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Posts Tagged ‘Despertares’

Una explosión de un petardo me saca de mis pensamientos bruscamente. Por un momento no sé donde estoy, aunque consigo ubicarme. Algo me dice que estamos en la Judería de Córdoba. Y no son las estrechas calles de piedra, ni las casas típicamente andaluzas, ni la fachada de la Mezquita recortada contra el cielo asomando sobre los tejados. No. Es una idea que está alojada en la parte de atrás de la cabeza y que me golpea machaconamente en la consciencia.

Estoy sentado con mi amigo Pepe al extremo de una larga mesa rodeada de sillas en plena calle. Hay vasos medio vacíos y platos con restos de comida, jarras con culines de cerveza y vino, varias cestitas de mimbre con algún trozo de pan a medio comer, una o dos manchas de bebida derramada en el mantel y, en general, todos esos pequeños detalles que indican que a nuestro alrededor se ha celebrado una especie de banquete. Tengo la sensación de que he estado cenando con todos mis amigos allí ahora mismo, aunque ya no queda nadie excepto Pepe.

Pepe apura el último trago de cerveza de su vaso mientras sigue hablando. Parece que me hablara en otro idioma, porque no le entiendo ni una palabra. Pero no se lo digo. Total, no creo que me entienda y, en fin, se está tomando tantas molestias en hablar que para qué le voy a desilusionar…

Se marcha y me deja allí sentado, sólo. Y es cuando aparece el camarero con la cuenta en un platito. No está detallada, sino que es un papel con una cifra subrayada dos veces. 600€. Mecánicamente echo mano de la cartera y me dispongo a pagar… pero no llevo tanto efectivo encima. Y es cuando reacciono…

– ¿Seiscientos euros?
– Ea.- Me dice el camarero con acento cordobés…
– ¿Seiscientos euros de qué?
– De to lo que han senao.
– ¿Me lo podría detallar? Es que no me cuadra…
– Puee… a vee… – y enumera con los dedos – 10 litro de servesa, 2 litro de vino, un millón y medio de cocreta y cuarentamil pistachos…

Suena razonable, aunque hay algo que me rechina…

– ¿Un millón y medio de croquetas y cuarenta mil pistachos?
– Ea.- responde el camarero, que parece estar impacientándose.
– ¡Pero eso es imposible!
– ¿Cómo que no?- Me dice el camarero apuntando con su dedo a un montón de cáscaras de pistachos que hay en el suelo. Un gran montón de ellas, incluso es posible que haya más de 40.000 – Lo he contao yo personalmente…
– Aún admitiendo esto último (que dudo que se haya contado 80.000 cáscaras de pistachos), es imposible que nos hayamos podido comer 40.000 pistachos. Contando las sillas que hay en esta mesa deduzco que no seríamos más de 25 personas, por lo que tocaríamos a 1.600 pistachos por persona. Suponiendo 1.000 pistachos por kilo (siendo muy generoso) me sale más de un kilo y medio de pistachos por persona, eso sin contar el tiempo que se tardaría en comerse tal cantidad de pistachos…

Me estaba empezando a animar. Continué.

– Pero suponiendo que así fuera, lo que es del todo increíble es que nos hayamos comido un millón y medio de croquetas… suponiendo que una persona fuera capaz de comerse 20 croquetas de una sentada, harían falta 75.000 personas para comerse tal cantidad de croquetas en el rato que hemos estado aquí. Siendo los 25 que he contado antes, tocaríamos a 60.000 croquetas por persona. A 20 croquetas por día nos harían falta 3.000 días de dieta croquetil, o lo que es lo mismo, ocho años y 80 días comiendo sólo y exclusivamente croquetas…

El camarero salió corriendo despavorido hacia el bar, gritando. Es curioso como grita el camarero. Cuanto más lejos está, más alto suena su grito y, en fin, se parece mucho a…

Me incorporo y apago el despertador. Hay que ir a trabajar… otra vez. Todavía estoy sorprendido por la exactitud de mis cálculos mentales… anda que ¡menudo sueño! Y eso que anoche no cené anchoas, que si no…

