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Posts Tagged ‘desamor’

Estaba triste, muy triste. Solo y triste, dos elementos tremendamente malos. Pero es que el mal de amores es lo que tiene. El caso es que nunca he sido de lamentaciones y no me quedaba en casa llorando, lamiéndome las heridas y compadeciéndome de mi sino, sino que salía con mis amigos de juerga. Bueno, con los que me quedaban solteros: concretamente con Bob el silencioso, y toda la juerga de la que era capaz de desarrollar. El caso es que bebía mucho. Ron con cola. La marca del ron me daba igual, la condición era que me lo sirvieran en gran cantidad. Al principio no pasaba de uno o dos, pero el cuerpo adquiere resistencia, y en poco tiempo, uno y uno son dos, y dos son cuatro… cuatro y dos son seis y dos son ocho y ocho dieciséis…

Dieciséis cubatas no me llegué a beber nunca… pero 12 sí. Es una gran cantidad de bebida (por no mencionar la pasta gansa que eso suponía). Recuerdo el día que me bebí esos 12 cubatas…

Fue una nochevieja de hace exactamente 8 años. Bob y yo estábamos en un bar que en tiempos fue de moda (al menos en nuestra zona) aunque en ese momento estaba más o menos de capa caída, y llevábamos bebiendo desde las 1 de la mañana a un ritmo de un cubata cada 30 minutos. Nuestras amigas no habían aparecido en toda la noche (luego supe que se habían enfadado conmigo por algo que dije… aunque no sé qué fue ni en qué momento) y lo único que podíamos hacer era beber, charlar y mirar hipnóticamente el sutil bamboleo del tremendo escote de la camarera, que era tremendo, hipnótico y poco sutil. Y beber.

El reloj dio las 7 de la mañana y yo apuré el último cubata de la noche. Miré a mi alrededor con la mirada vidriosa y posiblemente una sonrisa bobalicona, y una idea cruzó mi mente. Lo recuerdo claramente porque fue como una revelación: “No conozco a nadie aquí”. Efectivamente ninguna cara me sonaba de los que estaban a mi alrededor. Es más: yo debía de ser el más mayor de todos. Me sentí una especie de viejo borracho baboso rodeado de niñas monas y chavales pelopincho. Y eso es terrible.

En ese momento decidí que tenía que hacer algo con mi vida. Algo más que beber, se entiende. Sobre todo porque si con esa edad era capaz de beberme tal cantidad de cubatas, mi hígado no saldría vivo de esta. Y yo con él. Y tomé una determinación que, hoy por hoy, ha sido la mejor elección que he tomado nunca (junto con la de irme por ciencias).

Todo esto me ha venido a la memoria al escuchar en la radio esta canción de los Rodriguez “La Copa rota”. Sólo hay dos canciones que soy capaz de cantar de memoria: 19 días y 500 noches, de Juaquín Sabina y La Copa Rota, de Los Rodríguez. Curioso que sean dos canciones tristes, de desamor… aunque supongo que es normal.

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Y cuando digo poco me refiero exactamente a cuatro meses y cinco días. Ese es el tiempo que Huracán y yo hemos sido una pareja. Apenas un suspiro. Me hubiera gustado deciros otra cosa… cualquier otra cosa, como por ejemplo que sigue siendo mi novia, después de pasar la crisis. Pero no ha podido ser.

Como os podéis imaginar no he estado muy animado y, bueno, he estado un poco melancólico y tristón. Lo normal en estos casos. Pero era algo que me esperaba, en cierta forma, a pesar de todos los mensajes de ánimo y optimismo que he recibido durante estos días. Pero ya estoy más sereno y puedo afrontar el relato de los hechos. Está un poco novelado y, bueno, fue un poco más largo. Pero a uno no le pueden estar dejando y, a la vez, registrar fielmente palabra por palabra. Pero en esencia esto es lo que ocurrió.

Había llegado un poco antes de tiempo a la Estación de Autobuses, y esos minutos de espera fueron interminables. Me tomé un refresco en la cafetería con la vista clavada en el panel luminoso donde se indica la dársena de llegada para los autobuses, prácticamente sin parpadear y poniéndome cada segundo más nervioso. Parecía como si el reloj se hubiera detenido. Pero, por fin, apareció el numerito y tardé pocos segundos en llegar hasta donde el autobús me devolvería a Huracán. Y tanta rapidez no valió de nada, porque el autobús tardó algunos minutos más en llegar… tensos minutos que esperé paseando nerviosamente de un extremo al otro de la dársena.

Cuando su autobús llegó al fin, la vi por la ventanilla. Llevaba los cascos puestos y, desde abajo y con la poca luz que había, me pareció cansada. Huracán me vio y me sonrió, saludándome con la mano. Le dijo algo a su acompañante, una mujer mayor, y esperó a que el autobús se detuviera del todo. Cuando bajo se me tiró a los brazos y me abrazó muy fuerte, y durante un rato. Pero no hubo beso de primeras, lo cual me mosqueó un poco. Me moría por darle un beso así que se lo di yo.

– Te veo más delgado y hasta moreno.- Me dijo.
– Los disgustos que me das…
– Lo siento.
– Es broma. He estado haciendo mucho deporte estos días. De alguna manera tenía que quemar el exceso de energía… y esta mañana he estado en el monte, con Bob y los demás y ha hecho un día cojonudo. Así que se me ha pegado el sol.

La ayudé con la maleta y nos dirigimos al aparcamiento. Le pregunté por su estancia en su tierra, por su sobrina, por sus tías… y ella me transmitió recuerdos de sus padres, especialmente de su padre, que me “tiraba” de las orejas por no haber bajado todavía al sur a visitarles.

