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Posts Tagged ‘ficción’

Esta semana el relato de los jueves trata sobre Animales humanos y humanos animales. Lo que pasa es que yo me he saltado una de las partes de la condición. En realidad me he saltado dos partes de la condición, porque mi relato de los jueves ha salido publicado el viernes. Está escrito en unos 10 minutos, en lugar de ir a tomar café con mis compañeros. Así que el relato, el diálogo más bien, no está bien. Pero no quería faltar (aunque me haya saltado unas 24 horas).

[…]

– Joder tío… no me como una rosca
– No digas eso…
– Llevo meses sin…
– ¿Nada?
– Nada
– ¿Y como puedes…?
– ¿Aguantar?
– Sí
– Me subo por las paredes…
– Tienes hasta mala cara
– ¿A que se me ve más apagado?
– Ya te digo
– Y no sé que hacer…
– ¿Has probado a… ya sabes… frotarte?
– ¿A frotarme?
– Sí
– No sé cómo se hace eso
– Es muy fácil… Mira. Así.
– Hala tío… ¿Y no te duele?
– No que va… hasta da gustito y todo
– Voy a probar… joder… no me sale
– Déjame que te ayude… ¿Ves?
– Es verdad… sí… da gustito…
– Y si lo hacemos los dos juntos mola más…
– ¿Y esto les gusta a ellas?
– Las vuelve locas…

[…]

(Extracto de una conversación de chicharras adolescentes un día cualquiera de verano)

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Otra innovación. Esta vez, en lugar de ser un relato, es un guión de un corto de cine. Serían como 10 minutos de cortometraje y 7 personajes, con otras tantas localizaciones. Digo todo esto por si hay algún director de cine que quiera llevar esto a la gran pantalla…

**************** * ****************

Un puño golpea varias veces una puerta con los nudillos.

Antonio
Ramón, abre, que sé que estás en casa.
Ramón (voz en off)
Vete Antonio, que no quiero ver a nadie
Antonio
Viene alguien a verte, Ramón, y creo que te interesará…

Ruido de alguien corriendo y tropezando con algo y maldiciendo. Ramón abre la puerta de sopetón y se encuentra con Antonio, solo.

Ramón
Me has engañado. No hay nadie…
Antonio
¿Qué pasa… yo no soy nadie? No te da vergüenza encerrarte en casa como… ¿Pero que coño es esta peste? ¿Cómo has podido dejarte de esta manera? Si ella te viera en esta situación se descojonaría de ti en tu cara.

Ramón se da la vuelta y entra de nuevo en la casa. Antonio le sigue y va viendo el desorden y la suciedad de la casa. Cajas de pizzas con trozos secos dentro. Botellas de alcohol vacías tiradas por ahí. Fotos de Marga y Ramón felices. Llegan a la habitación de matrimonio, en completo desorden. Ramón se tumba en el suelo, al lado de la cama. Antonio hace el ademán de sentarse en la cama, junto a él.

Ramón
¡No! ¡Que deshaces la cama!
Antonio
Pero si está deshecha hombre…
Ramón
Todavía guarda su forma y su olor…
Antonio
¿Cuanto tiempo llevas durmiendo en el suelo, Ramón?
Ramón
Mucho.

Antonio mira a Ramón con cara de aburrimiento, abre el armario coge una camisa y se la da a Ramón.

Antonio
Tú y yo, amigo, vamos a tomar un poco el aire. Ya te estás vistiendo… pero antes dúchate, por dios, que parece que se te ha muerto alguien en el sobaco…

Ramón y Antonio están sentados en una mesa en el bar.

Antonio
Tienes que sobreponerte, hombre. Marga se fue. Supéralo. Las cosas terminan y lo vuestro se terminó. Pasa página, colega. Además… estar sólo no es tan malo… no rendir cuentas a nadie, ver todo el fútbol que quieras, volver a salir con los amigos de caza…
Ramón
Pero si llevas dos años sin comerte un rosco…
Antonio
Gracias por recordármelo, amigo. Eso hace que me sienta mejor… El problema es que las tías no saben apreciar lo que, para mí, son atractivos más que evidentes…
Ramón
Marga va a volver. Lo sé. Ella dice que es para siempre, que ha dejado de quererme. Pero creo que Marga tiene dudas. Ahora pensará y se dará cuenta de que es un error. Marga y yo no sabemos estar el uno sin el otro. Me llamará y volveremos a ser felices…
Antonio
Ayer mismo la vi en el bar riéndose a carcajadas. Jamás la había visto la boca tan grande…. No seas gilipollas.