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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Abro un ojo y después el otro y miro a un sol sonriente de rojos coloretes que me saluda desde la ventana agitando una mano de cuatro dedos e impoluto guante blanco. Sé que debería sorprenderme, algo dentro de mí me lo dice, pero por alguna extraña razón no me produce sorpresa alguna. Como tampoco me sorprende ver como el sonriente sol se calza unas gafas oscuras y se eleva en el cielo como si tal cosa, entre algunas nubes con enormes ojos de mirada llorosa. Seguro que va a llover…

Quitando al sonriente sol, todo lo demás es más o menos normal. La misma puerta con la cerradura parlante, el mismo pitufo azul culturista de dos metros de alto y calzón blanco, la misma mesilla de noche saltarina con una pata vendada, y la misma lámpara de antimateria con la bombilla fundida… lo normal. Mientras me pongo los pantalones en cada una de mis cuatro piernas, un pato con un monóculo violeta pasa a mi lado deseándome buenos días y dejando encima de la mesilla saltarina con una pata vendada una bandeja con dos galletas y un vaso de leche caliente. Debe de ser mi desayuno. Despojo a las galletas de su traje de recluso naranja, típico de los condenados a muerte, y desoyendo sus súplicas y ruegos de clemencia, las voy mojando en el vaso de leche poco a poco y me las como.

Una linda mariposa de vivos colores entra por la ventana y revolotea a mi alrededor en un vuelo caótico. La miro con un interés inusitado, que hasta mí me sorprende, y mi mente divaga sola hacia pensamientos oscuros sobre huracanes en China y tornados en Cuba, catástrofes de esas que causan miles de víctimas inocentes. Mi pensamiento es tan profundo que apenas soy consciente de un hilo de baba que se desliza desde mi labio inferior y me empapa la camisa. Pero me resulta más interesante el vuelo errático de la mariposa, que ya no es tan errático sino que se ha posado en la pared y me mira con ojos malvados. A modo de provocación me saca la lengua y yo decido que lo mejor que puedo hacer es matarla, y salvar a esos millones de pobres chinitos y cubanitos de una muerte segura. Si la mariposa no bate sus alas, no habrá huracanes, o eso al menos es lo que he oído.

Golpeo una, dos, tres y hasta cuatro veces a la mariposa posada en la pared con el objeto más contundente que tengo a mano: mi cabeza. Y la habría golpeado más veces si no fuera por que el enorme pitufo azul culturista de dos metros me detiene. De todas maneras forcejeo intentando golpear a la mariposa asesina de nuevo con mi cabeza, ignorando un lacerante dolor en la frente, y el fino hilo de sangre que me tapa un ojo y me mancha la camisa. Pese a todo, los golpes en la cabeza han tenido un sorprendente efecto en mi particular manera de ver el mundo: El pitufo azul culturista de dos metros ya no es tal, sino que ha adquirido la forma de un fornido enfermero de hospital. La mesilla saltarina de la pata rota y vendada es ahora una simple mesilla con una pata rota, en donde hay un simple plato con migajas de galleta y gotas de leche, y una lámpara estropeada. Por la puerta con la cerradura, ya no más parlanchina, entra de nuevo el pato del monóculo violeta (con todo la cara de preocupación que un pato con monóculo de color violeta es capaz de poner), que se transforma paulatinamente en una fea enfermera de gruesas gafas de pasta. Es entonces cuando recuerdo exactamente donde estoy y que es lo que hago allí: Esto es un hospital psiquiátrico y yo soy un enfermo mental. O al menos eso es lo que dictaminó el juez basándose en un sesudo estudio de un nutrido grupo de psicólogos de bata blanca. Loco de remate, dijeron. Y en cuanto recuerdo por qué me internaron en tan horrible lugar me tranquilizo. El dolor es mayor que los numerosos golpes en la cabeza o el terrible abrazo de osos del enfermero. Es mayor que cualquier otro dolor habido y por haber. El dolor de saber que ya nunca jamás volveré a verla, que jamás volveré a ver su maravillosa sonrisa ni oiré su dulce y melodiosa voz. Jamás. Así lo dijo el juez, la primera vez, después de mi reiterado acoso. Antes de que me dieran por loco, después de mi intento de secuestro.