No hablamos mucho durante el trayecto, y eso que yo me moría de ganas de saber qué pasaba, en qué había pensado y, en fin, si todavía tenía novia. Pero la sensación de que las noticias no eran buenas era creciente y, la verdad, no quería ser dejado en mitad de ninguna parte y con coches zumbando de un lado para otro. Así que no pregunté. Cuando llegamos a su casa y aparqué el coche, no me moví. La miré a los ojos y le dije:

– ¿Quieres que suba?

Y subimos. Creo que estaba más nervioso que mientras esperaba en el Estación. Así que, mientras ella dejaba la maleta en su habitación y se cambiaba, yo me metí en el baño, a mojarme un poco la cara y hacer dos o tres respiraciones profundas. Digamos que era consciente de que había llegado la hora de la verdad. Me sequé las manos y la cara con una toalla, me miré en el espejo dándome ánimos y salí.

Ella estaba de pie junto al sofá y había encendido la tele. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos mientras hundía mi cara en sus rizos y aspiraba su aroma. La verdad es que me encanta como huele, incluso después de un viaje en autobús y todo.

– Te he echado de menos.- Le dije
– Y yo a ti, Sr K.

Le besé en el cuello, la oreja y la mandíbula. Cuando fui a besarla en la boca se apartó.

– No, Sr K, no tengo ganas…
– Pero si hace una semana que no…
– De verdad… no me apetece.

Podría haber dicho que tenía la regla, o que estaba sucia o mil cosas, pero un “No me apetece” no es normal, después de sólo cuatro meses y cinco días y tras una semana sin vernos. Esa no era la Huracán que yo conocía. Supongo que ese fue el desencadenante:

– ¿Qué es lo que pasa, Huracán?
– No, de verdad… mejor mañana.
– ¿Mañana? Huracán, yo necesito saberlo ahora… necesito saber como están las cosas. Yo te quiero, te quiero mucho, pero me estás pidiendo demasiado.

Huracán estaba llorando. Siempre me ha parecido que tiene una manera muy cinematográfica de llorar, con grandes lágrimas que le recorren las mejillas. Y, bueno, es algo que me desarma, que siempre me ha desarmado con todas las mujeres que he visto llorar.

– Yo te quiero. Te quiero mucho, Sr K…
– Pero…
– Pero no sé si de la misma manera que tú a mí…
– Ya.
– Cuando vi al Policía, me di cuenta de que sentía algo por él todavía… pensaba de vez en cuando en él, no mucho, pero cuando me llegó el mensaje… sentía curiosidad. Quería saber de él. Y al verle… sentí, sentí algo…
– Algo que conmigo no sientes.- A estas alturas ya tenía un nudo en la garganta.
– Pero es que contigo estoy muy bien… y él encima se va a casar…
– Y eso te fastidió, ¿No?
– Sí… estaba celosa… ¿Y por qué voy a estar celosa de alguien que no me quiere, a quien no le importo? Te tengo a ti, que me quieres, me cuidas, a quien le importo…
– Pero no siempre es suficiente… si falta ese “algo”, que tenías con el policía.
– Sí. Y no es justo. No es justo para ti, porque no te puedo querer de la misma manera que tú me quieres… sería como engañarte.
– Entonces… ¿Esto es todo? ¿Se terminó?
– Pero podemos ser amigos…

Eso era lo que me temía. La miré unos segundos a los ojos, intentando no dejarme vencer por la emoción. Tenía que decir algo muy duro, más difícil de decir que de hacer, y quería que fuera claro.

– Lo siento Huracán. No podemos ser amigos. Sé que sería alargar este momento unos meses y yo ya he pasado por esto antes. Es mejor que no nos volvamos a ver.
– Pero…
– ¿Cómo crees que me sentiría cada vez que te viera? ¿Cada vez que me llamaras para tomar un café o ir al cine? ¿No crees que intentaría hacerte cambiar de opinión? ¿No crees que sufriría? Porque con cada sonrisa, con cada caricia… yo creería que lo nuestro podría ser otra vez. Y tendría esperanzas y me engañaría… porque yo no tengo ese “algo” que te hace falta. Ni lo voy a tener, si no lo he tenido ya… siento perderte, porque estos cuatro meses han sido fantásticos, los más felices de mi vida…

Huracán vino hacia mí para abrazarme pero la retuve. Si la hubiera dejado abrazarme no me habrían podido separar ni el cuerpo entero de Bomberos.

– Adiós Huracán… – Y me di la vuelta y salí por la puerta de la calle, sin mirar atrás, e ignorando sus sollozos.

Conduje deprisa, como queriendo escapar de casa de Huracán, de su barrio, de la ciudad. Y lloraba. No me avergüenza decirlo. Lloraba con una mezcla de tristeza y de rabia, de rabia por pasarme otra vez lo mismo. Y conduje sin ser consciente de ello y me pasé la salida de mi casa, y la siguiente, y no me di cuenta de lo que hacía hasta 100 kilómetros más allá, cuando conseguí serenarme un poco. Paré en un área de servicio y salí del coche. No había ni un alma, pero hacía una noche preciosa. Fría pero despejada. Y con miles de estrellas brillando como si no les importase una mierda que mi niña, Huracán, me hubiera dejado. Porque al final todo quedaba reducido a eso: ya no tendría a Huracán nunca más a mi lado. No volvería a sentir sus besos, sus caricias. Y no la volvería a ver. O haría todo lo posible por no verla, porque hacerlo sería recaer. Sería volverme a comportar como el Capullo que soy, con la esperanza de que cambie de idea, esforzándome porque cambie de idea… y eso es algo que no pasará.

No sé cuanto tiempo estuve allí, mirando el cielo y llorando en silencio. Al cabo de un buen rato fui consciente de que mi cuerpo tiritaba de frío, porque había salido sin abrigo del coche y en aquel páramo perdido de la mano de dios hacía frío de verdad. Así que me volví a mi casa, por la carretera vacía.

