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Posts Tagged ‘enfado’

En esta historia hay sexo. Lo pongo en el título, lo pongo en los tag y lo digo. No esperéis un final asombroso como el del Trío de la semana pasada. Al final hay sexo y podríamos decir que salvaje (o todo lo salvaje que puede ser el sexo con una mujer que no se depila las axilas). He estado tentado a dividirlo en dos entradas, para no perder la costumbre de mantener la intriga y tal. Pero no he encontrado la manera de hacerlo sin estropear la historia. Así que aconsejo leerlo con tranquilidad. Incluso imprimirlo y leerlo en el metro o en la cafetería. Aquí tenéis la historia.

Mi primer viaje al extranjero fue a Rusia, como ya conté en la saga del ruso Boris, pero el primer viaje de mi etapa adulta fue en el verano de 2002. El año de la ola de calor y de las inundaciones de Munich… por si no lo recordáis. Durante casi cuatro semanas recorrí Francia, Holanda, Alemania, Bélgica, Suiza y Barcelona. Dentro de mi cronología particular, fue justo el verano en que Morcillita me presentó al que ahora es su actual marido. Tras coincidir con ellos en varios lugares decidí que tenía que salir de allí… y, a ser posible, que me pasaran un millón de historias. Claro que eso es más fácil de decir que de hacer.

La diosa fortuna puso en mi camino nuevamente a Dulce, precisamente en esas fechas. Dulce fue la amiga que me presentó a Cometa y con la que realmente tampoco es que hubiera perdido el contacto… pero no hablábamos tanto como antes. Quedamos una noche para salir por ahí, me contó su vida (yo omití los detalles dolorosos de la mía… es que no soy de mucho lloriquear) y, casi sin darme cuenta, me invitó a hacer el Interail con varios amigos suyos. Yo no me lo pensé dos veces y me apunté.

Reconozco que por aquella época yo no era la mejor compañía, porque no estaba en mi mejor momento. No era lo que se dice un tío simpático. Sobre todo porque cuando no estoy bien me sale una vena cínica – sarcástica realmente desagradable e insoportable. Aún era demasiado reciente todo lo pasado con Morcillita y, por así decirlo, estaba dolido con las mujeres en general. Y si algo había en ese viaje, eran mujeres. Todos los chicos se fueron rilando hasta que sólo quedaba yo… uno contra cuatro…

Habíamos viajado por el centro de Francia, recorrido en coche la Bretaña, visitado París, Bruselas y Ámsterdam, el norte de Alemania y Berlín…y dimos con nuestros huesos en Frankfurt, el epicentro económico de Europa. La idea era estar sólo por la mañana y luego, a media tarde, coger un tren hasta Friburgo, una pequeña localidad situada como a dos horas de distancia. Allí estaríamos 4 o 5 días, recorriendo la zona y nos separaríamos temporalmente. Ellas irían a casa de una amiga suya a dormir, y yo me quedaría en el albergue de juventud de la ciudad. Digamos que el ambiente no era demasiado bueno por aquel entonces así que esa pequeña separación me vendría bien.

Tampoco ayudó mucho a mejorar el ambiente el hecho de que por mi culpa perdiéramos el tren a Friburgo. Me entretuve comprando unas postales y se me fue el santo al cielo… claro que no fue algo irreparable. Había trenes cada hora y sólo tuvimos que esperar un poco. Pero una de las amigas de Dulce me gritó. Me gritó muchas cosas, algunas muy ciertas… pero no me gustó que me las gritara. A mí no me grita ni mi padre, y menos una tía histérica. Así que me enfadé mucho. Para chulo yo. Me retiré unos metros de ellas y esperé al tren enfurruñado. Cuando por fin llegó me metí en el primer vagón que pillé.