La enfermera tiene un pequeño botecillo en la mano. Sé que en cuanto me lo tome, mi amigo el pitufo culturista de dos metros, la mesilla saltarina y el sol sonriente de gafas oscuras volverán a la habitación. Quizá también se pase el pato de monóculo violeta con más frasquitos maravillosos y todo, todo, volverá a ser perfecto de nuevo…

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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Las sienes me laten intensamente y sé porqué es. Ayer no debí haber bebido tanto. Y a juzgar por el mal sabor de boca y por la lengua como un estropajo, tampoco debí haber fumado tanto. Pero me contento pensando que otras veces lo he pasado peor.

Por un momento permanezco con los ojos cerrados y me pongo a recordar la noche de ayer. Sólo llego a precisar que terminé en el mismo local de siempre y me encontraba en la barra. A parir de ese momento todo es una mancha borrosa en mi memoria. Por más que lo intento no consigo centrar ninguna imagen, aunque de todas maneras no me preocupo. Me encuentro extrañamente bien, mucho más relajado de lo que acostumbro a despertarme normalmente después de una borrachera. Y últimamente, desde que mi novia me dejó, he tenido muchas, así que podría decir que soy todo un experto.

Abro los ojos lentamente. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que es pasado el mediodía. De primeras me choca mucho el color de las sábanas: un color rosa suave. Me parece que en la vida he tenido sábanas de ese color. Aunque bien pensado, tampoco tengo en mi habitación un póster de ese cantante tan de moda últimamente. Y siendo totalmente sincero, tampoco tengo un tocador, ni un armario repleto de vestidos, ni un oso de peluche de tamaño gigantesco. Todas estas pistas me llevan a una sola conclusión: No estoy en mi habitación. Ahora bien… ¿Donde Estoy? En estos momentos es cuando más odio emborracharme.

Mientras estoy haciendo profundos esfuerzos por recordar, inútiles por otra parte, algo (no me atrevo a decir qué) se mueve en la cama a mi izquierda. Sin arriesgarme a mirar, alargo mi mano y toco lo que, indudablemente, parece una persona. En principio puedo descartar la zoofilia como el resultado de una noche loca. Creo que lo que he tocado es una cadera o un muslo. Sigo tocando y subo mi mano un poco. Lentamente llego a lo que, sin lugar a dudas, es un pecho y, gracias al cielo, es femenino. Mi cuerpo, especialmente una parte muy concreta de él, empieza a reaccionar familiarmente, y esto hace que me dé cuenta de otro pequeño detalle: estoy desnudo. Sigo acariciando el pecho femenino, despacio, como distraídamente, mientras pienso en la situación. Para empezar estoy acostado con alguien, una mujer, totalmente en pelotas, y todo parece apuntar a que hemos tenido una noche tórrida. ¿Por qué no puedo acordarme? Es vital que recuerde qué es lo que me ha llevado a una situación semejante. Nada, que no me acuerdo. Espera… sí, creo recordar que me puse a charlar con alguien… una mujer, eso seguro. Me parece recordar un gran escote, aunque cualquiera sabe.

Me incorporo un poco y miro a mi izquierda, a la mujer. Sólo veo pelo, una gran masa de pelo rubio. De primeras no puedo saber si es guapa o fea y, desde luego, no sé quien es. La chica se mueve un poco y se despierta. Inmediatamente retiro la mano de su pecho (no sea que le moleste que un tipo le manoseé las tetas por la mañana) y la miro expectante. No sé por qué pero la escena me resulta vagamente familiar. Ella se despereza lentamente, y se quita el pelo de la cara. Me mira y sonríe. Casi me da un vuelco el corazón…

Es la mujer más fea que he visto en mi vida.

¿Cómo he podido hacer una cosa semejante? Mientras me maldigo un millón de veces, ella me echa una mirada picarona y alarga su mano debajo de la sábana. Pego un respingo cuando noto su mano cogiéndome una parte muy querida (y ahora muy desanimada) de mi cuerpo. De forma instintiva me protejo con las finas sábanas y me retiro en la cama lo máximo posible de la horrenda visión, como si esa exigua barrera o la distancia pudiera impedir que el monstruo, salido de la peor de mis borracheras, me pudiera hacer algo. Casi hubiera preferido haberme despertado junto a un tío, aunque empiezo a pensar que en realidad es un tío con tetas, a juzgar por ese mostacho. No quiero pensar más en ello. En momentos como este es cuando más odio emborracharme. “Buenos días, guapo”, dice con una voz que en nada tiene que envidiar a la de cualquier carretero, fumador compulsivo y bebedor de aguardiente empedernido, y añade: “¿Te apetece una mañana de sexo desenfrenado?”. Sin poder evitarlo miro a mi alrededor como un animal acorralado y busco desesperadamente una salida.