Me ha resultado complicado escribir esto, porque está demasiado reciente. Pero ahora, cuatro días después y más sereno, creo que hice lo correcto. Aunque me duela. Huracán no ha dado señales de vida, algo que le agradezco, porque no sé si podría comportarme igual otra vez.

No sé que va a pasar ahora. No sé si seguiré escribiendo o no, porque la razón de la historia era Huracán… y Huracán ya no está.

Sólo me queda daros las gracias a todos por vuestro apoyo, por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, y por todo el interés que os habéis tomado. Me he sentido muy arropado y querido.

Muchas gracias a todos.

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Aquí va la segunda parte de la historia de Morcillita.

Nuestra relación fue complicándose un poco con el paso de los meses. Además de Morcillita y yo, aparecieron en escena nuestros respectivos padres, mi amigo Panceta y la novia de Panceta. Y ya tenemos los ingredientes para un culebrón. Mis padres estaban encantados con la idea de que Morcillita fuera su nueva nuera, e intentaban por todos los medios forzar la situación. Los padres de Panceta y de Morcillita no veían con buenos ojos a la novia de Panceta, pero también estaban encantados con la idea de tenerme como yerno. Morcillita y la Novia de Panceta, más concretamente, no se podían ver y se atacaban con pullitas en cada encuentro. Y la novia de Panceta malinterpretó unas cuantas bromas mías como ataques contra ella, dirigidos en la sombra por Morcillita. Así que se armó el conflicto. Las víctimas: Panceta y yo… y más concretamente, nuestra amistad. No es que hayamos dejado de ser amigos, ni mucho menos, pero ya no es lo mismo que antes.

En fin, que entre tanto lío, el tiempo pasó y un día se obró el milagro. Morcillita y yo nos hicimos pareja. Ocurrió una noche estrellada, después de una larga conversación en lo alto del mirador del parque. En un momento nos quedamos los dos en silencio, mirándonos a los ojos. Y sin mediar palabra, nos besamos… quizá fue la primera vez en mi vida que no dije nada (lo que me da que pensar que a veces debería mantener la boca cerrada).

Fueron los meses más felices que recuerdo. De esa época viene el nombre de Morcillita: yo la llamaba así en la intimidad, porque una vez se puso una cosa en la cabeza como gorra y le dije “pareces una morcillita”. Y le hizo gracia. Ella también me llamaba de una manera especial… aunque eso quedará en el más estricto secreto (sólo lo sabemos ella, yo… y Paco, y yo no lo voy a decir). En fin, que fui muy feliz en esa época… Y eso, quizá, sea lo que hizo más doloroso lo que pasó después. Porque lo que yo creía que sería algo para siempre, terminó. Y terminó como pasa en las películas: llamada de teléfono y un “tenemos que hablar”. Y el tenemos que hablar significaba que ella tenía que hablar y yo escuchar cuanto tenía que decir… que venía a ser más o menos, que se había confundido, que me quería un montón, pero más como amigo, como hermano, que como amante. Yo no lo vi venir y me pilló de sorpresa. Quizá haya sido la primera vez que he llorado delante de una mujer (se entiende que me refiero a una mujer que no sea mi madre ni esa ATS demoníaca que me cosió una brecha en la cabeza cuando tenía 10 años). Y lloramos los dos, abrazados, durante un montón de rato. Ella acordó que no deberíamos vernos en una larga temporada.

Para ella, una larga temporada vino a ser una semana. O, al menos, ese fue el tiempo que pasó hasta que volvió a llamarme de nuevo. Me echaba mucho de menos y necesitaba verme… y, en lugar de ser fuerte y negarme, accedí. Y ese quizá haya sido el mayor error que he cometido nunca. Estuve pagándolo casi dos años. Porque nos volvimos a ver y casi todo volvió a la normalidad. Y digo casi todo, porque ya no hacíamos lo que hacen las parejas en la intimidad. Vamos, que se terminaron los besos, las cricias y las pedorretas en la barriga… pero seguimos haciendo todo lo otro: ir al cine, tomar café, irnos de compras (y ella era adicta a las compras), visitar a la familia (sí amigos, yo iba a ver a mis ex suegros). Pero como buen capullo que soy, pensaba que si había cambiado de idea una vez ¿Quién me decía a mí que no cambiaría más veces de idea?

Así que aguanté… seis meses. Seis meses fue el tiempo que tardó en aparecer alguien que le hiciera el tilín que yo no le hacía. Y fue un antiguo novio, diez años mayor que yo, el que reapareció en su vida. Misteriosamente dejamos de vernos y yo, que no soy tonto, me olía algo. Ella tardó tres meses en encontrar el valor de decírmelo. Tardó otros tres meses en irse a vivir con él y apenas dos meses más en quedarse embarazada. De esto último me enteré por la prensa, porque Morcillita, temerosa de hacerme más daño todavía, no encontró el momento de decirme que estaba embarazada. Tampoco encontró el momento para que nos viéramos o de responder a mis llamadas. En este caso la prensa fue mi madre, y su informador, mi ex suegra.

Total, que me encontraba muy deprimido, lastimoso y llorón. Una pena de hombre, apenas una sombra de mí mismo. Fueron unos meses terribles en los que me costaba encontrarle el lado positivo a la vida y en la que escribí, como un cabrón, las prosas más tristes que he escrito nunca (prosas que perdí, por suerte, en un error de disco de mi ordenador).

Toqué fondo el día que Morcillita y su chico daban una comida en su casa para la pandilla. Yo estaba incluido aunque nadie pensó que fuera a ir. Pero fui. Y la vi embarazada de 7 meses, feliz con su novio y en una casa impresionante, con piscina y todo. Entendí que ella necesitaba una seguridad que yo no le podía ofrecer en aquel momento.

