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Posts Tagged ‘despedida’

Dos pantalones de montaña. Unos cortos. Unas mallas cortas. Unas mallas de forro polar. Tres forros finos. Un forro gordo. El forro polar del invierno. Un impermeable y cortaviento ajustable. El gorro de lana (tengo que hacerme con un sombrero por allí). Las dos bragas (por si una no es suficiente). Guantes finos y guantes gordos. Tres pares de calcetines de alta montaña (de los de 20 grados bajo cero). Cinco pares normales. Cinco o seis camisetas técnicas. Otras tantas de algodón. La camiseta de la productora de mi hermano (para hacerle publicidad en el techo del mundo). Calzoncillos como para una boda (por limpios y por cantidad). La bolsa de aseo (por si acaso me puedo lavar algún día). El rollo de papel higiénico (nunca debe faltar en una mochila). El saco sábana (para que mi suave piel no toque directamente en un saco en el que se ha acostado medio mundo… uno que tiene sus escrúpulos). El repelente de mosquitos, la tableta de aspirinas, las pastillas para el estreñimiento (el arroz… ya se sabe), los apósitos (para las ampollas), el almax. (para las digestiones pesadas. Las especias… ya se sabe). Las botas de montaña (por fin domadas). Zapatillas de correr. Las sandalias. La cantimplora. El frontal. Tres juegos de pilas para el frontal. 10 blister de pilas para la cámara (no me puedo quedar sin pilas en ningún momento). Las pilas recargables y el cargador (por si acaso). Tres tarjetas de memoria, más la que va en la cámara (una previsión de 4.500 fotos). La memoria USB (por si puedo descargarlas en algún sitio). Dos paquetes de jamón, de lomo y de chorizo, embasados al vacío (es que no comeremos mucha carne, me temo, y porque todo español bien nacido debe de viajar al extranjero con un chorizo… es tradición). Un librito de sudokus (para las esperas). Una libreta de notas. Al menos tres bolígrafos repartidos por toda la mochila. Un lápiz (para no depender de la tinta y porque funcionan por mucho frío que haga). El pasaporte. Fotos de carné (para los visados, los permisos de entrada al parque…)

Creo que lo llevo todo.

Hoy, en menos de doce horas, despegará el avión. Mañana a estas horas estaré ya en Katmandú, aunque allí serán cuatro horas y cuarenta y cinco minutos más tarde. Desde que en febrero entrara a pedirle las vacaciones a mi jefe hasta ahora han pasado algo más de siete meses… aunque llevamos preparando el viaje desde antes… desde hace más de un año. Un parto largo y difícil.

Es peligroso hacerse ilusiones, porque después el viaje es posible que no esté a la altura de las espectativas. Pero tengo un buen pálpito con esta aventura. ¿A quien pretendo engañar? Yo siempre tengo un buen pálpito con cualquier viaje…

Como no sé como andaré de conexiones por allí, o si me apetecerá conectarme, habiendo tantas cosas que ver y tantas cosas que hacer, me despido de vosotros hasta el lunes 20 de Octubre. Espero volver con un millón de historias nuevas y con una buena colección de experiencias…

¡Nos vemos!

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Mis grandes amigos del instituto, mis grandes amigos ahora, aunque nos veamos poco y hablemos menos, son Bob el silencioso y Panceta. Especialmente este último, con el que siempre he compartido sentido del humor y forma de ser. Incluso llegamos a ser familia durante un breve periodo de tiempo…

Panceta y yo nos hicimos amigos de la manera más tonta: En clase de pretecnología en el muy lejano 2º de BUP. Empezamos a discutir sobre un posible proyecto de tren de alta velocidad con forma de bala. Totalmente subterráneo e impulsado por aire comprimido. El diseño era mío y él me intentaba hacer ver los más que posibles problemas de rozamiento y, sobre todo, del movimiento rotatorio incontrolado de la bala que afectaría a los pasajeros y a sus estómagos. Discutimos durante un buen rato y, a partir de ese momento, nos hicimos inseparables.

El tren nunca llegó a ser más que una idea genial y un dibujo en la última hoja del cuaderno de pretecnología.