Le suena el móvil a Ramón, y lo saca con nerviosismo del pantalón. Poniendo cara de “Te lo dije” a Antonio. Mira el número ilusionado y cuando lo ve parece extrañado.

Ramón
Perdona… ¿Ana?

Ana está delante de una centralita atendiendo llamadas. Lleva unos cascos con micrófono y mientras habla con Ramón presiona botones de la centralita, cortando llamadas entrantes.

Ana
Hola Ramón… ya me he enterado… ¿Cómo estás?
Ramón
Bueno… (Suspiro) he estado mejor…
Ana
Ramón, el mundo no se acaba con Marga. Anímate hombre. Hay más peces en el mar, y mejores que ella. Seguro. Además tú eres un tío muy majo…
Ramón
(Suspiro) No seré tan majo si me ha dejado…
Ana
No digas eso. Ya verás como se te pasa. Y ya sabes que estoy para lo que necesites… para hablar o lo que sea… ¿Quedamos luego para comer?
Ramón
Gracias, Ana… es que no sé si…
Ana
Venga hombre que te ayudará… Me escapo del curro un rato y me paso a las dos por tu casa, que me queda cerca. ¿Te va bien?
Ramón
Eh, si…
Ana
Pues allí estaré. Un beso Ramón.

Ramón cuelga el teléfono y lo mira extrañado, como pensando en algo que no le cuadra. Se encoje de hombros como descartando una idea estúpida y lo deja sobre la mesa.

Ramón
Era Ana… una amiga de Marga… me parece que he quedado para comer con ella
Antonio
¿Ves lo que decía? Eso está bien. Tienes que salir y divertirte, hombre… tienes que olvidar a Marga de una vez por todas… hay un millón de tías ahí fuera…
Ramón
Lo sé, tío, pero no puedo. No encuentro fuerzas ni para ir a trabajar. La echo tanto de menos… todo me recuerda a ella… Pero me va a llamar, tío, lo sé…
Antonio
Gilipollas

Le suena el móvil a Ramón, y se abalanza sobre él. Nuevamente mira el número con cara de ilusión y cuando lo ve parece incluso más extrañado que antes.

Ramón
Perdona Antonio… ¿Maite?

Maite conduce un coche entre mucho tráfico. Habla por el manos libres.

Maite
Hola Ramón… ya me han contado… ¿Cómo estás?
Ramón
Bueno… (Suspiro) tirando…
Maite
Ella no te merecía, Ramón. Verás como tendrás decenas de mujeres detrás de ti…
Ramón
(Suspiro) Pero seguro que no son como Marga…
Maite
Marga es invecil. Infantil y caprichosa. Las hay mucho mejores, ya lo verás. Darás con una que sabrá ver lo genial que eres… y lo atento… y lo guapo… Ya sabes que estoy para lo que necesites… para hablar o lo que sea… Estoy llegando a Madrid… ¿Tomamos un café luego?
Ramón
Gracias, Maite… pero no sé si seré buena compañía en este momento…
Maite
No voy a aceptar un no por respuesta… arreglo unas cosillas y me paso por tu casa a las cuatro. ¿Vale?
Ramón
Eh, bueno…
Maite
Pues allí estaré. Un beso Ramón.

Ramón cuelga el teléfono y lo mira extrañado otra vez, como pensando en lo que no le cuadraba antes. Sonríe levemente pero se encoje de hombros como descartando la idea y lo deja otra vez sobre la mesa.

Ramón
Era Maite… otra de las amigas de Marga… tengo que tomar café con ella en casa…
Antonio
¿Y tiene muchas amigas Marga?
Ramón
Unas cuantas… ¿Por qué?
Antonio
No, por nada… porque en estos dos años me podrías haber presentado a alguna… digo yo…
Ramón
La verdad es que tiene muy buenas amigas, Y están muy buenas. Pero ninguna es como mi Marga…

Le suena otra vez el móvil a Ramón, y lo mira con interés. Lo coge y mientras mira el número se arregla un poco el pelo con la mano.

Ramón
Perdona otra vez Antonio… no sé que pasa hoy… ¿Pili?