La pequeñaja nació y fui a verla (algo que casi necesitaría un capítulo entero y que quizá haga, viendo la inactividad de Huracán estos días). Poco tiempo después volvió a quedarse embarazada y nació un segundo bebé. Morcillita se casó por fin (aunque no asistí, porque fue sólo para la familia directa) y todo pasó, más o menos a una velocidad endiablada. En la actualidad Morcillita y yo seguimos viéndonos regularmente, para desayunar. Una vez al mes, más o menos. Está impresionantemente guapa y sigue con su tipazo escultural (como si los hijos fueran de otra). Le hago regalos a sus pequeñajos de vez en cuando y, por alguna extraña razón, no he vuelto a ver a su marido.

Y esto es todo lo que puedo decir de Morcillita…

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Esto está siendo muy complicado. Parece que todo el mundo ha venido con ganas de las vacaciones y no tengo tiempo para nada… por suerte Huracán se va hoy a su tierra por unos días (son las fiestas populares, parece), y voy a tener algo de tiempo libre por las tardes…

A ver. Resumiendo un poco, Huracán está a ratos eufórica y a ratos hundida. Eso es bastante normal, al menos las fuentes de prestigio consultadas así lo afirman. Pero yo estoy un poco perdido (y agotado). Se me ocurrió la genial idea de decirle que, cuando le entraran ganas de llamar al Policía, me llamara a mí. Y me ha estado llamando como una loca a casi cualquier hora del día y de la noche. Podríamos dividir todas las llamadas en dos clases.

Clase 1. Huracán eufórica.

– Hola. Otra vez.
– ¿Sabes lo que te digo?
– Me imagino… pero, dime.
– Que le den por culo al policía. Yo soy mucha tía para él. Que se quede con su mierda de novia… – Y cosas por el estilo.

Clase 2. Huracán hundida.

– Echo de menos al policía…
– Hola. Como te he dicho antes… no pienses más en él, mujer…
– Pero es que echo de menos al policía…
– Se te pasará… – Y otros 20 o 30 más “Echo de menos al policía”.

Esto sería divertido si no fuera porque el teléfono suena a cualquier hora. Y, cualquier hora, puede ser las tres de la mañana, por ejemplo. A esas horas siempre llama la Huracán hundida, curiosamente.

El lunes podríamos resumirlo como el día que fuimos a un concierto de música clásica (una especie de Greatest Hits de Mozart), pero no pillamos entradas (no sabía que hubiera tanta gente aficionada a la música clásica en pleno agosto). Y pasamos la tarde buscando una cafetería en la que pusieran una determinada tarta de chocolate, con trocitos de chocolate, y con chocolate encima. Así que, básicamente, entrábamos en una cafetería, pedíamos que nos enseñaran las tartas y, si no le gustaba la tarta en cuestión, nos marchábamos a la siguiente. Al final no le gustó ninguna y terminamos cenando unas tostas cerca de su casa. Por supuesto, hablamos y hablamos y, de vez en cuando, echaba alguna lágrima. Pero en general la cosa fue bien y yo la vi bastante mejor que el domingo.

El martes empezó tranquilo. Huracán no dio señales de vida en toda la mañana hasta que, poco después de comer, me llamó llorando desconsoladamente. Resulta que el Policía la había llamado: quería saber qué tal estaba ella, porque hacía más de una semana que no hablaban. Él le dijo que podían quedar como amigos, que la echaba de menos y que se acordaba mucho de ella.

– ¿Crees que quiere volver?- Me preguntó entre lágrimas.
– Si y no. No quiere volver, porque él tiene su puesto en la policía, su casa y su novia allí y, perdona que sea tan franco, no creo que seas tan buena en la cama como para dejar todo eso atrás…
– ¿Pero entonces?
– Quiere tenerte aquí… para lo que pueda pasar… por si viene a dar un curso… o a pasar un fin de semana. No está mal eso de venir con el polvo asegurado… ¿No crees?

La verdad es que me parecía un juicio demasiado a la ligera sin conocer al Policía… pero, por otro lado, me parecía muy lógico. He conocido a muchos tipos como él, en mi larga y exitosa carrera como amigo…

De todas maneras, y a efectos personales, las continuas llamadas de teléfono no me estaban dejando demasiado bien de cara a mis compañeros y, sobre todo, a mi jefe. Poco después de esa llamada tuve una charla con él al respecto… de la que salí bien librado, por los pelos.

Nos volvimos a ver después del trabajo y no hicimos nada especial. Otra vuelta por el parque y su estanque charlando. Ella hacía mucho hincapié en que si quedaban como amigos a lo mejor él se daría cuenta del error que había cometido… etc, así que le conté mi experiencia al respecto: la historia de Morcillita y de cómo habíamos quedado como amigos. No sé si la convencí, pero al menos, conseguí que se riera con algunas anécdotas…

Prueba de que no la convencí fue la llamada que tuve el miércoles. Había quedado para unas cañas con el bueno de Almanzor. Le quería poner al día de los últimos acontecimientos acaecidos durante los últimos cinco trepidantes días cuando, en mitad de la segunda caña, me llamó Huracán.

– Le he mandado un mensaje.
– ¿Al policía?
– Sí.
– ¿Pero no habíamos quedado en que pasarías de él?
– Le he dicho que si me quiere, tiene que venir ahora mismo.
– ¿Ahora?
– Si
– ¿Desde allí?
– Si.
– Pues prepárate a esperar… porque es una tirada en coche. Eso si viene…
– Le he dicho que si no viene, no quiero saber nada más de él. Ni una llamada, ni un SMS, ni nada. Nunca más…
– Desde luego, un comportamiento maduro y, sobre todo, muy equilibrado… espero por tu bien que no haya visto “Atracción fatal”, porque si la ha visto, estará acojonado…
– ¿Por qué?
– Porque él sólo quería pasarlo bien, sexo sin nada de complicaciones, y ahora se da cuenta de que ha estado acostándose con una mujer claramente desquilibrada… ¿Quién le dice que no aparecerás por su casa, cuchillo en mano? – Para ser improvisado la cosa no me quedó mal. Almanzor estaba alucinando con la escena. Huracán comenzó a llorar otra vez.
– Espera… que voy a verte. En 20 minutos estoy en tu casa…

Y Almanzor se sumó a esa lista de amigos a los que dejo colgados por rescatar a una dama en apuros. Este, por lo menos, bebió gratis un par de cañas… porque le invité, claro. También lo entendió.

