con Rico. Palabras como “Me voy a nadar con Rico a la piscina” me habrían resultado llamativas en una frase. O sea, me acordaría del detalle. Así que estaba absolutamente seguro de que no me lo había dicho.

¿Que quien es Rico? Rico es un amigo mío. Brevemente: Rico y yo conocimos a Huracán el mismo día. Nos la presentó un amigo común y, obviamente, nos gustó a los dos. A nosotros dos y a todos los demás que estaban allí. Lo que pasa es que los dos optamos por estrategias diferentes para alcanzar un mismo objetivo. Mientras yo me mantuve un poco a distancia, observando y evaluando, él entró más a saco. Al final él se cansó y yo continué con ese paso lento pero seguro que ya os he ido contando.

– Ah… pues dile que luego le llamo… que ayer se me pasó devolverle la llamada.- Y era verdad. Rico me había llamado el día anterior, pero yo estaba ocupado y no pude hacerle caso y luego me olvidé.
– Vale. ¿Luego vienes a casa? Recuerda que entro a las diez esta noche. – Esto sí me lo había dicho. Le había cambiado el turno a una compañera que necesitaba el día. Huracán es así.
– No creo que pueda. Tengo que pasarme por el centro a hacer unas compras de material que me falta y aprovecharé para ir a ver a Atenea que sigue recuperándose de la operación en la rodilla.
– Bueno, pues luego hablamos.

Diez minutos después me llamó Rico para darme explicaciones. Estaba entrando en la reunión y apenas pudimos hablar. Desde luego, no temo que Rico me la esté jugando. Es demasiado buen tío para eso. La historia es que él estaba de vacaciones y ella se aburre mucho por las mañanas. Eso sí, durante la reunión de objetivos de este año, no hice más que pensar en la razón por la que Huracán no me dijo algo tan relevante como que se iba a nadar con un amigo mío. Mi jefe hablaba, al menos le veía mover la boca, pero mi cabeza estaba en otra parte…

Al final las compras se me dieron mejor de lo que había pensado y a las ocho ya había conseguido todo el material que me hacía falta. Principalmente unas botas de montaña, porque las mías ya están muy viejas. Así que llamé a Atenea y me pasé a verla, a su casa, muy cerca de donde estaba.

Atenea es una amiga mía de hace tiempo. Alta, casi tanto como yo, delgada y (siendo parte de esta historia no podía ser menos) bastante guapa. Aunque lo más destacable sea su cabeza… rezuma inteligencia por todos sus poros. Imparte clases de filosofía en un instituto de secundaria y, a veces, creo que piensa que soy un alumno suyo, a pesar de que somos casi de la misma edad. En más de una ocasión he salido con deberes de una conversación con ella. Y me recomienda libros y webs donde profundizar en diferentes temas… Cuando consigo sacarla de sus casillas siempre termina con la frase “Esta conversación me aburre… es de nivel de cuarto de la ESO”. Y se queda tan pancha… Lo curioso es que Huracán siempre me dice que de mayor quiere parecerse a Atenea, aunque me temo que esta última le lleva varias décadas de ventaja leyendo libros gordos y sin casi dibujos. Le gustan los tíos que tocan la guitarra, así que a ver si se la presento a Benno un día de estos…

La rodilla ya la tiene mejor. Va a rehabilitación y ya está casi bien, aunque cojea ostensiblemente y todavía lleva muleta. Estaba tan bien que se iba al cine a ver la de “Deseo, Peligro” y me dijo que si la acompañaba. Dudé un momento… porque me daba tiempo a estar un rato con Huracán… pero por otro lado, tenía ciertas ganas de castigarla (entiéndase la expresión) por lo de la mañana. Así que decidí ir al cine. No quedaba lejos de su casa y, mientras caminábamos a su paso, seguimos hablando. Y como casi siempre que hablo con ella, yo estaba tan concentrado en la conversación (para estar a su altura) que ni me fijé en el cine, en las entradas ni en nada de nada…