Pili esta en el gimnasio, sentada en un banco de estiramientos, con una toalla al hombro y unas mallas muy ajustadas. A su alrededor hay gente haciendo pesas…

Pili
¿Qué tal andas, Ramón? ya me han contado… ¿Cómo estás?
Ramón
Bueno… un poco mejor
Pili
Me alegro. Marga es así, Ramón. Nunca ha sabido valorar lo que tenía.
Ramón
Supongo que tienes razón…
Pili
Y tú vales mucho, hombre. Tienes que estar con una mujer que aprecie lo que es tener un hombre de verdad, que la cuide y proteja… Por supuesto que sabes que estoy para lo que necesites… para hablar o lo que quieras… ¿Quedamos esta tarde, y hablamos?
Ramón
¿Quedar? Bueno… Si quieres… pero no estoy para muchas fiestas…
Pili
La última clase la doy a las 4. Lo que tarde en ducharme y salir ¿Te va bien a las 5? El gimnasio está al lado de tu casa…
Ramón
Mejor a las 6… porque tendré que ponerme un poco decente…
Pili
Ok. Verás como lo pasamos MUY bien. Un beso Ramón.

Ramón cuelga el teléfono y sonríe un poco a Antonio. Lo deja otra vez sobre la mesa.

Ramón
Era Pili… luego viene a verme un rato en casa…
Antonio
Amiga de Marga… me imagino. ¿Y es guapa?
Ramón
Mucho… ojos verdes, piel morena… una preciosidad. Profesora de Aerobic. Con un cuerpazo… Casi tan guapa como Marga… bueno, como mi ex…

Le suena otra vez el móvil a Ramón. Mira el número y se coloca el cuello de la camisa y se acaricia la barba de una semana. Lo coge. Antonio pone cara de resignación.

Ramón
Disculpa… ¿Laura?

Laura está en su casa, delante de un armario en ropa interior muy sexy. Está eligiendo ropa que ponerse. Coge conjuntos muy sugerentes y los va tirando sobre la cama. Habla con voz sensual.

Laura
Ramón… pobrecito… ¿Cómo estás?
Ramón
Bueno… bien
Laura
Me gusta que digas eso. Marga es tonta, siempre lo ha sido. Hemos dejado de hablarle todas, si te sirve de consuelo…
Ramón
Tampoco está bien que rompáis una amistad de años por esto…
Laura
A mí nunca me cayó demasiado bien esa arpía. No es una buena amiga… no como yo… Porque sabes que estoy para lo que necesites… para hablar o buscar consuelo… ¿Me invitas a cenar esta noche, y me cuentas?
Ramón
¿En mi casa?
Laura
Claro. Yo llevo el vino… y una sorpresita para después…
Ramón
¿A las 10?
Laura
Allí estaré. Verás como lo pasamos muy bien. Un beso Ramón.

Ramón cuelga el teléfono y lo deja sobre la mesa. Sonríe a Antonio mientras asiente satisfecho.

Ramón
Era Laura… he quedado para cenar con la mejor amiga de mi ex… Joder, tío… ¡está como un tren! Menudo pibón…

Suena nuevamente el teléfono. Ramón ve el número y cuelga mientras echa mano a la cartera y deja un billete en la mesa.

Antonio
¿Era…?
Ramón
Sí… era Marga. Pero creo que no viene bien para mi recuperación que hable con ella. Yo invito. Oye, me marcho que tengo que arreglarme… y adecentar la casa. Ah! Y no te preocupes por mi. Me has ayudado mucho, colega. Eres un amigo.

Ramón se va y Antonio se queda en la mesa solo. Saca el móvil del pantalón y lo deja sobre la mesa. Lo mira con un gesto de súplica y le da unos golpecitos a ver si suena…

Fundido en negro. Suena el teléfono de Antonio. Antonio lo descuelga con cara de sorpresa y media sonrisa en la cara.

Antonio
Hola, Beatriz.

Beatriz está sentada en un parque, disfrutando del agradable sol de la mañana.

Beatriz
Hola Antonio. ¿Como estás?

Antonio mira a la cámara con cara de pillo e inmediatamente cambia de gesto y pone voz lastimosa.