Mientras sopeso la posibilidad de tirarme por la ventana, oigo un terrible portazo en la habitación. Miro hacia la fuente del ruido y simplemente veo dos tubos metálicos apuntándome directamente entre los ojos. En contra de la lógica, no era la policía que venía a salvarme, sino que al otro extremo de la escopeta de caza (ideal para matar elefantes, por lo menos) veo a un hombre y, a juzgar por sus gestos, parece muy disgustado. “¡Papá!”, dice ella. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, vocifera él. Y continua: “¡¡Quítale las manos de encima a mi hija, Cerdo!!”. No sé exactamente que escena estará viendo el padre, pero, sin lugar a dudas, es ella la que tiene sus peludas manos sobre mí. Pero ante una escopeta de caza pocos razonamientos valen… Inmediatamente me separo de ella. En mi rápido movimiento me llevo la sábana conmigo y tapo mi desnudez, de pie, al lado de la cama y lo más lejos que puedo de la escopeta y del airado padre. Mi espalda toca el frío cristal de la ventana. El llevarme la sábana ha sido un grabe error: la visión de la mujer desnuda es más horrorosa de esta forma, aunque no me fijo demasiado, ya que tengo otras preocupaciones en mente en estos momentos. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, repite. “Na… na… nada, se lo juro…” consigo tartamudear. Técnicamente no estoy mintiendo: yo no recuerdo haberle hecho nada a su princesita. “¿Cómo que nada?”, dice ella, “¿Para ti cinco polvos no son nada?”. Y añade: “Mira papá, me ha tocado aquí… y sabes cómo me pongo cuando alguien me toca aquí…”. Yo la miro con los ojos como platos. Si eso pretendía ayudar casi prefiero que no me ayude, la verdad. “Por Dios, no le haga caso, está loca. Nadie en su sano juicio le tocaría ahí… por Dios, si es la cosa más monstruosa que he visto en mi vida…”, consigo decir y me doy inmediatamente cuenta que ha sido un error. A veces me pierde la boca.

Casi no siento el disparo en el pecho cuando éste me alcanza. Veo humo y cristales a mi alrededor, como a cámara lenta, y supongo que he roto la ventana. Todo parece indicar que estoy cayendo a la calle. Creo que también estoy gritando, pero es un detalle que carece de toda importancia. Me pregunto si sentiré el impacto contra la acera o moriré antes de tocar el suelo…

Me despierto empapado en sudor y gritando a pleno pulmón. ¡Sólo era una pesadilla!. Un profundo suspiro de alivio se me escapa y me desplomo de nuevo en la cama. A juzgar por la luz que entra por la ventana es pasado mediodía y tengo que levantarme. Nunca más cenaré pizza de anchoas. Prometido…

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Un pitido condenadamente agudo me despierta y me saca de mi profundo sueño. Abro los ojos y descubro que tengo la cara apoyada en el teclado. Me he quedado dormido delante del ordenador y ni siquiera he soltado el ratón. En el monitor parpadea el cursor al final de un texto ininteligible, seguramente producto de la presión de mi cara sobre las teclas. A ver… ¿Por donde iba? No tengo ni idea… miro el gran reloj digital que cuelga de la pared de enfrente y veo que son las cuatro de la mañana. Y es sábado. Me levanto de mi sitio y piso sin querer una caja de pizza con un par de trozos a medio comer… genial: he vuelto a cenar pizza de anchoa. Espero que no sea malo cenar pizza tres días consecutivos.

Me encamino hacia los servicios para mojarme un poco la cara, a ver si así consigo despejarme. El enorme espejo del lavabo devuelve una imagen patética de mí mismo. No puedo evitar reírme de mi lamentable aspecto. Llevo metido en la oficina desde la mañana del jueves y no he tenido tiempo ni de pegarme una ducha… esos malditos informes de cierre cuatrimestral… ¡Siempre me toca a mí comerme los marrones!

