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Posts Tagged ‘Eva’

Tal y como os contaba ayer, al salir me encontré con una escena propia de una película porno, salvo por el hecho de que yo no era el técnico de la fotocopiadora, ni tampoco el fontanero… sólo era un tipo grande con una toalla atada a la cintura (y con los calzoncillos puestos debajo, ojo, que tampoco es que me guste ir provocando al personal).

Eva estaba tumbada boca arriba, en la diagonal de la cama de matrimonio. Desde mi posición parecía estar desnuda. Encima de Eva sentada a horcajadas sobre sus caderas, y dándome la espalda, estaba La Portuguesa, vestida sólo con la camiseta de tirantes que traía puesta cuando la vi en el comedor y lo que a mi entender eran las braguitas. Eva apoyaba sus manos en los morenos muslos de La Portuguesa mientras esta le sobaba los brazos, el pecho, el cuello y la cara, con movimientos lentos y sinuosos (no sé si se puede usar esta palabra). Yo me quedé petrificado en la puerta del baño, sin atreverme a moverme, no fueran a dejar lo que estaban haciendo. Me di cuenta de dos cosas… la primera era que 40 kilómetros no son suficientes como para hacerme “perder el ánimo”, dada la reacción de alguna parte de mi cuerpo… y que sólo tenía una gomita en mi poder: El condón de emergencia de la cartera. Ese condón que todo hombre debe llevar… por si acaso.

Entré en el baño y abrí el botiquín buscando, iluso de mí, una caja de preservativos. Por alguna extraña razón pensé en ese memento que era lógico que en botiquín hubiera preservativos y no tiritas, ya que a un tugurio como ese era más probable ir a echar un polvo que a hacerse un corte. Pero no los había. Y con un condón no tendría suficiente para las dos mujeres… aunque llegué a la conclusión de que ese problema lo afrontaría y resolvería a su debido momento.

Joder, joder, joder… ¡un trío! Cuantos tíos no habrían dado su brazo derecho por participar en uno… y con ese par de bellezas además. Y, encima, lo más difícil ya estaba hecho. Ellas ya se estaban liando y, sabían perfectamente que yo estaba allí… así que me estaban indicando bien a las claras lo que querían que pasara allí dentro… desde luego alguien en el Olimpo debía de quererme mucho.

Me fui acercando lentamente a la cama y dejé caer la toalla de mi cintura. Y allí estaba yo, en calzoncillos y, aunque es de mala educación apuntar, no podía evitarlo… salvo que… Eva no estaba desnuda. Sólo se había subido un poco la camiseta y el pantaloncito corto quedaba oculto por las piernas de La Portuguesa. Y ya puestos, La Portuguesa no llegaba a tocar a Eva en ningún momento… dejaba las manos unos milímetros por encima de su piel y sólo las movía. De vez en cuando elevaba las manos al aire y soplaba, para volver a ponerlas casi sobre el cuerpo de la valenciana…

Sin decir ni pío retrocedí unos pasos hasta la toalla, que recogí y me volví a atar a la cintura. Y sólo entonces me atreví a decir:

– Ejem… chicas… eh… ¿Qué hacéis?
– Le estoy dando un masaje de energía… – dijo La Portuguesa – Uso mi cuerpo como catalizador y le transmito la energía positiva del universo que pasa a través de mí… – Había perdido todo el ánimo de repente.
– ¿De verdad?

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo. Tiempo después me enteré que a eso se le llama Reiki.

– Cuando terminéis apagad la luz.- Dije mientras me metía en mi pequeña cama… solo.

Me tapé con la sábana y me dispuse a dormir y descansar las piernas. Pero no me dormí… digamos que no soy fácilmente impresionable, pero tampoco es que estuviera demasiado tranquilo. Al rato escuché movimiento en la cama de al lado y pude ver como La Portuguesa se acostaba. Por el contrario, Eva se sentó en su lado de la cama, el más cercano a mi cama y me llamó.

– ¿Duermes?
– Ya no. Dime…

Y en qué hora dije ese dime. Por que me dijo. Y me dijo muchas cosas. Me contó que se había escapado de casa, que la estaban buscando para internarla en un centro psiquiátrico para someterla a un tratamiento… que ella no estaba loca, pero que a veces le daba por pensar cosas… raras (y no entró en detalles para añadirle mayor intranquilidad a la situación) y me dijo que conmigo se sentía muy a gusto porque yo sabía escucharla y se notaba que era un tío maduro… luego me deseó las buenas noches y se acostó. Supongo que se durmió.

Yo no.

Recapitulando. Estaba en una habitación de un sórdido Hostal con dos mujeres a las que en realidad no conocía de nada, una de las cuales se autoproclamaba catalizador de la energía positiva del universo, aunque dormía apierna suelta. Y la otra… fugitiva de un psiquiátrico.

A la mañana siguiente me levanté temprano. A las 7 de la mañana o incluso antes. No había pegado ojo en toda la noche y todavía tenía casi otros 40 kilómetros que hacer… kilómetros que no pude completar. Es más… esa noche la pasé en el hospital de Santiago… pero esa es otra historia (que seguro que os contaré)

Este ha sido, hasta el momento, el mejor trío en el que he participado… espero que en el próximo pueda tocar teta.