Antonio
Bueno… he estado mejor…
Beatriz
Pobre… bueno, otro día te llamo y me cuentas. Por cierto… ¿No tendrías el teléfono de Ramón? Es que he oído que está mal y querría llamarle para animarle un poco… ¿Antonio? ¿Antonio estás ahí? Me ha colgado… mira que no querer ayudar a su amigo…

FIN

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– ¿Y bien doctor… qué tengo?
– Bueno… no sabría decirle…
– ¿Pero es grave?
– No hemos obtenido datos concluyentes… el TAC es normal, la resonancia magnética no ofrece ninguna anomalía…
– Pero siguen estando ahí… yo las sigo oyendo.
– Casi podríamos descartar que sea algo neurológico… No parece tener ninguna lesión cerebral. ¿Y dice que lo oye desde que sufrió esa caída tonta en la calle?
– Sí doctor… tropecé con algo en la cera y resbalé pero conseguí recuperar el equilibrio… sólo que choqué con una mujer y la tiré al suelo, su bolso salió despedido por el aire y, al intentar cogerlo al vuelo, me caí en una zanja de las obras…
– ¿Y desde entonces le ocurre?
– Justo al salir de la zanja lleno de barro empezó todo…
– Esto se escapa a mis conocimientos… le voy a mandar a la consulta de una amigo mío… es un psicólogo muy prestigioso…

* * *

– Túmbese y relájese. A ver cuénteme qué le pasa…
– Verá… escucho… cosas…
– ¿Cosas? ¿No puede identificarlas?
– Sí… bueno… son voces…
– ¿Voces que le dicen que haga cosas?
– No…
– ¿Y qué dicen?
– No dicen nada… simplemente se ríen.
– ¿Se ríen siempre?
– No… sólo a veces…
– ¿Se ríen ahora?
– No.
– Y si yo digo… “¡Doctor, doctor! ¿Qué tal ha ido la operación? ¿Operación? ¿No era una autopsia?”

Jajajajajajaja jajajajaja jajajaja

– Sí, ahora sí… ¿No las oye, doctor?
– No, no puedo… pero tengo una buena noticia para usted. Ya sé lo que tiene.
– ¿De verdad? ¿Y es grave?
– No, no mucho. Son risas. Tiene usted lo que se llama El Síndrome de la risa enlatada. Es una forma menor de esquizofrenia. Tomando estas pastilas…

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El muchacho estaba nervioso. No era para menos… era su primera vez, y no tenía la más mínima experiencia. Pero tenía que pasar por ello… al menos había dado su palabra. Pero estaba nervioso. La mano le temblaba ostensiblemente, y no podía disimularlo incluso agarrando el vaso.

Como pudo dio dos tragos al vaso de güisqui sólo con hielo que tenía en la mano. Pero no lo saboreó. Le costó tragar y el alcohol llegó al estómago casi vacío al instante. Había vomitado un par de veces por los nervios poco rato antes y no se sentía mejor. Ni siquiera con los efectos de la bebida.

Fuera había jarana, se oía perfectamente los típicos ruidos de la gente acomodándose en sus butacas y las bromas de algunos sobre el lanzamiento de huevos al escenario. El saber que habría un lleno absoluto no le ayudó a serenarse… ni una caja de valium entera le habría serenado en ese momento.

Apareció el director y le avisó que se fuera preparando… sólo quedaban cinco minutos. Repasó mentalmente las palabras que tendría que decir y se dio ánimos a si mismo. Porque estaba solo en la sala de espera… dio igual que todo el mundo le dijera que lo haría bien… él era un flan en ese momento…

Y llegó el momento en el que le tocó salir.

Y allí estaba él, solo en el escenario, enfocado por un gran foco de luz blanca. Entre el público y su persona sólo había un micrófono, de los antiguos, con su base metálica y su cable ensortijado perdiéndose detrás del escenario. Y, aunque no los podía ver bien, sabía que había cientos de personas al otro lado, expectantes…

Nada. No había nada en su cabeza… ni una línea, ni una sola palabra… absolutamente nada. Tenía la mente en blanco. Rebuscó y rebuscó en su memoria pero no encontró nada en absoluto: se había olvidado el texto. Es que, por olvidar, se había olvidado ponerse la ropa… un simple calzoncillo de abuelo, blanco como la patena, era su única ropa.

Pasados unos pocos minutos, la gente empezó a murmurar… incluso uno del público se levantó y se encaramó al escenario… era alguien conocido… era el Rey del monólogo… era ¡Agustín Jiménez!

