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Posts Tagged ‘dolor’

En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.

Comienza a clarear

Comienza a clarear

Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).

El momento mágico se acerca

El momento mágico se acerca

Chewan llamó a la puerta a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:

– ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!

La nieve brilla con millones de destellos

La nieve brilla con millones de destellos

Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.

Antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. El desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Así que Lentillas, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. Añadió, además, un par de barritas energéticas. Esta lentillas.

Con Chewan, el guia (foto sin gafas, como se habia pedido)

Con Chewan, el guía (foto sin gafas, como se había pedido)

La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar.

Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, mi respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.

Más o menos esto era lo que se veia, que no está mal

Más o menos esto era lo que se veía, que no está mal

Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar.

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Lentillas y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Herrero y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Herrero se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.

Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si se hubieran gastado una pasta en efectos especiales. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante.

En lo más alto (que he llegado nunca)

En lo más alto (que he llegado nunca)

A juzgar por lo que dijo Chewan, Herrero y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” del que no pensaba salir perdedor. Puedo ser muy cabezota en ocasiones.

La llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).

Vistas desde el paso... hasta el infinito y más allá

Vistas desde el paso... hasta el infinito, y más allá

De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Lentillas cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.

Una enorme cantidad de nata montada

Una enorme cantidad de nata montada

Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del dia

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del día

El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.

Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.

Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista). Estoy a la espera de que me pasen el vídeo con los mejores momentos de la acensión, pero entre que llega o no, pongo dos pequeños vídeo que grabé yo desde mi cámara. Se supone que me había conseguido serenar y que había recuperado el resuello. Obviamente no es así, a juzgar por mi respiración entrecortada. El primero es del momento en que nos separamos y todavía no había amanecido.

El segundo fue un intento más bien pobre de sacar el efecto óptico del brillo multicolor de la nieve, con los destellos y todo lo demás. Juzgar vosotros mismos.

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Cada martes y cada jueves voy a la piscina a nadar. Es un deporte muy completo y, a pesar de que me suelo meter mucha caña, me relaja. Ya os he contado que cuando era pequeño no era precisamente un portento físico. Mi madre, preocupada por que de seguir tan inactivo su hijo podría convertirse en campeón mundial Junior de Sumo, intentaba encontrar un deporte que pudiera hacer, compatible con los zapatos ortopédicos.

Probé la gimnasia deportiva, porque se hacía descalzo en las colchonetas. Pero al ver que mi tope era hacer el pino puente (un puente estilo Calatrava, no exactamente con forma de puente, pero un puente a fin de cuentas), y con el agravante de que el mortal hacia delante casi era literalmente mortal y que el potro y yo no éramos demasiado compatibles, la buena mujer pensó en la natación como actividad deportiva extraescolar. Así que durante algunos años iba tres veces por semana a la piscina municipal. Aprendí a nadar a casi todos los estilos, porque la mariposa estaba un poco vetada.

Tras un parón de algunos años volví a la piscina. El estilo estaba ahí, pero me faltaba mucho fondo. Normal. Lo que pasa es que me metieron directamente en el grupo de perfeccionamiento (quizá lo hicieron porque lo pedí yo, claro) donde había gente de mucho nivel. Y a punto estuve de dejarlo, desesperado de ser pasado una y otra vez y de terminar agotado todos los días. Por suerte ese momento desesperación pasó y poco a poco fui mejorando. Ahora soy yo el que tiene nivel.

He tenido muchos monitores de natación. Unos mejores, otros más pasotas. Ahora, desde hace dos semanas y por baja del monitor titular, nos entrena una chica joven. Joven y guapa, con una bonita sonrisa y ojos color miel detrás de unas cucas gafas. Mide como un metro sesenta, pelo liso, media melena castaña y piel morena. Los primeros días llevaba siempre la equipación oficial de monitor, que incluye una camiseta holgada y unos pantalones cortos, algo que disimulaba sus formas femeninas. Pero ayer sólo llevaba puesto el bañador reglamentario rojo, que le daba un aspecto de Vigilante de la Playa muy, pero que muy interesante. Por eso el mote: Pamela.