De vuelta a mi mesa paso por la máquina de los cafés. Mientras espero a que sirva mi café (solo doble sin azúcar) pienso en la posibilidad de mover la máquina hasta mi sitio para no tener que levantarme. Lo mejor sería conectar directamente la máquina con mi boca mediante tubos o algo así. No veo tubos cerca y la máquina pesa mucho, por lo que me olvido de la idea. Saco el vaso de plástico de la máquina y me achicharro los dedos. El café se me cae y empapo la moqueta… Para colmo me he quedado sin cambio y no puedo sacar más. ¡Joder!. Ya le he propinado cuatro patadas a la máquina cuando consigo serenarme.

El reloj digital marca las cuatro y cuarto de la madrugada. Sólo me quedan 28 horas para entregar el informe y al ritmo que voy me va a ser del todo imposible. 27 horas y 45 minutos, para ser exactos. Me siento de nuevo delante del ordenador y leo el último párrafo antes de haberme quedado dormido:

“… y todo parece indicar que, con el incremento sostenido de precios que hemos tenido (un 47% sobre la tasa interanual, estimada en 3,45 Millardos), la mejor inversiónklbgkjvgtkvfrgt fv,k vvtgkb,kgg,bjuyhn ,mn.”

¿Qué coño significa todo esto? ¿Seguro que lo he escrito yo? Miro el taco de informes económicos sin leer que tengo a mi derecha, y el taco de informes de inversiones que ya he leído que está a mi izquierda, y no puedo evitar pensar en el suicidio. Mis ojos vagan por encima de mi mesa hasta que dan con la foto. Es una foto de ella, por supuesto. Sé que tendría que quitarla de ahí, al fin y al cabo ha dejado de ser mi novia, pero me resisto a hacerlo. Me fijo por enésima vez en su bonito pelo, rubio, largo y ligeramente ondulado. Sus ojos grandes y expresivos, de un color marrón clarito, como hojas de haya en otoño. Su nariz recta y perfecta y esos labios sensuales y carnosos. En la foto está sonriendo y me acuerdo perfectamente el día que se la saqué. ¡Qué día aquel!. Creo que fue el día más feliz de mi vida. Claro que eso fue un poco antes de encontrar este maldito trabajo… antes de trabajar hasta tarde, antes de que me cambiara el carácter.

Casi sin darme cuenta me encuentro con el teléfono en la oreja y escuchando el tono de llamada. La estoy llamando, claro. Necesito oír su voz una vez más, aunque sea por última vez. En el mismo momento en el que descuelgan el aparato mis ojos se posan sobre el reloj digital del fondo de la sala. Las 4 y 38 minutos. “¿Diga?” dice una voz demasiado ronca como para que sea la suya, y con evidentes signos de haber sido despertada en mitad de la noche. ¡Madre mía! He despertado a su padre… y él me odia. Me quedo callado, sin decir una palabra, pero me temo que se me escucha respirar. “¡Maldito bastardo! ¡Sé que eres tú mamón! ¿Te parecen horas de llamar? ¡Como te coja te pienso meter la escopeta por el culo! ¡Hijo de puta!” Dice el padre, no sin cierta razón. Le cuelgo. Me quedan 27 horas y 20 minutos. Mientras mastico distraídamente un trozo de pizza de anchoas fría (creo que la que no pisé antes) pienso en que le diré a mi jefe cuando le entregue el informe el lunes por la mañana… Seguramente tendré que buscarme otro trabajo.

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Aquí va la tercera entrega de los despertares. Podéis leer la entrega anterior en Segundo despertar. Espero que os guste.

Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Por un momento permanezco con los ojos cerrados y me pongo a recordar la noche de ayer. Por más que lo intento no lo consigo, aunque de todas maneras no me preocupo. Me encuentro extrañamente bien, mucho más relajado de lo que acostumbro a despertarme normalmente. Abro los ojos lentamente. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que es pasado el mediodía. De primeras me choca mucho el color de las sábanas: un color rosa suave. Me parece que en la vida he tenido sábanas de ese color. Aunque bien pensado, tampoco tengo en mi habitación un póster de ese cantante tan de moda últimamente. Y siendo totalmente sincero, tampoco tengo un tocador, ni un armario repleto de vestidos. Todas estas pistas me llevan a una sola conclusión: No estoy en mi habitación. Ahora bien… ¿Donde Estoy? Algo (no me atrevo a decir qué) se mueve en la cama a mi izquierda. Sin arriesgarme a mirar, alargo mi mano y toco lo que, indudablemente, parece una persona. Creo que lo que he tocado es una cadera o un muslo, y está suave, muy suave. Sigo tocando y subo mi mano un poco. Lentamente llego a lo que, sin lugar a dudas, es un pecho y, gracias al cielo, es femenino. Mi cuerpo, especialmente una parte muy concreta de él, empieza a reaccionar familiarmente, y esto hace que me dé cuenta de otro pequeño detalle: estoy desnudo. Sigo acariciando el pecho femenino, despacio, mientras pienso en la situación. Para empezar estoy acostado con alguien, una mujer, totalmente en pelotas, y todo parece apuntar a que hemos tenido una noche tórrida. ¿Por qué no puedo acordarme?

Me incorporo un poco y miro a mi izquierda, a la mujer. Sólo veo pelo, una gran masa de pelo rubio. De primeras no puedo saber si es guapa o fea y, desde luego, no sé quien es. La chica se mueve un poco y se despierta. Inmediatamente retiro la mano de su pecho (no sea que se moleste) y la miro. No puedo evitar sentirme un poco nervioso, aunque pido a todos los dioses conocidos algo muy simple: Que esté buena. Ella se despereza lentamente, y se quita el pelo de la cara. Me mira y sonríe. Casi me da un vuelco el corazón… ¡Es ella!. Tantas veces soñando con acostarme con ella y, ahora que lo consigo, ¡No lo recuerdo! Mientras me maldigo un millón de veces, ella me echa una mirada picarona y alarga su mano debajo de la sábana. Pego un respingo cuando noto su mano cogiéndome una parte muy querida de mi cuerpo. “¡Cómo estamos ya por la mañana!” me dice. De lo de anoche, lamentablemente, no me acuerdo, pero algo me dice que lo que me dispongo a hacer ahora mismo será inolvidable. Sonrío y me inclino para besarla. Su boca carnosa y sensual se abre y nos propinamos un apasionado beso. Le acaricio los pechos lentamente y poco a poco me voy colocando sobre ella. Lo dicho… va a ser inolvidable.

En eso estamos cuando oigo un terrible portazo en la habitación. Miro hacia la fuente del ruido y simplemente veo dos tubos metálicos apuntándome directamente entre los ojos. Al otro extremo de la escopeta de caza (ideal para matar elefantes, por lo menos) veo a un hombre y, a juzgar por sus gestos, parece muy disgustado. “¡Papá!”, dice ella. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, vocifera él. Y continua: “¡¡Quítale las manos de encima a mi hija, Cerdo!!”. Inmediatamente le suelto los pechos y me separo de ella. En mi rápido movimiento me llevo la sábana conmigo y tapo mi desnudez, de pie, al lado de la cama y lo más lejos que puedo de la escopeta y del airado padre. Mi espalda toca el frío cristal de la ventana. Ella está desnuda encima de la cama pero no me fijo. Tengo otras preocupaciones en mente en estos momentos. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, repite. “Na… na… nada, se lo juro…” consigo tartamudear. Técnicamente no estoy mintiendo: yo no recuerdo haberle hecho nada a su princesita. “¿Cómo que nada?”, dice ella, “¿Para ti cinco polvos no son nada?”. Y añade: “Mira papá, me ha tocado aquí… y sabes cómo me pongo cuando alguien me toca aquí…”. Yo la miro con los ojos como platos. Si eso pretendía ayudar casi prefiero que no me ayude, la verdad. “No le haga caso, está loca”, consigo decir y me doy inmediatamente cuenta que ha sido un error.