Los años del instituto pasaron más o menos volando y los de universidad más rápido todavía. Y, tras todas las prórrogas habidas y por haber llegó el momento de ser sorteados para la mili. Él, que no estaba trabajando, decidió ir voluntario al destino que fuera, para quitárselo de encima lo antes posible. Bob y yo, que trabajábamos en el mismo sitio, optamos por la objeción de conciencia. Al final el halo de buena suerte funcionó, y nos adjudicaron destino a nosotros antes que a él.

A él le tocó la brigada paracaidista, en Murcia. Lo segundo peor que le podía tocar a alguien con el graduado escolar. Al menos estaba en la península… pero según decían, era un destino de tipos duros, más duros que los legionarios. Panceta es lo más lejano a un tipo duro que hay… yo, al menos, tengo espaldas anchas… pero él… en fin. Lo iba a pasar muy mal.

Había que quemar Roma, o en su defecto, nuestro pueblo. Así que el último fin de semana antes de que se presentara en el cuartel, salimos a celebrar la despedida. Sólo tíos… y a beber. Fuimos a nuestro bar, a nuestro sitio en la barra, a nuestro rincón. Ese bar era la sede de la pandilla y pagábamos menos de la mitad de las consumiciones que tomábamos. Había muy buen rollo con las camareras y con el dueño y siempre estábamos allí metidos.

Empezamos a beber y empezamos fuerte: unos tequilas. Unos tequilas con toda la parafernalia propia de los tequilas: lametón en el dorso de la mano, sal, el chupito de un trago y limón, para quietar el sabor amargo. Y brindis va, brindis viene… “Por panceta”, “Por las Bripac”, “Por la madre que nos parió”… lo malo que tienen los tequilas es que son una bomba de relojería programada para explotar a los 15 minutos exactos. Tú te tomas el primero y va directo al estómago. Unas risas con el que se ha atragantado, pedir más limón, etc… y a los cinco minutos te tomas el segundo. Más risas, más limón… y te tomas el tercero… en ese momento entra el alcohol en sangre del primer tequila y llega al cerebro.

Te pones en estado puntillo incipiente.

Te tomas el cuarto tequila de la noche… el más divertido de todos, y entra en acción el segundo que te tomaste, un cuarto de hora antes. Lo sientes como un subidón desde el estómago, y la cara te enrojece.

Entras en fase de Puntillo.

Más risas y más limón. Hace dos tequilas que te tenías que haber parado… de haber sido responsable. Pero ya es demasiado tarde, porque engulles el quinto chupito… justo en el momento de estallar el tercer tequila en tu cerebro y es cuando pierdes el control por completo. Ya no hay vuelta atrás.

Estás borracho.

A los tequilas siguieron otros combinados. Vodca con limón, porque yo tomaba vodca por aquella época. Y un cacharro tras otro. Habíamos perdido la noción del tiempo y del espacio. Sólo había caras difícilmente reconocibles y un vaso misteriosamente siempre lleno.

Recuerdo los dos últimos pensamientos conscientes de la noche. El primero, cuando mi amigo Amadeus se caía hacia atrás inconsciente al terminar su cubata. Fue algo así como: “Joder, qué mal va este”. Y el segundo, justo en el momento de apurar de un trago todo mi cubata recién puesto: “Joder, qué mal voy”.

Me desperté en la cama. En mi cama. Y no, no había una mujer a mi lado. Ni mujer, ni animal ni cosa. Solo. Es más, tampoco estaba en pelotas, sino todo lo contrario… tenía el pijama puesto. Empecé a ponerme nervioso… yo no duermo nunca con pijama. Me devané los sesos intentando recordar lo ocurrido durante la noche… pero no había recuerdos de ningún tipo. Solo un gran vacío en blanco entre el momento de apurar el cubata de un trago y el despertarme… no sabía qué había pasado, cómo había llegado hasta allí y lo que es peor, quien me había puesto el pijama. Y la gran incógnita: No sabía si mis padres se habían enterado.

Una conversación al otro lado de la puerta me resolvió alguna de las dudas.

– ¿Se ha despertado Baco ya? – Dijo mi padre
– No, todavía no. – Respondió mi madre.

Baco, el dios del vino… había pocas dudas ya. Mis padres se habían enterado.