Las luces se apagaron y, tras algunos trailers, empezó la película. A ver… yo de la película sólo sabía que era del mismo director que contó la historia de los vaqueros gays (que particularmente no me gustó demasiado) y que en china la habían censurado, quitándole media hora de escenas de sexo especialmente subidas de todo. Eso es más que suficiente para que cualquiera entre a verla, digo yo. Pero no sabía ni de qué iba, ni en qué época histórica era, ni nada. Para mi sorpresa empieza en la época de la ocupación japonesa en china, durante la segunda guerra mundial… un tema que me interesa. “Una de guerra”, pensé, “amores en época de guerra o algo así”. Y no iba desencaminado. Lo que pasa es que en lugar de una escena de tiros, empieza con cuatro chinas jugando al dominó (o su equivalente chino). Y hablando en chino (algo que para ellas debe de ser normal, pero que yo no controlo mucho). Eso sí, lo subtitulaban… que si mi marido esto, que si mi marido lo otro, que si envido, que si yo más… en fin. Lo normal. Yo seguía pensando cosas… lo primero era que, a lo mejor, hablaban en chino y no lo habían doblado porque la china protagonista luego se iría a occidente… bueno… en realidad no tenía ni idea de si la china protagonista era una de esas cuatro jugadoras… o si no había una china protagonista, sino que era de otra nacionalidad y por eso no habían doblado la parte china… y también me intentaba adelantar al argumento… lo que pasa es que no me cuadraba como podía enlazar una partida de dominó con escenas de sexo especialmente subidas de tono…

A los tres cuartos de hora de leer subtítulos y de no haber visto una teta ni de refilón, pero sí unas cuantas partidas de dominó (estaba empezando a preguntarme seriamente qué es lo que entienden los chinos por sexo y si ellos se reproducen partidas de dominó), una certeza se abría camino en mi cabeza… pero lo intenté confirmar con Atenea. En un susurro le pregunté…

– ¿La película es en versión original?
– Pues claro… en este cine sólo proyectan películas en versión original…

Y me hundí un poco más en la butaca. Al menos esta vez no habría charla coloquio después…

Eso sí… las escenas de sexo llegaron y no eran pornografía por apenas unos milímetros y, así entre nosotros, me apunté mentalmente poner en práctica con Huracán un par de posturas que salían en la película… después de algunos meses de entrenamiento ganando flexibilidad, claro. Y también, conseguir un juego de dominó chino… que parece muy entretenido…

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Cuando abrí los ojos la luz entraba a raudales por la ventana. Tenía más sueño, pero el estómago reivindicaba su derecho a estar repleto y calentito mediante consignas revolucionarias como: “Café y bollo queremos o si no, no nos movemos”. El reloj de la mesilla marcaba casi las doce del mediodía. Y Huracán no estaba en la cama. Es más, no había ni siquiera un hueco caliente a mi lado. A ojo de buen cubero habría dormido como 13 horas… literalmente, como un bebé.

Me habría gustado decir que en ese momento entró Huracán en la habitación portando una bandeja con mi desayuno: café, croasán, zumo natural del naranja, el periódico del día, un besito, un bote de nata montada y una mirada que dijera bien a las claras que el periódico sería un objeto meramente ornamental… pero en lugar de eso, la puerta de la habitación siguió bien cerrada. Y, aunque esperé pacientemente unos minutos, no ocurrió nada. Bueno, sí, a la proclamas revolucionarias del estómago se unió la vejiga, en huelga a la japonesa…

Huracán estaba recostada en el sillón, leyendo una revista. Tenía puesta su camiseta de estar por casa y las gafas. Me miró y sonrió.

– Has roncado – Me dijo
– No me extraña… creo que no dormía tan profundamente desde que cumplí el mes de vida… ¿Has desayunado?
– Hace un par de horas… por lo menos.
– Voy a ver si me hago algo…

Y el algo que me hice fue un emparedado de pavo cero por ciento grasa (0% sabor) en pan integral con semillas y un vaso de leche semi desnatada con aproximadamente la misma cantidad de grasa que un tarugo de madera. Pero me eché azúcar… siempre me ha gustado vivir al límite.

– ¿No te parece que se te olvida algo? – Me dijo al entrar en el salón otra vez.
– No… llevo un plato y una servilleta… – La miré dudando – ¿Quieres tú otro de estos, Cariño…?
– No es eso… – Y me miró de esa forma que ella tiene de mirar. Dice un proverbio chino que “Aquel que no entiende una mirada, jamás entenderá una explicación larga”. Y esa mirada era todo un volumen de la enciclopedia británica…

Así que engullí el sándwich y nos reconciliamos definitivamente. Varias veces. Hay que ver lo bien que le viene a uno dormir y descansar para reconciliarse en condiciones…

Un buen rato más tarde, después de comer, vino la recompensa a todos sus sacrificios de los días anteriores. Nos fuimos de tiendas. Y no era negociable.