Por suerte Huracán estaba más tranquila. La tontería del mensaje valió para que pudiera convencerla de deshacerse del número de teléfono del Policía. Lo borró del móvil. Borró los mensajes y, por último, quemamos el papelito con el número (una cerilla y al retrete). Por supuesto que no se me ocurrió mencionar que el teléfono está la mar de apuntado en la facturas del móvil… ese detalle sin importancia podría echar por tierra la operación y, por suerte, Huracán no pensó en ello.

Todo el rato que estuve en su casa recé para que el Policía no pareciera… y no apareció.

Hoy se va a su tierra, y no volverá hasta el domingo. Allí está su mejor amiga y podrá desahogarse a conciencia. Yo, por mi parte, pretendo descansar un poco.

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Continúo con la historia.

Cometí dos errores la noche del sábado. El primero, obviamente, dejar que Huracán se fuera del coche sin haberle comido los morros. Y, el segundo, fue no apagar el móvil. Porque como que no mola mucho lo de despertarse con la música de Expediente X apenas unas horas después de haber conseguido cerrar el ojo.

Debía de ser mediodía a juzgar por la luz que entraba por la ventana, pero yo tenía la sensación de que eran las siete de la mañana, por lo menos. El caso es que, por la musiquilla del móvil, era Huracán. Pero no la Huracán de la noche, segura, preciosa y divertida… no. Era la Huracán llorosa y gimoteante del viernes. Estuvimos como media hora al teléfono, pero la conversación se podría resumir en:

– Jooo. Echo mucho de menos al Policía.- Lloros – Quiero ver al Policía.- Y más lloros – Voy a llamar al Policía.

El caso es que, con la práctica que tengo en estas lides, conseguí tranquilizarla y dejó de llorar. Y por el momento dejó de querer llamar al Policía. Quedamos para después de comer (cosa que agradecí, porque pude dormir otro poco más). Y, a eso de las 4, estaba (de nuevo) en su casa. La de kilómetros que me habría evitado de haberme quedado por la noche. En fin.

Esta vez no abrió la Huracán magnífica y espectacular de la noche anterior. Volvió a abrir la Huracán con gafas del viernes. Guapa, porque Huracán es muy guapa, pero ojerosa. Y tenía señales evidentes de haber estado llorando un buen rato antes de que yo llegara. De hecho, no estaba preparada para salir, sino que llevaba la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto de estar por casa.

Me contó que había tenido muchas ganas de llamar al Policía. Y que se había resistido. Decidió que debía borrar el número del móvil. Luego se había arrepentido y había removido Roma con Santiago hasta que encontró un papel en el que recordaba haberlo apuntado semanas atrás. Me enseñó el papel, arrugado con un número garabateado en él. Pero no quería volver a meterlo en el móvil, no fueran a darle ganas de llamar otra vez.

– Pues rompe el papel y no habrá posibilidad de llamar… ¿no te parece?
– No… ¿Y si me llama, pero estoy fuera de cobertura? ¿Cómo sabré que me ha llamado?
– No te va a llamar. Ahora, por las horas que son, él está echándose la siesta con su novia… fijo – Lo sé. Es cruel decirle que estaba acostado con otra, pero creo que estas cosas, cuanto antes las piense, mejor…
– Su novia… esa puritana. Me dijo el Policía que yo le había hecho cosas que su novia no quería hacerle – comentario que, como comprenderéis, llamó mi atención. De todas maneras volví a ser muy duro con ella.
– Me temo que tan buena no eres… si él ha preferido volver con su puritana novia que quedarse con la fogosa Huracán… ¿No te parece?
– Ha sido por el trabajo…
– Ya… eso va a ser. Podemos hacer una cosa… Tú me das el papel, y yo te lo guardo. Así controlamos las ganas de llamar y, si fuera muy necesario, puedes pedírmelo.

Pero no quiso. La verdad es que esta chica parecía estar loca perdida… estando allí, de pie en el salón, tenía la sensación de que la Huracán de la noche anterior debía de ser una mujer diferente. Yo en mis debacles amorosos tengo un perfil más plano… hundido y punto. Pero sin estos subidones y depresiones tan acusados… y lo peor es que son por un rollito de dos semanas…

La convencí para que saliéramos al parque al lado de su casa a dar un paseo y que nos diera un poco el aire. No estaba haciendo precisamente una tarde calurosa, así que caminar un poco debajo de los árboles podría estar bien. Antes de eso, Huracán, que es una chica muy limpia, necesitaba meterse en la ducha… con todo lo que ello conlleva… así que me preparé de nuevo para una hora de lectura de la revista para mujeres de hoy… pero a los 5 minutos escuché sollozos apagados desde su habitación. Obviamente me preocupé un poco…

En la habitación, junto a la cama, estaba Huracán de pie, llorando a lágrima tendida y gimoteando… nuevamente. y cuando me vio, sólo se le ocurrió taparse la cara con unas bragas limpias que tenía en la mano… la escena era muy cómica (seguramente nos reiremos de ello al contárselo a nuestros nietos), pero lo cierto es que estaba llorando. Me acerqué, le quité las bragas de la cara (esta frase habría sonado mejor de otra manera), y la abracé, meciéndola un poco.

– Todo se arreglará… ya lo verás. – Le susurré al oído. Y siguió llorando un rato.