– Anda chaval… tira pa’tu casa… si es que si no sabes torear, pa’qué te metes… deja a los profesionales…

En ese momento me desperté empapado en sudor. Eran las siete de la mañana. Sólo quedaban algo menos de 90 horas para la actuación… y todavía no tenía un texto definitivo… y menos aprendido…

Esto ha sido lo que he soñado la noche pasada… puede que sean los nervios del estreno…

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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Abro un ojo y después el otro y miro a un sol sonriente de rojos coloretes que me saluda desde la ventana agitando una mano de cuatro dedos e impoluto guante blanco. Sé que debería sorprenderme, algo dentro de mí me lo dice, pero por alguna extraña razón no me produce sorpresa alguna. Como tampoco me sorprende ver como el sonriente sol se calza unas gafas oscuras y se eleva en el cielo como si tal cosa, entre algunas nubes con enormes ojos de mirada llorosa. Seguro que va a llover…

Quitando al sonriente sol, todo lo demás es más o menos normal. La misma puerta con la cerradura parlante, el mismo pitufo azul culturista de dos metros de alto y calzón blanco, la misma mesilla de noche saltarina con una pata vendada, y la misma lámpara de antimateria con la bombilla fundida… lo normal. Mientras me pongo los pantalones en cada una de mis cuatro piernas, un pato con un monóculo violeta pasa a mi lado deseándome buenos días y dejando encima de la mesilla saltarina con una pata vendada una bandeja con dos galletas y un vaso de leche caliente. Debe de ser mi desayuno. Despojo a las galletas de su traje de recluso naranja, típico de los condenados a muerte, y desoyendo sus súplicas y ruegos de clemencia, las voy mojando en el vaso de leche poco a poco y me las como.

Una linda mariposa de vivos colores entra por la ventana y revolotea a mi alrededor en un vuelo caótico. La miro con un interés inusitado, que hasta mí me sorprende, y mi mente divaga sola hacia pensamientos oscuros sobre huracanes en China y tornados en Cuba, catástrofes de esas que causan miles de víctimas inocentes. Mi pensamiento es tan profundo que apenas soy consciente de un hilo de baba que se desliza desde mi labio inferior y me empapa la camisa. Pero me resulta más interesante el vuelo errático de la mariposa, que ya no es tan errático sino que se ha posado en la pared y me mira con ojos malvados. A modo de provocación me saca la lengua y yo decido que lo mejor que puedo hacer es matarla, y salvar a esos millones de pobres chinitos y cubanitos de una muerte segura. Si la mariposa no bate sus alas, no habrá huracanes, o eso al menos es lo que he oído.

Golpeo una, dos, tres y hasta cuatro veces a la mariposa posada en la pared con el objeto más contundente que tengo a mano: mi cabeza. Y la habría golpeado más veces si no fuera por que el enorme pitufo azul culturista de dos metros me detiene. De todas maneras forcejeo intentando golpear a la mariposa asesina de nuevo con mi cabeza, ignorando un lacerante dolor en la frente, y el fino hilo de sangre que me tapa un ojo y me mancha la camisa. Pese a todo, los golpes en la cabeza han tenido un sorprendente efecto en mi particular manera de ver el mundo: El pitufo azul culturista de dos metros ya no es tal, sino que ha adquirido la forma de un fornido enfermero de hospital. La mesilla saltarina de la pata rota y vendada es ahora una simple mesilla con una pata rota, en donde hay un simple plato con migajas de galleta y gotas de leche, y una lámpara estropeada. Por la puerta con la cerradura, ya no más parlanchina, entra de nuevo el pato del monóculo violeta (con todo la cara de preocupación que un pato con monóculo de color violeta es capaz de poner), que se transforma paulatinamente en una fea enfermera de gruesas gafas de pasta. Es entonces cuando recuerdo exactamente donde estoy y que es lo que hago allí: Esto es un hospital psiquiátrico y yo soy un enfermo mental. O al menos eso es lo que dictaminó el juez basándose en un sesudo estudio de un nutrido grupo de psicólogos de bata blanca. Loco de remate, dijeron. Y en cuanto recuerdo por qué me internaron en tan horrible lugar me tranquilizo. El dolor es mayor que los numerosos golpes en la cabeza o el terrible abrazo de osos del enfermero. Es mayor que cualquier otro dolor habido y por haber. El dolor de saber que ya nunca jamás volveré a verla, que jamás volveré a ver su maravillosa sonrisa ni oiré su dulce y melodiosa voz. Jamás. Así lo dijo el juez, la primera vez, después de mi reiterado acoso. Antes de que me dieran por loco, después de mi intento de secuestro.