Era el de fumadores, pero no me importó. Además, estaba todo el vagón vacío así que no había nadie fumando. Y me dispuse a pasar las dos siguientes horas hundido en oscuros pensamientos. Pero la diosa fortuna no me dejó. No me deja tranquilo demasiado tiempo…

A los veinte minutos el tren hizo su primera parada en un pueblo de nombre irrepetible (el día que repartieron las vocales el pueblo no pudo asistir). No había mucha gente en la estación, pero apenas les presté atención, estando como estaba enfurruñado en mis propios pensamientos. Así que tampoco me di cuenta quien era la persona que estaba trajinando en el asiento al lado del mío. Sólo pensé que, habiendo vagón de sobra para todos, tenía que ponerse precisamente junto a mí. Claro que se lo perdoné.

Mujer (esa era una baza importante a su favor), piel blanca, casi transparente, de pelo largo, pelirroja. Ojos verdes detrás de unas pequeñas gafas redondas, labios carnosos, cuello largo con un lunar justo debajo de la barbilla (me vuelven loco los lunares). Estaba vestida con una falda oscura, creo que con flores moradas o algo así, sandalias a juego, y una camiseta de tirantes del mismo color, debajo del que se intuía un cuerpo pequeño. No era la mujer más guapa del mundo, pero era muy atractiva. Sin duda la más atractiva del vagón. Y por alguna extraña razón, teniendo todo el vagón libre para ella sola, había optado por sentarse a mi lado. Eso a uno le levanta el ego… ¿No os parece?

La chica, a la que, en un derroche de imaginación, llamaré Pelirroja, intentaba meter un petate militar enorme en el portaequipajes. Sin pensarlo dos veces, me levanté y le ayudé a ponerlo, como caballero que soy. Era muy pesado y me costó.

– Danke schön.- Me dijo en un correcto alemán.
– Bitte schön.- dije yo. Después de casi una semana en Alemania, algo se me tenía que haber pegado. Y, añadí en un perfecto inglés – Your backpack is very heavy. I think you are an amanzingly strong woman… – (lo que quise decir era que su equipaje pesaba un huevo y que ella tenía que ser poco menos que la versión femenina del Increíble Hulk para moverlo)

Por supuesto le hizo mucha gracia. Creo que tiene algo que ver con el tono de voz, o mi cara… o con mi inglés de las afueras de Logroño.

– I’m Pelirroja.- Me dijo, dándome la mano. En realidad su nombre era muy bonito y muy latino… pero por mantener la costumbre, la apodo.
– I’m Sr K.- Y se la estreché, en contra de mi voluntad. Yo soy más de dos besos, sobre todo con mujeres atractivas.
– ¿Sr K?
– Yes… it’s my nickname… – Y le expliqué de donde venía y por qué me llamaban así. De momento nos manteníamos en niveles de inglés de cuarto de la ESO. Eso sí, de seguir por este camino acabaría diciendo lo de “mi padre es pobre pero mi sastre es rico”… – Where are you from? – Le pregunté. Todavía me quedaba el recurso del “How old are you?”
– Liepzig.- Me sonaba que por allí hubo una batalla de Napoleón con los Prusianos, pero no estaba seguro de saber explicarme, y, de todas maneras, no creí que le importara mucho. Así que sólo sonreí y asentí.

La conversación siguió, claro. Me preguntó de donde era y qué hacía en Alemania… si estaba sólo y por qué, si no lo estaba, mis amigas estaban en un vagón diferente… que si me gustaba Alemania… etc. Ella me contó que iba a Friburgo a ver a unos amigos, que tenía 25 años y estudiaba algo que no entendí en la universidad. Lo normal de dos personas que no se conocen. Tampoco es cuestión de poner toda la conversación, ¿No?

Llevábamos hablando en inglés un buen rato. Creo que no había hablado inglés tanto tiempo nunca. Ni sumando todas las frases pronunciadas en mi vida. Y no se me estaba dando mal. Al menos ella se reía cuando tenía que hacerlo… y parecía que nos estábamos entendiendo.