Casi no siento el disparo en el pecho cuando éste me alcanza. Veo humo y cristales a mi alrededor y supongo que he roto la ventana. Todo parece indicar que estoy cayendo a la calle. Creo que también estoy gritando, pero es un detalle que carece de toda importancia. Me pregunto si sentiré el impacto contra la acera o moriré antes de tocar el suelo. En el fondo tiene mucha gracia la cosa: Yo me moría por acostarme con ella…

Me despierto empapado en sudor y gritando a pleno pulmón. ¡Sólo era una pesadilla!. Un profundo suspiro de alivio se me escapa y me desplomo de nuevo en la cama. A juzgar por la luz que entra por la ventana es pasado mediodía y tengo que levantarme. Nunca más cenaré pizza de anchoas. Prometido…

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Este es el segundo despertar de la serie. Podéis leer el relato anterior en Primer despertar

Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Las sienes me laten intensamente y sé porqué es. Ayer no debí haber bebido tanto. Y a juzgar por el mal sabor de boca y por la lengua como un estropajo, tampoco debí haber fumado tanto. Me siento fatal y siento como si me hubiera muerto mientras dormía. Al menos apesto como si estuviera muerto. Un dolor lacerante me atraviesa el cráneo cuando abro uno de mis ojos y la luz del sol me da directamente en él. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que ya ha pasado mediodía hace algunas horas. Curiosamente no puedo abrir el otro ojo y, ahora que lo pienso, me duele bastante. Intento hacer memoria para deducir qué es lo que me ha pasado pero me duele demasiado la cabeza. Mi cuerpo me pide insistentemente otra copa. Una doble si puede ser. Me giro en la cama y siento como si mi cerebro se hubiera encogido durante la noche y ahora rebotara contra las paredes de mi cráneo, como una pelota de goma. Me mareo y me entran unas ganas tremendas de vomitar. Debo de moverme más despacio la próxima vez. De todas maneras las nauseas siguen ahí y no puedo evitar vomitar por el borde de la cama. Cuando se me pasa la arcada, algunos minutos después, me doy cuenta que no ha sido la primera vez que vomito esta noche. Pero al menos ahora sé que ayer cené pizza de anchoas. Y yo odio las anchoas…

Me incorporo lentamente y me apoyo contra la pared. El esfuerzo casi termina conmigo y tengo que contener una nueva arcada, aunque esta vez me controlo. Me miro, con el único ojo que parece responder, y me cercioro de que, efectivamente, me he acostado vestido. Tengo la camisa rota por dos partes y tiene alguna mancha de sangre. Rezo una oración para pedir que no sea mía, aunque sin mucha convicción. Los pantalones tienen una gran sombra en mi entrepierna y, simplemente, me limito a ignorarla: no hay que ser muy listo para saber que se trata de orina (sinceramente espero que mía). Y hablando de orinar… me doy cuenta de que mi vejiga está apunto de reventar. Aunque me cueste tengo que hacerlo en el retrete, como los seres civilizados. En mi rápida carrera hacia el cuarto de baño tropiezo con uno de mis zapatos, ya que el otro lo tengo puesto, y me golpeo contra el quicio de la puerta en el hombro. El golpe tendría que haberme dolido pero mi cerebro está muy entretenido botando dentro del cráneo. Al menos hay buenas noticias: un 68% de la orina alcanza el objetivo del water. El resto se divide entre el suelo, la taza, un poco en la bañera y mis pantalones. Lo recogeré más tarde, supongo.

Tengo un aspecto deplorable, tirando a lastimoso, cuando me miro al espejo. Me toco con una mano bastante sucia el maltrecho ojo derecho y noto pinchazos de dolor. Tal y como me imaginaba está hinchado y negro. Probablemente anoche golpeara con él algún puño indefenso. El otro está inyectado en sangre producto de las pocas horas de sueño, el exceso de humo y cantidades casi tóxicas de alcohol.