La enfermera tiene un pequeño botecillo en la mano. Sé que en cuanto me lo tome, mi amigo el pitufo culturista de dos metros, la mesilla saltarina y el sol sonriente de gafas oscuras volverán a la habitación. Quizá también se pase el pato de monóculo violeta con más frasquitos maravillosos y todo, todo, volverá a ser perfecto de nuevo…

Más relatos de la serie Despertares en los enlaces.
Primer Despertar
Segundo Despertar
Tercer Despertar
Cuarto Despertar
Quinto Despertar
Séptimo Despertar

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Poco a poco salgo de las nieblas del sueño y me despierto. Las sienes me laten intensamente y sé porqué es. Ayer no debí haber bebido tanto. Y a juzgar por el mal sabor de boca y por la lengua como un estropajo, tampoco debí haber fumado tanto. Pero me contento pensando que otras veces lo he pasado peor.

Por un momento permanezco con los ojos cerrados y me pongo a recordar la noche de ayer. Sólo llego a precisar que terminé en el mismo local de siempre y me encontraba en la barra. A parir de ese momento todo es una mancha borrosa en mi memoria. Por más que lo intento no consigo centrar ninguna imagen, aunque de todas maneras no me preocupo. Me encuentro extrañamente bien, mucho más relajado de lo que acostumbro a despertarme normalmente después de una borrachera. Y últimamente, desde que mi novia me dejó, he tenido muchas, así que podría decir que soy todo un experto.

Abro los ojos lentamente. Hay mucha luz en la habitación por lo que deduzco que es pasado el mediodía. De primeras me choca mucho el color de las sábanas: un color rosa suave. Me parece que en la vida he tenido sábanas de ese color. Aunque bien pensado, tampoco tengo en mi habitación un póster de ese cantante tan de moda últimamente. Y siendo totalmente sincero, tampoco tengo un tocador, ni un armario repleto de vestidos, ni un oso de peluche de tamaño gigantesco. Todas estas pistas me llevan a una sola conclusión: No estoy en mi habitación. Ahora bien… ¿Donde Estoy? En estos momentos es cuando más odio emborracharme.

Mientras estoy haciendo profundos esfuerzos por recordar, inútiles por otra parte, algo (no me atrevo a decir qué) se mueve en la cama a mi izquierda. Sin arriesgarme a mirar, alargo mi mano y toco lo que, indudablemente, parece una persona. En principio puedo descartar la zoofilia como el resultado de una noche loca. Creo que lo que he tocado es una cadera o un muslo. Sigo tocando y subo mi mano un poco. Lentamente llego a lo que, sin lugar a dudas, es un pecho y, gracias al cielo, es femenino. Mi cuerpo, especialmente una parte muy concreta de él, empieza a reaccionar familiarmente, y esto hace que me dé cuenta de otro pequeño detalle: estoy desnudo. Sigo acariciando el pecho femenino, despacio, como distraídamente, mientras pienso en la situación. Para empezar estoy acostado con alguien, una mujer, totalmente en pelotas, y todo parece apuntar a que hemos tenido una noche tórrida. ¿Por qué no puedo acordarme? Es vital que recuerde qué es lo que me ha llevado a una situación semejante. Nada, que no me acuerdo. Espera… sí, creo recordar que me puse a charlar con alguien… una mujer, eso seguro. Me parece recordar un gran escote, aunque cualquiera sabe.

Me incorporo un poco y miro a mi izquierda, a la mujer. Sólo veo pelo, una gran masa de pelo rubio. De primeras no puedo saber si es guapa o fea y, desde luego, no sé quien es. La chica se mueve un poco y se despierta. Inmediatamente retiro la mano de su pecho (no sea que le moleste que un tipo le manoseé las tetas por la mañana) y la miro expectante. No sé por qué pero la escena me resulta vagamente familiar. Ella se despereza lentamente, y se quita el pelo de la cara. Me mira y sonríe. Casi me da un vuelco el corazón…

Es la mujer más fea que he visto en mi vida.