Lo que ocurrió fue lo siguiente (yo no lo recuerdo, pero he montado la historia en base a los testimonios de testigos de los hechos). Tras perder el conocimiento Amadeus, y seguirle yo mismo, cayeron Panceta y, en menor medida, Bob el silencioso. Los del bar pidieron ayuda para sacarnos de allí a unos conocidos, que nos dejaron en el parquecillo de al lado del bar. Pidieron ayuda a las chicas de nuestra pandilla, que pululaban por allí. Ellas no supieron que hacer con nosotros… tipos grandes y borrachos. Se dieron algunas escenas un poco engorrosas para el que está escribiendo la historia (pero para que os hagáis una idea estaba implicada la chica que me gustaba por aquel entonces… al menos una de sus piernas, y yo aferrado a ella en el suelo del parque).

Decidieron llevarnos a urgencias.

Allí pasó lo que tenía que pasar… no nos pusieron la inyección porque no estábamos en coma, pero llamaron a nuestros padres, que casi era peor. Y fueron desfilando uno a uno por allí. Los padres de Panceta se cabrearon mucho, sobre todo porque él había perdido las gafas. El mío no le dio mayor importancia y entró divertido en el centro de salud. Los padres de Amadeus montaron una escena (de la que su hijo, con una mancha oscura muy sospechosa en el pantalón no se enteró). El único que se libró fue Bob el silencioso… el más delgado de todos y el que más y mejor aguantaba el alcohol… ¿Quién lo habría dicho?

A mí me llevaron a casa y mi hermano ayudó a mi madre a ponerme el pijama. El resto es historia. Mis padres no me dijeron nada. No hubo bronca ni charla ni nada de nada. Simplemente me dijeron que intentara no volver a hacerlo. Eso sí: Mi padre estuvo bastante tiempo con la bromita de “¿Tendré que ir a buscarte hoy?” cada vez que salía…

La bronca me la echó la madre de Panceta. Una monumental bronca, como si el culpable de que él se fuera a Murcia fuera mía. Y no, yo no le puse una pistola en el pecho para que bebiera… al final la sangre no llegó al río.

Lo curioso es que durante algunos meses, había gente que me saludaba por la calle y, en ocasiones, me miraban y se reían…

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Y cuando digo poco me refiero exactamente a cuatro meses y cinco días. Ese es el tiempo que Huracán y yo hemos sido una pareja. Apenas un suspiro. Me hubiera gustado deciros otra cosa… cualquier otra cosa, como por ejemplo que sigue siendo mi novia, después de pasar la crisis. Pero no ha podido ser.

Como os podéis imaginar no he estado muy animado y, bueno, he estado un poco melancólico y tristón. Lo normal en estos casos. Pero era algo que me esperaba, en cierta forma, a pesar de todos los mensajes de ánimo y optimismo que he recibido durante estos días. Pero ya estoy más sereno y puedo afrontar el relato de los hechos. Está un poco novelado y, bueno, fue un poco más largo. Pero a uno no le pueden estar dejando y, a la vez, registrar fielmente palabra por palabra. Pero en esencia esto es lo que ocurrió.

Había llegado un poco antes de tiempo a la Estación de Autobuses, y esos minutos de espera fueron interminables. Me tomé un refresco en la cafetería con la vista clavada en el panel luminoso donde se indica la dársena de llegada para los autobuses, prácticamente sin parpadear y poniéndome cada segundo más nervioso. Parecía como si el reloj se hubiera detenido. Pero, por fin, apareció el numerito y tardé pocos segundos en llegar hasta donde el autobús me devolvería a Huracán. Y tanta rapidez no valió de nada, porque el autobús tardó algunos minutos más en llegar… tensos minutos que esperé paseando nerviosamente de un extremo al otro de la dársena.

Cuando su autobús llegó al fin, la vi por la ventanilla. Llevaba los cascos puestos y, desde abajo y con la poca luz que había, me pareció cansada. Huracán me vio y me sonrió, saludándome con la mano. Le dijo algo a su acompañante, una mujer mayor, y esperó a que el autobús se detuviera del todo. Cuando bajo se me tiró a los brazos y me abrazó muy fuerte, y durante un rato. Pero no hubo beso de primeras, lo cual me mosqueó un poco. Me moría por darle un beso así que se lo di yo.

– Te veo más delgado y hasta moreno.- Me dijo.
– Los disgustos que me das…
– Lo siento.
– Es broma. He estado haciendo mucho deporte estos días. De alguna manera tenía que quemar el exceso de energía… y esta mañana he estado en el monte, con Bob y los demás y ha hecho un día cojonudo. Así que se me ha pegado el sol.