Le dije que tenía un color de pelo muy peculiar, y me dijo que era teñida. En realidad su pelo era rubio platino pero que, al cortar con su novio, había decidido teñirse… y se le ocurrió que el rojo podía estar bien. En España la mayoría de las mujeres darían su mano derecha por ser rubias naturales y ella… se había teñido de rojo. Ver para creer. Por cierto, el novio era también el padre de de su hijo de 5 años.

Me dijo que le gustaba como sonaba nuestro idioma. Y me pidió que le dijera algo en español… ¿Qué le podía decir? No se me ocurrió nada que decirle… excepto…

– Creo que eres la cosa más bonita que he visto en mi vida. – Lo dije en un susurro, en un tono que a mí me pareció muy sensual. Muy seductor. Al menos a mí me lo pareció, insisto.
– Wonderful… What do you mean?.- No había contado con que querría una traducción. Debí de ponerme colorado y ella insistió…
– Eh… Esto… bueno… verás…I think that you are the most beautiful thing that I’ve ever seen in my live.- De perdidos al río, ¿no?

Ella sonrió y perló los ojos (otra palabra que siempre me hizo ilusión usar)

– Thak You…

A partir de ese momento la conversación se volvió algo diferente… ella empezó a decir que los alemanes eran unos sosos, y que las españolas tenían suerte de tener a “tan buenos amantes”. Yo le di la razón, obviamente, y le comenté lo difícil que es decir algo bonito con un idioma tan “fuerte” como el alemán. Yo me basaba en las películas de la Segunda Guerra Mundial para decirlo, claro. También le dije que había un poco de mito con lo del Latin lover… y me dio la razón. No le gustaban los italianos… por el contrario defendía al Spanish Lover y afirmó que ella “nuca había estado con ninguno”. Y fue el momento en el que solté una frase que hasta a mí me sorprendió…

– Do you want to test one?

Ella abrió mucho los ojos y se mordió el labio inferior mientras sonreía. Y dijo una sola palabra en un perfecto y correcto castellano. Quizá una de las palabras más bonitas que hay en nuestro idioma:

– Si.

Y se dio la paradójica situación de estar comiéndole los morros a una chica a la que no había dado dos besos… Sabía a tabaco, pero en ese momento no me importó.

Del resto no entraré en muchos detalles, pero os diré que terminamos en el minúsculo baño del vagón. Ese que está todo integrado y es metálico, y casi no entra una persona, como para que entren dos. Yo me senté en el baño (sin apenas pensar en los miles de usuarios que lo habían utilizado antes que yo para cosas relativamente menos placenteras) y ella se me puso encima. Enseguida se había quedado sin la parte de arriba y mientras me peleaba con el cierre del sujetador (morado con puntillitas… creo que una 90 copa B, aunque no estoy del todo seguro), ella me mordisqueaba la oreja y me dijo varias veces:

– Talk to me in Spanish, talk to me in Spanish…

Algo así como si fuera Wanda, de la película un Pez llamado Wanda, pero en lugar de pedirme que hablara italiano, tenía que hablar español. ¿Qué puede decir uno en esos momentos? O sea, porque ponerte a decir las cosas que dicen en las películas porno (“Vamos nena”, “Dale duro”, “Así, sigue”)… como que no… así que me puse muy descriptivo. Estro es, iba relatando lo que hacía en cada momento. Así que si alguien que supiera castellano hubiera pasado cerca del baño del vagón (y no queda descartado que alguna de mis compañeras de viaje lo hiciera), habría escuchado cosas como “Te cojo una teta con la mano” o “Hay que ver la de pelo que tienes aquí, Pelirroja” o “lleva cuidado porque eso que tienes en la boca es una parte muy querida de mí mismo”. A lo mejor no eran frases tan elaboradas… pero os hacéis una idea.

Por cierto… comprobé que era rubia natural.