¿Cómo he podido hacer una cosa semejante? Mientras me maldigo un millón de veces, ella me echa una mirada picarona y alarga su mano debajo de la sábana. Pego un respingo cuando noto su mano cogiéndome una parte muy querida (y ahora muy desanimada) de mi cuerpo. De forma instintiva me protejo con las finas sábanas y me retiro en la cama lo máximo posible de la horrenda visión, como si esa exigua barrera o la distancia pudiera impedir que el monstruo, salido de la peor de mis borracheras, me pudiera hacer algo. Casi hubiera preferido haberme despertado junto a un tío, aunque empiezo a pensar que en realidad es un tío con tetas, a juzgar por ese mostacho. No quiero pensar más en ello. En momentos como este es cuando más odio emborracharme. “Buenos días, guapo”, dice con una voz que en nada tiene que envidiar a la de cualquier carretero, fumador compulsivo y bebedor de aguardiente empedernido, y añade: “¿Te apetece una mañana de sexo desenfrenado?”. Sin poder evitarlo miro a mi alrededor como un animal acorralado y busco desesperadamente una salida.

Mientras sopeso la posibilidad de tirarme por la ventana, oigo un terrible portazo en la habitación. Miro hacia la fuente del ruido y simplemente veo dos tubos metálicos apuntándome directamente entre los ojos. En contra de la lógica, no era la policía que venía a salvarme, sino que al otro extremo de la escopeta de caza (ideal para matar elefantes, por lo menos) veo a un hombre y, a juzgar por sus gestos, parece muy disgustado. “¡Papá!”, dice ella. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, vocifera él. Y continua: “¡¡Quítale las manos de encima a mi hija, Cerdo!!”. No sé exactamente que escena estará viendo el padre, pero, sin lugar a dudas, es ella la que tiene sus peludas manos sobre mí. Pero ante una escopeta de caza pocos razonamientos valen… Inmediatamente me separo de ella. En mi rápido movimiento me llevo la sábana conmigo y tapo mi desnudez, de pie, al lado de la cama y lo más lejos que puedo de la escopeta y del airado padre. Mi espalda toca el frío cristal de la ventana. El llevarme la sábana ha sido un grabe error: la visión de la mujer desnuda es más horrorosa de esta forma, aunque no me fijo demasiado, ya que tengo otras preocupaciones en mente en estos momentos. “¡¡Qué le has hecho a mi princesita!!”, repite. “Na… na… nada, se lo juro…” consigo tartamudear. Técnicamente no estoy mintiendo: yo no recuerdo haberle hecho nada a su princesita. “¿Cómo que nada?”, dice ella, “¿Para ti cinco polvos no son nada?”. Y añade: “Mira papá, me ha tocado aquí… y sabes cómo me pongo cuando alguien me toca aquí…”. Yo la miro con los ojos como platos. Si eso pretendía ayudar casi prefiero que no me ayude, la verdad. “Por Dios, no le haga caso, está loca. Nadie en su sano juicio le tocaría ahí… por Dios, si es la cosa más monstruosa que he visto en mi vida…”, consigo decir y me doy inmediatamente cuenta que ha sido un error. A veces me pierde la boca.

Casi no siento el disparo en el pecho cuando éste me alcanza. Veo humo y cristales a mi alrededor, como a cámara lenta, y supongo que he roto la ventana. Todo parece indicar que estoy cayendo a la calle. Creo que también estoy gritando, pero es un detalle que carece de toda importancia. Me pregunto si sentiré el impacto contra la acera o moriré antes de tocar el suelo…

Me despierto empapado en sudor y gritando a pleno pulmón. ¡Sólo era una pesadilla!. Un profundo suspiro de alivio se me escapa y me desplomo de nuevo en la cama. A juzgar por la luz que entra por la ventana es pasado mediodía y tengo que levantarme. Nunca más cenaré pizza de anchoas. Prometido…

Más relatos de la serie Despertares en los enlaces.
Primer Despertar
Segundo Despertar
Tercer Despertar
Cuarto Despertar
Sexto Despertar
Séptimo Despertar

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Un pitido condenadamente agudo me despierta y me saca de mi profundo sueño. Abro los ojos y descubro que tengo la cara apoyada en el teclado. Me he quedado dormido delante del ordenador y ni siquiera he soltado el ratón. En el monitor parpadea el cursor al final de un texto ininteligible, seguramente producto de la presión de mi cara sobre las teclas. A ver… ¿Por donde iba? No tengo ni idea… miro el gran reloj digital que cuelga de la pared de enfrente y veo que son las cuatro de la mañana. Y es sábado. Me levanto de mi sitio y piso sin querer una caja de pizza con un par de trozos a medio comer… genial: he vuelto a cenar pizza de anchoa. Espero que no sea malo cenar pizza tres días consecutivos.