Después de ducharse y secarse, terminó de arreglarse en el salón. Descubrí el secreto de su impecable flequillo y porqué los rizos le caen distraídamente sobre los hombros… todo lleva un proceso que no deja nada al azar precisamente… son años de práctica, parece. También vi como se pintaba los ojos, los labios, se daba el colorete… a pesar de insistirle que con la cara lavada está estupenda. Pero así es Huracán… hundida en la miseria, pero divina de la muerte.

Durante el paseo hablamos sobre muchas cosas, pero principalmente del Policía. Yo intentaba hacerle ver que quizá no era tan bueno como ella pensaba y que, si había engañado a su chica, ¿Quién le decía que no la engañaría a ella también? Eso sí… la charla no fue constante. El tono de “Losing my religión” de su móvil sonó en repetidas ocasiones. Quitando una de ellas, que la que llamaba era la mejor amiga de Huracán, el resto eran llamadas de varones. Y creo que varones con malvadas intenciones…

Después fuimos a tomar algo a una terraza… luego a cenar a un bar cercano y, por último, otro paseo por el parque. Pero como al día siguiente ella tenía que madrugar mucho, nos despedimos relativamente pronto… otra vez en la puerta de su casa. No hablamos de quedar ni nada… pero al final quedamos.

Pero esa historia tendrá que ser contada mañana…

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Después de una dura clase de spining de ese (una especie de tortura china en la que un sádico con ropa ajustada te hace sudar al ritmo de música disco) salí escopetado para casa de Huracán. Tengo que reconocer ciertos nervios por mi parte… no sabía muy bien qué iba a encontrarme allí. ¿Estaría en lo cierto con respecto al Policía? Por si a caso, y porque hombre previsor vale por dos, llevaba la muda limpia.

Aparqué en la puerta y momentos después estaba llamando al timbre. Me abrió una Huracán inédita para mí: Una Huracán con gafas. De todas maneras las gafas le daban un aspecto de bibliotecaria erótica que para qué os voy a contar (y, con un saco de patatas, tendría el aspecto de una patatera erótica, segúramente). Por lo demás, y como siempre, muy ligerita de ropa (sólo una camiseta de tirantes y un pantaloncito corto, minúsculo). Así que estaba cómoda en casa.

– Quedamos en que me llamarías antes de venir.
– ¿Seguro? No lo recuerdo. – En realidad sí que lo recordaba, pero prefería encontrarla así.
– No me has dado tiempo a arreglarme… mira las pintas que tengo…
– Que va, mujer. Estás muy guapa.- Y no mentía
– Ahora tendrás que esperar
– No importa. Ya tengo experiencia.

Y me senté en el sofá, dispuesto a dejar pasar una hora allí sentado. La revista de la mujer de hoy es una lectura interesante… y siempre viene bien saber las tendencias de este verano en cuanto a trajes de baño se refiere. Mi horóscopo para esta semana no era muy alentador: Un problema de salud y estrecheces financieras…

Al final sólo fue media hora. Huracán, ya sin gafas, estaba preciosa (con gafas también).

– ¿Dónde vamos? – Pregunté con curiosidad. Obviamente íbamos a salir por ahí. Con Huracán eso significa que lo mismo empezamos haciendo un cine, y terminamos a las 8 de la mañana en un after…
– No sé, me da igual. Pero quiero salir de casa… me estoy agobiando. Llevo encerrada aquí tres días.
– ¿Pasa algo?
– No… nada… – Lo que en el lenguaje femenino significa “Tengo un problemón que te cagas”. Mi fino olfato para los problemas me decía claramente que se trataba del Policía.
– La Huracán que yo conozco no se queda en casa tres días ni con 40º de fiebre… Dime ¿Qué está pasando?
– Nada… bueno, sí… pero es que a ti no te gusta que hablemos de esas cosas… – Supongo que lo diría por las largas charlas sobre el camarero guapo que intenté, sin éxito, evitar en el pasado. De repente se había vuelto muy considerada.
– ¿Hay un Policía?
– Sí…
– Pues tienes razón, no me gusta… A ver, conozco una zona de terrazas que no queda lejos… – Por fin había tomado el mando el “Yo Tipo Duro”. Creo que dejé bien zanjado el asunto. No me gusta hablar de eso, así que no hablamos de eso.

Y bajamos al coche. Y, en el primer semáforo, Huracán se puso a llorar como una magdalena. Yo no soporto ver llorar a una mujer… es superior a mis fuerzas… así que nuevamente vi como el “Yo Tipo Duro” salía despedido del coche y moría atropellado bajo las ruedas de un camión unos metros más atrás. En su lugar, conducía nuevamente el Señor Capullo.

– A ver… ¿Qué te pasa?
– El Policía me ha dejado… – y continuó con unos cuantos lloros. Me resultaba difícil concentrarme en el tráfico y en Huracán, así que en cuanto pude, aparqué el coche. Por suerte había un bar cerca con una terraza. Salimos y, más calmada, Huracán me siguió contando.

Resulta que el Policía no era de por aquí. Era de una ciudad de la costa levantina donde, por cierto, vivía también su novia. Había surgido un traslado cerca de allí y lo había cogido. Punto final a la historia. El tío, después de un par de semanas intensivas de sexo, había vuelto al redil… como quien dice. Y en esto Huracán fue muy descriptiva…

De todas maneras había algo que no alcanzaba a entender.

– O sea – dije – que él tiene novia, ¿No?
– Si…
– ¿Tú lo sabías?
– Sí…
– Y, aún así, ¿Te liaste con él?
– Si…
– ¿Y no te importó ese pequeño detalle?
– Es él el que tendría que preocuparse por ese detalle… no yo.
– Bueno… eso es cierto… pero, no sé… por solidaridad de género… por eso de que uno no debe hacer lo que a uno no le gustaría que le hicieran… no sé, por esas cosas… de todas maneras, si él tenía novia, y tú lo sabías… no sé a qué viene esta escena, la verdad.
– Porque me he pillado por él… – Y empezó a llorar otra vez.