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Descolgué el auricular y marqué los nueve dígitos del número de teléfono de Huracán. Evidentemente son números que me sé de memoria, ya que el ritual de llamarla se repite, invariablemente, todos los días al menos un par de veces… si no más. Y siempre que puedo uso el teléfono de la oficina… porque desde Morro – Tel las llamadas salen más baratas. En apenas dos tonos, Huracán descolgó el teléfono.

– Hola primo. – A veces me llama así.
– Hola preciosa… ¿Te pillo bien? – La pregunta estaba justificada ya que estaba llamando casi una hora antes de lo que suelo hacerlo. La razón era que en unos minutos me metería en una reunión y todo parecía indicar que se alargaría hasta después de la hora decente de la comida.
– Sí, claro. – Había un sonido inusual al otro lado de la línea.
– ¿Dónde estás? Hay mucho ruido…
– En el coche.
– ¿En el coche de quien? Tú no tienes coche…
– En el de Rico. Venimos de la piscina, de nadar.
– No me habías dicho nada…
– ¿Seguro?

Va por delante el hecho de que yo no soy celoso. Bueno, no mucho. Aunque hay cosas que me molestan un poco. Una de ellas, por ejemplo, es que a pesar de habernos visto el día anterior, y de haber hablado dos o tres veces por teléfono, Huracán, en ningún momento me dijo que hubiera quedado por la mañana par ir a nadar a la piscina. Y menos con Rico. Palabras como “Me voy a nadar con Rico a la piscina” me habrían resultado llamativas en una frase. O sea, me acordaría del detalle. Así que estaba absolutamente seguro de que no me lo había dicho.

¿Que quien es Rico? Rico es un amigo mío. Brevemente: Rico y yo conocimos a Huracán el mismo día. Nos la presentó un amigo común y, obviamente, nos gustó a los dos. A nosotros dos y a todos los demás que estaban allí. Lo que pasa es que los dos optamos por estrategias diferentes para alcanzar un mismo objetivo. Mientras yo me mantuve un poco a distancia, observando y evaluando, él entró más a saco. Al final él se cansó y yo continué con ese paso lento pero seguro que ya os he ido contando.

– Ah… pues dile que luego le llamo… que ayer se me pasó devolverle la llamada.- Y era verdad. Rico me había llamado el día anterior, pero yo estaba ocupado y no pude hacerle caso y luego me olvidé.
– Vale. ¿Luego vienes a casa? Recuerda que entro a las diez esta noche. – Esto sí me lo había dicho. Le había cambiado el turno a una compañera que necesitaba el día. Huracán es así.
– No creo que pueda. Tengo que pasarme por el centro a hacer unas compras de material que me falta y aprovecharé para ir a ver a Atenea que sigue recuperándose de la operación en la rodilla.
– Bueno, pues luego hablamos.

Diez minutos después me llamó Rico para darme explicaciones. Estaba entrando en la reunión y apenas pudimos hablar. Desde luego, no temo que Rico me la esté jugando. Es demasiado buen tío para eso. La historia es que él estaba de vacaciones y ella se aburre mucho por las mañanas. Eso sí, durante la reunión de objetivos de este año, no hice más que pensar en la razón por la que Huracán no me dijo algo tan relevante como que se iba a nadar con un amigo mío. Mi jefe hablaba, al menos le veía mover la boca, pero mi cabeza estaba en otra parte…

Al final las compras se me dieron mejor de lo que había pensado y a las ocho ya había conseguido todo el material que me hacía falta. Principalmente unas botas de montaña, porque las mías ya están muy viejas. Así que llamé a Atenea y me pasé a verla, a su casa, muy cerca de donde estaba.