La ayudé con la maleta y nos dirigimos al aparcamiento. Le pregunté por su estancia en su tierra, por su sobrina, por sus tías… y ella me transmitió recuerdos de sus padres, especialmente de su padre, que me “tiraba” de las orejas por no haber bajado todavía al sur a visitarles.

No hablamos mucho durante el trayecto, y eso que yo me moría de ganas de saber qué pasaba, en qué había pensado y, en fin, si todavía tenía novia. Pero la sensación de que las noticias no eran buenas era creciente y, la verdad, no quería ser dejado en mitad de ninguna parte y con coches zumbando de un lado para otro. Así que no pregunté. Cuando llegamos a su casa y aparqué el coche, no me moví. La miré a los ojos y le dije:

– ¿Quieres que suba?

Y subimos. Creo que estaba más nervioso que mientras esperaba en el Estación. Así que, mientras ella dejaba la maleta en su habitación y se cambiaba, yo me metí en el baño, a mojarme un poco la cara y hacer dos o tres respiraciones profundas. Digamos que era consciente de que había llegado la hora de la verdad. Me sequé las manos y la cara con una toalla, me miré en el espejo dándome ánimos y salí.

Ella estaba de pie junto al sofá y había encendido la tele. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos mientras hundía mi cara en sus rizos y aspiraba su aroma. La verdad es que me encanta como huele, incluso después de un viaje en autobús y todo.

– Te he echado de menos.- Le dije
– Y yo a ti, Sr K.

Le besé en el cuello, la oreja y la mandíbula. Cuando fui a besarla en la boca se apartó.

– No, Sr K, no tengo ganas…
– Pero si hace una semana que no…
– De verdad… no me apetece.

Podría haber dicho que tenía la regla, o que estaba sucia o mil cosas, pero un “No me apetece” no es normal, después de sólo cuatro meses y cinco días y tras una semana sin vernos. Esa no era la Huracán que yo conocía. Supongo que ese fue el desencadenante:

– ¿Qué es lo que pasa, Huracán?
– No, de verdad… mejor mañana.
– ¿Mañana? Huracán, yo necesito saberlo ahora… necesito saber como están las cosas. Yo te quiero, te quiero mucho, pero me estás pidiendo demasiado.

Huracán estaba llorando. Siempre me ha parecido que tiene una manera muy cinematográfica de llorar, con grandes lágrimas que le recorren las mejillas. Y, bueno, es algo que me desarma, que siempre me ha desarmado con todas las mujeres que he visto llorar.

– Yo te quiero. Te quiero mucho, Sr K…
– Pero…
– Pero no sé si de la misma manera que tú a mí…
– Ya.
– Cuando vi al Policía, me di cuenta de que sentía algo por él todavía… pensaba de vez en cuando en él, no mucho, pero cuando me llegó el mensaje… sentía curiosidad. Quería saber de él. Y al verle… sentí, sentí algo…
– Algo que conmigo no sientes.- A estas alturas ya tenía un nudo en la garganta.
– Pero es que contigo estoy muy bien… y él encima se va a casar…
– Y eso te fastidió, ¿No?
– Sí… estaba celosa… ¿Y por qué voy a estar celosa de alguien que no me quiere, a quien no le importo? Te tengo a ti, que me quieres, me cuidas, a quien le importo…
– Pero no siempre es suficiente… si falta ese “algo”, que tenías con el policía.
– Sí. Y no es justo. No es justo para ti, porque no te puedo querer de la misma manera que tú me quieres… sería como engañarte.
– Entonces… ¿Esto es todo? ¿Se terminó?
– Pero podemos ser amigos…

Eso era lo que me temía. La miré unos segundos a los ojos, intentando no dejarme vencer por la emoción. Tenía que decir algo muy duro, más difícil de decir que de hacer, y quería que fuera claro.

– Lo siento Huracán. No podemos ser amigos. Sé que sería alargar este momento unos meses y yo ya he pasado por esto antes. Es mejor que no nos volvamos a ver.
– Pero…
– ¿Cómo crees que me sentiría cada vez que te viera? ¿Cada vez que me llamaras para tomar un café o ir al cine? ¿No crees que intentaría hacerte cambiar de opinión? ¿No crees que sufriría? Porque con cada sonrisa, con cada caricia… yo creería que lo nuestro podría ser otra vez. Y tendría esperanzas y me engañaría… porque yo no tengo ese “algo” que te hace falta. Ni lo voy a tener, si no lo he tenido ya… siento perderte, porque estos cuatro meses han sido fantásticos, los más felices de mi vida…

Huracán vino hacia mí para abrazarme pero la retuve. Si la hubiera dejado abrazarme no me habrían podido separar ni el cuerpo entero de Bomberos.

