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Posts Tagged ‘estación’

Siguiendo con la anterior entrega, Nepal (1) – Katmandú, continuo con las aventuras en Nepal.

Que necesitábamos un guía fue algo que se demostró muy temprano por la mañana. Madah apareció en el hotel puntual y nos arrastró a dos minúsculos taxis (del tamaño de un R5 de los de antes) donde nos acercaríamos a la estación de autobuses. En los taxis viajaríamos, además de nosotros cuatro, los dos serpas y el guía, los dos conductores y las diez mochilas… una prueba digna del “Qué apostamos”. Conseguimos superar la prueba, aunque no sin esfuerzo. Y casi sin darnos cuenta estábamos otra vez inmersos en la vorágine caótica del tráfico mañanero. Eran las seis y media de la mañana.

En nuestro deambular del día anterior habíamos visitado Thamel con sus tiendas de artesanía y las calles situadas al sur entre Thamel y la plaza Durbar. Y las calles situadas todavía más al sur de la propia plaza Durbar hasta una carretera más gorda y llena de coches que no nos atrevimos a cruzar. Aún así, y aunque creíamos lo contrario, apenas habíamos salido de la parte de Katmandú más benigna para el turista. Lo que contemplamos desde las ventanillas del taxi era aún más típico y pintoresco.

No hay dinero para zapatos, pero si para un móvil

No hay dinero para zapatos, pero sí para un móvil

Esa parte de la ciudad era más sucia y maloliente que lo que habíamos visto. El barro producto de la lluvia torrencial de la noche no ayudaba demasiado a mejorar el aspecto general de las calles. Los montones de basura tampoco, aunque lo de las vacas o los perros comiendo de ellos ponían una guinda pintoresca a la estampa. Aún así, la gente parecía ignorar todo aquello y preparaban sus chiringuitos ambulantes de comida, los puestos de venta de carne o disponía los montones de ropa occidental en sábanas en el suelo. Los niños de uniforme se dirigían al colegio y se veía a más de un serpa con su pesado fardo a la espalda. Podíamos decir que Katmandú se preparaba para el ajetreo de un día normal.

En un determinado momento los taxis se detuvieron en una cuneta y nos bajamos. Habíamos llegado a la estación de autobuses. La única diferencia entre la estación de autobuses y los montones de basura que habíamos dejado atrás era que, nuestro montón de basura, también tenía tres furgonetas aparcadas y muchas personas apelotonadas a su alrededor. Ese sería nuestro transporte hasta Besi Sahar, por así decirlo.

Dicen que donde viajan 15 entran perfectamente 25, apretujándose todos un poco. Si además viaja alguien en el techo de la furgoneta, ese dicho es aún más cierto. En nuestro caso ese que viajaba en el techo era un niño, el cual supongo que se agarraba a nuestras mochilas. Aquello nos hizo gracia… lo del niño en el techo, lo de ir apretujados… incluso la música del radiocasete. Pero la gracia duró una media hora, más o menos. El resto del viaje, las siguientes seis horas, fueron muy duras: envidiamos a la clase turista de los aviones… al menos ellos tienen más espacio.

Nuestro bus

Nuestro bus

Las carreteras en Nepal no están muy bien. De hecho, las dos que tienen, están fatal. Y de las dos que hay (que lo mismo son tres), nosotros cogimos la más transitada: la que va desde Katmandú a Pokhara. Esta carretera discurre por una serie de profundos valles y sus correspondientes ríos de aguas turbulentas, colinas repletas de bancales de arroz y pequeñas poblaciones agrícolas. En un alarde de originalidad, la denominan “Prithvi Highway”, demostrando que no tienen muy claro lo que es una autopista. Pero desde luego que el viaje por esta autopista es muy interesante… entre otras cosas (pero no fundamentalmente) porque las vistas que se disfrutan de los valles son impresionantes. Los ríos se meten en el fondo de profundos barrancos… barrancos junto a los que discurre la carretera, estrecha y bacheada, muchos metros más arriba. En ocasiones hay puentes de hierro (en apariencia sólidos) que atraviesan esos barrancos y se cambian de margen del río. La palabra “barranco” cobra una importancia capital, sobre todo teniendo en cuenta que los conductores de camiones, de furgonetas repletas hasta el techo de viajeros o los propios autobuses, motocicletas o coches particulares tienden a circular con los mismo hábitos que apreciamos en Katmandú… esto es, a toda velocidad y por donde les da la gana. De hecho lo que hace realmente interesante la Prithvi Highway es que no sabes en qué momento te va a sorprender la muerte. Me explico:

El transporte tipico

El transporte típico

Imaginemos que delante de nuestro vehículo (recordad, una furgoneta cargada hasta los topes) hay un camión enorme subiendo como puede por la empinada carretera. A lo mejor va dos kilómetros por hora más despacio. Es inaceptable y el conductor de la furgoneta (en la que vamos) decide adelantar. Para ello invade el carril contrario mientras le da al claxon como si en ello le fuera la vida. En realidad en ello le va la vida, porque en el carril contrario seguramente vendrá un vehículo, y al escuchar esos pitidos lo más seguro es que ande alerta. El sistema funciona… porque prueba de ello es que estoy aquí. Pero acojona un huevo.

Cualquier lugar es bueno para vender manzanas

Cualquier lugar es bueno para vender manzanas

A veces un camión se estropea en mitad de una cuesta y la marcha se para. Y en ese momento aparecen de la nada decenas de vendedores ambulantes: bananas, manzanas, botellas de agua (con o sin precinto), bolsas de patatas fritas o scnacks locales (muy picantes)… cualquier cosa es ofrecida por las ventanillas. Y, misteriosamente, en el momento en que la marcha se reanuda, desaparecen sin dejar rastro…

Otra curiosidad de las carreteras Nepalesas es la decoración de sus vehículos. Los camiones llevan cintas de colores atadas a los radiadores o las ruedas, a veces hasta el punto de que es difícil ver por el parabrisas; o pinturas de lo más variopintas adornando la caja, encima de los faros algunos llevan pintados unos ojos, o lemas como “Speed limit” en los parachoques. Ver una caravana de camiones circulando por la carretera recuerda al circo cuando llega a la ciudad. Y como el claxon es tan importante para ellos (su vida depende de ello), lo personalizan con sus propias melodías, por lo que estar en un atasco es como un día de feria… en cada momento uno espera escuchar cosas como “Que alegría, que alboroto… otro perrito piloto”.

Para que luego digan del transporte público de España

Para que luego digan del transporte público de España

Después de una parada para estirar las piernas, llegamos a Dumre, una encrucijada de caminos y un crisol de culturas del que ya hablaré más adelante, giramos a la derecha y nos encaminamos hacia Besi Sahar, lugar donde alquilaríamos un Jeep para intentar acercarnos la máximo posible al lugar teórico de inicio de la ruta. Besi Sahar estaba repleta de turistas, grupos y más grupos de montañeros esperando para lo mismo que nosostros… un transporte. Chewan, nuestro guía, estuvo vivo y nos consiguió plazas de lujo en un destartalado Jeep… de lujo por ser al lado del conductor (y poder dejar constancia gráfica del viaje), pero donde se botaba igual o más que en el resto del vehículo. Esos últimos 9 kilómetros fueron la mar de divertidos.

El Jeep nos llevó hasta un pequeño pueblecito llamado Bhulbhule, colgado sobre el río Marsyangdi Nadi, el que sería nuestro inseparable compañero de viaje durante los próximos días, y al que se llegaba pasando por un espectacular puente colgante. Allí pasaríamos la primera noche en un lodge.

El puente colgante de Bhulbhule

El puente colgante de Bhulbhule

Antes de acostarme, mantuve una charla con Lentillas. La verdad es que aunque el día había sido excitante, había algo que me rondaba en la cabeza, y tenía cierto regusto amargo. La intención para después del trekking era ver el país por nuestra cuenta… pero si las estaciones de autobuses eran como las habíamos visto, y era la única posibilidad para moverse por Nepal, estando cargados con dos enormes petates por cabeza como estábamos… las probabilidades de que saliera bien eran más bien remotas. Casi me estaba inclinando por dejarnos llevar por la agencia de Madah a hacer un tour por la selva… como un vulgar turista. De todas maneras decidimos retrasar la decisión hasta el último momento.

Una araña grande como puño

Una araña grande como puño

Debería contaros algo acerca de las arañas grandes como puños y peludas como cosas que sean peludas que había un poco por todas partes… pero sólo acordarme de ellas me da repelús. Así que no os diré nada.

Próxima entrega: Nepal (3) – Trekking.