Atenea es una amiga mía de hace tiempo. Alta, casi tanto como yo, delgada y (siendo parte de esta historia no podía ser menos) bastante guapa. Aunque lo más destacable sea su cabeza… rezuma inteligencia por todos sus poros. Imparte clases de filosofía en un instituto de secundaria y, a veces, creo que piensa que soy un alumno suyo, a pesar de que somos casi de la misma edad. En más de una ocasión he salido con deberes de una conversación con ella. Y me recomienda libros y webs donde profundizar en diferentes temas… Cuando consigo sacarla de sus casillas siempre termina con la frase “Esta conversación me aburre… es de nivel de cuarto de la ESO”. Y se queda tan pancha… Lo curioso es que Huracán siempre me dice que de mayor quiere parecerse a Atenea, aunque me temo que esta última le lleva varias décadas de ventaja leyendo libros gordos y sin casi dibujos. Le gustan los tíos que tocan la guitarra, así que a ver si se la presento a Benno un día de estos…

La rodilla ya la tiene mejor. Va a rehabilitación y ya está casi bien, aunque cojea ostensiblemente y todavía lleva muleta. Estaba tan bien que se iba al cine a ver la de “Deseo, Peligro” y me dijo que si la acompañaba. Dudé un momento… porque me daba tiempo a estar un rato con Huracán… pero por otro lado, tenía ciertas ganas de castigarla (entiéndase la expresión) por lo de la mañana. Así que decidí ir al cine. No quedaba lejos de su casa y, mientras caminábamos a su paso, seguimos hablando. Y como casi siempre que hablo con ella, yo estaba tan concentrado en la conversación (para estar a su altura) que ni me fijé en el cine, en las entradas ni en nada de nada…

Las luces se apagaron y, tras algunos trailers, empezó la película. A ver… yo de la película sólo sabía que era del mismo director que contó la historia de los vaqueros gays (que particularmente no me gustó demasiado) y que en china la habían censurado, quitándole media hora de escenas de sexo especialmente subidas de todo. Eso es más que suficiente para que cualquiera entre a verla, digo yo. Pero no sabía ni de qué iba, ni en qué época histórica era, ni nada. Para mi sorpresa empieza en la época de la ocupación japonesa en china, durante la segunda guerra mundial… un tema que me interesa. “Una de guerra”, pensé, “amores en época de guerra o algo así”. Y no iba desencaminado. Lo que pasa es que en lugar de una escena de tiros, empieza con cuatro chinas jugando al dominó (o su equivalente chino). Y hablando en chino (algo que para ellas debe de ser normal, pero que yo no controlo mucho). Eso sí, lo subtitulaban… que si mi marido esto, que si mi marido lo otro, que si envido, que si yo más… en fin. Lo normal. Yo seguía pensando cosas… lo primero era que, a lo mejor, hablaban en chino y no lo habían doblado porque la china protagonista luego se iría a occidente… bueno… en realidad no tenía ni idea de si la china protagonista era una de esas cuatro jugadoras… o si no había una china protagonista, sino que era de otra nacionalidad y por eso no habían doblado la parte china… y también me intentaba adelantar al argumento… lo que pasa es que no me cuadraba como podía enlazar una partida de dominó con escenas de sexo especialmente subidas de tono…

A los tres cuartos de hora de leer subtítulos y de no haber visto una teta ni de refilón, pero sí unas cuantas partidas de dominó (estaba empezando a preguntarme seriamente qué es lo que entienden los chinos por sexo y si ellos se reproducen partidas de dominó), una certeza se abría camino en mi cabeza… pero lo intenté confirmar con Atenea. En un susurro le pregunté…

– ¿La película es en versión original?
– Pues claro… en este cine sólo proyectan películas en versión original…

Y me hundí un poco más en la butaca. Al menos esta vez no habría charla coloquio después…

Eso sí… las escenas de sexo llegaron y no eran pornografía por apenas unos milímetros y, así entre nosotros, me apunté mentalmente poner en práctica con Huracán un par de posturas que salían en la película… después de algunos meses de entrenamiento ganando flexibilidad, claro. Y también, conseguir un juego de dominó chino… que parece muy entretenido…

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Ayer me mosqueé con Huracán. Y no sé si es que ella tenía un día tonto, o lo tenía yo… pero lo cierto es que logró sacarme de mis casillas, y eso no es fácil.