– Adiós Huracán… – Y me di la vuelta y salí por la puerta de la calle, sin mirar atrás, e ignorando sus sollozos.

Conduje deprisa, como queriendo escapar de casa de Huracán, de su barrio, de la ciudad. Y lloraba. No me avergüenza decirlo. Lloraba con una mezcla de tristeza y de rabia, de rabia por pasarme otra vez lo mismo. Y conduje sin ser consciente de ello y me pasé la salida de mi casa, y la siguiente, y no me di cuenta de lo que hacía hasta 100 kilómetros más allá, cuando conseguí serenarme un poco. Paré en un área de servicio y salí del coche. No había ni un alma, pero hacía una noche preciosa. Fría pero despejada. Y con miles de estrellas brillando como si no les importase una mierda que mi niña, Huracán, me hubiera dejado. Porque al final todo quedaba reducido a eso: ya no tendría a Huracán nunca más a mi lado. No volvería a sentir sus besos, sus caricias. Y no la volvería a ver. O haría todo lo posible por no verla, porque hacerlo sería recaer. Sería volverme a comportar como el Capullo que soy, con la esperanza de que cambie de idea, esforzándome porque cambie de idea… y eso es algo que no pasará.

No sé cuanto tiempo estuve allí, mirando el cielo y llorando en silencio. Al cabo de un buen rato fui consciente de que mi cuerpo tiritaba de frío, porque había salido sin abrigo del coche y en aquel páramo perdido de la mano de dios hacía frío de verdad. Así que me volví a mi casa, por la carretera vacía.

Me ha resultado complicado escribir esto, porque está demasiado reciente. Pero ahora, cuatro días después y más sereno, creo que hice lo correcto. Aunque me duela. Huracán no ha dado señales de vida, algo que le agradezco, porque no sé si podría comportarme igual otra vez.

No sé que va a pasar ahora. No sé si seguiré escribiendo o no, porque la razón de la historia era Huracán… y Huracán ya no está.

Sólo me queda daros las gracias a todos por vuestro apoyo, por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, y por todo el interés que os habéis tomado. Me he sentido muy arropado y querido.

Muchas gracias a todos.

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Han pasado cuatro días desde que el policía reapareció en nuestras vidas. Cuatro largos y angustiosos días. Y el consejo más generalizado hasta el momento por parte de todo el mundo es que le de espacio y tiempo. Todo el mundo menos un amigo un poco burro, que me ha aconsejado que le de, y cito textualmente, “cuatro pollazos bien dados”. Claro que esa es la solución que tiene para todo.

No nos veíamos desde el domingo por la noche cuando la dejé en su casa tristona, y tristona me la he encontrado esta mañana (aunque quizá un poco menos). He ido a recogerla para llevarla a la Estación de Autobuses. Digamos que Huracán ha decidido llevar al extremo los conceptos Tiempo y Espacio. Tiempo, al menos hasta el sábado. Y espacio… unos 400 kilómetros de tierra entre nosotros.

A ver, que lo entiendo. Ella aquí no tiene grandes amigas, sólo compañeras del hospital y alguna vecina, y en su tierra está su amiga del alma. Y está su madre. Y es mejor que estar sola. Y supongo que tiene que soltar todo lo que lleva dentro… y yo no creo que pueda ser de gran ayuda. En realidad no creo que un tío sea de gran ayuda en estas circunstancias, porque (y tomando prestada la teoría de Pat sobre los compartimentos estancos), para nosotros cada cosa tiene su lugar y es complicado que algo afecte al conjunto. Por ejemplo, cuando vi a Lentillas con Ironmán la primera vez juntos, me afectó, pero era capaz de hacer bromas o, incluso, me fui con Huracán a la playa de Suances a bañarnos en ropa interior y disfrutar con ello. Lo que no quita que, en momentos de soledad o en algún tiempo muerto por ahí, abriera el cajón de Lentillas y me sintiera fatal. Es el ejemplo más parecido que conozco de remover el pasado…

Me llamó anoche y me contó que había cambiado unos días con una compañera (a la que hizo el turno de noche la semana pasada) para bajarse a su tierra. Quería alejarse un poco de aquí y hablar con su amiga del alma y con su madre. A mí, la idea de que hable con su madre, me parece muy buena. Por lo que me ha contado Huracán, es una mujer tradicional, de las de misa los domingos… así que es una buena aliada. Porque yo soy un novio muy tradicional (no de misa los domingos, ni ningún otro día), a la vieja usanza (una especie de Alfredo Landa del siglo XXI).