Me encamino hacia los servicios para mojarme un poco la cara, a ver si así consigo despejarme. El enorme espejo del lavabo devuelve una imagen patética de mí mismo. No puedo evitar reírme de mi lamentable aspecto. Llevo metido en la oficina desde la mañana del jueves y no he tenido tiempo ni de pegarme una ducha… esos malditos informes de cierre cuatrimestral… ¡Siempre me toca a mí comerme los marrones!

De vuelta a mi mesa paso por la máquina de los cafés. Mientras espero a que sirva mi café (solo doble sin azúcar) pienso en la posibilidad de mover la máquina hasta mi sitio para no tener que levantarme. Lo mejor sería conectar directamente la máquina con mi boca mediante tubos o algo así. No veo tubos cerca y la máquina pesa mucho, por lo que me olvido de la idea. Saco el vaso de plástico de la máquina y me achicharro los dedos. El café se me cae y empapo la moqueta… Para colmo me he quedado sin cambio y no puedo sacar más. ¡Joder!. Ya le he propinado cuatro patadas a la máquina cuando consigo serenarme.

El reloj digital marca las cuatro y cuarto de la madrugada. Sólo me quedan 28 horas para entregar el informe y al ritmo que voy me va a ser del todo imposible. 27 horas y 45 minutos, para ser exactos. Me siento de nuevo delante del ordenador y leo el último párrafo antes de haberme quedado dormido:

“… y todo parece indicar que, con el incremento sostenido de precios que hemos tenido (un 47% sobre la tasa interanual, estimada en 3,45 Millardos), la mejor inversiónklbgkjvgtkvfrgt fv,k vvtgkb,kgg,bjuyhn ,mn.”

¿Qué coño significa todo esto? ¿Seguro que lo he escrito yo? Miro el taco de informes económicos sin leer que tengo a mi derecha, y el taco de informes de inversiones que ya he leído que está a mi izquierda, y no puedo evitar pensar en el suicidio. Mis ojos vagan por encima de mi mesa hasta que dan con la foto. Es una foto de ella, por supuesto. Sé que tendría que quitarla de ahí, al fin y al cabo ha dejado de ser mi novia, pero me resisto a hacerlo. Me fijo por enésima vez en su bonito pelo, rubio, largo y ligeramente ondulado. Sus ojos grandes y expresivos, de un color marrón clarito, como hojas de haya en otoño. Su nariz recta y perfecta y esos labios sensuales y carnosos. En la foto está sonriendo y me acuerdo perfectamente el día que se la saqué. ¡Qué día aquel!. Creo que fue el día más feliz de mi vida. Claro que eso fue un poco antes de encontrar este maldito trabajo… antes de trabajar hasta tarde, antes de que me cambiara el carácter.

Casi sin darme cuenta me encuentro con el teléfono en la oreja y escuchando el tono de llamada. La estoy llamando, claro. Necesito oír su voz una vez más, aunque sea por última vez. En el mismo momento en el que descuelgan el aparato mis ojos se posan sobre el reloj digital del fondo de la sala. Las 4 y 38 minutos. “¿Diga?” dice una voz demasiado ronca como para que sea la suya, y con evidentes signos de haber sido despertada en mitad de la noche. ¡Madre mía! He despertado a su padre… y él me odia. Me quedo callado, sin decir una palabra, pero me temo que se me escucha respirar. “¡Maldito bastardo! ¡Sé que eres tú mamón! ¿Te parecen horas de llamar? ¡Como te coja te pienso meter la escopeta por el culo! ¡Hijo de puta!” Dice el padre, no sin cierta razón. Le cuelgo. Me quedan 27 horas y 20 minutos. Mientras mastico distraídamente un trozo de pizza de anchoas fría (creo que la que no pisé antes) pienso en que le diré a mi jefe cuando le entregue el informe el lunes por la mañana… Seguramente tendré que buscarme otro trabajo.

Más relatos de la serie Despertares en los enlaces.
Primer Despertar
Segundo Despertar
Tercer Despertar
Quinto Despertar
Sexto Despertar
Séptimo Despertar

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