Huracán sigue trabajando de tarde/noche en el Hospital (y lo que nos queda). Ayer era festivo pero todos sabemos que los enfermos no libran porque sea el aniversario de la Constitución. Así que trabajaba, como casi siempre últimamente. Y Yo había quedado con mi amigo Almanzor, otro colega, y unas compañeras de su trabajo para echar unos bolos. No es que sea aficionado a este deporte, que no lo soy (algo que nadie puede dudar a juzgar por mi puntuación de la partida), pero era una manera de llenar una tarde de jueves festivo solitario. Además, las compañeras de trabajo de Almanzor son muy majas y divertidas y a nadie le amarga un dulce.

Las llamaremos Pampa y Gataparda y Follonera. Pampa es una preciosidad de mujer. Con una boca de labios carnosos y sensuales como pocas… a lo que hay que añadir un tipazo y, amigos, ese acento argentino tan meloso musical e hipnotizante. Morena, de pelo liso recogido en una coleta, y ojos marrones y brillantes. (Nota: doy tantos datos de esta chica, que aportan poco a la historia que cuento, porque pudiera ser que alguna persona de la comunidad sintiera curiosidad de saber cómo es que mi amigo Almanzor queda con un bombón así y se lo quisiera preguntar a él personalmente). Su amiga Follonera, compañera de piso además, es un poco más alta y con más formas femeninas, aunque con menos atractivo que su amiga. El mismo acento argentino pero mucho más cortante en ocasiones. Y, por último, Gataparda es alta (casi tanto como yo) y delgada, muy guapa y simpática y, sobre todo, muy dada a reírse con mis gracias (cosa que me gusta, claro). Ya sé lo que estáis pensando: como siempre el Señor Capullo rodeado de belleza por donde va…

Con semejante compañía no había posibilidad para aburrirse. Si a este elenco de bellezas le añadimos que las bromas eran constantes (pero obviamos el pequeño detalle de que las chicas nos estaban dando una paliza a los bolos) no es de extrañar que lo estuviéramos pasando en grande. En un determinado momento me sonó el móvil y era Huracán: Iba a salir un poco antes de trabajar.

Así que, un poco antes de lo previsto, salí pitando como alma que lleva el diablo a buscar a mi amada, como caballero andante que soy. A pesar de ser festivo, las calles estaban llenas de gente y de coches, y llegué un poco tarde (últimamente voy corriendo a todos lados, y lo que es peor: llegando tarde). Pero como Huracán estaba hablando con su hermano por teléfono no se dio cuenta del detalle.

– ¿Qué hacemos? – Me preguntó nada más montarse en el coche (y darme un beso, claro). – Aunque te advierto que estoy un poco cansada…

Todos sabemos lo que quiere decir realmente una mujer cuando dice esto… así que, como había pocas posibilidades de terminar en la cama, pensé que continuar la velada donde la había dejado no estaría mal. Le dije donde había pasado la tarde, quienes estábamos y lo bien que lo estábamos pasando… y no le ha parecido mal la idea de unirnos (cosa que me chocó, habiendo tres mujeres preciosas en la ecuación). Así que llamé a Almanzor para saber donde estaban y si podíamos reincorporarnos a los bolos. A los bolos no, porque habían cambiado de sitio. Estaban sentados en un restaurante, y ya habían pedido y todo. Me informó, además, que se habían sumado un par de colegas a los que hacía tiempo que no veía. Seguramente luego seguirían por ahí un rato más, tomando algo.

Huracán pensó (y no sin razón) que, entre que llegábamos y conseguíamos aparcar, habrían terminado de cenar… por lo que a lo mejor era más inteligente cenar algo nosotros por la zona del hospital (pero no el bar de la tetona, ni en la cafetería infestada de microorganismos perniciosos para mi salud, ojo) y luego ver donde estaban. El pensamiento femenino, que es así de práctico a veces.