Así que esta mañana madrugué un poco y la fui a recoger a su casa, con la intención de llevarla a la estación de autobuses. Y ahí estaba ella, con su maleta, su abrigo gris y tan guapa como siempre, esperándome en la puerta de su casa. Le dije que estaba preciosa, le di un beso, y metí la maleta en el maletero (¿Dónde si no?). Había algo más de tráfico de lo normal, pero llegamos a tiempo. Y en el trayecto me volvió a decir que necesitaba estar en casa, ver a su sobrina, a su amiga y retirarse unos días de aquí.

– Me parece bien.- Dije, aunque en realidad no me lo parecía, pero no creo que si se lo dijera anulase los billetes para quedarse. – Cuando vuelvas te estaré esperando.

Hice una pausa para ordenar mis pensamientos y no dejarme nada en el tintero. Todavía rondaban por mi cabeza las palabras que me dejó Isabela en un comentario ayer, y era eso, más o menos, lo que quería decirle (Isabela, ya hablaremos de derechos de autor más adelante, aunque espero que sirva un gracias así de grande):

– Huracán, yo tengo muy claros mis sentimientos hacia ti. Eres lo mejor que me ha pasado nunca y, desde luego, no quiero perderte. Ignoro qué clase de terremoto ha provocado el Policía en tu cabeza, ni qué sentimientos ha desempolvado. Pero creo que te estás planteando muchas cosas… entre ellas nuestra relación. No sé a qué conclusión llegarás, si es que el estar en tu casa, con lo tuyos, te ayuda a llegar a alguna, pero, sea cual sea, la aceptaré.
– Gracias, Sr K.
– ¿He dicho ya que te quiero? – Lo sé. Un chiste rompe el climax de la escena y casi tira por tierra el argumento que defendía… pero de alguna manera tenía que deshacerme del nudo que tenía en la garganta y nunca dije que trabajara bien bajo presión. De todas maneras le hizo gracia y conseguí arrancarle una sonrisa.
– Yo también a ti.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que la despido en la estación de autobuses. Creo que nos van a poner una dársena a nuestro nombre, de segur a este ritmo. Por supuesto, no me marché hasta que el autobús desapareció por la rampa y dejé de verla asomada a la ventanilla.

Huracán me va a dejar.

Eso, o he despedido a la madre de mis hijos.

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A veces parece que el guionista que mueve los hilos de mi historia sea un poco melodramático y bastante clásico. Seguramente, cuando decidió que ayer debía de tocar una especie de capítulo de despedida, echó mano al manual del buen guionista y bajo la D de Despedidas leyó… cielo encapotado, día lluvioso, música romántica. Y se puso a escribir…

Efectivamente el cielo estaba nublado y llovía. Llovía lánguidamente, si es que la lluvia puede ser lánguida. Las primeras notas de la canción “Eternal Flame” sonaba en la radio, como si quisiera acompañar el momento, y yo pensaba en qué decir y qué hacer a continuación, mientras el limpiaparabrisas se movía rítmicamente de un lado para otro. Los tenía conectados para no perderme el momento en que Huracán saliera del hospital, porque cada segundo que estuviéramos juntos sería precioso. No, no es que me haya vuelto un romántico empedernido… es que Huracán cogería un autobús en apenas cincuenta minutos…y ese será todo el tiempo que estaremos juntos hasta final de año.

Estas son fechas para estar en familia. O eso es lo que dicen. Huracán ha estado trabajando duro en el turno de noche para poder tener toda la semana de vacaciones en su casa… con los suyos. Así que se me marcha a celebrar las fiestas en familia. Podría haberme ido con ella. Podría… pero, como he dicho, estas fiestas son para pasarlas en familia y, teniendo en cuenta que no voy a pasar final de año con mis padres, no podía faltar.