Mi comienzo no pude ser más malo. Ella no me conocía y, como monitora que es, se acercó para ver a qué grupo pertenecía. Y me dijo:

– ¿Tú con quien vienes?
– Yo vengo de parte de la novia…

Un vacile en toda regla. De esos que luego me pasan factura. Pero en este caso a ella se le escapó una sonrisa que me dijo dos cosas: Que tiene sentido del humor y una bonita sonrisa.

Hechas las presentaciones paso a la chicha.

Llevábamos como media hora haciendo diferentes ejercicios de piernas. Sólo piernas, para arriba y para abajo… todo el rato. Agotador. Así que para cambiar de registro Pamela decidió que hiciéramos 200 metros estilos. Empezando por mariposa… mi punto flaco. Pero como soy un tío obediente empecé con el ejercicio… dos brazadas y pasó lo que tenía que pasar… el gemelo me dio un latigazo. Un calambre… o como se dice vulgarmente: se me subió la bola. Duele. Y cuando estás en el agua, como que agobia más. Por suerte me pude agarrar a la corchera y salir fuera del agua sin interrumpir la conversación telefónica de la socorrista. Pero la otra, la de la playa, Pamela, vino a ayudarme a estirar. Y una vez que estiré un poco, empezó a masajearme el músculo magullado. Que quede claro que me estoy refiriendo siempre al gemelo. Ojo. Mientras lo hacía dijo:

– Lo tienes muy duro, pero no sé si es que es así o es cosa del calambre…
– Pues toca el otro y compara… – Vamos, la típica frase que se dice pero que no suele obtener resultados. Pero ella lo hizo. Me tocó el otro gemelo.
– ¡Qué duro!

Como siguiera haciendo comentarios de ese tipo mientras me masajeaba los gemelos, mi bañador ajustado de licra negra me iba a dejar en evidencia. Así que decidí levantarme y salir de allí. Me quité el gorro y le dije.

– Creo que me voy a la ducha…

Y entonces ella me tocó el brazo. Mi musculoso brazo (bueno, vale, a lo mejor he exagerado un poco, pero soy yo el que cuenta la historia y, tras tanto nadar, algo duro si que estaba). Fue una caricia en toda regla. Algo que a mi entender era innecesario. Pero lo hizo. Y me desconcertó un poco.

– Mejor métete en el agua y haces un par de largos suaves… así relajas un poco. Y cuado termines, estiras otro poco más.

¿Cómo negarme? Así que lo hice, me volví a meter en el agua y nadé los dos largos relajadamente. Aunque notaba el músculo dolorido no volvió a montárseme, aunque yo en lo que pensaba era en ese contacto y en su posible significado. Lo sé… una chica guapa me toca y ya pienso que quiere algo… pero es que con la falta de cariño que tengo y estos calores, tengo disparada la bilirrubina…

Mientras estiraba apoyado contra la pared se volvió a acercar y, esta vez, puso su mano sobre mi espalada (ya sabéis… musculosa y eso).

– ¿Estás mejor?

Me seguía doliendo. De hecho me sigue molestando. Pero es normal después de un tirón. Pero digamos que lo que menos me interesaba en ese momento era el gemelo.

Pamela estará con nosotros todo el mes de julio y agosto, así que tengo tiempo de enterarme de más cosas. En realidad dará igual, porque tendrá novio, o se lo echará mañana mismo… o tendrá la imperiosa necesidad de ser mi mejor amiga… pero mientras llega el viaje a Nepal, no está mal para entretenerme… ¿No?

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Dolor…

No he podido escribir antes. No por falta de tiempo, que tengo, y mucho, ni tampoco por falta de inspiración, que de momento no me falta. La razón de este parón ha sido por la sencilla razón de que todavía no he sido capaz de escribir con la nariz a una velocidad adecuada. La nariz (y posiblemente las orejas) son las únicas partes de mi cuerpo que no me dolían ayer (y hoy) de mi sesión tonificadora muscular del gimnasio.

El ser un amasijo de dolor viviente ha tenido su parte positiva. Me ha dado tiempo a pensar mucho. En mí, en Huracán, en hacer el capullo, en todo. He llegado a la conclusión de que tengo que mantener un poco las distancias. Hacerme el duro, el interesante. Hacerme valer un poco.

Sólo falta llevarlo a la práctica.

Siguiente entrega de la historia: En la terminal de autobuses

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