Total, que cenamos por nuestro lado.

Al terminar le volví a preguntar a Huracán si seguíamos con el plan B (por si el plan A volvía a tener posibilidades), y ante su respuesta afirmativa (a la mierda el plan A), hice una nueva llamada de teléfono a Almanzor y quedamos en un conocidísimo bar cercano a donde estaban cenando.

Nuevamente coge coche, métete en la (ahora un poco menos) vorágine del tráfico de la ciudad, y busca aparcamiento. Nada. Otra vuelta más. Nada. Al iniciar la tercera vuelta Huracán sugirió que podría ser una buena idea meter en coche en un parking… porque, total, estaríamos un par de horas como mucho…

Y es aquí donde se inicia el conflicto.

Como vamos a meter el coche en un parking, me acerco todo lo posible a la zona del bar (para andar poco) y, justo cuando enfilo la rampa de bajada del aparcamiento subterráneo va Huracán y suelta:

– No, no. Para. Da marcha atrás…
– Pero Huracán… no puedo dar marcha a tras… tengo otro coche pegado.
– Es que me ha dado el bajón…
– ¿Ahora mismo? Pero si estamos a 50 metros del bar donde hemos quedado… dejamos el coche y cuando te de el aire verás como te animas.
– No, de verdad, que me ha dado el bajón. Llévame a casa…
– Pero si nos están esperando…
– Es que sabes que en el coche me da el bajón…

Insistí un par de veces más con escaso éxito. A casa. Imaginad la cara del encargado de la barrera viéndome entrar y salir del parking un instante después. Pero si a la niña le ha dado el bajón…

Si a la niña le ha dado el bajón nos vamos. Y, aunque sea curioso, no es motivo de enfado. Lo que me enfadó de verdad fue cuando dijo, un par de minutos después de salir del parking, nuevamente en la calle, rodeados de vehículos:

– ¿Por qué no vamos a la sala “…”? Hay conciertos en directo muy chulos…

La Sala “…” es donde le robé el beso a Huracán allá por el mes de septiembre. La Sala “…” está lejos de donde estábamos, y justo al otro extremo de la casa de Huracán. Ir a la Sala “…” supondría, como mínimo, otra media hora de coche más… Así que la sensación que me dio fue la de que no tenía bajón. Simplemente no le había gustado la idea de ir con Almanzor desde el principio. No había sido sincera y me había tenido toda la noche dando vueltas con el coche por la ciudad. Y eso me hizo sentir estúpido.

– No, Huracán, te llevo a casa como querías.- Le dije. Y no volví a abrir la boca en todo el trayecto.

Cuando llegamos, paré enfrente del portal. En doble fila. Quedaba claro que no tenía ninguna intención de subir a su casa. Ahora era yo el que no quería Plan A.

– No te enfades… – Me dijo.
– No me enfado – Mentí – es sólo que no te entiendo. Si querías que viniéramos aquí, sólo tenías que decírmelo. Si no quieres ir con Almanzor, me lo dices. Si prefieres ir a la Sala “…”, me lo dices… pero no me digas que sí, me tengas dando vueltas y volver aquí cuando ya estamos allí aparcados… Te he preguntado qué querías hacer. Te lo he preguntado dos veces.
– Es que me dio el bajón…
– Curioso bajón. Es mágico… aparece y desaparece a voluntad… – Tono cortante – Buenas noches, Huracán. Que descanses.

Y se ha bajado del coche. Eso sí, enfadado y todo, esperé a que entrara en el portal y encendiera las luces.

Y me he ido a casa. Hoy todavía no he hablado con ella.

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Huracán trabaja de tarde. Eso ya lo había dicho. Pero lo que no os he contado es que trabaja en un Hospital. De los importantes… de esos que tienen médicos y todo. A mí el ambiente hospitalario no me gusta. Cuando hablo de ambiente hospitalario no me refiero a cuando vas a casa de alguien y te saca algo de beber, un platito de jamón y unas aceitunas, te deja el mejor sitio del sofá y te trata con amabilidad… no. Me refiero al ambiente del hospital. Creo que a esos sitios es mejor no ir a no ser que estés malo, ya que es el lugar donde más concentración de enfermedades hay por metro cuadrado. Así que puedes salir con un rinovirus al menor descuido.