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Tras la primera entrega, continuo con la segunda parte.

Así que estaba decidido… después de comer me iría con la guapa valenciana con destino Santiago de Compostela, y con parada en noche tórrida de sexo. Llamé al albergue de peregrinos y me confirmaron que no había sitio, pero me dieron el número de un hostal en el propio pueblo. Reservé una habitación para dos y quiso la diosa fortuna de nuevo que sólo tuvieran libre una cama de matrimonio. La situación estaba mejorando por momentos… Aún así, y porque no quería que pensara que era una encerrona, decidí comunicárselo.

– No hay problema. – Me dijo – pero he hablado con mi amiga La Portuguesa y también se apunta… ¿Puedes preguntar si hay sitio para los tres?
– Bueno… voy a probar… pero ya sabes… en esta época… año santo… en fin… será difícil…

Conseguir que una bella y joven desconocida se meta en la misma cama de uno en un hostal de mala muerte es difícil. Montarte un trío con dos bellas y jóvenes desconocidas en un hostal de mala muerte entra dentro de lo casi imposible. Así que quedé convencido de que todo había sido una imaginación mía y que la valenciana no quería nada más que conversación y un besito en la frente de buenas noches. Recé para que no hubiera sitio, pero no me sonrió la fortuna en ese momento… o sí, quien sabe.

Me despedí de mis amigos peregrinos entre abrazos y promesas de quedadas futuras. Sólo cumplí una, con la guapa Princesa Leia, pero esa es otra historia que no viene al caso ahora mismo (pero que sin duda contaré algún día). Me costó dejarles porque les había cogido mucho cariño… y eso que habían sido nada más que diez días… aunque diez días muy intensos. Pero llegar a Santiago era importante para mí.

Salí solo y caminando a buen ritmo por los solitarios caminos de tierra de la bella comarca Lucense, sorteando flechas amarillas y poyetes de piedra con engañosas promesas de descanso. No hay que olvidar que yo ya llevaba una etapa completa de veinticinco kilómetros por la mañana y que me esperaban otros quince kilómetros por la tarde… como si fuera una maratón, pero cargado con una pesada mochila. Eva y La Portuguesa decidieron seguirme más tarde, una vez que consiguieran que algún taxista les llevara la mochila al Hostal… así que yo me adelantaba para hacer efectiva la reserva.

Resumiré los quince kilómetros como demasiado largos y desesperantes. Sobre todo los últimos dos o tres, que ya caminé con el sol prácticamente oculto, se me hicieron eternos. Pero por fin llegué al hostal, poco antes de las diez de la noche. Estaba cansado y casi agradecí que al final no hubiera fiesta con la valenciana porque no estaba seguro de poder dar la talla. Estaba tan cansado que ni subí a la habitación y cené en el comedor del hostal, solo, con la compañía de un televisor sin volumen y un tapiz de unos perros jugando al póquer (que puede dar una idea del nivel del establecimiento).

Eva y La Portuguesa llegaron poco antes de que terminara el café. Venían tan frescas y descansadas como puede ir alguien que ha cogido un taxi y no ha tenido ni que levantar la mano para pedirlo. La Portuguesa, a la que no había visto antes, era un poco más baja que Eva, morena de piel y más mayor que ella. Yo le echaba como un par de años más, como mucho. Una larga melena morena, lisa y brillante le caía sobre los hombros y casi, y digo casi, ocultaba un escote generoso. El pantalón vaquero recortado contorneaba sus firmes piernas y le hacían más que atractivo el culito respingón… lástima que lo del trío fuera prácticamente imposible…

Subimos a la habitación y nos repartimos las camas. Para ellas, la de matrimonio. Para mí, la supletoria. Teniendo en cuenta que llevaba ya tres días durmiendo en el suelo, una cama supletoria era un lujo asiático en comparación. Me metí en la ducha (Un huevo-ducha para ser más exactos) y me dediqué un buen rato a quitarme el polvo del camino, a hacerme las curas de rigor en las rozaduras, darme crema en los pies y en las piernas y, también, a recortarme un poco la poblada barba de dos semanas. Lo que se dice un repaso completo.

Y al salir…

Lo que pasó al salir lo veremos mañana en la tercera y última parte del trío (tres partes para un trío… menos mal que no fue una orgía con 144 personas)

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A petición de Anita, aquí os pongo una cosa que me pasó una vez que me surgió un trío. Va por entregas… como siempre. Espero que os guste y, sobre todo, no olvidéis que es 100% real.

En la empresa en la que trabajaba antes, era obligatorio que me cogiera el mes de vacaciones todo seguido y en época estival. Así que tenía que pensar planes interesantes que me llenaran todos esos largos días de verano. Aquel año no fue diferente. La segunda quincena transcurriría en compañía de Bob el silencioso, Lentillas y otra amiga, en las siempre verdes tierras asturianas, transitando por el poco conocido Camino de Santiago Primitivo. Un plan deportivo-turístico-cultural. Sinceramente: lo importante era que venía Lentillas… el donde era lo de menos.