La gente de la terraza nos miraba. No es algo que a mí me preocupe, pero los ojos de Huracán estaban negros por el rimel corrido. Estábamos dando toda una escena.

– Mira, Huracán, deberías dejar de llorar… la gente del bar tiene la impresión de que te estoy dejando y, la verdad, creo que todos deben de pensar que estoy tonto o algo así, por dejar a un bombón como tú… así que, hazlo por mí, por mi imagen, y deja de llorar… por favor – Estas tonterías se me ocurren sin pensar. De todas maneras el comentario surtió el efecto deseado… Huracán sonrió y dejó de llorar. Aunque sólo por unos minutos.

Por lo visto todo empezó como un rollito de verano. Un tío bueno al que poder beneficiarse unos días y luego, si te he visto no me acuerdo. Una forma de pasar el rato haciendo ejercicio, en plan “Mujer fatal”. Pero resultó que el tipo no era tan mal tío después de todo (si olvidamos el pequeño detalle de que el Policía le puso los cuernos a su novia varias veces al día durante dos semanas). Y, Huracán, creyó ver algo más que sexo en sus encuentros. Empezó a imaginarse cosas y… en fin, se lió un poco. Él nunca tuvo la más mínima intención de dejar a su novia de toda la vida y, en cuanto surgió la oportunidad profesional que estaba esperando, se largó.

Total que, a eso de las 2 de la mañana, después de incansable palique sobre el tema, lloriqueos varios, sorbida de mocos (algo muy poco erótico, la verdad) y demás parafernalia del despecho, dejé a Huracán en su casa.

Resumiendo: Antes del verano había una Huracán abeja (de flor en flor) y me he encontrado a una Huracán enamorada (o eso cree ella), despechada y con gafas…

Se supone que hoy quedaremos otra vez, nos vamos a llamar después de comer. Eso sí… en caso de que quedemos le he prohibido volver a mencionar el tema del Policía. No me hará caso, por supuesto. De todas maneras no sé qué enfoque darle al asunto… ¿Voy de hombro? ¿Voy de hombre? A ver, las chicas… ¿Qué hago?

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Continúo con la historia de Lentillas.

Por supuesto, mentí. Por dos motivos, principalmente. Por un lado nuestra amistad podría verse comprometida si decidía retirarme, y por otro, podría pasar algo o, mejor: había más posibilidades de que pasara algo que si me quedaba en casa. Un día tonto lo tiene cualquiera y nunca se sabe cuanto de menos me echaba. Así que me lo jugué todo a esa carta y seguimos con el plan. Eso sí, puse como condición no ir a Lisboa, ya que tengo entendido que es una ciudad muy romántica… y no era la situación ideal para visitarla.

Al final me lo curré (porque estábamos en Agosto y la zona era muy turística) y terminamos en Gerona, en un hotelito “con encanto”. Y no sé si el encanto estaba en el ventilador colgado del techo, las vistas a un campo de fútbol o el sofá de Scay de la habitación, o el olor a cerrado del edificio… aún con todo estaba limpio y, bueno, me encontraba en la mejor de las compañías.

Desde el primer momento noté que había algo raro. Y no era el tufillo a cerrado. Ella estaba especialmente taciturna… incluso me confesó que tenía un “mal rollo” del que quería desconectar. Además, Lentillas hablaba mucho por teléfono con alguien, siempre por la mañana y por la noche… Un interlocutor masculino. Y sabía perfectamente quien era. Así que a las pocas horas de empezar nuestro viaje ya sabía que no habría ninguna posibilidad de que hubiera un día tonto de esos. Es más… sabía que la semana que estaríamos en la Costa Brava sería muy difícil para mí. Porque lo peor que podía ocurrir, había ocurrido… y yo sin tiempo para prepararme.

Ironmán, porque así llamaré al interlocutor masculino, era un compañero de trabajo del que Lentillas hablaba mucho desde hacía años. Hablaba tanto que yo ya me sabía su vida casi al dedillo. Y sabía algo fundamental: estaba casado y tenía dos hijos. Así que hice lo que cualquier capullo haría en mi lugar… me preocupé por ella. Porque una cosa es ser la novia de alguien, y otra cosa es ser “la otra”. Pero por otro lado, no podía decir nada… ya que cualquier cosa que dijera podría ser considerado como una opinión interesada y, en realidad, todo eran sospechas.

Además de escribir, le doy algo a la fotografía. A nivel amateur, pero con cierto gusto (o eso es lo que dicen mis amigos). Ese viaje de una semana se tradujo en varios miles de fotos de Lentillas.

La semana terminó demasiado deprisa. O demasiado despacio, todo depende del momento en el que me preguntaran. Porque había momentos increíbles, en los que no me costaba ningún trabajo imaginar que Lentillas era mi pareja (una pareja de muchos años, con la que el sexo era algo anecdótico y apenas nos tacábamos, claro), y otros momentos, sobre todo durante las llamadas de más de una hora, en los que siempre se me cruzaba la idea de coger mi mochila y marcharme. Era evidente con quien quería estar y me sentía como el acompañante suplente… estar conmigo era sólo un poco mejor que estar sola. Pero aguanté.

Y volví muy tocado. Pero con la sensación de que había hecho cuanto había podido y de que sería amigo de Lentillas.

Los siguientes meses la relación de Lentillas con Ironmán parecía ir mejor, o, al menos, a ella se la veía más contenta… pero pese a ello, seguimos viéndonos de forma regular. Ella no quiso perder el contacto y siempre me decía que no me olvidara de ella. Yo, mientras tanto, seguía preocupado, pero sin poder decirle nada. En alguna ocasión intenté sonsacarla, pero Lentillas me decía que no era el momento.