Así que normalmente espero a Huracán en la entrada, a una distancia prudencial de las puertas automáticas. Bueno… al otro lado de la calle (una calle de dos carriles para cada sentido, dos pasos de cebra y sus respectivos semáforos, y una mediana con césped y un seto no muy alto entre los carriles). Pero ya está bajando la temperatura mucho y, en fin, me he tenido que buscar otro sitio para esperar. ¿Y qué mejor sitio para esperar que en un bar? No el bar del hospital, no. Una cervecería que hay cruzando la calle. Así veo la salida del hospital mientras saboreo una espumosa cerveza bien fría.

Estos días atrás me atendía el dueño directamente. Un señor regordete y de mejillas sonrosadas y, sobre todo, parco en palabras. “¿Qué va a ser?”, y poco más. Pero esta noche ha sido diferente. Ni rastro del barrilete. Me ha atendido (la que yo creo que es) su hija. A saber: Morena, pelo azabache, seguramente teñida, ojos verdes, enormes, cara redondita y mona. Y, a ver como digo esto sin ofender al público femenino… dos tetas impresionantes. Y ya no por su tamaño y forma, sino como estaban expuestas, en una camisa negra escotada y con los botones a punto de estallar de tanta presión…

Pero apenas me fijé.

Pedí mi caña y un pinchito de tortilla usando el mínimo de palabras necesario y ojeaba la prensa del día, intentando buscar algún trozo de periódico en el que no se hiciera referencia a la casa real (o el Rey mandando callar a Chávez, o la Infanta separándose, o el príncipe…). Estaba distraído leyendo una noticia sobre el cambio climático y se me fue el santo al cielo. Ni probé la tortilla siquiera. Así que tampoco vi aparecer a Huracán por la puerta del hospital, ni cómo miraba calle arriba y calle abajo, ni cuando buscaba el móvil en el bolso, ni como marcaba mi número. De lo que sí me di cuenta fue de mi móvil vibrando con fuerza al son de Expediente X. Y es cuando fui consciente de la hora que era, de donde estaba y de donde debía de haber estado.

Huracán entró en el bar con la fuerza propia de su nombre, y llegó al final de la barra, que era donde yo estaba, con el pincho a medio comer y la caña a medio beber. Y todo habría quedado en un descuido inocente por mi parte de no haber aparecido en ese momento la (para mí invisible) camarera de los (de verdad que no me había fijado) grandes pechos y el (ahora que lo mencionas) tatuaje justo en la frontera donde la espalda pierde su casto nombre.

Huracán cambió el gesto inmediatamente. Digamos que en su cabeza debieron de formarse imágenes de mí mismo lanzando miradas lujuriosas al escote de la camarera y está, obviamente, respondiendo positivamente a mis miradas… quien sabe. Lo mismo en lugar de estar en la puerta del Hospital, esperando a mi novia, estaba en el baño con la camarera… o cosas peores…

Dio igual que le afirmara que no me había fijado. Que había sido casualidad que me hubiera despistado. Que en realidad estaba leyendo el periódico y me había quedado absorto con el informe del cambio climático… que yo sólo tengo ojos para ti princesa… pero lo cierto es que era una versión increíble. No me lo creía ni yo, siendo completamente verdad. Unas tetas poco menos que perfectas contra Al Gore y el CO2…

Estaba enfadada. AL menos lo parecía. No quería hacer nada y me ha pedido que la llevara a casa. Así lo he hecho, pero me ha despedido en el coche y no me ha dejado subir con ella. “Estoy cansada. Mañana nos vemos”.

A ver como lo arreglo…

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