Pero los primeros quince días estaba sin plan alguno. Se me ocurrió que podría ser interesante irme al cabo de Gata y aprender a hacer submarinismo. Busqué por Internet escuelas de buceo y encontré una en la que impartían un curso de 7 días, con examen para la licencia y todo. Y no era demasiado caro. Encontré también un hotelito a dos kilómetros del centro de buceo con una habitación individual muy cuca y tampoco demasiado cara. Demasiado cara para ser julio y temporada alta, claro. Sólo me faltaba reservar los billetes de autobús.

El problema era que no conseguí engañar a nadie para que se viniera conmigo. Y eso era la parte más negativa del plan. Porque poniéndome en lo peor, estaría solo en Almería, el submarinismo no tendría por qué gustarme y, siendo sinceros, pesando 100 kilos y usando una talla 48 de pantalón, el traje de neopreno no es precisamente lo más favorecedor… a no ser que para uno favorecedor sea parecerse a una morcilla. Y en eso pensaba cuando llegué a la estación de Autobuses, con mi mochila al hombro, mis sandalias de turista y mi cámara de hacer fotos colgada del cuello.

Y en eso pensé cuando, mirando el panel luminoso de salidas y llegadas, vi el nombre de una ciudad que trae siempre muy buenos recuerdos… León. Allí comencé mi primer Camino de Santiago años atrás, conocí a un montón de gente… El Camino de Santiago… joder qué recuerdos… allí nunca estás solo y pasan mil cosas… y… y…

Y cambié el billete de autobús, anulé la reserva del hotel y cancelé el curso de buceo… y me monté en un autobús sin tener nada reservado, destino a un futuro incierto… lo que se dice un impulso. De haber estado una mujer cerca, le habría regalado flores.

Terminada la introducción, volvamos a lo del trío.

Habían transcurrido como diez días. Me pasaron un montón de cosas, conocí a un montón de gente con la que formamos un grupo enorme de peregrinos y peregrinas, y lo que es mejor, me encontraba realmente bien físicamente, tras tanto tiempo caminando sin parar. Pero estaba en una encrucijada, porque había quedado en Lugo con Lentillas y los demás un determinado día, lo que me dejaba un tiempo muy limitado para llegar a Santiago abandonando a mis nuevos amigos, o seguía con ellos todo el tiempo que pudiera y me olvidaba de llegar a Santiago. No existía la posibilidad de de quedarme más tiempo y llegar a Santiago con mis amigos, porque habría supuesto un día menos de estar con Lentillas… y eso era inconcebible.

Había estado retrasando el momento de la decisión todo lo que pude… pero llegué a un punto de no retorno. Si abandonaba a mis amigos para acelerar el paso y llegar a Santiago en el tiempo previsto tenía que hacerlo en ese momento… o, mejor, después de comer… ahí tendría que elegir definitivamente qué hacer.

La decisión no la tomé yo. La tomó Eva. ¿Qué quien era Eva? Si esa pregunta me la hubieran hecho antes de comer no habría sabido contestar… porque no la conocía. Pero quiso la diosa fortuna que se sentara a mi lado en la gran mesa durante la comida. ¿Qué si era guapa? Mucho, como no podía ser de otra forma. Pelo rubio, liso, hasta los hombros, ojos verdes y grandes. Una tan bonita como frecuente sonrisa y una voz clara. Un poco más bajita que yo y delgada, aunque con formas femeninas y un cuerpo bronceado. ¿Qué cómo es que ella tomó la decisión? Pues muy sencillo… haciendo el Camino de Santiago hay dos temas de conversación recurrentes: Las ampollas (todo el mundo las sufre tarde o temprano) y la “etapa” de mañana. Así que, como no me parecía muy seductor hablar de pequeñas elevaciones locales de la epidermis por acumulación de fluido, hablamos de la etapa del día siguiente.

– Mi intención es llegar a Santiago pasado mañana… – Le respondí. Aunque sin estar seguro del todo todavía.
– Eso son sólo dos días Pero si quedan todavía casi ochenta kilómetros por lo menos…
– Por eso pretendo continuar, ahora después de comer, otros 15 kilómetros más… hasta Melide. Mañana otra pequeña machada más hasta Arca, y los últimos 20, para pasado mañana… se puede hacer. Así llego un día antes del día grande… sin tanto mogollón de gente.
– ¿Sabes qué? Me has convencido… me voy contigo.
– Bueno… si quieres… lo único es que a lo mejor nos toca dormir juntos, porque siendo las fechas que son, no habrá libre ningún albergue y pretendía dormir en hostales…
– Yo no veo ningún problema en eso… – Puede que fueran imaginaciones mías, pero me pareció ver un brillo especial en sus ojos.

La lógica, alentada por mi calenturienta imaginación, decía que si una tía a la que no conoces se ofrece a acompañarte a una habitación de un hotel… no es precisamente a dormir, ¿No?

Obviamente Eva y yo éramos dos y para un trío faltaba uno… o una. Mañana continúo con la historia, que se me está alargando mucho… y no quiero dejarme nada en el tintero.

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