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A veces parece que el guionista que mueve los hilos de mi historia sea un poco melodramático y bastante clásico. Seguramente, cuando decidió que ayer debía de tocar una especie de capítulo de despedida, echó mano al manual del buen guionista y bajo la D de Despedidas leyó… cielo encapotado, día lluvioso, música romántica. Y se puso a escribir…

Efectivamente el cielo estaba nublado y llovía. Llovía lánguidamente, si es que la lluvia puede ser lánguida. Las primeras notas de la canción “Eternal Flame” sonaba en la radio, como si quisiera acompañar el momento, y yo pensaba en qué decir y qué hacer a continuación, mientras el limpiaparabrisas se movía rítmicamente de un lado para otro. Los tenía conectados para no perderme el momento en que Huracán saliera del hospital, porque cada segundo que estuviéramos juntos sería precioso. No, no es que me haya vuelto un romántico empedernido… es que Huracán cogería un autobús en apenas cincuenta minutos…y ese será todo el tiempo que estaremos juntos hasta final de año.

Estas son fechas para estar en familia. O eso es lo que dicen. Huracán ha estado trabajando duro en el turno de noche para poder tener toda la semana de vacaciones en su casa… con los suyos. Así que se me marcha a celebrar las fiestas en familia. Podría haberme ido con ella. Podría… pero, como he dicho, estas fiestas son para pasarlas en familia y, teniendo en cuenta que no voy a pasar final de año con mis padres, no podía faltar.

Huracán salió por la puerta y me buscó con la mirada. Sabía que estaría allí porque habíamos acordado que iría a recogerla y a llevarla a la Estación de Autobuses, como aquella otra vez, tan lejana ya en el tiempo. Salí del coche, a pesar de la lluvia, y la hice señas para que se acercara. Se la veía cansada, después de 10 horas de trabajo, pero aún así sonreía debajo del paraguas.

– ¿Estás segura que quieres marcharte…? mira que mi madre hace un cordero que quita el sentido… – Le dije después de besarla.
– Sí, Sr. K. Además, será sólo una semana…
– Técnicamente nueve días… 228 horas… más de trece mil largos minutos… – No es que sea un hacha en cálculo mental… es que lo tenía preparado de casa. A veces me da por calcular cosas antes de dormirme…
– Que tonto eres.
– No lo sabes tú bien…

En la estación de autobuses había una frenética actividad. No me imaginaba yo que un sábado por la mañana hubiera tanta gente dispuesta para viajar… aunque con estas fechas de por medio, es comprensible. Faltaban veinte minutos para que saliera su autobús y los esperamos tomando un café asqueroso en la cafetería de la estación. A diferencia de la otra vez, no se mencionó ni una vez a cierto camarero…

– ¿Llevas la caja de puros para tu padre y el pañuelo para tu madre?
– Sí, van en esa bolsa. La bolsa de los regalos.
– ¿Y el peluche para tu sobrina?
– En la misma bolsa
– ¿Me vas a echar de menos?
– Mucho. ¿Y tú a mí?
– Todo el tiempo… bueno, yo mucho… pero “él” más…
– Cochino

Bajamos a la dársena donde ya estaba anunciado el autobús. Había mucha gente trajinando con las maletas junto al autobús, y rodeando al conductor. Sólo faltaban cinco minutos para el lanzamiento cuando conseguí hacerme un hueco para sus maletas así que tendría que ser una despedida condenadamente rápida.

Nos abrazamos muy fuerte, y nos besamos. La tenía agarrada fuertemente por la cintura, como si me diera miedo soltarla… va a ser el tiempo más grande que hemos estado separados desde que volví de vacaciones… y uno se acostumbra demasiado rápido a lo bueno.

– Te quiero, Huracán.
– Te quiero.
– Y te quiero ver de vuelta el 28…
– Ja ja ja, descuida… aquí estaré.
– Se buena…
– Lo seré. A ver si me dejan dormir… aunque con la lotería no creo que pueda. Oye, lo mismo nos toca.

Nos volvimos a besar por última vez y se montó en el autobús. No dejó de mandarme besos desde la ventanilla hasta que se marchó. Y yo me quedé allí, viendo alejarse el autobús y ya echando terriblemente de menos a Huracán.

Al montarme en el coche en la radio estaba ya el soniquete de la lotería. No tenía ninguna esperanza de que me tocara, porque es sabido por todo el mundo que resulta muy complicado que a una misma persona le toque dos veces seguidas.

Y a mí ya me había tocado Huracán.

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