Huracán se va a pasar la semana de nochebuena a casa de sus padres y quería comprarse algo bonito para la cena, y comprarle, además, algunos regalos a sus padres, tías, hermano y sobrina. Y, en fin, necesitaba de alguien que la aconsejase (una forma bonita de decir que necesitaba de alguien que la llevara).

Ir de tiendas es un coñazo así de grande. Sobre todo en Navidad. Y si es domingo, más. Porque todo está lleno de gente, por el aire saturado de fiebre consumista, por lo complicado que es aparcar… y porque está Papá Noel. En principio no tengo nada en contra de ese barrigón, barbudo y borrachín. Entiendo que los centros comerciales hayan preferido optar por el viejo vestido de rojo, que por los tres entrañables Reyes Magos de Oriente. Es una cuestión de números: Un sueldo contra tres.

Aguanté pacientemente y con muy buena cara el largo peregrinaje de tienda en tienda. Incluso algún observador casual que se fijase en nosotros, afirmaría sin ningún género de duda que yo estaba disfrutando con las compras. Seguramente lo diría por mis continuos chistes y por mis sugerencias. Soy de la opinión de que hay que intentar disfrutar de cualquier circunstancia y, bueno, estaba con Huracán… y eso debería de ser suficiente para cualquiera.

A mi suegro le compré una caja de puros. Pero sin puros (esos, que los ponga él). Y a mi suegra un pañuelo estampado a juego con no sé qué vestido que tiene (y que no he visto, pero que, según Huracán, le iría ni que pintado). A su sobrina un osito de peluche muy suave. Y ya está. Ya se los dará Huracán de mi parte. Ella compró un montón de cosas. Incluso algo para mí (si no de qué me manda por un refresco en mitad de la sección de libros e insiste para quedarse las bolsas) pero me hice el que no se ha enterado.

Lo peor vino cuando llegó el turno del apartado “algo bonito para la cena de Nochebuena”. Porque yo ya estaba un poco cansado, cargado con todos los otros regalos y de tanto andar y de estar de pie. Y porque hay una cantidad máxima de chistes que se pueden hacer en una tarde y yo ya había gastado los chistes de la semana siguiente.

Pero Huracán no me hizo caso.

Deambulamos por los pasillos buscando algo bonito. Huracán sabe como sacar partido a sus encantos: Los tres o cuatro conjuntos que eligió eran escotados y ceñidos. Lo que me hizo preguntarme si, además de ir a ver a la familia, tenía otros planes ocultos… pero eso habría sido como dar a entender que estaba celoso, y no quería.

Y entramos en los probadores.

El probador de Huracán era estrecho y pequeño. No cabíamos los dos dentro… así que el que no tenía ropa que probarse se quedó fuera. Con las bolsas. Y es una lástima, porque siempre es un placer ver desnudarse a Huracán… sobre todo sabiéndonos rodeados de gente y eso. Pero, en lugar de recorrer con la mirada el sinuoso cuerpo de mi chica, me dediqué a mirar a mi alrededor. Y fue cuando me di cuenta de dos pequeños detalles. El primero, que las cortinillas de los probadores no cerraban del todo y que, mirara donde mirara, había alguna mujer desnudándose y, segundo, que había otro hombre allí conmigo.

El chaval estaba exactamente en la misma situación que yo. Con dos bolsas en cada mano, de pie, esperando a que su novia terminara de probarse lo que fuera, y aburrido. Y tampoco sabía donde mirar. Nos miramos, suspiramos y dirigimos nuestras miradas al fluorescente del techo… para no invadir la intimidad de ninguna.

Huracán me enseñó tres vestidos. Uno, el cuarto, lo descartó sin enseñármelo. Me gustaron los tres, claro. Estaba espectacular con ellos puestos… es como si a uno le dan a elegir entre un millón de euros en efectivo, un millón de euros en oro y un millón de euros en brillantes… tienes un millón de euros. Pues así estaba yo… por lo que me decanté por el negro (especialmente escotado). Me pareció que era el que ella prefería por la forma en que le brillaban los ojos cuando me lo enseñó…

Cuando llegué a casa estaba tan cansado como al día anterior después de subir tres montañas…

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