Huracán salió por la puerta y me buscó con la mirada. Sabía que estaría allí porque habíamos acordado que iría a recogerla y a llevarla a la Estación de Autobuses, como aquella otra vez, tan lejana ya en el tiempo. Salí del coche, a pesar de la lluvia, y la hice señas para que se acercara. Se la veía cansada, después de 10 horas de trabajo, pero aún así sonreía debajo del paraguas.

– ¿Estás segura que quieres marcharte…? mira que mi madre hace un cordero que quita el sentido… – Le dije después de besarla.
– Sí, Sr. K. Además, será sólo una semana…
– Técnicamente nueve días… 228 horas… más de trece mil largos minutos… – No es que sea un hacha en cálculo mental… es que lo tenía preparado de casa. A veces me da por calcular cosas antes de dormirme…
– Que tonto eres.
– No lo sabes tú bien…

En la estación de autobuses había una frenética actividad. No me imaginaba yo que un sábado por la mañana hubiera tanta gente dispuesta para viajar… aunque con estas fechas de por medio, es comprensible. Faltaban veinte minutos para que saliera su autobús y los esperamos tomando un café asqueroso en la cafetería de la estación. A diferencia de la otra vez, no se mencionó ni una vez a cierto camarero…

– ¿Llevas la caja de puros para tu padre y el pañuelo para tu madre?
– Sí, van en esa bolsa. La bolsa de los regalos.
– ¿Y el peluche para tu sobrina?
– En la misma bolsa
– ¿Me vas a echar de menos?
– Mucho. ¿Y tú a mí?
– Todo el tiempo… bueno, yo mucho… pero “él” más…
– Cochino

Bajamos a la dársena donde ya estaba anunciado el autobús. Había mucha gente trajinando con las maletas junto al autobús, y rodeando al conductor. Sólo faltaban cinco minutos para el lanzamiento cuando conseguí hacerme un hueco para sus maletas así que tendría que ser una despedida condenadamente rápida.

Nos abrazamos muy fuerte, y nos besamos. La tenía agarrada fuertemente por la cintura, como si me diera miedo soltarla… va a ser el tiempo más grande que hemos estado separados desde que volví de vacaciones… y uno se acostumbra demasiado rápido a lo bueno.

– Te quiero, Huracán.
– Te quiero.
– Y te quiero ver de vuelta el 28…
– Ja ja ja, descuida… aquí estaré.
– Se buena…
– Lo seré. A ver si me dejan dormir… aunque con la lotería no creo que pueda. Oye, lo mismo nos toca.

Nos volvimos a besar por última vez y se montó en el autobús. No dejó de mandarme besos desde la ventanilla hasta que se marchó. Y yo me quedé allí, viendo alejarse el autobús y ya echando terriblemente de menos a Huracán.

Al montarme en el coche en la radio estaba ya el soniquete de la lotería. No tenía ninguna esperanza de que me tocara, porque es sabido por todo el mundo que resulta muy complicado que a una misma persona le toque dos veces seguidas.

Y a mí ya me había tocado Huracán.

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El capítulo de hoy empieza, como no puede ser de otra manera, con una llamada de teléfono, poco después de escribir el último post. Y, como no podía ser de otra manera, al otro lado de la línea estaba Huracán. Desde el día de la famosa llamada para contarme sus coqueteos con el “camarero guapo”, y que marca el comienzo de esta historia, no había tenido noticias suyas. Seguramente habría estado ocupada y yo tampoco había hecho nada por ponerme en contacto con ella. Por lo de hacerme el duro, por supuesto. Pero lo cierto es que ahí estaba la muchacha, llamándome.

– Estamos a jueves y no sé nada de ti – Me dijo con un tono de enfado simulado.
– He estado un poco liado. – Mentí
– ¿Qué me cuentas?
– Poco… he ido al…
– Pues yo me voy esta noche a la playa. A casa de mi tía. Tengo más ganas de playa… – me interrumpió.
– ¿Esta noche?
– Sí, a las 12 sale mi autobús, desde la estación de autobuses.
– ¿Y cómo vas?
– No sé… me pediré un taxi…

Fue una cosa muy rara. Mi boca empezó a articular unas palabras por su cuenta, sin pedir permiso al cerebro, el cual, alarmado, empezó a mandar órdenes de detención inmediata y de acciones evasivas. Pero todo fue inútil y el “Yo Tipo Duro” se encontró, perplejo, escuchándole decir al “Yo Capullo”…

– Si quieres te llevo yo.