El momento llegó casi un año después. Era un amasijo de nervios cuando me miró a los ojos y me dijo que estaba saliendo con Ironmán. Esta vez, y tras casi un año de preparación mental, pude sonreír y decirle que ya lo sabía… que me había dado tantas pistas que lo único que me faltaba era conocerle en persona. Me enteré del único dato que me faltaba: él estaba divorciado, por lo que no había ningún motivo para que me preocupara.

La preparación mental fue en vistas de mantener la compostura en el momento de escuchar lo que ya sabía. Pero por dentro… al montar en el coche sólo era capaz de pensar en lo que había oído. Y cuando quise darme cuenta, me encontraba detenido en un semáforo de una ciudad que no era la mía y sin tener la menor idea de cómo había llegado hasta allí…

Pese a ser oficial ya que Lentillas no era una mujer soltera, nos volvimos a ir de vacaciones ese año. Dos semanas junto a otros amigos. Esta vez, salimos al extranjero, con lo que hubo muchas menos llamadas que el año anterior. Las llamadas me seguían provocando la sensación de ser un suplente. Cualquiera diría que estaba celoso.

A Ironmán le conocí esa Nochevieja. Esta Nochevieja pasada. Todos los años todos los amigos preparamos una salida a una casa rural para celebrar la salida del año todos juntos. Y este año Lentillas iba a venir sola (él tenía niños) y hasta última hora eso fue así. Pero un cambio repentino con los Ironkids provocó un pequeño dilema: ¿Podía venir Ironmán? No, porque no había camas libres. Pero ¿Se podrían buscar camas? Ese era otro cantar… hablé con la dueña de la casa y me comentó la posibilidad de llevar algunos colchones para dormir en el suelo… ahora bien… ¿Quería yo que Ironmán viniera? Si no quería, me bastaba con decir que no había posibilidad de meter más camas. Nadie sabría nunca la verdad… excepto yo.

Maldita conciencia…

Y como si fuera el Rey de los Capullos, terminé cediéndole la cama a Ironmán para que pudieran dormir juntos y yo… di con mis huesos al colchón en el suelo.

Me afectó mucho verles juntos. Daba igual que hubiera pasado más de un año sabiendo que Lentillas tenía novio. Ironmán siempre fue una voz al otro lado del teléfono, una ser virtual fácilmente ignorable. Pero verle cogiendo la cintura de Lentillas, o abrazándola por detrás… besitos por aquí, mimos por allá. Incluso estando Huracán en la casa, incluso centrándome en ella, sentía que me clavaban un puñal en el pecho, removían la herida y la rociaban con un puñado de sal, cada vez que él le pasaba el brazo por los hombros. Ni siquiera el baño en el Cantábrico el mismo 31 de diciembre con Huracán en braguitas y sujetador mitigó mi dolor.

Y como tengo una cara muy expresiva… Lentillas se dio cuenta. Dos minutos después de las campanadas, justo al colgar el teléfono tras llamar a mis padres desde la terraza de la casa, me encontré con Lentillas detrás de mí. Estábamos a solas en la fresca noche.

– ¿Se puede saber qué te pasa?

Y exploté. Salió como un torrente. Como si el dique se hubiera roto y vertiera al llano todos mis sentimientos…

– Pensé que podría… pero no puedo. Sé que no debo seguir enamorado de ti, pero lo estoy. Y me llevan los demonios cada vez que os veo juntos… – Esta última frase fue un sollozo más que palabras.

Ella no dijo nada. Me abrazó muy fuerte. Y lloramos juntos durante un buen rato. Y no existió otra cosa en el mundo más que sus brazos alrededor de mi cuello, su cuerpo pegado al mío y mis manos rodeando su cintura. Mi móvil vibró con un mensaje pero lo ignoré. Cuando nos separamos ella dijo:

– Perdóname… lo quiero todo. Quiero que me cuides como hasta ahora y quiero estar con él… y no he sido consciente de que te estaba haciendo daño…
– La culpa es mía, Lentillas. Tenía que haber sido más fuerte… o no haber venido…

En ese momento apareció Almanzor, el único de mis colegas que estaba al corriente de lo que me pasaba. Llevábamos mucho rato fuera y la gente estaba empezando a hacer preguntas, e Ironmán estaba dando vueltas como un león enjaulado. Me había mandado un mensaje advirtiéndome de los nervios de Ironmán… pero yo no estaba para leer SMS. Nos recompusimos un poco y volvimos al calor del interior… a la fiesta.

Ni emborracharme pude… yo había sido el encargado de la bebida y me quedé corto…

Los siguientes meses pasaron despacio. No vi a Lentillas porque se estaba preparando un Master y tenía que estudiar, y yo decidí centrarme en Huracán. La mancha de una mora roja con otra verde se quita… que dicen.

De todas maneras creo que lo de Nochevieja fue un espejismo, una especie de recuerdo de lo que sentía. La falta de costumbre de ver a Lentillas con alguien. Desde aquella noche hasta el día de hoy he coincidido con Ironmán y Lentillas en varias ocasiones y no he tenido esa misma reacción. Incluso hemos bromeado y todo. Es un tipo majo, tiene que serlo a la fuerza para gustarle a Lentillas, pero no creo que lleguemos a ser buenos amigos. Los dos sabemos que tenemos que tolerarnos, incluso llevarnos bien, si queremos estar en la vida de Lentilla. Y el que tiene todas las de perder aquí soy yo.

En una semana nos iremos de vacaciones a Francia. Creo que esta vez sí que será la última vez que lo hagamos juntos, así que pienso disfrutar todo lo que pueda. Y, sobre todo, utilizar sus conocimientos del mundo femenino para establecer una estrategia que me permita conquistar de una vez por todas a Huracán…

De primeras, ya he quedado este viernes, a modo de despedida, para ir al Spá con Huracán y luego a cenar. Ya os contaré.

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