Decido ducharme para ver si me despejo. El cuarto de baño debería estar marcado como zona peligrosa, ya que a punto estoy de abrirme definitivamente la crisma con el lavabo mientras me desnudo y pierdo el equilibrio. Por el reflejo de mí mismo en el espejo veo que tengo más cardenales y contusiones en diferentes partes de mi anatomía. Sé que debería estar preocupado pero no lo estoy… cosas de la resaca. Me meto en la ducha y apunto estoy de abrirme la crisma de nuevo al resbalar otra vez, pero la cosa no pasa a mayores. Abro el grifo de agua caliente y me achicharro vivo. Intento compensar con el agua fría y casi me parto el espinazo por el escalofrío que me entra. Por fin consigo regular correctamente el agua. Eso sí: ya estoy completamente despejado y no volveré a sentir nada en la espalda durante meses.
Mientras el agua de la ducha cae sobre mí, me viene a la memoria una imagen de mí mismo la noche anterior. Estaba allí mismo, en la ducha, preparándome para salir. Canturreaba distraídamente una melodía pegadiza, posiblemente la canción del verano, y me encontraba muy contento. Todos los indicios parecían apuntar a que pocas horas más tarde habría triunfado.
Pero triunfar, lo que se dice triunfar, no triunfé. Es más: si existe algo diametralmente opuesto a triunfar, eso fue lo que hice. Al menos he salido de dudas… ella no me quiere.

El tintineo de los cubitos de hielo al caer en el vaso me molesta. Por suerte, dentro de tres vasos de Ron como este, nada me importará. Ni siquiera que mañana es día de trabajo…

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Voy a poneros una primicia mundial. Algo que sólo 3 personas han leído en el mundo y que escribí hace un porrón de años. Fue lo único que se salvó de la quema (y donde pongo quema, leed formateo accidental del disco duro). Es un pequeño relato dividido en varios capítulos, que lo único que tienen entré sí en común es que empiezan al despertar el protagonista… este es el primero… Tengo en mente escribir otros despertares y escribir el guión cinematográfico… con eso de que mi hermano es (o será) un director de cine…

Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Aún tengo los ojos cerrados pero soy plenamente consciente de donde estoy. Estoy en una cama y estoy con ella. Siento su cuerpo junto al mío, su piel suave, su calor, su leve respiración. Mi cara está hundida en su melena y mi nariz roza su nuca. El olor que desprende su pelo me embriaga y me transporta al séptimo cielo, lugar del que no quiero regresar en la vida. Ella sigue dormida, profundamente dormida, y no quiero moverme por temor a despertarla. Mi brazo derecho sigue abrazándola por detrás, tal y como estaba cuando desperté, pero ahora empiezo a acariciarla levemente, haciendo pequeños círculos en su ombligo, debajo de la sábana. Pero no quiero despertarla. No aún.

Abro los ojos lentamente. Por la luz que se cuela por la ventana diría que ha pasado el mediodía. Me incorporo un poco y la contemplo, dormida y relajada. ¡Está tan bella cuando duerme! Me gusta quedarme así, mirándola, fijarme en todos y cada uno de los pequeños detalles que hacen su rostro tan hermoso. Sus grandes ojos cerrados, de un color marrón claro, como el suelo de un bosque de hayas en otoño. Sus espesas pestañas negras. Su nariz recta y perfecta. Su boca sensual y carnosa, entreabierta e insinuante. Ese pequeño lunar en el labio superior, tremendamente excitante, y que tanto disfruto besando. Su barbilla redondeada. Sigo con la vista la línea de su cuello, semi oculta por su espesa melena rubia, hasta la unión de las clavículas, y me imagino su sinuoso cuerpo tapado en parte por la sábana. Me siento el hombre más afortunado del mundo.

Ella se mueve un poco y se queda boca arriba en la cama. Aún sigue dormida pero seguramente está notando mis caricias en su estómago. Probablemente su cerebro esté desarrollando alguna escena placentera en su sueño, ya que gime levemente.

Me inclino sobre ella y hundo mi cara en su melena de nuevo. Aspiro su aroma embriagador durante unos segundos y siento el impulso irrefrenable de besarla en la boca un millón de veces. En lugar de eso la beso en el hombro y subo besando su cuello poco a poco, con especial atención en ese par de lunares que tiene, hasta que llego a su oreja. Le susurro al oído: “Te quiero”, varias veces, mientras sigo acariciando con mi mano derecha su ombligo y sus costados. Por fin se despierta y me mira directamente a los ojos. Sonríe, y yo me inclino nuevamente, pero esta vez para besarla. Siento el suave contacto de sus labios entreabiertos, húmedos. “Te quiero” me dice cuando nos separamos, y sus ojos brillan. “Te quiero”, le digo, y vuelvo a besarla, más apasionadamente que antes…

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Cuarto Despertar
Quinto Despertar
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