Ya no podía desdecirme, así que quedamos a las 11 y cuarto de la noche en la puerta de su casa.

Y ahí estaba yo, puntual, como de costumbre. Cuando apareció por la puerta me bajé del coche, metí la maleta en el maletero y, sólo entonces, me permití el lujo de relajarme y darle dos besos. Estaba preciosa.

Se montó en el coche e inmediatamente su aroma lo inundó todo, llevándose, en su paso por mis narices, los restos de cualquier resistencia interior y expulsando del vehículo a patadas al “yo Tipo Duro”. Y nos fuimos hacia la estación de Autobuses, por las calles iluminadas y casi desiertas de la ciudad. Y empezó a hablar.

– ¿Te puedo contar una cosa? – Me preguntó
– ¿Hay camareros guapos?
– Si…
– Entonces no.
– Hoy he quedado con él.- me ignoró – pero no ha aparecido. – Tengo que reconocer que me picó la curiosidad.
– Pues es tonto. – Dije, y no mentía.
– Esta tarde se iba a hacer un tatuaje y quedó en llamarme al salir.
– ¿Tiene tatuajes?
– Un montón. Pero este era especial, porque no es con tinta. Le haces unos cortes con un bisturí y, cuando cicatriza, la cicatriz es el tatuaje, pero rugoso.
– Lleva tatuajes… – reflexioné en voz alta, sopesando la posibilidad de saltarme mi proverbial miedo a las cosas afiladas para hacerme uno. Deseché la idea casi de inmediato.
– ¿Por qué crees que no me ha llamado?- Ella seguía a su rollo.
– A lo mejor se han pasado con los cortes y le han seccionado algún miembro. Los bisturís son muy afilados… – se me abrieron un montón de posibilidades en mi mente – O, puede que – continué- ahora esté agonizando, díos no lo quiera, encima de una sucia camilla de la trastienda de un local de tatús, con un bisturí clavado profundamente en el esternón…

Huracán empezó a reírse, con esa risa franca que ella tiene. Y yo con ella. Llegamos a la estación y aparqué en la puerta. Aún quedaban casi 20 minutos para la salida del autobús. Me pidió que la acompañara durante la espera y no pude negarme.

– El caso es que no sé por qué me gusta tanto.- comenzó a decir.
– ¿Quién?
– El camarero guapo… ¿Quién si no?
– Pensé que habíamos terminado con el tema.
– Porque ayer quedé con el policía de mi gimnasio y ni fu ni fa.- Me volvió a ignorar.
– ¿Qué policía? – y mi voz sonó un poco alarmada.
– Uno que va. Me invitó a salir ayer y nos tomamos algo. Pero no me pareció tan maduro como el “camarero guapo”.
– Te entiendo- ironicé – porque hacerse cicatrices en la piel con un bisturí, es de ser muy maduro… hoy le dan una pistola a cualquiera.
– Pues, aunque no te lo creas, es muy maduro. Incluso es más maduro que tú.

Sólo me faltaba por oír eso. Las doce menos diez en el reloj, sin cenar, con una única manzana en el cuerpo desde el almuerzo, todavía dolorido por la sesión del gimnasio y, encima, escuchando que un camarero tatuado y con un pendiente en la nariz es más maduro que yo…

– Y no te lo pierdas… – volvió a la carga de nuevo, pero conseguí interrumpirla.
– Mira, Huracán, llevo toda la noche intentando perdérmelo. Pero algo me dice que me lo vas a contar de todas maneras…
– Que tonto que eres – Se rió – Pues resulta que me ha invitado a salir uno de los médicos de mi trabajo…
– ¿¿¿Qué también hay un médico???
– Sí. Pero no me gusta tanto como el “camarero guapo”
– Vas a comparar… donde se ponga un camarero que se quite un médico, un policía…

Llegó su autobús y, tras dos besos, se subió y se marchó. Allí me quedé, quieto como un pasmarote, hasta que el autobús salió de la estación, viendo como se me iba Huracán seis días a la playa, con su tía. Vuelve el jueves, pero no sé si nos veremos entonces. Empiezan a aparecer demasiados personajes en esta historia.

Siguiente capítulo de la historia: El aniversario

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